Capítulo VI

 

¡Caigo Enferma!

 

 

   ...Yo me quedo sola en el cuarto; estoy completamente entumecida... Es curioso, ahora ya no quiero sentirme bien; me levanto, pero me caigo, me regreso y me vuelvo a acostar.

   No sé cuánto tiempo ha pasado...

 

   ...Despierto y veo que mi hermana se está vistiendo... Mi mamá le pide que se cambie rápido. Ellas piensan que estoy dormida, pero estoy oyendo todo.

   Yo no quiero estar aquí; yo me quiero regresar a ese lugar al que me llevaron mis amigos extraterrestres. Pero Istig no quiere que allá me quede.

   Ahora, mi hermana me levanta envuelta en una cobija; camina conmigo hacia la puerta y le dice mi mamá:

   —Camínale tú Georgina, rápido, enseguida te alcanzo.

   Mi hermana va llorando y a mí me lleva en sus brazos. Camina muy aprisa; mi mamá no nos alcanza; llegamos hasta Santa Bárbara, a casa de las Madres; la madre Victoria la recibe y ésta, le pregunta a Georgina:

   —¿Qué tiene tu hermanita?

   —No sabemos, lleva ya dos días así.

   —¡Qué barbaridad! —Dijo Sor Victoria— ¿Por qué no la habían traído?

   —No sé.

   —¿Tú vienes solita con ella?

   —No, mi mamá quedó de alcanzarnos... Yo creo que al ratito llega.

   —Está bien; pásala y recuéstala en esta camita.

   La madre se lleva algo a los oídos y me lo coloca a mí en el pecho; ella pone atención y escucha algo con ese aparatito; luego me toca la mano izquierda, me la aprieta, me la soba varias veces; se quita eso que se había puesto en los sentidos... y dice:

   —¡Qué barbaridad! Tu hermana está muy débil y la voy a tener que inyectar. Acomódala bien, voltéala hacia abajo; descúbremela... Así está bien.

   —Aquí quédate con ella —dijo la monjita después de inyectarme—, cuando venga tu mamá yo la paso con ustedes.

   —Sí madre —asintió mi hermana—, está bien.

   Pasa mucho tiempo y mi mamá no llega.

   Sor Victoria va y le pregunta a mi hermana:

   —¿Aquí te vas a quedar?

   —No madre, me voy a ir a la casa.

   —Pero tu hermanita está muy delicada, no te la puedes llevar así.

   —Es que mi mamá no vino y si no me la llevo, pues... se va a enojar.

   —A mí no me gustaría que te la llevaras —dijo la madre—, pero si no se puede quedar... está bien. Sólo te pido que la cubras bien y te la lleves con mucho cuidado. Tú todavía estás pequeña para cargarla. Por favor le dices a tu mamá que venga para darle un pase para ir a ver al doctor.

   —Sí madre.

   Luego, mi hermana me carga y nos vamos.

   Me sentía como si no fuera yo misma; como que el cuerpo en el que estaba, no me pertenecía; que yo no era yo... Ella camina y camina conmigo en sus brazos. Georgina va muy cansada pues mi cuerpo pesa mucho; yo estoy completamente suelta. Mi hermana se sienta un momento a descansar, descubre mi cara, estoy muy pálida, mi cuerpo está frío. Ella llora mucho y me abraza muy fuerte; reanuda su marcha conmigo en brazos dirigiéndose a nuestra humilde casa...

   ¡Por fin llegamos! Allí está mi mamá y pregunta:

   —¿Qué pasó, qué te dijeron?

   —¿Por qué no fue? —Mi hermana la enfrenta con coraje— Usted nos dijo que iría con nosotros y nunca llegó.

   —Err... es que —no sabía qué decir—... vinieron mis compadres; llegaron cuando me estaba yendo y ya no pude ir.

   —¡Pues los hubiera dejado! —Ahora sí mi hermana se encendió de ira— ¿Cómo es posible que importen ellos más que su hija?

   —¡Más vale que te calles retobona!... ¿Qué fue lo que la madre te dijo?

   —¿Para qué quiere saber?, si le importan más sus compadres.

   —¡Acuéstala y ven para acá!

   Georgina va y me deja en la cama, me cobija y regresa a donde está mi mamá...

   —¿Qué te dijeron que tiene?

   —A mí no me dijeron... Nada más comentó la madre Victoria que estaba muy débil, le puso una inyección; me recomendó que le dijera a usted que pasara con ella para que le diera un papel para que la lleve al doctor.

   —¡La madre creé que yo tengo su tiempo —dijo un poco alterada—, como ellas nada más se la pasan sentadas!...

   —Está bien —terció mi hermana enojada—, pero si usted no tiene tiempo, yo sí lo tengo y yo la voy a llevar... siquiera venga a verla para saber como está.

   —¡No me estés dando lata! —volteó mi mamá y le dijo—, ¿no ves que les estoy dando de comer a mis gallinas?

   Mi hermana optó mejor por callar; regresa hacia donde yo estoy; me agarra el pelo, la cara... luego sale de la habitación.

   Ya es de noche, entra mi mamá y me ve; se acerca, me acaricia la cara, las manos y dice:

   —¡Georgina, ven!; ¿por qué no me habías dicho que tu hermana estaba así?

   Mi hermana rompe en sollozos y le contesta:

   —¿Acaso le apura mucho?, ¡están primero sus compadres y sus gallinas que ella!

   —¡Ya cállate muchacha malcriada! Mañana la llevaremos a que le den una medicina.

   —Pues yo nomás le digo una cosa —voltea mi hermana y le dice— Si no la lleva usted, yo sabré cómo le hago, pero yo la voy a llevar.

   Mi mamá da la vuelta y sale de la habitación.

  Georgina se queda conmigo...

 

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