Diálogo con El
Padre.
Al día siguiente, mi madre le pide a mi hermana Georgina que me cargue para llevarme a revisión. Yo ya no aguanto, siento que mi cabeza me da vueltas y caigo en un desmayo...
Cuando despierto, estoy en casa de las madres (unas lindas monjitas que atienden un dispensario médico rural); la madre Victoria me inyecta algo; cuando termina de hacerlo, me pregunta:
—¿Qué te pasó? Estás muy débil; me dice tu hermana que no quieres comer; ¿por qué no quieres comer?
—No sé —apenas pude hablar—... no me da hambre.
—Te vas a dormir un ratito —dijo Sor Victoria—, para ver si te sientes mejor.
Mi hermana está junto a mí; no se ha separado en ningún momento...
Después de un largo rato, llega mi mamá y dice:
—Vámonos.
Georgina me toma en sus brazos, me cubre con una cobija y nos vamos de regreso a la casa; al llegar, me recuestan sobre la cama y me ofrecen algo de comer; pero yo no quiero nada. Quisiera estar muy lejos de aquí... allá donde no duele nada, donde no hay ruido y todo es hermoso. Mis familiares salen del cuarto dejándome sola.
En medio de la oscuridad, repentinamente apareció una luz blanca que me dice:
—¡Hola pequeña! ¿Cómo estás? ¿Acaso ya no te acuerdas de mí?
—¿Tú crees que te voy a olvidar? ¾Le dije.
—Yo sé que no...
Es una voz dulce, llena de ternura que me embriaga y me hace feliz.
¾ ¿Por qué estás haciendo esto? ¿No sabes que no está bien lo que haces?
—No sé.
—Esa tristeza no debe estar en ti —dijo Istig—, te pido que salgas de ella ahora mismo. Conocerás algo nuevo que no va a ser muy fácil que lo olvides.
—¿Qué es?
—Me vas a acompañar a un lugar muy hermoso, pero con una condición: que de ahora en adelante te vas a sentir bien, y recuerda que aunque no venga, ¡siempre estoy contigo!
—Está bien —terminé aceptando—; llévame pues a ese lugar.
¾Pero —reaccioné titubeando—, si mi mamá entra al cuarto, no me va a encontrar.
—Descuida —dijo mi amigo muy seguro—, ella va a salir.
—No me ha avisado de su salida. ¿Tú sabes a dónde irá?
—Va a ir a comprar unas gallinas a “Los Mazos” y tus hermanitas saldrán a jugar, así que nadie se dará cuenta de tu partida.
—¿Me vas a llevar al mismo lugar que fuimos la otra vez?
—Iremos a otro lado —contestó.
—Está bien, vamos.
Yo trato de incorporarme pero me mareo y siento que me caigo; entonces él me dice:
—Espera, mira mis manos.
Observo sus manos y de ellas sale una luz muy fuerte, así como también de su pecho; ahora es un ser lleno de luz; es como si esa luz me diera fuerza; ya me siento bien; él empieza a “normalizarse”, preguntándome enseguida:
—¿Cómo estás?
—Muy contenta; ahora sí puedo pararme; dime, ¿qué es lo brota de tus manos?
—Es energía; energía que te brindo para que estés bien y te recuperes; ¿sientes la misma debilidad que tenías?
—No; ahora tengo ganas de correr, me siento muy feliz, con mucha fuerza...
—Así es como quería verte. ¿Te gustaría viajar conmigo?
—¡Por supuesto!
—Vamos pues —me dice—, cierra tus ojos.
Obedezco la señal y empiezo a sentir que volamos muy rápido. Subimos muy alto... Él voltea y me pregunta:
—¿Estás a gusto con los ojos cerrados?
—Sí.
—¿Por qué te gusta permanecer con los ojos cerrados?
—Porque así me siento feliz. Cuando estoy contigo no quisiera regresar a donde vivo.
—¿Por qué te sientes tan sola con ellos?
—Tal vez porque nunca tienen tiempo para escucharme; siempre están ocupados o discutiendo —le comenté—, pero dime, ¿a dónde vamos?
—A un lugar que espero que te guste. Ahora, ¿puedes abrir los ojos?
—Está bien —contesté.
Nos encontramos en un lugar muy hermoso. Es como si muchas nubes cubrieran todo nuestro entorno; lo curioso de todo es que... ¡Es como si no pisáramos! ¡Como si diéramos el paso y voláramos! Es una fantasía muy bonita y muy rara a la vez. De pronto, a él lo cubren unas nubes... y lo pierdo de vista; hay demasiadas nubes. Ahora, vuelve a aparecer cerca de mí y le pregunto:
—¿Por qué me dejaste sola?
—Perdóname —contestó él—, tenía que hacerlo por un segundo.
—¿Adónde fuiste?
—A un lugar al cual me vas a acompañar.
—¿Otra vez voy a cerrar los ojos?
—No.
—Pues qué bueno. ¡Porque no me quiero perder nada de esto!
Istig me toma de la mano y nos marchamos. A mí me da mucha risa.
—¿De qué te ríes? —Pregunta mi amigo— Es primer vez que te veo reír así.
—Es que se me hace muy curioso este lugar por donde vamos, porque no hay donde pisar, ¡no hay “tierra”!
—Mira pequeña —él me mira y dice—, aquí nos movemos a base de energía. Pero ven, quiero que conozcas a otra persona.
—Está bien.
Llegamos a un lugar en el que allí sí pisamos.
—¿Aquí ya no hay energía? —Pregunté.
—No, no hay energía.
Es un espacio muy grande; hay como un triángulo de madera... y digo excitada:
—¡Este triángulo ya lo había visto antes!
—Sí Ismig —me dijo sonriendo.
—¡Yo no me llamo así! —Rápidamente contesté.
—Tú no recuerdas pequeña; alguna vez en la Tierra tu nombre fue Esperanza; y tú eres mi “Esperanza”; mi Ismig.
—¿Cuándo llevé yo ese nombre?
—Hace mucho tiempo.
—Yo no me acuerdo.
—Ya lo sabía —dijo él.
—Oye —cambié de tema—, ¿quieres llevarme a esa casita?
—No es una casita —contestó sonriendo.
—Entonces, ¿qué es?
—Es una pirámide.
—Llévame por favor, quiero ver qué hay allí.
—Está bien, vamos...
Me adelanto para entrar primero pero, él me detiene, al mismo tiempo que dice:
—Espera, todavía no. Párate aquí afuera. Pon tus manos volteadas hacia arriba; cierra tus ojos; invoca y pide al divino maestro Jesús permiso para entrar allí.
Así lo hago; de pronto, aparece en mi mente la figura de un señor muy guapo; es de piel muy blanca, sus ojos son azules, barba larga y blanca, además de un bigote grande, su cabello es blanco y negro; sí, tiene el pelo blanco y negro. Refleja una bondad muy grande en sus ojos; tiene una expresión en su cara muy dulce; es como si me quisiera mucho...
—¿Quién es usted? —Le pregunté.
—¿Tú has oído hablar del Padre? —Me cuestionó, mirándome fijamente.
—¿De qué padre?
—...El Padre; de tu Dios...
—Pero, ¡Él no está viejito!
—La Gracia es repartida en tres figuras distintas...
—¿Cuáles son?
Él me observa con mucha bondad y contesta:
—Es: El Padre; el Padre Soy Yo; es: el Hijo; el Hijo es aquél que quiso bajar a la Tierra para ser crucificado por amor a los que lo crucificaron.
—¿Por qué quiso bajar a la Tierra? ¿Es que él no sabía lo que le iban a hacer?
—Sí, sí lo sabía. Él lo quiso hacer para que con su sacrificio, darles la oportunidad de llegar a la Vida Eterna.
—¿Por qué a la vida eterna?
—Porque antes de que Mi Hijo quisiera bajar a la Tierra, no iba a haber muerte, no iba a haber vida... y serían todos como animalitos...
—Oh, sí...
Ensimismada en la conversación que tenía con ese Ser, sentí el llamado y la presencia de Istig...
—¡Istig, Istig —exclamé—, no sé qué me pasó!
—¡Duraste bastante tiempo! ¿Qué pensabas?
—Yo platicaba...
—¿Con quién?
—Con mi Diosito; con un viejito muy guapo... ¿Por qué me hablaste?
—Porque no puedes durar mucho tiempo aquí —me respondió—, dime, ¿pediste permiso para entrar ahí?
—Empezamos a platicar... ¡y se me olvidó!
—¿Cómo es ése señor con el que platicaste?
—Es un viejito muy lindo; es muy blanco y con su barba larga y blanca; tiene sus ojos azules y una mirada muy hermosa; ¡jamás pensé que me llevaría una sorpresa tan bonita! Dime Istig, ¿por eso eres así de bueno conmigo?
—¿Te parece que soy bueno?
—Sí —le digo yo.
—¡Dichosa de ti que has podido elevarte a tal altura! Ahora entra a la pirámide —me ordenó—, quédate así, cierra tus ojos... Después platicaremos.
—¿Aquí me vas a dejar? —Le pregunté sin volver la vista atrás—, ¿ya te vas?
—No —escuché que me dijo—, te voy a esperar aquí afuera.
Ahora puedo ver todo esto por dentro; es como si fuera de cristal, aunque por fuera se ve de madera. Siento una sensación muy agradable; dejo caer los brazos a lo largo de mi cuerpo; permanezco parada y con los ojos cerrados... En ese momento, aparece nuevamente la figura del viejito que había visto estando afuera de la pirámide...
—¿A usted también lo dejaron entrar? —Le pregunté.
—Yo estoy donde mismo —respondió—, yo no he bajado, tú has subido a buscarme...
—No entiendo —repuse confundida—, pero, dígame, usted me dijo que hay un Padre y un Hijo en tres figuras; me habló de dos, ¿cuál es la figura del otro Padre?
Él se sonríe, y muy amablemente me dice:
—Es el Espíritu Santo —y continuó—. Siempre estaré a tu cuidado y de todos, y de todo lo que tenga vida; esto lo acabarás de ver en ese lugar donde estás...
—¿En cuál lugar?
—Regresa a la pirámide y ahí lo vas a ver...
—Y —pregunté—, ¿ahora cómo me voy?
—Igual que como viniste; cierra los ojos, respira fuerte y regresa a la pirámide.
—Está bien, pero, ¿cómo quieres que venga?
—Yo siempre estaré donde tú estés; acudiré al lugar donde me llames. Ahora no entiendes... habrá un tiempo en el que me llames muy seguido.
—¿Para qué?
—Vas a tener que cumplir con tu misión —me dijo—, y tratarás de ayudar a aquellos que te necesiten.
—¿En qué lugar es? ¿Con quién es?
—¡Donde sea!
—¿Qué es lo que voy a hacer?
—Ahorita tú todavía no lo sabes; llegará el día en que te van a buscar pidiéndote que los cures...
—Pero —repliqué—, si yo no sé cómo hacerlo.
—Tú me invocarás pidiéndome salud para los demás y yo acudiré a donde tú estés...
Ahora regreso a la pirámide; siento la sensación de que hay alguien cerca de mí, pero no volteo hacia ningún lado, sigo con los ojos cerrados. Aún con los ojos cerrados puedo adivinar una silueta blanca y la cara del Padre con el que había estado platicando; de pronto escucho una voz que me dice:
—Te quedaste —me dijo el Padre—... te quedaste en que no te he aclarado todo; ahora en éste lugar verás lo que querías que te explicara... abre muy lentamente los ojos y ve lo que está frente a ti.
Abro los ojos muy despacito... y al hacerlo, veo una hermosa paloma blanca; volteo a un lado y allí se encuentra el mismo señor; él sonríe muy complacido y yo le pregunto:
—¿Cómo es que ésta palomita se metió aquí?
—Ésta palomita es mi tercera imagen; recuerda que es: Padre, Hijo y Espíritu Santo...
—Siempre me han gustado las palomas —dije entusiasmada—, ¿la puedo tomar?
—¿Crees tú que podrías hacerlo?
—Tal vez, si hubiera con qué cerrar la puerta.
Él sonríe y me dice:
—Dichosa la inocencia que llevas en tu alma pero, te voy a decir una cosa: no intentes agarrarla.
—¿Por qué?
—Porque la paloma es simplemente la representación de un Espíritu.
—¿Entonces, no es de verdad?
—¿Crees tú que un Espíritu tenga cuerpo? —Me preguntó sonriendo.
—No sé; yo nunca he visto uno.
—Sí lo has visto —respondió mi interlocutor—, ésta paloma es un Espíritu; Yo Soy un Espíritu...
—¿Por qué la paloma es un Espíritu?
—Porque es la figura que escogí para representarme.
—¿Usted por qué dice que es un Espíritu, si yo le veo cuerpo como a cualquier hombre?
—Así me represento porque es la figura que escogí para mi Hijo cuando fue a habitar en la Tierra.
—¿Y usted, por qué es un Espíritu?
—Porque yo puedo estar en todos lugares y al mismo tiempo.
—¿Entonces, usted es muchos?
—¿Muchos qué?
—¿Muchos Espíritus?
—No, Yo Soy un sólo Dios; un sólo Dios Verdadero que creó todas las cosas del cielo y de la Tierra...