Capítulo III

 

La Moneda.

 

 

   Desde ese entonces, empecé a cambiar mucho. Antes me gustaba jugar con mi hermana y mis amiguitas. Esta vez nos encontramos en el patio de la casa; me prestan una muñeca para que esté con ellas y me dicen:     

   —Juega, juega con nosotras.

   —Gracias, pero no...

   —Acompáñanos —me insisten.

   —Ustedes empiecen —les digo.

   Hay una planta muy frondosa fuera de la casa; está llena de flores azules y mis amigas se sientan bajo la sombra de ese árbol; ahí empiezan a jugar pero yo no me siento con ganas de participar en sus juegos...

   Estoy esperando la oportunidad de que se descuiden... Cuando veo que todas están absortas en su juego, aprovecho para retirarme de ahí. A unos cuantos metros está una cerca de piedra, llego hasta ella y la brinco, luego me agacho para que no me vean y camino hasta el árbol de limón donde estuve la noche anterior. No hay nadie, el lugar está completamente solo; voy y me recuesto sobre la piedra en la que me hallaron dormida. Ahí estoy muy a gusto, estoy acostada boca arriba y pongo mis manos sobre los ojos para que no me lastime la luz del sol; estoy pensando; estoy feliz, es como si estuviera viviendo los momentos felices de la noche anterior.

   No sé cuanto tiempo llevo en ese lugar.

   Escucho a mi hermana que me solicita:

   —¡Aurora, ¿dónde estás?!

   Yo sí la oigo pero no le quiero contestar. Ella trae un cántaro y se dirige al pozo donde recogemos agua para beber.

   —¡Ven, ayúdame!

   Pronto me descubre; como no me queda más remedio, le pregunto:

   —¿A qué quieres que te ayude?

   —Voy a llenar el cántaro de agua, ven para que me ayudes a subírmelo.

   Me dirijo hacia ella; caminamos juntas hasta el pozo y llenamos el cántaro con agua. Luego, le pregunto:

   —¿Si te ayudo a cargar el cántaro, no les dices donde estoy?

   —¿De quién te escondes? ¿Por qué no quieres que sepan donde estás?

   —Quiero estar sola —respondí secamente—; no le digas a mi mamá ni a nadie donde estoy.

   —Pero dime —se empezó a angustiar—, ¿por qué te estás escondiendo? ¿Qué hiciste? ¿Te querían pegar?

   —No me quieren pegar —la calmé—, pero, es que yo quiero estar aquí.

   —Vamos a seguir jugando —trataba de convencerme—, anda, quiero que nos acompañes; mira, te vamos a prestar la muñeca más bonita que tenemos.

   —No es eso —llegamos nuevamente a la piedra—, yo quiero estar aquí; por favor, ya vete y déjame aquí, quiero estar sola. No les digas que aquí estoy.

   —Como quieras.

   Ella da la vuelta y se va. Yo ahí me quedo.

 

   Pasa el tiempo... Ya es tarde y escucho que me gritan:

   —¡Aurora, ven a comer!

    No siento hambre. Pero si no voy, mi mamá me puede pegar, o regañar por lo menos, así que, resuelvo ir con ellos. Una vez estando en la casa, todos se sientan a comer. Mi mamá me dice:

   —¡Siéntate a comer!

   —Yo no quiero —contesté.

   —¿Por qué no? Ya es muy tarde y no has almorzado.

   —Solamente me voy a tomar un vaso de agua.

   —Como quieras; pero ahí te me vas a sentar y no vas a ir a ningún lado; ¿te parece poco? Si toda la mañana has estado fuera de la casa.

 

   Tengo muchas ganas de ver nuevamente a Istig. Pero mi mamá no me deja salir; cierra la puerta y tengo que permanecer dentro de la casa. Yo quiero salir, pero no me da permiso.

   Cuando todos terminan de comer, mi mamá me ordena:

   —A ver muchachita fregada, vas a recoger todos los trastos y tu hermana los va a ir a lavar al río, y luego te pones a barrer la casa.

   No digo nada y empiezo a recoger los platos. Enseguida, mi hermana Claudia toma la cubeta con los trastos sucios, va a salir de la casa y yo le digo:

   —Claudia, por favor déjame abierta la puerta, ya sabes que estoy castigada.

   —¡Allí te quedas! —No aceptó.

   —Está bien —dije resignada, y asentí con la cabeza.

   Yo agarro la escoba y me pongo a barrer. Hago una pilita con toda la basura que recogí; como no hay con qué recogerla, tengo que esperar a que Claudia regrese y abra la puerta. Voy y me siento en la cama. La cama es de tablas; para sostener las tablas hay dos bases que les llamamos “burrito”.

   Mientras estoy sentada, me pongo a pensar: no tiene caso que quiera salir, Istig no va venir hoy.

   Después de un buen tiempo de estar encerrada en la casa, es mi mamá la que primero llega. Va a preparar los alimentos que nos va a ofrecer para la noche. Ahora sí ya me deja salir pero me dice:

   —Ya no te retires de la casa, porque luego no te encontramos y te quedas dormida por ahí.

   —No mamá —agregué—, por aquí me voy a estar.

   —Está bien, para que te vengas a cenar.

 

   Y pasa ese día; y pasa otro, y mi amigo Istig que no viene...

   Pasan algunos días más... En mi casa, mi familia se enoja porque yo no quiero comer. Yo me siento muy triste... Un día va mi abuelita, me abraza y me dice:

   —M’hija, tienes que comer algo.

   —Sí abuelita, pero es que, ahorita yo no quiero.

   —¿Por qué no quieres?

   —Porque no tengo hambre.

   —¿Por qué m’hija? ¿Qué te duele?

   —Nada abuelita.

   —Entonces, ¿por qué no comes?

   —No. No quiero.

   —¿Cuál es la razón por la que no comes?

   —No sé, abuelita.

   —¿Por qué estás triste?

   —Por nada, abuelita; si yo a usted le contara... No me lo creería...

   —Platícame, hija.

   —No abuelita. No tiene caso. Dígame, ¿viene a buscar a mi mamá?

   —Sí hija, ¿está ella?

   —Sí abuelita, está haciendo tortillas, pásese.

   —No; mejor háblale que venga.

   Yo corro a la cocina para avisarle a mi madre:

   —¡Mamá, aquí está mi abuelita!

   —¿Tu abuelita Ramona?

   —No, mi abuela Mercedes.

   —Mira hija —me pidió mi madre—, volteas estas tortillas y cuando estén las sacas del comal; voy a ver qué quiere tu abuelita.

   —Sí mamá.

   Allí me quedo, volteo las tortillas, luego las quito del comal, las envuelvo con una servilleta. Arriba del pretil de donde está la hornilla, hay un alambre que es donde se cuelga la canasta de las tortillas y yo, como no alcanzo a subirla, busco una tina y me subo en ella; ahora sí alcanzo. Después levanto la tina y la vuelvo a poner en donde estaba. Cierro la puerta y me voy corriendo a donde están mi mamá y mi abuelita.

   Ya llegué a donde están ellas. Mi abuelita le quiere comprar a mi mamá unas gallinas. Se arreglan en el precio, y mi madre les ordena a mis hermanos Ponciano y Eusebio:

   —Hijos, agarren esas gallinas.

   —¿Cuáles? —Pregunta “Chano”.

   —La roja y la negra —dijo mi madre.

   —“Chebo” no me puede ayudar porque está muy chico —comentó Chano—, mejor dígale a Sabino.

   —Está bien; ve háblale.

   Ponciano se va corriendo para traer a Sabino. Ya vienen. Empiezan a corretear tras las gallinas. Mientras ellos las están agarrando, mi abuelita se las paga a mi mamá; son algunos billetes y algunas monedas. Yo empiezo a dar vueltas alrededor de mi mamá agarrándome de su falda; las monedas suenan en las bolsas de la falda de mi madre; enseguida meto la mano en su bolsa y saco una moneda grande; es una moneda amarilla que, inmediatamente la llevo a mi boca para que mi madre no me descubra y sigo dando vueltas en torno a ella; mi mamá se enoja y me dice:

   —¡Ya muchacha, quédate en paz!

   Al mismo tiempo que decía eso, mi madre me propinó un manazo y a mí me dio mucho sentimiento; suspiro muy fuerte y, ¡en ese instante me trago la moneda! Yo siento que me ahogo, me da tos, es como si aquel objeto me fuera abriendo por dentro. Siento que ya no puedo más; mi cara está cambiando, se está poniendo morada; yo no quiero que me vean así mi madre ni mi abuelita; ellas no se han percatado de lo sucedido; corro hacia la parte del río, hacia donde está una piedra grande, es la misma piedra donde me dejó Istig la otra noche; pero ahora es aún de día, son más o menos las doce del día. Mi cara sigue amoratándose; ahí estoy sentada, me entra la desesperación y empiezo a pensar en mi amigo Istig... y digo:

   —Istig, ven por favor, ayúdame.

   Mi abuelita y mi mamá están a unos diez ó doce metros de distancia. Muy cerquita del limón veo algo así como una esfera de luz blanca que desciende. Yo ya no puedo mantener los ojos abiertos... siento que me ahogo...

   —¡Calma pequeña —escucho la voz de mi ángel guardián—, tranquilízate, vas a estar bien!

   Istig empieza a darme unos golpecitos en la espalda, son muy pausados y ligeritos, no me producen dolor; él sigue golpeando poco a poco, al mismo tiempo que dice:

   —No te va a doler nada; piensa en que no te va a doler nada; abre la boca... Ahora ya no sientes nada, estás muy contenta.

   Mientras él me habla, siento como si algo se me introduce en el pecho. Istig coloca su mano y oprime mi pecho empujando hacia mi boca, al tiempo que dice:

   —Bien; respira fuerte y hondo otra vez.

   —¿Otra vez?

   —¡Sí, una vez más!

   —Ahora estás bien; yo me voy a retirar; vas a dormir muy plácidamente y tranquila. ¡Hasta pronto!

   Me quedo mirándolo y le pregunto:

   —¿Ya te vas? ¿Hoy no me vas a llevar contigo?

   —Ahorita no; te prometo que pronto te voy a llevar... por ahora descansa.

   Él camina hacia el lugar donde se encuentra la esfera de luz; es muy transparente; y en cuestión de segundos se eleva y desaparece.

   Permanezco recostada y caigo en un profundo sueño...

   Mi abuelita ya se marchó. Mi mamá va hasta la piedra donde estoy dormida, me toma en sus brazos y me lleva al interior de la casa. Se recuesta conmigo; yo entreabro los ojos y cuestiono:

   —¿Dónde estoy?

   —Aquí en la casa —responde mi madre—, ¿qué es lo que te duele?

   —Nada...

 

   Desde ahora siento más tristeza que antes, es como si lo que dijeran mis amigos, mis hermanos, mis padres, no tuviera ningún sentido. No me interesa escuchar lo que dicen. Para mí no tiene importancia.

   —Algo le pasa a esta muchacha —comenta mi madre—, ¿estará enferma?

   —No sé —contesta mi padre—, habrías de llevarla al doctor.

   —Está bien; mañana que te vayas al trabajo, la voy a llevar...

 

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