Me encuentro recostada en la cama. Estoy sola... De pronto, veo algo: es una figura blanca que se acerca y me dice:
—¡Hola linda! ¿Cómo estás?
Yo volteo y le pregunto:
—¿Istig?
—Sí —respondió el visitante.
¾Discúlpame —empecé a decirle—, estaba resentida contigo porque no me aclaras ciertas cosas.
—Yo lo sé ¾me dijo Istig¾, pero comprende que hay otras personas encargadas para enseñarles cómo deben seguir viviendo en este mundo y tú quieres que yo te esté adelantando lo que aquí va a pasar y no está en mis manos hacerlo. Hay otras personas que se encargarán de conducirlos por el camino del bien. Su misión aquí en la Tierra es aprender a hacer el bien, pues hasta ahora han estado haciendo las dos cosas: el bien y el mal. El mal es dirigido por un ser muy sagaz pero no poderoso; el único poderoso y que es dueño de todo y de todos es aquél conocido con el nombre de Jesús... No quieran saber más por el momento, ni tú ni la persona que te está acompañando.
—¿A cuál de todas te refieres?
—A la persona que sientes más cerca de ti —dijo—, a la que ves como alguien perfecto, lleno de virtudes y sin defectos.
—Yo quiero que me aclares —y pregunté— ¿Quién es?
—Su nombre es Manuel Antonio; para el que siempre estás pidiendo protección y ayuda. Pero, ya enséñate a moderar tu carácter, eres demasiado impulsiva cuando te lo propones.
¾Es verdad ¾contesté¾, pero, a mí me gusta que se me aclare todo; no me gusta que me hablen a medias.
¾Yo lo sé ¾amablemente asintió Istig¾, pero muchas de las veces no se pueden contestar las preguntas que tú formulas. Sigan unidos a las personas que ustedes ya saben, pues, si yo te siguiera hablando de acuerdo a las preguntas que me hacen, terminarían muy confundidos como han empezado a sentirse tú y tu amigo. Y es porque aún no están capacitados para comprender muchas cosas, ya que apenas iniciaron con el transitar de este camino...
¾Te voy a pedir que me aclares, ¿por qué?
—Mientras que para muchos —dijo—, el camino apenas empieza, para otros ya terminó.
¾¿Por qué empieza y termina? ¾Ingenuamente pregunté.
¾¡Y siguen las preguntas! ¾Exclamó Istig.
¾Sí ¾contesté rápidamente¾, siguen y van a seguir.
¾La vida comienza ¾explicó nuestro amigo¾, para nuestros seres; bueno,
lo que ustedes nombran extraterrestres, en el momento que un cuerpo queda
solo... Cualquiera de nosotros puede hacer uso de aquél “trajecito”. Esa es la
razón por la cual, en estos momentos, muchos de los nuestros están aquí en la
Tierra ocupando esos cuerpos que aquí terrenalmente ya no les van a servir a
sus antiguos dueños...
—Pero dime —interrumpí—, ¿al ocupar esos cuerpos, pueden volver a recuperar su verdadera identidad?
—¡Desde luego! Tenemos la capacidad de transformar la energía en materia y viceversa. Quiero aclararte solamente una cosa: a ellos nos presentamos tal y como llegamos hacia ti, para que no te confundas. Ahora me he dado cuenta que quieres saber algo, ¿qué es?
—Lo que pasó hace muchos años —dije con añoranza.
—También me doy cuenta que esto les va a servir para los proyectos que tienen —me incitó—. ¡Hazlo! Regresa a tiempos pasados que en tu mente viven... aunque nunca habías querido recordarlo.
—Pero... —Titubeé un poco— Es que... mi mente no está igual que en esos tiempos.
Istig sonrió levemente.
—Sí —dije—, a ti te da mucha risa, ¿verdad?
—Bueno —comentó el ser extraterrestre—, nosotros te ayudaremos a que encuentres el pasado que deseas saber. ¿Quieres retroceder ahora mismo?
—Sí.
Me entusiasmó la idea.
—¿A qué edad?
—Quiero saber qué es lo que pasó hace... Bueno, quiero decir... ¡La primera vez que ustedes me vinieron a visitar!... ¿Qué edad tenía entonces? —Pregunté atropelladamente, y seguí— Pues es que yo no recuerdo muchas cosas.
—Recuerda...
Sentenció Istig, evocando aquéllos tiempos ya idos y agregó:
¾Tenías siete años; traías un vestidito blanco y un abrigo blanco que a la altura del brazo tenía figuras azules; tú no tenías zapatos; estaba tu mamá en una cocinita que tenía y era de adobe... Aunque ya tenías siete años, eras muy pequeñita; estás con otra niña de tu misma edad debajo de un árbol que ustedes llaman limón... ¿Recuerdas qué estás comiendo en compañía de tu hermana?
—Sí...
Afirmé con voz muy bajita, como para evitar borrar aquellos hermosos recuerdos... y, cuando tuve más fijas y nítidas esas imágenes en mi mente, apunté:
¾Ahora lo recuerdo... Cada una sostenemos un plato; estamos comiendo unos blanquillos que están casi crudos. Luego ella se para y se va buscando a mi mamá. Yo no me daba cuenta que cerca de mí está una víbora muy grande que me mira desafiante y me saca su lengua... ¡Me quiere alcanzar con su lengua! En la punta de la cola tiene algo... que le suena cuando camina. Mueve la cola y su cola es como... ¡Dime tú qué es... yo no sé!
—Le nombran cascabel —dijo pausadamente Istig.
—Pero —yo seguía horrorizada—, ¡La víbora se acerca! ¡Va a picarme, se acerca a mí!
—Tranquila pequeña —mi amigo trataba de infundirme valor—, no tengas miedo, este animalito no te va a hacer daño.
Y diciendo y haciendo, Istig se enfrenta a aquel pavoroso animal. Apunta dirigiendo su mano provocando que la sierpe mueva su cabeza de un lado a otro. De las manos de mi ángel guardián salen unos rayos. Es una luz muy fuerte... La víbora se queda en silencio. Ya no se mueve... Ahora, él me llama:
—Ven —me invita a acercarme—, este animalito es indefenso.
Pero ahí está...
—¿Le tienes miedo?
—Sí.
—Ven aquí conmigo para que veas que este animalito no te va a hacer daño —él insistía.
Poco a poco me fui acercando. Siempre con mucha cautela hasta llegar junto a Istig.
—Aquí estás segura.
Me dijo Istig, mientras ponía sus manos en mis hombros y flexionaba sus piernas hasta quedar a mi altura y siguió hablando:
¾No tengas miedo, esta serpiente empezará a moverse y no te va a dañar; ella hará lo posible por divertirte.
Ahora veo cómo empieza a moverse. Es como si estuviera bailando, se mueve y se mueve de un lado hasta otro.
—¡Tócala! —Me decía Istig.
—¡No, me da horror! ¡Me da miedo!
—No debes tenerle miedo —seguía insistiendo—, ella no te va a atacar. Te voy a decir una cosa, ella antes sí pensaba hacerte daño pero ahora ya no.
—Pues —susurré—, tal vez será porque tú estás conmigo.
—Bueno, eso no tiene importancia... ¡Tócala!
—Está bien.
Me animé y, cuando lo hice, sentí que estaba demasiado resbalosa.
—Su piel es demasiado delicada —terció él—, ahora te voy a mostrar qué es lo que tiene y por qué está furiosa; bueno, estaba.
Istig le ordena a la culebra que se volteé de la siguiente manera:
—¡Voltéate! ¡Voltea tu panza hacia arriba!
Y ella se voltea. Casi cerca de la mitad de su cuerpo tiene una cortada muy grande. Él la toma de la cabeza y ella no le hace daño. Enseguida le dice:
—Estarás sana... Pero no dañarás a nadie.
Pone su mano cerca de donde está la cortada y, ¡La herida deja de sangrar!... El pedazo de piel que tenía colgando, ahí queda, ¡se le separó! Ahora la culebra está completamente sana. Luego, mi amigo le ordena:
—Puedes irte, ya estás bien.
La víbora se le queda viendo y como si entendiera, se aleja muy agradecida y contenta.
—La volverás a ver —se dirige a mí—, pero no te hará daño. ¿Te sientes bien?
—Sí, yo estoy bien. Pero, ¿cómo voy a saber que es la misma víbora, si la vuelvo a ver?
—Ella es la que se va a presentar contigo; su cola estará retoñada para entonces.
—Pero —arremetí con otra pregunta—, ¿cómo voy a verle esa cicatriz?
—¡Ella va a voltearse igual que hoy!... Está bien —trataba de darme ánimos—; no le tengas miedo, no te hará ningún daño.
Después de esta explicación, le vi resuelto a despedirse.
—¿Ya te vas? —Interrogué.
—Sí —fue lo que recibí por respuesta—, pero pronto volveré.
Desde entonces, yo siempre bajo al río para ver si puedo hablar con mi amigo Istig.
Mi hermana quiere que juegue; nos invita a muchas niñas... pero yo no quiero jugar con ellas...
¡Yo quiero ver nuevamente a mi amigo Istig!