Capítulo XL
La atroz Julieta.
De repente Conrad se encontró solo, en medio de un espacio totalmente negro. No se podía ver nada; ni él mismo podía contemplar parte alguna de su ser.
A lo lejos venía una luz verde que rápidamente se acercó a Conrad, o más bien Conrad se había acercado a ella. Pero, ¡oh, maravilla! Aquella luz verde había tomado la forma de una mujer. Ésta se encontraba recostada en medio de un inmenso lecho de nubes de colores, y aquella mujer estaba encinta, y dentro de su comba materna estaban muchísimas mujeres encintas también recostadas en sábanas muy blancas. Conrad sintió un tirón y de pronto se vio frente a varios doctores y enfermeras que le tomaron muestras de algo y le practicaron varios estudios.
De pronto Conrad se vio frente a otro ser idéntico a él mismo.
¿Cómo es posible? Se preguntó a sí mismo Conrad.
Entonces escuchó otra vez a sus espaldas aquella dulce voz que le dijo:
¾ Es tu esencia que se presenta nuevamente a construir tu nuevo cuerpo.
Aquel ser tan parecido a Conrad hablaba con aquellos doctores y enfermeras, se ponía de acuerdo en algo que Conrad apenas percibía.
Luego volvían a tomar medidas a Conrad con unos aparatos desconocidos, le volvían a tomar muestras, acomodaban algo dentro de su cuerpo astral, iban y venían... se presentaban otros doctores y otras enfermeras y volvían a estudiar su cuerpo astral.
La esencia de Conrad observaba y recibía órdenes de aquellos doctores.
Entonces sucedió algo increíble: Conrad veía unas grandes manos que manipulaban una especie de célula. Sí, era una célula a la cual aquellas manos le habían introducido una especie de flecha o algo parecido. Aquella célula de pronto empezó a moverse aceleradamente y de su interior salían rayos de color azul. La célula seguía en sus movimientos y Conrad empezó a sentirse adormilado... se dio cuenta que muchos otros seres humanos como él y junto a él se encontraban en un espacio de color verde; era una luz que no se sabía de dónde provenía, pero todo aquel espacio estaba iluminado por aquella luz. Todos se encontraban en la misma situación, parecían adormilados.
Entonces se presentó la esencia de Conrad y con ambas manos tomó la pequeña célula y empezó a trabajar con ella.
Pasaron cuatro semanas del tiempo de la Tierra. Conrad seguía en aquel estado de aletargamiento y en medio de somnolencia sintió cómo su Real Ser se hizo más y más pequeño hasta que fue introducido dentro de aquella célula que ya era más grande. Su sueño aumentó y alcanzó a ver cómo su esencia, con sus propias manos seguía rápidamente en su tarea de formar sistemas, venas, corazón... todo. Todo era ejecutado por aquellas manos que a una velocidad vertiginosa fabricaban aquel pequeño cuerpecito humano.
Conrad dormía y entre sueños vio cómo su pequeño cuerpo estaba ya introducido en la comba materna de la que sería su madre en el mundo.
Pasado algún tiempo, Conrad tuvo consciencia de sí mismo, su esencia se presentó ante él. Conrad seguía aletargado, pero entre sueños muy lúcidos veía todo a su alrededor; veía que se encontraba dentro de un medio cristalino, todo era como fino cristal y veía unos hilillos que como un manto cubría a un bebé.
¾ ¡Soy yo! ¾ Comprendió Conrad.
Se fijó bien y se dio cuenta que aquel cuerpecito ¡era del sexo femenino! Quedó estupefacto.
¾ ¿Ya no seré hombre?
Entonces escuchó otra voz diferente que le dijo:
¾ ¡Ya no serás hombre en esta carne! ¡La Ley divina ha dispuesto todo adecuadamente para que cumplas tu promesa!
Pasaron semanas y luego meses... y llegó el momento del alumbramiento.
Aquel perverso oficial de la gestapo volvía a nacer en la Tierra, pero ahora convertido en mujer. Había sido recibido por un matrimonio que desde el primer momento lo llenó de atenciones y cariño.
Aquella niña creció y su niñez fue feliz...
A los dieciocho años de edad volvió a manifestarse Conrad en toda su intensidad. Aquel espíritu acostumbrado a las atrocidades que había cometido en su última encarnación, volvió a actuar como era en aquella otra vida.
De pronto el orgullo y la soberbia aunadas a la violencia estallaron un día en que la autora de sus días le recriminó sus faltas cometidas.
Conrad-Julieta al escuchar aquellas llamadas de atención de su propia madre, se abalanzó contra ella y le asestó dos fuertes bofetadas en pleno rostro; aquella pobre madre no creía lo que estaba viendo, la feroz muchacha de un tercer golpe derribó a la autora de sus días y allí la cosió a patadas.
¾ ¡Por Dios, hija mía! ¡¿Qué has hecho?!
La furia volvió a estallar... aquella endemoniada mala hija quiso levantar a su madre para continuar con el castigo, pero se detuvo al ver que una de sus hermanas se acercaba.
Así continuó Conrad actuando libremente. En su trabajo obteniendo más y más poder... ahora no usaba la pistola, ahora usaba la lisonja, la mentira, la traición y la intriga ejerciendo un extraño poder maléfico entre sus seguidores... siempre engañando, siempre mintiendo, siempre aprovechando el supremo poder en el mundo Tierra.
Había fallado con aquella promesa que había hecho al divino Maestro de maestros. Dios es el Amor y la Verdad infinita; el demonio es la mentira, la intriga, la traición, la falsedad, el odio, el rencor y la venganza.
Al desencarnar nuevamente ¿qué le dirá al gran Maestro Jesús? ¿Qué mentiras podrá contarle si todo se le había entregado en sus manos y en lugar de trabajar en bien de la humanidad había luchado siempre en bien de sí misma?
Conrad no había cambiado; seguía siendo el mismo.
Cuánta razón tenía el gran Maestro de maestros Jesucristo cuando nos decía: "Todos son los mismos mentirosos y malvados de todos los tiempos y todos los caminos..."
¿Y qué había pasado con Enrique-Earl-Martin?
Martin había vuelvo a nacer en el mismo país en donde nació Abner-Conrad-Julieta y muchas veces se habían vuelto a encontrar.
Ahora Enrique-Earl-Martin tenía un nuevo nombre en la Tierra y se llamaba Bernardo. Algo muy dentro de él le hacía saber que era absolutamente necesario alejarse para siempre de aquella fingida y perversa mujer llamada Julieta.
Después de muchos esfuerzos por fin lo había logrado y aquella malvada mujer había desaparecido para siempre de su camino.
Inconscientemente Bernardo había suplicado a la gran Ley universal que aquellas cadenas que lo ataban a su perverso tío Conrad-Julieta se rompieran y nunca más volvieran a atarlo a aquel perverso ser.