Capítulo XXXIX

 

 

 

La muerte de un desalmado.

 

 

 

Para Conrad aquel paso de la vida a la muerte fue un instante; de pronto se sintió transportado de aquel horror hacia un lugar en donde todo era silencio, aquella desesperación de ninguna manera había desaparecido, todavía sentía el aliento de la muerte junto a él, y los crímenes cometidos le hacían sentir un gran dolor...

Su arrepentimiento era sincero, pero la Ley es la ley y tiene que cumplirse. Todos los crímenes de Conrad pasaban sobre él como una enorme montaña; volteaba para todos lados sin comprender cuál era ese lugar en el que ahora estaba. Levantó las manos cerca de sus ojos, sus manos eran normales, sólo sentía todo su cuerpo con una ligereza nunca antes sentida, sin embargo, le extrañó que sus manos ahora parecían semitransparentes; luego se vio su ropaje ensangrentado, su uniforme aún tenía los agujeros de las balas. Todo eso le hacía sentirse más y más extrañado. De repente sintió un jalón hacia abajo y oyó claramente cómo aquel capitán que había dado la orden a los soldados de disparar, ahora les ordenaba quitarle a su uniforme sus condecoraciones.

Qué extraño veía Conrad todo aquello; lo veía como a través de un cristal muy lejano. Escuchaba aquellas órdenes que sonaban allá muy lejos, luego sólo quedó el paisaje. Conrad de momento se acordó de aquellos infelices que habían sido fusilados junto con él, y al instante veía otra vez aquel cuadro de horror, y su tormento aumentó cuando volvió a ver a su sobrino Otto con aquellos ojos infinitamente tristes; luego se acordó de Martin, y Conrad no pudo evitar aquel estremecimiento de muerte. También recordó que su hermana Natalia amaba mucho a Jesucristo.

Luego Conrad quedó aprisionado en una negrura muy grande que no le permitía contemplar nada, se esforzaba por volver a aquel lugar de silencio pero ya no pudo escapar. Como un rayo de esperanza Conrad volvió a acordarse de Natalia y de Jesucristo. Un miedo tremendo se apoderó de él...

Y ya no lo pensó más, gritando con todas sus fuerzas:

¾ ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Ten piedad de mí!

Conrad sollozando volvió a implorar perdón por sus faltas.

Un rayito de luz se formó allá muy arriba. Aquella luz se hizo más y más grande, entonces Conrad sintió que era levantado y sacado de aquella espesa oscuridad, volvió a estar en aquel lugar en donde había estado y volvió a sentir aquel silencio, ahora brillaba un sol distinto. Sin siquiera proponérselo, empezaron a llegar a él cada uno de los detalles de sus acciones buenas y sus acciones malas que había cometido en la Tierra. Maravillosamente se acercó a Conrad un ángel que con voz autoritaria le ordenó:

¾ ¡Vas a tomar nota de cada una de tus buenas acciones! ¡y también de todos tus errores! No vas a omitir nada, yo soy tu propia conciencia y nada me puedes ocultar. Tú pediste clemencia y mostraste arrepentimiento, y a mí se me ha permitido servirte de juez.

Entonces como si fuera una gran pantalla, se presentaron ante la vista eterna de Conrad, todos y cada uno de los instantes de su vida pasada. Minutos, horas, días, semanas, meses, años... Conrad sentía alegría cuando contemplaba los días felices de su infancia; felicidad cuando todavía no era un matón, un asesino. Se sintió lleno de ternura cuando se vio abrazando a aquella novia tan linda que había tenido en su juventud; todavía reía al contemplar sus días felices en el mundo. Pronto su alegría pasó a ser tristeza, ansiedad y remordimiento al contemplarse a sí mismo ya convertido en todo un asesino frío y calculador. Se negó a sí mismo cuando se contempló abusando de su poder con todos aquellos infelices que habían tenido la mala suerte de caer en sus manos:

¾ ¡No! ¡no! ¡no! ¡No puede ser! Yo no soy ése malvado.

Entonces aparecía ante él nuevamente aquel ángel que le decía:

¾ Yo soy tu conciencia y no puedes mentirme, no puedes negar tu pasado. Recuerda que yo te conozco mejor que tú mismo.

Conrad lloraba y se estrujaba sus manos, la impotencia que sentía muy dentro de sí mismo le ahogaba el alma.

Llegó el momento que no pudo más y rogó a aquel ángel:

¾ Por favor, ya no quiero ver más.

Entonces aquel ángel con aquella voz tan dura le decía:

¾ Todo este proceso es necesario.

Conrad volvía a implorar:

¾ Por favor, detén todo esto, ya no lo quiero ver.

Así, Conrad tuvo que contemplar toda aquella vida plagada de errores.

Cuando concluyó todo, el ángel frente a frente preguntó a Conrad:

¾ ¿Qué sentencia te darías tú mismo?

Conrad estaba aturdido; se acordó de Jesús y dijo al ángel:

¾ Yo no deseo verte a ti, deseo ver a Jesús.

El ángel contestó:

¾ Alabado y glorificado sea el divino nombre de Jesús. Jesús mismo me ha enviado a sacarte de aquel lugar en donde voluntariamente habías caído.

¾ Pero... ¿qué dices? ¿Cómo que he caído voluntariamente en aquel terrible lugar?

¾ Tus acciones así lo dispusieron; en este lugar donde te encuentras ahora es el mundo astral o mundo del alma. Aquí rigen otras leyes que son diferentes a las que rigen en los mundos, aquí te vas por la senda del bien o por la senda del mal, y según tu voluntad, tú mismo te sitúas en el lugar que te corresponda. Debes comprender que como tú mismo lo acabas de contemplar, han pesado más tus culpas que tus buenas obras. Y tan sólo tú mismo te vas a juzgar. Por eso te vuelvo a preguntar, ¿qué sentencia te darías tú mismo?

El ángel se alejó y Conrad volvió a quedar solo, pensando en todo lo que había hecho. Ahora tenía la sensación de que todo era un sueño. ¡No, no! aquello no podía ser verdad; quiso despertar de aquel sueño pero no podía despertar, aquello era tan real como cuando vivía en la Tierra. Así pasó Conrad mucho tiempo. Aquel lugar en donde estaba era un espacio en donde no existía piso ni techo, no había paredes, sólo una iluminación muy tenue de color amarillo. No había muebles, no había nada. Sin embargo, no podía salir de allí. Conrad quería ver más allá de aquel lugar pero no alcanzaba a ver nada. No sabía cuánto tiempo había transcurrido... y volvió a escuchar aquella voz a sus espaldas que le dijo:

¾ Aquí no existe el espacio ni el tiempo, aquí sólo es lo que es.

Conrad no entendió nada de eso... Volvió a reinar el silencio. Entonces Conrad volvió a acordarse de Jesús. Volvió a sollozar al sentirse tan solo, volvió a derramar sus lágrimas y ocurrió el milagro: Allá muy lejos vio una pequeña lucesita que se acercaba y se agrandaba. Pronto escuchó como si fuera un dulce canto del mejor de los pajarillos que jamás hubiera escuchado.

¾ La paz sea contigo ¾ escuchó una voz.

Aquella luz ya estaba frente a Conrad y no podía localizar de dónde había salido la voz. Instintivamente levantó la mirada y vio por encima de él unos pies sonrosados, descalzos y brillando. Rápidamente se dio cuenta que aquellos pies pertenecían al gran Maestro de maestros Jesucristo. Jesús había quedado frente a Conrad. Aquella serena mirada hizo estremecer a Conrad, quiso llorar y un nudo en la garganta se lo impidió, sólo acató a inclinarse y besar aquellos maravillosos pies de Jesús. Hubiera querido estar así eternamente. Levantó su mirada sin dejar de contemplar aquella majestuosa figura que irradiaba amor. Jesús seguía observándolo, y al punto exclamó:

¾ Todo el universo, todo el cosmos, se rigen por Amor; por amor divino se mueven las partículas infinitamente pequeñas que forman el Todo, y el Todo es Amor, y el Amor es una gran Ley. En los mundos atrasados reina la Ley del Amor, pero los humanos por su atraso violan a cada momento esa divina ley. ¿O no acaso en tu demencia, cuando estuviste en esta última encarnación, te sentías fuerte y poderoso haciendo con tus hermanos lo que tu voluntad te dictaba?

Entonces volvieron los amargos recuerdos a Conrad. Veía a cada uno de los que en vida había destrozado, fusilado, golpeado. Aquello era un gran suplicio. Entonces sintió cómo de repente su lengua se alargaba más y más hasta convertirse en una serpiente de dos cabezas; y de la nada volvían a aparecer aquellas víctimas, su lengua entonces envolvía a cada una de las personas, las cuales se sentían impotentes y no lograban escapar de aquella lengua pegajosa, sucia, inmunda... entonces las cabezas de víbora mordían inmisericordemente a aquellos infelices que sólo acataban a sollozar agachando sus cabezas. Entonces desapareció Jesús y apareció aquel ángel, el cual volvió a decir a Conrad:

¾ ¡Soy tu conciencia!

Conrad quiso llorar, pero la actitud de aquel ángel se lo impidió. Entonces sentía muy dentro de sí mismo cómo aquellas intrigas, aquellas mentiras, aquellas "verdades" que había inventado para destruir a sus "enemigos" se volvían contra él mismo. Conrad no pudo soportar más. Quiso correr pero al momento sintió un gran peso encima de él, al sentir que era imposible escapar, el odio que había sentido en su vida carnal afloró en aquel instante y dirigió una mirada de intenso odio al ángel, el cual le sostuvo la mirada.

¾ ¡Soy tu conciencia!

Dijo el ángel y agregó:

¾ Durante todas tus existencias en los mundos yo te he acompañado, yo soy la chispa divina que el Padre depositó en ti cuando te creó, yo soy la voz interior que te habla siempre, yo soy el remordimiento que sentías cuando cometías tus crímenes, yo soy la alegría que sentías cuando hacías cosas buenas, muy pocas por cierto. A tu conciencia no le puedes mentir te vuelvo a repetir. Yo te conozco mejor que tú mismo, ¿recuerdas cuando jugabas a los dados con tus compañeros para así dejarle a la suerte, al azar, la vida de tus prisioneros? Recuerda cómo yo te gritaba: ¡No lo hagas, no te manches más tus manos de sangre! ¡Todos son tus hermanos, déjalos vivir! ¡A ti no te corresponde la vida de nadie!

Conrad enmudeció, bajó la vista y desapareció el ángel.

¿Cuánto tiempo pasó? Conrad se negaba a recordar ya nada.

Así permanecía en aquel lugar...

Luego, sin darse cuenta cómo, Conrad se encontró de pronto ante un tribunal. Él era el acusado, él era a quien se iba a juzgar. Se sintió extrañado, aquel juez era un ser distinto y nunca lo había visto, a los lados de aquél se encontraban otros personajes y cada uno tenía en sus manos una hoja de pergamino en la que estaban escritos cada uno los actos de Conrad. Aquellos personajes leían, y cada palabra quedaba grabada en la conciencia de Conrad.

El juez tomó la palabra y preguntó nombre y lugar de procedencia del inculpado.

Conrad contestó vagamente aquellas preguntas.

El juez dijo a Conrad:

¾ Puesto que reconoces todos y cada uno de tus actos de la vida que acabas de terminar, yo te pregunto: ¿Estás dispuesto a pagar a cada uno de tus hermanos en la misma forma que los hiciste sufrir?

¾ ¡Noooooo! ¾ Gritó Conrad.

El juez dijo:

¾ Entonces, ¿en qué forma piensas lavar tus culpas que llevas cargando?

Conrad veía entre unas hermosas nubes de colores a muchos bebés que sonreían. Los bebés eran de diferentes razas y colores, Conrad se quedó pensativo contemplando a aquellos niños que gozaban en aquella deliciosa quietud. Conrad no supo cuánto tiempo había pasado, apenas se dio cuenta que los jueces iban desapareciendo uno a uno y se preguntó para sus adentros: ¿Por qué estaré viendo a tantos niños?

Escuchó a sus espaldas aquella voz tan conocida:

¾ Esos niños son los bebés que nacerán en diferentes épocas y edades en el mundo Tierra.

Conrad se estremeció, a su interior llegaron instantáneamente los recuerdos de aquellas benditas madres embarazadas que habían sido destruidas en los campos de concentración de los nazis. Aquello había sido demasiado para Conrad y no pudo contener el llanto.

Aquella voz tan dulce a sus espaldas le dijo:

¾ Aunque tú no me ves, yo soy tu ángel guardián y me da satisfacción que ya estés arrepentido y sufres al contemplar todas tus malas acciones; el Todopoderoso te permite que tú mismo te evalúes y pongas tu propia sentencia para pagar tanto crimen. Esos bebés maravillosos como ya te dije, son los niños que nacerán, y con esa vivencia, la Ley divina te da a entender que tú mismo puedes elegir si deseas volver a nacer en tu mundo objeto de tus crímenes, y así como destruiste así pagarás por todas y cada una de tus acciones, pero la Ley divina es muy sabia y también te dará la oportunidad de pagar tus malas acciones con buenas obras, todo depende de ti mismo. Tú mismo elegirás la forma de pagar todo lo malo con buenas obras... se te darán los medios de pagar.

Conrad quedó pensativo, le pareció demasiado duro pagar tanto error, y rogó al ángel guardián que le explicara cómo podría pagar con buenas acciones.

¾ Ya te lo expliqué, pero volveré a hacerlo: La divina Ley es tan bondadosa que te pondrá todo a tu alcance para pagar lo que debes.

Conrad volvió a quedar solo, luego volvieron a aparecer aquellos jueces, y aquél que llevaba el mando preguntó nuevamente a Conrad:

¾ Y bien, ¿qué sentencia te será aplicada?

Conrad no lo pensó más y dijo:

¾ Deseo pagar con buenas obras mis pasadas culpas.

Entonces aparecieron unos ángeles que le mostraron a Conrad varios países, ciudades, pueblos... y le mostraron diferentes situaciones en la vida terrenal. Después de analizar lo que se le mostraba, Conrad dijo que deseaba pagar sus culpas en un país en donde a pesar de vivir en paz, los abusos de los que presidían el poder tenían al pueblo oprimido; los negociantes abusaban de los beneficios del comercio y encarecían los medios de subsistencia...

¾ Y, yo ¾ añadió Conrad¾ , lucharé porque los seres humanos tengan los beneficios que da la libertad.

El ángel interrumpió a Conrad para decirle:

¾ Ojalá y cumplas con lo que prometes, pues todos se olvidan de su promesa ya estando en el mundo y vuelven a caer traicionándose a sí mismos.

Entonces apareció nuevamente aquel jurado.

El juez principal dijo a Conrad:

¾ Cada una de tus palabras y buenas intenciones han quedado grabadas en éste pergamino.

Y mostrándole a Conrad aquel pergamino en donde estaban grabadas sus promesas, aquel juez dijo:

¾ Tu compromiso ha quedado grabado para siempre. ¡Vé al mundo y cumple lo que has prometido!

Desaparecieron aquellos jueces y Conrad quedó solo.

Nuevamente se hizo presente aquel prodigio divino: muy lejos Conrad veía una pequeña lucesita que se acercaba hasta hacerse muy grande, y en el centro de aquella luz apareció el divino Maestro de maestros Jesucristo. Conrad quedó embelesado contemplando aquella divina presencia, aquel rostro sereno, aquellos ojos color miel, toda aquella maravillosa figura de color dorado; su barba, su rostro, su pelo, todo acusaba una majestad infinitamente superior. Conrad quiso llorar pero aquella divina presencia levantó su mano derecha y sin hablar siquiera como por encanto sintió una gran paz, una infinita felicidad como nunca la había sentido en la Tierra. Entonces comprendió lo que le habían dicho aquellos personajes con los que había convivido en aquel punto del espacio: "Dios es el eterno Amor, porque Él mismo es Amor".

Jesucristo se alejó dejando en Conrad aquella infinita dulzura, aquella infinita quietud, aquella grandiosa felicidad.

Después Conrad escuchó nuevamente a sus espaldas aquella voz tan dulce de su ángel guardián:

¾ Ya no volverás a escucharme ni me verás, pero recuerda que siempre estaré junto a ti; yo soy tu ángel guardián y nada ni nadie podrá separarme de ti.

Conrad pidió humildemente al ángel:

¾ Siquiera permíteme contemplarte por una sola vez.

La voz aquella se dejó escuchar al instante frente a Conrad:

¾ ¡Estoy ante ti!

Entonces Conrad haciendo un esfuerzo dijo:

¾ ¡No te alcanzo a ver! ¿En dónde estás?

El ángel preguntó:

¾ ¿De veras no me ves?

Al instante Conrad vio una efigie transparente, un ser humano tan bello que debido a su belleza, no distinguía si era masculino o era femenino.

El ángel dijo:

¾ Nosotros somos los eternos guardianes de los humanos.

Conrad guardó silencio, se acordó de su propia conciencia tan dura y preguntó:

¾ ¿También me acompañará...?

¾ ¡En efecto! ¾ Se dejó escuchar aquella voz autoritaria.

Y al instante se presentó la conciencia de Conrad que le dijo a éste:

¾ Al igual que el ángel guardián, de mí no podrás separarte jamás porque somos parte indivisible de tu Ser.

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