Capítulo XXXVIII
Earl vuelve a nacer.
En 1941, en Alemania, la persecución contra los judíos era intensa; por todas partes aparecían los carros nazis sacando a la gente de sus casas o refugios.
Los discursos por la radio se escuchaban a todas horas... amenazas, persecuciones, burlas.
Nuevamente aparece Earl; había vuelto a nacer en una ciudad de Alemania. Sus padres se llamaban Natalia y Joseph. Earl en su nuevo cuerpo físico en 1941 tenía trece años. Había nacido en febrero de 1928 y su nombre ahora era Martin; era el tercero y último hijo del matrimonio antecediéndole Otto y Eva. Su niñez había sido feliz; sus padres adoraban a sus tres hijos y les daban lo mejor que podían. Su padre era zapatero y su madre dedicada al hogar. Los niños asistían regularmente a la escuela y vivían tranquilamente. Pero con la gran agitación nazi y la guerra a Joseph le atemorizaba aquel despliegue de fuerza contra los judíos, pues tenía muchos amigos que eran judíos y cuando llegaba a casa comentaba con Natalia el peligro que corrían sus amigos, los cuales no tenían adónde ir, pues las vías de escape estaban muy vigiladas por el ejército y aquellos amigos judíos estaban vigilados día y noche.
Muchas veces Joseph comentó a su esposa la posibilidad de esconder a aquellos amigos en su propia casa pues temía que a sus amigos junto con sus familias los asesinaran.
¾ ¡No te metas por favor! ¾ Le decía Natalia desesperada¾ , recuerda el odio que has despertado en mi hermano Conrad desde que supo que proteges a esos judíos.
Era cierto, Conrad era un astuto oficial de la Gestapo que desde tiempo atrás conocía a detalle las actividades "ilícitas" por llevar amistad con aquel grupo de judíos. Y como Conrad y Joseph no se llevaban bien, Conrad no perdonaba a su cuñado por el "gravísimo crimen" de tener amigos judíos.
Una noche, la familia despertó de su sueño; fuertes golpes con la culata del fusil de un soldado eran dados a la puerta. Joseph abrió apresuradamente, un golpe dado con la culata del fusil lo tiró al suelo... ya no se pudo levantar pues le habían quebrado la clavícula del hombro izquierdo; Natalia corrió a socorrerlo y fue amenazada por aquel soldado frío y feroz. Entonces se escuchó la voz de Conrad:
¾ ¿Dónde están tus amigos judíos, infeliz? ¿Dónde los escondes?
Sollozando Natalia le dijo:
¾ Hermano, no sabemos de qué hablas, pues nosotros no tenemos a nadie más que a nuestros tres hijos, si quieres, revisa la casa y verás que es cierto lo que te digo.
Aquel malvado sin ningún miramiento ordenó a la soldadesca revisar íntegramente aquel hogar. Los tres chicos temblando veían cómo los soldados levantaban y arrojaban los objetos para todos lados. Después de la inspección Conrad exclamó dirigiéndose a su cuñado:
¾ ¡Por esta vez te has escapado! Pero otra vez no tendrás la misma suerte pues yo sé de tus actividades clandestinas y te tengo vigilado.
¾ ¡Piedad! ¾ Le dijo su hermana Natalia abrazándose a Conrad.
Un fuerte empellón que le propinó Conrad, hizo que la mujer cayera de bruces en el suelo.
¾ ¿Ahora qué vamos a hacer?
Decía Natalia llorando abrazada a sus tres hijos. Y dirigiéndose a Joseph le dijo dulcemente:
¾ Cariño, yo te decía que te alejaras de esos amigos judíos, ahora también mis hijos corren peligro, pues somos sospechosos de proteger a enemigos del partido, recuerda que a Conrad le importa primeramente el partido que cualquier otra cosa.
Pasaron unos días sin novedad. Joseph asustado evitaba pasar por donde solía entrevistarse con sus amigos. De vez en cuando alcanzaba a distinguir entre las personas a soldados de la Gestapo que lo seguían. Un día Joseph desde su trabajo escuchó disparos cercanos, al asomarse a la calle, le pasó silbando una bala que tal vez no era dirigida a él, ¿o sí? Su clavícula rota le impedía moverse libremente por lo cual se volvió a meter a su taller. Pero algo le había llamado la atención, parecía haber reconocido a uno de sus amigos entre aquel grupo de personas que los soldados habían detenido. Sí, era su más grande amigo judío llamado Klaus. Joseph no lo pensó más y saliendo como pudo, caminó torpemente, su angustia fue infinita al distinguir a su amigo que era salvajemente golpeado en la cabeza con la cacha de la pistola de aquel inhumano oficial de la gestapo; en su cerebro se agolparon ideas, temores, angustias, por un momento no supo lo que hacía, se encaminó hasta acercarse y contemplar cómo aquel salvaje encañonaba con la pistola la cabeza de aquel desdichado.
¾ ¡Klaus! ¡Klaus! ¾ Se escuchó la voz temblorosa de Joseph llamando a su amigo.
La angustia no le permitió volver a hablar al contemplar la ejecución de su amigo. El disparo lo escuchó muy lejos... todo le parecía irreal, era como un sueño, sintió un dolor muy fuerte en su clavícula rota, se le nubló la vista pero alcanzó a ver la mirada feroz de su cuñado, el cual apuntaba su pistola salpicada de sangre en dirección de su persona. Sintió un leve desvanecimiento y luego la sensación de flotar. Entonces veía todo alrededor suyo lleno de una suave neblina blanca, escuchaba voces lejanas y sentía como si unas enormes manos lo acurrucaran dulcemente llenas de cariño. De repente sintió que su cuerpo era arrastrado y volvió a la realidad; sentía su clavícula partida en dos y un enorme dolor le impedía llorar o gemir. Dos manos fuertes como tenazas le arrastraban sujetándolo por los pies. Aquel soldado lo había oído gemir, sin embargo brutalmente fue arrojado a un camión en compañía de otros cinco cadáveres. El camión arrancó y se detuvo ante el vehículo de Conrad. Éste preguntó a los soldados:
¾ ¿Y el traidor?
¾ ¡Está arriba mi jefe!
Conrad siempre desconfiado se apresuró a ver el cadáver de su cuñado.
¾ ¡Jefe! ¾ Dijo el soldado que había arrastrado a Joseph¾ ¡Ése todavía está vivo!
¾ ¡¿Y qué esperas para darle el último tiro?!
Sin piedad alguna, aquel perverso oficial de la gestapo disparó su arma en la cabeza de Joseph.
A pesar del peligro en las calles, la familia de Joseph había buscado al desaparecido por muchas partes, cada uno de los niños por su lado, Natalia por otro. Las noches eran eternas esperando ver llegar a Joseph... Pasaron cuatro días, y esa mañana se presentó Conrad a saludar a su hermana. Su mirada había cambiado; antes era burlón y sagaz. Ahora aquella mirada era una mezcla de odio, cinismo y maldad. Socarronamente Conrad dijo a su hermana:
¾ Querida hermana, ¿y no has tenido noticias de Joseph?
¾ Conrad, ¿por qué me preguntas eso? ¿Acaso sabes lo que le ha pasado?
Burlonamente el malvado Conrad dijo:
¾ Yo estaba seguro que Joseph iba a acabar así. Hace cuatro días cerca de su zapatería hubo una matanza de judíos; algunos lograron escapar, pero otros no, fueron muertos allí mismo... tal vez Joseph huyó entre los que escaparon.
¾ ¡Mientes tío perverso, mentiroso, malvado! —Salió Martin de su habitación gritando.
Y emprendiéndola contra Conrad, le asestó varios golpes por pecho y cara. El tío, de carácter violento, de un sólo golpe derribó a Martin.
¾ ¡¿Y cómo me acusas?! ¡Si yo no he hecho nada en contra de tu padre!
Levantándose, nuevamente Martin le dijo en su cara:
¾ ¡Tío verdugo, tú lo mataste, yo te vi!
El estupor... la sorpresa... se dibujaron en el rostro de todos. ¿Cómo era que Martin afirmaba tal cosa? Si desde el día que Conrad había saqueado la casa de la familia de Martin, los tres chicos ya no habían asistido a la escuela; pues el temor de que en cualquier momento la gestapo se apoderara de los dos muchachos para enviarlos al ejército, era latente en aquel hogar, pues Martin contaba con trece años y Otto con catorce.
Pasando de la sorpresa a la violencia, Conrad volvió a asestar otro golpe en la cara de Martin y sacudiéndolo lo tomó de los hombros y añadió:
¾ ¡Es grave tu acusación...!
Y señalándolo luego con un dedo agregó:
¾ ¡Te olvidas que soy oficial de la gestapo y que a tus hermanos y a tu madre los tengo en mis manos, una sola orden mía y serán fusilados por traidores!
Natalia reaccionando se interpuso entre Conrad y Martin y tratando de apaciguar a su hermano, dijo:
¾ Perdona hermano; Martin, dado la angustia que vivimos no sabe lo que dice.
Martin gritó diciendo:
¾ ¡Yo sé, madre, que lo que digo es verdad!
Entonces una mirada de odio infinito dirigió Conrad a su sobrino Martin. Éste se estremeció y sintió pavor; un miedo desconocido le hizo temblar y con aquella mirada de su tío, sintió un halo de muerte.
Conrad salió apresuradamente de aquel infeliz hogar. La felicidad que antes se respiraba, ahora estaba sustituida por dolor en aquellos tristes corazones. Después de unos minutos, Eva tristemente le dijo a Martin:
¾ Y dime hermano, ¿cómo es que dijiste al tío Conrad que tú viste matar a mi papá?
Martin, dejándose caer, se sentó a la orilla de la cama y empezó a llorar. Luego les dijo a sus hermanos y a su madre:
¾ El día que mi padre ya no volvió, después que regresamos de buscarlo toda la noche, al llegar a casa me acosté a descansar; no sé a qué horas me dormí, pero vi claramente como ahorita los estoy viendo a ustedes, cómo el tío Conrad apuntaba su pistola en la cabeza de un hombre que estaba tirado en la calle, escuché el disparo y luego vi también cómo dos soldados echaban a mi padre herido en un camión junto con otros cadáveres. Sentí la agonía de mi padre muy dentro de mí; luego vi al tío Conrad que ordenó dar el tiro de gracia a mi papá... después todo fue silencio y dolor.
Natalia con la boca abierta por la sorpresa no acataba a pensar, luego, rompiendo a llorar en amargo llanto les dijo a sus tres hijos:
¾ Siento que lo que dice Martin es cierto.
Aquel hogar seguía sumido en la tristeza y el dolor. Natalia presentía algo muy grave. Los alimentos escaseaban y los amigos no se acercaban a la casa de aquella familia sospechosa. Martin por las noches deliraba; veía de vez en cuando aquella escena sangrienta, la misma que había visto el día que habían eliminado a su padre. Una noche soñaba que se encontraba en medio de un bosque muy tranquilo y silencioso, niebla muy blanca y tenue cubría algunos árboles... el silencio era total. De pronto vio una paloma blanca que venía volando en dirección a él, la paloma descendió suavemente al piso, un piso lleno de hierba verde y fresca; la paloma lo veía y él a ella; de pronto se escuchó muy lejos y a la vez dentro de él un disparo y luego otro más. Martin se estremeció, quiso gritar y no pudo, todo su cuerpo estaba entumecido; de repente se encontraba despierto sin poder abrir los ojos, sentía su cuerpo pesado, de repente vio a su padre Joseph, los labios de Joseph se movían pero Martin no escuchaba nada. No entendía... veía Martin a su padre con la misma ropa que llevaba el día que desapareció. Pasados unos instantes Martin veía que la figura de Joseph se desvanecía, pronto contempló sólo la efigie; Joseph era como de cristal, su cuerpo ahora era transparente, de pronto Martin sintió miedo, abrió los ojos... Joseph había desaparecido, de pronto la luz de la habitación se prendió y apareció Eva preguntando a Martin qué le pasaba, pues lo había oído gemir. Eva llamó a su madre y a Otto. Martin entonces platicó a su familia lo que acababa de vivir y trató de convencerlos que su padre ya era difunto. Natalia sollozando comunicó a sus tres hijos la decisión de huir de aquella ciudad antes que fuera tarde, pues algo muy dentro de su corazón le avisaba que Conrad algo muy siniestro fraguaba en contra de aquellos seres desvalidos. Pero... ¿adónde huir?
Otto tomó la palabra:
¾ Madre, yo sé que unos vecinos se preparan para huir a Francia, tal vez allá no nos encuentren; huyamos.
¾ No es conveniente tomar las cosas precipitadamente —Dijo Natalia.
¾ ¡Pero, madre! ¾ Dijo Otto¾ Esos judíos huirán hoy mismo, salen a las cinco de la madrugada.
Natalia sin pensarlo más, reunió a sus hijos y deprisa emprendieron la huida. Aquellas buenas personas asustadas dieron la bienvenida a sus inesperados acompañantes, abordaron inmediatamente una vieja camioneta, llegaron a una casa vecina, acomodaron en la parte trasera a una anciana que se les había unido a última hora... Todo iba bien cuando de pronto de un callejón salió una motocicleta, aquellos dos soldados ordenaron al chofer detenerse. Aquel judío no lo pensó más, pisó el acelerador a fondo y embistió aquella motocicleta dejando malheridos a los dos soldados.
¾ ¡Deténgase! ¡Deténgase! ¾ Gritaba Natalia desesperada¾ Uno de mis hijos y la anciana cayeron.
Se detuvo la camioneta, de repente el conductor vio con espanto que de otro callejón venía otra motocicleta con otros dos soldados que se dirigían a socorrer a sus compañeros heridos. Otra motocicleta se detuvo a apresar a Martin y a la anciana. El conductor de la camioneta no se detuvo, volvió a acelerar y se perdió en medio de la noche. Nunca más se supo nada de aquellas personas que huían del terror de la guerra.
La anciana al caer se había roto la cabeza muriendo instantáneamente; el infortunado Martin yacía desmayado con graves golpes en la cabeza y en el cuerpo. Aquellos soldados dieron por muertos a ambos y los habían dejado allí tirados... al cabo al amanecer la guardia los recogería para enviarlos a la fosa común. Amaneció y sólo estaba allí el cadáver de la anciana. Martin había vuelto en sí y con dificultad caminaba a lo que fuera su hogar. Un camión lleno de soldados estaba en la puerta de su hogar.
¾ ¡Tío Conrad! ¾ Dijo Martin abrazándose a su tío.
El perverso Conrad lo apartó de su lado y ordenó a los soldados.
¾ ¡Interróguenlo! ¡Sáquenle la verdad!
Pronto Martin se vio encerrado en un calabozo.
¾ ¡Piedad, piedad! ¾ Suplicaba a aquellos feroces soldados inhumanos.
Violentamente entró Conrad en aquel calabozo. Uno de aquellos tres fríos soldados dijo a Conrad:
¾ Señor, el chico no resiste más; él nos ha dicho todo lo que sabe... yo sé que es familiar suyo y le pido el perdón para él.
¾ ¿Eso es lo que tú quieres? ¡Está bien! Hazlo salir por el campo sin que nadie te vea.
Aquel soldado avanzaba pesadamente en medio del campo cargando el cuerpo de Martin...
Había pasado media hora; Conrad se entretenía platicando con los otros dos soldados...
¾ ¡Estúpidos! ¡¿Qué no se dan cuenta que el chico y el otro soldado han escapado?! ¡Búsquenlos y mátenlos en donde los encuentren!
Los dos soldados salieron corriendo de aquel calabozo, pronto encontraron la pista y salieron al campo pistola en mano.
¾ ¡Detente! ¡Detente! ¾ Gritaron a aquel heroico soldado.
¾ ¿Qué pasa? ¾ les preguntó.
¾ Ahorita mismo te mueres, ¡traidor!
¾ ¡Deténganse! ¾ Dijo el soldado¾ , el mismo jefe me dio la oportunidad de llevar a salvo a este chico.
¾ ¡Mientes, traidor!
Y de un golpe en la cabeza lo derribaron. Martin golpeado y sin fuerzas para levantarse cayó pesadamente al suelo. ¿Cuánto tiempo estuvo así? Martin ya no tenía noción del tiempo. Un escalofrío de muerte se apoderó de él. Respiró profundamente y perdió el sentido.
Los dos soldados habían vuelto con picos y palas. Habían hecho un hoyo en el campo y habían enterrado a aquel buen soldado y a Martin. La cabeza de Martin había quedado superficialmente fuera de la tierra, parte de la boca, parte de la nariz y el ojo izquierdo habían quedado al descubierto. Martin recuperó parcialmente el conocimiento, su cuerpo estaba helado y entumecido, de repente escuchó gritos y gente que corría en dirección a donde él estaba enterrado. Luego más gente corriendo y muchos disparos de ametralladora, lamentos, gritos, dolor, espanto... era la "ley fuga"; los soldados dejaban "escapar" a los presos y luego los ametrallaban. Martin volvió a sentir aquel frío, aquel estremecimiento que ya le era muy familiar, sentía ganas de escapar, quería mover las manos pero no podía, ya no tenía fuerzas... sus miembros no le respondían, quiso gritar, escuchó nuevos disparos, sintió el frío de la muerte, se desvaneció y murió... Se sintió flotando, todo el dolor que había sentido desapareció. Había ocurrido un milagro; de pronto se abrió una gran puerta, sintió que una fuerza lo arrastraba, pasó a través de aquella puerta, ahora veía nuevamente aquel bosque con mucha neblina blanca, un perfume exquisito en medio de aquella blancura. Martin escuchaba una música hermosa, eran coros de ángeles. Martin miraba para todos lados esperando ver quién cantaba, aquellos cantos, aquella música, aquel perfume llegaban a Martin y él se sentía feliz. De pronto vio que desde aquel lugar en que se encontraba se proyectó un rayo hacia abajo; intrigado se asomó y vio nuevamente aquel campo en donde yacía su cuerpo físico sin vida; lo que veía no podía creerlo, no podía por momentos ver claramente, pues una potente luz se lo impedía, pero luego de unos momentos se dio cuenta que allí entre aquellos montones de mártires asesinados por aquellos soldados despiadados, estaba un hombre con largas vestiduras blancas; aquel hombre con el pelo largo y la mirada puesta en el infinito derramaba lágrimas, los espíritus de aquellos mártires se habían reunido en torno de aquel hombre y abrían desmesuradamente los ojos, aquel hombre extendió sus brazos e hizo ademán de cubrirlos a todos. Algunos sollozaban, otros asombrados tocaban las vestiduras de aquel santo que despedía intensos rayos de luz. Aquel amor que derramaba aquel ser era intenso. De pronto aquellos que lloraban, sintiendo aquel amor, dejaron de llorar; luego todos sonreían felices. Martin se quedó contemplando a aquel hombre. Era Jesús, el divino Maestro de maestros, el Dios del Amor y del Perdón, el camino, la verdad y la vida. Había venido a recibir a sus ovejas masacradas en aras de una estúpida y ficticia superioridad.
Aquellos espíritus aún sangrantes y atravesados por las balas asesinas poco a poco empezaron a flotar, a través de aquel rayo de intensa luz dorada habían llegado hasta donde Martin esperaba. El Maestro Jesús había desaparecido. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? A Martin ya no le importaba el tiempo, en aquel sitio ya no existía el tiempo; no sentía hambre, frío ni dolor... todo era felicidad, una felicidad que invadía todo su ser. ¿Mi ser? Se preguntó Martin. Entonces levantó sus manos y las puso frente a sus ojos, sus manos todavía tenían tierra, su ropa también tenía tierra y sangre, con sus manos tocó su cara, su cabeza y todavía sentía un ligero dolor en donde se había golpeado al caer de la camioneta. Recordaba nítidamente todos los detalles de su vida que acababa de terminar. No pudo evitar un profundo suspiro que salía del fondo de su espíritu. De repente sintió que una fuerza lo sacaba de espaldas y a la vez se encontraba de pie... vio que aquel dulce y bello paisaje aparecía allá muy lejos y aunque percibía aquel maravilloso perfume y a lo lejos escuchaba aquella dulce música y aquellos cantos, de repente se encontró suspendido en medio del espacio y apareció como en una pantalla gigante todas y cada una de las escenas de lo que había vivido. Le llegaban a la memoria los actos buenos y los actos malos y a la vez se preguntaba a sí mismo: ¿Cómo una criatura de trece años puede cometer errores? Una voz muy interna se encargaba de contestar sus preguntas y esta vez contestó a Martin: En esta vida que acabas de terminar casi no tienes errores, son cosas sin trascendencia, pero mira para atrás y recuerda todas tus vidas pasadas.
Entonces aparecieron ante Martin muchas escenas de vidas pasadas. De repente volvió a verse como era en su anterior encarnación en Irlanda y recordó su nombre, Earl, y al momento volvió a ver a su adorada y tierna mujercita Maguie.
¾ ¡Maguie! ¡Maguie! ¾ Gritó con todas sus fuerzas.
Ella volteó a mirarlo y se alejó. Martin se quedó pensativo, de momento le parecieron aquellas escenas ajenas, impropias; luego más escenas, más lugares distintos, Martin ya no recordaba nada. Poco a poco empezó a recordar, pues aquellas vivencias le parecieron conocidas. Aparecían buenas acciones y Martin se sentía feliz, luego malas acciones y Martin sentía sufrimiento; luego veía personas distintas, otras ciudades, otros paisajes, personas más y más antiguas. Luego otros mundos, otras atmósferas desconocidas, otros seres distintos.
De repente en medio de aquellas vivencias que cada vez Martin sentía más y más reales, contempló a su tío Abner... ¿Abner? Se preguntó a sí mismo. No se llamaba Abner, se llamaba... Conrad.
Martin veía a su tío Conrad con su uniforme de la gestapo, aquel uniforme y sus manos estaban manchados de sangre, su mirada aparecía vidriosa, el pelo crispado. Martin veía que su tío Conrad parecía un loco diciendo incoherencias, cosas fuera de lugar. Martin volvía a ver a su tío que se decía a sí mismo: "Yo sólo he cumplido con mi deber, así es el destino; he matado a muchos porque así lo exige la ley de la tierra. No siento remordimientos, otro en mi lugar habría matado a más gente, pues ésa es la ley".
¿La ley? Ese es el convencimiento en la tierra, pero, ¿ante la Ley de Dios?
Martin seguía contemplando a su tío Abner... ¿Otra vez Abner? No, mi tío Conrad. En ese instante Martin pidió a la gran Ley universal se le permitiera aclarar aquellas ideas que se atravesaban en su mente. ¿Por qué se viene de repente el nombre de Abner? ¿Quién es Abner? Abner... Abner... se quedó Martin dialogando consigo mismo...
Martin empezó a recordar otra encarnación que tuvo a mediados del siglo XVII en Polonia; entonces él se llamaba Enrique. Sus padres se habían marchado de Polonia llevando a Enrique muy pequeño y se establecieron en un humilde hogar de Francia.
Un muchacho llamado Abner, que también había llegado a Francia se les unió en aquel hogar. Abner era codicioso y su finalidad era eliminar a Enrique a como diera lugar.
Al crecer ambos trabajaban en los campos de cultivo; pronto Abner dio muestras de poder organizar revueltas entre los peones y trabajadores en contra de los patrones. Enrique no aprobaba aquellos procedimientos, pues los consideraba bajos y perversos; en discusiones que tenían, siempre resaltaba el dominio de sí mismo de Abner. Enrique era pacífico y muchas ocasiones se alejaba de aquellos problemas con Abner.
Ya mayores de edad no habían progresado nada y a Abner le urgía tener dominio entre los trabajadores, pues muchos de ellos por temor a las represalias de los patrones cumplían con sus obligaciones. Una ocasión Abner organizó una revuelta contra su patrón; logró que los trabajadores dejaran podrir las uvas que se cosechaban. Los patrones encolerizados y armados se presentaron al lugar de los hechos.
¾ ¡Entréguennos a Abner! ¾ Dijeron a los trabajadores.
Viéndose perdido, Abner corrió hacia el humilde hogar en donde había conocido el amor de sus padres adoptivos y la compañía de un hermano; jadeando le dijo a Enrique:
¾ ¿Sabes, hermano? Vengo corriendo a pedirte un favor; tengo deseos de visitar el mar y te pido me suplas en mis quehaceres. Pasado mañana me presentaré a trabajar, y después cuando tú lo dispongas, yo te supliré en tus obligaciones.
Enrique por un momento titubeó y luego aceptando de buena gana se alejó con rumbo a las viñas.
¾ ¡Hey, hermano! ¾ Le gritó Abner¾ ¡Espera un poco, por favor!
Enrique se detuvo asombrado, pues Abner nunca le había dicho "hermano" ni se había dirigido a él con respeto y atención. Abner llegó hasta Enrique y le dijo:
¾ Hermano, para que piensen los dueños de las viñas que yo soy tú, toma, ponte mi camisa roja y llévate mi sombrero.
¾ No es necesario ¾ Enrique ya sospechaba.
Algo de mentira había en los ojos de Abner; algo tramaba contra Enrique... pero el noble corazón de éste se impuso y alejó de su mente aquellos malos presentimientos. Enrique empezó a caminar lentamente sintiendo un gran peso en sus espaldas.
Todavía Abner le gritó:
¾ ¡Anímate, hermano! ¡Recuerda que luego yo te pagaré cuando tú lo dispongas!
Al escuchar esto Enrique salió de su ensimismamiento y echó a correr alegremente...
Allá a lo lejos los peones gritaron:
¾ ¡Allá viene Abner!
Y acto seguido, los patrones a galope echaron sus caballos contra Enrique confundiéndolo con Abner. Enrique corrió asustado dando marcha atrás. Pronto lo alcanzaron los patrones y allí mismo lo destrozaron. Al darse cuenta del engaño dirigieron sus cabalgaduras hacia el hogar de Enrique... el canalla de Abner había escapado y nunca más lo volvieron a ver.
Así se iba tejiendo una relación entre Enrique-Earl-Martin y Abner-Conrad, los cuales ya no recordaban aquellas encarnaciones ni las relaciones de causa-efecto-compensación que establecieron entre ellos.
Abner-Conrad, alejando de sí mismo los remordimientos que por momentos le acosaban, se dedicó a tomar alcohol; las borracheras tan frecuentes lo hicieron más cruel. Los remordimientos eran cada vez más grandes, los recuerdos del mal que le había ocasionado a su cuñado, a su hermana y a sus sobrinos laceraban su alma, su propia maldad se volvía contra él; poco a poco aquel odio contra los judíos se iba apagando. Sus compañeros notaban que ya no era el mismo desde aquel día que había mandado asesinar a su sobrino Martin. Un guardia sin que él se diera cuenta, lo había observado cuando Conrad sigilosamente fue a ver el cadáver semienterrado de Martin; el guardia había visto cuando Conrad sacando el pañuelo de su bolsillo, disimuladamente había limpiado una lágrima reprimida y había sonado su nariz, pero había sido más grande el orgullo de Conrad cuando sintiéndose descubierto había arrojado un puñado de tierra contra el rostro de Martin con una de sus botas.
Conrad había regresado al cuartel, y desde aquel día a escondidas lloraba y se desesperaba. A pesar de ser la gestapo tan poderosa, nunca había vuelto a saber nada de Natalia y sus otros dos sobrinos.
Llegó el momento marcado por la gran Ley universal... Conrad se encontraba muy triste, llevaba muchos días sin dormir, a cada momento el sobresalto lo despertaba, por momentos soñaba que veía aquella camioneta en la que había escapado su hermana Natalia con sus hijos y los judíos. Veía cuando el cuerpo de Martin y el de la anciana al dar la curva, los dos eran arrojados en aquella calle. Conrad despertaba sudando y temblando, en su interior pedía perdón por aquellos crímenes, parecía que sus ruegos y su arrepentimiento no eran escuchados. El dolor lo hacía desesperarse. Aquel día Conrad se levantó muy temprano, le preguntó al guardia si no había noticias de su hermana, el guardia contestó negativamente. Unos momentos después le avisaron que sus superiores le enviarían a una misión. Llevaba sus botas muy limpias, su uniforme impecable. Su jefe inmediato le ordenó presentarse para dirigir una ejecución en donde muchos inocentes "enemigos del partido" serían pasados por las armas. Aquella orden cayó en su alma como una bomba. No pudo contestar a su jefe, sus labios y su lengua se negaron a hablar. Salió del cuartel como autómata, su mirada perdida, veía sin ver, salió con paso tambaleante a la parte posterior del cuartel. Ya estaban acomodados muchos inocentes temblando con ese escalofrío que anuncia los últimos instantes de existencia.
¾ ¡Mi jefe! ¾ le dijo un soldado¾ Esperamos órdenes de usted.
Conrad ya no escuchaba... levantó una mano para dar la orden a los asesinos; aquella mano estaba crispada, sus ojos vidriosos, de repente Conrad descubrió entre aquellos mártires a su sobrino Otto. Otto lo veía con aquella tristeza que reflejan los ojos de los mártires que saben que en ellos se comete la más cruel de las injusticias. Otto bajó la mirada y se resignó a recibir la muerte. Conrad tenía fija la mirada en una mujer que con la cabeza agachada esperaba también la descarga de los fusiles de los verdugos.
Conrad no lo pensó más, corrió hacia aquella fila de inocentes, con sus manos crispadas por el espanto y el dolor levantó tiernamente la cabeza de aquella mujer tomándola por la barbilla.
¾ ¡No es Natalia! ¾ gritó Conrad y se dejó caer en la tierra.
Otto miraba tristemente aquella escena comprendiendo el arrepentimiento de Conrad.
Entonces, ante la sorpresa de todos, Conrad se levantó y corrió hasta donde el cadáver de su sobrino estaba enterrado; levantó la mirada al cielo e imploró perdón. Ya no le importaba nada; el dolor, la impotencia y el sufrimiento eran más fuertes que el cumplimiento del deber.
Llegó entonces apresuradamente otro oficial y tomó el mando ordenando a los soldados disparar contra Conrad:
¾ ¡Primero al traidor! ¡Dadle primero al cobarde! ¾ Gritaba el oficial.
Conrad, valientemente dándoles la cara, recibió la muerte de frente, luego siguieron los asesinos acribillando a los prisioneros.