Capítulo XXXVII

 

 

 

El desenlace final:
Dublín, Irlanda. 1873

 

 

 

Después de varias noches en las que he estado soñando la cara de una mujer muy conocida para mi Interno, una hacienda y una tierra con pocos árboles; de repente me veo en un campo... He pasado mucho tiempo vagando y escondiéndome. En lo más profundo del alma tengo el remordimiento de haber asesinado a alguien. Sí, le quité la vida a alguien; a alguien muy querido, tal vez a un hermano... el remordimiento me sigue a todas partes, por momentos no aguanto más.

En aquel campo hay una casa muy grande y antigua hecha de ladrillos; a un lado de aquella casa, a una distancia como de cincuenta metros se encuentra un pequeño altar como de dos metros de largo por uno y medio de alto, su techo es de dos aguas. Me parece que el altar, como una pequeña casita, sirve para poner veladoras a un santo. Llega un investigador, se detiene, revisa aquella casita y encuentra que ya no tiene las medidas originales, ahora es sesenta centímetros más larga y el techo también ha sido aumentado...

Aquel investigador tan sagaz revisa la tierra, huele la hierba, da vueltas y vueltas a aquella casita, se detiene, huele los ladrillos, el olor no es igual, algo le avisa que allí está lo que busca.

Yo lo observo desde la casa grande a través de los cristales de una ventana. A cada movimiento de aquel investigador mi sobresalto es mayor, siento en lo más profundo de mi ser el espanto... el terror de ser descubierto.

Luego me veo en otra habitación de aquella casa. El piso es de madera, está pintado de café. Me encuentro sentado muy triste en una silla de madera. Una mujer morena, gorda y simpática se encuentra hincada en el suelo; trae puesta una blusa blanca muy amplia, una falda color naranja, su pelo es lacio y negro, sus ojos vivaces e inteligentes. En la pared izquierda hay una imagen de Jesucristo con los ojos muy bellos, tiene una mirada muy dulce. Frente a mí está una mujer muy blanca, de pelo rubio, ojos verde oscuro, nariz media delgada y un poco larga, está toda vestida de negro, es mi madre; ella me adora y sufre mucho por mi sufrimiento, es ella quien me ha dado todo, ella es muy rica, riquísima, y toda su fortuna me la ha dado. Al lado izquierdo de ella también sentadas están otras dos damas vestidas de negro. Ellas son también blancas, son hermanas de mi madre. La mujer morena, sonriendo dice:

¾ Esto nunca me ha fallado...

Hace unas oraciones y lanza al aire un pequeño cuchillo con cachas de madera... el cuchillo va cayendo y ella dice:

¾ ¡Dime quién es el asesino!

Veo con asombro y terror cómo cae el cuchillo con la hoja apuntando directamente hacia mí.

Se levanta mi madre llorando; una de mis tías me ve fríamente, la otra se tira al suelo llorando. Aquella buena mujer que lanzó el cuchillo me ve con una mirada llena de piedad. No dice nada, dirige su mirada a aquella imagen de Jesús, levanta sus manos y suplica llorando.

Me alejo tristemente arrastrando los pies. Me veo a mí mismo, soy un hombre joven; tengo treinta años, de raza blanca, tengo los ojos azules, el pelo rubio y la nariz grande, soy alto, me llamo Earl. Involuntariamente llego hasta aquel campo... es una sensación de abandono, ya no me importa nada, veo al investigador; está acompañado de dos policías que llevan cascos negros en la cabeza, su uniforme también es negro, hay otro personaje también vestido de negro, lleva abrigo negro, es el jefe o juez. Rompen las paredes de aquella casita y encuentran el cadáver de la que fue mi esposa Maguie; ella tiene tres meses de muerta y todo ese tiempo ha sido para mí un infierno. Uno de los policías me ve, se acerca y yo le entrego mis manos voluntariamente, en aquel preciso momento, sin palabras, todos los presentes comprenden quién es el asesino.

Soy conducido hasta las mazmorras de un viejo edificio, una celda de piedra, sin luz, sin mueble alguno, una vieja cama de hierro con colchón de paja, eso es todo lo que hay. Pasan los días... Interrogatorios, careos, golpes, torturas, pero ya nada me importa.

A veces sueño a mi adorada esposa; a pesar de todo la sigo amando, la sigo adorando, me hace falta. Y la sueño en medio de una neblina blanca que nos cubre a los dos. Y la vuelvo a ver; ella era más bajita que yo, su pelo largo y rubio, sus ojos dos esmeraldas oscuras en donde me gustaba verme. Los vestidos que usaba eran muy amplios porque era gordita; no había hijos, pero no los necesitábamos porque nos amábamos, nuestro amor era muy grande. En mis sueños veía que bailábamos y cantábamos los dos muy juntos y contentos. Todos sus vestidos aunque diferentes siempre los veía entre sueños que aparecían de color dorado; todo era felicidad aún en mis sueños. Pero luego venía la cruel realidad, mi esposa me había engañado muchas veces con diferentes hombres. ¿Cómo la maté...? ¡No quiero decirlo! Pero vuelvo a ver a mi cuñada Elena la hermana de mi esposa... Elena me había dicho muchas veces que dejara a mi esposa: "Ella no te ha dado hijos, yo te adoro Earl y te daré muchos hijos". A Elena yo la había rechazado muchas veces.

Y cuando supe la verdad que mi adorada Maguie me había traicionado, no dije nada; la verdad me había vuelto loco, perdí la razón y durante mucho tiempo callé y soporté todo. Empecé por vigilar a Maguie, me di cuenta que me engañaba con uno y con otro... Lo que no soporté fue cuando encontré a Elena diciéndole a Maguie: "Necesito más dinero para comprar el silencio de tus hombres".

Aquello fue el colmo. Salí de mi escondite dispuesto a matarlas a las dos; Elena hábilmente escapó llevándose el dinero. Pero mi adorada Maguie no pudo escapar. Loco de odio y desesperación la arrojé por la escalera de madera, cayendo pesadamente con la cabeza ensangrentada.

Aurelio era un sádico carcelero que gozaba torturando a los reos, le gustaba romperles los huesos de las piernas; tenía un ayudante llamado Phillip y los dos se divertían golpeando a los reos, ellos se sentían omnipotentes haciendo sufrir a los internos. Llegó el día del juicio, entró en mi celda aquel perverso carcelero, le gustaba golpearme hasta cansarse... ése día llegó dispuesto a pegarme, sabía que últimamente me quejaba de fuertes dolores en la cabeza, empezó a golpearme primero con las manos cerradas y luego con un palo. Del lado izquierdo de la nuca me dolía intensamente y aquellos golpes me hacían sentir desvanecimientos. Aquello le gustó al verdugo y me dio el tiro de gracia: un fuerte golpe hizo que mi cabeza sonara como calabaza hueca. Caí pesadamente y sentí que mi cuerpo quedaba inmóvil a la vez que mi espíritu flotaba. Vi claramente que llegó Phillip y entre los dos verdugos arrastraron mi cuerpo sangrante y lo acomodaron boca abajo con la cabeza en el primer escalón de piedra. Llegó el juez y aquellos asesinos dijeron simplemente: "¡Mi jefe! el reo quiso escapar y no pudo".

Desde entonces yo estuve flotando por encima de mi asesino Aurelio. Él despreocupadamente en las cantinas se ponía a platicar con sus amigos cómo era su trabajo de verdugo dentro de la prisión. Por las noches ahogaba con alcohol el terror que sentía cuando recordaba todos sus crímenes y crueldades cometidas con los prisioneros. Y yo veía cómo, cuando estaba en silencio, se reunían los espíritus de sus víctimas; aquellos espíritus no lo atormentaban, simplemente se reunían con actitud de indiferencia, no dialogaban, no actuaban de ninguna manera, simplemente estaban allí, pero seguramente Aurelio nos percibía claramente, porque era un cruel tormento los acercamientos de los seres que flotábamos encima de su cabeza.

¿Cuánto tiempo estuve flotando encima de Aurelio? No lo sé, pero ante mis ojos aparecían distintas situaciones, escenas que a veces no tenían razón de ser, pues unas veces veía el sufrimiento de aquellas personas fallecidas que Aurelio había matado... unas mujeres gesticulaban, hacían muecas de dolor, otros hombres indiferentes y otras personas lo amenazaban. Aurelio sufría intensamente y sólo el alcohol calmaba su terror; pero al amanecer, cansado de aquello, embrutecido por el alcohol se levantaba trastabillando y sin comer nada, se dirigía nuevamente a la cárcel... eso era su vida; el olor de la cárcel lo revivía. Rápidamente se dirigía a revisar los calabozos, dirigía una mirada perversa a los reos allí encerrados y algo en su interior se alegraba enormemente al descubrir alguna nueva víctima encerrada y desesperada. Investigaba pronto entre los demás carceleros el motivo de la presencia de su nueva víctima, los otros carceleros acostumbrados también, le permitían hacer lo que quisiera.

Así, día con día, noche a noche pasó el tiempo. Aquel tiempo era muy diferente al que yo conocía en la Tierra, pues me parecía que todo sucedía lentamente. Era un flotar encima de aquel ser tan perverso, tan malvado... Yo me sentía tan indiferente a todos, era una sensación extraña.

Un día aquel perverso Aurelio se encontraba tomando licor en una taberna, extrañamente aquellas visiones de las personas desencarnadas no se encontraban presentes; de pronto, los escasos borrachos, el cantinero y Aurelio se quedaron en silencio, algo flotaba en el ambiente, algo se aproximaba, de repente se abren las puertas de la taberna y aparecen ocho presidiarios que huían. "¡Te venimos a buscar a ti!". Gritó uno de los reos señalando a Aurelio. Éste quiso correr, buscaba desesperadamente su cuchillo y su palo, no traía ninguna arma. Como uno solo, los ocho presidiarios se abalanzaron encima de Aurelio y lo golpearon hasta arrancarle la vida. Terminada su labor, aquellos desdichados huyeron en diferentes direcciones.

Aurelio desencarnó y veía su cuerpo físico tirado en el piso de aquel tugurio, su espíritu flotaba sin comprender lo que le había pasado. Al igual que yo, al desencarnar se había quedado estupefacto, pues al querer levantar nuevamente su cuerpo físico ya no pudo hacerlo, quería actuar pero claramente se veía que su nuevo estado no le permitía actuar como acostumbraba en el plano físico.

Aquella fue la última vez que vi a mi asesino, pues no supe de dónde repentinamente se presentaron dos seres luminosos que tomaron a Aurelio y se lo llevaron desapareciendo en medio de aquel espacio. Allá a lo lejos se escuchaban todavía los improperios y palabras soeces que gritaba desaforadamente Aurelio.

Sin saber por qué, de pronto me vi flotando en medio de un espacio totalmente negro, a lo lejos alcancé a ver cómo en medio de aquel espacio negro flotaba una especie de piedra de color verde, me fui acercando y poco a poco pude ve que no era una piedra sino un edificio de grandes proporciones que tenía muchos salones grandes distribuidos en diferentes direcciones; todo aquel edificio era de color verde. Entré en un salón en donde llegaban muchos enfermos de diferentes padecimientos. Había muchas mujeres encintas y por unos corredores pasaban rápidamente doctores y enfermeras vestidos de blanco y en su camisa y gorro llevaban una rayita de color verde. Así estuve curioseando y sentía la necesidad de ser útil. Me salí de aquel hospital, porque eso era aquel gran edificio y seguí vagando por la inmensidad de aquel espacio negro. A mi antojo volvía a entrar al hospital y volvía a salir; mi cuerpo era tan ligero que yo podía discurrir por donde me venía en gana. Así estuve visitando aquel edificio suspendido en el espacio hasta que una vez, no digo noche ni día porque realmente no existe ni el día ni la noche para los desencarnados, y ya cansando de preguntar a enfermeras y médicos que pasaban, alguien a quien yo no veía me tomó por la espalda y me hizo comparecer ante un joven doctor de mirada amable, el cual sin yo preguntarle me dijo:

¾ Estás en el hospital de Alden.

Entonces yo le pregunté:

¾ ¿De dónde traen tantos enfermos?

¾ ¡Del cosmos! ¾ Contestó tajantemente aquel doctor.

Volví a insistir:

¾ Dicen que el cosmos es infinito, dime al menos de qué parte vienen.

¾ Si, en efecto, el cosmos es infinito, y mira, la Ley del Creador es tan grande que permite a cada una de sus criaturas ir conociendo poco a poco lo que por merecimiento propio van investigando, nada se te dará sin trabajar, y así, a ti te toca seguir buscando y descubriendo cosas nuevas.

Aquel doctor se alejó y yo me quedé en medio de un salón atestado de enfermos. Todas las camas estaban ocupadas, había hombres, mujeres, ancianos y uno que otro joven, pero casi todos eran mayores de edad. Por todas partes en el piso había sangre, orina, pus, etc. Algunas camas despedían el olor característico de la carne podrida, pero los ocupantes ya no estaban. ¿Qué clase de sitio es éste? Me preguntaba a mí mismo. Pasé mucho tiempo vagando por aquellos enormes salones llenos de enfermos... Llegó un momento en que sentí ganas de acostarme en una de aquellas camas pero sentí asco y no lo hice. Volví a preguntar a las enfermeras y a los médicos:

¾ ¿Qué lugar es éste? ¿Por qué tantos enfermos? ¿De qué lugar vienen? ¿Por qué todos están en este lugar?

Aquellos médicos y enfermeras seguían sin contestar. Luego se presentaron un médico y una enfermera que tiernamente me condujeron a un salón también pintado de verde, pues sus paredes eran verdes y el piso blanco, no tenía techo. Me sentaron en una extraña silla de color verde brillante, la enfermera me puso su mano derecha en el corazón y el médico me tomó la cabeza con sus dos manos, al instante llegó a mi cerebro una voz interior que contestó todas mis preguntas:

¾ Estás en el hospital de Alden, este hospital se encuentra en medio del cosmos, y aquí recibimos a todos los enfermos que nos llegan de la inmensidad del espacio sideral, de los diferentes mundos y aquí se les trata a los enfermos desencarnados que tienen diferentes fallas psíquicas; aquí preparamos a las mujeres encintas y a los bebés que nacerán en los diferentes mundos del espacio y del tiempo. Y como en todo el cosmos hay millones y millones de planetas habitados y el grado de evolución de los habitantes es variable, tenemos estancias repletas de seres con diferentes padecimientos psíquicos.

Entonces dentro de mí sentí la necesidad de preguntar:

¾ Si son desórdenes o padecimientos, o desajustes psíquicos ¿por qué veo a los enfermos en diferentes situaciones? Algunos vendados de un brazo, de una pierna, de un ojo, de la cabeza, otros chorreando sangre, otros con sus órganos internos desgarrados... ¿por qué todos en este hospital están heridos?

Al instante llegó la respuesta a mi interior:

¾ No son heridas físicas, son heridas del alma. En el plano físico es el alma la que sufre y se desespera, es ella la que se hiere o la hieren, con sus diferentes y torpes actuaciones, siempre sale estropeada; en su vida física desoye las voces de alerta de su propio espíritu y sale mal librada casi siempre. Es por eso la necesidad de curar esas heridas y volverla a dejar en condiciones óptimas para cuando la Ley divina disponga nuevamente su encarnación en el plano físico que le corresponda.

Aquella voz continuó con sus explicaciones y me dijo:

¾ En el alma, que es uno de los cuerpos internos de los seres humanos, quedan grabadas las heridas que le son infligidas a los cuerpos físicos.

Instantáneamente me toqué mi cabeza y volví a sentir un agudo dolor en aquel lugar donde Aurelio me había golpeado hasta darme muerte.

Volví a fijar la vista en todo aquel conjunto de seres humanos y ahora percibí claramente que todos sin excepción tenían una bata blanca; ahora las camas tenían sábanas muy blancas y limpias y la mayoría de las personas reflejaban en su rostro una paz y una tranquilidad absoluta como no existe en el plano físico de la Tierra, pues vemos en el mundo a la mayoría de las gentes reflejando en sus caras las diferentes pasiones mundanas.

Aquel silencioso diálogo había terminado y yo había comprendido todo, pero había quedado muy dentro de mí el recuerdo de aquellas palabras: "Curan las heridas del alma y la dejan en óptimas condiciones para cuando la gran Ley divina disponga nuevamente su encarnación en el plano físico que le corresponda".

Así estuve no sé cuánto tiempo, tenía dentro de mi ser el deseo de preguntar el significado de aquella pregunta; de repente me percaté que volvía a estar en medio de aquella negra inmensidad... una soledad fantástica, pero sentía una tranquilidad y una paz muy grande. En otras circunstancias aquel espectáculo me hubiera causado miedo o desesperación. Entonces sentí claramente que mi ser se movía al principio lentamente, después cierta rapidez me indicaba que era llevado involuntariamente hacia un punto definido en el espacio sideral. A lo lejos vi primero un puntito de luz, aquella luz se fue agrandando y poco a poco fui percibiendo luces de distintos colores hasta que aquella luz se veía de una inmensidad tan grande que mi cuerpo espiritual lo sentí como si también se hubiera hecho muy grande.

Al fin tuve la sensación de que ya no me movía ni avanzaba, volví a sentir claramente en mi interior aquella voz que me hablaba y me dijo:

¾ La paz sea contigo. Ahora mismo tendrás la respuesta a tu pregunta.

Entonces empecé a percibir cómo aquellas luces adquirían movimientos propios y allá muy lejos se veía la figura de una enorme cabeza transparente, era la cabeza de una mujer; su pelo largo lo formaban los hilos de diferentes colores de aquellas luces radiantes. Entonces percibí sus ojos, aquellos ojos eran majestuosos y tenían aquella luz, aquella tranquilidad que yo percibía en aquella dimensión, reino o lo que fuera. Aquellos ojos reflejaban las luces de diferentes colores que emanaban de aquellas luces de su pelo de aquella bellísima mujer. Entonces vi que aquella maravillosa mujer estaba acostada de lado y su cuerpo inmenso descansaba en una alfombra de pasto verde y aquella mujer yacía desnuda y aparecía embarazada... Entonces, ¡oh, maravilla! Aquella comba materna, aquella panza desnuda se abrió y salieron infinidad de lucesitas de muchos colores y de aquellas lucesitas se formaban miles, millones de niños y niñas, algunos de los cuales tenían un dedito de sus manitas en su boquita y todos los niños aún tenían su cordón umbilical y éste flotaba a la distancia e iba a dar a las entrañas de aquella infinita Madre que miraba a sus pequeños vástagos con gran satisfacción y cariño. Luego sucedió que de aquellos dos enormes senos brotaban grandes chorros de luz blanca que asemejaba leche y aquellos chorros de luz terminaban por extenderse y convertirse en millones de lucesitas que iban a caer directamente a cada una de las infantiles boquitas de aquellos bebés bienaventurados. Los bebés sonreían complacidos ante aquel regalo celestial y agitaban sus manitas queriendo alcanzar aquellas lucesitas que tiernamente se dejaban atrapar. Aquel espectáculo maravilloso duró mucho tiempo. Las preguntas llegaban a mi ser, y digo "mi ser" porque no encuentro la manera de explicarlo. Pues allí en aquella inmensidad en donde todo es felicidad no sentía tener cuerpo físico aunque mi verdadero ser espiritual tenga la misma forma del cuerpo físico que me pertenecía en la Tierra y que había dejado para siempre.

Entonces de todos los lugares del cosmos llegó otra clase de luces de color dorado, se fueron acercando y me di cuenta que eran ángeles; sí, eran ángeles con alas y cuerpos humanos que en una acción bien definida, tomaban a cada uno de aquellos bebés y remontaban el vuelo llevando sus preciosas cargas. Se veía a distancia cómo aquellos cordones umbilicales flotaban y se alargaban y sin romperse seguían comunicados hasta las entrañas de la bendita Madre Divina que contemplaba sonriendo aquella magnífica Creación. Poco a poco una tenue luz azul se me fue acercando, entonces en aquella inmensidad de aquel maravilloso espectáculo empecé a ver unas diminutas esferitas que se agrandaban rápidamente, eran mundos a donde se dirigían aquellos ángeles, pero entonces noté que cada uno de aquellos sonrosados bebés llevaba debajo de su brazo derecho un pedazo de sabroso pan... ¿Cómo sabía yo que era "sabroso pan"? Pues, porque simplemente tenía aquel pan un aspecto tan delicioso que cualquiera tendría que decir que era sabroso.

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