Capítulo XXXVI

 

 

 

La Verdad Eterna.

 

 

 

Mucho tiempo había pasado desde aquellos primeros años en que mi Interno recordaba con dolor aquel crimen que mi cerebro actual no conociera. Muchas noches como un lejano reflejo llegaban las vivencias de aquella encarnación pasada en algún lugar de la Tierra.

Había tenido tantas vivencias, viajes astrales, experiencias y enseñanzas primero con mi gran maestra Chelo y luego con Wenceslao, que aquellos recuerdos casi habían quedado olvidados... En aquella humilde casita de Chelo había tenido muchas experiencias astrales, y estando en cátedra se me había concedido contemplar varias encarnaciones pasadas de mi espíritu en otras épocas y lugares de la Tierra y tal vez de otros mundos.

Mi primera encarnación en este mundo había sido en algún lugar de la Tierra... De pronto me vi corriendo a la orilla de un desfiladero, llevaba a mi compañera de la mano y los dos corríamos. Los dos llevábamos como único vestido un taparrabos. Ella descalza, morena, con el pelo largo y negro. Yo descalzo también, moreno, pelo corto, ojos negros y en una de mis manos llevaba una lanza. No hubo detalles, nombres, nada. Al fondo de aquella escena se veía el cielo borrascoso... eso fue todo.

En otra ocasión, viví tal vez en algún lugar de Europa. De pronto me veo al pie de una escalinata de piedra con escalones muy toscos; soy un hombre blanco como de cincuenta años de edad. Pelo, barba y bigotes blancos, ojos azules y saltones, estoy descalzo y como único vestido una especie de túnica de yute; en mi mano derecha un anillo de oro claro muy tosco como si hubiera sido hecho a martillazos y tenía engarzada una piedra morada, una amatista; casi tengo la seguridad que en aquella encarnación fui monje.

En otras ocasiones contemplé otras encarnaciones mías que pasaron ante mis ojos; las vi claramente pero sin muchos detalles. Una ocasión me vi con mi cuerpo transparente; era como si fuera únicamente mi espíritu y estaba en medio de un campo de cultivo, la tierra parecía recién trabajada y ya sembrada, pero las plantas aún no nacían; a lo lejos se veían unas hileras de viñas con las uvas recién nacidas y entre aquellas viñas un hermoso faisán remontando el vuelo.

Pero mi última encarnación anterior a ésta, tal vez la más dolorosa... Era yo un niño de trece años y había sido perseguido y ultimado por mi propio tío en la Alemania nazi; ahora sí había recordado con todo detalle los puntos más importantes. Yo me llamaba Martin y mi tío Conrad.

No, no eran alucinaciones mías, aquellas vivencias eran bien reales... Aquel dolor me calaba hasta el alma. Aquellos recuerdos llegaban desde lo más profundo de mi espíritu. No eran engaños, no eran sueños sin sentido... era la más cruda y viviente realidad.

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