Capítulo XXXV

 

 

 

Ayuda de los Elementales.

 

 

 

Siendo las once de la mañana de aquel domingo, en las ruinas de Chicomostoc, Wenceslao nos ordenó prepararnos para el trabajo con los elementales.

—Es un trabajo de limpieza —nos dijo—, espero que todos hayan traído lo que se les pidió.

Yo no había llevado nada ni tenía conocimiento de aquel trabajo, por lo que pregunté a Wenceslao; el cual, con todo gusto nos volvió a explicar a todos por igual:

—Acabo de decir que del cosmos recibimos energías diversas que atraviesan tanto el planeta como a todos los seres vivientes, y sin saberlo, nosotros también somos afectados e impregnados por energías que desconocemos; a veces estamos en sitios cargados de esas energías que resultan ser negativas y que estropean nuestra libre evolución... pero también, como somos energía, hay personas cargadas de malas energías y éstas se nos adhieren y no nos damos cuenta. También nuestras malas acciones, nuestros malos deseos e intenciones... hay un sinfín de energías que nos afectan; el llamado "mal de ojo" que principalmente ataca a los pequeñines, no es más que energías mentales de personas mayores que afectan a los niños, y si se les deja allí, pueden traer fatales consecuencias y el bebé puede morir, por eso vuelvo a repetir: necesario es que nos limpiemos periódicamente con el poder de los elementales.

—¿Y qué son los elementales? —Pregunté.

—Son los seres que viven dentro de los vegetales, y que tienen el poder de absorber las malas energías.

Luego me dijo:

—Si no trajiste lo necesario, pide a tus compañeros a ver quién puede dártelo.

Y así en aquella forma tan clara y desprovista de fantasías, todos quedamos convencidos de sus explicaciones.

Uno a uno, todo aquel grupo, se fue acercando con sus cosas y Wenceslao nos enumeró lo que debíamos presentar:

—Tres rosas rojas. Una rosa blanca. Un puñado de romero fresco. Un puñado de ruda fresca. Un puñado de hierba en cruz. Un puñado de pirul fresco. Tres huevos de corral, no de granja; huevos de gallina que viva libremente alimentándose de lo natural como el gusanito, las semillas, los granitos de arena, granos de maíz o trigo, y que pueda convivir con el gallo, así el huevo estará completo y absorberá mejor las malas energías... el elemental que vive dentro del huevo trabajará mejor. Un recipiente con agua limpia y un poco de incienso.

Los muchachos salieron a traer ramas secas y pronto tuvimos una gran lumbrada, entonces Wenceslao ordenó a cinco personas ya experimentadas; y uno a uno fueron pasando cerca de la hoguera. Hábilmente cada uno de los asistentes había hecho un ramo con las hierbas enumeradas y, colocándose junto a la persona que los limpiaría, le entregaba el ramo. Así la persona limpiaba minuciosamente a cada uno con el ramo, haciendo ademán como que tiraba al fuego aquello que supuestamente le quitaba del cuerpo y al terminar echaba al fuego el ramo también, luego procedía a limpiarle el cuerpo con cada huevo y los arrojaba al fuego.

—¡Mucho cuidado! —Gritó Wenceslao— Recuerden que casi todos los huevos explotan.

Pronto tuvimos grandes truenos por doquier, pues ciertamente, casi todos los huevos explotaban estruendosamente. Después de limpiar el cuerpo de la persona con los huevos, seguían limpiándolo con las tres rosas rojas y después también las rosas eran arrojadas al fuego, y al último el paciente era limpiado delicadamente con la hermosa rosa blanca, después de lo cual también era arrojada al fuego. Al terminar de ser limpiados, silenciosamente cada uno se iba acomodando tomando asiento en el suelo, lejos de aquellas explosiones de los huevos.

Al ser limpiados todos los presentes, las cinco personas que nos habían hecho la depuración, procedieron a limpiarse cada uno con los elementales. Cuando ya nadie faltaba para aquel trabajo de limpieza, y se habían terminado las explosiones, entonces todos silenciosamente pasamos y arrojamos el puñado de incienso. Desde el principio del trabajo, cuando las hierbas estuvieron siendo arrojadas al fuego, despedían un delicioso perfume, pero cuando arrojamos el incienso, olía aún más bonito.

Todos volvimos a nuestros lugares y así permanecimos un buen rato, luego Wenceslao nos ordenó tomar agua de la que habíamos llevado y toda la que sobró la arrojamos a la hoguera y así la apagamos. Luego nos retiramos a compartir entre todos, los alimentos que habíamos llevado. Al final de aquel domingo todo era felicidad.

—¿Por qué en día domingo? —Le preguntamos a Wenceslao— ¿Por qué a las once del día? ¿Por qué en aquel sitio?

—Porque el domingo es el día en que rige el sol de acuerdo a los signos del zodíaco; a las once del día porque aún es domingo, pues ya después de las doce es otro día, aunque siga siendo domingo; y en este sitio tan especial, porque es un centro donde convergen energías y fuerzas cósmicas, es como si fuera un enorme pararrayos que atrae descargas del cosmos.

Pasaron muchas noches y no había pasado nada... De pronto, sin yo proponérmelo, me sucedió lo que tantas veces me ha sucedido, instantáneamente estoy otra vez allí junto a la pirámide del sol y veo allá que sale el sol entre las montañas, y vuelvo a ver el sol, y vuelvo a ver aquellos círculos a los lados del sol y enseguida veo allá debajo de aquellas ruinas en una planicie un conjunto de chozas de piedra con techos de zacate, y veo algunos habitantes de aquellos tiempos; son indígenas con ropajes blancos, algunos descalzos, otros con sandalias, algunos con arcos y flechas persiguen animalillos, conejos y liebres. Pero mi interés se fija en aquellas dos pirámides, la del sol y la de la luna, y entonces veo al jefe; lleva una capa que le cubre la espalda, la capa es de color verde brillante, lleva una piel de venado que le cubre desde el ombligo hasta las rodillas, está descalzo, pero en sus tobillos lleva tres piedrecillas de color azul, son turquesas. Este personaje está junto a la pirámide del sol, es un amanecer muy hermoso, las nubes blancas van adquiriendo un color dorado, el azul del cielo es intenso, el sol va naciendo entre las montañas; el personaje lleva el pecho desnudo y poco a poco el sol da de lleno en su pecho. Aquel jefe eleva sus ojos al infinito por encima de sol... luego se acerca una joven muy hermosa vestida de blanco y sostiene una cazuelilla de barro con ambas manos, la cazuelilla está llena de ópalos y encima tres turquesas; la joven está hincada. Aquel personaje o sacerdote sigue con la vista fija en el cielo, la luz del sol brilla de lleno en su pecho; respira profundamente, al exhalar el aire emite un canto muy dulce y su pecho vibra con mucha fuerza, aquellas vibraciones se unen a las vibraciones que provienen del sol... el ser se transforma, su cara se hace muy bonita, todas sus facciones sufren una grata transformación. Vuelve a respirar profundamente y al exhalar el aire todo su ser vibra, y esas vibraciones ponen en movimiento a la pirámide del sol que también vibra tremendamente. Entonces sucede algo maravilloso; de repente el sacerdote se eleva como a tres metros de altura y se traslada flotando en posición vertical hasta la pirámide de la luna, allí se detiene por unos instantes, mientras el sol se ha elevado más. El sacerdote girando lentamente para atrás, queda en posición horizontal y entonces la luz del sol le baña todo su ser de frente, la luz que emana del sol se convierte en un color dorado, anaranjado y violeta, es una combinación bellísima; la capa del sacerdote cuelga hacia abajo sin desprenderse.

Aquel espectáculo dura unos minutos y luego desaparece el sacerdote quedando sólo el paisaje. Me pregunto a mí mismo, ¿qué pasó? Me llama la atención las vibraciones que emite la pirámide del sol; la hermosa joven vestida de blanco permanece hincada con la cazuelilla con piedras que adquieren una belleza repentina. Sin saber cómo ni de dónde de pronto aparece el sacerdote, su cabeza erguida, la mirada seria... luego toma un puñado de piedrecillas que le ofrece la joven y con ellas parece enjugarse las manos; aquella luz, aquella fuerza y energía que tienen las piedras, es absorbida por las manos del personaje. Después de unos minutos, el sacerdote deja caer las piedras en la cazuelilla; la joven se retira con la vista baja llevándose el recipiente.

Luego se van acercando hombres, mujeres y niños; delante de la comitiva que canta tan alegremente, va un hombre joven que viste únicamente un taparrabo, está descalzo y en sus manos, a manera de ofrenda, lleva un puñal de pedernal muy filoso; también va una joven muy hermosa vestida de blanco, va descalza y en sus manos lleva un par de sandalias también a manera de ofrenda... llegan ante el sacerdote; primero el joven le entrega el puñal y se retira. El sacerdote gallardamente sostiene la daga en sus manos. Llega la joven y procede a ponerle ambas sandalias. El sacerdote, empuñando aquel puñal y calzando aquellas sandalias, se dirige hasta un lugar en forma de plaza donde en medio de ésta se encuentra un hombre que viste un taparrabo; el hombre está encima de la piedra de los sacrificios... a su lado derecho está una hoguera alimentada por gruesos leños. Se acerca el sacerdote y poco a poco se van acomodando todos los integrantes de la comitiva.

El hombre cierra los ojos, está libre, no está amarrado. El sacerdote levanta el puñal y lo dirige al sol y así permanece unos instantes, después rápidamente dirige el puñal al centro del corazón del hombre.... Espero ver atravesado aquel pecho, pero no, el sacerdote no lo atraviesa, no lo hiere, no hay sangre, no hay violencia ni dolor. El sacerdote sostiene el puñal tocando firmemente la piel; el hombre respira profundamente ensanchando el pecho, su estómago se ve hundido. Rápidamente el sacerdote hace ademanes de limpiar el corazón, le da pases... el hombre exhala el aire mientras que el sacerdote hace ademanes de echar al fuego algo que ha sacado del pecho del hombre, algo que no se ve físicamente... el hombre vuelve a respirar profundamente ensanchando el tórax y hundiendo el estómago, entonces el puñal del sacerdote se mueve rápidamente en círculos alrededor del ombligo del hombre; éste sigue respirando acompasadamente. El sacerdote se aleja un poco, guarda el puñal en el cuero de venado que le sirve de ropaje y empieza a bailar deliciosamente dando palmadas con las manos. Todos los asistentes abren los ojos y empiezan a cantar. El sacerdote después de mucho rato deja de bailar y se dirige al hombre que sigue en la piedra de los sacrificios, lo toma por su mano derecha, lo levanta como si fuera una pluma y entablan un diálogo en una lengua extraña; es como si se comunicaran con dulces cantos... al principio no entiendo nada, pero luego todo lo entiendo perfectamente.

Y dice el sacerdote a aquel hombre:

—Delante del pueblo has quedado marcado y has jurado desde hoy transformarte y ser un hombre nuevo; pero lo más importante es que el Padre en el cielo ha recibido tu promesa y te ha bendecido, pero recuerda, que ante Él has jurado deshacerte cada día de los errores que han entorpecido tu evolución y puedas un día alcanzar la perfección.

El hombre en silencio se hinca y levanta la mirada hacia el sol. Pero no es el sol lo que está contemplando; no, no es al sol al que adoran aquellas personas en esos instantes... allá arriba en el lugar que ocupa el sol, está sonriente una gran cara de un anciano lleno de luz en medio de un jardín maravilloso del que salen cánticos, perfumes deliciosos y una multitud de ángeles que sonríen a aquel pueblo "primitivo". Poco a poco van desapareciendo aquellas maravillas; vuelve a aparecer el sol y de la nada aparece una gran nube blanca y poco a poco va formando la figura del salvador del mundo; es Jesucristo, que con esa mirada tan dulce contempla sonriente a aquel buen pueblo.

Aquella aparición dura mucho tiempo... el pueblo la mira extasiado. Todo queda en silencio y poco a poco va desapareciendo aquella maravilla. Luego todos se retiran a seguir con sus vidas.

Me pregunto a mí mismo: ¿Entonces, cuál es la verdad?

Y la voz de mi amigo, que siempre está presto a explicar me dice:

—Al principio, aquellas gentes eran buenas y puras, después, con el paso del tiempo fueron cambiando sus costumbres hasta que llegó el salvajismo, ¿me explico?

Después de unos días, pregunté a Wenceslao sobre aquello que él nos decía referente a los agregados psicológicos y me contestó:

—Dentro de nosotros mismos, cada uno lleva un ángel y un demonio; debemos actuar con el corazón y no con la mente, pues el corazón no se equivoca y la mente siempre la anda "regando". La mente es un demonio que vive dentro de nosotros y si la dejamos actuar libremente nos meterá en graves problemas. ¿O no es cierto que andamos pensando puras tonterías? Y nuestra mente anda volando siempre de flor en flor sin poder nunca concentrarnos en cosas positivas... siempre andamos pensando que otros nos atacan o nos están haciendo algo malo cuando sólo nos lo estamos imaginando. Los primeros cristianos, al inicio de la era cristiana, sabían mucho sobre la necesidad de cambiar nuestros senderos equivocados, pues precisamente en esos tiempos, como hoy, los siete pecados capitales reinaban entre la humanidad, y sabían que era necesario y urgente cortar de raíz aquella plaga de agregados psicológicos. El ejemplo se los había entregado el gran Maestro Jesús; asimismo les había entregado la fuerza necesaria y ellos debían enseñar a la humanidad, pero los déspotas gobernantes habían ordenado arrojar a aquellos mártires a las fieras para ser devorados. Aún así, aquellos sacrificios deberían encender en los corazones de la humanidad la chispa generadora del cambio radical; en pocos siglos la Tierra debería haber pasado a un grado superior de evolución, mas aquel adelanto fue frustrado. Nuevamente las fuerzas retrógradas se opusieron al adelanto de la humanidad entregándole vicios, degeneración, perdición, salvajismo y mentira en lugar del adelanto y la evolución. Y recuerden, esas fuerzas maquiavélicas trabajan incesantemente con el único fin perverso de perder a la humanidad haciéndoles vivir un espejismo de consecuencias funestas. Jesús nos dejó muchas fórmulas para ser feliz en este mundo, así como para el adelanto y la evolución: "Amaos los unos a los otros y perdonaos". Si aplicáramos esta fórmula sencillísima, no habría mentira, crimen, traición ni dolor, pues el amor que existe en todo el cosmos trabajaría en bien de todos a través de nuestras obras equilibradas. Toda la humanidad se sorprende del adelanto de las ciencias en este final de milenio; este último siglo ha estado avanzando a pasos agigantados, nuevos descubrimientos son revelados día con día y es la máxima prueba de lo que les acabo de afirmar. Este mundo esta llamado a albergar a una humanidad muy adelantada, ¿y saben por qué los hermanos extraterrestres no se nos acercan...?

Todos quedamos en silencio esperando la respuesta. Y nos dijo Wenceslao:

—Pues, sencillamente somos tan estúpidos que no nos despojamos de ese yelmo que nos impide ver claramente; estamos sordos y ciegos, no queremos dejar la porquería de esos siete pecados capitales. Esas gentes de otros mundos, nos contemplan sumergidos en el error, viviendo un espejismo, una fantasía; ven que no queremos evolucionar y mejor no se acercan, ven nuestras auras manchadas, sucias, andrajosas y que no queremos lucir las blancas vestiduras del reino.

Al instante sentí un sobresalto interno. ¡Eran las mismas palabras de Chelo, era la misma adoración al gran Padre universal y a su divino Hijo!

Wenceslao prosiguió:

¾ Debo preparar un pequeño grupo de voluntarios que sobresalgan por sí mismos, porque he de entregarles las enseñanzas secretas de Jesús a sus discípulos y a los primeros cristianos.

Sentí una enorme alegría que venía del fondo de mi espíritu. Aquella promesa significaba más de lo que estuve esperando toda mi vida... Trabajamos con tesón y ahínco y me gané el lugar anhelado.

Pasaron once meses... y los duros trabajos que nos impuso Wenceslao, con grandes esfuerzos los había superado.

Y aquel maravilloso día, a la hora señalada, entramos a la casa de Wenceslao. Había muchas luces de colores, mucho incienso, música de la India y del Tíbet, muchas flores... El momento había llegado.

Wenceslao nos recordó los sacrificios de los primeros cristianos y el simbolismo que teníamos que encontrar de aquel ejemplo. Nos preguntó si estábamos dispuestos a luchar contra nuestros propios defectos; con aquellos simbólicos siete pecados capitales... que si estábamos dispuestos a dar la vida por el Cristo que llevamos dentro de nosotros mismos y cada uno de los seres humanos... y que si llegado el momento estábamos dispuestos a dar la vida por nuestros semejantes.

Luego nos dijo:

¾ Dice el divino Padre de los cielos: "Hijo amado, cuando se te entregan estos dones espirituales, junto con ellos vienen las grandes pruebas y los grandes sufrimientos a ti; recuerda el sufrimiento y el dolor de mi Hijo bienamado y recuerda el dolor de la divina Madre al ver sufrir a su divino hijo".

Wenceslao nos volvió a preguntar:

¾ ¿Estáis dispuestos a que sea develado el libro de la verdad ante vuestros ojos?

Mis compañeros y yo contestamos afirmativamente. Luego aquella promesa se cumplió y conocimos aquello que habían vivido los mártires en los albores de la era cristiana. Aquel juramento que hicimos no puede ser revelado.

Habían pasado algunos años y ya me había acostumbrado a la enseñanza de Wenceslao y a las duras pruebas que nos imponía.

Sentí otra vez aquella terrible tristeza cuando Wenceslao nos anunció que pronto nos iba a dejar porque el Padre le tenía encomendada otra misión; que tal vez se iría a Europa empezando por España.

Un día no lo vimos más. Aquella casa había quedado vacía; ni siquiera se había despedido.

Después de un mes lo volvimos a ver. Estaba allí en aquella casa vacía. Yo le pregunté:

¾ ¿Y sus muebles? ¿Y sus cosas, a dónde las mandó?

No me contestó. Se me quedó viendo y después de un rato me dijo:

¾ Lo que tenía que entregarles, se los he dado; ahora depende de ustedes continuar o hundirse en el espejismo de la vida. Tan sólo he venido a despedirme... Hoy en la noche me voy.

¾ ¿Y adónde se irá usted? ¿Es cierto que se va a España?

El silencio fue su contestación. Luego de un rato me dijo:

¾ Dile a los otros amigos que los que quieran despedirse, a las once de la noche de hoy los estaré esperando en el cerro de la virgen. Que la única condición es la discreción.

A las once en punto estábamos en el cerro de la virgen. Wenceslao no estaba por ningún lado. Estábamos desconcertados... las once treinta y uno de los compañeros gritó:

¾ ¡Allá viene Wenceslao!

Por el sinuoso camino venían subiendo dos personas que apenas se distinguían... pasaron quince minutos y pudimos ver a Wenceslao acompañado de otro hombre con un turbante muy blanco en su cabeza. Wenceslao tan sólo nos hizo un ademán de saludo con la cabeza al pasar junto a nosotros y los dos continuaron caminando rumbo al oriente de aquel cerro. Se detuvieron en medio de una explanada; nosotros en silencio nos acercamos hasta quedar a unos metros de aquellas dos personas. ¿De dónde salió? ¿Cómo se manifestó aquella luz...? Pero de pronto aquellas dos personas estaban en medio de una luz intensamente blanca que, sin embargo, no lastimaba la vista.

El hombre que acompañaba a nuestro amigo lucía una gran piedra azul en su turbante y ésta despedía luz, y Wenceslao se fue vistiendo de aquella luz intensamente blanca... al instante recordé aquello de las vestiduras blancas del reino. Allá en la lejanía, del oriente, venía una luz dorada, no era un ovni, no era una máquina; aquello era una luz intensamente dorada. Mis amigos y yo nos quedamos con la boca abierta cuando vimos que aquella luz dorada bañó por completo a Wenceslao y a su acompañante.

Wenceslao poco a poco empezó a desaparecer; luego aquella luz se fue elevando hasta desaparecer también pero con Wenceslao adentro. Éste, tan sólo era una silueta transparente... aquella luz se alejó hasta desaparecer de nuestra vista. No supimos exactamente el tiempo que había transcurrido; pero, aquel personaje, en cuanto terminó todo, dio media vuelta, volvió a pasar junto a nosotros e inclinó ligeramente la cabeza; ninguno se atrevió a detenerlo o hacerle preguntas. Él siguió su camino y bajó por donde habían llegado. Allí, en medio de la noche profunda desapareció para nunca más volverle a ver.

El pequeño grupo de amigos nos quedamos hasta el amanecer en el cerro de la virgen comentando alegremente la suerte que habíamos tenido de estar tan cerca de aquel buen amigo que nos había enseñado en este mundo las claves para una vida mejor.

Uno de aquellos amigos nos dijo:

¾ ¿Y saben por qué los ovnis se acercan tanto a las ruinas arqueológicas?

Los demás guardamos silencio y aquel muchacho continuó:

¾ Nos dijo Wenceslao a otros jóvenes y a mí que se acercan con frecuencia a las ruinas arqueológicas para escudriñar con sus adelantadas máquinas a través de las rocas y a veces a niveles subterráneos, los vestigios de lo que nuestros antepasados sabían acerca de la muerte del ego, o sea, la aniquilación total en cada ser humano de esos siete pecados capitales que ya ven, Wenceslao nos dijo es la base de nuestro despertar a un mundo nuevo y supercivilizado.

Otro de aquellos muchachos preguntó al que había explicado:

¾ Pero en sí, ¿qué han encontrado los extraterrestres en las ruinas?

El interrogado contestó:

¾ En ocasiones encontraron efigies de piedra que simbolizan seres humanos sin cabeza, y que, según Wenceslao, simbolizan el aniquilamiento de la ira, envidia, gula, lujuria, soberbia, avaricia y pereza y que aquellos antiguos pobladores ya bien conocían. Encuentran, además, que aquellos pobladores conocían de antemano que las ruinas fueron construidas en vórtices de fuerza que penetran la Tierra y que provienen de universos, galaxias, estrellas, mundos, en fin, de todo el cosmos, entrando y atravesando a nuestro mundo; es por eso que en estos lugares es frecuente que caigan aerolitos... Han encontrado también el simbolismo de la vieja serpiente tentadora del Edén, que significa el despertar del hombre, pero también, cómo se arrastran en el lodo del mundo los ángeles caídos y en este tiempo muchos de los seres humanos se arrastran igual.

Aquel grupo de jóvenes siguió cada cual su camino y nunca los volví a ver.

¿En dónde volver a buscar...? Nunca olvidé las lecciones de mis dos maestros. Primero Chelo y después Wenceslao. La despedida de Wenceslao ya no fue tan dolorosa; pues también él nos enseñó a no identificarnos con nada de este mundo...

Nos decía:

—Si te identificas, sufrirás más, pues pones a trabajar tu mente y tu voluntad negativamente y crecerá el dolor; si te identificas con la mala suerte, peor suerte te acarrearás, y así, todo lo puedes dominar si vives positivamente.

También nos decía:

—No deben identificarse con mi partida de este mundo, pues ustedes son quienes deben trabajar con ustedes mismos y en su propio beneficio; ya todo se los he entregado. Si no aprovechan, será como si se hubieran plantado rosas en medio de un desierto. Estériles vivirán y cuando se les llegue la hora, su Dios interno les pedirá cuentas y tal vez sean echados como la hierba inútil a las llamas, pues la ley es la ley y la ley se cumple.

Y nos había recordado nuestro juramento muchas veces y nos volvía a decir:

—Si no cumplieran ustedes, su vida será más amarga que la hiel; enemigos sin fin, desdichas, lamentaciones... todo les saldrá mal; el trabajo es recompensado, la pereza y la falta de cumplimiento se pagan caro...

Hoy, después de tanto tiempo y que tantas cosas he vivido, al recordar aquellas palabras me doy cuenta que Wenceslao tenía mucha razón; la vida es muy dura, y la falta de cumplimiento lo es más... Muchas veces lo que he vivido es más amargo que la hiel.

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