Capítulo XXXIV
Wenceslao.
Wenceslao era un iniciado; y se oponía completamente a todo lo que fuera espiritualidad. Él quería quitarme de raíz todo lo que hubiera aprendido con aquella buena mujer Chelo. Me hablaba principalmente sobre la necesidad de eliminar de nuestro interior los agregados psicológicos, aquellos errores que llevamos tan unidos.
Y me ponía un ejemplo:
—Los agregados son como la mitológica Hidra. Mientras Hércules le cortaba la multiplicidad de serpientes que llevaba en su cabeza, éstas volvían a vivir... y necesario es que sean cortadas todas esas serpientes de un sólo tajo y echarlas al fuego. Tu real ser interior es un guerrero inmortal; lleva una espada con la que debe luchar contra la hidra que también lleváis en vuestra cabeza y acabar de una vez por todas con esas serpientes, mas escucha: debes cuidarte de la mirada de esas serpientes porque en sí misma la hidra tiene el poder de hipnotizarte y si lo logra, quedarás prisionero para siempre y ya no podrás aunque quieras cortar esas serpientes. Esas serpientes son tus errores que vienen a ser igual que tus agregados psicológicos.
Yo le preguntaba:
—¿Y en sí cuáles vienen a ser esos agregados psicológicos?
—Son los siete pecados capitales: pereza, gula, ira, avaricia, lujuria, envidia y soberbia.
Y aquello que había experimentado con Chelo: los viajes astrales, nunca se separaron de mí; mucho menos los olvidé, pero sí, Wenceslao tenía razón: es necesario arrancar de raíz esos errores, esos "pecados".
Contrariamente a Chelo, él me recomendaba comer carne roja, y me decía:
—Para que afloren esas bestias o agregados psicológicos y así los puedas arrancar más fácilmente. No debes comer carne de cerdo, y mucho menos en la cena ya que con esa clase de carne se conectan las personas a lo más bajo del astral. ¿Quieres descender inmediatamente a lo más bajo del astral, y tener un ataque de los seres que lo pueblan? Entonces cena carne de cerdo y esos ataques los tendrás en forma de pesadillas.
En una ocasión Wenceslao nos invitó a un grupo de amigos y a mí a una visita a las ruinas de Chicomostoc. Fue un día domingo, y al punto de las dos de la madrugada llegamos todos corriendo. Llevamos varios vehículos... los primeros que llegaron hicieron en medio de una planicie una pequeña hoguera, y cuando llegué acompañado de Wenceslao, vi que encima de aquel grupo reunido en círculo, como a cien metros de altura, había una lucesita roja detenida en el espacio, y encima de ella había otra luz menor de color blanco que giraba dándole vueltas.
—¡Mira, Wenceslao, debe ser un ovni!
—¡Silencio! —Me dijo y no comentó más.
Nos reunimos con nuestros compañeros y volví a insistir en aquella lucesita que seguramente nos estaba observando. Unos bromistas dijeron que aquellas lucesitas debían ser un helicóptero, otros dijeron que sería una bruja y todos se echaron a reír.
—¡Silencio! —Ordenó nuevamente Wenceslao— Ésas personas tal vez bajen con nosotros.
Los escépticos volvieron a reír.
Entonces aquellas lucesitas haciendo un giro de 45 grados se alejaron rumbo al oriente.
El resto de la madrugada Wenceslao nos puso a hacer unos ejercicios y nos ordenó que cerráramos los ojos; yo a escondidillas abría los ojos y observaba el cielo, y así logré ver varias luces muy lejanas que se desplazaban en zigzag.
¾ Vamos a hacer un experimento —dijo el guía—, vamos a recibir el nacimiento del nuevo sol.
Nos ordenó que en silencio nos acercáramos hasta la pirámide del sol.
¾ ¿Ven allá al oriente, en aquel cerro la pirámide de la luna?
Allá a lo lejos junto a un cerro estaba la pirámide de la luna. Efectivamente, como lo había dicho Wenceslao así sucedió. El sol lanzó sus primeros rayos y se levantó detrás de aquel cerro, su luz iluminó a la pirámide de la luna, y luego en segundos iluminó la cara que presentaba la pirámide del sol.
¾ Eso no es todo ¾ dijo Wenceslao¾ , aprovechemos esa energía maravillosa antes de que suba más en el firmamento... ahora, con mucho cuidado, vean de lleno a ese astro maravilloso que nos da la vida.
Todos en silencio y en posición de loto observamos el sol. En lo que a mí respecta, estuve observando y, primeramente vi al sol de color anaranjado-dorado, luego lo contemplé totalmente blanco y alrededor de él, un enorme, grandísimo círculo de color dorado con rosa y morado; y del lado izquierdo, unos centímetros abajo del sol, otros seis círculos oscuros. Así estuvimos unos cinco ó siete minutos observando.
De pronto con voz autoritaria, Wenceslao nos ordenó:
¾ Ahora van a cerrar firmemente sus ojos; olvídense de la materia y a ver qué nos concede la gran Ley.
Cerré mis ojos y seguí contemplando el mismo panorama; pero ahora toda la atmósfera la veía de un color rojo intenso, el disco solar de color verde intenso, y aquellas esferas junto a él de color blanco. Después de unos minutos, Wenceslao nos ordenó abrir los ojos y no volver a fijarlos en el sol, pues nos explicó que nuestros ojos son tan finos y delicados, que la luz solar podría quemarlos si se extendía el tiempo del experimento. No agregó más.
Yo le pedí que nos preguntara a cada uno el resultado de nuestro experimento y él se limitó a decir:
¾ ¡No vamos a engrandecer el ego de cada uno; lo que a cada cual le haya concedido la gran Ley es para sus propias conciencias! Ahora vamos a aprovechar los pocos instantes que nos quedan antes que el sol ascienda más... Todos vamos a practicar la danza de los derviches antiguos.
Y allí, en aquella planicie, iniciamos un acompasado baile de dar vueltas y vueltas y luego mecerse suavemente para así ponerse en sintonía con la energía del planeta y con la energía del sol.
—Ahora, ¡atención!... Tú, pequeña —le dijo a una niña de nueve años—. Te vas a colocar frente al sol a la orilla de la planicie.
Y nos ordenó a todos:
—Van a esforzarse en ver el aura de la pequeña.
La niña con las piernas abiertas y los brazos extendidos esperaba... y así estuvo por varios minutos.
—¡Ahora date vuelta en la misma posición! —Ordenó el maestro.
Así pasaron varios minutos... Sonando con las palmas de las manos, Wenceslao nos dijo:
—Ahora sí, es necesario que los que hayan observado algo lo hagan saber.
La niña pasó a tomar asiento y casi todos teníamos en el rostro una sonrisa de satisfacción.
Dijo una persona:
—A mí se me permitió ver alrededor de la pequeña una especie de fosforescencia blanca que abarcaba todo su ser.
—Pues a mí sólo se me permitió ver unas chispas de colores que salían del cuerpo de la niña —dijo otro.
—Yo pude ver un círculo de color plateado alrededor de la pequeña —intervino otro—, y ése círculo abarcaba la punta de los dedos de ambas manos, también a la misma distancia pasaba por su ombligo y por encima de su cabeza...
—¡Bravo! ¡Bravo! —Interrumpió Wenceslao aplaudiendo— Así es exactamente el aura de la pequeña. La persona que vio esa clase de fosforescencia, llamémosla así, alrededor de la pequeña, se trata de la energía del cuerpo vital; es uno de los cuerpos internos del ser humano y capta las energías cósmicas que atravesando el espacio llegan al hombre y le dan la vida... la persona que vio que del cuerpo de la pequeña salían chispas de colores, son también las energías que provienen de los chakras, y que armoniosamente actúan dentro del ser humano.
Yo le pregunté:
—¿Y por qué no nos preguntó usted sobre los resultados o videncias con el primer experimento?
—Eso se los dejo de tarea; pregúntenle a sus conciencias cómo y por qué tuvieron esas experiencias... si es que las tuvieron.
Al terminar los experimentos con el sol, nos dispusimos a comer y compartir lo que cada uno llevábamos. Después del desayuno Wenceslao nos dio una hora de descanso. Inmediatamente después nos dirigimos a visitar las ruinas y a investigar el pasado de los pueblos que vivieron hace mucho tiempo en lo que ahora son ruinas. Allí nos explicó Wenceslao que los antiguos tenían un conocimiento profundo de las fuerzas cósmicas que sin darnos cuenta afectan a nuestras vidas y la vida de todo el planeta, pues nos dijo:
—No es una casualidad que éstas edificaciones de piedra tan antiguas se encuentren precisamente aquí. Los antiguos sabían perfectamente que aquí es un centro donde convergen ciertas energías electromagnéticas y la prueba es la gran cantidad de aerolitos que frecuentemente caen en el lugar.
Y mostrándonos una pequeña piedra redonda de color terroso con pequeñas vetas blancas agregó:
—La vida es más antigua que el mundo que nos sustenta, y los antiguos sabían que muchos de estos viajeros del espacio traen las pruebas de que más allá del sol existen otros mundos y también otros seres pensantes e inteligentes con distintos niveles de evolución poblando el cosmos todo, para gloria del que es todo poder. Todavía en este tiempo hay quienes dudan que las estrellas que brillan en el espacio puedan tener planetas que giran en torno a ellas y que éstos puedan tener vida como la conocemos en la Tierra, o tal vez diferente y más o menos evolucionada, pero éstos aerolitos nos dicen que pueden ser los restos de otros mundos tan físicos como el nuestro que pudieron haber terminado su ciclo evolutivo.
Así con esas sencillas palabras nos dejaba a todos con la boca abierta.