Capítulo XXXIII
El Adiós de Chelo.
Nuestra querida guía Chelo continuaba asistiendo a sus enfermos siempre solícita. En muchas ocasiones vi cómo se desprendió de las pocas monedas que algunas gentes agradecidas le dejaban en un pequeño canasto junto al altar, aunque éste casi siempre estaba vacío.
Chelo imploraba a Dios la ayuda para sus hermanos en desgracia. No tenía preferencias, y ayudaba a todos por igual. Ella nos mostró la bondad; y a cada momento nos hablaba de la necesidad de perdonar.
Nos enseñaba a curar, y fuimos testigos de que muchas veces caía enferma por los ataques que recibía por curar a sus enfermos.
¾ Este camino es muy delicado y debemos estar siempre alertas, pues un descuido y nos arrancan la vida ¾ repetidamente nos decía.
También con Chelo conocimos la ingratitud de la gente. En una ocasión se presentó una señora que llevaba casi a rastras a un joven alto y fornido; aquel pobre ser traía puesta una gran chamarra, su pelo estaba largo y alborotado, la mirada perdida, no tenía voluntad ni siquiera para caminar y se dejaba arrastrar por su madre. La señora, sin más ni más le gritó en tono autoritario a Chelo:
¾ ¡Aquí le traigo a mi muchacho para que lo cure!
Chelo en esos instantes estaba curando con mucho cuidado a un enfermo que se quejaba de la columna vertebral; sin embargo, dejó al enfermo por atender a aquel muchacho sin voluntad. Lo levantó del asiento como si fuera una pluma; le daba pases magnéticos, limpiaba con sus manos aquella cabeza, masajeaba el corazón...
Luego dio "pase a un hermano"; permitió que el espíritu de un médico tomara posesión de su cerebro, y éste estuvo curando al muchacho por mucho rato. El enfermo no reaccionaba hasta que el médico espiritual le dijo a la madre del muchacho:
¾ Necesitas llevarlo a rehabilitación... tu muchacho es drogadicto. ¿Cuánto tiempo tiene con este mal?
La señora no supo decir cuanto tiempo tenía en el vicio y el médico le dijo:
¾ ¿Ves lo que puede causar el descuido de los padres? Ni siquiera sabes cuanto tiempo tiene en el vicio tu vástago, ¿es que no te preocupas por él? ¿O es que tienes tantas ocupaciones que no te permiten vigilar aunque sea por momentos a tus hijos?
Aquello fue la gota que derramó el vaso, pues la señora poniéndose de pie y en forma grosera, contestó al espíritu:
¾ No hemos venido a recibir regaños, usted concrétese a curarlo y lo demás es cosa mía.
El doctor espiritual calló y después de realizar su trabajo con aquel enfermo, se despidió pidiendo a la gran Ley la paz para todos sus hermanos. Aquel joven salió de la casa de Chelo con otro semblante y nuevas energías. La señora ni las gracias se dignó darle a Chelo, más bien salió disgustada. Sin embargo, puntualmente llevaba a su hijo a curación y tomaba nota de las indicaciones que dejaban los seres espirituales... Continuó asistiendo y presentando a su hijo hasta su total recuperación.
Un domingo, el Maestro Jesús, a través de Chelo habló a aquel joven y le dijo:
¾ Mi niño amado, cuánto has caído y levantado, si vieras lo que le ha costado a mi niña tu curación; mi niña amada, la carne por la cual me comunico en estos instantes ha sufrido mucho por ti. Ella no te lo dice porque cumple con lo que es mi voluntad, y con sus carnes hechas jirones a cada momento se enfrenta a los ataques furiosos de las bestias desenfrenadas. Mas yo te digo, no vuelvas a caer porque te advierto, tu carne ha quedado frágil y tu cerebro aún más, y si volvieras a caer, tal vez no sobrevivirías porque el precipicio se ha abierto para ti y las bestias están prestas a devorarte.
Un escalofrío atroz sentí al escuchar aquellas palabras. Aquel enfermo se estremeció y rompió a llorar. Y su madre, olvidando aquel orgullo que había demostrado, acariciaba la cabeza de su hijo... gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas; quiso hablar y no pudo, pues el llanto incontenible apareció en sus ojos.
¾ ¡Ven a mí! ¾ Le dijo el Maestro Jesús al joven.
Aquel hombre se paró frente al aparato humano de Chelo y el Maestro tomándolo de la cabeza con mucho amor volvió a decirle:
¾ Mi niño bendito, no vuelvas a caer.
Así estuvo largo rato el divino Maestro acariciando a aquel hombre. De pronto, el hombre abrió tremendos ojos y exclamó:
¾ ¡Desde hace rato te he estado viendo y no eres Chelo! ¡Eres Jesucristo y te veo cual eres! En mí no hay engaño porque te estoy viendo con mis ojos bien abiertos. Perdóname Padre mío, es cierto que he caído muy bajo pero eres mi Padre y te pido perdón; dame una nueva oportunidad y ayúdame para no volver a caer.
Todo el pueblo sollozaba, y en aquella orgullosa madre se había disipado la soberbia, pues ahora sonreía y lloraba al mismo tiempo.
Pasaron las semanas y los meses...
Un día Chelo nos preguntó:
¾ ¿No han visto al güero de pelo chino? ¿Cómo seguirá? Me lo he encontrado en la calle y lo veo muy mejorado; ojalá y no vuelva a caer, pero he visto a su mamá y me saca la vuelta, parece que se avergüenza de mí; otras veces parece resentida conmigo... sabe qué tendrá, pues yo no le he hecho nada malo.
Como ese caso había visto muchos más, pues algunos pacientes y familiares después de curados no regresaban más. Y Chelo nos decía:
¾ El cumplimiento es lo primordial, porque realmente estamos sirviendo directamente a nuestro Padre celestial. Porque Él nos ha dicho muchas veces: "Si me amas, alimenta a mis corderos; si me amas, levanta al caído; cura al enfermo, dale una palabra de aliento al que está a punto de quitarse la existencia, visita los hospitales, consuela a los que se encuentran tras las rejas".
Chelo nos dijo una vez:
¾ Hace mucho tiempo que tengo ganas de visitar las pirámides que dejaron los Mayas, y mi sueño dorado es conocer Palenque; ya tengo mi alcancía y el que guste acompañarme con gusto lo invito.
Muchas veces nos volvió a invitar, y por último nos dio la fecha en que se iría de viaje.
Llegó el día señalado y se fueron ella y su sobrino. Había dejado a varias personas al frente de aquella bendita casa de oración. Aquella casita de repente ya no era lo mismo, hacía falta la presencia de Chelo. Las curaciones ya no eran iguales, ahora aquella casita estaba triste y sombría. El divino Maestro seguía presentándose a través de otros aparatos humanos y aunque su palabra y su presencia nos alegraba, había abandono y tristeza.
Pasaron largos quince días y un buen día apareció Chelo, yo me sentí muy feliz. Pronto aquella casita volvió a sonreír y poco a poco el pueblo volvió a llenar aquel recinto. Pero desde el primer día de su retorno, Chelo nos dijo:
¾ Mi despedida está muy próxima, pronto los dejaré, y el que esté preparado qué bueno, pero lo siento por los que no se han preparado.
Chelo seguía trabajando incansablemente pero pronto empezó a quejarse de un dolor agudo en la ingle. Yo en mi ignorancia pensaba: ella puede curarse sola, pues ha curado a mucha gente. Pero no era así, ella nos decía que se había cansado de curarse, no lograba su propia curación y los dolores aumentaban. También nos dijo que conocía perfectamente el origen de su enfermedad y que se aproximaba el viaje sin retorno. La tristeza y el dolor se apoderaron de nosotros. Yo me sentía impotente y pensaba con tristeza que si Chelo se moría, aquella obra se acababa, pues nadie como ella para ayudarnos a progresar en nuestra evolución.
Un día me dijo:
¾ Mira hijo, cuando yo me vaya, tú tienes que hacer el esfuerzo para continuar, porque he visto muchas veces el derrumbamiento de la obra; he soñado cómo las bancas, el cirio y el sitial son arrojados sin piedad a la basura, la obra convertida en polvo y este lugar pisoteado.
Y me suplicó:
¾ No lo dejes caer, yo sé que es muy duro porque tendrás que dejar el todo por el todo, pero sobrepónte y lucha incansablemente.
Yo la veía con tristeza pues no me sentía seguro de poder continuar con aquella responsabilidad. Ella ya no me insistió.
Domingo a domingo nos decía a todos que seguía contemplando en sueños cómo se caía la obra, que era el final, que ella se marcharía y que a todos nos veía muy "verdes".
¾ ¿Y por qué no nos platica que vio allá en Palenque? ¿Qué encontró? ¿Qué enseñanzas nos puede entregar de su viaje...?
Fueron las preguntas que le hicimos un día domingo. Chelo muy adolorida, nos dijo a un pequeño grupo que ávidos esperábamos sus enseñanzas:
¾ Durante todo el camino yo tuve mucho calor; pero desde el primer momento en que llegamos a Palenque, yo no esperé más y me trepé a una pirámide y vi la cosa más hermosa. Allí a pleno día y bajo un intenso calor, pues el sol quemaba, nos esperaban dos altos personajes indios; estaban en el astral pero se veían sus cuerpos como si estuvieran en el plano físico. Uno seguro era un rey porque llevaba un gran penacho de grandes plumas y en su pecho llevaba un gran disco de oro purísimo con rayos que se dirigían a todos lados. El otro era un dignatario menor, pues sólo obedecía órdenes del rey. Desde el primer momento, aquel rey me dijo que mis días en este mundo estaban contados y que tenía la obligación de dejar un sustituto en la obra espiritual, y me dijo el origen y la causa de mi enfermedad, pero eso es secundario porque escuchen, pongan atención: El año dos mil marca el final de una era y pronto este mundo entrará en otra era que será de paz y bienestar para todos, digamos que ésta era que termina ha sido de oscuridad, y la que se aproxima será de luz y progreso y los que alcancen a progresar antes del año dos mil, verán asombrados cómo los maestros de otros mundos vienen a instruirles y a prepararles para la nueva era, y luego todo será dicha y prosperidad, y los que han sido reacios y rebeldes a la voluntad del Señor, serán apartados como se ha dicho que será apartado el trigo de la cizaña, y la mala hierba será lanzada al fuego; mas los que luzcan las BLANCAS VESTIDURAS DEL TEMPLO serán salvados y serán preparados para la siembra de la nueva era.
Nos quedamos mudos viendo a Chelo y esperando más sorpresas. Ella nos dijo:
¾ Debo explicarles cuál será la siembra de la nueva era: Los corderos del Señor serán la nueva simiente, la semilla de donde nacerán en este mundo nuevos seres humanos ya sin maldad, sin egoísmo; seres que no llevarán en sí mismos los siete pecados capitales que desfiguran los maravillosos espíritus que como túnicas Dios les entregó a cada uno de sus hijos desde el principio de los tiempos... algunos de los presentes ya han visto en el astral y también en lo físico cómo las malas acciones van manchando paulatinamente esos finísimos ropajes espirituales que cada uno posee y que esas manchas no se quitan ni se lavan, si no es con el cumplimiento de la ley del Señor. Por eso se nos dice hasta el cansancio, que debemos dejar el todo por el todo, porque sólo así podremos desmancharnos de ese lodo inmundo que cubre a nuestro real ser interior, ¿entendido?
¾ Pues bien ¾ continuó Chelo¾ , nos subimos mi sobrino y yo hasta lo más alto de la pirámide y delante de nosotros aquellos dos personajes allá arriba. El que parecía un rey me hizo la seña que viera hacia el sur; ¡no lo podía creer!, de entre las ruinas y en medio los árboles se iba levantando un disco volador despidiendo una intensa luz dorada. De pronto se detuvo y estuvo flotando por espacio de media hora. Sería coincidencia o así estaba marcado mi fin... pero el caso es que de pronto sentí un fuerte piquete aquí en la ingle en donde tengo ese mal. Al sentir el piquete, instintivamente me di un manotazo a todo lo que me supo y cayó al suelo un mosquito; y desde ese momento no me ha dejado ese ingrato dolor... Pero continuemos; aquella nave seguía allí quieta flotando en el aire; entonces vi claramente que se abrió una puerta y bajó una escalerilla, y por la escalerilla bajaron varios seres humanos. Los personajes que nos acompañaban, aguardaban silenciosamente, con su vista dirigida hacia aquella nave. ¡Qué maravilloso aquello! Si no lo hubiera presenciado, nunca lo hubiera creído. Allí en medio de todo lo que era material, estaban aquellos dos seres en el astral, materializados como si estuvieran en el plano físico, y aquella nave allí en medio de aquel paisaje... Pasaron unos minutos y de pronto venía directamente hacia nosotros un grupo de personas que rápidamente subieron hasta llegar donde estábamos. Adelante venía una hermosa mujer vestida con un traje color miel muy entallado y que dejaba ver unas formas perfectas; su pelo era dorado, ondulado y largo, sus ojos color miel y su piel sonrosada, su boca era sensual y toda ella despedía paz y armonía. Lo más extraño era que aquella mujer llevaba en su pecho una especie de banderola blanca y en su centro un sol dorado que despedía rayos para todos lados...
¾ Aquello me intrigó ¾ dijo Chelo¾ , pues aunque tenía cierta sospecha, enseguida recordé tantas visitas de los señores de la faz resplandeciente que muchas veces llegaron hasta mi casa. Detrás de aquella hermosa mujer venían otros nueve hombres con uniformes de color azul marino y botas blancas; ellos no llevaban aquel disco dorado en su pecho, pero sí llevaban un cinturón, y en su centro una pequeña cajita con lucesitas que prendían y apagaban. Aquella mujer al llegar ante los dignatarios que nos acompañaban a mi sobrino y a mí, llevándose la mano derecha al corazón y luego a la par de sus ojos, hizo un ademán de saludo y todos contestamos en igual forma. Mientras aquellos hombres de los uniformes azules, sólo nos observaban y sus miradas nos infundían paz y tranquilidad. "¡La paz esté con ustedes!" Dijo la bendita mujer, y aquellos dignatarios indígenas y nosotros dos contestamos: ¡La paz venga con usted!
¾ Luego de intercambiar una conversación secreta ¾ continuó la anciana¾ , hicimos también ciertos rituales que tampoco deben ser divulgados, y enseguida toda la pirámide empezó a estremecerse vibrando potentemente, parecía como si en ese momento hubiera un tremendo terremoto allí precisamente en aquella edificación. Yo sentí cómo del infinito llegó una energía con tremenda fuerza que entró directamente por nuestras cabezas haciendo vibrar todo nuestro ser, y en ese momento se me permitió ver como nunca había visto, cómo los cuerpos de cada uno de los presentes se veían como si estuvieran formados por varias capas que vibraban y despedían luces fosforescentes de muchos colores; entonces veía cómo los órganos de cada cuerpo se vestían de una luz azul que luego se transformaba en luz rosada pasando por el verde, amarillo, rojo y luego volvía a transformarse en luz de color azul intenso ante mis atónitos ojos. Sentía y veía al mismo tiempo cómo aquella potente energía que venía del cosmos atravesaba cada uno de los cuerpos de los presentes y salía directamente por los pies inundando a toda la pirámide, la cual parecía que iba a explotar debido a la tremenda vibración. Yo sentía que cada piedra vibraba y adquiría vida como la que nos anima a los seres humanos. Aquella energía nos dejó repletos de fuerza y poder; era como se dice vulgarmente, "nos cargó de energía"... Luego me di cuenta que en el cielo estaba abierto algo así como un túnel de donde salían miles de plumitas blancas que lentamente bajaban hasta aquella bendita pirámide en que estábamos posados. Aquellas plumitas, era más bien cierta energía que llegaba y se combinaba formando parte de aquella energía que nos circundaba. De repente, ¡oh maravilla! Veía cómo aquella energía que nos atravesaba y nos cubría, aquellas luces de colores y aquellas "plumitas" se habían transformado en unas vestiduras blancas que flotaban a escasos centímetros encima de nosotros... allí estaban al alcance de nosotros. Entonces me fijé que mi sobrino, con sus ojos cerrados se estremecía como si tuviera mucho miedo; quise moverme con la intención de acercarme a él para confortarlo pero no pude, aquella energía potentísima no me permitió el movimiento. Entonces vi cómo mi sobrino allí con sus ojos cerrados, derramó muchas lágrimas que estoy segura eran de felicidad. Yo me sentía tranquila y continué viendo aquellas maravillas. Entonces vi claramente cómo dos manos enormes tomaron una de aquellas vestiduras blancas y poco a poco me vistió, dejándome tan blanca que refulgía como el más fino de los metales, pues a la vez aquella vestidura era luz, energía y color que brillaban como el mejor de los diamantes o el mejor de los metales. Así aquellas vestiduras blancas les fueron puestas a cada uno de mis hermanos presentes. No sé cuánto tiempo pasó pero de pronto se escucharon los coros de unas voces tan hermosas que provenían del cielo inundando todo el ambiente. Levanté mi vista y contemplé que allí en la pirámide en donde estábamos posados había un camino lleno de luz blanca que parecía neblina, y a los lados muchas flores de distintos colores exhalando perfumes deliciosos, y junto a aquellas flores, miles, muchos miles de ángeles de diversos tamaños que nos veían complacidos. De pronto, frente a nosotros estaba una enorme figura resplandeciente que poco a poco se fue transformando hasta aparecer el divino y dulce Jesucristo. Luego se movían sus divinos labios y nos dijo palabras tan llenas de amor, de paz y tranquilidad, y al final dijo: "¡Bendita mi niña que has cumplido con la pesada carga que has llevado a cuestas por el mundo!". Al instante comprendí que era a mí a la que hablaba, y comprendí también que mi hora se acercaba. No sentí miedo, al contrario, sentí satisfacción porque sentí en ese momento que toda mi obra había sido tomada en cuenta por aquel majestuoso Dios del universo. Quise hablar y gritar, quise hincarme ante su majestad divina y no pude, sólo pude derramar lágrimas de felicidad; muchas lágrimas que incontenibles escapaban de mis fuentes. Mi corazón estaba inundado de felicidad. Aquello duró mucho tiempo. Allí seguíamos contemplando al maravilloso Jesús. Luego todo quedó en silencio y poco a poco aquellas maravillas del Señor fueron desapareciendo. Todos volvimos a nuestros físicos y allí permanecían todavía aquellos dignatarios que desde el principio nos acompañaban. Mi sobrino abrió los ojos y lo primero que me dijo fue: "¿Por qué no le pidió su curación? Hubiera aprovechado y le hubiera pedido a Jesús; él no se hubiera negado". No le dije nada, me había olvidado de aquellos fuertes dolores que me dan en la ingle y pensé: Si así está dispuesto, que sea la voluntad de Dios.
¾ Yo pensé que terminado todo ¾ seguía relatando¾ , se irían aquellos seres, pero no fue así, pues pasados unos momentos, aquella bendita mujer nos preguntó a mi sobrino y a mí: "¿Se encuentran bien?" Y luego dijo: "Si es así, dispónganse a continuar, que todavía nos falta mucho". La mujer hizo un saludo a los dos seres astrales y nos hizo seña que mi sobrino y yo hiciéramos lo mismo. Hicimos el saludo y empezamos a bajar de la maravillosa pirámide; y digo maravillosa porque cuánta sabiduría oculta guardan ciertas pirámides hechas por los antiguos que innegablemente sabían muchos secretos gigantescos. Me extrañé que los dos hermanos astrales se quedaran arriba de la pirámide y no nos acompañaran más. Al bajar la pirámide, avanzamos unos cuatrocientos metros hacia el oriente y en medio de una pequeña explanada rodeada de pequeños árboles, se abrió de pronto un túnel, bajamos por una escalera de piedra todos en perfecta formación. El túnel desembocó en otro túnel aún mayor alumbrado por una luz fuerte y a la vez suave para nuestra vista; aquello era desconocido para nosotros, las paredes, el techo y el piso parecían estar hechos de una sola pieza, era como si la roca misma hubiera sido modelada con perfectos cortes que no admitían error alguno. Aquella mujer nos hizo seña de detenernos; allí permanecimos un buen rato y mi sobrino y yo aprovechamos para curiosear aunque fuera sólo con la vista pues nuestros acompañantes tal vez acostumbrados, no prestaban atención a aquello que nos tenía sorprendidos. De momentos llegaba hasta nosotros un suave viento acompañado de un delicioso aroma desconocido. Escuchamos un leve silbido y sentimos que algo se acercaba hasta donde estábamos. De pronto llegó una máquina desconocida que a mí me pareció que tenía forma de submarino con muchas grandes ventanas; al llegar a nosotros posó unas patas con pequeñas ruedecillas y quedó inmóvil. Aquella máquina desconocida no emitía ruidos ni se escuchaban motores ni despedía humo; a una señal de aquella mujer, todos nos subimos y tomamos asiento. Al parecer éramos los únicos viajeros, la máquina empezó a moverse en silencio y a velocidad increíble atravesábamos aquel enorme túnel, y por las ventanas sólo veíamos aquella misteriosa luz de tonalidad verde pálido que no se veía de dónde se producía... En unas horas, después de atravesar aquel túnel, que a mí me pareció estaba en las profundidades de la Tierra, llegamos a un enorme salón en donde abandonamos aquel vehículo y nos dimos cuenta que de otros túneles llegaban otros vehículos iguales al que nos había llevado hasta allí. En aquel gran salón se respiraba un aire con un delicado perfume, y vimos con asombro que allí estaban otros seres humanos distintos a nosotros, pues su pelo, facciones, piel y vestimentas indicaban sus diferentes nacionalidades, pues al parecer eran de diferentes países de la Tierra, aunque también me pareció que pudieran algunos ser de otros mundos. ¿Qué hacen todos éstos seres aquí? Pregunté a aquella bella mujer; y ella me dijo: "Son seres evolucionados que buscan el mejoramiento de tu mundo y que de diferentes maneras luchan por alcanzar nobles ideales en beneficio de tu hermana humanidad". Entonces descubrí entre aquellas personas un rostro muy conocido, era un hombre que alguna vez vi en mi casa y había asistido a cátedra. Era un hombre como de sesenta años, gordito, la mitad de su cabeza sin pelo, de piel blanca tostada por el sol, ahora llevaba un saco de lana, un pantalón blanco y calzaba huaraches; aquel hombre se acercó a nosotros y me saludó de mano; después de los saludos me dijo que se alegraba mucho de verme y me dijo: "Qué chiquito es el mundo, ¿verdad? Volvemos a vernos nuevamente". Entonces ante el silencio de mis compañeros, pregunté discretamente a mi inesperado amigo: ¿De dónde viene usted, y qué lugar es éste? Él sonriendo me dijo: "Yo siempre he vivido en las alturas de los Andes peruanos y mi misión es como la suya; me dedico a curar a los enfermos. Dejé mi antigua vida y aquí estoy en este lugar... Estamos precisamente en medio del Océano Pacífico, más o menos a trescientos metros de la superficie y hay túneles que vienen de todas partes y confluyen aquí". Yo pregunté asombrada: ¿Entonces usted viene de Sudamérica? "Precisamente". Contestó mi amigo. "En la misma forma que ustedes, yo también he sido traído y parece que tenemos el mismo destino". Entonces le pregunté: ¿Y cuál es ese destino? "No se lo han dicho, ¿verdad?" Dijo mi amigo y agregó: "Nos llevan de visita al Shambala". ¿Y qué es eso? Pregunté con la boca abierta por la sorpresa, pues el nombre me recordaba a una gran ciudad llena de asombrosas riquezas en donde algunos seres privilegiados son llevados en plan de estudio. Aquella hermosa mujer nos veía sin decir nada y a una seña de ella, el mismo grupo de antes nos subimos a otra máquina aún más extraña, pues me dio la impresión que parecía un platillo volador como los que en otras ocasiones había visto, pero éste tenía la particularidad de estar formado por varios niveles y parecía algo así como un pastel de varios pisos. Aquella máquina también tenía a su alrededor muchas grandes ventanas y ahora volaba en medio de un túnel aún mayor que el anterior. Pasaron más o menos hora y media... de pronto aquella máquina se detuvo y al momento empezó a subir por otro túnel vertical hasta salir a la superficie de la Tierra. Salió aquella máquina y quedó flotando en medio de un gran desierto de arenas candentes en donde se observaba la calma que se ve en el horizonte de las tierras candentes. Para todos lados que mirábamos era puro desierto. La máquina estuvo allí estacionada por unos minutos, volvió a descender y penetró por otro túnel que parecía hecho muy a la medida del diámetro de aquella nave pues sus paredes quedaban casi pegadas a los bordes del disco. La mujer que nos acompañaba tomó un objeto que parecía una larga antena que remataba en una especie de pequeño foquito y sin más ni más al detenerse súbitamente la nave, ella, con aquella "antena" empezó a señalarnos unos símbolos extraños dibujados en las paredes que a mí me parecieron estar hechos de oro finísimo. Evidentemente aquella hermosa mujer nos estaba ordenando a mi sobrino y a mí aprendernos los símbolos o jeroglíficos pues detenía aquella especie de antena por unos instantes señalando cada símbolo. Aquel foquito o lamparita en el extremo de la antena tenía una función muy importante, pues al momento de señalar cada símbolo se prendía el foquito iluminándolo y al mismo tiempo el símbolo aparecía dentro de nuestras cabezas marcados con intensa luz; así quedaban bien grabados y comprendidos, pues entendíamos su significado. Luego siguió aquella extraña nave avanzando hasta que llegamos a un gran salón en donde había muchas bancas de madera finísima muy clara; allí se nos ordenó tomar asiento mientras nuestros acompañantes respetuosamente se retiraron después de inclinar sus cabezas en señal de saludo. Allí estaba una gran bandera de un fuerte color blanco y en medio, un gran disco dorado que emitía rayos para todos lados y bajo aquel enorme pabellón, un estrado, y en un gran trono, un hombre que inspiraba respeto. Aquel hombre con rasgos asiáticos nos miraba con ojos escrutadores que me dieron la impresión de que no perdía detalle, pues nos veía directamente y luego parecía que veía algo a través de nuestros cuerpos. Sentí un escalofrío al descubrir que estaba viendo totalmente nuestros cuerpos internos. De pronto sin saber cómo, vi de reojo a mi sobrino y volví a ver maravillada que tenía aquella vestidura blanca resplandeciendo y me vi a mí misma que yo también tenía la maravillosa vestidura blanca.
¾ Aquel personaje se puso de pie ¾ Chelo seguía contándonos¾ y nos hizo seña de que también nosotros nos pusiéramos de pie; así lo hicimos, luego nos pidió que nos acercáramos a él. Subimos y llegamos hasta él y pudimos ver de cerca aquel personaje: tenía los ojos oblicuos y de color azul celeste, su piel era sonrosada y su pelo rubio dorado. Entonces, en perfecto español nos dijo: "La paz del Señor Todopoderoso esté con ustedes". Le contestamos: Y esté con usted. El maestro continuó diciéndonos: "Muy pocos son los que logran llegar a este lugar y ustedes tienen el privilegio de estar en este templo invisible para los profanos, pero totalmente real para seres que como ustedes cumplen con la voluntad del Padre". Y sin más nos dio la orden de separarnos. "Tú, mi querido hermano", le dijo a mi sobrino, "pasarás con nuestros hermanos menores; mientras ésta querida hermana deberá cumplir con otra orden".
Nuestra amada guía Chelo respiró profundamente y continuó con su magnífica narración:
¾ Mientras mi sobrino pasó a otra cámara en donde había hombres y mujeres, yo seguí al maestro... Se abrieron unos cortinajes de una tela de hilos de oro con bolitas del mismo metal que le colgaban; ¡no sabía la sorpresa que me esperaba! De pronto me vi parada a la orilla de un precipicio negro y horrible. Inexplicablemente el maestro ya estaba al otro lado de aquel precipicio esperándome y alentándome a señas con sus manos para que saltara y así, salvar aquella terrible distancia. De pronto me asaltó el temor, mas retrocediendo y luego impulsándome salí disparada y llegué jadeando junto al maestro. Tan sólo caminé unos cuantos pasos cuando de pronto ya estaba a la orilla de otro precipicio y el maestro a la otra orilla esperándome una vez más. De lo más profundo del precipicio salió una bocanada de fuego y sentí un tremendo calor abrazando todo mi ser. No lo pensé más e impulsándome otra vez, gané la orilla... El maestro volteó a mirarme con satisfacción. Pero no había terminado allí la cosa, pues de pronto me encontré en medio de una cueva; de muchas otras cuevas llegaban ruidos espantosos, lamentos y maldiciones. Aquello me sacó de quicio y perdí el sentido de orientación sin saber cuál camino tomar ya que aquellas cuevas indicaban caminos diferentes. Ahora no aparecía aquel maestro por ningún lado. Algo dentro de mí me decía que si tomaba un camino equivocado sería mi perdición. Avancé a un camino y al instante vi muchas caras amables y sonrientes que me invitaban a continuar caminando. De pronto sentí pavor en mi corazón, tan sólo mirar y advertí en el semblante de una de aquellas caras un dejo de burla siniestro que me hizo retroceder. Quise avanzar por otra cueva, se abrió una puerta y allí estaba el amor de mi vida de mi pasada juventud, al instante lo rechacé, pues mi espíritu recordó que aquel rostro amado era capaz de traicionar. La cueva se cerró y quedé un largo rato pensando y tratando de orientar mis sentidos internos. Estuve allí contemplando largo rato y veía en todas las entradas de las cuevas que había rostros sonrientes invitándome a continuar. A lo lejos se veía una pequeña cueva pobre y humilde; allí había una corona de espinas y un largo camino con el piso lleno de espinas. Escuché la voz interior de mi propia conciencia que me dijo: ¡Ése es el camino! Sin vacilar avancé, entré por aquella cueva... al instante sentí que alguien colocaba aquella corona de espinas que instantáneamente pinchó la piel de mi cabeza y sentí que con mis pies descalzos atravesaba aquel camino plagado de espinas. Así continué caminando con aquellas espinas afiladas atormentando mis pies. Al final del camino estaba aquella bondadosa mujer y volví a ver claramente en su pecho la bandera blanca y el escudo de oro que representaba un sol con muchos rayos. Allí, al final del camino, con paciencia y bondad muy grandes, poco a poco fue quitando las espinas que laceraban mis pies y quitó también la corona de espinas. Un coro de miles de ángeles se dejó escuchar en un enorme salón... Continué caminando y ahora en lugar de espinas, mis pies descalzos caminaban entre pétalos de rosas fragantes y maravillosas. El maestro avanzó directamente hacia mí y puso en mi pecho una banderola blanca con un disco de oro lanzando miles de destellos para todos lados. Luego dándose la vuelta, avanzó y se perdió de vista. La buena mujer permaneció allí unos momentos y luego desapareció también. Allí estuve llorando de felicidad. Luego me hinqué y di gracias a nuestro Señor Todopoderoso... Llegó uno de aquellos hombres con su traje espacial color azul marino y botas blancas; me hizo seña que lo siguiera. Entramos a un gran salón donde a muchas personas se les instruía; allí había curanderos, físicos, matemáticos, biólogos, ingenieros, médicos, etc., y a todos se les enseñaba; entonces volví a ver a aquel hermano que me había dicho que era curandero y que venía de lo más alto de la cordillera de los Andes; me sonrió amablemente y me dijo: "¿Satisfecha? ¿Verdad que bien valen la pena tantas pruebas y sufrimientos...? ¿Verdad que ahora que se acerca nuestro final en el mundo físico, sentimos la satisfacción del deber cumplido? ¿O no es cierto que así como a mí, también a usted últimamente se le ha dado mucho más de lo que hubiéramos imaginado por nuestra labor en la Tierra?". Aquel anciano calló e inclinó la cabeza humildemente, pues ante nuestros ojos se había abierto un gran cortinaje blanco con destellos multicolores; era como si una luz misteriosa diera de lleno en aquellos cortinajes y reflejara con mil destellos de colores aquella luz maravillosa que se había esparcido por todo el salón. Habían llegado poco a poco muchas doncellas con vestidos vaporosos de diferentes colores y llevaban en sus manos grandes ramos de olorosas flores desconocidas; en aquel brillante piso de color café se reflejaban los anchos vestidos y pies descalzos de las jóvenes... luego, por otra entrada llegaron muchos jóvenes todos vestidos con aquel uniforme azul marino y botas blancas. Empezó a escucharse una deliciosa música; era como si mil flautas emitieran aquel suave murmullo. De pronto todo quedó en silencio y en aquellos cortinajes se reflejó poco a poco una luz anaranjada y dorada, luego apareció una luz azul que con destellos maravillosos empezó a cubrir a aquellos personajes reunidos en medio del salón; empecé a sentir en mi pecho una felicidad enorme, mi corazón quería salirse de su sitio, algo maravilloso presentía, aquello era lo que sin imaginarme siquiera, toda mi vida había esperado. De pronto fije mi vista en aquellos cortinajes que por momentos eran de un rojo intenso, luego cambiaban a amarillo y luego a aquel maravilloso color azul lanzando destellos para todos lados. Luego mis ojos se quedaron clavados en aquel enorme pabellón blanco con un gran disco dorado refulgente lanzando rayos para todos lados... se veía imponente y a la vez una deliciosa paz empezó a llenar todo mi ser, quería gritar lo que sentía mi corazón, pero me contuve. Poco a poco junto a aquel pabellón blanco empezó a dibujarse una figura humana; no lo dudé un instante, pues mi corazón quería que me acercara a aquel ser, y aquel maravilloso ser no podía ser otro que Jesucristo, el sublime maestro del Amor y del Perdón, el Camino, la Verdad y la Vida.
¾ Mis ojos se inundaron de lágrimas ¾ decía Chelo¾ , mi corazón con aquel deseo ardiente de acercarme e hincarme ante aquel maravilloso ser, mis sentidos físicos aturdidos sin saber qué hacer... quise caminar pero el dolor en la ingle no me permitió hacer ningún movimiento. Entonces sentí claramente que a la parte adolorida me llegaba una potente energía, era como si una enorme mano me hubiera tocado y al instante sentí alivio; así continué con aquella lucha interna, mi espíritu quería avanzar caminando, mis carnes físicas se oponían. Haciendo un gran esfuerzo por dominar mis sentidos físicos, di un paso y al instante aquellos jóvenes y las hermosas doncellas abriéndose paso formaron un camino desde donde me encontraba hasta donde refulgía aquella maravillosa figura de Jesucristo. Continué avanzando sin detenerme, inconscientemente llevaba mis manos extendidas y de aquella formación, cada una de las doncellas iba depositando en mis manos una florecilla, de tal forma que cuando llegué ante mi querido Maestro de maestros, llevaba mis manos llenas de olorosas flores. Al llegar junto a mi Maestro quise deshacerme de aquellas flores para hincarme y besar sus divinos pies, pero aquellas flores parecía que estaban pegadas en mis manos; no pude deshacerme de ellas... hice el intento de hincarme pero tampoco pude. Escuché nítidamente dentro de mí aquella imperiosa orden: "¡De pie ante mí, y de rodillas ante mi Padre!". Levanté la vista y vi aquellos maravillosos ojos color miel, aquel cabello que de tanta luz aparecía dorado y ligeramente ondulado; algo llamó mi atención al contemplar la cabeza del divino Maestro Jesús, aquel pelo dorado, sí, me había fijado que del lado derecho, a la altura de su oído estaba una pequeña esfera de color azul... aquella esfera aumentó de tamaño y pude ver que era el cosmos infinito, pues allí se veían mundos, muchos mundos, universos, constelaciones, hombres, mujeres, niños, animales, flores... Aquella esfera volvió a hacerse cada vez más pequeña y sólo quedó el planeta Tierra todo azul y luego cubierto de neblina blanca. El Maestro me sonreía y su semblante cambió ligeramente; entonces escuché su voz como un trueno que me dijo: "Mi niña amada, mi niña obediente que has cumplido en la Tierra con la misión que te encomendé, vengo a recibirte en espíritu y en verdad". Luego me di cuenta que junto a mi Maestro amado estaba una pequeña mesa con un mantel blanco, sencillo y sin adornos, muy humilde; allí aparecieron dos peces vivos moviéndose, uno era dorado y el otro plateado. Desaparecieron los dos peces, luego apareció una espiga enorme con los granos de trigo a punto de caer de tan maduros, luego apareció un enorme pan recién horneado, luego apareció una copa de madera llena de vino que se derramaba; al ver aquel pan se me hizo agua la boca y entonces el divino Maestro me dijo: "Bendita de mi niña, que en este momento harta de dejaré..." Y haciendo un ademán, sentí cómo de aquellas divinas manos brotaba aquel alimento espiritual que tantas veces había entregado el divino redentor al pueblo. Al instante sentí dentro de mi boca aquellos deliciosos manjares y aquel deseo se había mitigado. "Y bien mi niña amada... me dijo el Maestro, ésas florecillas representan las virtudes que por tu trabajo te has ganado; no las deseches porque forman parte de ti misma". El divino Maestro quedó en silencio. Yo seguía contemplando a aquel maravilloso ser. Hubiera querido acercarme más y besar y acariciar siquiera sus vestiduras pero me contuve al escuchar dentro de mí misma una voz que me dijo: Esa maravillosa escena está tan cerca de ti que ni siquiera la has notado. Entonces ocurrió algo maravilloso; aquello era como una energía, como una sutil presencia que entró dentro de mí... me bañaba y la sentía dentro y fuera de mí. ¿Qué más podía pedir? Aquello era una felicidad enorme, una paz, una deliciosa armonía que vibraba en todo mi ser. El divino Maestro Jesús levantó su mano derecha y al instante sentí una fuerza tremenda que no me permitió moverme, y vi nuevamente aquella maravillosa vestidura blanca que indudablemente había colocado en mi ser el divino Maestro Jesús; sus labios no se abrieron, pero comprendí que aquella blanca vestidura refulgente era mía, que me correspondía y que nadie podría quitármela jamás. No supe cuándo, pero de repente vi que mi amigo, el curandero de los Andes ya estaba junto a mí y que también le habían colocado una bendita vestidura blanca; sus ojos se habían llenado de lágrimas y ahora flotaba en el aire muy feliz con su nueva vestidura. "DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A Mí". ¿De dónde habían salido aquellas palabras? Al instante me quedé viendo fijamente a aquel maravilloso ser radiante y lleno de luz, sus ojos permanecían con aquella quieta mirada llena de paz contemplando a la multitud en aquel salón. No se habían abierto sus labios y se volvieron a escuchar aquellas divinas palabras... Entonces como por arte de magia apareció un paisaje en donde se veía multitud de chiquillos sonrientes y felices junto al divino Maestro de maestros... El Maestro traía una túnica blanca y sus pies estaban descalzos, y jugaba alegremente con aquella multitud de niños, los cuales, todos por igual llevaban como su maestro una túnica blanca como hecha de lana; me quedé pensando y al momento llegó a mí el recuerdo. Aquello era un simbolismo. Aquella alegría de los niños, aquellas palabras... Entonces dentro de mí volví a escuchar aquella voz que me dijo: La nueva era se acerca y Jesús vivirá otra vez en la Tierra en medio de los justos y en esa tierra no volverá a existir el mal en ninguna de sus formas.
¾ Aquello desapareció ¾ prosiguió Chelo¾ , todo seguía igual que antes en aquel magnífico salón. Comprendí que mi Maestro estaba a punto de retirarse cuando de pronto recordé las palabras de mi sobrino, así que me acerqué al Maestro, lo toqué y le dije: Te suplico cures mis carnes, últimamente he sentido fuertes dolores. El divino Maestro me dijo: "Si no volvieras a encarnar, no lograrías el adelanto en la evolución". Sin embargo tocó allí en donde el dolor se volvía lacerante y volví a sentir aquella energía, y aquella tranquilidad que invadió mi espíritu. El Maestro desapareció y poco a poco con mucho orden aquellas personas se retiraron y luego aquel salón quedó en el más completo silencio. Mi amigo se acercó a mí y me dijo: "¿Ya te viste tu nueva vestidura?". Ya me había olvidado de mi hermosa vestidura blanca y al momento en que se iba diluyendo poco a poco vi cómo iba pasando a otra dimensión pues nunca se retiró de mí, tan sólo fue desapareciendo. Así, mi amigo y yo volvimos a quedar vestidos como habíamos llegado. A lo lejos vimos cómo venía otra vez el grupo de gentes tan conocidos, al frente venía aquella maravillosa mujer y detrás de ella los nueve hombres con sus uniformes azul marino y botas blancas. Apenas se había acercado aquella mujer, le pregunté: ¿Quieres decirme por favor qué simboliza la bandera blanca con el disco dorado? Ella guardó silencio, y al no obtener respuesta seguí preguntando: ¿En qué lugar estamos? Entonces la bendita mujer me dijo así: "Ese símbolo, esa bandera tiene un profundo significado, te hemos hablado de la gran Confederación de mundos evolucionados de esta galaxia, ¿no es así?" Yo contesté afirmativamente y ella continuó diciendo: "Nosotros cuidamos en este universo del adelanto y evolución de los seres todos, y ésa es nuestra bandera, pero ese gran disco dorado simboliza la fuerza y la vida que emana del gran Padre universal; de Él proviene todo, representa a lo que con gran tino se le dice La Divina Providencia del Señor". No me daba cuenta pero ya íbamos caminando por un gran corredor a través de un hermoso piso de color verde, era como si pisáramos sobre la más hermosa de las esmeraldas, y a los lados del corredor había algo así como dos vías por donde sin tocarlas, flotaban y se desplazaban unos vehículos desconocidos parecidos a los trenes más modernos, pues no tenían ruedas y en ellos viajaban personas de diversas edades que reflejaban en sus caras la más completa felicidad. Se detuvo nuestra amiga y me dijo: "Si te fijas bien, cada rayo de ese gran disco va directamente a dar vida a cada uno de los seres de la creación de Dios". Y deteniéndose tocó la frente de mi amigo y luego la mía; al instante apareció ante nuestra vista una construcción de la Tierra que a mí me pareció era la basílica de san Pedro en Roma, allí de frente estaba el Papa y en ese momento daba la bendición con el Santísimo; era el mismo símbolo del disco dorado que aparecía en la bandera de aquellos hermanos del cosmos... El Papa levantó el Santísimo para dar la bendición y contemplé cómo de su centro salieron infinidad de rayos de colores, y cada rayo llegaba a cada uno de los presentes; al instante todos quedaban satisfechos y llenos de aquella luz, otros decían dando gracias a Dios que habían sido curados y así todos quedaban en paz. La escena desapareció y nuestra amiga nos dijo: "Si en su mundo Tierra, tan sólo un símbolo puede causar ese gran efecto en las personas a través de su fe, imagínense ustedes lo que les ha tocado recibir en este bendito día en donde ha estado presente nuestro Señor Jesucristo". ¡Qué grandioso! Pensé y sin querer lo expresé en voz alta. Mi amiga dijo: "¿Has quedado satisfecha con la explicación?" Sobraban las palabras, aquellas explicaciones nos abrían a otra clase de sabiduría más elevada, pues era contemplar aquello y quedar totalmente comprendido. "En cuanto a tu segunda pregunta dijo nuestra guía, ya se te dijo que estamos en este momento en el Shambala, y estamos precisamente en un desierto de Asia". Seguimos caminando; ya no sentía ningún cansancio o incomodidad. Llegamos a unos enormes salones en donde a muchas personas se les instruía respecto a enfermedades y curaciones; allí se empleaban ciertos líquidos de colores. A otros se les instruía en educación para la humanidad, a otros en física avanzada, pues me detuve a contemplar y escuché a un maestro hablar a sus alumnos sobre la importancia de aprender que en el cosmos hay siete clases de electricidad aún desconocidas por los hombres de la Tierra, y que ésas electricidades combinadas con otras energías como magnetismo y elementos del espacio, se pueden lograr maravillosas formas de desplazamiento de ciertas naves en el espacio. Así como también lograr ciertos desplazamientos de seres humanos en el espacio sin requerir de escafandras para sobrevivir... y en una gran pantalla se veía allá muy lejos un mundo desconocido y varios hombres flotando tranquilamente y luego desplazándose a través del espacio sin ningún aditamento para respirar. "¡Fantástico!, ¿verdad?" Dijo nuestra anfitriona al vernos ensimismados contemplando aquella pantalla. Y luego en aquel salón vimos cómo algunos hombres lograban dar saltos enormes con tan sólo unos pequeños adminículos insertados en las piernas y los brazos de sus trajes, así como también otro adminículo mayor que llevaban fijamente en su cabeza... aquellos seres humanos tan sólo llevaban unos lentes redondos y fijos para proteger sus ojos; los saltos que daban eran como de cien metros para arriba a través de unos agujeros en el techo del salón cayendo luego suavemente en el piso. Así fuimos recorriendo otros salones en donde a otros se les instruía en química, biología, etc., en otro salón vimos que en unas charolas plateadas había unos frutos desconocidos pero de aspecto bello y delicioso; aquella vista despertó nuestro sentido del hambre. "Es verdad dijo nuestra amiga, ya es tiempo de que comamos algo. Nos sentamos en unas cómodas sillas y nos deleitamos con aquellas exquisitas frutas. ¿Y por qué tienen ese sabor tan exquisito? Pues aunque son iguales a las que conocemos, saben realmente deliciosas. "Aquí están desarrollando estos alimentos a un grado superior". Fue la respuesta de nuestra amiga. Y nos volvió a comentar: "Ustedes saben que la nueva era se avecina y todo será cambiado, y así como ahora paladeamos esos frutos con sabor más delicioso, así todos los seres tendrán sus esencias más evolucionadas y por tanto, todos serán mejor de lo que ahora son". Yo pregunté a aquella respetable hermana: ¿Por qué el Maestro no se amplió más cuando le pedí mi curación? Y aquella buena mujer me dijo: "Todos los seres encarnados cumplen una ley, también vivir en los planos físicos es cumplir con la ley de evolución; sé como te sientes, pero es la verdad y tú mejor que nadie sabes que para poder evolucionar hay que renacer, pues también sabes que una encarnación no es suficiente para adquirir conocimientos y experiencias, ¿me explico? Además, los cuerpos físicos se van desgastando con el paso de los años y con el trabajo, por eso es necesario ‘estrenar’ otros nuevos; ¿verdad que así es?" Y sonriendo dio por terminada aquella lección.
Nuevamente Chelo respiró muy hondo y siguió contándonos las maravillosas experiencias de su viaje:
¾ Nuestra amiga nos preguntó sonriendo: "¿Desean comer algo más?" Y diciendo y haciendo se dirigió a una mesa circular en donde había varias jarras de cristal llenas de un líquido blanquecino. Nos sirvió en vaso a cada uno de aquel líquido que, al probarlo, me pareció extremadamente delicioso. ¿Y qué es? Pregunté. "¿No identificas su sabor?" Yo le dije: Me parece que sabe a guanábana o a una combinación de papaya con guanábana; pero no, no me parece que sean tales frutas, más bien... me quedé pensando y ella dijo: "La verdad es que es el jugo de una nueva clase de guayaba más deliciosa, y añadió, me alegra que les hayan gustado estas nuevas frutas que en la nueva era serán comunes en el planeta, y me alegra aún más saber que ustedes como nosotros también son vegetarianos". Yo comenté: tengo más de veinte años de no comer carne y nunca me ha hecho falta... Luego, tomando los controles de una de aquellas extrañas naves, nuestra amiga nos condujo a través de aquel extenso desierto y nos mostró unas ruinas que eran restos de una gran ciudad. Después de mucho rato volvimos a la ciudad subterránea en donde se nos había mostrado aquel adelanto y sobre todo la divina presencia de nuestro gran Maestro de maestros Jesucristo. Ya de vuelta en aquella ciudad se nos volvió a instruir en la curación por medio de perfumes, colores y sobre todo por medio de vibraciones que aunadas a la poderosa voluntad de aquellos seres, lograban asombrosas curaciones.
¾ No pienses que todo lo que te he narrado son fantasías ¾ me dijo Chelo¾ , ni tampoco vayas a creer que estoy delirando, tan sólo te digo que te prepares y algún día el poderoso Padre universal tal vez te permita conocer el Shambala.
Después de decirme aquello continuó haciendo memoria de lo sucedido en las entrañas de la Tierra:
¾ Nuestra visita a aquella ciudad maravillosa tocaba su fin y fuimos llevados mi amigo y yo en compañía de aquella bondadosa mujer a presenciar algo que ni me imaginaba. Fuimos conducidos por dos hermosas mujeres de caras muy blancas como el marfil, ojos verdes y cabello rubio, a través de un pasadizo con paredes de cristal y piso de mármol rosa... llegamos nuevamente al inmenso salón donde estaba el símbolo que poco a poco empecé a amar y respetar, el gran disco de oro plasmado en el pabellón totalmente blanco... Al instante recordé la maravillosa presencia de Cristo que tanto he amado en el mundo. Sin querer volví a revivir en mi pensamiento aquel majestuoso y bienamado ser y sin querer ya estaba llorando nuevamente de felicidad. Mis acompañantes tal vez comprendiendo mi entusiasmo guardaron silencio y no pude evitar un prolongado suspiro. Seguimos caminando hasta llegar a un elevador con paredes de cristal; una de aquellas dos mujeres accionó un botón y al momento, suavemente subimos hasta llegar a una sala muy fresca. Estábamos nuevamente ante el desierto pero ahora era de noche; nos ordenaron guardar silencio, desde allí veíamos brillar las estrellas con mayor brillo y las arenas iluminadas tenuemente por la luz de la luna. Entonces como salido de un cuento de ciencia-ficción, vimos a los lejos un gran resplandor; aquello era extraño, el resplandor era muy largo y ocupaba todo el horizonte... poco a poco se fue acerando y pudimos ver una gran ciudad que flotaba encima de las arenas del desierto...
Y continuó Chelo:
¾ Aquello no me sorprendió, ya que muchas ocasiones aquí en mi querido Zacatecas, había visto manifestarse encima de los cerros estas grandes ciudades voladoras. Aquello se acercó rápidamente hasta quedar a unos metros de donde estábamos; de la parte baja de la plataforma que sostenía a la ciudad salían chorros de aire que hacían que se levantara polvo de las arenas del desierto. Entonces vimos con todo detalle aquella ciudad: había muchos edificios de dos y tres pisos, todos eran de forma circular; tenían grandes ventanas por donde se reflejaba aquella misteriosa luz verde pálido que habíamos visto en los túneles por donde habíamos llegado. Otros carecían de ventanales, algunos edificios estaban comunicados por puentes metálicos por donde transitaban algunos seres humanos y animales desconocidos pero tan obedientes como los perros. Todos aquellos edificios parecían estar hechos de fino metal, pues la luz desconocida se reflejaba en sus paredes. Entonces me di cuenta que un gran vehículo tan extraño como los que había visto anteriormente en la ciudad subterránea se había acercado a aquella ciudad, pero mi atención se desvió al contemplar que el desierto se iluminaba de pronto por otras luces que parecían danzar entre las arenas, levanté la vista y vi una gran nave de forma cilíndrica de la cual salían muchas luces multicolores, aquella nave se estacionó encima de la ciudad flotante y de la parte superior de la ciudad salió una plataforma circular en forma de rampa y se acopló en una escalinata que salió de la nave superior. Aquellas rampas quedaron iluminadas por un potente reflector; de allí salió un personaje alto, vestido con un traje metálico de color platino, seguido por otra veintena de seres igual a él. Bajaron por la escalinata y entraron a un gran salón de uno de los edificios de la ciudad flotante. Todos los que presenciábamos aquel magnífico espectáculo fuimos invitados a pasar al salón... grande fue mi sorpresa al contemplar en medio de aquel salón, el símbolo tan querido por todos: era un gran pabellón blanco con un disco de oro en medio. Los seres que llegaron de la nave, inmediatamente se pusieron una banda blanca que también llevaba en medio aquel hermoso símbolo del sol dorado lanzando rayos para todos lados. El que parecía el jefe levantó la vista y exclamó en perfecto español: "A la gloria de nuestro Padre celestial y al servicio de mi gran Maestro de maestros Jesús el Cristo". Discretamente pregunté a nuestra guía, aquella maravillosa mujer que desde el comienzo de nuestro viaje en Palenque nos acompañaba: ¿De dónde vienen éstos hermanos? ¿Quiénes son? ¿De dónde ha venido ésa hermosa nave? ¿Quiénes son los seres que habitan ésta ciudad flotante...? Ahora se escuchaba una dulce melodía, era como si miles de violines tocaran al unísono para deleitarnos con sus maravillosas notas. Aquella música bajó de intensidad... nuestra guía guardó silencio. Entonces, inesperadamente el hombre que parecía ser el jefe exclamó: "Niña amada, hemos captado tus preguntas, y voy a contestarte. Somos los jefes de muchos mundos confederados que vigilamos el correcto desenvolvimiento de la evolución en esta galaxia; en este momento les hablo a ambos en su propio idioma. En esta nave por ahora estamos visitando los astros de ese sistema de mundos que ustedes llaman sistema solar; los otros mundos vecinos de la Tierra, algunos han terminado su ciclo de vida y son como desiertos, otros planetas comienzan a evolucionar y otros como Júpiter y Saturno no pueden albergar la vida dado sus violentas reacciones que ustedes no se imaginan, mas sin embargo, algunas de las lunas de estos gigantes están acondicionadas para recibir la vida, y de hecho hay seres inteligentes viviendo en ellas así como también la luna de vuestro mundo Tierra está habitada e igualmente acondicionada, encontrándose en ella grandes cosas que luego descubriréis. Tanto nosotros como mis hermanos que se trasladan en la isla flotante, ya les hemos dicho muchas veces, provenimos de distintos planetas y pertenecemos a la Confederación..." Pasados algunos instantes aquél hombre reanudó su diálogo diciéndonos: "Ustedes dos por su cumplimiento en el servicio a Dios y a la doliente humanidad de este mundo, han tenido el privilegio de estar con nosotros en este lugar sagrado, han tenido la oportunidad de estar frente al gran Maestro de maestros; se les ha instruido y se les han dado lecciones que otros seres de la Tierra ni siquiera pueden imaginar. El viaje que ansiabas realizar a Palenque, me dijo directamente a mí, no ha sido una casualidad, es una oportunidad que pediste al Altísimo antes de nacer y ya ves que la palabra del Rey se cumple. El Rey del universo te lo ha concedido". Aquél personaje guardó silencio, mientras yo, emocionada sollozaba con mi corazón lleno de felicidad. El hermano mayor se dirigió entonces a un altar muy sencillo hecho de madera tosca, en el altar había unas cuantas florecillas, unos panes de trigo y un puñado de uvas. Luego de una ceremonia que no debo relatar, aquellos panes en pedazos fueron repartidos entre los asistentes; ahora todo el ambiente estaba inundado del perfume sutil del incienso. Los seres que habían llegado de la extraña nave nos hicieron una seña de despedida, igual hicieron los otros seres de la isla flotante, o como yo había entendido, ciudad flotante. Pero el hermano mayor, el que parecía ser el jefe de la nave, se dirigió gallardamente a nosotros tres; le dio un abrazo a nuestra guía, igual hizo con mi amigo el curandero de los Andes y al último me abrazó a mí depositando en mi frente un beso y luego me dijo al oído: "Muy pronto nos volveremos a ver en tu nueva y próxima encarnación, yo te buscaré y tú me reconocerás, porque seré tu próximo guía". Aquellos seres retornaron a su nave y ésta se remontó muy alto en el cielo y desapareció; luego aquella ciudad flotante hizo lo mismo, se levantó en vuelo y pudimos ver cómo dando una vuelta en el espacio luego retornó hasta donde estábamos y se alejó tranquilamente en el horizonte de aquel desierto de Asia. Nuestra guía delante de nosotros dos nos llevó por otros salones y luego se detuvo en un gran salón en donde estaban muchos jóvenes de diferentes razas todos en posición de loto siguiendo las instrucciones de un maestro... al unísono cerraron sus ojos y luego se empezaron a elevar y quedaron así flotando varios centímetros del suelo. El maestro sonrió y los dejó así flotando. Ocasión aprovechada por nuestra guía para mostrarnos el desprendimiento de sus internos de aquellos muchachos y muchachas; aquellos espíritus se mantenían a distancia de unos tres metros de las carnes y al parecer esperaban nuevas órdenes, pues se veía su disposición para el trabajo superior. Así duraron más o menos media hora y todos a una orden del maestro retornaron a tomar posición de sus cuerpos físicos. En un idioma que yo no conocía les volvió a dar órdenes y nuestra guía tradujo su significado: "Ahora en este momento les está instruyendo sobre la necesidad de dejar para siempre los vicios, drogas y alimentos que pueden perjudicar a sus carnes, así como también la necesidad de vivir sanamente como se les está enseñando en este sitio a todos... Les dice que lo mejor es dejar de comer alimentos insanos que entorpecen su evolución como son los alimentos preparados a base de químicas, mejor son los alimentos naturales y cuidarse de alimentos preparados con aguas intoxicadas con residuos químicos como por desgracia y por ignorancia se ha permitido envenenar las aguas con las que se alimenta la mayoría de los habitantes de este mundo". Y continuó diciendo nuestra guía: "En tu mundo hay tantos jóvenes que desean saber esta realidad, y aquí a los que han venido se les prepara para un mundo mejor. Son jóvenes de todos los rincones de la Tierra que se han dado cuenta a tiempo que la perdición del mundo lleva a todos sus habitantes a un verdadero y cruento fracaso en donde no hay una segunda oportunidad, pues los que generan los vicios, la prostitución y las drogas se han convertido en auténticos pulpos carentes de la más mínima consideración para los jóvenes del mundo que merecen una vida mejor, pues el egoísmo y la maldad gobiernan a todos por igual. Ya les ha dicho el gran Maestro de maestros Jesucristo que ahora Sodoma y Gomorra viven en todos los lugares de la Tierra y cada día es peor y más grande la perdición que se vive en este mundo sin que nadie quiera colaborar en bien de las generaciones venideras". Con mucho respeto nos retiramos del salón, y allí seguían aquellos jóvenes suspendidos flotando y escuchando a su maestro. Luego muchos de los habitantes de aquella ciudad subterránea se reunieron para despedirnos; sentí tristeza abandonar aquel mundo que aunque extraño estaba lleno de bondad y de adelanto y no pude evitar ponerme a llorar. Nuestra guía nos dijo a aquel bondadoso y silencioso hermano curandero de los Andes y a mí: "Todavía nos falta algo que ustedes deben presenciar". Y volvimos a caminar, y aunque mi cuerpo ya estaba cansado, en aquel ambiente sentía tanta energía y ganas de continuar que no me importaba caminar y caminar por aquellos corredores tan limpios, de pisos algunas veces de color café y otras de color verde. Así seguimos caminando y algunas veces me di cuenta que algunos seres nos veían a través de los amplios ventanales. Mi amigo y yo les sonreíamos y ellos agitando sus manos nos saludaban. Llegamos a un elevador y subimos varios pisos hasta llegar nuevamente a uno de los túneles donde abordamos nuevamente una de las máquinas en forma de submarino; allí encontramos a tres personas que con toda seguridad eran de Sudamérica ya que sus ropajes eran netamente del Perú. Eran dos mujeres y un hombre. Nos presentamos. Una era de Bolivia y los otros dos eran del Perú; todos éramos curanderos y nos dio mucho gusto conocernos. Nuestra guía nos dijo: "La Gran Ley universal ha dispuesto que la sabiduría y la verdad eternas sean entregadas en este final de milenio a través de personas sencillas, sin alardes de grandeza y que sean capaces de dar el todo por el todo. Como ustedes cinco, que han sido capaces de dejar todo lo que es ficticio en el mundo, no dejándose llevar por las cosas perecederas, pues ya se han dado cuenta que lo primordial es el espíritu, conciencia, real ser interno o como quieran llamarle". Luego continuó nuestra guía señalándonos nuestras futuras obligaciones y, por supuesto, nuestras futuras encarnaciones, haciendo hincapié de que en esas encarnaciones seríamos más evolucionados y tendríamos mejores oportunidades para poder ayudar a evolucionar a nuestros hermanos en la nueva era que se aproxima.
¾ Íbamos tan atentos en sus explicaciones ¾ dijo Chelo¾ que no nos dimos cuenta que ya habíamos llegado a nuestro nuevo destino, pues aquella máquina se había detenido silenciosamente a un lado de unos grandes ventanales a través de los cuales se veía un mar profundo... aún en esas profundidades se veía iluminado por la misteriosa luz de color verde pálido y pudimos apreciar peces de distintas especies, pulpos y calamares. Así estuvimos viendo a aquellas criaturas nadando tranquilamente. Nuestra guía nos dijo que abordaríamos otra nave y nos dispusimos a continuar. Llegamos a otro salón de aquellos tan conocidos y abordamos otra nave; luego llegamos al interior de una gran isla. Allí había una gran alberca de paredes relucientes como si fuera cristal; tenía una profundidad de más o menos veinte metros y parecía como si tuviera cien metros de largo por cien metros de ancho. Allí estaba un maestro en traje de baño. ¡Qué extraño! Comenté en voz alta, y al instante me acordé de aquel otro maestro que habíamos visto anteriormente, pues su cabello era totalmente rubio, sus ojos azules, pero rasgados y su piel sonrosada; era como si fuera un chino rubio. Aquel maestro daba órdenes muy estrictas a un grupo de más o menos cincuenta jóvenes entre muchachos y muchachas. Los jóvenes estaban también en traje de baño y llevaban un adminículo muy parecido a un collar alrededor del cuello y un cinturón muy ceñido a la cintura con una especie de disco que cubría el ombligo. Aquellos adminículos brillaban como oro. "¡Rápido, hasta el fondo!" Ordenó el maestro a sus discípulos. Todos, como si fueran uno sólo y en perfecta formación bajaron nadando hábilmente hasta el fondo de la piscina. Allí permanecieron haciendo movimientos con sus manos y sus pies durante mucho rato. ¿Qué pasa? Pregunté, ¿qué no respiran? ¿Qué sucede? Nuestra guía permanecía imperturbable y de vez en cuando sonreía. ¡Pero, se van a ahogar! Exclamé sorprendida. Aquellos jóvenes permanecían allí continuando con aquellos suaves movimientos de manos y pies. Después de mucho rato, todos en perfecta formación subieron hasta la superficie. Primero exhalaron una especie de vapor blanquecino y luego dando tres acompasadas bocanadas de aire continuaron flotando con sus cabezas fuera del agua. Entonces nuestra guía amablemente nos dijo: "La fuerza de voluntad, preparación, pensamiento limpio en actividad, y sobre todo, aquellas siete clases de electricidad, ¿recuerdan?" Al instante recordé a los muchachos que se desplazaban por los aires con aquellos adminículos en los brazos y las piernas. Volteé a mirar a aquellos jóvenes en el agua y descubrí los aparatitos en sus cuellos y cinturas; allí estaba el secreto de las prolongadas estancias bajo el agua aparentemente sin respirar. "Ya se ha logrado en otros jóvenes permanecer a más de sesenta metros bajo el agua por mayor espacio de tiempo". Dijo nuestra guía.
—Nos alejamos de la alberca ¾ seguía contando nuestra querida amiga Chelo¾ , luego de despedirnos de aquellos jóvenes y de su maestro. Íbamos caminando por un largo corredor y nos detuvimos en otra aula donde tres maestras instruían a un grupo de niños. Éstos no pasaban de cinco años de edad; eran niños y niñas, y me extrañó el aspecto de las maestras: las tres eran rubias de piel muy clara, sus ojos de un azul claro, pero sus ojos, igual que los del maestro de la piscina, eran rasgados. La guía me dijo: "Veo que te has sorprendido al ver a las maestras; todos ellos son voluntarios de otro mundo y han venido a la Tierra a instruir a las nuevas generaciones que desean el progreso y no la destrucción de tu mundo, pues como verás, se les dan clases de materias muy avanzadas". Aquellos niños manejaban máquinas desconocidas que se movían a través del salón, y a mí me pareció que las impulsaban únicamente con la fuerza de la voluntad. "¡Hola, hola!" Escuché claramente dentro de mi cabeza la voz de un niño. Sin querer dirigí la mirada hacia una primorosa niña vestida de blanco que agitaba una manita en dirección de nosotros. ¡Hola! Contesté. "¿De que parte vienen ustedes?" Escuché otra vocecita y al momento nuestra guía se detuvo y nos dijo: "¡Contesten!" Entonces una de aquellas mujeres de los Andes contestó: "Acabamos de venir de Asia". La guía nos dijo: "¡No! ¡No! En esa forma no, deben contestar igualmente con sus facultades internas, ¿o ya se olvidaron de la comunicación interna? ¿Entonces de qué ha servido tanta preparación?" Tenía mucha razón nuestra guía, pues de repente vino a mi cabeza la idea de la comunicación telepática, y alegremente me puse a conversar en ese silencioso idioma. Uno de los niños me informó que ellos son los hijos de personas que han decidido seguir la huella de Jesús, y están en esos lugares aprendiendo nuevas cosas muy adelantadas. Con tristeza nos alejamos de aquel lugar y volvimos al salón donde nos esperaba aquella máquina. Antes de abordarla le pregunté a nuestra guía: ¿Y qué lugar es éste donde estamos ahora? "Pensé que se les olvidaría preguntarme... Estamos a doscientas millas de la costa de América del Sur, esta isla no aparece en ninguno de los mapas del mundo porque tiene la propiedad de ser movible". Aquella explicación ya no me pareció rara ni extraña, pues tantas cosas desconocidas estábamos viviendo que ya para mí todo aquello era natural. Luego abordamos una de las máquinas que parecían submarinos y nuestra anfitriona nos dijo: "Nos acercamos al final de sus vacaciones; espero que todo esto les sirva en el porvenir y sepan aprovechar lo que han aprendido. En estos instantes vamos rumbo al continente, pues primero dejaremos en su destino a éstos cuatro hermanos". Aquellos cuatro hermanos sonrieron y todos nos dispusimos a comentar aquel maravilloso viaje que verdaderamente eran unas magníficas vacaciones... Habrían pasado unos veinte minutos cuando silenciosamente se detuvo la máquina y nuestra guía nos ordenó abandonar el vehículo... luego entramos a una caverna iluminada con muchas luces de colores. "Todo lo que vean no lo toquen". Nos indicó nuestra amiga. Allí había muchas riquezas: joyas, oro, plata, piedras preciosas y obras de arte. Todo aquello me pareció que eran las riquezas de antiguos reyes sudamericanos. Caminábamos y caminábamos y aquellas riquezas no se terminaban. Nosotros cinco no intentábamos tocar nada de aquello obedeciendo las órdenes de nuestra guía. Finalizaba la caverna y llegamos ante una gran puerta metálica que a mí me pareció estaba hecha de algún metal parecido al oro, pero más claro. La puerta se abrió y penetramos por ella; había gran cantidad de sarcófagos de piedra tosca pero con tapas relucientes de una piedra verde muy bella que nuestra amiga la guía nos indicó eran de jade. En aquellas tapas había unos símbolos extraños. Nuestra guía nos tradujo los símbolos y hablaban de reyes muy antiguos que reinaron en aquellas tierras del sur hace mucho tiempo. ¿Me permites un comentario? Dije a la guía. Con estas riquezas que acabamos de ver, se podría dar de comer durante mucho tiempo a tantos niños hambrientos que hay en el mundo... se podrían hacer muchas cosas buenas. La guía se quedó viéndome y preguntó a mis otros cuatro compañeros: "Y ustedes, ¿qué opinan?". Mi amigo el curandero de los Andes dijo que no sólo a los niños, sino que se podrían resolver casi todos los problemas que aquejan al mundo. Los otros tres callaron y no quisieron opinar. Entonces nuestra guía nos dijo: "¿Se imaginan ustedes la avaricia, el crimen y las matanzas que originaría el entregar al mundo tantas riquezas? Si día con día los hombres se matan salvajemente por unas cuantas monedas con todo esto se originaría una nueva guerra por todo el mundo". Todos callamos; cuánta razón tenía aquella buena mujer, pues la humanidad sigue siendo salvaje e ingrata, y comprendimos que era mejor así como la gran Ley lo tiene dispuesto: Aquel gran tesoro debe seguir allí, oculto, lejos de la avaricia. Después de aquella plática seguimos caminando y llegamos al final de la caverna. "¡Deténganse!" Nos dijo la guía y se apresuró a oprimir un botón oculto en la pared de piedra de aquella cueva; instantáneamente salió de un orificio una estructura metálica que impedía el paso fuera de la caverna. "Ahora sí pueden acercarse a la orilla". Nos dijo. Aquello era un precipicio tan alto y tan hondo que no le veíamos el fin. Era de día y sin embargo, desde la boca de la cueva veíamos en semioscuridad, yo estaba tratando de ver el fondo de aquel precipicio, cuando vi claramente que como a veinte metros debajo de nosotros y al frente, de pronto se iluminó la entrada de la cueva, pues de ella emanaba una luz azul intensa. De muchos agujeritos de la roca de las dos paredes del precipicio salieron muchos rayos de luz blanca muy intensa. Luego aquellos rayos formaron un torbellino de luz anaranjada y enseguida de la boca de la cueva salió otro intenso rayo de luz blanca y por ella salieron dos personajes que no alcancé a ver cómo eran, los cuales por aquel torbellino de luz empezaron milagrosamente a subir caminando. Después, de la boca de la caverna donde estábamos, también se formó otro rayo de luz intensamente blanco; súbitamente aquella estructura metálica se recorrió ocultándose en la pared sin que nadie hubiera accionado el botón que había oprimido la guía momentos antes. Ella nos dijo: "Avancen sin temor, que nada les pasará". Mis otros cuatro hermanos titubearon... y al momento la guía empezó a caminar al frente de nosotros, luego se detuvo unos pasos mientras los otros dos personajes avanzaban circularmente por el torbellino de luz. Nosotros los seguimos, no se sentía miedo alguno, más que caminar, aquello era como si nuestros pies tuvieran alas y nos impulsábamos suavemente sin hacer esfuerzo, no nos agitábamos, no sentíamos cansancio, tan sólo una ligera opresión que yo atribuí a la altura. Entre más subíamos, más se iba aclarando el paisaje. Allá muy arriba vimos que se había colocado una plataforma metálica al borde de aquel abismo. Allí llegamos y un fuerte viento nos recibió. Aquellos dos personajes siempre adelante fueron los primeros en llegar y posarse en la plataforma. Al poner nuestros pies en la plataforma plana con resguardos alrededor, aquel torbellino de luz circular que nos había llevado hasta las alturas, desapareció como por arte de magia. Empezamos a caminar entre las peñas, luego aquellos dos personajes se detuvieron y a cada uno de nosotros nos tomaron por la mano derecha, permaneciendo así un largo rato. Cuando me tocó mi turno, sentí cómo de aquellas manos salía una energía que me hizo estremecer; luego guardaron silencio y se colocaron en fila frente a nosotros seis. Ahora sí pude observarlos detenidamente: era la misma raza de aquellos maestros que habíamos contemplado instruyendo a los jóvenes en los túneles de Asia y después en los túneles de aquella misteriosa isla frente a las costas de Sudamérica. Los dos hombres eran altos, de pelo rubio, tez muy clara y ojos azules y rasgados. "La divina Ley ha dispuesto que les mostremos una milenaria ciudad y que les entreguemos lo que hasta el momento se merecen". Fue todo lo que nos dijeron y empezamos a caminar durante mucho rato entre las rocas. A lo lejos vimos en la orilla de aquel desfiladero las ruinas de unas antiquísimas construcciones en declive. Luego remontamos otra vez para arriba y llegamos a una gran planicie; miré para arriba y me sorprendió y sentí alegría cuando vi que arriba de nosotros como a cien metros de altura estaban detenidas tres naves circulares muy grandes. Y dije para mis adentros, ¡tenemos visitas! Todos mis amigos voltearon y sonrieron. Aquellos dos personajes que nos acompañaban se llevaron su mano derecha al corazón; en ese instante me di cuenta que aquellos dos hombres llevaban en el centro del pecho el mismo símbolo: una banda blanca con un disco de oro en el centro. Cuando llegamos al centro de la planicie vimos que las tres enormes naves descansaban encima de una cercana loma. ¿De dónde habían salido? ¿Cómo habían llegado...? El caso es que allí, en el centro de la planicie estaban reunidos más de cien personas de distintos colores, razas y estaturas. De pronto todos al unísono se pusieron a aplaudir. Nuestra guía nos ordenó que avanzáramos mientras aquella multitud había formado valla a los dos lados de nosotros; todos seguían aplaudiendo, y aquellos dos personajes se nos habían adelantado, mientras la multitud seguía aplaudiendo y cantando una extraña y bella melodía en un idioma que yo no conocía. Llegamos hasta donde estaban aquellos dos personajes; ahora se encontraban acomodados en unos asientos de madera tosca y nos veían sonrientes. Nuestra guía nos ordenó detenernos. Todo quedó en silencio. Dos hombres y dos mujeres se acercaron con una mesita donde había unos objetos que no me son permitidos revelar. La guía nos ordenó a los cinco cerrar nuestros ojos y luego pasamos por unas pruebas secretas.
—Después de mucho rato —relataba Chelo—, un dedo me oprimió fuertemente en el centro de mi frente y no supe más de mí. "¡Abre tus ojos!" Escuché la voz de nuestra guía. Todo estaba en silencio... todos se habían marchado, sólo permanecíamos en el lugar los dos personajes, nuestra guía y los cinco curanderos. "Es hora de comer". Dijo uno de aquellos dos. Allí en aquella llanura, alguien había dejado unos recipientes con panes, frutas, miel y agua muy limpia. "Todos a comer". Dijo nuestra guía y nos dispusimos a comer aquellos manjares. Después regresamos por donde habíamos llegado. Al llegar a la boca de la cueva, aquellos dos personajes rubios nos volvieron a felicitar, nos dieron un abrazo y prometieron que muy pronto nos volveríamos a ver. Tomamos el vehículo de regreso y nuestra guía interrumpió nuestros pensamientos, pues todos íbamos muy silenciosos: "Vamos a dejar primero a los hermanos de estas tierras y después te llevaremos a ti". Dijo dirigiéndose a mí. Llegamos a uno de aquellos túneles y abordamos una de las máquinas. En pocos minutos se detuvo la nave; caminando llegamos hasta un elevador con paredes de cristal, subimos durante unos minutos y llegamos hasta la entrada de una cueva. A través de aquella entrada pudimos contemplar un lago de quietas aguas. A lo lejos se veían montañas y valles lejanos. "¡Despídete de nuestros hermanos!" Me dijo la guía. ¿Pero, cómo los vamos a dejar acá tan lejos? Le pregunté, pero ella guardó silencio. Entonces me despedí primeramente de las dos mujeres dándonos un fuerte apretón de manos y luego un abrazo. Enseguida me despedí del otro hombre e hicimos lo mismo. Pero al despedirme de mi hermano el curandero de los Andes, sentí una gran emoción, era como si de repente hubiera encontrado en él a un ser querido muy íntimo que no hubiera visto en muchos años. "¡Hasta la vista!" Me dijo, "y recuerda que muy pronto nos volveremos a reunir... No te preocupes, desde aquí iremos caminando y sabremos llegar cada cual a nuestro destino". Los vimos caminar hasta que se perdieron en la lejanía; luego retornamos por donde habíamos llegado. "¡Rumbo al norte!" Dijo mi guía, mientras avanzaba rápidamente aquella máquina por los increíbles túneles que a velocidad vertiginosa atravesaba el continente. ¿Me permites una pregunta?, dije a mi guía y ella me contestó: "Adelante". Vengo pensando que éstos túneles atraviesan continentes, según me he dado cuenta. "Y no te equivocas; en horas hemos atravesado Asia y hemos llegado a Sudamérica, y ahora vamos a llevarte hasta donde te encontramos... vamos al norte de América; hemos atravesado todo el Perú, Ecuador y pronto estaremos en las reliquias del pasado que dejaron tus hermanos". Y hablando de hermanos, ¿quiénes son esos hermanos rubios? "Son instructores de la humanidad, y lo mismo pueden estar en este mundo o trasladarse a otros en donde su presencia es necesaria". Me quedé con la boca abierta... De hecho, todas estas maravillosas experiencias abren a nuestro mundo a otras enormes posibilidades desconocidas por la humanidad; así le hice saber a mi amiga, y ella me dijo: "¿Nadie te ha dicho que al final de los tiempos lo oculto deberá conocerlo toda la humanidad? Para que ella decida cual camino tomar y para que en sus manos esté el seguir degenerándose o regenerarse... para que al final cada quien tenga la posibilidad de dar un salto gigantesco hacia el progreso o hundirse en el abismo que esta presto a devorarle". Pronto llegamos a aquel salón; subimos poco a poco y llegamos a la misteriosa cueva. Sin querer levanté la vista y descubrí encima de nosotros como a cien metros de altura, aquella nave que despedía intensa luz dorada. No supe cuándo ni cómo, pero de repente aquellos nueve hermanos vestidos con uniformes azul marino y botas blancas ya caminaban junto a mí... yo agradecí aquella atención con una sonrisa. Allí, al pie de aquella pirámide estaba mi sobrino esperándome. Nada más al verme, me dijo visiblemente disgustado: "¿Te das cuenta que han pasado ocho días y hasta ahora te apareces? ¡Y vienes tan fresca como una lechuga...!" La guía le hizo una seña para que se callara. Subimos lentamente hasta la cima de la pirámide; allí nuevamente estaban aquellos dos dignatarios del plano astral. Mi guía les dijo: "¡Cumplida mi misión! Y esta querida hermana ha regresado sana y salva. Pido permiso a la Gran Ley Universal para retirarme". Y haciendo un saludo se despidió primero de aquellos dos hermanos y luego depositó un beso en mi frente. No pude contener las lágrimas y le dije: ¡Que la paz del Señor vaya con usted! Bajó lentamente y seguida de sus compañeros se perdieron entre las ruinas. Después de unos veinte minutos vi cómo aquella nave se levantó en vuelo lentamente y luego vertiginosamente se perdió en el cielo. Ahora quedaba frente a frente con aquellos dos seres astrales. De pronto, abrí desmesuradamente los ojos al descubrir que los dos seres astrales eran el jefe de la ciudad flotante y el jefe de la nave cilíndrica que habíamos visto en el desierto de Asia encima de la ciudad de Shambala. Los dos seres hicieron el saludo y cada uno me dio un beso en la frente; luego hicieron la señal de despedida. Allí permanecimos largo rato hasta que el calor me hizo reaccionar... Al instante pensé en mi pobre sobrino que allá abajo me esperaba. Al reunirnos, mi sobrino me preguntó amablemente: "¿Y te curaron?" Ni me hizo falta, le contesté, y agregué: Ya no me acordaba de mis dolencias.
—Pasamos dos días en aquel hermoso lugar —dijo Chelo— que tanto había deseado conocer y luego retornamos a mi casa. Después de mi viaje a aquellas reliquias del pasado, la primera noche soñé a aquella hermosa guía en el memorable paseo por los túneles por debajo de la tierra; la volvía a ver con su banda blanca y el disco dorado en su pecho. Me dijo claramente lo siguiente: "Pude haberte llevado a conocer los montes helados de Alaska y Canadá, y las nieves eternas de los montes Himalayas, y mostrarte los refugios de los últimos habitantes de la Tierra cuando este mundo por torpeza quedó plagado de radiaciones atómicas de aquella conflagración mundial... nos faltó visitar a nuestros hermanos del Tíbet, pero no teníamos ni el permiso ni el tiempo suficiente".
Chelo siguió platicándonos:
—Yo le pregunté a nuestra guía: ¿Es que esos túneles están por todas partes? Ella contestó: "Exactamente, y son utilizados regularmente por nuestros hermanos de otros mundos como has comprobado". Entonces me mostró un mapa de la Tierra en el que aparecían los continentes de América y Asia; allí se veía un gran desierto en el continente Asiático, al momento reconocí el lugar exacto donde se localiza la hermosa ciudad subterránea repleta de tesoros y sabiduría que nos dijeron se llama Shambala; de allí partía otro túnel que pasaba por la India y llegaba hasta la cordillera de los montes más altos de la Tierra y llegaba exactamente al Tíbet. De allí partía otro túnel que emprendía un largo recorrido siempre por debajo de la tierra y luego por debajo del mar, llegando hasta una isla situada muy lejos de las costas del Perú. Luego, de aquella isla partía hacia el Perú y de allí emprendía otro largo recorrido hacia el norte de América. Allí en aquel mapa y marcados con símbolos dorados había varios señalamientos. Pregunté qué eran, qué significaban, pero mi guía no quiso o no supo contestar.
Aquello fue todo lo que nos platicó Chelo de su maravilloso viaje a las ruinas de nuestros antepasados.
Desde que regresó Chelo de su viaje ya no era la misma, algo muy importante le había sucedido; ahora la veíamos como ausente... a cada momento se quejaba de aquel dolor insoportable en la ingle. Se presentaban los seres espirituales y la curaban, pero ella manifestaba que no aminoraban los dolores, los cuales eran cada día más intensos. Nosotros le preguntamos cuál era la causa y ella nos decía:
—Los seres humanos antes de nacer, voluntariamente escogemos nuestro camino y marcamos nuestro destino; yo no lo sabía, pero ahora lo sé, ésta es la forma que escogí para mi final.
Aquellas palabras nos llenaban de tristeza. Chelo se curaba y la curaban, pero no mejoraba. Un día una persona le llevó un medico alópata.
¾ ¡Esto es cáncer! ¾ Dijo.
Todos nos llenamos de consternación; no queríamos aceptar aquel diagnostico. ¿Cómo podía ser tan cruel la realidad? Si se moría Chelo, ¿quién dirigiría aquella casa de oración-curación? Aquel padecimiento rápidamente acabo con Chelo... en unos cuantos días aquella venerable anciana tan llena de vida y fortaleza rápidamente se marchitó.
Un día antes de su muerte nos dijo a todos:
¾ Yo sé que me voy. No quiero que me lloren; no quiero que después de mi muerte me llamen porque me regresan y me hunden. Dejen que me vaya libremente y que nada de lo de la Tierra me encadene; y pidan al gran Maestro de maestros el adelanto para mi espíritu.
La despedida fue muy triste, y así como ella nos anticipó, todo se vino abajo... la obra espiritual en aquella casita se acabó para siempre.
Yo la recordaba pero nunca la soñé. Le pedí constantemente a Dios por su progreso y su evolución. Ella siempre nos decía que cuando se le esta llamando a una persona fallecida, ésta acude y se encadena, es decir, no puede romper los lazos con la materia y cada vez se le hace más difícil continuar progresando en el mas allá; y como está acostumbrado aquel espíritu a vivir en la tierra, vive apegada a su casa, sus cosas personales, sus familiares, sus amigos o sus tesoros y sus propiedades.
Recuerdo que Chelo nos dijo un día:
—Pobre humanidad, viven tan apegados a la materia que a veces por unas miserables monedillas se estancan y no pueden progresar.
Y nos relató que ella una vez fue llamada para desalojar una casa embrujada:
—Nada más entré a aquella casa y se me echó encima el espíritu de una mujer muy humilde que tenía seis meses de muerta. No le di "pase", pero aquel espíritu desencarnado tomó el cerebro de una de sus nueras y gritando a todo lo que le daba, dijo: "¡Dile a mi hijo que escarbe debajo de mi cama!". Escarbaron, y a pocos centímetros encontraron un botecito con ocho monedas de plata ley 0.720 muy antiguas. El espíritu volvió a tomar el cerebro de la nuera y dijo a los presentes: "Ahora sí me puedo ir en paz". Y yo la despedí con las siguientes palabras: Luz y progreso para tu espíritu, que la paz del Señor vaya contigo. Y aquel espíritu se fue para nunca volver.
Y Chelo nos explicó:
¾ Para que se den cuenta; si aquella mujer tan pobre no se podía ir a causa de sus miserables ocho monedas de plata... ¿cómo estarán los que de veras dejan riquezas cuantiosas, propiedades o tesoros? Indudablemente que allí permanecen sin poder progresar.
Y cuando Chelo se fue para siempre de aquella carne que conocimos, algunos la soñaban, otros le tenían miedo y otros decían que la habían visto.
—Toda mi vida he sufrido —nos decía Chelo—, y no quiero volver a venir a sufrir. Con lo que viví es suficiente; yo quiero venir a este mundo pero en otras condiciones, con adelanto, con progreso, con mayor evolución.
Para mí la desaparición de Chelo fue muy dolorosa... y nunca más volví a buscar en nadie lo que Chelo me enseñó.
Pero con el tiempo conocí a otro señor llamado Wenceslao...