Capítulo XXVII
La Creación de los Universos.
De repente, me encontraba en medio del cosmos y vi una luminosidad enorme, grandiosa, era como una nube... al irme acercando, aquello parecía como de cristal; más cerca se veía que de ella emanaban muchos colores y rayos de luz... pero más cerca, aquella masa vibraba como un gran corazón bombeando vida y más vida hacia los confines del cosmos todo.
Y aquello empezó a tomar forma, y de repente estaba contemplando a la Madre Divina en medio de aquella luminosidad. Ella estaba cubierta con un manto cuajado de diamantes. Era como si millones de piedras preciosas de muchos colores lanzaran destellos de luz a todos los confines del cosmos y sus labios se movían y con sus finas manos tocaba las galaxias, constelaciones, universos todos...
Luego su vientre empezó a hincharse y poco a poco aquel vientre tomó la forma de una mujer encinta. Después de un rato, de aquel vientre salieron estrellas; millones de estrellas que al principio eran todas blancas y después tomaban distintos colores... luego eran rojas, azules, verdes, amarillas y blancas. Todas salieron de aquel vientre bendito... era como si una corriente de vida saliera de aquel vientre en forma de manso torbellino; y, después, todo quedó en calma...
Sólo quedó la Madre Divina Universal sonriendo complacida. Luego entonces, sus ojos, como dos estrellas encendidas, contemplaban su obra... Después de un rato, aquella bendita forma desapareció y sólo quedó nuevamente aquella luminosidad en medio de tremendos rayos. Aparecieron tres rayos de color azul, amarillo y rojo; luego éstos colores se combinaron formando uno sólo y aquel color, que eran tres en uno, giraba y giraba, y de aquel torbellino salían para todos lados chispas azules, rojas y amarillas.
Entonces apareció la figura imponente de un anciano de larga barba blanca y con sus manos acomodaba aquellas estrellas que la Madre Divina había concebido. Una estrella por acá, otra por allá, otra más cerca, otra más lejos, otra más abajo, otra más arriba y así, todas aquellas estrellas volvían a girar en donde aquel enorme anciano las había acomodado.
Después de haber girado un rato las estrellas, me quedé viendo a éstas y al anciano y con asombro descubrí que cada una de aquellas estrellas ¡ya tenía familia! Pues alrededor de ellas giraban otras chispas más pequeñas.
Aquel anciano fijó la vista en su creación, se quedó un instante quieto y sus labios se adornaron con una enorme sonrisa de satisfacción.
¡Es el Padre! ¡Es el Padre Universal! Me dije a mí mismo.
Luego escuché la voz de mi amigo que reafirmó:
¾ ¡Es el Padre del cosmos todo! El que todo lo puede, el que todo lo ve, el que siempre ha sido y siempre será, porque Él es el principio y es el fin.
Para ese entonces la Madre Divina ya había desaparecido... ¡¿Qué digo...?! ¡No, no había desaparecido! Ella volvió y se acercó al Padre que se regocijaba arrojando con ambas manos hacia las estrellas polvo brillante y más polvo.
¾ ¡Es el alimento para sus hijos! ¾ Me dijo aquella voz.
Luego la figura de la Madre Divina se acercó humildemente al Padre y en Él se fundió formando una sola persona, y sólo quedó la figura imponente del Padre.
El Padre Eterno se quedó quieto por un instante y, ¡oh maravilla! Sólo brillaban sus ojos y aquel brillo creció y creció... No supe el instante en que de repente de entre aquellos ojos brillantes salió una chispa que poco a poco se fue haciendo enorme.
Aquella voz a mis espaldas volvió a explicarme más cosas...
Luego aquella chispa que en un principio era blanca, cambió a un color azul claro... Absorto contemplé cómo de aquella enorme luz azul se empezó a formar la figura grandiosa de Jesús de Nazaret, que humildemente se acercó al Padre e inclinó su cabeza en son de saludo.
El Padre con su mano derecha tocó la frente de Jesús y éste se alejó dirigiéndose hacia las estrellas que giraban, y su enorme figura quedó brillando entre todas ellas.
Luego llegó una gran luminosidad que se acercó al Padre, y aquella luminosidad, que en un principio era blanca cambió a un tono rojo, luego aquella gran luz roja se esparció por todo el universo...
¾ En efecto ¾ dijo mi amigo¾ , es la luz radiante del Espíritu Santo... El que tenga oídos que escuche, el que tenga ojos que vea y el que tenga razón que se apoye en esta verdad.