Capítulo XXIII
Un viaje muy particular.
Era una noche muy calurosa del mes de julio; yo estaba profundamente dormido, de repente desperté y sentí la necesidad de levantarme, me asomé por una ventana y vi encima de la azotea de la cocina de la casa de mis padres, una nave de color negro y forma de cohete... en los extremos tenía dos potentes faros por donde salía una luz amarilla.
Eran como las once de la noche. Sentí la imperiosa necesidad de salir; en ningún momento sentí miendo. No lo pensé dos veces. Rápidamente me puse un pantalón y así descalzo corrí y me acerqué a la nave, una fuerza poderosa me transportó hasta el interior por una puerta de la nave.
Por dentro era un pequeño salón circular. El piso y la pared eran totalmente blancos así como también el techo; todo estaba alumbrado por una luz blanca intensa que no se sabía de dónde provenía ya que no vi ninguna lámpara o foco. El interior estaba vacío, aparentemente no había nadie. Se cerró la puerta y se sintió un leve movimiento... Pasaron unos minutos, se volvió a abrir aquella puerta y ya estábamos en medio del espacio profundo. Por doquier se veían muchas lucesitas que vibraban, todo era negrura, a un lado de aquella nave estaba esperándonos otra enorme nave que tenía también forma de cohete y mediría aproximadamente cincuenta metros de largo por diez de altura. Era de color verde olivo, tenía muchas ventanas alargadas de donde se reflejaba una luz azul celeste; aquella nave no tenía motores o alas, era sencillamente una forma cilíndrica. Se abrió una puerta y fui atraído y en segundos pasé de una nave a la otra. Lo que veía no lo podía creer, no hubo necesidad de algún aditamento para poder respirar, simplemente fui transportado a aquella nave que permanecía allí estática en medio del espacio. Se cerró la puerta y grande fue mi sorpresa pues ya adentro podía respirar libremente; había una gran mesa circular y alrededor un sillón grande de una pieza. En aquella sala, la misma luz blanca y muchos hombrecitos que no sobrepasaban el metro de altura. Los hombrecitos y mujercitas, pues había de los dos sexos, no había distinción y a mí me parecía que los más bellos serían mujercitas; todos esos pequeños seres traían un trajecito de una sola pieza de color verde olivo y una chamarrita del mismo color de un material peludo.
Aquellos seres eran muy blancos y sus ojitos eran verdes. Ni siquiera se detuvieron a mirarme, no les importaba en lo absoluto; uno de ellos me prestó una chamarra como las que usaban ellos y unas botas de mi medida. Al ponerme aquellas ropas sentí una cosa muy agradable, una paz y tranquilidad muy bonita. Luego a señas me explicaron que tapándome la cabeza con el gorro de la chamarra podría respirar fuera de la nave.
En pocos minutos llegamos a la luna. Se abrió la puerta de aquella nave; fui depositado a unos cuantos metros de altura y caí suavemente en la superficie de la luna. La "tierra" de la luna es una especie de ceniza y a mí me pareció que tenía el aspecto de ceniza combinada con pedacitos de vidrio molido. Al pisar aquella extraña tierra mis pies se hundían. Di una pequeña caminata; desde aquella nave me hablaban directamente al cerebro. Justo en el lugar donde bajé, encontré las ruinas de una antigua casa: dos hiladas de adobes hechos con aquella tierra de la luna... era un cuadrado, y junto a aquellos restos, pegado a los adobes, dos matas de zacate seco y muy viejo.
¾ ¡Voltea para arriba a tu derecha! ¾ Oí claramente que me dijeron.
Lo que contemplé no se compara con nada visto anteriormente. Primero debo aclarar que en el lugar donde fui depositado era de noche... Volteé hacia donde me señalaban, era un espectáculo maravilloso, se veía el planeta Tierra en toda su magnitud.
Desde donde yo estaba se veía la Tierra de noche. Brillaba tenuemente el mar totalmente negro; se alcanzaban a ver montañas y cordilleras, el delineamiento de algunos continentes y alrededor del mundo, un anillo de radiación de una luz blanco-dorado que comprendí era el reflejo de la luz del astro rey. Así duré contemplando mi mundo mucho rato.
¾ ¡Ahora voltea hacia atrás de ti!
Volteé y vi a tres hermosas muchachas que caminaban, pero sus pasos eran saltos de tres ó cuatro metros; aquellas muchachas llevaban brasieres blancos, un bolerito de color rosa, calzón rosa y zapatos blancos que parecían botitas con un pequeño tacón; su piel era morena brillante, ojos cafés y su pelo dorado y chino; el cabello lo llevaban recogido en una cola de caballo.
Al instante pensé: ¿cómo pueden respirar si aquí no hay aire? Pues no llevaban equipo de oxígeno o cosa parecida.
¾ Para poder depositarte en la luna ¾ escuché dentro de mí¾ , te hicimos un tratamiento; así también ellas han recibido tratamiento y entrenamiento para poder desplazarse en este mundo sin que les afecte la gravedad.
Esa había sido la respuesta a mi pregunta.
Aquellas tres jóvenes se alejaron sin prestarme atención.
Después de un rato la nave se acercó... fui succionado nuevamente y en segundos fui depositado en otro lugar de la luna; allí era de día, luego escuché nuevamente dentro de mi cabeza la indicación de que me acercara a una cañada cercana. Caminé poco a poco y al asomarme, lo que vi difícilmente lo podía creer: en aquella cañada había agua que corría por un arroyuelo. Provenía de una cueva en cuyo interior había aquella luz blanca que no sé de dónde provenía pero allí estaba. De aquella cañada salía tenuemente un vaporcillo. Después de un rato volvió la nave y al voltear hacia arriba para verla, la luz del sol tan fuerte hirió mis ojos. Luego fui absorbido nuevamente.
Aquellos seres me veían con cariño pero no articularon palabra alguna, pues ellos se comunican por medio de la telepatía. Rápidamente fui llevado a la otra nave y en poco tiempo fui depositado suavemente en la azotea donde había sido recogido. En la segunda nave había dejado la chamarra y las botas que me habían prestado aquellos seres tan bondadosos.
Llegué a mi casa y me acosté... tenía la sensación de bienestar.
Ya no pude dormir recordando todos los detalles de tan maravilloso viaje.
¿Lo crees? ¡Claro que no! Porque las gentes de la Tierra primero piden pruebas y no las tengo. Consideré deshonesto apropiarme de aquellas botas y la chamarra.