Capítulo XI

 

 

 

Lecciones Magistrales.

 

 

 

Yo continuaba cada vez más entusiasmado asistiendo puntualmente los domingos a cátedra. Todos los que integrábamos el pueblo sentíamos una felicidad indescriptible, un gozo interno, un deleite maravilloso por la mágica presencia del gran Maestro Jesús y las lecciones que nos entregaba con tanto cariño... Aquel santo espíritu nos tenía tan mimados que cuando nos tocaba el corazón con sus sublimes palabras nos poníamos a llorar y aquel llanto era como un bálsamo que curaba las heridas del alma.

Muchas veces nos dijo:

¾ En este momento pueblo amado, te entrego tu monedilla y tu pan.

Alguien podría pensar que sería sugestión lo que voy a relatar: La primera vez extendí mis manos y vi con los ojos cerrados que en mi mano derecha apareció una gran moneda blanca. Toda ella era una blancura que refulgía y de esa moneda se desprendía una especie de neblina blanca y en una de sus caras tenía tres extraños símbolos que no entendí qué serían o qué querían decir. Aquella moneda espiritual estuvo allí en mi mano durante mucho rato.

Otra vez vi cómo apareció en medio de aquel recinto un pan que se veía muy delicioso y apetecible.

El gran Maestro nos seguía instruyendo:

¾ Si fe tienen en su Jesús, nunca les faltará el pan... Si fe tienen, nunca les faltarán sus monedillas materiales.

Le oí decir otras veces al divino Maestro:

¾ No tengas miedo mi niño amado, que mis niños prestos están a protegerte.

Indudablemente Él sabía de mis continuas experiencias; pero también sabía el Maestro de aquellos dos ó tres hermanos que se dedicaban a asustar novatos cortándoles definitivamente aquellas ansias de obtener más conocimiento y experiencias.

Otras veces el gran cabir Jesucristo se había referido a las irremediablemente perdidas Sodoma y Gomorra y a su destrucción fatal, y nos hablaba de la misión de aquellos ángeles que fueron a avisar a Lot:

¾ Había llegado hasta mi Padre el clamor de aquel desenfreno y aquella corrupción; pero lo más terrible fue cuando aquellos desquiciados empezaron a pervertir a sus propios hijos pequeños. Directamente mi Padre dio la orden a los sublimes señores de la faz resplandeciente y ellos enviaron a aquellos ángeles a poner fin a aquel pavoroso mal. En este tiempo vuelven Sodoma y Gomorra a posesionarse del mundo y hace falta educar a los pueblos para que no caigan en el abismo que se abre para devorarlos.

Los temas que exponía el gran Maestro eran tan variados y a la vez tan profundos, que algunas veces me tocó escuchar comentarios de personas incrédulas que decían:

¾ Es que Chelo es la que habla; a nadie puede engañar. Yo creo que ha de tener una gran biblioteca en donde continuamente está actualizándose porque ¿cómo es posible que toque temas tan adelantados...? La Biblia la ha de conocer con puntos y comas.

A mí me tocó sentarme muchas veces a su humilde mesa, así como entrar a su habitación a saludarla cuando se enfermaba y nunca encontré aquella famosa biblioteca que algunos decían.

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