Capítulo VIII

 

 

 

Id a las Cárceles y los Presidios.

 

 

 

El divino Maestro nos hablaba constantemente de la necesidad apremiante de normar nuestra existencia; de dejar la mentira, dejar el camino anchuroso de la vida y tomar el cauce correcto. Nos hablaba de la necesidad de acabar con el odio, la falsedad, el deseo de venganza, de amar a la creación.

Y nos decía:

¾ Si alguien te ha dado una bofetada, pon tu otra mejilla y deja que otra vez te abofeteen.

A cada momento nos repetía:

¾ Id a las cárceles y los presidios y da una palabra de aliento a esos mis niños que sufriendo están. Habla a los que como fieras se encuentran penando y date cuenta que no debes delinquir, porque así como a esos mis niños los han privado de su libertad, cualquiera también podría perder su libertad por errores que se cometen por ignorancia o por la violencia desatada en sus torpes mentecitas, ya que el hombre en la Tierra por momentos se olvida de la cordura y sigue los llamados de la mente olvidando los llamados del corazón; mas yo te he dicho pueblo amado que si siguiendo eres el llamado del corazón, con el amor dentro de ti, imposible es que te equivoques. Mas la mente material te habla de la materia y se vuelve un demonio dentro de ti porque antepones la razón antes que los dictados de tu corazón y así las bajas vibraciones de tu mente oscurecen los rayos de amor que emanan de tu corazón.

Un día Chelo nos preguntó:

—¿Qué les parece si me acompañan el próximo domingo a visitar a los presos?

Todos nos quedamos pensativos; la verdad es que no esperábamos aquella propuesta. Luego una persona preguntó:

—¿Y qué les vamos a decir?

—No precisamente vamos a hablarles —contestó Chelo—; he pensado llevarles naranjas y plátanos y algunas monedas, pues en las prisiones hay muchos presos necesitados y algunos tendrán deseos de comprarse algún cigarrillo o algún dulce.

Casi todos nos comprometimos de ir el siguiente domingo a la prisión.

Llegó el domingo y, después de cátedra, algunas personas se retiraron, pero habíamos formado un grupo de más o menos catorce personas.

Estando ya en el reclusorio, pedimos el permiso correspondiente. Yo nunca había entrado a una prisión y me sorprendió que a todos los que íbamos a pasar nos pusieran un sello con tinta negra en la mano.

—¿Y ésto para qué es? —Pregunté a un policía.

—Es para identificarlos —contestó—, no sea que también se queden allá adentro o alguno se quiera pasar de listo y se salga en lugar de uno de ustedes.

Cinco policías nos acompañaron pasando primero por una reja que al trasponerla fue cerrada con dos chapas y una cadena; pronto estuvimos frente a otra reja aún más protegida, pues varios policías la resguardaban. Al otro lado de la reja era un gran patio en donde estaban encerrados muchos hombres, unos eran jóvenes, otros viejos, otros ancianos, de todo había allí; unos andaban bien vestidos con traje y corbata, otros medianamente vestidos y otros muchos vestidos miserablemente. Allá en una esquina alcancé a ver un grupo de cinco hombres platicando alrededor de un bracero en donde ardían unos palitos y uno de aquellos hombres soplaba a la lumbre con un pedazo de cartón. En medio del patio caminaba un anciano semidesnudo y sin zapatos, con un pantalón raído y sin camisa, la barba crecida y canosa, sucio y con la mirada extraviada; miraba para el cielo y luego volteaba para todos lados, de repente daba brincos y corría para todos lados; nadie de aquellos internos le prestaba atención. Un hombre entrado en años, muy rasurado, con traje y corbata, sentado en el quicio de una celda, con la mirada ida, de repente se levantó de aquel improvisado asiento y empezó a caminar de un lado para otro mientras muchos de los presos se acercaron a la reja, pues un guardia les había comunicado a gritos que se acercaran porque aquella buena mujer les llevaba algunos regalos.

Eran tres grandes cajas en donde Chelo les llevaba plátanos, naranjas, galletas, pan y una que otra prenda de vestir. Chelo empezó a repartir los regalos y al instante a través de las rejas, muchas manos salían a recibir aquellas frutas. Entonces muchos guardias, macana en mano se acercaron y nos dijeron que no hiciéramos confianza porque podría resultar peligroso. Ya para entonces, varios de los acompañantes ayudábamos a Chelo en su misión.

Terminamos de entregar aquellos regalos y la bondadosa Chelo sacó su monedero y, disponiéndose a arrojarles unas monedas, se dirigió a las rejas, pero un guardia se le acercó gritando:

—¡No, dinero no! ¡No está permitido! ¿Qué no comprende que es muy peligroso?

Chelo se apartó de las rejas y les dijo a los internos:

—Que la paz del Señor quede con ustedes y que Dios santísimo los bendiga.

Muchos, no todos le dieron las gracias.

Regresamos nuevamente por donde entramos, pero antes de pasar a la calle nos revisaron el sello y sólo así nos dejaron salir.

—¡Misión cumplida!

Nos dijo Chelo sonriendo y nos preguntó si estábamos dispuestos a ir a visitar los hospitales. Todos nos quedamos callados y ella comprendiendo ya no insistió.

Después de unas semanas, volvimos al mismo presidio y repetimos la buena misión. Al retirarnos, algunos internos nos pidieron que la próxima vez que fuéramos a visitarlos, les lleváramos cigarrillos.

La siguiente vez llevamos cigarros pero no fue suficiente, pues muchos no alcanzaron.

De tiempo atrás, se sabía que en aquel presidio había un calabozo oscuro y húmedo llamado "la loba" en donde a los presos más rebeldes se les torturaba de mil crueles maneras.

Aquella noche me acosté sin imaginarme siquiera la sorpresa que me esperaba.

No supe cuándo me quedé dormido, de repente ya estaba en medio de aquel patio de la prisión, el cual se encontraba completamente vacío pues también era de noche; veía a los internos encerrados en las celdas, de pronto escuché lamentos, eran los gritos de un joven que imploraba:

—¡Por favor ya no! Por piedad, tengan misericordia.

Aquel joven aparentaba tener veinte años de edad, estaba hincado y desnudo, su cabeza agachada, su pelo sudoroso y sucio, como si hubiera sido arrastrado por el suelo, su ojo izquierdo hinchado y amoratado, la ceja partida en dos y manchada de sangre, su nariz herida y tal vez quebrada, su lengua partida en dos. Me estremecí al contemplar aquel espectáculo, pues aquel desdichado mártir ya no podía llorar, no podía seguir gritando, y sus lamentos eran sordos quejidos; aquello calaba hasta lo más profundo del alma. No soportaba ver el sufrimiento de aquel infeliz. Todo su cuerpo estaba aprisionado con alambres de púas lacerantes que hacían que manara abundante sangre de sus carnes desgarradas. Aquellas dramáticas escenas se desarrollaban en un cuarto alumbrado con un potente reflector, el piso era de cemento, no había ventanas y tan sólo una puerta.

Por momentos aquel doliente alcanzaba a gritar con todas sus fuerzas suplicando piedad, misericordia, y aquellos gritos eran oídos por otros internos, los cuales, acostumbrados a aquellos sacrificios, algunos se mostraban indiferentes, otros angustiados y otros permanecían con la mirada perdida en medio de la oscuridad.

Luego, aquellos lamentos se escuchaban apagados... Después llegó un personaje a aquella mazmorra y preguntó al guardia:

—¿Ya le dieron el "tratamiento"?

—Sí; pero jefe, el muchacho ya no resiste más.

Aquel deshumanizado personaje contestó:

—Eso es precisamente lo que quiero; ¡que se lo lleve la...!

Luego le ordenó al verdugo:

—¡Ponle más alambres para que vea lo que se siente!

Enseguida salió del calabozo y esperó allí afuera para escuchar los lamentos de aquel mártir, saboreando su triunfo.

Minutos más tarde el guardia salió y le dijo:

—Jefe, el muchacho ya no resiste.

—¡Te estoy diciendo que le aprietes más! ¿O acaso no entiendes?

El guardia entró a decirle a los otros verdugos que por órdenes de aquel personaje le apretaran más al reo. La sangre seguía saliendo profusamente por las heridas, los ojos del muchacho parecían salirse de sus órbitas, sacaba la lengua partida en dos y chorreando sangre.

Entonces ocurrió lo inesperado: uno de aquellos verdugos empezó a llorar y su llanto se confundía con los desgarradores lamentos de la víctima; al instante se acercó y detuvo las manos que apretaban aquellos siniestros alambres de púas; el verdugo se sorprendió y aflojó aquella presión. Los otros tres verdugos avergonzados bajaron la vista. El hombre que presionaba con los alambres le dijo al guardia que lloraba:

—Está bien compañero, yo te comprendo, pues a mí me pasa igual; ya no soporto más el dolor de éste hombre, pero, ¿qué quieres que haga? si allí afuera está el jefe.

El personaje duro de corazón le habló al jefe de los verdugos y le ordenó que sacara al guardia que lloraba; al tenerlo a su alcance le gritó en su cara:

—¡Joto! ¡Maricón! ¡Cobarde! ¡No sirves para nada!

Y dándole un fuerte empujón, aquel personaje salió deprisa. Al salir de la prisión, quedó frente a dos ancianos angustiados; eran los padres de aquel desdichado muchacho.

—¡Señor, por caridad, ayúdenos! Mi hijo está encerrado allá adentro y lo van a matar; no nos permiten verlo. ¡Por amor de Dios, ayúdenos! Todo fue un accidente. Mi hijo no frenó a tiempo y mató a una jovencita allá en nuestro pueblo.

El anciano no pudo seguir hablando... con sus ojos angustiados suplicaba a aquel personaje que de reojo lo observaba. Aquel hombre avanzó unos pasos sin decir nada. Lleno de soberbia abordó un lujoso automóvil y se perdió en las sombras de la noche.

Allí en las puertas de aquella prisión habían quedado aquellos padres con su impotencia y su dolor. La anciana de tanto llorar no podía hablar; se sentó en el quicio de aquella trágica puerta y levantó la vista al cielo... sacó de entre sus ropas un pequeño rosario y muy dentro de ella empezó a rezar. Afloraron nuevamente las lágrimas y sus manos temblorosas repasaban lentamente las cuentas de su rosario.

En medio de aquella oscuridad una lucesita bajó del cielo y quedó flotando frente a la cara de la anciana; poco a poco su cara se fue transformando... la tranquilidad volvió a ella; estiró una mano y tomó la mano de su esposo y así estuvieron horas y horas. Mientras allá en aquel tenebroso lugar yacía el joven tirado en el suelo. Los verdugos se habían retirado.

Allí estuvo encerrado y después de unos días, a la medianoche se abren las puertas de aquel presidio; los dos ancianos llevan a rastras a su hijo amado. El muchacho lleva sus ropas ensangrentadas, su cuerpo y su alma doloridos. Suben a un vehículo... Aquella buena madre levanta una vez más sus ojos al cielo y dice: ¡Gracias Madre Divina, me hiciste el milagro! El automóvil se pierde en las sombras de la noche y ya no los vuelvo a ver.

¿Por qué me he metido a contemplar tanta amargura y dolor? ¿Por qué veo lo que otros no ven? Y de pronto, una voz me dice:

—Todavía no comprendes, ¿verdad? Todo lo que ves es para que lo entregues a la humanidad, para que conociendo la verdad, ya no se cometan tantos errores en el mundo, pues la gente por doquier está plagada de errores; por todas partes suceden cosas ignominiosas, el salvajismo y la falta de comprensión hace que los hombres se conviertan en fieras salvajes, bestias sin ninguna consideración, no hay misericordia, no hay perdón; nadie es perfecto en este mundo y todos hacen honor a esta verdad. Cuando los seres humanos tienen poder y riquezas, no se detienen a pensar en el daño que hacen disponiendo del destino y la vida de las desgraciadas víctimas culpables o inocentes que caen en sus manos. El matancero se dirige a las jaulas donde están los animales condenados a muerte y escoge al que le viene en gana pues los tiene a su disposición; no pueden escapar, no tienen forma de ser perdonados o dejados en libertad; qué tragedia pensar en esa cruel verdad, aunque quisieran los desdichados animales, nunca podrían escapar ya que dicho carnicero tiene todo a su favor, lleva todas las de ganar. Así el carcelero, él tiene todas las de ganar, tiene todas las garantías para salir vencedor y también tiene a su disposición a sus víctimas; ni para dónde correr, ni para dónde escapar, quisieran tener alas y poder volar, quisieran hacerse invisibles. No hay escape posible y son sometidas a la fuerza aquellas almas que aunque culpables, también se les debe tener consideraciones.

Otra ocasión me había acostado y después de un rato me quedé dormido. Volví a otra prisión; de repente vi a un hombre corpulento, muy macho gritando ante aquellas personas de la oficina de la prisión:

—¡Si volviera a nacer ese jijo de la.....lo volvería a matar! ¡Tengo mucho coraje! ¡Quiero volver a vengarme! ¡Lo quiero volver a matar!

Las torvas miradas de los guardias observan, siempre esperando el momento, tienen la seguridad de que ellos saborearán nuevamente el triunfo; la secretaria, indiferente, sigue escribiendo. Aquel hombre sigue vociferando. Llega el momento en que dos guardias toman al reo de ambos brazos, mientras un tercero corta cartucho a su arma a espaldas del preso; éste, palidece, se deja conducir dócilmente. Es llevado hasta una mazmorra. Un sólo golpe con un palo y se desvanece; allí es abandonado sin ninguna consideración.

Después de muchas horas despierta, todo es oscuridad; quiere levantarse pero su cuerpo está helado y adolorido y empieza a gritar y a pedir piedad, es entonces cuando ocurre lo inevitable: de repente recuerda su crimen. Toda la escena es revivida en todos sus detalles; siente un gran remordimiento, vuelve a sentir en sí mismo el olor de la tibia sangre de su víctima... vuelve a sentir como poco a poco se le escapa la vida, siente como su propia conciencia le grita que es demasiado tarde, que ya no hay manera de volver atrás. Un miedo atroz se apodera de él; dolor, miedo y remordimiento son uno solo. Vuelve a gritar. Nadie se conduele de él. Quiere perder la vida pero no se atreve a cortar su propia existencia, algo más fuerte se lo impide. Piensa en la venganza de los familiares de su víctima. Poco a poco se va olvidando del deseo que sentía de volver a vengarse; el dolor es intenso, cala hasta lo más profundo de su ser; el remordimiento es profundo. Total, quiere volver atrás, pero todo es imposible, lo hecho, hecho está.

Y en el mismo "sueño" siento el dolor de aquel hombre y las lágrimas salen de mis ojos; es un dolor atroz que taladra el alma; es la mayor de las impotencias, no se puede, todo es inútil, ya no hay forma de remediar lo que se cometió.

Y sigo soñando y veo a aquel hombre convertido en el más miserable de los condenados a sufrir, arrastrando por doquier su dolor y su remordimiento, y vuelvo a escuchar aquella voz serena del gran Maestro de maestros que nos vuelve a decir:

—Id a las cárceles y los presidios y dad una palabra de aliento a aquellos que sufren y háblales antes que sea demasiado tarde y diles que yo los perdono; que soy su hermano mayor, pero necesario es que despierten para que no se cometan los mismos errores, porque todos son los mismos pecadores de todos los tiempos y todos los caminos.

Y despierto sintiendo en mi alma el mismo dolor de aquel condenado; y en medio de la penumbra de mi habitación, me pongo a pensar: es cierto que se debe hablar a la humanidad sobre estas desgracias; es verdad lo que nos dice el Maestro Jesús: necesario es que la humanidad despierte para que no vuelva a caer en el mismo error.

Después de unas noches volví a soñar. En esta ocasión veo a un hombre joven que con mirada siniestra le hace la seña que se detenga a una muchacha que conduce un automóvil; ella inconscientemente se detiene. El individuo abre la puerta del coche y pretende sacar a la señorita y forcejean. Es un violador que ha estado vigilando por varios días a la muchacha y sabe a qué horas pasa por esa calle, ya que conoce cada uno de sus movimientos. Él cree que volverá a salir victorioso, pues la calle está desierta. La muchacha reacciona y sacando fuerzas de voluntad logra deshacerse de su atacante y cierra la puerta. El muchacho corre por el frente del carro con la intención de abrir la otra puerta que lleva el botón levantado, la muchacha acelera a toda velocidad y arremete contra el infeliz que cae al suelo destrozado.

La muchacha llega a su casa y entre sollozos relata a sus padres la tragedia que acaba de vivir. Encierran el carro; nadie se dio cuenta de nada. Sólo un testigo escuchó el grito de muerte del muchacho pero no identificó el coche. Todo queda en silencio... después de unas horas el padre de la muchacha pasa por esa calle, ya no está el cadáver, sólo un reguero de sangre en el piso de la calle.

Desde esa noche los nervios de la muchacha se desquician; a cada momento ve a su atacante y revive la escena en donde es atropellado aquel joven. La vida de la muchacha ya no será la misma. Pasan días, semanas, meses, años y aquel recuerdo no se borra de su mente; es como si aquel recuerdo estuviera pegado a su conciencia... ya nunca olvidará su desgracia.

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