Capítulo VII
El Ángel Guardián.
Muchas veces Chelo se refirió a nuestro ángel guardián:
¾ Él es quien te protege, háblale, no temas equivocarte, pues sabes que él está dispuesto a llevarte por el buen camino y no creas que no existe; tan sólo basta que lo llames y en el nombre de Cristo, él acude a tu llamado.
Una vez, ya terminado el trabajo de la cátedra dominical, se presentó el hermano Silvestre Carrión; después del saludo acostumbrado, curó a varios enfermos en la carne de Chelo. Se dirigió a Magda, que era el cuerpo de mediumnidad, la curó tomándole su cabeza y dándole masajes y pases magnéticos, luego pasó al cuerpo tocando órganos internos, después le curó ambas piernas.
—¡Mi niña amada, hija de mi alma!
Le dijo a Magda y prosiguió:
—Me duele mucho verte sufrir y por eso acudo a tu llamado...
Magda lo paró en seco y le dijo:
—De qué sirve que me diga tantas veces que usted fue mi padre físico en otra vida pasada. ¿Cómo no fue capaz de sacarme del lodo en el que caí cuando más necesitaba su ayuda? Usted sabe muy bien cómo ha sido mi vida.
Magda sollozaba y al fin rompió a llorar. Aquel espíritu guardó silencio y Magda volvió a preguntar:
—¿Qué pasa? ¿Por qué no contesta? Si al fin y al cabo en este mundo los seres humanos sufrimos de cualquier manera, y le vuelvo a repetir, he llorado mucho, he sufrido mucho, siempre esperando la ayuda de alguien y usted que dice que fue mi padre, si usted en el más allá de seguro me veía cómo me hundía, no fue capaz de darme la mano, entonces, ¿qué clase de padre es usted?
Magda seguía llorando amargamente; luego, entre sollozos volvió a decir:
—Perdóneme si lo he ofendido, pues es tanto mi dolor que muchas veces me pregunto si el destino del ser humano es sólo sufrir, si a pesar de enmendar mi camino, no merezco una vida mejor.
Todo el "pueblo" sollozaba esperando la respuesta de aquel espíritu. Al fin, Silvestre Carrión habló y dijo:
—En esta vida hay muchas cosas que son incomprensibles para el ser humano, sin embargo te digo sin temor a equivocarme mi niña amada, que todo lo que te ha pasado han sido lecciones y todo ha sido para tu beneficio y evolución.
Magda contestó:
—¡Me niego a creer que todo ha sido para beneficio mío, más bien parece ser que todo lo que he vivido es el más cruel de los castigos!
El hermano Silvestre Carrión dijo:
—La ley de causa-efecto-compensación actúa siempre, ya que todos los actos del ser humano quedan grabados para siempre y nadie escapa a esa ley; es muy duro entender que en todo el universo existe esta ley, pero dime pueblo amado, ¿no crees que es mejor pagar lo que se debe aquí mismo en el plano físico y no en el infierno eterno? Porque sería peor que existiera el infierno y se quemaran los unos y los otros eternamente; pues bien, el Padre tiene otros métodos menos crueles a fin de que sus hijos puedan liquidar sus deudas contraídas con sus hermanos, por eso dice el divino maestro en su palabra: "No te encadenes y liquida tus deudas pasadas, porque unos y otros se van encadenando con sus actos equivocados y cuando se dan cuenta, ya están plagados de errores, siempre en perjuicio de vuestros hermanos".
Nuestra amiga no quedó muy convencida, mientras secaba sus lágrimas con un pañuelo, miraba hacia los ojos de la facultad, luego rogó al hermano Silvestre Carrión:
—Le pido en nombre de Dios, me ayude, me bendiga y me proteja, pues usted sabe cómo estoy enferma y vivo en la soledad.
Magda de joven había caído. Los hombres la habían adulado por su belleza, y aún guardaba algo de aquella belleza, muchas veces había recibido la amargura de saberse despreciada por vecinos, conocidos y sus familiares siempre la habían visto como la "oveja negra" de la familia.
Volviendo a sollozar decía Magda a Silvestre Carrión:
—¿Por qué tiene que ser así? Me he preguntado muchas veces, si todos en esta vida, absolutamente todos caemos y levantamos; ya lo dice el dicho vulgar, que todos vivimos en la casa del jabonero y el que no cae, resbala.
Luego continuó:
—Toda mi vida me he visto perseguida, los hombres me miran con lascivia, las señoras casadas me ven con reto y desdén, pues se les figura que les voy a ganar con su marido, la mayoría de las gentes me ven con burla, como si yo fuera un trapo inmundo que hay que arrojar a la basura; me han visto sufrir, me han visto llorar y en lugar de tener compasión de mí, quisieran pisotearme más y más hasta destruirme totalmente, ¡ya no aguanto más!
Magda siguió llorando y después de unos minutos guardó silencio. El hermano Silvestre Carrión puso su mano derecha en la frente de Magda. Ella parecía que iba a desmayarse y se llevó sus manos al pecho; rápidamente aquel espíritu con ambas manos le dio masaje en el cerebro, luego puso su mano derecha en el corazón y al mismo tiempo su mano izquierda en la espalda mientras con la boca de la facultad soplaba en la frente de Magda, al mismo tiempo que acostaba en una banca a aquella pobre enferma.
—¡Respira profundo! —Dijo el hermano a Magda.
Magda respiraba y se volvía a llevar sus manos al pecho, luego aflojando todo el cuerpo abrió sus ojos y dijo:
—Dios le pague su caridad. Sentí que me iba; sentí que me dolía mucho el pecho y sentía muy pesado el cerebro... ahora ya me siento bien.
Se retiró aquel espíritu. Chelo volvió a su físico frotándose los ojos, luego preguntó a Magda:
—¿Estás bien?
—Sí —contestó Magda sonriendo.
—Es necesario que sigas viniendo a curación —concluyó Chelo.