Capítulo V

 

 

 

Curaciones Milagrosas.

 

 

 

Un domingo después de escuchar la palabra del Maestro, Chelo se dispuso a curar a sus enfermos...

Estaba tan entretenida curando, cuando de pronto se escucharon unos bramidos muy feos, gritos, improperios, lucha entre dos viejecitos y un hombre joven que llevaban a rastras. Era un hombre como de veintiocho años de edad, con el pelo largo y sucio, barbas y bigotes grandes y sucios también, de mirada extraviada, pero al mismo tiempo esa mirada era la de un loco feroz y peligroso. El hombre de marras no quería entrar al recinto, parecía que la cercanía de aquel lugar lo exasperaba. Entre aquellas dos personas ayudadas después por un corpulento hombre, trataban de meter a rastras a aquel loco.

En un instante, el enojado joven aventó con tremenda fuerza a sus captores, quienes terminaron estrellándose contra la pared y el suelo y allí los cosió a patadas.

—¡¿Qué pasa?! —Intervino Chelo.

El terror hizo presa de todos los presentes; el loco vociferaba aventando espuma por la boca y con los ojos desorbitados amenazaba atacar al que se le pusiera enfrente.

—¡Déjenmelo a mí! —Valientemente dijo Chelo.

Algunos miedosos gritaron:

—¡La va a matar, no se meta Chelo, mejor le hablamos a la policía!

Chelo se estremeció cerrando sus ojos, un instante después se presentó un espíritu llamado Cipriano Mendoza.

—¡Conque quieres pelea, ¿no es así mi hermano?!

Y sujetándolo fuertemente por las muñecas, sometió al furioso hombre.

Improperios, palabras altisonantes y groserías gritaba el loco al hermano que estaba en el cuerpo físico de Chelo... El loco se soltó y amenazó con atacarla, pero una bofetada en pleno rostro lo hizo palidecer, otra bofetada y el pobre loco quiso correr, pero el hermano Cipriano Mendoza ya estaba en guardia dispuesto a seguir dándole aquel tratamiento al energúmeno sujeto, el cual ahora gemía lastimeramente.

Rápidamente el hermano Cipriano volvió a tomarlo de las muñecas y le ordenó:

—¡Mírame a los ojos!

El loco esquivaba su mirada. Luego Cipriano Mendoza se dirigió a mí y me dijo:

—¡Prepárate para recibir órdenes!

Yo cerré los ojos mientras aquel espíritu en el cuerpo de Chelo sostenía fuertemente al loco que gemía como un animalito herido.

Entonces escuché claramente dentro de mi cabeza: El poder del que usurpa el cuerpo del enfermo reside en el pelo y las barbas, córtenselas y así podrá ser curado.

Yo transmití el mensaje tal cual lo recibí.

—Muy bien —contestó aquel espíritu.

Luego ordenó a los presentes:

—¡Traigan unas tijeras!

En esos momentos, el loco recobró la fuerza terrible que manifestaba; forcejeó y se zafó de las manos que como tenazas lo tenían preso... quiso correr, pero aquel espíritu no era de los que se asustan fácilmente; literalmente voló la carne de Chelo sujetándolo fuertemente por ambos pies. Al sentirse dominado, nuevamente el loco se dedicó a ofender con palabras altisonantes, maldiciones, amenazas y groserías a aquel buen hermano en la carne de Chelo.

Trajeron las tijeras y fue necesario que otras personas ayudaran a cortar el bigote y las barbas al loco.

—¡Las tijeras no le entran! —Dijo el acomedido.

En efecto, aquellos pelos parecían de acero; las tijeras se resbalaban. Trajeron una navaja de rasurar y tampoco, ¡no se podían cortar! Mientras el loco tiraba de patadas. Entonces el hermano Cipriano Mendoza hábilmente agarró por el cuello al loco, el cual al sentir la presión lentamente soltó el cuerpo y se desmayó; ocasión aprovechada por Cipriano, quien ordenó le trajeran una cuerda; con la misma, amarró los pies de aquel infeliz y luego tomando las tijeras, cortó barbas, pelo y bigotes dejando tusado a aquel fiero hombre.

Así desmayado, el espíritu de Cipriano le dio pases magnéticos a la altura del corazón y la cabeza principalmente y después en todo el cuerpo.

Después de unos minutos, el hombre recobró el sentido; al instante con sus manos libres se tocó la cara y al sentir que ya no tenía sus amadas barbas y bigotes, quiso correr, se quiso desatar, pero no pudo.

—¡Siéntate! —Ordenó aquel espíritu.

El loco recobró su locura y le llovieron ofensas al hermano Cipriano Mendoza. Dos bofetadas bien puestas bastaron para someter nuevamente al enfermo. Su mirada proyectaba infinito odio; sus ojos por momentos se tornaban vidriosos... finalmente bajó la mirada, se sentó dócilmente en un banco y se puso a llorar.

—¡Mi pelo largo! ¡Mis barbas! ¡Mis bigotes! ¿Qué me hicieron?

Luego estuvo en silencio largo rato. El espíritu de Cipriano Mendoza se mantenía listo para asestarle nuevos golpes... El loco levantaba la cabeza y volvía a llorar.

—¡Levántate! —Ordenó Cipriano.

—No puedo —contestó el loco¾ , desamárrame.

Uno de los presentes desamarró los pies. Luego el hermano Cipriano le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—¡Qué te importa! —Gritó el loco y empezó a correr brincando entre los presentes.

El terror volvió a hacer presa de la concurrencia.

Cipriano Mendoza casi voló entre las asustadas gentes y agarrando firmemente por un hombro al irredento prospecto al manicomio lo sometió nuevamente a punta de cachetadas.

—¡¿Cómo te llamas?! —Volvió a preguntarle.

El loco agachando la cabeza, dijo:

—Me llamo Juan.

—¡Tu apellido! —Inquirió con firmeza Cipriano.

—Juan González.

—¿De dónde vienes?

—De un rancho por aquí cerca.

El adolorido padre de aquel extraviado, argumentó:

—Es que nuestro hijo estuvo viviendo en los Estados Unidos, allá agarró el vicio de las drogas y así de loco regresó a nosotros.

El hermano Cipriano Mendoza le volvió a preguntar su nombre al enfermo, el cual contestó correctamente.

—¿Te sientes bien? ¾ Interrogó Cipriano.

—Sí.

Luego el enfermo rompió a llorar y dijo sollozando:

—Hacía mucho tiempo que no me sentía bien; siento como que he regresado de un lugar en donde sufría mucho, en donde yo no podía hacer mi voluntad.

Entonces tomando la palabra aquel espíritu, dijo a todos los presentes:

—¿Ya ven ustedes cómo todos debemos cumplir con la voluntad de Dios? Pues a éste hermano lo ha tenido atormentado un intruso y lo ha hundido en los vicios, las drogas y la desesperación; porque dice el Maestro de maestros: "Allí será el llanto y el rechinar de dientes y por tanto, la desesperación". Porque aquellos pobres ignorantes en los vicios y las drogas no tienen salvación, y tú, mi niño, los autores de tus días te han traído a tiempo a la curación, en donde verás el renacer de tu vida.

Para entonces, aquellos ancianos lloraban agradeciendo al Todopoderoso su infinita bondad.

Cipriano Mendoza volvió a preguntar a Juan:

—¿Te sientes bien?

—Sí, me siento bien; y Dios pague tu caridad.

—Dale las gracias a ésta buena mujer que presta su cuerpo físico para así nosotros poder trabajar en bien de la humanidad.

Antes de desprenderse Cipriano Mendoza de la carne de Chelo, se despidió así:

¾ Que la paz del Señor quede con ustedes.

Chelo "regresó" a su cuerpo físico frotándose los ojos y preguntó:

—¿Hemos terminado?

—Sí —contestaron los presentes.

—¿Dejó instrucciones el hermano? —Volvió a preguntar Chelo.

—No —le contestaron.

—Bueno —dijo Chelo dirigiéndose a los papás—, a éste enfermo me lo deben traer más seguido.

Enseguida preguntó al muchacho:

¾ ¿Y tú, cómo te sientes?

—Muy bien.

Entonces Chelo tomándolo por la cabeza, con cariño desinteresado, le dijo:

—Bendito, no sufras, obedece a tus ancianos padres, no los hagas sufrir y ven a curación más seguido; es por tu bien.

El enfermo salió por su propio pie; pero antes, con sus ojos muy abiertos, veía cada uno de los detalles de aquella casa de oración-curación. No fue necesario volverlo a arrastrar.

Al domingo siguiente, este hombre acudió a cátedra. El Maestro se dirigió a él varias veces con infinita bondad. Ahora el enfermo llevaba ropa limpia y aparecía limpio de su persona. Las siguientes veces que lo volví a ver ya no era el loco de antes, ahora saludaba y se quejaba de tener alucinaciones. Chelo lo curaba y después de un tiempo jamás lo volví a ver.

¿Cómo era posible aquello? Yo había oído hablar sobre curaciones milagrosas pero nunca vi nada semejante.

¿Se trataba realmente de un proceso...?

Allí nos explicaban frecuentemente, cómo un intruso se posesionaba de un cerebro débil que aparentemente le daba cabida. O sea, que un espíritu desencarnado hacía y deshacía de aquel cerebro y cuerpo lo que le venía en gana. Muchas veces, como en el caso que se señala, atormentando y haciendo sufrir al infeliz que le daba cabida. Después nos explicaron que aquel intruso ya no disfrutaba de las drogas, pero sí gozaba haciendo sufrir, arrastrando a ese pobre enfermo.

Decía el Maestro en su palabra:

¾ Este mundo está lleno de nubarrones negros. Tienen su pensamiento y no lo saben usar, siempre la mala voluntad, el deseo de venganza y la maldad viven en ti; a cada instante envían malos pensamientos contra sus hermanos, mas esos pensamientos que cual dardos venenosos al instante son recibidos a quien los envían luego vuelven a ti y hacen efecto tanto a su víctima como a sí mismo, porque existe la ley de causa y efecto. Por eso te digo humanidad, que no siembres vientos para que no coseches tempestades; no siembres odio para que no coseches destrucción. Mejor siembra amor para que coseches amor en grande manera, porque el árbol por su fruto será conocido y llegará el momento en que tengas que desencarnar y ¿qué le harás presente al Padre?

Nos decía también el Maestro Jesús:

¾ Date cuenta amada humanidad, que tu lengua es como una espada de dos filos, con ella hipócritamente adulas a tus hermanos, pero tan sólo un descuido y al instante les desgarras con esa espada por la espalda, ¿qué no te das cuenta que con tu lengua les das muerte? Tu lengua hace más daño que un arma; ¿hasta cuándo comprenderás que debes cambiar tu forma de ser? Humanidad, humanidad, que cayendo y levantando vas dando tumbos de ciego, en verdad te digo que un ciego no puede conducir a otro ciego porque ambos dos caerán al precipicio, mejor limpia tus finos cristales que son los ojos de tu alma para que veas que el precipicio está presto a devorarte.

Aquella noble mujer, Chelo, curaba con lodo, con agua, etc. Con sus propias manos curó a muchos enfermos de la columna vertebral y salían éstos caminando por su propio pie. La carnosidad que poco a poco va cubriendo los ojos, ella la hacía desaparecer con el jugo de tomatillo de hoja; el cáncer lo combatía dando píldoras de polvo de víbora de cascabel y hojitas frescas de alfalfa a sus enfermos y el cáncer desaparecía. A los enfermos del corazón, les pasaba sus manos dando masaje y pases magnéticos, luego les aplicaba cataplasmas de barro y aquellos corazones sanaban.

En una ocasión presencié una curación muy difícil. Llegaron unas personas con un hombre que se había quemado. Al puro verlo, Chelo ordenó a quienes iban con él:

—¡Pronto!, váyanse al cerro y tráiganme unas pencas de nopal, y si encuentran un nopal podrido, mejor.

Por fortuna, aquellas personas trajeron un buen pedazo de nopal podrido, el cual rápidamente fue aplicado en la quemadura por las hábiles manos de Chelo. Poco a poco aquel enfermo dejó de quejarse y ya para la tarde se encontraba en su casa. Chelo había dado instrucciones a sus familiares de seguir aplicando generosamente pedazos de nopal podrido en la parte afectada. A los quince días regresó el enfermo y le mostró a Chelo su gran herida. La piel nueva color rosado había sustituido a la piel quemada y sólo había quedado una cicatriz alrededor señalando el lugar quemado.

Chelo nunca cobraba por sus curaciones, algunas personas agradecidas le regalaban algunas pocas monedas. Muchas personas le decían "mamá Chelo". En su casa muchas personas encontraban alojamiento y comida y a todos por igual les demostraba cariño y comprensión.

Para la semana santa, ella invitaba a todo su "pueblo" y a todos nos agasajaba con los siete platillos tradicionales de la cuaresma. No comía carne de ninguna; nos prohibía el vino, el cigarro y los desvelos; nos instaba a una vida sana, nos recomendaba hacer ejercicio diariamente, que nos enseñáramos a respirar bien y a bañarse con agua fría.

Nos hablaba del peligro de las drogas:

¾ Dense cuenta en qué estado quedará una persona que haya tenido mucho tiempo consumiendo drogas y de repente muere, al desencarnar se hundirá y se reunirá con lo más bajo del mundo astral, perdido tal vez para siempre.

Nos hablaba de lo más alto de la creación, de la maravilla de maravillas que es Dios Todopoderoso; pero también nos hablaba de lo más bajo, de los ángeles caídos, de aquellos que llenos de soberbia quisieron ser más que Dios.

¾ Así están muchos ahora mismo en este mundo ¾ nos decía¾ , seres que su soberbia es grande y niegan la existencia de Dios.

Chelo se sentaba en alguno de aquellos bancos y se pasaba horas y horas platicando, instruyendo, preparando. Nos ponía en "desarrollo", o sea, desprender voluntariamente en cuerpo astral y así iban aflorando los dones de curación, clarividencia, audiencia, etc., nos decía que se les llama dones porque la persona ya viene predestinada, ya los trae, de lo alto la Ley dispone a quién, cómo y cuándo le confiere estos dones.

Una noche, estando profundamente dormido, de pronto vi a mi primo Francisco que llegó y de pie ante mí se presentó. Yo lo veía totalmente transparente, como si fuera de cristal, movía sus labios y yo sólo escuchaba un rumor, aquello eran tan real que empecé a sentir mucho miedo; escuchaba aquel rumor pero no entendía qué me decía. Aquella aparición estuvo presente allí como media hora. Yo quería despertar pero no podía; al fin, aquella presencia se empezó a desvanecer y se retiró. Abrí los ojos y ya no lo vi; prendí la luz y no la apagué hasta que amaneció, pues del miedo ya no pude dormir. Al día siguiente mis familiares me comunicaron que mi primo Francisco había muerto de un paro cardíaco a las once de la noche, ¡la misma hora en que se presentó ante mí! El domingo siguiente platiqué con Chelo, ella rió a carcajadas y me dijo:

—Yo estaba dormida, capté tu angustia y tu miedo, me presenté y te vi tan asustado que por poco y tú también "estiras la pata".

Poco a poco fui desarrollando facultades desconocidas. En una ocasión, me encontraba en Aguascalientes, era de noche, estaba en el patio de la casa, me puse a contemplar el firmamento viendo las estrellas como siempre lo hago. Tenía muchos deseos de volver a mi casa en Zacatecas. De repente, un chisporroteo de luces azules a mi alrededor, un fuerte zumbido en mi cabeza, un mareo y, al instante ya estaba junto a mis padres en el comedor de la casa. Los vi totalmente tal cual eran, sentados conversando allí en la mesa del comedor. Un instante más y ya estaba de regreso en Aguascalientes... mi cuerpo físico había permanecido en el patio de aquella casa.

Por las noches en cuanto me acostaba y cerraba los ojos, veía hermosos paisajes, flores, personas y lo más bello y hermoso, logré ver a Jesús y después a la Madre Divina; a los pies de la madre había flores blancas y rojas.

Llegué a desarrollar el don de escuchar a distancia y escuchaba conversaciones completas de personas que yo conocía y de otras que no conocía. Así, frecuentemente por las noches era trasladado a otros mundos, a otros planetas. Conocí planetas desolados, otros ardientes como Mercurio y Venus; otros mundos fríos y nevados; otros planetas en donde existen otros hombres, otras humanidades. Mundos en donde los seres humanos son pequeñitos, otros en donde los hombres son gigantescos o de estatura regular como es el común en la Tierra; animales semejantes a los de la Tierra pero con aspectos físicos diferentes, etc...

Un día por la tarde, Chelo curaba a sus enfermos, yo estaba sentado en uno de aquellos bancos, cerré mis ojos y de repente vi junto a Chelo a un hombre como de 1.60 mts. de estatura vestido con un traje de una sola pieza de color anaranjado que le cubría todo el cuerpo y sólo quedaban al descubierto su cabeza y sus manos, y en los pies ese traje terminaba en una especie de taconcitos; en su cintura, del mismo material que el traje, llevaba una especie de cinturón que terminaba en una cajita cuadrada de la que salían lucesitas de colores; tenía el pelo cortito y rubio, casi blanco, no tenía bigotes ni barba y sus cejas y pestañas eran del mismo color que el pelo. Sus ojos de un color verde muy bonito como no he visto igual en la Tierra. Aquel hombre movía sus labios, se escuchaba un rumor pero no se percibían palabras... abrí los ojos y desapareció, los volví a cerrar y allí estaba. Aquello duró más o menos quince minutos. Por supuesto sólo Chelo me creyó, todos los demás se rieron cuando les conté de mi percepción.

En ocasiones logré ver mi interior y vi los torrentes de sangre circulando por las venas, arterias y vasos. Logré ver algunos de mis órganos internos como el hígado y el estómago, sus movimientos y vibraciones.

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