Capítulo IV
Primer viaje a otro Mundo.
Aquellas experiencias desconocidas hicieron que poco a poco se me fuera despertando algo maravilloso. Por las noches empecé a tener sueños muy bonitos; nada más me acostaba y veía campos llenos de flores, paisajes como nunca los había visto en el mundo... vivencias del pasado y del futuro, otras veces era transportado a otros mundos y veía plantas y animales totalmente desconocidos y seres humanos de diferentes estaturas ataviados con vestiduras extrañas.
Voy a referirme a mi primer "sueño" en otro mundo. Y digo sueño entre comillas, porque después me aclararon que no eran tales sueños comunes y corrientes, sino lo que me pasaba era que hacía viajes astrales, o sea, desprendimientos de mi ser interno dejando la carne física en la Tierra.
Pues bien, me acosté a dormir... de pronto vi un mundo muy lejano; no era una estrella, era más bien una gran bola de fuego, fuego blanco. Yo no veía mi propio cuerpo físico. Poco a poco me fui acercando, aquel mundo era de fuego, me acerqué hasta llegar a la superficie. El suelo era árido, había polvo y rocas semejantes a las del planeta Tierra... pero de todo ese mundo emanaba una especie de humo sutil que más bien era como la calma que se desprende de la tierra cuando hace mucho calor. Todo aquel mundo estaba desolado, no había agua ni mares, había una total desolación. ¿Vegetales? ¿animales? ¿seres humanos...? Nada, absolutamente nada.
Me encontraba flotando en aquel mundo cuando de pronto junto a mí aparecieron tres personas; eran dos muchachos y una muchacha. Llevaban trajes como los que usan los soldados: pantalón, botas y camisola... aquellos uniformes eran color caqui; el cabello de esas personas era negro, su piel blanca y ojos cafés.
—¡Hey, esperen! —les dije.
Al momento se bajaron de una especie de plato volador. Atropelladamente les hice saber mi inquietud de conocer otros mundos, de llegar a tener la oportunidad de conocer por dentro las naves voladoras, etc., ellos me escuchaban y me observaban. Luego, la muchacha me dijo:
—Estás muy atrasado. Llevas en la vida mucha equivocación; primero despójate de esos errores tan graves que llevas en ti; luego dedícate a estudiar, prepárate y luego búscanos.
Yo me quedé atónito. De momento no comprendí aquellas palabras, después de unos instantes pregunté:
—Y ustedes, ¿de dónde vienen?
Uno de los muchachos fue el que contestó:
—Somos habitantes de los mundos y tenemos la misión de visitar los diferentes mundos de este sistema y de otros semejantes; hacemos mediciones, correcciones y vigilamos que todo marche correctamente.
—Pero tan sólo dime, ¿en qué mundo estamos? —Pregunté al joven.
—¿Todavía no te ubicas? ¿Todavía no lo reconoces? Tú pediste fervientemente llegar a conocer Venus y la gran Ley Universal te dio la oportunidad.
—¿Venus...? Pero ¿cómo es posible? Yo me imaginaba a Venus lleno de vida.
—Pues ya ves que no —contestó el otro muchacho.
—Entonces siquiera díganme de qué planeta o mundo son ustedes.
El mismo muchacho volvió a decir:
—El mundo de donde procedemos no es lo importante. Ustedes tienen tan arraigado el sentido de propiedad que es lo único que se te ocurre preguntarnos. Ya te dijimos que somos habitantes de los mundos. El universo es tan grande, tan infinitamente enorme que no puedes imaginarte lo grande que es. Nosotros procedemos de más allá de la estrella polar. Ahorita tú nos contemplas en tu recién estrenado sentido de la clarividencia y a través del sueño te trasladaste a este mundo. Así es el despertar, no tengas miedo, sigue en el camino y poco a poco irás comprendiendo que el fin supremo de la humanidad es alcanzar la verdad.
Aquellos tres seres se quedaron en silencio por unos instantes y a mí se me ocurrió preguntar:
—¿Es bello su mundo, o está tan desolado como éste?
—Nuestro mundo es más hermoso de lo que te puedas imaginar, en él ya no existen las guerras; el cáncer del odio ha sido extirpado desde hace mucho tiempo; los siete pecados capitales que a ustedes les aquejan ya no existen, es por eso que te hemos dicho que necesitas mucha preparación, que necesitas trabajar en ti mismo; no te dejes llevar por el odio, la mala voluntad, la pereza y la lujuria... los siete pecados capitales son un estorbo gravísimo para el avance de toda la humanidad. Nosotros no somos perfectos aún, pero seguimos avanzando poco a poco en el camino de la perfección como también debe llegar la humanidad de la Tierra. Nosotros somos una raza muy antigua y actualmente tenemos la misión que nos encomendó la gran Ley, el Supremo Ser, que es vigilar estos mundos y protegerlos.
Haciendo un ademán con su mano derecha, me dio a entender que se refería al sistema solar.
¾ ¿Qué comen ustedes?
La chica se sonrió y contestó:
—Comemos lo mismo que ustedes, lo que la sabia naturaleza produce en cada uno de los mundos que visitamos; comemos flores, frutos y la savia de ciertos árboles. Casi toda nuestra alimentación procede del reino vegetal y nos abstenemos de consumir carne, pues recuerda las enseñanzas que estás recibiendo en tu mundo, la carne es veneno para los humanos que anhelan el despertar de conciencia.
—¿Entonces ustedes desde muy niños son enviados a estas misiones?
La joven volvió a sonreír y me dijo:
—Nosotros tenemos sistemas para resistir la acción del tiempo; nuestra raza conoce desde hace mucho tiempo ciertos procedimientos para no envejecer, ¿cuántos años calculas que tenemos los tres?
—Pues... no han de pasar de los veintitrés.
Los tres sonrieron y fue la joven quien contestó:
—Podemos alcanzar el equivalente según tu tiempo a edades entre ochocientos o mil años.
Sin decir más, los tres subieron a su nave. Sin accionar palancas o cualquier mecanismo, su nave se desplazó por el espacio.
Yo me quedé absorto viendo aquel árido paraje.
Después de unos momentos y sin hacer ruido, la nave volvió a posarse junto a mí.
Se bajó uno de los muchachos y la joven; ésta me preguntó:
—¿Algo más que quieras preguntar?
—Sí —me apresuré a decirle—, por favor otra pregunta, ¿qué combustible usan sus naves?
El muchacho tomó la palabra y me dijo:
—Electricidades que ustedes no se imaginan, magnetismo, energías... pero explicarte el cómo, cuándo, dónde y por qué, no entenderías.
—Me pareció de momento al ver cómo se deslizaba la nave, que ustedes con su mente la gobiernan.
—Muy bien —dijo la muchacha—, ¿y qué más captaste?
—Que ustedes y su nave resisten altas temperaturas pues parece que este mundo está ardiendo.
—¡Correcto! —nuevamente dijo la joven—, este mundo precisamente está ardiendo. Tú no lo sientes porque estás desprendido de tu cuerpo físico y estás trabajando en este momento con tus otros cuerpos internos y por eso no sientes calor. Nosotros junto con nuestra nave podemos atravesar otras dimensiones y no nos afecta; precisamente en este momento nos encontramos en otra dimensión.
En ese momento recordé el cuento de aquel personaje que volaba en su alfombra mágica.
—Vamos muy bien...
Me dijo la muchacha y continuó:
—Nosotros, como ya viste, en parte manejamos la nave con nuestro pensamiento y voluntad, así como el personaje del cuento que recordaste que con su pensamiento manejaba su alfombra mágica. Hemos de decirte que varias de las leyendas de tu mundo, encierran mucha verdad; pero esa verdad se ha ido perdiendo por culpa de los mismos humanos que le dan más crédito al materialismo que a la verdadera realidad.
¿Cuánto tiempo estuve conversando con aquellas tres personas en aquel extraño mundo...? No lo supe.
Ellos se despidieron y yo les pregunté:
—¿Cuándo volveré a verlos?
Uno de los jóvenes me dijo:
—Tu pregunta no tiene contestación, pero yo te digo que estamos tan cerca de ustedes que a veces atravesamos vuestro camino y ustedes van tan perdidos en las fantasías de su vida que no aciertan a vernos.
Luego subieron a la nave y lentamente se fue perdiendo entre algunas de las montañas de aquel ardiente mundo.
A la mañana siguiente yo desperté con una sensación de bienestar, de alegría, de felicidad... aquel sueño tan vívido, tan real, no era un sueño, era una realidad que se abría espléndida ante mí. Nunca más volví a ver a aquellos tres seres.