Capítulo II
Recuerdos que matan.
Todavía era niño, no recuerdo exactamente cuantos años tenía, pero diariamente al regresar de la escuela me tiraba en mi camita de cabeceras de hierro y tarimas de madera; después de unos minutos, allí, en silencio, pasaba algo muy bonito. Empezaba a flotar mi cuerpo físico junto con la cama hasta llegar al techo. Sentía mi nariz y la punta de los pies tocar el techo y la cama flotando un poco más abajo. Así podía durar minutos y hasta horas; luego ya todo era voluntario, pues podía hacer que la cama y mi cuerpo giraran horizontalmente. Es difícil explicarlo, pero en realidad, es como si mi voluntad al mismo tiempo fuera poder, pues bastaba tan sólo con desearlo para que sucediera... y cuando decidía bajar con sólo desearlo poco a poco iba bajando.
Mi niñez fue muy feliz. Vivíamos mis padres, mis hermanos y yo al pie del cerro de la Bufa en Zacatecas. Allí brincaba y me metía entre la alta hierba, me trepaba a los nopales que allí abundaban y cortaba y me comía las deliciosas tunas que la naturaleza nos da; todo era felicidad. Me iba corriendo cerro arriba y dejaba escapar mi imaginación: dejaba que mi cuerpo volviera a volar dejándome caer desde las altas rocas, y corría y corría y parecía que mis pies tuvieran alas. Aunque había muchas víboras, nunca me atacaron.
Mis vuelos voluntarios en mi camita duraron muchos años. De repente, todavía en mi niñez empezaron aquellos "recuerdos", aquellos remordimientos, aquellos deseos involuntarios de esconderme porque me perseguían, aquello no lo comprendía, ¿qué era aquello que me pasaba? De pronto sentía un peso muy grande encima de mí, algo que me atormentaba, que me hacía sufrir y muchas veces por las tardes me llegaba aquel miedo inexplicable. A nadie le comentaba aquello que me sucedía, pues era muy pequeño y ni yo mismo comprendía lo que me pasaba. Luego empezaron aquellos sueños y aquellas pesadillas.
Yo había matado a alguien, pero, ¿a quién? En mi casa se acostumbraba matar a las aves que a mi padre le vendían personas que iban a su taller. Yo nunca acepté quitarle la vida a ninguno de aquellos animalillos, me ponía a llorar cuando los mataban para la mesa, entonces, ¿qué significaba aquello que me sucedía?
También muchas veces recordaba que antes, en alguna otra parte, yo tenía el poder de hacer que los objetos aunque fueran pesados, con mi voluntad los movía a otro lugar haciéndolos volar a mi antojo. Recordaba que antes podía arreglar aparatos, volar o brincar desde muy alto, que podía trasladarme por los aires y estar en dos partes al mismo tiempo... qué cosas, qué recuerdos tan bonitos. Aún tengo el convencimiento que antes podía hacer muchas cosas tan sólo con desearlo, nada más lo pensaba y podía realizarlo. Pero aquellos recuerdos, aquel cargo de conciencia, fueron en aumento pues sentía muy dentro de mí que yo era un asesino.
Así pasaron los años de mi niñez. Llegó la adolescencia y con ella aquellos recuerdos que me atormentaban, y digo recuerdos porque me llegaba la idea que a alguien en otro tiempo y en otro lugar le había quitado la existencia, y eso me hacía daño, me lastimaba, me hacia sufrir... pero, ¿a quién? En aquellos años yo no me imaginaba que pudiera existir la reencarnación, dentro de mí había algo que no alcanzaba a definir. Empecé a buscar sin saber lo que buscaba, pronto descubrí que me gustaba lo oculto, lo esotérico, era algo que me atraía y a la vez me daba temor.
Desde niño iba muy seguido al teatro Calderón, en donde daban funciones de cine, y me gustaban mucho aquellas hermosas mujeres gringas que salían en las películas de Estados Unidos. Me maravillaba viendo a Lana Turner, Joan Crawford, Ava Gardner, etc., me gustaban y me atraían sus ojos claros, su pelo dorado y su piel, yo no sabía el porqué de aquel interés tan interno de ver a aquellas hermosas mujeres rubias. Hasta después de mucho tiempo supe el verdadero motivo de aquella atracción. Al paso de mi vida me seguían gustando las mujeres güeras, pero para mi gusto debían tener los ojos verdes o azules, el pelo muy claro y de cuerpo bonito.
A los dieciocho años empezaron aquellos sueños: soñaba muy seguido a una mujer muy blanca, alta y gordita, con el pelo largo, quebrado y rubio, su cara no muy gruesa, su nariz algo larga y delgada, cejas altas y ojos de un verde muy oscuro. Siempre la soñaba vestida con una bata transparente, sus senos eran amplios y redondos, soñaba que la tomaba en mis brazos, la besaba con pasión y bailábamos mucho tiempo juntos. Siempre la soñaba en una habitación muy antigua en donde había muebles de época muy lejana, una cama alta con colchas vaporosas, dos quinqués de cristal, uno encima de una mesa o escritorio de madera muy brillante y el otro en una mesita. Las paredes estaban adornadas con cortinas de material vaporoso, el piso de tarimas de madera barnizada y adornados con vistosos tapetes. Y volvíamos a bailar, y la volvía a abrazar y me sentía que volábamos... yo me sentía en el cielo, y ella era todo el motivo de mi existir, y ese amor era lo más maravilloso de mi vida, y yo era tal como soy en esta existencia, sólo mis manos no eran iguales. Al tomarla en mis brazos, mis manos se transformaban, eran manos grandes y toscas y tenía vellos dorados. ¿Qué me pasaba? No eran mis manos y sin embargo sentía que eran mías. Volvía a abrazar a aquella maravillosa mujer y sentía el perfume de su piel, sentía el dulce calor de su cuerpo y nos uníamos y sentía que éramos uno sólo. Yo la amaba con un amor profundo, y le decía: Quiero estar así siempre junto a ti, si algún día me faltaras, me moriría porque eres lo más bello de mi existencia, no me dejes nunca... Ella sonreía y a mí me gustaba aquella sonrisa y la volvía a besar, y volvíamos a bailar muy juntos siempre enamorados. Así muchas veces la soñaba y la volvía a soñar, al principio yo pensaba que eran tan sólo sueños y que esos sueños no significaban nada; pero luego volvían aquellos recuerdos indefinidos, aquella angustia, aquellos deseos de ocultarme, aquellos vagos recuerdos, sentía muy dentro de mí aquel cargo de conciencia tan pesado. Y volvía a soñar... pero ahora eran sueños en que sentía que me perseguían; alguien oculto que me amenazaba y yo no podía escapar, yo corría y corría, me escondía, pero alguien me atormentaba.
Y volvían aquellos cargos de conciencia. Yo había asesinado a alguien. Era tan tremendo aquello que despertaba con aquella pesadez, con aquel sentimiento de culpa, con aquella certeza de que estaban a punto de descubrirme y luego aquel sufrimiento. Nadie podía ayudarme, no tenía salvación, ya todo estaba hecho y yo sufría intensamente. Después seguían aquellos dulces sueños. Volvía a encontrarme con aquella maravillosa mujer que yo amaba tanto y volvía a disfrutar con aquel amor, con aquella hermosa presencia, con mi grande amor, pero, ¿quién era ella? ¿En donde vivía? ¿Qué lazo me unía a ella? ¿Y por qué a veces me rechazaba? Luego volvían aquellos deseos de esconderme, aquel cargo de conciencia, y poco a poco la cruel certeza de haber privado de su existencia a alguien, y entonces me ponía a pensar en tantos criminales recluidos en los presidios, en aquellos que por diversas circunstancias han privado de la vida a sus semejantes, en aquellos soldados o policías que cumpliendo con su deber, infinidad de veces han manchado sus manos con la sangre de supuestos enemigos, y me ponía a pensar también en aquellos "valientes" que sin medir consecuencias se lanzan a dar muerte a otros. Realmente nos falta educación en este sentido, pues en este mundo por diferentes causas muchos nos vemos de repente envueltos en crímenes que ya es tarde remediar.
Algo significaban aquellos sueños, algún significado oculto tenían, pero ¿cuál? No me atrevía a platicarle a nadie sobre el particular, y me dediqué a buscar, y el destino quiso que me encontrara con una señora que era espiritualista y que tenía mucho conocimiento. La conocí un domingo, le estaba hablando a su "pueblo", muchas personas que asistían a curación y a escucharla.
Pasaron algunos días, y una noche estando profundamente dormido, me despertaron fuertes soplidos en la cara, desperté sobresaltado, prendí la luz y no había nadie en mi habitación, me dio miedo y ya no pude dormir. Al día siguiente me encontré con Chelo en la calle, ella al verme, rió a carcajadas y me preguntó:
¾ ¿Te asustaste anoche?
Yo, aturdido, no supe qué contestar y ella continuó:
¾ Es que te visitamos anoche y tú no te dabas cuenta hasta que te soplé en la cara y despertaste asustado temblando.
¾ Entonces, ¿era usted?
Ella siguió riendo a carcajadas y contestó:
¾ Fuimos mi guía y yo a sacarte en astral pero te vimos tan asustado que mejor nos retiramos, pues ya sabes que traes una misión muy importante, pero es necesario ponerte en desarrollo.
¾ ¿Y cómo es eso?
¾ Es que desde muchas encarnaciones pasadas ya traes el despertar, pero en la vida material se te olvida y prefieres seguir perdiendo el tiempo.
Tal vez se me había dado una tregua, porque duré unos días sin tener aquellos recuerdos que me atormentaban. Entonces, dentro de mí se estableció una lucha interna, aquellas palabras que me había dicho Chelo referente a mis encarnaciones pasadas... realmente no comprendía como puede el ser humano morir y volver a nacer nuevamente en este mundo, y allá muy lejos parecía que se prendía una pequeña luz que me iba iluminando y mitigaba mi dolor, y aquello chocaba contra mis recuerdos, pero poco a poco iba comprendiendo que había una posibilidad de descubrir la verdad, pero entonces, ¿si todo resultaba cierto, qué castigo me aguardaba en la Tierra por el crimen cometido en otra encarnación? Aquello aparentemente no tenía ninguna solución y mientras más pensaba, más grande era mi padecer.