LA FINADA LUCRECIA SEGOVIA*

            A principios de siglo, la localidad de Doñihue, como muchos pueblos de Chile, fue azotada por la peste de la viruela. Los habitantes del pueblo tomaban tizanas de hierbas medicinales para así contrarrestar la enfermedad. En este pueblo vivía la Sra. Lucrecia, una abnegada mujer del barrio de Camarico, que trabajaba de lechera en Quimávida; este oficio fue el que le permitió no enfermarse, puesto que tenía contacto directo con el suero que contiene la leche y que le servía de vacuna contra el mal.

            Al enfermarse el Guatón Pepe, su conviviente, dejó su trabajo para cuidarlo con esmero, hasta que el hombre sanó, pero ella contrajo el flagelo con más fuerza, cayendo en cama con mucha fiebre y con el cuerpo cubierto de manchas, síntoma del mal. El Gordo Pepe, al ver esto, tomó sus cosas  y huyó de su casa tomando el tren que va al sur.

            Los vecinos, al ver lo que sucedía, avisaron a las autoridades, las cuales construyeron una choza en el cerro y hacia allí la llevaron con algunas de sus cosas y obligaron a un carabinero, que había sanado de la enfermedad, a cuidarla día y noche. La gente del lugar amarraba a un palo una olla de comida y se la pasaba al carabinero por sobre el canal La Parralina. Este la cuidó desinteresadamente y, como la mujer no era fea a pesar de su mal, nació entre ellos el amor. Pero la fatalidad ya había escrito su última página en la vida de esta buena mujer. Un día de invierno el frío fue tan intenso que le subió la fiebre y la mujer, lamentablemente, falleció. El policía avisó a sus jefes, los que le ordenaron hacer un hoyo para enterrarla en el mismo cerro, y que quemara todas sus pertenencias: De este buen samaritano nada más se supo.

            Fueron pasando los años y la gente que conocía la historia empezó a hacerle mandas. Y poco a poco se fue conociendo su fama de milagrosa. La gente construyó una pequeña gruta y actualmente está llena de placas por los favores obtenidos por su intermedio y, en las noches nunca le faltan las velas.


*Bibliografía: ACEVEDO, Sigifredo. Mitos y Leyendas de Doñihue. 1ª. Ed. Doñihue: Municipalidad, 1997. 28 p.

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