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Los Ratones Ladrones

 (Daniel Brailovsky)

 

En la fiambrería de Don Nicolás

entre quesos, salames y jamones,

vivían escondidos tras unos cajones

que estaban apilados del lado de atrás

cinco ratones.

 

Como en el negocio había de a montones

quesos de la India y jamones de Nepal,

tapaban sus barrigas con un delantal

porque no le entraban los pantalones.

Era genial.

 

Los cinco ratones, que eran hermanos,

no hacían más que comer y comer

y como Nicolás no los iba a ver

tenían siempre la comida a mano,

¿qué iban a hacer...?

 

Todo iba muy bien hasta que una mañana

del último invierno, algo sucedió:

Don Nicolás casualmente miró

mientras se agachaba para hacer la cama...

y entonces los vió.

 

Clavando los dientes en una aceituna

y mojando los bigotes en refresco,

se emborrachaban de perfumes y aire fresco

con olor a mermelada y medialuna.

Un cuadro dantesco.

 

Los cinco ratones, con las manos llenas

de jalea turca y miel de barbados

veían temblando, atemorizados,

que a Don Nicolás se le hinchaba la vena.

Estaba enojado.

 

 

 

 

 

 

Los había visto robando su comida,

sus nueces rumanas, su mousse de cointreau,

su paté eslovaco, su pororó,

que era lo que más quería en su vida:

por eso se enojó.

 

Los ratoncitos miraban atrás,

arriba, abajo y a los dos costados

buscando algún hueco entre los tablados

para escaparse de Don Nicolás.

Era complicado...

 

Entre sus dos manos, Nicolás tenía

la llama encendida de un viejo soplete

que escupía fuego como la gran siete

y con gran bochinche, por la fiambrería.

Metía julepe...

 

"¡Pare, Nicolás, que nos va a quemar!",

dijo un ratón atemorizado,

"yo entiendo que usted esté tan enojado,

pero pare un poco que vamos a hablar...

¡soy el delegado!"

 

"¿De qué voy a hablar con ustedes, ratones,

si se comieron mis mariscos del puerto

y mis cholgas belgas de Venado Tuerto?

¿qué quieren decirme, roedores ladrones?",

dijo con acierto.

 

"Queremos decirle, señor Nicolás,

y sin intención de asustarlo,

que hay un monstruo horrible que viene a buscarlo,

y si no me cree...¡mire para atrás!"

(¿podría engañarlo?)

 

 

 

 

 

 

"Es un monstruo horrible, nunca vi uno igual,

con nariz de cal, ojos de amatista

y dientes tan grandes que ningún dentista

podría curarle una caries dental"

(mentía a ojos vista...)

 

Don Nicolás, que al principio dudaba,

casi por instinto torció la cabeza

para ver si el monstruo, en una de esas,

efectivamente lo amenazaba.

Fue una gran torpeza.

 

Los cinco ratones, rápidos y astutos,

al ver a Nicolás mirar a otro lado

corrieron como rayos por sobre el tablado

y se perdieron en medio minuto.

Habían escapado.

 

Don Nicolás, reprimiendo una tos

y refunfuñando, apagó el soplete.

"Eso me pasa por alcahuete",

murmuró al final con un hilo de voz,

y se fue al retrete.

 

En algún lugar de la fiambrería,

quizás escondidos entre los cajones,

comen como siempre los cinco ratones

sus kinotos al rhum de Alejandría.

Si serán glotones...

 

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