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Los Ratones Ladrones
En la fiambrería de Don Nicolás
entre quesos, salames y jamones,
vivían escondidos tras unos cajones
que estaban apilados del lado de atrás
cinco ratones.
Como en el negocio había de a montones
quesos de la India y jamones de Nepal,
tapaban sus barrigas con un delantal
porque no le entraban los pantalones.
Era genial.
Los cinco ratones, que eran hermanos,
no hacían más que comer y comer
y como Nicolás no los iba a ver
tenían siempre la comida a mano,
¿qué iban a hacer...?
Todo iba muy bien hasta que una mañana
del último invierno, algo sucedió:
Don Nicolás casualmente miró
mientras se agachaba para hacer la cama...
y entonces los vió.
Clavando los dientes en una aceituna
y mojando los bigotes en refresco,
se emborrachaban de perfumes y aire fresco
con olor a mermelada y medialuna.
Un cuadro dantesco.
Los cinco ratones, con las manos llenas
de jalea turca y miel de barbados
veían temblando, atemorizados,
que a Don Nicolás se le hinchaba la vena.
Estaba enojado.
Los había visto robando su comida,
sus nueces rumanas, su mousse de cointreau,
su paté eslovaco, su pororó,
que era lo que más quería en su vida:
por eso se enojó.
Los ratoncitos miraban atrás,
arriba, abajo y a los dos costados
buscando algún hueco entre los tablados
para escaparse de Don Nicolás.
Era complicado...
Entre sus dos manos, Nicolás tenía
la llama encendida de un viejo soplete
que escupía fuego como la gran siete
y con gran bochinche, por la fiambrería.
Metía julepe...
"¡Pare, Nicolás, que nos va a quemar!",
dijo un ratón atemorizado,
"yo entiendo que usted esté tan enojado,
pero pare un poco que vamos a hablar...
¡soy el delegado!"
"¿De qué voy a hablar con ustedes, ratones,
si se comieron mis mariscos del puerto
y mis cholgas belgas de Venado Tuerto?
¿qué quieren decirme, roedores ladrones?",
dijo con acierto.
"Queremos decirle, señor Nicolás,
y sin intención de asustarlo,
que hay un monstruo horrible que viene a buscarlo,
y si no me cree...¡mire para atrás!"
(¿podría engañarlo?)
"Es un monstruo horrible, nunca vi uno igual,
con nariz de cal, ojos de amatista
y dientes tan grandes que ningún dentista
podría curarle una caries dental"
(mentía a ojos vista...)
Don Nicolás, que al principio dudaba,
casi por instinto torció la cabeza
para ver si el monstruo, en una de esas,
efectivamente lo amenazaba.
Fue una gran torpeza.
Los cinco ratones, rápidos y astutos,
al ver a Nicolás mirar a otro lado
corrieron como rayos por sobre el tablado
y se perdieron en medio minuto.
Habían escapado.
Don Nicolás, reprimiendo una tos
y refunfuñando, apagó el soplete.
"Eso me pasa por alcahuete",
murmuró al final con un hilo de voz,
y se fue al retrete.
En algún lugar de la fiambrería,
quizás escondidos entre los cajones,
comen como siempre los cinco ratones
sus kinotos al rhum de Alejandría.
Si serán glotones...
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