volver al índice
volver a literatura

"Rantifusa, la reina del palacio"

 (Daniel Brailovsky)

 

Rantifusa, la reina del palacio,

era alta, flaca y moza

y tan, pero tan cuidadosa

que todo lo hacía despacio.

 

A la mañana temprano

se levantaba y decía:

"me iré a tocar el piano..."

y eso era lo que hacía:

 

lentamente iba al salón

y muy lento se sentaba,

y despacio acomodaba

la cola en un almohadón.

 

Tocaba pasajes lentos

de extraordinaria belleza

y en medio de cada pieza

pronunciaba un pensamiento

 

"¡Qué instrumento tan liviano,

qué maravilloso invento!

¡Qué lindo que es tocar lento,

despacito, sobre el piano!"

 

Así era Rantifusa:

delicada como un ave,

sutil, decorosa y suave

como una muñeca rusa.

 

Un día – una mañana –

mientras tocaba en el piano

sintió un sonido lejano

que de a poco se acercaba.

 

Y no era un sonido lento

de esos que ella sabía

tocar hasta el mediodía

sentada ante el instrumento,

 

no, era muy otra cosa,

era un sonido muy fuerte,

y la reina – lentamente –

se empezó a poner nerviosa.

 

Pensó "ay, qué mala suerte..."

mientras los golpes crecían,

se acercaban, y se oían

cada vez más y más fuerte.

 

"¿Qué será? ¿una tormenta?"

se angustiaba y, con desgano,

le daba vueltas al piano

casi en cámara lenta.

 

"¿Será un tornado que peina

brutalmente cielo y tierra?

¿o habrá empezado una guerra?"

adivinaba la reina.

 

Al cabo de unos instantes

(o tal vez algunas horas,

porque con esta señora,

la verdad, nunca se sabe)

 

el ruido se oyó más cerca,

grande, fuerte, pomposo,

como los pasos de un oso

justo enfrente de la puerta.

 

La señora Rantifusa

– reina de ese palacio –

se levantó muy despacio

y, todavía confusa,

 

fue hasta la puerta de entrada

y, entre asustada y perpleja,

pegó al cerrojo la oreja:

¡sorpresa! ¡no oyó nada!

 

Abrió entonces un ojo

y se puso, con mesura,

frente a la cerradura

para mirar a su antojo.

 

¡Qué vista despampanante!

(la reina abrió la boca)

¡Cuatro patas y una trompa

de un enorme elefante!

Ahí, con la boca abierta,

quedó la reina mirando

y enseguida, titubeando,

decidió abrir la puerta.

 

Sin pensarlo un instante

entró el animal al salón

e hizo, medio burlón,

reverencias elegantes.

 

Ella, con una mano,

se pellizcaba asombrada

mientras él, como si nada,

se sentaba frente al piano.

 

Tocó con patas ligeras

canciones de todo tipo

y bailó, dando saltitos,

una cumbia bailantera.

 

Rapidísima su trompa

tocaba escalas veloces

mientras hermosos acordes

tocaban sus patas con pompa.

 

La reina, sobre su hombro,

mirando mientras tocaba,

de a poquito comenzaba

a salirse de su asombro.

 

Por último, el elefante,

con un talento genial,

tocó el acorde final

inclinado hacia adelante.

 

Saludó a Rantifusa

con un gesto elocuente

y ella, inmediatamente,

le dio la mano confusa.

 

Primero estaba asustada

esta reina, alta y moza,

y ahora – miren qué cosa –

se reía a carcajadas.

 

Es que nunca jamás antes

en su vida de doncella

había recibido ella

visitas de un elefante

 

y en el supuesto lejano

de que pudiera pasar...

¿cómo se iba a imaginar

que sabría tocar piano?

 

Y además: ¡cómo tocaba!

canciones rápidas, bellas,

cuya existencia la reina

ni siquiera imaginaba.

 

Rantifusa, en adelante,

a la mañana temprano

cuando tocaba en el piano

pensaba en el elefante,

 

en sus ritmos tropicales,

sus merengues y sus murgas,

y en la piruetas absurdas

de sus patas animales.

 

¡Párense en esta cornisa

y, por la ventana abierta,

vengan a ver a la reina

cómo se mata de risa!

 

Y como juega con gracia,

sin un pelo de aburrida

y practica, divertida,

complicadas acrobacias.

 

En el medio del salón,

tocando con una mano,

se pasea sobre el piano

revoleando el almohadón.

 

 

volver al índice
volver a literatura
Hosted by www.Geocities.ws

1