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"Rantifusa, la reina del palacio"
Rantifusa, la reina del palacio,
era alta, flaca y moza
y tan, pero tan cuidadosa
que todo lo hacía despacio.
A la mañana temprano
se levantaba y decía:
"me iré a tocar el piano..."
y eso era lo que hacía:
lentamente iba al salón
y muy lento se sentaba,
y despacio acomodaba
la cola en un almohadón.
Tocaba pasajes lentos
de extraordinaria belleza
y en medio de cada pieza
pronunciaba un pensamiento
"¡Qué instrumento tan liviano,
qué maravilloso invento!
¡Qué lindo que es tocar lento,
despacito, sobre el piano!"
Así era Rantifusa:
delicada como un ave,
sutil, decorosa y suave
como una muñeca rusa.
Un día – una mañana –
mientras tocaba en el piano
sintió un sonido lejano
que de a poco se acercaba.
Y no era un sonido lento
de esos que ella sabía
tocar hasta el mediodía
sentada ante el instrumento,
no, era muy otra cosa,
era un sonido muy fuerte,
y la reina – lentamente –
se empezó a poner nerviosa.
Pensó "ay, qué mala suerte..."
mientras los golpes crecían,
se acercaban, y se oían
cada vez más y más fuerte.
"¿Qué será? ¿una tormenta?"
se angustiaba y, con desgano,
le daba vueltas al piano
casi en cámara lenta.
"¿Será un tornado que peina
brutalmente cielo y tierra?
¿o habrá empezado una guerra?"
adivinaba la reina.
Al cabo de unos instantes
(o tal vez algunas horas,
porque con esta señora,
la verdad, nunca se sabe)
el ruido se oyó más cerca,
grande, fuerte, pomposo,
como los pasos de un oso
justo enfrente de la puerta.
La señora Rantifusa
– reina de ese palacio –
se levantó muy despacio
y, todavía confusa,
fue hasta la puerta de entrada
y, entre asustada y perpleja,
pegó al cerrojo la oreja:
¡sorpresa! ¡no oyó nada!
Abrió entonces un ojo
y se puso, con mesura,
frente a la cerradura
para mirar a su antojo.
¡Qué vista despampanante!
(la reina abrió la boca)
¡Cuatro patas y una trompa
de un enorme elefante!
Ahí, con la boca abierta,
quedó la reina mirando
y enseguida, titubeando,
decidió abrir la puerta.
Sin pensarlo un instante
entró el animal al salón
e hizo, medio burlón,
reverencias elegantes.
Ella, con una mano,
se pellizcaba asombrada
mientras él, como si nada,
se sentaba frente al piano.
Tocó con patas ligeras
canciones de todo tipo
y bailó, dando saltitos,
una cumbia bailantera.
Rapidísima su trompa
tocaba escalas veloces
mientras hermosos acordes
tocaban sus patas con pompa.
La reina, sobre su hombro,
mirando mientras tocaba,
de a poquito comenzaba
a salirse de su asombro.
Por último, el elefante,
con un talento genial,
tocó el acorde final
inclinado hacia adelante.
Saludó a Rantifusa
con un gesto elocuente
y ella, inmediatamente,
le dio la mano confusa.
Primero estaba asustada
esta reina, alta y moza,
y ahora – miren qué cosa –
se reía a carcajadas.
Es que nunca jamás antes
en su vida de doncella
había recibido ella
visitas de un elefante
y en el supuesto lejano
de que pudiera pasar...
¿cómo se iba a imaginar
que sabría tocar piano?
Y además: ¡cómo tocaba!
canciones rápidas, bellas,
cuya existencia la reina
ni siquiera imaginaba.
Rantifusa, en adelante,
a la mañana temprano
cuando tocaba en el piano
pensaba en el elefante,
en sus ritmos tropicales,
sus merengues y sus murgas,
y en la piruetas absurdas
de sus patas animales.
¡Párense en esta cornisa
y, por la ventana abierta,
vengan a ver a la reina
cómo se mata de risa!
Y como juega con gracia,
sin un pelo de aburrida
y practica, divertida,
complicadas acrobacias.
En el medio del salón,
tocando con una mano,
se pasea sobre el piano
revoleando el almohadón.
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