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Los Gatos Vigilantes

 (Daniel Brailovsky)

 

En el jardín de infantes

desde temprano

dos gatos elegantes

cuidan la puerta.

 

Uno lleva sombrero

de marinero

y el otro unas botas

color marrón.

 

Cuando a la mañana

abren la escuela

los gatos acompañan

al director,

 

le ponen una alfombra,

le hacen sombra, y

le peinan los bigotes

con tenedor.

 

Y luego hasta la entrada

van caminando

y se ponen de guardia

junto al portón

 

(¡que no entre algún muchacho

medio mamarracho

o una nena en bombacha

y camisón!)

 

Entre los bigotes

tienen pintadas

sonrisas de garrote

o de farol

 

porque ahí parados

parecen faros

que alumbran resplandores

de acusación.

 

Si viene una nena

a la mañana

con muchas pulseritas

y algún collar,

 

los gatos la detienen

en el momento

y ahí nomás retienen

todo el "ajuar".

 

Revisan los bolsillos,

los delantales,

y hasta los calzoncillos

para pasar

 

pero pasa adelante

el que trae facturas

con muchos vigilantes,

y se las da.

 

Los chicos en la escuela

tenían miedo,

miraban a los gatos

de refilón

 

cuando algún muchacho

quedaba afuera

por ser muy mamarracho

o narigón.

 

A algunos, enojados,

se los veía

todos colorados

hasta el mentón

 

y otros más tranquilos

no hacían líos

y reflexionaban:

"así es mejor".

 

Todos, en el fondo,

tenían ganas

de que los gatos esos

no vengan más,

 

que la puerta de calle

sea como un valle

y todo el mundo pase

así nomás.

 

Un día en el recreo,

mientras jugaban

descubrieron algo

de no creer:

 

un montón de hormigas

iban en fila

con hojas y palitos

para comer.

 

"Todos estos bichos

– dijo algún chico –

en una de esas...

¿no servirán

 

para que los gatos

pasen un rato

con muchas cosquillas

para rascar?"

 

El resto de los chicos

ante la idea

pidieron un momento

para pensar,

 

y antes de que el timbre

dijera "basta"

ya habían ideado

un plan genial.

 

A la mañanita

del día siguiente,

después de bañarse

y desayunar,

 

llegaron a la escuela

con muchos frascos

(de esos con la tapa

para enroscar)

 

Dijeron a los gatos:

"muy buenos días"

con una sonrisa

particular

 

y cuando pasaban

frente a la puerta

dijeron todos juntos:

"un, dos, tres...¡ya!"

 

Un ruido de frascos

y tapas abiertas

sigilosamente

se hizo escuchar

 

y todas las hormigas

que estaban adentro

sobre los dos gatos

fueron a parar.

 

Los gatos espantados

en la escalera

se rascaban mucho

aquí y allá

 

con uñas y dientes

y hasta la fuente

fueron rodando

casi sin parar.

 

Mojados como estaban

hasta el hocico

pegaron un maullido

monumental

 

(sepan que los gatos

odian el agua

y que ni siquiera

saben nadar)

 

Mientras los dos gatos

se reprochaban

culpándose uno al otro

por el desmán,

 

todos los mamarrachos

y los desprolijos,

y los narigones

pudieron entrar.

 

Entonces los dos gatos

muy enojados

se fueron a contarle

al director

 

que los recibió,

con su guardapolvo,

sentado y leyendo

en la dirección.

 

"Señor Director,

mire qué coraje

el de estos mocosos

para alborotar,

 

confunden libertad

con libertinaje

y andan todos juntos,

muy así nomás".

 

Los gatos pensaban

que de esa manera

lo convencerían

- al director -

 

de poner sensores

para narigones

frente a cada puerta,

cada corredor.

 

Pero el director

dijo pensativo

esto que transcribo

a continuación:

 

"Señores guardianes

paren las orejas

y escuchen mis palabras

con atención.

 

Este jardín

es para los chicos

y para que sepan

de ahora en más

 

todos los muchachos

medio mamarrachos

y los narigones

podrán entrar".

 

Los gatos al oírlo

con tanta decisión,

pensaron: "ay, caramba,

tiene razón..."

 

y con los bigotes

medio marchitos

dejaron despacito

la dirección.

 

Dicen que se fueron

en motocicleta

y en la bocacalle

los vieron doblar

 

y con rumbo incierto

se fueron perdiendo

con mucho bochinche

y a gran velocidad.

 

Tal vez escapaban

de todos los chicos

que, a las carcajadas,

les decían "chau"

 

(pero eso ¿qué importa?

si al final se fueron,

sin decir ni "mu",

sin decir ni "miau")

 

Hoy los mamarrachos

y los narigones

festejan con risas

de estrella fugaz,

 

la puerta de calle

brilla como un valle

y pasa todo el mundo,

muy así nomás.

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