| volver al índice |
| volver a literatura |
Los Gatos Vigilantes
En el jardín de infantes
desde temprano
dos gatos elegantes
cuidan la puerta.
Uno lleva sombrero
de marinero
y el otro unas botas
color marrón.
Cuando a la mañana
abren la escuela
los gatos acompañan
al director,
le ponen una alfombra,
le hacen sombra, y
le peinan los bigotes
con tenedor.
Y luego hasta la entrada
van caminando
y se ponen de guardia
junto al portón
(¡que no entre algún muchacho
medio mamarracho
o una nena en bombacha
y camisón!)
Entre los bigotes
tienen pintadas
sonrisas de garrote
o de farol
porque ahí parados
parecen faros
que alumbran resplandores
de acusación.
Si viene una nena
a la mañana
con muchas pulseritas
y algún collar,
los gatos la detienen
en el momento
y ahí nomás retienen
todo el "ajuar".
Revisan los bolsillos,
los delantales,
y hasta los calzoncillos
para pasar
pero pasa adelante
el que trae facturas
con muchos vigilantes,
y se las da.
Los chicos en la escuela
tenían miedo,
miraban a los gatos
de refilón
cuando algún muchacho
quedaba afuera
por ser muy mamarracho
o narigón.
A algunos, enojados,
se los veía
todos colorados
hasta el mentón
y otros más tranquilos
no hacían líos
y reflexionaban:
"así es mejor".
Todos, en el fondo,
tenían ganas
de que los gatos esos
no vengan más,
que la puerta de calle
sea como un valle
y todo el mundo pase
así nomás.
Un día en el recreo,
mientras jugaban
descubrieron algo
de no creer:
un montón de hormigas
iban en fila
con hojas y palitos
para comer.
"Todos estos bichos
– dijo algún chico –
en una de esas...
¿no servirán
para que los gatos
pasen un rato
con muchas cosquillas
para rascar?"
El resto de los chicos
ante la idea
pidieron un momento
para pensar,
y antes de que el timbre
dijera "basta"
ya habían ideado
un plan genial.
A la mañanita
del día siguiente,
después de bañarse
y desayunar,
llegaron a la escuela
con muchos frascos
(de esos con la tapa
para enroscar)
Dijeron a los gatos:
"muy buenos días"
con una sonrisa
particular
y cuando pasaban
frente a la puerta
dijeron todos juntos:
"un, dos, tres...¡ya!"
Un ruido de frascos
y tapas abiertas
sigilosamente
se hizo escuchar
y todas las hormigas
que estaban adentro
sobre los dos gatos
fueron a parar.
Los gatos espantados
en la escalera
se rascaban mucho
aquí y allá
con uñas y dientes
y hasta la fuente
fueron rodando
casi sin parar.
Mojados como estaban
hasta el hocico
pegaron un maullido
monumental
(sepan que los gatos
odian el agua
y que ni siquiera
saben nadar)
Mientras los dos gatos
se reprochaban
culpándose uno al otro
por el desmán,
todos los mamarrachos
y los desprolijos,
y los narigones
pudieron entrar.
Entonces los dos gatos
muy enojados
se fueron a contarle
al director
que los recibió,
con su guardapolvo,
sentado y leyendo
en la dirección.
"Señor Director,
mire qué coraje
el de estos mocosos
para alborotar,
confunden libertad
con libertinaje
y andan todos juntos,
muy así nomás".
Los gatos pensaban
que de esa manera
lo convencerían
- al director -
de poner sensores
para narigones
frente a cada puerta,
cada corredor.
Pero el director
dijo pensativo
esto que transcribo
a continuación:
"Señores guardianes
paren las orejas
y escuchen mis palabras
con atención.
Este jardín
es para los chicos
y para que sepan
de ahora en más
todos los muchachos
medio mamarrachos
y los narigones
podrán entrar".
Los gatos al oírlo
con tanta decisión,
pensaron: "ay, caramba,
tiene razón..."
y con los bigotes
medio marchitos
dejaron despacito
la dirección.
Dicen que se fueron
en motocicleta
y en la bocacalle
los vieron doblar
y con rumbo incierto
se fueron perdiendo
con mucho bochinche
y a gran velocidad.
Tal vez escapaban
de todos los chicos
que, a las carcajadas,
les decían "chau"
(pero eso ¿qué importa?
si al final se fueron,
sin decir ni "mu",
sin decir ni "miau")
Hoy los mamarrachos
y los narigones
festejan con risas
de estrella fugaz,
la puerta de calle
brilla como un valle
y pasa todo el mundo,
muy así nomás.
| volver al índice |
| volver a literatura |