La verdadera religión II: El camino es el amor fraternal y sincero

Líderes cristianos | Imprimir página | Biblia en línea | Miércoles, 17 de Septiembre del 2008

"Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?" (Génesis 4:9)

Dios hoy nos sigue preguntando a cada uno de nosotros: "¿Dónde está tu hermano?", "¿Dónde está tu vecino, tu compañero, tu familiar?" Y evadimos o nos apartamos, contestando "¿Acaso ando con él o soy su amigo? No le conozco, ni me interesa conocerle"

El cristianismo no es una religión individualista o egoísta. Una vez que entregamos nuestra vida a Cristo y somos salvos, pasamos a formar parte de un cuerpo de creyentes, la Iglesia. Somos responsables o miembros, los unos de los otros.

"En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13: 35) El amor no es una opción, sino una obligación nuestra, como nos mandó Cristo: "Esto os mando: Que os améis unos a otros" (Juan 15 : 17)

Hay muchos estorbos o impedimentos para el amor fraternal, tal vez los mayores son el prejuicio y el egoísmo. Por el prejuicio, hacemos merecedores de nuestro amor y ayuda a unos, pero no a otros, según una calificación que hacemos de los demás, generalmente por las apariencias.

Mientras que por el egoísmo, estamos tan ocupados en nuestros intereses personales o en nuestro ministerio, que ni siquiera nos damos cuenta de la necesidad del quien está a mi lado y que puedo aliviar. O si nos damos cuenta, no nos importa, pues significa sacrificar nuestra comodidad.

"El amor sea sin fingimiento" dice Romanos 12:9, porque podemos tratar muy bien a los hermanos, con una amplia sonrisa, pero sin agrado y solo por hipocrecía.

Podemos hacer muchas buenas obras, pero con una motivación o actitud equivocada. La motivación o actitud del corazón, con la cual servimos a Dios, a los hermanos o al prójimo, es la que aprueba o desaprueba nuestros actos.

En realidad, Dios mira nuestro corazón, más que nuestras obras. "Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve" (1 Corintios 13:3)

Es decir, sin la motivación y actitud del amor, nada del servicio que hagamos a los demás, es aceptado por Dios.

Tan terrible es esta condición, que Jesús, nos anunció que el día del Juicio Final, seremos aprobados o será aprobada nuestra fe y nos será dada la herencia celestial, por la forma como tratamos a los demás, por el amor que tuvimos para ellos.

"Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitásteis; en la cárcel, y vinisteis. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?

Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mateo 25:34-40)

La fe y el amor se demuestran con hechos o buenas obras.

Las necesidades de las personas son de tres clases: Materiales, afectivas y espirituales. Nuestra compasión debe atender a las tres clases, no dedicarnos a un solo aspecto, aunque la necesidad espiritual sea la más importante, no podemos cerrar los ojos a las otras necesidades.

Por el pasaje del Juicio Final, es importante notar que Jesucristo no nos recompensará por la magnitud, el tamaño o la importancia de los programas y proyectos que realicemos. Tampoco se nos recompensará por la fama o la influencia que hayamos tenido en esta vida, solo mirará Dios las obras de misericordia que hicimos por la fe en Jesucristo y el amor a los demás.

"Los más pequeños" a que se refiere Jesús en el Juicio Final, corresponden a los pobres, los desconocidos, los improductivos, los viles y los menospreciados.

Aunque el fin de la Iglesia no es ser una institución de obras sociales (las llamadas "instituciones de caridad"), sí debemos ser sensibles a las necesidades de las personas que nos rodean, comenzando por los hermanos de la Iglesia.

La verdadera religión: visitar y acoger

Estamos en un mundo donde los hombres se inventan muchas religiones y aún diferentes maneras de practicar el Evangelio, para agradar a Dios y llegar a él. Pero, la Palabra de Dios nos revela algunas características de la religión verdadera:

"La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo" (Santiago 1:27)

El Evangelio es una adoración a Dios no centrada en uno mismo, sino en los demás. Más que ceremonias, sacrificios y prácticas religiosas, consiste en el trato a los más necesitados y nuestra separación del mundo, es lo que se entiende de este texto bíblico.

"Visitar" en este caso, es más que un cumplimiento social, es el cuidar del necesitado. Y los términos "huérfanos y viudas", pueden incluir o extenderse a todos los incompletos, abandonados, frustrados o perdedores que necesitan de la atención, visita, ayuda y cuidado nuestro.

La fe se evidencia con hechos. "Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor" (Gálatas 5:6)

¿De qué aprovecha nuestra fe si no produce hechos de amor?

Los que están en la cárcel saben cuan apreciada es una visita, una simple visita, sin preguntas ni recriminaciones. Los enfermos igual. Los pobres, los recién llegados, todos reciben una gran muestra de amor cuando los visitamos, los buscamos, con sincera amistad y sin ningún interés nuestro.

Eso vale para Dios más que cualquier cantidad de dinero que usted ofrende o diezme, más que cualquier cantidad de ayunos también.

Todos conocemos la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30-37), donde el sacerdote y el religioso levita, fueron indiferentes a la necesidad angustiosa de aquel que estaba caído en el camino. También todos hemos visto a predicadores de grandes ministerios, que nos hablan y enseñan grandes verdades, pero son inaccesibles para los pequeños y sencillos creyentes, pues se han subido a una tarima, no solo para predicar, sino para vivir por encima de los demás hermanos, desconociéndolos o ignorándolos, por desconfianza o por falta de atractivos e intereses económicos, sociales o religiosos.

No es el cargo religioso, ni la cantidad de actividades que desempeñemos en la iglesia, ni la cantidad de seguidores, lo que nos hace verdaderos cristianos, sino el amor que tengamos y manifestemos, como dice la Palabra que repetimos: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13:35)

Los que hemos creído en Jesucristo y le hemos entregado nuestra vida, aunque estamos dispersos en diferentes países, ciudades y poblaciones, cuando nos encontramos y reconocemos, sentimos el mismo amor fraternal con gozo, dispuestos a hospedar o ayudar al hermano en lo que esté a nuestro alcance, aunque antes no nos conozcamos.

Por el contrario, no hay dolor más grande que cuando percibimos que el amor que aparenta un hermano no es sincero sino fingido.

"Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad" (1 Juan 3:18)

De nada servirá haber hecho milagros, llenado estadios, fundado iglesias, para entrar en el Reino celestial, solo si ahora visitamos o buscamos a ese que no es importante para nosotros, pero nos necesita.

"Estas cosas os he hablado, para que no tengáis tropiezo. Os expulsarán de las sinagogas (iglesias); y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí" (Juan 16:1)

Por esta Palabra, Jesucristo nos advierte a sus discípulos que sufriremos desconfianza, marginación, odio y persecución, no solo en el mundo, sino aún dentro de la Iglesia, por parte de los falsos ministros y falsos hermanos, pero si el amor de Dios está en nuestro corazón, lo soportaremos y venceremos.

Vicente Mercado Santamaría

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