¡Rompe el círculo!

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Dejemos ya de pensar que tenemos siempre que tener respuestas y soluciones; cambiemos los roles que hemos asumido en beneficio de otros; descansemos de tener que estar siempre listas, a tiempo y fuera de tiempo; olvidémonos de ser dependientes afectivas de las migajas de otros; cambiemos el escenario de siempre; permitámonos la idea de creer que otra vida es posible.

Una amiga me decía: «Qué doloroso es estar en silencio...»
No obstante, creo que más doloroso aún es el hecho de no atrevernos a romperlo. Mentir, engañar, ponerse máscaras para no desencantar a la gente que ha creído que todo estaba bien y éramos más que felices, completa ese círculo de dolor.

Hacer un «alto» en el camino resulta difícil pero es necesario para pensar en nosotras mismas: nuestra vida, nuestras relaciones, nuestros roles, conductas y sentimientos. El discurso clave de la codependencia o adicción a relaciones dañinas gira en torno a la idea de que: «Yo soy responsable de tus pensamientos, tus sentimientos, tus acciones; por lo tanto tú eres responsable de mis pensamientos, mis sentimientos y mis acciones».

Siempre será más fácil y cómodo hacerme responsable de otros, que de mí misma. Recobrar el derecho a la felicidad es uno de los retos más grandes cuando logramos identificar que somos mujeres codependientes.

Aprendemos a ser dependientes emocionales por muchas razones, una de ellas: el miedo al abandono. Por esta razón, llegamos a sentirnos indispensables para quienes nos rodean y creemos que nos aman. Nos da miedo que ellos o ellas se queden sin nosotras, ya que nos hemos convencido durante mucho tiempo de que los que nos rodean o conviven con nosotras no lograrán sobrevivir sin nuestra ayuda. Una vez más adoptamos el ya conocido patrón de «salvadoras» o de «mujer-alfombra».

De niñas aprendimos a vivir siendo «complacientes» con quienes jugábamos, estudiábamos o crecíamos, y ese patrón se fortaleció en la etapa adulta. Adoptamos una especie de invalidez emocional aprendida que nos introdujo en un camino de dolor, secretos, soledades, frustraciones y llanto; un camino desprovisto de protección familiar, ya que la propia familia muchas veces fue el centro principal de disfuncionalidad.

En ese andar largo y temeroso descubrimos que lo que ronda nuestra mente son pensamientos como:

—«Sé lo que no me gusta pero no se cómo comunicarlo; me da miedo que me desaprueben».

—«Sé que tengo miedo al abandono, por eso mejor callo y pago el precio que sea».

—«Sé que debo romper el silencio pero no me atrevo, pues… ¿si no les gusta lo que creo, si les molesta o, peor aún, si me dejan?»

—«Sé lo que tengo que hacer pero no se cómo hacerlo. Me da miedo».

—«Sé que hay algo mejor para mí y que lo merezco, pero tal vez me equivoque».

Decimos cosas como esas en nuestro interior, pero a veces surge también otra voz fuerte que nos confronta. Fácilmente la identifico como la del Espíritu Santo, quien dice la Biblia nos consuela y nos conduce a toda verdad. Es esa voz la que muchas veces nos enfrenta con nuestra dura realidad emocional. Sin embargo, aún con el «consolador» a nuestro lado, nos da miedo soltar, dejar ir, cambiar, adoptar nuevos modelos en las relaciones. Nos asusta lo nuevo, lo desconocido, lo incierto, lo inseguro, es decir, nos intimida vivir por nosotras mismas. Es aquí donde la codependencia nos encierra en su círculo de violencia. Nos hemos despersonalizado y estamos a la deriva. Las riendas y la conducción integral de nuestra vida, nuestra voluntad, nuestra autoestima y hasta el dominio propio han quedado en manos de alguien o de algo. ¡La vida se ha escapado de nuestras manos!

Las urgencias afectivas nos llevan a aferrarnos a personas, lugares, actividades, cosas y hasta actitudes y conductas muchas veces destructivas.

Por un lado, anhelamos ser amadas sin tener que hacer «cambios» para que nos amen, pero en medio de nuestro trastorno, la codependencia nos ha llevado a un punto donde todo es negociable: los principios, los deseos, las opciones de vida, la voluntad… los sueños.

Sin embargo, romper el silencio y el círculo de violencia emocional contra nosotras mismas y los y las que nos rodean, es posible. Hablar con franqueza con quienes nos relacionamos, en los distintos lugares y medios en que nos desarrollamos, está a nuestro alcance también. Hay cosas que nadie va a hacer por usted ni por mí. Ese primer gran paso nos toca a nosotras darlo.

Disfruto mucho el lema de los grupos de AA —Alcohólicos Anónimos—: «Un día a la vez» y el sabio consejo referente al afán que cita el capítulo 6 de Mateo (v. 34): «No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán».

Para las personas que somos codependientes y estamos en continuo y constante proceso de recuperación, pedirnos que no nos afanemos nunca es demasiado; no obstante, intentar vivir sólo por hoy sin afanes es posible y realista.

La conferencia del Servicio Mundial de los Grupos para familiares y amigos de alcohólicos Al-Anon, en una de sus propuestas de salud y mejor calidad de vida sugiere:

«Sólo por hoy trataré de pasar el día, sin esperar resolver el problema de toda mi vida en un momento. Sólo durante doce horas puedo proponerme hacer algo que me espantaría si creyera que tengo que seguir haciéndolo durante toda la vida.»

Proseguir más allá del dolor y pasar al otro lado, es posible.

No permitir que la gente abuse de mí, es posible.

No culpar a otros por lo que yo paso, es posible.

Volver a ser la dueña de mí misma, es posible.

Sí, es posible crear un mundo nuevo, como también es posible creerle al Señor su promesa de Mateo 11.28: «Vengan a mí ustedes, las que estén trabajadas y cansadas y yo, Jehová, las haré descansar.» (la adaptación es mía)

El descanso es otra palabra casi desconocida en el mundo de la adicción emocional y es una idea casi inconcebible en muchas de nuestras vidas e historias. «El descanso emocional es para otros, no para mí», pensamos muchas veces. Miramos a nuestro alrededor y como todos parecen tan felices pensamos que nosotras somos las «pobrecitas».

Descansar, confiar, creer son actitudes que, en mi afán por quedar bien y complacer a los demás, he olvidado utilizar en mi propio bien.

Dejemos ya de pensar que tenemos siempre que tener respuestas y soluciones; cambiemos los roles que hemos asumido en beneficio de otros; descansemos de tener que estar siempre listas, a tiempo y fuera de tiempo; olvidémonos de ser dependientes afectivas de las migajas de otros; cambiemos el escenario de siempre; permitámonos la idea de creer que otra vida es posible.

Iniciar el proceso de romper el silencio va precedido de un programa de recuperación. Ese proceso implicará pagar un precio para avanzar y llegar donde queremos y merecemos estar. Uno de los principios que me ha ayudado en mi propia vida y en procesos de restauración y sanación emocional ha sido el darme permisos: de arriesgarme a la mejoría, de denunciar, de decir no, etc. No demos a otros la responsabilidad de nuestro bienestar, esa es tarea nuestra y de Dios. Empecemos a ser más responsables, más esforzadas y más valientes, al menos sólo por hoy, y en nuestro beneficio personal. Sólo por hoy decidamos intentar vivir un día a la vez.

William James dijo: «La mayor revolución de nuestra generación es el descubrimiento de que los seres humanos, cambiando sus actitudes mentales internas, pueden cambiar aspectos exteriores de su vida.» La independencia emocional nos invita a iniciar un camino de reencuentro con nosotras mismas, con nuestros anhelos, con nuestra palabra, con esa vida de abundancia a la que Jesús nos invita en su Palabra: una vida donde ya no permitamos ninguna clase de abuso, ni presión, ni agresión, sea ésta psicológica, física, espiritual, sexual, emocional u otras.

En ese aspecto los grupos de apoyo son una herramienta vital puesto que pueden marcar la diferencia en el proceso de sanación y de recuperación, no sólo de las codependencias, sino de muchas otras alteraciones y disfuncionalidades.

No hay que sufrir sin ayuda. Los espacios terapéuticos y de consejería vienen también a formar parte importantísima de los procesos de recuperación, donde podemos volver a confiar y a recordar que hay un poder de lo alto —Dios, Jesucristo, su Espíritu Santo— que nos acompañará en esta nueva aventura.

No olvide que esa vida que hay que sanar, levantar y reconstruir es la suya. Por lo tanto, recobre la vida plena a la que ha sido llamada por Dios

Alicia Chacón Quirós es egresada de la Universidad Bíblica Latinoamericana. Se desempeña como facilitadora y animadora de grupos de apoyo y autoayuda e imparte charlas, talleres y estudios bíblicos orientados a la recuperación emocional y espiritual; e-mail: [email protected]

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