
Una de las experiencias que no puedo entender fácilmente en las relaciones humanas es porque gente que antes se amaba ahora se odia. Esos que eran muy buenos amigos ahora son enemigos.
Algunos que tenían vínculos familiares, ahora no se puede ni ver. Y no lo comprendo porque creo que, cuando hay amor, amistad, respeto, confianza y todas esas características de las buenas relaciones, no hay ni intenciones de ofender sino capacidad de comprender y de perdonar.
Sé que muchos erigen miles de argumentos tratando de justificar la situación que hoy se vive. Sé que dirán que lo que el otro ha hecho es grave, dañino, intencional. De esto la conclusión es que, definitivamente, se equivocaron al elegirlo como pareja, como amigo o al aceptarlo como familiar.
También creo que se trata de una incapacidad de comprender las acciones de los hermanos, un egoísmo exacerbado que nos lleva a creer que lo único importante y la única verdad es la mía, un manejo pueril de las emociones y de los sentimientos que nos llevan a vivir en un columpio que pasa de estar bien y mal, el no tener una escala de valores claras y justas dónde el dinero y las cosas materiales no pueden estar por encima de los valores más trascendentes y sublimes.
O algo que considero aún peor nunca hubo una verdadera relación y lo único que se tuvo fue un contrato de aprovechamiento mutuo que dista grandemente de las relaciones afectivas que se requieren para poder ser feliz. A veces nos decimos mentiras frente a los otros y las realidades duras y frenteras nos ponen ante la verdad.
Quisiera proponerles algunas reflexiones en torno a este tipo de situaciones buscando generar una conciencia de crecimiento personal y comunitario:
1. Es necesario vivir en la verdad. Hay que tener claro que es lo que se siente por el otro. Hay que ser precavido para no asumir y declarar como amigo, como hermano, o como pareja, a cualquiera que no conocemos bien y del cual no estamos seguros. Es necesario tener una buena capacidad de sospecha frente a las relaciones que construimos.
2. La comprensión y el perdón siempre serán herramientas fundamentales en la construcción de relaciones sanas y saludables. Es importante aprender a deshacerse de sentimientos, pensamientos y palabras dañinas que lo único que hacen es llenarnos de veneno. Siempre es oportuno darle oportunidades a la gente, lo más seguro es que nosotros también necesitemos otra.
3. No podemos pretender que las culpas en las fallas de las relaciones siempre sean de los otros. En esto recuerdo a una amiga que es consciente de su responsabilidad que tiene en el infierno que ha vuelto su relación… y, aunque está cansada de la situación, no hace nada por cambiar y encontrar en ellas motivos para hacer mejor las cosas. Si nosotros no cambiamos es muy difícil que los otros lo hagan.
4. Hay que tener una escala de valores bien clara. La plata, el éxito, la fama, no pueden ser lo más importante de la vida, cuando lo son estamos en la puerta al infierno de la infelicidad. Ninguna relación cuesta menos que el dinero.
Quien no está dispuesto a despreciar el dinero nunca lo tendrá en abundancia. Hijos que detestan a sus padres porque no son ricos. Hermanos que se odian y se dicen los peores insultos por dinero.
Parejas donde el amor salió por la ventana ya que la pobreza entro por la puerta. Herencias que destruyen la unidad familiar y vuelve enemigos a los que antes compartían todo, son la prueba de que el genero humano necesita profundizaren sus valores.
Estoy seguro de que la mejor manera para que una relación afectiva no se vuelva una batalla campal es cuidar la relación y hacerlo implica ser menos egoísta, ser más trascendente, tener capacidad de sacrificarse, ayudar al otro a ser feliz y estar decidido a ser plenamente feliz.
Espero que estas reflexiones les ayude a re-pensar sus relaciones afectivas. No está bien que sigamos viendo como todo se destruye y nadie haga nada por cambiar y por ser mejor. Que destruyen la unidad familiar y vuelve enemigos a los que antes compartían todo, son la prueba de que el genero humano necesita profundizar en sus valores.
P. Alberto Linero Gómez, Eudista
