DOÑA ROSALÍA
(extracto)
Rosalía se dirigió a su Trono con paso altivo y se sentó cómodamente, se
reclinó suavemente sobre los cojines del respaldo y apoyó delicadamente sus
brazos en los reposabrazos. Después con un elegante movimiento reposó sus
bellísimos pies en el confortable escabel. Un esclavo se postró ante ella, y
con toda delicadeza le quitó las elegantes sandalias. Los preciosos pies de
Rosalía se apoyaron en la suave seda del cojín. El resto de los presentes se
arrodillaron de inmediato, y al verlos, Juan se arrodilló también.
Dos esclavos se arrodillaron a los lados del Trono y comenzaron a abanicar
suavemente a su Ama con unos grandes abanicos de plumas.
"Has tardado demasiado en arrodillarte" dijo Rosalía dirigiéndose a Juan,
"por esta vez te perdono, pero tendremos que corregir ese comportamiento".
"Debes saber que cuando estoy en este salón; nadie, absolutamente nadie,
puede tener su cabeza más alta que la mía. Fíjate que no hay ninguna silla,
ni nada donde sentarse. Por eso todos deben postrarse a mis pies".
Después se dirigió a uno de sus servidores y le dijo:
"Traedme a mi nuevo esclavo".
El siervo salió del salón y se apresuró a cumplir las órdenes del Ama.
Entonces Rosalía se dirigió a Juan:
"Ahora vas a ver a uno de mis nuevos esclavos. Hasta hace poco era el
dueño de una empresa de la competencia. Un día que teníamos una reunión,
tuvo el atrevimiento de no levantarse de donde estaba sentado cuando yo
entré en la habitación. Naturalmente, decidí que le haría pagar por esa
ofensa, y que le haría suplicarme piedad arrodillado a mis pies. Poco a poco
le he ido dejando sin clientes y su empresa quebró. Ahora está en la ruina,
y tiene tantas deudas que podría acabar en la cárcel. Yo me ofrecí a
ayudarle, pero a cambio el debería convertirse en mi esclavo. Al principio
no quería, pero poco a poco se ha ido dando cuenta de que no le quedaba otro
remedio. Hace una semana le dije que viniera a visitarme aquí, e hice que
mis esclavos le encerrasen en una de mis mazmorras. Desde entonces le he
estado torturando a diario, y ha pasado bastante hambre y sed, con lo que
ahora mismo su voluntad está prácticamente anulada. Sólo falta por darle el
golpe de gracia para convertirle en otro de mis esclavos. Y eso es lo que
voy a hacer ahora mismo. Fíjate bien en lo que vas a ver, ya que pronto te
tocará a ti estar en su lugar".
La puerta del salón se abrió y entraron cuatro esclavos forcejeando con un
hombre, al que arrojaron al suelo ante el Trono de Rosalía. Se trataba de un
hombre de unos treinta y cuatro años, alto y muy fuerte. Estaba
completamente desnudo, a excepción de aquel artilugio mecánico que ceñía su
pene y sus testículos, y que todos los esclavos de Rosalía llevaban. En su
espalda y en su rostro se veían las huellas del castigo al que había sido
sometido.
El hombre miró a Rosalía con ojos de odio y le gritó:
"Perra maldita. Te mataré por lo que me has hecho".
A
continuación se incorporó para arrojarse sobre Rosalía con intención de
cumplir su amenaza. Por un momento Juan temió por la vida del Ama. Pero
antes de que pudiera reaccionar vio a Rosalía, sonriendo con calma, llevarse
el dedo pulgar de su mano izquierda a un anillo que tenía en el dedo índice.
Al momento aquel hombre cayó al suelo retorciéndose de dolor, y agarrándose
sus testículos con ambas manos.
Juan supo después que es lo que había pasado. Se trataba del artilugio que
llevaban en sus testículos los esclavos de Rosalía. Una de sus misiones era
impedirles eyacular, con lo que se encontraban siempre en tal estado de
excitación que Rosalía no tenía más que emplear su extraordinaria belleza
para someterlos a sus pies sin ningún esfuerzo. Su otra misión era como
elemento de castigo para esclavos que irritaban al Ama, para aquellos que
aún no estaban del todo sometidos, o simplemente para que Rosalía se
divirtiera haciéndoles sufrir cuando le venía en gana.
Para castigar a un esclavo Rosalía no tenía más que rozar con su dedo
pulgar el anillo que siempre llevaba en la mano izquierda, mientras apuntaba
al esclavo en cuestión. En ese momento se mandaba una señal al dispositivo,
que hacía dos cosas: por un lado se encogía sobre sí mismo apretando
fuertemente el pene y los testículos, por otro daba una intensa sacudida
eléctrica. La combinación de ambas era capaz de derribar entre espasmos de
dolor a cualquier hombre, y dejarlo totalmente indefenso. Eso era
precisamente lo que acababa de pasar ante los atónitos ojos de Juan.
Rosalía rió cruelmente mirando a aquel hombre caído a sus pies, con el
cuerpo contraído por el dolor.
"¡Imbécil! ¿creías que podías tan siquiera tocarme?" le dijo "me basta con
mover ligeramente uno de mis dedos para causarte un dolor insoportable, y
derribarte a mis pies suplicando compasión".
Y como si quisiera demostrar la verdad de lo que decía, repitió aquel
ligero gesto de su pulgar otra vez, y otra y otra. En cada ocasión el cuerpo
de aquel infortunado se estremecía con el dolor, mientras que sus gritos
resonaban en toda la sala, y por la comisura de los labios se deslizaba un
hilo de saliva.
Rosalía seguía riendo, disfrutando de su poder. Del poder de infligir a
otros un terrible sufrimiento con sólo mover un dedo. Se reclinó cómodamente
sobre los cojines del Trono, y frotó las suavísimas plantas de sus pies
contra la seda del almohadón en el que descansaban. Eso le produjo un
placentero cosquilleo que recorrió su cuerpo, y que se unió a la maravillosa
sensación de poder absoluto que estaba experimentando.
Cuando los espasmos del hombre cesaron, quedó quieto en el suelo incapaz de
moverse y temeroso de hacerlo.
Rosalía pidió un cigarrillo, se lo encendieron, cruzó seductoramente sus
hermosísimas piernas y comenzó a balancear lentamente su encantador pie.
Mientras fumaba tranquilamente, se dirigió a los esclavos que habían traído
a aquel hombre, y les dijo con voz suave:
"¿Por qué no le habéis traído atado?", "¿acaso pretendíais que me
atacara?".
Los esclavos se arrojaron al suelo, suplicando perdón, pero Rosalía no
destacaba por su piedad. Su bonito pulgar se puso en movimiento, y uno tras
otro los cuatro esclavos empezaron a gritar incapaces de soportar el agudo
dolor que recorría su cuerpo. La risa de Rosalía se escuchó en todo el
salón…
Continuará…
ESCRITO POR
: Cris_(RO)