L'Accademia dei Filomusi
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Estudios y docencia
Inspirado en la tradici�n renacentista de las �academias� �  en las que intelectuales, artistas y m�sicos se reun�an para considerar aspectos concernientes a la funci�n del arte moderno y del arte de los antiguos � nace este grupo, formado por m�sicos experimentados en la pr�ctica de la m�sica de los siglos XVI a XVIII , con el objetivo de recrear distintos repertorios  de la hoy llamada "m�sica antigua".
Esta "academia", de composici�n variable (ya que se nutre de varias agrupaciones que var�an seg�n el programa), ha encarado diversos proyectos en Argentina y Uruguay, entre los cuales se cuentan la interpretaci�n de m�sica instrumental de las misiones jesu�ticas de Chiquitos, Bolivia (Montevideo, Museo Blanes, 2005), m�sica  procedente de los archivos de Sucre (Bolivia) y Cuzco (Per�) para el Centro Cultural de M�sica de Uruguay (teatro Sol�s y Convention Center de Punta del Este, 2006), la representaci�n en Buenos Aires de la �pera de San Ignacio, proveniente de las misiones jesu�ticas de Bolivia (Embajada de Italia en Buenos Aires, 2004), as� como otros repertorios de finales del renacimiento y comienzos del barroco con instrumentos antiguos.
L�Accademia dei Filomusi honra con su nombre a su hom�nima que existiera en Bologna a principios del siglo XVII, de la que participaron el virtuoso int�rprete de la�d y compositor Alessandro Piccinini, Luzzasco Luzzaschi, y otras personalidades de la cultura que estuvieron al servicio de la corte d�Este.



Integrantes:

Andrea Brassesco : soprano
Carla Redaelli: soprano
Debora Cohen: alto
Alejandro Vera: tenor
Alejandro Arezo: bajo

Clara Kruk: viol�n
Mat�as Craciun: viol�n
Evangelina Fern�ndez: viola
Ana Paula Segurola: virginal italiano

Gabriel Schebor: chitarrone y direcci�n.
Gabriel Schebor Galer�a
Gabriel Schebor english
Programa 1:  Salomone Rossi Hebreo

Al amanecer, una figura solitaria camina por las calles del ghetto jud�o de Mantua, saluda en hebreo a los comerciantes que comienzan a instalarse, y contin�a su camino a trav�s del pueblo, hacia el Palacio Ducal, para cumplir con sus funciones de m�sico de la corte de Vincenzo Gonzaga, Duque de Mantua. Aunque no es el �nico jud�o en la corte, es posiblemente el �nico que no se convirti� al cristianismo, orgulloso de su herencia, fiel a sus tradiciones, solo entre dos mundos...

Entre los siglos XIV y XVI, en el �rea relativamente peque�a entre Roma y Mil�n, G�nova y Venecia, florecieron el genio y la vitalidad, que, unidos a una expresi�n est�tica universal, confluyeron en un movimiento como el mundo no hab�a visto antes: el Renacimiento italiano.

En esta regi�n se hab�an establecido numerosas comunidades jud�as que, en el marco del esp�ritu liberal de la �poca, debieron verse afectadas y haber contribuido a esta renovaci�n intelectual y art�stica. En la Mantua renacentista, los jud�os consiguieron una notable s�ntesis entre su cultura ancestral y la de su entorno secular, destac�ndose en todas las ciencias y artes, entre ellas, la m�sica.
En la corte de Mantua, sede del lujo real y la magnificencia art�stica, funcion� en el siglo XVI una �capella�, un grupo de m�sicos profesionales al servicio de la corte, entre los que figuran Abramo dell' Arpa y su sobrino Abramino dell' Arpa, Isacchino Massarano (excelente cantante, bailar�n, laudista y compositor), Madama Europa (nombre art�stico de la hermana de Salamone Rossi, la m�s c�lebre soprano de Mantua) y su hijo Asher de Rossi (compositor), y muchos otros. Pero por encima de todos, una figura de singular importancia, el genial compositor, violinista y cantante de la corte de Mantua entre 1587 y 1628: Salomone Rossi, quien agregaba �Hebreo� a su nombre, orgulloso de su ascendencia, que puede rastrearse hasta el �xodo de Jerusal�n a Roma en el a�o 70.

Las sonatas, sinfonias y galliardas son ejemplos del impulso innovador de Rossi en la m�sica de c�mara. Se le considera generalmente el primer gestor del �trio sonata� (pieza para dos instrumentos mel�dicos con bajo continuo), y fue ciertamente el primer compositor que dio al viol�n un trato �vocal�, con melod�as de gran expresividad acompa�adas por el continuo. Violinista excepcional, Rossi consigue en sus sonatas el desarrollo de una t�cnica virtuosa y expresiva, totalmente idiom�tica del viol�n.

Pero es, sin duda, en la m�sica para la sinagoga, que encontramos las m�s grandes innovaciones de Rossi. En las Canciones de Salomon (1622/23), Rossi, secundado por el rabino veneciano Modena, da un paso controversial, defendiendo el rol de la m�sica como medio de glorificar a Dios (la m�sica hab�a estado prohibida en las sinagogas durante 1500 a�os), y recordando la exhortaci�n de los salmos de David a tocar los c�mbalos, ta�er el arpa, sonar las trompetas. Escritos en estilo polif�nico, estos 33 himnos y salmos con texto en hebreo para el Sabbath y servicios festivos unen la tradici�n con el esp�ritu de la �poca.


Programa 2:
La m�sica en la Real Audiencia de Charcas

Am�rica latina, la que hoy conocemos en su parcelaci�n en unos treinta estados, no tiene mucho que ver con la organizaci�n del Imperio colonial dominado por la corona espa�ola desde el siglo XVI hasta el principio del XIX. As� buscar�amos en balde sobre un atlas aquella Real Audiencia de Charcas que pertenece, para bien y para mal, al pasado colonial del continente americano. En el siglo XVIII, cuatro virreinatos se repart�an su amplia extensi�n: los virreinatos de Nueva-Espa�a (hoy M�xico, Guatemala y Panam�); de Nueva-Granada (actualmente Venezuela y Colombia); del R�o de la Plata (particularmente Argentina); y por fin de Alto Per� (reagrupando Per� y Bolivia). Cada uno era dividido en "Reales Audiencias", y estructurados en "gobernaciones" y "municipios".

Llamada seg�n los Indios Charcas que poblaban la regi�n antes de la invasi�n espa�ola, la Real Audiencia, de la cual este programa de concierto permite descubrir las riquezas musicales, fascinaba con raz�n todo el mundo barroco. Aunque su capital fuera la ciudad de Sucre (que era llamada entonces la Plata), era dominada por la "monta�a de plata", el Cerro Rico de Potos� donde m�s de ocho millones de Indios, avasallados a los trabajos mineros, murieron en menos de un siglo. Visionarios, los indios Quechua no hab�an esperado la llegada de los conquistadores para apodar esta maledicci�n geol�gica, de 5183 metros de altura, Huacajchi Potos�: " la monta�a de trueno y de tormento que ha llorado".

Como toda la plata arrancada de las laderas del cerro Rico no sal�a en los galeones a los destinos de C�diz, Potos� como Sucre malgastaban sin contar. En esta �ltima ciudad, se multiplicaban conventos e iglesias prestigiosas, dotadas con adornos en plata u oro macizo, donde la m�sica sacra ocupaba la primera fila. Llegar a maestro de capilla en alguna de ellas, era entonces el sue�o m�s ansiado para un m�sico. Se hab�a visto suceder en aquellos cargos a Guti�rrez Fern�ndez Hidalgo, quien ven�a de Santa Fe de Bogot�; luego a Estacio de la Serna, y sobre todo Juan de Araujo, del cual la mayor parte de su extraordinaria obra ser�a compuesta en este propicio marro. Con �l se suceden los deslumbramientos sonoros de los coros y orquestas entrecruzados que dan a imaginar los fastos de una nueva y lejana bas�lica veneciana. Luego de la espl�ndida tarea compositiva y docente de Araujo, se sucedieron en el entorno charquense compositores cuyos nombres no nos dicen demasiado ahora, pero que marcaron una edad de oro en la m�sica colonial. Autores como Roque Jacinto de Chavarr�a, Blas Tard�o, el potosino Antonio Dur�n de la Mota, descollaron en la pr�ctica de la m�sica sacra y particularmente en el  villancico, que supera en sus plumas la estatura del fin�simo madrigal espa�ol.


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