La expropiación Piotr Kropotkin. La Révolté, noviembre de 1882.
(...) Para la burguesía, ametrallar al pueblo es una acción con indudables resultados positivos; sólo necesita soldados a quienes confiar la ejecución; que sean franceses, alemanes o turcos, no importa, puesto que su ambición no es otra que mantener lo existente, prolongar el status quo, siquiera sea por unos años más; para ellos, la cuestión se reduce a una lucha armada. Para los trabajadores, el problema se presenta de muy distinto modo, puesto que lo que pretenden es modificar el orden de cosas existentes; por tanto, la cuestión no es tan odiosamente sencilla, sino, al contrario, vasta, inmensa. La lucha sangrienta, para la que debemos estar preparados igual que la burguesía, no es sin embargo para nosotros más que un incidente en la batalla que hemos de sostener con el capital. Aterrorizar a la burguesía para luego dejarla en la misma situación sería esterilizar nuestro esfuerzo; nuestra finalidad es mucho más amplia que matar, tiene una altura que la burguesía no puede concebir.
Para nosotros el problema es abolir la explotación del hombre por el hombre; poner fin a las iniquidades, a los vicios, a los crímenes, que resultan de la holganza de unos y la esclavitud económica, intelectual y moral de otros. El problema es inmenso, por consiguiente; pero puesto que así lo han legado los siglos pasados a nuestra generación y puesto que somos nosotros los que nos hallamos en la necesidad histórica de trabajar para resolverlo, debemos aceptar la tarea, cuya solución por otra parte nos viene dada también por la historia al mismo tiempo que el problema. Esta solución ha sido enunciada por todos los trabajadores del mundo y es el resumen del desarrollo económico e intelectual de nuestro siglo. Es la expropiación, es la anarquía.
Si la riqueza social queda entre las manos de los que actualmente la poseen; si la fábrica, el campo y el taller quedan en posesión de los que hoy son propietarios; si los ferrocarriles y los medios de transporte continúan siendo de las compañías e individuos que los han acaparado; si las viviendas urbanas y las casas de campo quedan en poder de sus actuales dueños; en vez de ponerlos la revolución a disposición de los trabajadores; si todos los tesoros acumulados en las bancas y casas particulares no revierten a la colectividad, puesto que todos han contribuido a su creación; si el pueblo sublevado no toma posesión de todos los utensilios y provisiones almacenados en las grandes ciudades y se organiza de modo que estén a disposición de todo el que lo necesite; si los latifundios no se arrancan a los terratenientes o a los usureros para ponerlos a disposición de todos los que quieran cultivarlos; si se constituye, en fin, nuevamente una clase de gobernantes que domine a los gobernados, la insurrección no será una revolución, habrá que comenzar nuevamente la obra, no se habrá hecho nada sino perder el tiempo. El obrero, después de sacudirse de encima un yugo, se verá uncido a otro igual, tendrá que sufrir el dolor del latigazo, el aguijón del amo, la arrogancia de sus jefes, los vicios y crímenes de los holgazanes, sin hablar del terror blanco, las deportaciones y ejecuciones, la danza desenfrenada de los asesinos sobre los cadáveres de los obreros.
¡Expropiación! He ahí el santo y seña que se impone para la próxima revolución, so pena de incumplir nuestra misión histórica. La expropiación completa de todos los medios de explotar a los demás seres humanos; la devolución a la comunidad de todo cuanto en manos de alguien pueda servir para explotar a otros. Lograr que todo el mundo pueda vivir trabajando libremente, sin verse forzado a vender su trabajo y su libertad a otros que acumulan las riquezas con el esfuerzo de sus esclavos, he ahí lo que debe hacer la próxima revolución.
Hace más de diez años que este programa, al menos en su parte económica, ha sido aceptado por todos los socialistas. Cuantos se llamaban socialistas así lo admitían sin reservas de ninguna especie. Desde entonces, son tantos los señores de la industria que han venido al campo socialista a asegurar su beneficio y han hecho tantos recortes en el programa, que actualmente sólo los anarquistas lo defienden en toda su integridad. Lo han mutilado, lo han llenado de frases huecas que se pueden interpretar a voluntad, según le plazca y convenga a cualquiera; lo han reducido de tal modo, no para complacer al obrero, el cual, si es socialista, lo es íntegramente, sino para convencer a la burguesía, que ya no sólo no tiene inconveniente en aceptarlo, sino que admite entre sus huestes a los sofisticadores del programa. La tarea, pues, de propagar la expropiación sin restricción de ninguna especie y en todas partes corresponde por completo a los anarquistas, y éstos no deben confiar a nadie tan sublime empresa.
Sería un error funesto creer que la idea de expropiación ha penetrado ya en la conciencia de todos los obreros y que es para ellos una de esas convicciones por las que se está dispuesto a sacrificar la vida. Muy lejos de esto. Existen todavía muchos millones de individuos que si han oído hablar alguna vez de expropiación ha sido por boca de los enemigos de la emancipación obrera. Además entre los mismos que la admiten son pocos los que la han examinado en sus diversos aspectos y detalles. Sabemos, es cierto, que la expropiación será durante el período revolucionario cuando hará más adeptos, durante ese período en que todo el mundo se interesará por la cosa pública, leerá, discutirá, obrará, y la idea, entonces más concreta y precisa, tendrá por sí sola bastante fuerza para arrastrar a las masas. Sabemos también que si durante la revolución no hubiera más que dos partidos en lucha, la burguesía y el pueblo, la expropiación sería aceptada en toda su integridad por este último en cuanto la propusiera alguien. Pero además de la burguesía hemos de contar con muchos otros enemigos de la revolución social. Todos los partidos bastardos que han surgido entre la burguesía y los socialistas revolucionarios; todos los que tienen metida hasta en la médula de los huesos la poquedad de espíritu, consecuencia necesaria del respeto que durante tantos siglos se ha tenido a la autoridad; todos los burgueses, en fin, que en el naufragio intentarán salvar parte de sus privilegios, a cambio de sacrificar otros -momentáneamente-, todos estos intentarán que el pueblo abandone la presa que antes constituía su riqueza. Habrá también miles de individuos que en tono sentencioso aconsejarán
al pueblo que es preferible contentarse con poco a perderlo todo; otros que intentarán hacer perder el tiempo y distraer el empuje revolucionario en vanos ataques contra cosas fútiles y hombres insignificantes, en vez de atacar resueltamente a las instituciones; habrá quien querrá jugar a Saint-Just y a Robespierre, en vez de hacer como los campesinos de la Revolución: apoderarse de la riqueza social y ponerla inmediatamente a disposición del pueblo para que éste se aprovechase de ella.
Para evitar este peligro no hay por ahora más que un medio, y es el de trabajar incesantemente desde este momento para difundir la idea de expropiación por todas partes, con nuestros actos y nuestras palabras, que nuestras acciones se inspiren en nuestros principios; que la expropiación penetre hasta en los más oscuros rincones, que sea discutida en pueblos y aldeas, y venga a ser para obreros y campesinos una parte integrante de anarquía. Y sólo entonces podremos estar seguros de que el día de la revolución esta palabra estará en todos los labios y se levantará formidable, empujada por el pueblo entero, y la sangre proletaria no se habrá derramado estérilmente. De ahí la idea que se abre paso entre los anarquistas de todos los países. El tiempo apremia, pero esto mismo nos dará nuevas fuerzas y nos hará redoblar nuestra actividad para llegar a este fin; sin esto, todos los esfuerzos y sacrificios del pueblo serían una vez más vanos.
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