¿Hacia un nuevo feudalismo? Luce Fabbri.
La exigencia de libertad nace con la vida. Por esto, el anarquismo como postura mental es inherente a toda historia; pero, como movimiento consciente y organizado, tiene una trayectoria relativamente breve, que comienza con la Ilustración y la Revolución Francesa. Y en estos dos últimos siglos, los enemigos de la libertad de la persona han sido el capitalismo burgués y el Estado, aliados siempre contra las reivindicaciones populares, pero, por momentos, rivales o, por lo menos, con relaciones recíprocas tensas, bien por motivos fiscales, bien por cierto control que el Estado quería ejercer sobre las inversiones o los cambios. Surgió así un nuevo significado de la palabra "liberalismo", extendiendo a la empresa capitalista esa libertad de la persona que el liberalismo clásico había siempre reivindicado frente al Estado. Así, la libertad relativa, ganada con el esfuerzo de todo el pueblo contra el absolutismo, sirvió esencialmente para consolidar el capitalismo; pero la tensión entre el poder político y el económico, aun dentro de la alianza contra la presión popular, ayudó a mantener por mucho tiempo esa democracia burguesa en cuyo seno y contra la cual el socialismo nació y -a pesar de todo- creció. Cuando su crecimiento llegó a representar una amenaza para las clases dirigentes, estas abandonaron la democracia y establecieron esa nueva forma de absolutismo que se llamó fascismo. En él, el Estado omnipotente trató de domesticar al gran capital burocratizándolo en su seno como antaño había domesticado a la nobleza feudal, mientras la revolución popular socialista, triunfante en Rusia, desembocaba en una tentativa de socialismo estatal ultraautoritario, que a través de un cambio en las personas de la clase dirigente y un proceso de burocratización, llegaba a un resultado bastante similar. Pero esta tentativa de fusión de los dos poderes fracasó. La ardorosa oposición popular por un lado, y el deseo de autonomía de las grandes fuerzas del dinero por otro, hicieron que se volviera al juego democrático. Los dos factores de ese retorno (el burgués y el popular) se vieron bien distintos y con resistencia a mezclarse en la Segunda Guerra Mundial (el bombardeo inglés de Milán en plena revuelta antifascista es un ejemplo de ese divorcio). El totalitarismo llamado socialista fue más tardío en disolverse, porque en la guerra había pertenecido al bando de los vencedores y porque allí la clase adinerada, la burocracia, tenía orígenes recientes y estaba más ligada el Estado.
Durante toda esa turbulenta historia, que hizo que tantas personas sufrieran crisis ideológicas y cambiaran su discurso, el anarquismo socialista siguió definiéndose en contra del capitalismo y del Estado, y se mantuvo al día con los acontecimientos.
Ahora, en este fin de siglo tan profundamente distinto de sus comienzos, empezamos a preguntarnos si esta definición no es demasiado limitada. Si nuestra meta es la máxima libertad y la máxima justicia para todos, puede que tengamos que luchar por ellas también contra otros enemigos.
Hubo épocas en la historia, como la feudal, en la que la libertad estaba más coartada que ahora y la desigualdad social era mayor, sin que existiera el capitalismo, ni propiedad privada propiamente dicha y con un Estado sumamente débil. El sistema del vasallaje hacía que el individuo se encontrara trabado en una red de dependencias personales, desde el emperador, en la cumbre, dueño teórico de todo, hasta los siervos de la gleba en la base de la pirámide, que debían trabajar para el señor y no podían dejar su parcela de tierra. Eran terriblemente explotados y oprimidos por el titular del feudo, no por el Estado. La moneda circulaba muy poco. Los impuestos al señor y el uso de los servicios comunes (horno, molino, pasturas) se pagaban como productos de la tierra. Pero el señor feudal no era "propietario" de su feudo. Su posesión era precaria y condicionada a sus deberes de vasallo, pero implicaba jurisdicción sobre sus habitantes. El feudo se podía perder por incumplimiento o conquistar con la guerra o conseguir como recompensa por los servicios prestados, pero no comprar ni vender. Entre los pequeños artesanos y los pequeños comerciantes de los núcleos urbanos enclavados en los feudos se encontraban los restos de la economía de mercado y circulaba, en forma muy anémica, la moneda. Cuando el mundo feudal entró en crisis, especialmente debido a los enormes gastos ocasionados por las Cruzadas, la economía urbana resurgió. Las ciudades enriquecidas compraron sus libertades al señor feudal endeudado y se constituyeron en comunas autónomas. Hubo entonces dos siglos (XII y XIII) en que se practicaron varias formas, muy interesantes, de democracia directa, basada generalmente en los gremios. En ese primer momento, el uso de la moneda y la consolidación paulatina de la autoridad del rey sobre la escalonada nobleza feudal ayudaron a la recuperación de la libertad personal.
Recordé cosas muy sabidas (y me disculpo por ello) para fundamentar lo que quiero sostener con estas líneas: el capitalismo y el Estado no son los únicos enemigos de la libertad y puede llegar de nuevo el momento en que no sean los principales.
Ya Umberto Eco y otros observadores agudos de la realidad de este cambiante fin de milenio habían hablado de la posibilidad de un retorno a una estructura social de tipo medieval. Hoy el neoliberalismo y la globalización parecen confirmar con nuevos síntomas tales previsiones o, mejor, tales temores: estamos mucho más cerca de esa estructura atomizada con aspiraciones a la unidad mundial que caracterizó a la Edad Media, con un poder cada vez menor de los Estados nacionales, que se van desdibujando en los "mercados comunes" y un poder cada vez mayor de organismos multinacionales que controlan económicamente determinadas áreas no necesariamente geográficas, verdaderos feudos transversales que empiezan a tener ejércitos propios, contratados entre las fuerzas que la Guerra Fría dejó desocupadas (y quien dice ejército, dice jurisdicción). Estos bloques económicos forman la pirámide. Los grandes no son muchos y son conocidos; pero de cada uno de ellos depende una cantidad de bloques menores que se mueven dentro de su órbita con los mismos caracteres. Toda esa red en rápida formación tiene hambre de poder y presiona en este momento para conseguir el Acuerdo Multilateral de Inversiones (A.M.I.), que tiende a dejar a los gobiernos nacionales legalmente desarmados frente a los inversores extranjeros, más, los pone obligatoriamente a su servicio. En muchos países, especialmente los del "tercer mundo", este acuerdo tácitamente ya se aplica.
Este proceso no es fatal, ni cancela nada de nuestra lucha tradicional. El ser humano es imprevisible y su voluntad cuenta en esta atormentada historia: la voluntad de todos, incluyendo la nuestra. Este panorama puede cambiar, tiene que cambiar, porque el dominio del mercado nos lleva a una crisis que puede terminar en la muerte colectiva.
Pero mientras tanto hay que tener los ojos bien abiertos, no sólo porque estos nuevos enemigos pueden requerir nuevos terrenos, y tácticas de lucha, sino también para que no vuelva a pasar lo que pasó en la Edad Media, es decir, que para protegernos de los lobos sueltos, nos refugiemos de nuevo entre los brazos del Estado.
La nueva tecnología minimiza el esfuerzo físico y aun la tarea administrativa que la producción requiere. El empresario se está liberando así de la pesadilla de las huelgas, mientras el proletariado (palabra que ya está cayendo en desuso) siente que está perdiendo este arma que estuvo a punto de hacerlo invencible. La desocupación aumenta y seguirá aumentando y, con ella, la violencia, fruto, más que del hambre, del ocio en una pobreza sin esperanza por un lado y, por otro, del miedo hacia esa nueva clase -desconocida- que se está formando y que va cayendo en la marginación.
La lógica perversa del mercado (viciada en las premisas) transforma esas victorias del sur humano sobre la materia, que podrían conducir a la conquista de tiempo libre para trabajos "no rentables" como la sanidad, la educación, el arte, el espectáculo, en causa de desesperanzada decadencia para las mayorías, antes de provocar el agotamiento del sistema mismo por escasez de consumidores. El clima que se está creando es un clima de miedo, miedo a perder el trabajo, miedo a la violencia difusa, miedo a los peligros conocidos y desconocidos de la nueva tecnología…
Este miedo empieza a parecerse al provocado en la Edad Media por el hambre, los bandidos y las invasiones y que impulsó a los campesinos a entregar sus tierras y su libertad al señor feudal a cambio de protección. Junto con todo esto, en el momento de enormes logros por parte de la ciencia, resurgen del subconsciente de la historia en acto, impulsos irracionales de abdicación de la voluntad frente a una hipotética divinidad (la creencia en Dios no es necesariamente antilibertaria; peligra la libertad cuando se le reconoce a otros hombres la autoridad de hablar en nombre de ese Dios). Las corrientes religiosas fueron siempre fuertes. De todos modos, ahora, su incremento, la mayor audiencia que tienen los predicadores de las distintas sectas, los varios fundamentalistas que masacran en nombre de Dios, contribuyen a crear un clima afín al de la Edad Media de la civilización occidental.
El tema no es solo descriptivo o interpretativo. Pienso que valdrá la pena discutirlo, porque implica cierto desplazamiento en la táctica y en el lenguaje.
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