Una opinión libertaria sobre justicia y perdón
Luce Fabbri. Brecha.

La Iglesia Católica está pidiendo perdón por haber quemado vivos durante varios siglos a sus disidentes en número incalculable. El residuo de los secuaces reconoce "errores" cometidos en el Este europeo por la dictadura de partido, errores que han hecho muchos millones de víctimas. Los ejércitos nacionales que en América Latina han establecido hace poco unas dictaduras feroces están discutiendo si conviene "pedir perdón" a los parientes y conciudadanos de los que ellos hicieron "desaparecer" para que no se hable más de ese espinoso asunto y haya paz. Hay quien opina que el que pida perdón debe ser, no el Ejército sino el Estado.

Hay en todo esto cosas sobre las que es necesario meditar: en primer lugar las razones de esa coincidencia, en segundo lugar el porqué de esa casi simultaneidad.

En cuanto al primer punto, podemos decir que los tres "penitentes" (Estado, Iglesia, Ejército) son los tres organismos que, a través de los siglos, se han disputado el dominio de la sociedad, solidarios los tres, entre sí y con un cuarto poder (que aún no pide perdón), el económico, en cuanto las masas sometidas mostraron síntomas de rebelión. Es, pues, el poder el que pide perdón, el que siente la necesidad de lavarse la cara. ¿Y por qué ahora? Porque en las alturas se siente llegar ya esa crisis de la economía de mercado que es la lógica consecuencia de los avances de la tecnología. Y a través de la crisis quieren mantener lo esencial: el dominio, la estructura piramidal de la sociedad, la jerarquía, que significa, por un lado, millones de dólares, por el otro, millones de muertos.

El estudio de la historia debería conducir a todo el mundo al anarquismo: desde que Romulo mató a su hermano Remo en la niebla de la leyenda hasta el Holocausto y la bomba de Hiroshima, la historia de la humanidad occidental es una cadena de delitos masivos de unos contra otros en la disputa del poder de unos sobre otros. Y el mismo carácter sombrío tiene la historia de Oriente.

Océanos de sangre se han derramado en la represión, y otros tantos en las guerras que, con otro ropaje, tienen la misma raíz.

Ya Maquiavelo nos ha enseñado que el dominio sobre los demás seres humanos no se adquiere ni se conserva con medios morales. Es inútil pedir perdón: los crímenes están y no se pueden borrar porque tienen carácter esencial. Es evidente que están ligados al hecho mismo del poder.

La hoguera de Giordano Bruno no tiene sino un vínculo remotísimo y distorsionado con Jesús, pero sí está directamente vinculada con la potencia política de los papas, y lo mismo se pudo decir acerca de las anteriores y sucesivas hogueras del Santo Oficio y, recientemente, acerca de la complicidad de las jerarquías católicas con el nazi-fascismo y las dictaduras latinoamericanas.

Entre los "errores" de la política estaliniana (que en general no se precisan) podría estar el asesinato de Trotsky que tiene todas las características de un episodio de lucha entre dos caudillos por el dominio absoluto sobre los demás. Otros rivales fueron eliminados a través de los "procesos de Moscú", cuya historia autentica todavía no se ha escrito, y cuya historia oficial contiene una confesión absurda por parte de los imputados. Todos estos "errores" tienen un mismo y único significado: la defensa del poder estatal identificado con una persona. Esa defensa va, por su naturaleza, de la simple censura a la cárcel, al asesinato y a la tortura.

Todos los códigos penales establecen castigos de muchos años de cárcel por un solo homicidio. Se pretende que la pena regenere al culpable corrigiendo en él las malas tendencias que lo indujeron al delito. Y se quiere que el genocidio y la tortura masiva se olviden tras un simple acto formal de contrición, sin que ni siquiera se investiguen y discutan las causas de lo que ha pasado.

En realidad se pretende que nada cambie. Los que piden la prisión o aun la muerte para fulano o mengano confían en el poder del Estado y lo refuerzan. Era natural que los anarquistas, después de las "desapariciones" pidieran, en cambio, la clausura del Liceo Militar. Era una medida que podía y debía tomarse aun sin cambiarse radicalmente las cosas.

El grito de paredón, que se oyó en la Marcha del Silencio en reclamo de la verdad sobre los "desaparecidos", no era o no debió ser un grito anarquista.
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