A los libertarios
Guy Debord. Septiembre, 1980.

Compañeros,

Estamos asistiendo al rearme espectacular del Estado, nuestro gran enemigo, cosa que hacen todas las clases dirigentes del mundo cuando quieren dar a la descomposición de sus fundamentos una apariencia de solidez. Sus excesos han paseado la verdad por todos los rincones del país: hoy en día no hay nadie tan ingenuo o tan desvergonzado que se atreva a negar que nos encontramos bajo un despotismo tan duro, envilecedor y difícil de soportar como el que hubo en tiempos de Franco, y a medida que pasa el tiempo, será peor. Nosotros estamos ahora dispersos, cuando no desmoralizados. Hemos entablado una batalla que no supimos librar como debimos. Hemos tenido bajas, tenemos presos. La lucha por su liberación puede ser un punto de partida para un nuevo movimiento revolucionario más efectivo y coherente; el silencio y la inacción nos llenarán de oprobio, la Historia jamás nos perdonará.

Estimados Compañeros:

Lamentamos tener que llamar vuestra atención sobre una cuestión grave y urgente que, normalmente, tendríais que conocer bastante mejor que nosotros, que estamos lejos y somos extranjeros. Pero nos vemos obligados a constatar que diversas circunstancias os han colocado hasta hoy en la imposibilidad de conocer los hechos o su significado. Creemos pues, deber de exponeros claramente los hechos siguientes, así como las circunstancias que han dificultado vuestra información.

Más de cincuenta libertarios en estos momentos, se hallan detenidos en las prisiones españolas, y mucho de ellos ya llevan varios años sin ser juzgados. El mundo entero, que cada día oye hablar de las luchas de los vascos, ignora completamente este aspecto de la realidad española actual. En España misma, la existencia y los nombres de estos compañeros son citados a veces ante un sector restringido de la opinión, pero se guarda generalmente silencio sobre lo que han hecho y sobre sus motivos; y nada concreto se emprende para lograr su liberación.

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De la cincuentena de presos libertarios, en su mayoría presos en la cárcel de Segovia, aunque también en otras cárceles (la "Modelo" de Barcelona, las de "Carabanchel" y "Yeserías" de Madrid, la de Burgos, la de Herrera de la Mancha, la de Soria ... ), muchos son inocentes, víctimas de las clásicas provocaciones policiales. De éstos se habla un poco, y hay quien está dispuesta defenderles, pero más bien pasivamente. Pero en cambio, la mayoría de los presos, han dinamitado efectivamente vías férreas, tribunales, edificios públicos. Han recurrido a expropiaciones a mano armada contra diversas empresas y buen número de bancos. Se trata en particular de un grupo de obreros de SEAT de Barcelona (que en un tiempo se denominaron "Ejército Revolucionario de Ayuda a los Trabajadores"), que quisieron de este modo aportar ayuda pecuniaria a los huelguistas de su fábrica, así como a los parados; y de los "grupos autónomos " de Barcelona, Madrid y Valencia, que han actuado por el estilo, mayor tiempo, con la intención de propagar la revolución por todo el país. Estos compañeros son igualmente los que se sitúan en las posiciones teóricas más avanzadas. Y mientras el fiscal pide penas individuales de entre treinta y cuarenta años de condena para algunos de ellos, ¡precisamente sobre éstos se cierne el silencio más absoluto y el olvido voluntario de tanta gente!

No ignoramos que muchos libertarios pueden no estar de acuerdo con determinadas tesis de los compañeros autónomos, y pueden no querer dar la impresión de que se suman a ellas al hacerse cargo de su defensa. ¡Anda ya! No se discute de estrategia con compañeros que están en la cárcel. Para que esta interesante discusión pueda comenzar, primero hay que sacarlos a la calle. Creemos que estas divergencias de opinión, que agrandadas por el efecto de excesivos escrúpulos, correrían el riesgo de llevar a algunos de los que finalmente se llaman revolucionarios, a no plantearse tal defensa como cosa propia, pueden concretarse en cuatro tipos de consideraciones. O bien ciertos libertarios juzgan de otra manera, dentro de una óptica menos más apaciguable, la situación actual y sus perspectivas de futuro. O bien no están de acuerdo con la eficacia de las formas de lucha que los dichos grupos autónomos han elegido en este momento. O bien contemplan el caso en el que aquéllos se han comprometido deliberadamente, como poco defendible en el terreno de los principios, o solamente desde el punto de vista judicial. O bien creen estar totalmente desprovistos de medios de intervención. Estimamos nosotros que muy fácilmente podemos reducir a nada tales objeciones.

Quienes en los momentos actuales, esperan cualquier nueva mejora en la situación sociopolítica de España son evidentemente los que más se equivocan. Todos los placeres de la democracia autorizada hace mucho que dejaron atrás sus días más felices, y cada cual ha podido comprobar que sólo eran eso. En lo sucesivo todo se agravará, en España y en todas partes.

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Comprendemos mucho más las objeciones que pueden hacerse desde un planteamiento puramente estratégico. Podemos preguntarnos en efecto si, por ejemplo, atracar bancos para emplear el dinero en la compra de maquinaria de imprenta, que a continuación deberá servir para publicar escritos subversivos, es el camino más lógico y eficaz. Pero en todo caso estos compañeros indiscutiblemente lograron la eficacia, aunque de otra manera: simplemente, al acabar en la cárcel por haber aplicado por mucho tiempo y sin dudarlo un segundo, este programa de acción que ellos mismos se habían trazado. De este modo han prestado un gran servicio a la causa de la revolución, en España y en todos los demás países, precisamente porque han creado un campo práctico evidente que permitirá a todos los libertarios esparcidos por España aparecer y reconocerse en la lucha por su liberación. Gracias a su iniciativa, os ahorran la molestia de buscar, a través de largas y difíciles discusiones, cuál sería la mejor forma de comenzar a actuar. No puede haber mejor forma que ésta, pues ella es muy justa en teoría y muy buena en práctica.

Ciertos libertarios tendrán tal vez la impresión de que la gravedad de los hechos, desde el punto de vista judicial, vuelve más difícil la defensa de los compañeros. Creemos al contrario, que la misma gravedad de estos hechos facilita cualquier acción bien calculada en su favor. Los libertarios no pueden, por principio, dar valor a ninguna ley del Estado, y esto es especialmente verdad cuando se trata del Estado español: considerando la legalidad de su origen y todo su ulterior comportamiento, concluiremos que su justicia nunca podrá funcionar decentemente sino es en forma de amnistía, proclamada por quien le venga en gana.

Por otro lado, asaltar bancos naturalmente es -un crimen muy grave a los ojos de los capitalistas; no a los ojos de sus enemigos. Lo reprobable es robar a los pobres, y justamente todas las leyes de la economía -leyes despreciables, destinadas a ser abolidas mediante la completa destrucción del terreno real en donde se aplican- nos garantizan que jamás un pobre se hizo banquero. Ocurrió que, en un encuentro en el que se intercambiaron disparos, un guardia jurado fue muerto. La indignación humanitaria de la justicia a ese respecto parece sospechosa en un país en el que la muerte violenta es tan frecuente. En ciertas épocas, uno puede morirse como en Casas Viejas o como en la plaza de toros de Badajoz. En otras, según las necesidades tecnológicas del incremento del beneficio, también puede uno morirse deprisa y corriendo, como los doscientos campistas pobres asados en Los Alfaques o los setenta burgueses entre el lujo de plástico de un gran hotel de Zaragoza. ¿Se atreverán a decirnos que nuestros compañeros "terroristas" son responsables de tales hecatombes? No, son tan poco culpables de ello como de la contaminación del golfo de Méjico, porque todas esas pequeñas ligerezas han sido cometidas cuando ellos ya estaban en prisión.

La cuestión no tiene nada de judicial. Es una simple cuestión de correlación de fuerzas.
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