19/20 de diciembre
La insurrección del 20 de diciembre es una bisagra en la historia de las luchas populares argentinas. Con una demostración de fuerza espontánea, irreverente y valiente de un pueblo cansado de humillaciones, el día después no es para quedarse en el anecdotario de la refriega.
El gobierno de Fernando De La Rúa, sumido en el desprestigio, aislado, sostenido por un sector del capital financiero, de las empresas privatizadas pero abandonado hasta por la Casa Blanca y enfrentado al sector industrial, los multimedios, a las centrales sindicales, al Partido Justicialista y odiado por el conjunto de la población condenada al ajuste infinito, se agotó y desangró en horas.
En las calles se autoconvocaron vecinos, empleados, hombres, mujeres, niños, ancianos, de a pie, en auto, con cacerolas, palos, bengalas. La Plaza de Mayo a tope. En cada barrio de la ciudad de Buenos Aires durante la noche del 19 al 20 de diciembre se ocuparon las esquinas, se desconoció el estado de sitio, había que echar a ese gobierno, es la voz del pueblo en la calle. El gobierno no le daba miedo a nadie.
Se ha recuperado la calle, el espacio público para hacer política. Pero curiosamente una de las señales distintivas de la manifestación fue el absoluto rechazo a las banderas de partido. Esta actitud, alentada desde los medios de comunicación de masas, jugaba a favor de la desorganización y la fragmentación, caldo de la derecha, y cerraba las puertas allí donde las organizaciones populares no habían alcanzado desarrollo ni legitimidad. La única identidad aceptada fue la bandera celeste y blanca, el único canto unánime el himno nacional, la única consigna “Argentina, Argentina”.
La rebelión puede leerse como el emergente de un proceso de hartazgo del “pueblo” en su conjunto. La apropiación de la Plaza de Mayo fue la conquista del espacio que representa históricamente la toma de decisiones en el país. Por eso la importancia, tanto para el gobierno (consciente) como para las fuerzas populares (instintiva) de mantener su dominio. La lucha se desarrolló entonces en el terreno de lo simbólico, pero su fuerza fue material, de cuerpo contra cuerpo. Metro a metro se defendió la Plaza de Mayo. A medida que las horas se sucedían y la represión radicalizaba las formas de lucha, los sectores medios y las personas más moderadas se fueron retirando del terreno de batalla. En ese sentido puede afirmarse sin dudas que a De La Rúa lo echó la heroica resistencia de la juventud.
Ya cuando la medianoche del 20 cubría con un manto de negra incertidumbre el sueño de los barrios de la periferia porteña, se advertían tiroteos en las cercanías de los centros de almacenamiento de los grandes hipermercados (que resultaron menos afectados porque los cuidó muy bien la policía provincial y sus guardias privadas). Y comenzó a correr el rumor de que los vecinos descontrolados ante el fracaso de su incursión de saqueo se dirigían a los barrios obreros a arrasar con las casas de los trabajadores. El cuadro de psicosis se completó con mensajes repetidos una y mil veces por radio y televisión que hablaban de vecinos saqueando casas de vecinos.
En todo el territorio conurbano y por cuatro noches se organizaron piquetes de vecinos armados que aguardaban la llegada de los saqueadores, que jamás se presentaron. La paranoia fue el modo de pensamiento en estos barrios, alimentada por las operaciones de las policías, los servicios de inteligencia del Estado o militantes del Partido Justicialista que sembraban el miedo, la psicosis y el enfrentamiento de barrio contra barrio.
La dolorosa evidencia de la muerte se siente en el exacto momento en que podemos identificar el rostro de quien ya no podrá acompañarnos. Un odio de clase con nombre y apellido. La justicia del pobre, la justicia de acá abajo, esa por la que peleaban Carlos “Pepete” Almirón y los anónimos nombres de los muertos de la insurrección en Argentina, unos muertos cada vez menos anónimos.
El pueblo vio expropiada su victoria por una banda de ladrones. Los peronistas se reparten cargos sobre los muertos del pueblo. Petete los odiaba, y los seguiría repudiando si le quedara un aliento de fuerza para volver a tirarles una piedra aunque más no sea.
Fue un país virtualmente sin gobierno. Cualquier partidario del caos y de la anarquía mal entendida festejaría la hazaña, pero lo cierto es que ninguna fuerza popular organizada, ni el “pueblo” por sí mismo han sido capaces de aportar un rumbo coherente a la vida social del país el día después de la pueblada.
Los anarquistas nos hallamos en la dispersión más absoluta. En las escaramuzas callejeras se ha visto individualidades repartiendo piedra y a nuestros militantes compartiendo la organización de barricadas con otras fuerzas, pero hablamos de expresiones mínimas de un movimiento que en Argentina tiene una deuda pendiente con su pueblo.
La revuelta en Argentina nos deja un gran aprendizaje -que aún debemos sistematizar- pero sobre todo una gran reflexión sobre nuestras propias limitaciones. No teníamos un sistema de acción ni de ruptura para casos de insurrección autoconvocada. También dejó en evidencia que la izquierda en general no fue considerada como interlocutor valido por el "pueblo" alzado. Y que los anarquistas como tales no pueden atribuirse responsabilidad alguna en el rumbo de los acontecimientos, sencillamente porque nuestra participación fue anónima y numéricamente insignificante.
Si bien la pueblada no puede ser leída dentro del proceso de ninguna estrategia política particular, en ella confluyen experiencias de más de diez años de enfrentamientos de la clase trabajadora contra el neoliberalismo y nuevos actores, nuevas maneras y nuevos valores para entender la política. Por eso no es posible hablar de un todo, ni central ni descentralizado.
Los y las manifestantes han suprimido la palabra, sustituyéndola por el ruido ensordecedor de la cacerola. Hubo ausencia de espacios de socialización, reflexión y análisis.
Presos de la dinámica de la lucha, los MTD, actores indiscutibles del proceso de resistencia en este año que se apaga, no han alcanzado el desarrollo político y la ascendencia necesaria para imprimir una dirección de clase a las fuerzas populares, orientación que corresponde a la clase trabajadora en su conjunto.
Debemos tener en cuenta que las luchas de la clase en todo este tiempo, no sólo de los desocupados, han sido muy fuertes, a pesar de la lacra burocrática que continuamente frena con mayor o menor éxito la actividad de lucha de trabajadores y trabajadoras.
Se abre de todos modos una oportunidad a las fuerzas revolucionarias.
Habremos de dar pelea ideológica en los mismos barrios en los que vivimos desde nuestras organizaciones populares de pertenencia; llamar en las zonas en que tengamos presencia al resto de las organizaciones para evaluar lo sucedido y para desarrollar herramientas que enfrenten el terror estatal y constituir organización popular o por lo menos germen de ésta, que no se retroalimente la violencia horizontal.
Es una tarea de conversar, de ver, de luchar contra la desconfianza en lo colectivo, en la política y contra el miedo.
No hemos contado con un proyecto global de oposición al capitalismo. Claro que esta propuesta no es invento de cuatro cabezas sino experiencia concreta de un pueblo. El “pueblo” en la calle ha puesto límites a los saqueos del poder. Pero el conflicto con el sistema capitalista no se resuelve en las calles: éste puede ser su escenario principal de confrontación, pero el conflicto de clases se resuelve en las oficinas, en los talleres, en las fábricas, en las empresas, en el campo, en las minas...
No se podrá borrar de la memoria colectiva el 20 diciembre pero si tratará la burguesía de otorgarle un nuevo significado a partir de las nuevas relaciones de fuerzas que abre. Debemos recordar que el Partido Justicialista posee una estructura que atraviesa todo el tejido social y que la burguesía actúa como una clase aún superando sus pujas internas. Ante esta crisis orgánica queda al desnudo la orfandad de un proyecto revolucionario encarnado en un movimiento popular unificado. Se luchó contra los gobernantes y contra “los políticos, los jueces, etc.” pero no contra el capital.
Hemos iniciado un proceso que recoge una rica herencia de lucha popular pero que necesita de nuevas herramientas para crecer. Debemos desarrollar una actividad común para afianzar la permanencia de resistencia.