Revolución española
La revolución Española de 1936 comenzó durante el estallido de la Guerra Civil Española. La mayor parte de la economía Española fue puesta bajo el control de los trabajadores; principalmente en áreas anarquistas como Cataluña, este fenómeno llegó al 75% del total de la industria, pero en las áreas de influencia socialista la tasa fue bastante menor. Las fábricas fueron organizadas por comites de trabajadores, las áreas agrícolas llegaron a colectivizarse y funcionar como comunas libertarias. Incluso lugares como hoteles, peluquerías, y restaurantes fueron colectivizados y manejados por sus propios trabajadores. George Orwell describe una escena de Aragón durante este periodo, en el cual participó como parte de las brigadas internacionales, en su libro Homenaje a Cataluña:
Yo estaba integrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental donde la conciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario. En Aragón se estaba entre decenas de miles de personas de origen proletario en su mayoría, todas ellas vivían y se trataban en términos de igualdad. En teoría, era una igualdad perfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo. En algunos aspectos, se experimentaba un pregusto de socialismo, por lo cual entiendo que la actitud mental prevaleciente fuera de índole socialista. Muchas de las motivaciones corrientes en la vida civilizada —ostentación, afán de lucro, temor a los patrones, etcétera— simplemente habían dejado de existir. La división de clases desapareció hasta un punto que resulta casi inconcebible en la atmósfera mercantil de Inglaterra; allí sólo estábamos los campesinos y nosotros, y nadie era amo de nadie.
Las comunas fueron usadas de acuerdo al principio básico de "De acuerdo a su habilidad, a de acuerdo a su necesidad". En algunos lugares, el dinero fue totalmente eliminado, para ser reemplazado por vales. Bajo este sistema, el costo de los bienes fueron con frecuencia un poco más de un cuarto del costo anterior.
A pesar de las criticas que aclamaban por la máxima eficiencia, las comunas anarquistas producían más que antes de ser colectivizadas. Las zonas liberadas recientemente trabajaron sobre los principios libertarios: las decisiones eran tomadas a través de concilios de ciudadanos comunes sin ningún tipo de burocracia ( cabe mencionar que el liderazgo de la CNT-FAI en este periodo no fue tan radical como los miembros responsables de estos drásticos cambios).
Sumado a la revolución económica, existió un espíritu de revolución cultural. Algunas tradiciones eran vistas como tipos de opresión. Por ejemplo, a las mujeres se les permitió tener abortos, y la idea del "Amor Libre" se hizo popular. De alguna manera, la liberación fue similar a la que los movimientos de la "Nueva Izquierda" de los 60'.
Cuando la guerra se inició, el espíritu de los primeros días de revolución afloraron y comenzó la fricción entre el ala de la izquierda radical. En parte, esto fue debido a las políticas del partido comunista, las cuales tomaban sus señas desde el ministerio del exterior de la Unión Soviética estalinista, la fuente de la mayor ayuda extranjera por el lado Republicano. La política comunista proclamaba que la guerra no era el tiempo indicado para la revolución, que hasta que no se ganase la guerra, la principal meta debía ser la derrota de las fuerzas de Franco, no la abolición del capitalismo, el cual sería atendido cuando la guerra terminase. Los demás partidos del ala izquierdista, particularmente los anarquistas y Troskistas, estuvieron fuertemente en desacuerdo con esto; para ellos la guerra y la revolución eran lo mismo. A las milicias de los partidos y grupos que se habían proclamado en contra de la posición Soviética pronto se les detuvo la ayuda. A causa de esto, la situación en la mayoría de las áreas Republicanas comenzaron lentamente a revertir los cambios realizados, de muchas formas la "revolución" acabó antes del triunfo de las fuerzas de Franco en 1939.