La bomba en el Liceu

Un hombre joven, de unos 30 años de edad, vestido con un traje muy gastado y tocado con una gorra, se detuvo frente al Liceu. Un numeroso grupo de gente se había reunido allí contemplando la gran agitación que tenía lugar en la puerta principal del edificio. Dos hombres de uniforme intentaban conseguir un cierto orden en aquel caos.

Uno tras otro llegaban elegantes carruajes de todo tipo, tirados por briosos corceles. De él descendían hombres y mujeres elegantemente vestidos. Esa noche, 7 de noviembre de 1893, daba comienzo la temporada de ópera con la representación de Guillermo Tell, de Rossini, y se había dado cita en este teatro la alta sociedad barcelonesa.

Cansado de la contemplación de un espectáculo tan deprimente, el joven con las manos en los bolsillos del pantalón, extrañamente abultados, cruzó la calle sorteando los vehículos e internándose en una calle lateral, donde estaba situada la entrada para los pisos superiores del teatro. Se había gastado el último dinero que poseía en la adquisición de su localidad y quería tener la oportunidad de coger un buen sitio en el quinto piso, el más económico, aunque tendría que permanecer de pie, ya que esas localidades no daban derecho asentarse.

Lentamente, envuelto en un enjambre humano, en su mayor parte vestido tan pobremente como él, fue subiendo las empinadas escaleras, que lo conducirían hasta su destino. Cuando llegó arriba, ya había una buena cantidad de personas que ocupaban la balaustrada que daba directamente al patio de butacas. Escogió un lugar discreto en un lado y se puso a contemplar las evoluciones de los que poco a poco iban ocupando los asientos de platea y los palcos de los pisos inferiores.

Faltaban tan sólo algunos minutos para que diera comienzo la obertura y el gran teatro estaba ya prácticamente lleno. El joven observaba con ojos críticos el lujo del interior y la elegancia estética que contrastaba con la sobriedad del exterior. El aforo, alrededor de 3.600 plazas, se completaría esta noche, como casi siempre sucedía en la apertura de la temporada.

Con un silencio impresionante, que contrastaba con los murmullos de unos instantes antes, la orquesta atacó los primeros compases de la obra. Unos minutos después se alzó el telón y comenzó la representación. El joven parecía seguir con gran atención el desarrollo del drama que apenas se divisaba desde la altura en la que se hallaba, pero llegaba nítidamente la música que lo acompañaba y las potentes voces de los intérpretes. Su cara se había contraído en un gesto reflexivo y, en ocasiones, su mirada se perdía en el patio de butacas para luego subir lentamente hasta un punto indefinido del quinto piso.

En cuanto cayó el telón, después de finalizado el primer acto, una imponente salva de aplausos atronó el espacio del teatro. En el quinto piso, casi todo el mundo salió afuera a fumar y comentar el desarrollo de la obra; también hubo un gran movimiento en el patio de butacas y en los palcos, buscando el exterior. Pero el joven prefirió quedarse para ocupar un lugar, en el centro de la galería, desde el que podía observar con mejor perspectiva el escenario y el patio de butacas. Pocos minutos después, un timbre anunciaba el comienzo del segundo acto y los espectadores volvieron a sus asientos.

Apenas habían transcurrido unos instantes del comienzo del segundo acto, cuando el joven, metiéndose las manos en los bolsillos las sacó cargadas con unas extrañas bolas metálicas que dejó caer discretamente. Un instante después se oyó un impresionante estruendo y la platea se llenó de un humo espeso, mientras se multiplicaban los ayes de dolor y la confusión aumentaba cada vez más. Había hecho explosión la primera bomba Orsini, pero la segunda había visto amortiguado su impacto por el cuerpo de una mujer muerta con la explosión de la primera y no llegó a estallar, así que la tragedia fue menor de lo que podía haber sido. Aun así, el recuento oficial dio 22 muertos y una treintena de heridos.

Santiago Salvador, el autor del atentado, se escabulló tranquilamente del lugar del suceso aprovechando la confusión de los primeros momentos, pero no ocurrió así con otros dos conocidos anarquistas que fueron arrestados en el mismo teatro.

Comenzó, de esta forma, una terrible caza al anarquista, siendo encartados muchos de ellos y algunos condenados a muerte y fusilados a pesar de no haber tenido nada que ver en el suceso.
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