Contraste
N. Estevanez. El Martillo, Valparaíso, 18 de abril de 1902.

Espléndido salón, bellos tapices,
del Arte y la Natura los primores,
en aromas, colores y matices
de hermosos cuadros y fragantes flores.
Consejeros y socios de la empresa
en mullidos sillones reclinados
trabajan sin descanso en una mesa
cubierta de licores y de helados.
Entre cuentas y cuento
ve trascurrir las perdurables horas
cual fugaces momentos
de risas bienhechoras
Un señor secretario,
mas orgulloso que una estatua ecuestre,
va cortando del libro talonario
los gajes del trimestre.
Y se va cada cual por donde vino
bendiciendo su sino.

Como dantesca sombra se desliza
a la luz resinosa de una tea,
una figura negra que horroriza;
parece un hombre…dudo que lo sea.
Desnudo y encorvado y sudoroso,
famélico y sediento
se ajita sin reposo
en peligro constante de hundimiento,
ahogándose en la estrecha galería
donde un siglo parece cada hora
al que trabaja allí desde la aurora
hasta que muere el día.

¡Cuántos parias así viven y mueren
condenados a torpe servidumbre,
porque así lo requieren,
la sociedad, la lei y la costumbre!

A media noche duerme el accionista
sobre blandos colchones,
y aun en sueños le pasan por la vista
dividendos, billetes y cupones.
El minero en su choza miserable
sobre el jergón dormita
y en sueños ve pasar su inolvidable,
su constante ilusión ¡la dinamita!
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