Australia
El movimiento libertario australiano se cuenta entre los más jóvenes del mundo: como tal movimiento, apenas conoce diez años de vida. Ello no le ha impedido ser una de las más importantes fuerzas de oposición en el país, pero tampoco le ha evitado importar todas y cada una de las divisiones en que vienen debatiéndose todos los libertarios del mundo.
«¡Ah! Pero ¿hay anarquistas en Australia?», se preguntarán aquellos que, escarbando entre vagos recuerdos de canguros y koalas, hayan conseguido responder afirmativamente a una pregunta todavía anterior: «¿Es que existe Australia?»
Australia existe. Bajo una duda inconfesable respecto a la posición relativa de los pies y la cabeza de sus 14 millones de habitantes, pero existe. Y en aquellas tierras, mitad desierto, mitad vergel, algunos centenares de compañeros luchan como nosotros contra lo que también nosotros luchamos, conscientes de que sólo el esfuerzo solidario conseguirá destruir un tinglado represivo que se ha enseñoreado del globo.
Geo-política anárquica
Con una población (13,5 millones de habitantes) que no rebasa el 3 por 100 de la europea, pero repartida por una extensión equivalente a 3/4 de Europa, Australia concentra al 86 por 100 de sus habitantes en las ciudades de sus seis Estados y dos Territorios. Las islas, salvo Tasmania, están prácticamente deshabitadas, y aún ésta está poco vinculada a la gran islacontinente.
La primera barrera que debe, por tanto, enfrentar el anarquismo australiano es geográfica. A la enorme distancia que le separa de otros centros del movimiento anárquico mundial, se suma la tampoco despreciable distancia entre las ciudades donde desarrolla su actividad el anarquismo australiano. El grupo de Perth, por ejemplo, se encuentra a 2.700 kilómetros del centro afín más próximo, y entre las ciudades de las costas Este y Sur -Camberra, la capital, con 210.000 habitantes; Sidney, con 3 millones; Melbourne, 2,7; Brisbane, 1; Adelaida, 0,9 millones-, que son las de mayor actividad libertaria, hay unos 800 kilómetros de promedio.
Ello explica no sólo que la historia reciente del anarquismo australiano apenas cuente veinte años, sino que la mínima coordinación y conocimiento recíprocos que permiten hablar de un «movimiento libertario australiano» no se da hasta esta misma década. Los continuos viajes entre las ciudades de la costa Este-Sur, e incluso entre éstas v el Estado de Australia Occidental en el lejano Oeste o el Estado-isla de Tasmania, han sido el vehículo con el que se ha tejido el joven movimiento en unas condiciones dignas de valorar.
No debe, sin embargo, confundirse este logro con ningún tipo de uniformización. Cada grupo ha mantenido sus características diferenciales, incluso a veces agudizadas, siendo las acciones concretas el punto de encuentro más común. La insularidad de las ciudades australianas se ha traspasado a los grupos que actúan en ellas Y así vemos cómo cada una de las distintas tendencias tiene -forzando un poco la imagen- una ciudad por capital. El original consejismo australiano se centra en Brisbane, la gran ciudad de Sidney capitaliza las corrientes más individualistas y espontaneístas, mientras que en Melbourne se dan cita los libertarios que han preferido centrar su acción dentro de los sindicatos.
Un poco de historia
El primer grupo anarquista australiano identificable se reunió por primera vez el 1 de mayo de 1886 en Melbourne. Pero sus corrientes individualista y comunista a los tres años se separaron, aportando la primera miembros al Partido Laborista y la segunda al Comunista. A pesar de su reducido número -nunca pasó de 75 personas-, este club era el único organismo de izquierda que había en la ciudad por aquella época, y fue también el germen del que nació el grupo de Sidney durante la década siguiente.
Algunos débiles jalones, como el movimiento anarco-comunista que actuó en Sidney en los años anteriores a la 1 Guerra Mundial o la fuerte personalidad de «Chummy» Fleming en los cincuenta, permiten no perder el hilo de una historia que propiamente empieza hace sólo unos años.
A pesar del temprano desarrollo de un sindicalismo industrial de clase en Australia (particularmente entre mineros y pastores), una serie de derrotas de la clase obrera en la década de los noventa orientaron al movimiento sindical hacia la representación parlamentaria y el arbitrismo desde sus orígenes, tendencias que hoy aún permanecen dominantes.
El sindicalismo revolucionario llegó a Australia proveniente de América en el período 1950-1908, y llegó a ser una importante corriente sindical hasta 1921. Tras el Congreso de Sidney de 1908 se establecieron clubs IWW en las más importantes capitales, ya fuera en la línea del Partido Socialista del Trabajo (Detroit), ya en la puramente sindicalista (Chicago). Había comenzado una importante etapa de agitación que culminaría, por una parte, con la ¡legalización de los IWW a causa de su campaña contra el reclutamiento militar para la 1 Guerra Mundial y, por otra, con la adopción de su programa básico de un sindicato único (The One Big Union) por el Consejo de Sindicatos de Nueva Gales del Sur y secciones importantes del Partido Laborista (PL).
Hasta los años sesenta el sindicalismo radical (y su «variante australiana», de un partido controlado por los sindicatos) fue sólo una tendencia en la política sindical de laboristas y comunistas, pero a partir de entonces se incrementa notablemente la actividad política directa de los sindicatos. Por un lado, a causa de la negativa sindical a pagar las multas que el Tribunal Industrial imponía ante las huelgas ilegales por otro, debido a la radicalización que siguió a la participación de Australia en la guerra de Vietnam. La destrucción del sindicato más combativo, el de la construcción de Nueva Gales del Sur, se inscribe en esta línea y provocó el trasvase de miembros del Partido Comunista de Australia (que no es ni moscovita ni chino) a grupos anarquistas. Con la disolución del gobierno laborista en 1975, la convicción de que es necesario un poder sindical independiente y no parlamentario se ha afianzado en la izquierda en general.
El nacimiento del M L australiano
Sólo a partir de los años sesenta puede empezar a hablarse de un movimiento libertario australiano, encapsulado hasta entonces en los distantes oasis ciudadanos. Se trata, por tanto, de un movimiento extremadamente joven Y diversificado cuya corta historia es un maremagnum de siglas, fusiones v trasvases. Sus antecedentes inmediatos se encuentran en los grupos de exiliados de lenguas italiana, rusa, española y búlgara, que si apenas tuvieron incidencia en la sociedad australiana de su época, sí dejaron la semilla que ahora recoge la generación de sus hijos. Estos, junto a los de otros emigrantes no anarquistas, a trabajadores provenientes del PC y del PL y a sectores universitarios y juveniles, son los principales integrantes del actual movimiento.
Es significativo el hecho de que el anarquismo australiano renazca en torno a un primer grupo formado en Sidney por disidentes del PC y de la librepensadora Sociedad Libertaria de esta ciudad, pues la interpenetración entre partidos políticos, sindicatos y libertarios es quizá una de las notas más chocantes del antiautoritarismo en este país.
A grandes rasgos, tres son las grandes tendencias actuales, netamente definidas ideológica y orgánicamente. El Self-Management Group (SMG) o Grupo por la Autogestión fuertemente influido por las ideas de Castoriadis transmitidas a Australia a través del grupo inglés «Solidarity», cuya propaganda ha calado profundamente en todos los Estados. La Federación Socialista Libertaria (FSL), cuya acción se orienta prioritariamente al interior de los sindicatos. Y la Federación Anarquista Australiana (FAA), que si bien nació pretendiendo aglutinarlos a todos, de hecho ahora encabeza otra tendencia, más reacia a una organización militante.
El SMG nace en 1970 y se mueve en esa tenue frontera que en ocasiones separa (o une) al consejismo del comunismo libertario. Con casi (o sólo) un centenar de militantes en sus momentos de mayor auge, llegó a configurar no sólo la mayor corriente libertaria organizada que ha habido en Australia, sino el grupo de extrema izquierda más activo y desarrollado (téngase en cuenta que el mayor partido de la izquierda australiana es el PCA, con apenas 3.000 afiliados); aunque su presencia ha mermado bastante en los últimos años a causa de las sucesivas escisiones, que han escogido colores tan dispares como el rosa contracultural o el más cárdeno leninismo.
Con una opción de socialismo humanista, el SMG está considerado por algunos grupos como «autoritario» en la medida en que su esforzado militantismo le ha llevado a darse una fuerte organización, calificada por aquellos de «trostkista» y justificada para otros por la mayor represión reinante en Tierra de la Reina. «Nuestros grupos serán clandestinos mientras los enfrentamientos no sean asumidos por los restantes trabajadores», podemos leer en el «Libertarian Worker», su órgano de expresión. Antimarxistas, rechazan también lo que consideran «frentes interclasistas», como el feminista o el antimilitarista. Pero lo que es definitivo en ellos es su antisindicalismo. «Los sindicatos, piezas intermediarias entre los trabajadores y sus jefes, no articulan una contradicción, sino una simbiosis», «nunca las necesidades de comida, vivienda, amores o control de sus vidas por los trabajadores han sido objeto de la lucha sindical ... », pero «tampoco propugnamos unos nuevos sindicatos, que en la situación actual habrían de sufrir una evolución igual -a la de los anteriores».
El SMG, ubicado en su casi totalidad en Brisbane, centra su actividad en diferentes ramas laborales, especialmente en la sanitaria, donde propugna una organización descentralizada y no jerárquica basada en centros comunitarios de salud aglutinados en torno a hospitales especializados.
Caminos de (con)fusión
El impulso hacia un movimiento libertario de ámbito internacional cristaliza alrededor de 1970 en la Federación de Anarquistas Australianos, a través de una serie de conferencias y del boletín «Federación». A pesar de los posteriores altibajos de la FAA, es de estas iniciativas de donde arrancan también las actuales tendencias integradoras.
La Conferencia Nacional «anarquista-libertaria-autogestionaria», convocada por los grupos de la universidad melboureña de La Trobe y Sidney, en cuya preparación colaboran cenetistas exiliados, reunió en 1975 a 300 compañeros de todas las tendencias y principales ciudades. La FAA así confirmada acogió, aunque efímeramente, al grueso del anarquismo militante australiano, y su boletín «Federación» pasó a tirarse sucesivamente por los diferentes grupos que la integraban.
Pero en la FAA convergían gentes demasiado heterogéneas: grupos distintos de distintas ciudades, con extracciones sociales muy diversas, estructuras organizativas muy diferentes y compromisos ideológicos y políticos en extremo diversificados. No tardó en producirse una primera división, más o menos identificable con las distintas regiones, entre reproches recíprocos de «autoritarismo» e «irresponsabilidad». La II Conferencia de la FAA en Melbourne consagró estas tensiones al año siguiente. La Federación quedó reducida a una minoría de lo que fue, al tiempo que un importante grupo adoptaba las perspectivas sindicalistas de la revista melboureña «Libertarian Socialist», de donde nacería la Federación Socialista Libertaria.
Actualmente, la FAA centra sus actividades sobre todo en Sidney, la ciudad donde mayor predicamento tienen las ideas ácratas, y es punto de referencia de ese abanico que se abre entre la contracultura y la acción espontánea más o menos individualista, cuya «irresponsabilidad» no quieren asumir los restantes militantes organizados.
Sindical-catolicismo
Melbourne es el segundo centro del anarquismo australiano, que aquí se desarrolla ininterrumpidamente desde el 66. De origen universitario las i d e a s libertarias pronto se extendieron a otros medios, incluidos los emigrantes, siendo hoy la ciudad que cobija mayor número de iniciativas en este campo. En ella se da cita el más nutrido grupo de la Federación Socialista Libertaria (FSL), que también se extiende por Sidney, Adelaida y Tasmania. Su estrategia se caracteriza por «entrar en todas las actividades progresistas», particularmente los sindicatos, pero sin excluir la actuación dentro de partidos como el Comunista o el Laborista. Este «pragmatismo» fue fuente de agudas tensiones en la FSL el pasado año, al orientarse algunos de sus componentes hacia el anarcosindicalismo, otros hacia el PL y el movimiento sindical y otros, en fin, se ponían a elaborar una especie de marxismo-libertario, todo lo cual llevaba a las alianzas más inverosímiles, fuente a su vez de nuevos desencuentros. Hoy la FSL vive un proceso de convergencia y aspira a aglutinar en torno suyo las incipientes fuerzas conciliadoras.
«Para entender nuestras actuaciones, encaminadas a marcar una ruta no parlamentaria para toda la izquierda australiana - nos cuenta uno de los más destacados miembros de la Federación-, hay que entender lo que son los sindicatos australianos, que no tienen parangón con ningún otro modelo sindical en el mundo, por más que se puedan asemejar a los británicos en algunos aspectos.» El Australian Council of Trade Unions constituye una federación sindical única, organizada por Estados y muy pegada al Partido Laborista; «ni éste la controla, ni a la inversa: se trata de una simbiosis, Para la FSL, separarse del laborismo supondría hacerlo de los sindicatos y, en consecuencia, condenarse a la marginación más estéril.
«Ten en cuenta -insiste el compañero, inquieto ante el asomo de no ser comprendido- que distinguir en Australia entre laborismo y sindicalismo es como aquí pretender hacerlo entre español y católico.» Quienes no parecen comprenderlo son otros libertarios también australianos, para algunos de los cuales la FSL es una organización «obrerista» comprometida en exceso con la burocracia sindical oficial. En cualquier caso, esta Federación constituye la organización libertaria más numerosa hoy en el continente.
Fuera de estas tres «grandes» corrientes organizadas -SMG, FAA y FSL- hay otros grupos minoritarios o sin organizarse: el grupo de Camberra, diluido entre ecologistas, feministas y las «corrientes por un estilo de vida alternativo»; los agitados grupos de Perk, ciudad cuyo Departamento del Servicio Militar quedó parcialmente destruido por una bomba a comienzos de los años setenta; el Club Democrático, que en Sidney y Melbourne reúne a exiliados ugetistas y cenetistas; algún miembro de la Internacional Sindical Revolucionaria IWW, así como otros del Woodstock Anarchit Party, amén de «feministas insurrecionalistas», «anarco-surrealistas», etcétera.
Átomos, aborígenes y otras luchas
Esta imagen, no por caótica menos encorsetada, del movimiento libertario australiano adquiere mayor coherencia y vivacidad en torno a las actividades que los grupos desarrollan fuera de su submundo de siglas y definiciones.
Australia se cuenta entre los pocos países del mundo donde la lucha antinuclear está avivada principalmente por los propios trabajadores obligados a manejar tan peligroso material como el atómico, convencidos como están de que este tipo de energía es más peligroso aún que ese 5 por 100 de parados con que suelen chantajearles. En torno a este amplio movimiento convergen todos los grupos libertarios, si bien también lo apoyan desde el PC hasta la izquierda del PL, pasando por toda la gama ultraizquierdista. La conciencia de que sólo los trabajadores organizados pueden a e a b a r con el tráfico de uranio está muy extendida, hasta el punto de que hace unos meses los trabajadores portuarios consiguieron, tras duros enfrentamientos con la policía, boicotear una importante descarga de este material en Melbourne. (No faltó la otra cara de la moneda cuando, al poco tiempo, los estibadores de Brísbane se ofrecieron a hacerlo.) El último mes de febrero ha tenido lugar un congreso sindical de ámbito nacional dedicado en exclusiva a unificar posturas precisamente sobre este tema.
El movimiento aborigen (apenas quedan unos 200.000 descendientes de los primitivos pobladores de las islas: menos del 2 por 100 de la actual población) se centra en las luchas contra las empresas mineras que amenazan con acabar con las pocas tierras que aún explotan los nativos originales, en buena parte dedicados al pastoreo. Los grupos libertarios, mayormente ciudadanos, no parecen especialmente sensibilizados ante este problema, por más que la solidaridad con las luchas aborígenes ha estado en el origen mismo de alguno de ellos.
El frente ecologista es amplio y a él se suman de un modo u otro todos los libertarios australianos. Impedir por todos los medios las talas salvajes de árboles, que han llevado a cuajar el dicho «Australia, bosque del Japón», es sin duda un objetivo principal entre los ecologistas, apenas menos enfatizado que el nuclear. A él se añaden los sabotajes a las autopistas (con barricadas, ocupación de viviendas expropiadas, etc.), auténticas fronteras internas que amenazan con acabar de desertizar el país.
Algún tímido ensayo de comuna agrícola, el esporádico florecer y agostarse de grupos anarco-feministas, además de la existencia de asignaturas sobre anarquismo enseñadas (?) por anarquistas en dos universidades, podrían poner un colofón coherente con el ambiguo panorama del anarquismo australiano que en estas líneas hemos pretendido reseñar. Un anarquismo que no está tan en nuestras antípodas como esa Australia que un día de 1788 nació para Occidente al asentar en ella los ingleses sus reales en forma de colonia penitenciaria.
El futuro del movimiento libertario australiano es, pues, una incógnita. El mimetismo que le ha llevado a importar las mil y una divisiones del Occidente europeo y norteamericano -divisiones que apenas caben en una población tan reducida y ensimismada como la australiana-, junto a su casi absoluta carencia de raíces, pueden llevarle a un progresivo fraccionamiento de todo punto estéril. Pero esa misma ausencia de lastre, que le ha permitido pasar de la nada a consolidar un movimiento con indudable peso específico en sólo unos años, puede también vitalizar el tímido renacer actual de aquel espíritu comprensivo que caracterizó los primeros años setenta, de modo que haga de sí mismo un movimiento fuerte en su propia diversidad.
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