Simón Radowitzky

"Traigo aquí para Simón, este manojo de flores, del jardín de los dolores, del alma y del corazón. Traigo para aquel varón, valiente y decidido, este manojo que ha sido, hecho con fibras del alma en un momento sin calma, de rebelde convencido..."

Barrio de Flores, sucio y roto, me da pena verte, como cantaba el flaco Morán. Voy a entrar a un bar que está en la esquina de Lacarra y Cnel. R. L. Falcón. Algo me llama la atención. La placa que consigna el nombre del coronel, tiene pegada una inscripción impresa: 'SIMÓN RADOWITZKY'.

Mi memoria recorre imprevistamente 93 años plus de historia: Estoy en 1909 en la intersección de Callao y Quintana, el calendario registra la fecha 14 de noviembre. Un rodado negro marcha lentamente. Hasta él se acerca corriendo un joven delgado que arroja algo y se aleja corriendo. Explota una bomba. Hay humo profuso y oscuro, gritos y silbatos. No entiendo nada. Luego me cuentan que el jefe de policía, nada menos que el famoso coronel Ramón Lorenzo Falcón y su secretario Juan Alberto Lartigou, volvían de una ceremonia en el cementerio de la Recoleta cuando sufrieron el atentado.

En ese año había habido 138 huelgas, violentas represiones y muertes de obreros. Los anarquistas responsabilizaban de los hechos al gobierno presidido por José Figueroa Alcorta y a su jefe de policía. Pero ¿quién podría pensar que ese ser flacucho e imberbe osaría cometer semejante crimen?

Al día siguiente, mis ojos se clavaron en los titulares de los periódicos. Todos hablaban con sorpresa de la calamidad.

Falcón y su secretario fueron sepultados con las máximas honras fúnebres. Enorme fue la aflicción en los cenáculos bien pensantes.

Rápidamente localizaron al autor del hecho, se trataba de un mecánico ruso de 18 años de nombre Simón Radowitzky, anarquista para más datos, que resistió los apremios y se limitó a reconocer su única autoría, justificada en la memoria de sus hermanos obreros muertos por la explotación y el salvajismo represor.

Fue condenado a prisión perpetua y lo trasladaron a Ushuaia, la ergástula del Sur, donde fue recibido como un héroe por todos los presidiarios.

Después de 21 años el presidente Yrigoyen cedió a fuertes presiones y lo indultó. Anduvo por Méjico y luchó en la Guerra Civil Española, obviamente en el bando republicano. Vuelvo a la esquina de Flores y contemplo la chapa tapada que hablaba de un ajusticiado y en la que ahora podía leer el nombre de su ajusticiador. Otro justiciero quiso contestar la historia oficial con su antagónica, la de los rebeldes que defendían con arrojo y temeridad un ideal de vida opuesto diametralmente al de los grandes controladores de la escena nacional.

El gesto anónimo me hizo pensar en los distintos caminos que se pueden elegir para enseñar la historia en estos tiempos posmodernos y de indiferencia general. Bien distantes de los del coronel Falcón y Simón Radowitzky.
Hosted by www.Geocities.ws

1