De Seattle a Praga
Rafael Uzcátegui.

El largo camino de los replicantes globales

Seattle, la ciudad cuna de la generación grunge amaneció ese 30 de noviembre con aroma de espíritu adolescente, olor que algunos recordaban haberlo disfrutado por última vez 30 años atrás, en la década aquella en que todo parecía posible. Activistas de todo el mundo habían llegado a la ciudad para confluir en las puertas de la Tercera Conferencia de la Organización Mundial de Comercio, enrareciendo el ambiente con un clima tenso de carnaval y consignas contra la reunión. La jornada reunió a 50.000 manifestantes, provocó centenares de arrestos, batallas campales con la policía en algunos sectores y la consternación de la sociedad norteamericana que padecía en carne propia situaciones que creía exclusivas del Tercer Mundo. Como una pesadilla, las escenas se han venido repitiendo en Davos, Washington, Berlín, Londres y repliega fuerzas para manifestarse de nuevo este septiembre en Praga. ¿Qué ha pasado en el mundo para que sectores beligerantes hagan un alto a sus diferencias, se pongan de acuerdo y protesten juntos en el mismísimo corazón de la bestia?

La Guerra Fría como génesis

Algunos intelectuales celebraron ese 30 de noviembre como el inicio de una nueva forma de movilización y protesta: "el siglo XXI empezó en Seattle", la afirmación es de Edgar Morín. Pero Seattle ha sido el fruto de una tendencia que ha venido constituyéndose en los últimos 30 años, fermentándose decididamente en la década de los 90.

La llamada Guerra Fría fue un hecho propio de ese período llamado modernidad inaugurado en el siglo XVII. Originado como oposición férrea al poder de la Iglesia -pero germinado bajo la influencia de su lógica- incorpora desde su inicio categorías propias de la religión. El culto a la razón se convierte en la versión moderna de la contradicción entre el bien y el mal, inaugurando así una larga era de pensamiento dicotómico.

La Segunda Guerra Mundial concretiza la bipolaridad y divide al mundo en dos sectores antagónicos. De esta manera, los conflictos sociales dentro de los países se explicaban por su posición en el área de influencia de ambos, Estados Unidos o la Unión Soviética. Pero si políticamente ambos polos parecían irreconciliables, económicamente se asemejaban por una creencia común: la fe en que la intensiva industrialización de sus países era sinónimo de progreso. La clase obrera surgía así como motor de cualquier transformación.

Es sólo cuando otros actores sociales no económicos exigen participación política, cuando las reivindicaciones se complejizan a la par de las sociedades de donde surgen.

Un suceso como el Mayo Francés tipifica claramente tal "explosión de subjetividades" -parafraseando a Foucault- y la irrupción de nuevos discursos que se reivindican transformadores: los estudiantes como clase, el feminismo, las contraculturas urbanas, el orgullo gay, el ecologismo. Estos saberes disentían de ambas concepciones del mundo, y en no pocos casos fueron duramente reprimidos en ambos lados del Muro de Berlín.

La fragmentación de tales movimientos en diversas tendencias y su radicalización coincide con el período terminal de la Guerra Fría. En Europa a finales de los 70 una serie de movimientos contra las armas nucleares (anti-OTAN principalmente) trascendían el espacio de lo nacional y eran respaldados por diversas formas de asociacionismo. Años después y orbitando en torno a la caída del Muro, las disidencias enfocaron baterías contra los organismos cuyos dictámenes reordenarían en consecuencia el mundo: Berlín (1989) y Barcelona (1992) son escenarios de tumultuosas manifestaciones frente a las reuniones del FMI y BM. Las convocatorias hechas después por los zapatistas para "encuentros intergalácticos", cimentaron en los noventa la complementaridad de las diversas intenciones para enfrentar, lejano del maniqueísmo bipolar, a un enemigo que se percibe común.

Tejiendo la red de la resistencia

Los sociólogos han acuñado recientemente un nuevo concepto: sociedad red. Con él tratan de referirse a la creciente interdependencia de las naciones en economías relacionadas globalmente y conectadas por los adelantos en materias de comunicación. El mundo se ha convertido en una fábrica mundial: un automóvil, por ejemplo, se ensambla con piezas producidas en 22 países distintos. Y si el espacio de la producción se ha flexibilizado, el de la toma de decisiones no se ha quedado atrás. Si bien Estados Unidos conserva el liderazgo militar, debe concertar políticas con actores tan diversos como importantes: los organismos multilaterales o bloques como la Comunidad Económica Europea. Instancias autocráticas como el Kremlin o el Pentágono han quedado relegadas al pasado.

Los movimientos sociales del presente corren parejo a los tiempos. Los grupos son celosos de su autonomía, a la vez que se organizan en redes descentralizadas con valores compartidos, pero con estrategias concertadas por cada uno. Su filosofía es tan amplia como incluyente y evita erigirse como una teoría acabada y omniabarcante. El martirologio propio de la izquierda obrera ha sido superado por una efectiva y lúdica estrategia: la creación de jolgorio carnavalesco como marco de las actividades. La fiesta termina contagiando a moderados y radicales y a su vez, acaparando la atención de los medios.

La desobediencia civil

"Una ley que nos desarrolla humanamente es justa. Una ley que degrada la naturaleza humana es injusta". El axioma pertenece a Martin Luther King, el defensor de los derechos civiles de la comunidad negra en los Estados Unidos. La desobediencia civil significa desobedecer leyes consideradas injustas y ha sido la filosofía adoptada por los replicantes, al considerar a organismos como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio como responsables de asegurar el desequilibrio entre las naciones. De allí su insistencia en obstaculizar la realización de cada una de sus reuniones, sin importar donde ella se realice. Esta noción de que los criterios de la economía pesan más que los intereses de la gente común y corriente, ha ocasionado alianzas impensables décadas atrás: los sindicatos han hecho causa común con las organizaciones ecologistas. Las agrias disputas sobre el defender o no plantas nucleares y fábricas de armamentos como puestos de trabajo quedan por los momentos en stand by. El trabajo mismo es un bien escaso en la actualidad y el culpable, concuerdan todos, es la dirección actual de la globalización económica.

El consenso es más difícil para la adopción táctica de la no violencia. Redes de Acción Directa capacitan a centenares de personas antes de cada jornada para mantener la calma en situaciones difíciles, enfrentar la brutalidad policial y tomar decisiones que involucren a todos. Pero nunca han faltado las vidrieras rotas o los contenedores incendiados como respuesta a las bombas lacrimógenas y los arrestos.

Aunque las organizaciones rechazan cualquier liderazgo por potencialmente engendrador de los autoritarismos del pasado, han tenido que convivir con las figuras carismáticas que resaltan los medios de comunicación. Cada aparición pública de José Bové, ese granjero francés ecologista y antimilitarista famoso por destruir un Mc Donald´s galo, es un espectáculo mediático. Pero son centenares los grupos y colectivos los que responden a cada convocatoria, y cada uno tiene como miembro a uno o dos "José Bovés" distintos. Esta diversidad de actores ha erosionado además el arquetipo del "revolucionario" o del "militante" clásico. Los menos tienen al Ché como modelo a seguir. Cada quién muestra orgulloso la identidad (o la suma de ellas) que normalmente ocupa: ama de casa, campesin@, mujer, punk, hippie, gay, trabajador, latino, indígena o pacifista. Una lección han dejado las viejas exclusiones de ayer: hoy, para el cambio que sea, todos somos necesarios.

Las nuevas tecnologías

El correo electrónico es el medio "oficial" de comunicación de los replicantes. La convocatoria a Seattle circuló, traducida en nueve idiomas, seis meses antes por Internet. Una forma de comunicación barata y al instante ha permitido la coordinación internacional para cada una de las acciones. En página web de Lobster Party International es posible bajar un directorio con mas de mil direcciones de organizaciones de todo el planeta. Las listas de discusión virtuales por su parte, permiten debatir las actividades, intercambiar información y hacer colectas de dinero para subvencionar pasajes para activistas de menos recursos. Páginas web explican con detalle, las leyes del país destino respecto a las manifestaciones. Cada mensaje recuerda el llevar el mayor número posible de cámaras fotográficas y videofilmadoras. Así a posteriori, cada cual podrá contar su versión por la red a receptores ávidos de noticias no sesgadas por las grandes agencias de prensa.
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