Muchos hay que no quieren creer en la siniestra
influencia que ejercen ciertos animales en los destinos humanos y se burlan
de la gente supersticiosa y crédula: pero en casa de don Silverio,
que es el gamonal de la rústica comarca, no sucede así.
Allí, todos, menos él, que
es leído y escribido, viven inquietos ante las constantes amenazas
que provienen misteriosamente de los seres irracionales.
El buen campesino sería completamente
feliz en el seno de su familia, porque la dulce Panchita lo quiere muchísimo,
y hasta la severa doña Nicolasa, su suegra, es la excepción
bondadosa del gremio, en cuanto a sufrida y callada; pero como no hay dicha
completa su modesto hogar es un nido de supersticiones.
Sentóse un día a la mesa el
bueno don Silverio y quedó gratamente sorprendido al ver que había
gallina sancochada en la bandeja.
Panchita, preguntó a su mujer, qué
significa esto de gallina en día lunes, cuan-do sólo las
comernos los domingos, desde que están tan caras!
Eso significa que la malvada gallina me cantó
esta mañana como un gallo, tuve, pues, que matarla inmediatamente
antes de que nos hiciera el maleficio.
Pero, qué estás diciendo, Panchita,
que no entiendo una palabra!
Digo que, cuando una gallina canta, imitando
la voz de¡ gallo, -cocorocó- es por-que va haber desgracia
en la casa y hay que matarla enseguida.
Mi hija tiene razón - apoyó doña
Nicolasa - porque la vez que me cantó a mí una gallina- ¡ay!
#-fué cuando murió el padre de mis hijos, picao de culebra
en el monte.
Ya ves Silverio! Yo no quiero que te pique
a ti ninguna culebra, ni que te pase cualquiera otra desgracia, como a
papá.
Más miedo le tengo yo a las culebras
que andan cobrando las planillas de los predios rústicos y le clavan
a uno el diente en el bolsillo!
No se burle Ud., Don Silverio, dijo la
suegra, de los secretos de la Naturaleza. El primero de los chicos que
yo tuve, se me, murió; el segundo también se me murió;
y el tercero... lo mismo. Adivine Ud. por qué se morían
estas inocentes criaturas?
Sin duda por efecto de¡ sarampión
o de la diarrea?
-No., señor: era por efecto de la palom#a
Santa Cruz.
Y qué hacía la paloma?
Yo, ignorante, tenía una de esas malditas
aves en su jaula, sin saber el daño que les hace a los niños,
hasta que una comadre fue y me dijo: -"Nicolasa, ahora mismo botas este
animal de la casa, que es el que está acabando con tus hijos." -Pues
le retorcí el pescuezo llena de ira y la dejé cadáver.
A la comadre?
A la paloma.
Ah!
Poco tiempo después tuve una niña,
que nació llena de vida, y es hoy la esposa de Ud.
De manera que la condenada paloma por poco me
deja sin mujer?
Ay Silverio, no seas burlón! Dijo la
mujer. Mira que hasta las palomas que llaman de Castilla son
de mal agüero, y por eso las familias precavidas las rechazan de sus
casas, y es cosa sabida que donde hay palomas hay desgracias.
Pues yo he comido muchas y no me han hecho daño.
Qué tonto te vuelves hombre!
Y para mayor prueba de lo malas que son las
palomas acuérdese, Don Silverio, de que los aviadores norteamericanos
que pasaron por aquí llevaban feliz viaje hasta que llegaron a un
Palomar, de Buenos Aires, donde se mataron dos.
La paloma, dijo Panchita, es como el puerco.
Me consta, afirmó el marido en tono socarrón:
se parecen como dos gotas de agua.
Yo no digo que se parezcan, pedazo de zoquete,
sino que sirven para malear a la especie humana.
También me consta: muchos han muerto
de una indisgestión de carne de puerco con chicharrones.
No lo tome Ud. a broma. Don Silverio.
Lo que dice mi hija es la verdad. El que va de noche por un camino
y se encuentra con un puerco que viene es hombre arruina-do.
Pero muchos son también los que se arruinan
sin topar con ningún chancho.
A mi marido le pasó una vez que se encontró
con un puerco al salir de la manga y le robaron el reloj y la cartera.
Nunca he sabido que los puercos robaran relojes!
Claro está que no fue el puerco el ladrón,
ni yo soy tonta para creerlo así, sino que el cerdo lo maleó.
Comprende Ud.?
No se enfade, señora Nicolasita!
Es que tú le tomas el pelo a la pobre
mamá, Silverio!
No, mi vida!
Y te burlas de las cosas serias. Tampoco
crees en la lechuza?
Cómo no he de creer, si ha visto muchas
y he matado algunas.
Pero serías capaz de negar que anuncian
la muerte con sus chillidos?
No lo niego. Sé que chillan fuerte
cuando están matando algún murciélago; y, desde luego,
le previenen una muerte atroz.
Quién habla de eso, hombre! La
lechuza lanza su chillido fúnebre cuando está para morirse
una persona.
Ah, diablos! Desde esta noche espanto
a todas las lechuzas que se paran en el techo!
Lo mismo es el perro, dijo la suegra.
Cuando este animal empieza a aullar lúgubremente es porque está
oliendo a la Muerte, que anda por las cercanías. Yo tiemblo
cuando oigo aullar a un perro.
Pues yo tenía uno, mi señora,
que aullaba siempre que lo dejaba encerrado; pero nunca sospeché,
ni él tampoco, según creo, que estaba oliendo a la muerte.
Lo único que se percibía en el cuarto, cuando yo abría
la puerta, era olor a perro, nada más.
Ahora que dicen muerte ¿has visto tú,
Silverio la mariposa de la muerte?
No todavía.
Pues es una grande y oscura, que tiene pintada
en las alas una calavera amarilla. Tu has visto bien una calavera?
No sólo calaveras, sino hasta calaveradas
he hecho muchas en mi vida, y las seguiré haciendo.
Pues cuídate de que esa mariposa se te
pare en la cabeza, porque serás hom-bre muerto.
Trataré de evitarlo en lo posible.
Estos hombres no creen en nada, murmuró
la suegra. Mi difunto tampoco que-ría creer en el chivo.
Cuéntale eso, mamá.
Pues hay, hijo mío, que el chivo es dañino
por su propia naturaleza.
En eso sí creo: cada vez que se arma
un chivo en cualquier parte puede haber muertos y heridos si la Policía
no llega a tiempo.
Yo hablo, dijo la señora, del verdadero
y legítimo chivo rumiante, pues donde llega ese animal y trisca
las plantas todo lo esteriliza. Se seca la yerba, se secan los esteros,
se les seca la leche a las vacas, todo se seca. Así pasó
en una finca rústica que nosotros teníamos: los chivos la
secaron.
Entonces, señora, yo debo de llevar algún
chivo por detrás que me viene pisan-do los talones; pues cada día
se me secan los bolsillos, y yo creía que el rumiante era el Fisco.
Vaya! con Ud. no se puede hablar!
Pero dígame una cosa, para pasar el mal
trago que ustedes me han hecho apurar ¿no hay algunos animales amigos
del hombre, que le anuncien y deparen cosas agradables?
Claro que los hay.
Díganme cuáles son para amarlos
y cuidarlos, como si fueran mis hijos, mien-tras esta costilla mía
se resuelve a darme herederos.
Tonto!
Un ánima¡ bueno, por ejemplo es
la araña.
Qué hace?
Mantener la paz del hogar. Donde hay arañas,
los esposos no riñen.
Pues desde esta noche cuelgo una araña
en la cabecera de mi cama.
Sinvergüenza!
Otro animal de buen agüero es el chagüis.
Ese pajarillo feo que parece ratón?
El mismo.
Qué virtud tiene?
Que anuncia siempre una noticia buena o una
visita agradable, cuando menos se la espera. A veces vienen personas
que han estado largo tiempo ausentes y que el chagüís las trae.
Malo! Yo no quisiera, por ejemplo, que
el chagüís me trajera una novia que yo tuve, antes de conocer
a Panchita, porque se armaría un belén entre las dos, a pesar
de la conciliadora influencia de la araña.
Pero qué cargante te has puesto, Silveriol
Mas, entre todos los animales excelentes - lo
digo por experiencia - no hay como el gato negro. Ese trae suerte
en todos los momentos de la vida, y yo aseguro que donde hay un gato negro
todo va bien y está uno seguro del acierto.
Entonces, señora Nicolasita, por eso
seria que el aviador Lindbergh llevó un gato negro en su máquina
voladora e hizo con toda felicidad su viaje a través del océano?
Pues por eso mismo, hijo mío! Su
gran éxito se debe al gato, que es la mascota acreditada de ambos
mundos.
Esta vez Don Silverio se quedó pensativo
y dijo para sí estas palabras salomónicas.
Puede ser que tengan razón estas buenas
mujeres campesinas y existan las influencias buenas y malas que ellas atestiguan.
En cuyo caso vendría muy bien un Decreto científico de la
Asamblea, en el cual se ordenara que ningún magistrado, funcionario
público o simple empleado de la Administración concurriera
a su despacho, bajo pérdida del destino, sin llevar un gato negro
debajo del brazo para que el felino -a falta de otra cosa- influyera en
la bondad y eficacia de las funciones oficiales.
Porque tales son los desaciertos presentes
que, en verdad, se necesitan muchos gatos negros si queremos llegar a la
prometida reconstitución nacional.