A veces se reúnen las vacas en manadas y van a visitar los parajes húmedos en pos de vegetales; pero sufren unos desengaños tremendos.
Van a la Aguada, donde dicen que hay agua
y la encuentran más seca que una yesca; van a Manantial, donde dicen
que hay fuentes del precioso líquido, y resulta que el manantial
no mana; van a los Pocitos y los hallan vacíos, van a Ciénega
redonda y la encuentran cuadrada.
Cuando vean ustedes pasar un grupo de vacas
esqueletadas, sedientas y famélicas, no les quepa duda de que muy
pronto verán los cueros secándose al sol, debajo de una docena
de perros hambreados que los están lamiendo para aprovechar todo
vestigio de materia orgánica.
Así se arruina la gente trabajadora
de la costa. El ganado desaparece bajo el rigor de la sequía,
y ésta suele perdurar por dos o tres años consecutivos.
El panorama deja entonces de ser bello.
Las colinas y las pampas toman un color grisáceo, que es un color
de muerte, y los burros de Salinas acuden en procesión a la Oficina
de Cable para comerse las cintas de papel usado en los aparatos telegráficos.
A falta de pasto... bueno es papel, seguramente!
Pero viene otro año y el paisaje
cambia por completo. El sol casi no se ve lucir entre apretadas masas
de vapores. El viento del Norte barre las sabanas y la lluvia cae
a torrentes sobre la ávida tierra.
¡Oh, qué delicia! Todo revive
en las desoladas dehesas. Como por encanto reaparece la flora sabanera
y viste de verde toda la campiña. El algarrobo extiende sus
ramas cubiertas de menudas hojas; el corpulento seibo yergue su espeso
follaje y da sus grandes flores pintorescas; la grama alfombra los caminos;
la malva se levanta entre los surcos; la higuerilla se muestra en tupidas
manchas ostentando sus racimos oleaginosos, que nadie aprovecha; el pernicioso
florón, que es un tóxico para el ganado, disimula sus viciosas
propiedades adornando el campo con sutiles campanillas blancas y rosadas.
¡Oh, todo va bien! El ganado, antes
escuálido, sobreviviente de la última hecatombe, empieza
a reponerse. Los ángulos agudos de las ancas se redondean;
las escabrosidades del espinazo se suavizan; las costillas sobresalientes
empiezan a borrarse, y el júbilo de la fauna sabanera se traduce
por viriles relinchos, cariñosos mugidos y ritos estridentes que
significan amor placer y alegría de vivir.
Pero sigue la lluvia, convertida en diluvio,
y la Naturaleza torna a mostrar otro aspecto de su ceño sombrío.
Ahora todo es agua y el suelo desaparece bajo la superficie líquida.
Cada depresión del campo es una laguna;
cada ribazo una torrentera; y donde antes estorbaba el paso la dura sarteneja,
ahora todo es fango, que se hunde bajo el pie del hombre y la pezuña
de la bestia.
Esto es peor que la sequía.
Vaca que mete las patas en el pantano, es
vaca muerta. Quién la saca de ese atolladero!
Empieza entonces la mortandad del ganado.
El pantano devora a veces a las reses como una fiera insaciable.
No las devora, propiamente hablando, sino que se las engulle como la serpiente
a su presa.
Aquello es horrible! El lodo blando
y pegajoso convertido en cepo para exterminar a los animales de manera
que ya no es falta de agua y de pasto verde lo que mata al ganado, sino
el exceso de agua en medio de la más tupida vegetación.
Luego si no llueve es malo.
Y si llueve en exceso es peor.
Las vacas mejor libradas, que son aquellas
más apegadas a la querencia y que no se apartan mucho del corral,
padecen, no obstante, el más espantoso desarreglo en el estómago.
Acostumbradas a la paja reseca de las pampas durante años enteros,
cuando el pasto reverdece y lo comen tierno y acuoso, se, los, afloja la
llave intestinal y andan esos pobres rumiantes… ¡figúrense
ustedes cómo andarán!
Total, que los laboriosos campesinos de
la Costa se arruinan con los inviernos copiosos.
Lo que necesitarían sería
estaciones moderadas, que no pequen por exceso, ni pequen tampoco por defecto.
Pero quién la pone el cascabel a
la Naturaleza!
Y después de todo, ello, no hace más que reproducir las características de la Administración Pública.
Cuando estamos agobiados por el alza de¡
cambio, la carestía de las provisiones, la subida de los alquileres,
la escasez de¡ dinero, la falta de negocios, la ruina de la agricultura
y demás calamidades, surge como una redención, el formidable
empeño de la reconstitución económica, para obtener
el bienestar de, la Nación; pero después de larga brega y
cambio, radical en todos los sistemas, bajo métodos científicos,
nos encontramos más pobres que antes, más arruinados, más
agobiados por el tributo, más oprimidos por las imposiciones y necesidades.
Luego, para nosotros, no hay esos, términos
medios que tanto agradaban al insigne Olmedo, sino extremos: métodos
empíricos que nos arruinan, o métodos científicos
que nos acaban de arruinar.
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