El Torneo de los Estribillos

José Antonio Campos

  En efecto, la gente moza rebullía en torno del árbol y se preparaba a gozar de la agreste matiné
Había un tamborcillo que empezaba soliviantar a las parejas. Un enorme grupo de personas, en traje de fiesta, venía por la soleada pampa, trayendo en el centro al Jabao, al Colorao, y a la Mariposa, sobre la cual llovía el piropo de todos los colores, desde el rosa pálido hasta el rojo púrpura. Al fin logró el Jabao formar un círculo y colocar en el centro a los héroes de la fiesta. El Colorao parecía algo tímido; pero su competidora, que lucía un busto soberbio, color de bronce, sonreía sin cesar y hechaba miradas picarecas a todos los varones, haciendo alarde de su recia contextura.

El Jabao notó mi proscencia y tuvo la fineza de hacerme adelantar algunos pasos para que no perdiera una sola nota del concurso.

Este, en afecto, le quitó solemnemente la funda verde a una enorme guitarra española y pidió el farol.

El farol era la damajuana de aguardiente para alumbrarse el caletre, como él decía; y después de echar un trago largo y sostenido, avanzó hacia la mocita y poniendo la guitarra en su rosada falda cantó así:

MARIPOSA:
Este pueblo te pide canciones
Que sean la alegría de la tierra;
Dale gusto, mi ñata querida,
Tú que sabes tocal la vigüela

Una salva de aplausos acogió el ofertorio del Jabao, y la ñata emocionada le tiró un beso volado.
Salió otra vez a la pampa el farol, para que se alumbraran por dentro los cantores, y el Colorao presentó el vasito a la arrogante hembra; más cuando ella bebía marcó con el dedo el borde del vaso para beber él por el mismo sitio y adivinar sus secretos.
La muchacha notó la picardía y lo arrimó un soberano puntapié en toda la espinilla a guisa de sanción.

El Colorao punteó a su vez y cantó así:
Señorita, soy un pobre;
Pobre, pero generoso,
Como un grueso de espinazo
Pelado, pero sabroso.

Con nutridas aclamaciones fué acogida la copla, y el Jabao la ilustró así,.

La muchacha terminó su glosa y dejó oír su bien timbrada voz en estos términos:
Estos mocitos pelados
Tienen muchas pretensiones;
Pero no saben tuavía
Amarrarse los calzones.

El Jabao se mataba explicando que eso de los calzones se refería a las cargas de la familia; pero el concurso femenino tomaba el verso en sentido literal y volvía loco con sus cuchufletas al pobre Colorao.

Otras hacían ademán de zurrarle la bandana.
El Colorao cantó con voz colérica:
Yo los tengo bien fajaos,
Con una tira de beta,
Pa que sirvan de respeto
A toda mujer coqueta.
Las muchachas animaban a la de su sexo, que no tardó en sacar al frente el combo seno exclamar con acento desdeñoso:
Las coquetas son las tontas,
Que dan a torcer el brazo.
Yo no soy de las que gastan
La pólvora en gallinazo!
No te mueras del susto, pollanclón, y ajusta la clavija, que está floja. Viva la Mariposa, Reina de las Flores!
-Yo tampoco gasto pólvora
En un pájaro tiznao,
Pues sólo una Mariposa
va cazando el Coloreo!
No te dejes agarrar, Mariposa! exclamaron las muchachas.
Colorao son los mameyes
Cuando están recién cogíos;
pero de ciento no hay uno
Que no salga empedernido!

A lo cual respondió el contrincante.

Empedernidas hay muchas
Que andan torciendo el jocico;
Pero si er galán se ajuye
Lloran a moco tendido
Ella cantó entonces con una picardía encantadora:
Yo soy una Madalena
Y me dicen la llorona;
pero lloro por los tontos
Cuando pico la cebolla

El Colorao cambió el tono de la guitarra y, haciendo resonar fuertemente los bordones, cantó así:

Yo no sé picar cebolla,
Pero juro por la Cruz,
Que tu ropa y la mía
Las guardará mi baúl.

Ah, canarios! exclamó el Jabao zapateando. Cójanme ese trompo en la uña! Lo que se acaba de cantar quiero decir que serán pronto marido y mujer. Vivan los novios!
La Mariposa perdió los estribos y echando fuego por los ojos, se dejó oír así, con voz más gruesa de la natural:

Juro yo por San Jacinto,
Que antes de hacer tal locura,
He de ver volar un buey
Y acabar ……….

La pobre muchacha no , sabia como terminar la copia y respiraba con fatiga, llena de confusión y de vergüenza. pero ahí estaba ese rico Jabao, que le sopló al oído:

Entonces ella reanudó la copia y la dejó caer así, como quien tira una piedra:
Yo juro por San Jacinto,
Que antes de hacer tal locura
He dar ver volar un buey
Y acabar la Dictadura.

El Colorao se declaró vencido y se puso de rodillas ante la dama, con un vaso de aguardiente en la cabeza.

Ella enternecida se dejó besar la mano.

El corrido entonces fui yo.
Ese hombre campesino, ese rústico desconocido, había dicho en cuatro palabras más que la prensa de oposición en diez editoriales.
Veo, pues, que decae el oficio de periodista y se yergue el de Jabao en cualquier recinto de parroquia.
 
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