El Novio Ciudadano

José Antonio Campos

 
Cuando se anuncia la próxima celebración de alguna boda, en los círculos de la alta sociedad, todos quieren conocer a la novia, atraídos por cierta curiosidad irresistible; yo, en cambio, me limito a simpatizar con el novio y sigo sus pasos con el corazón abierto y la mirada compasiva.
Ustedes no saben, amables lectoras, lo que sufre un novio en los días críticos que proceden a su matrimonio y cómo se le trastorna la cabeza al desdichado y le flaquean las piernas y le duele el espinazo.
Eso es cosa grande, amiguitas, y voy a referirla con detalles, para que se estime en cuanto se merece el sacrifico de los que aspiran al vínculo nupcial.
No hay ceremonia en la vida social que tenga más trajines que ésta del matrimonio; y todos son para el pobre novio, que resulta condenado a hechar los bofes desde que se resuelve a dar el gran paso hasta que firma el contrato en el Registro Civil y recibe la bendición del cura en unión de la dulce compañera.
Cualquiera cree que arreglar una casa y proveerla de todo lo necesario para las exigencias de la vida, es cosa fácil, sencilla y hacedera; pero no es así, por desdicha, y hay novios que se pasan meses arreglando el nido sin acertar a dar la última mano.
Cuando considera el inocente que todo está listo y bien dispuesto, lleva a un práctico para qué vea las cosas, y éste lo dice:
El novio se rasca la cabeza y empiezan a zumbarle los oídos. Allá, para sus adentros medita sin duda que se ha metido en un atolladero; pero ya no es tiempo de retroceder.
Consulta los recursos, sale a la calle y ni siquiera saluda a los amigos: va pensando en tinajas y. botijas, escobas, cucharones, canastas y cantarillas.
De pronto lo ataja un conocido y le pregunta a quema ropa:
El amigo le mira alejarse a toda prisa y luego detenerse ante una tienda de abarrotes para contemplar extasiado un rimero de escobas. En vista de esto ya no duda de que el novio ha perdido la chaveta y corre a contárselo a un deudo de la novia, para que tomen providencias, si el caso se confirma.
El deudo se alarma, sigue la pista y encuentra al denunciado ensayando un molinillo. Malo! -exclama- yo avisaré a la familia. Y se va con el cuento.
Más tarde se explican las cosas: la familia se ríe, la novia se enternece y la futura suegra, adoptando un aire solemne, habla en voz baja. El novio palidece, quiere decir algo y no pueda; pero agita el dedo índice con enérgico ademán en señal de negativa.
Entre tanto acércase la novia ruborosa y sonriente, hacia el objeto amado, y pasándole una mano a favor del pelo, le dice: Corre el novio, como una flecha, para acelerar otros preparativos, y en el portal encuentra al chico indiscreto, que le dice: Llega a la sastrería para probarse el frac que está mandando a hacer para la ceremonia y el maestro le insinúa con la faz sonriente y el ademán muy comedido que no estará concluída la prenda para el día fijado porque se lo han enfermado los operarios de manga.

El contratiempo irrita al novio y vacila entre sí matar o no al artesano; pero al fin le perdona la vida y topa con la modista que lo busca desesperada para decirlo que lo que es tul de seda para el velo no hay en ninguna parte; y que el hombre de las flores dice que ya no puede hacer las guirnaldas ni los ramos, porque lo han cogido preso...

Y se van.
Cuánto camina el infeliz y cuánto suda. Lleva la espalda húmeda, el cuello de la camisa chorreando agua y el cabello pegado a las sienes. Tiene que hablar con los testigos, con los padrinos, con el Jefe Político, con el Cura, con todo el mundo.
En la Vicaria sufre un disgusto.
Al sentar el acta provisional le preguntan que edad tiene su futura suegra y el corre a tomar el dato.
Por la noche preguntaba la novia a su futuro: Al fin llega el día de la boda. Crispín ha corrido en auto todo el día y siente dolor agudo en todas las articulaciones. Los testigos se han ausentado y es preciso ver otros; el traje da la novia no se acaba; el frac del novio hace una arruga en la espalda; el tiempo amenaza lluvia; todo lo que debía estar listo pide espera y la hora se acerca con angustiosa rapidez. Y Crispín corro de aquí para allá, baja las escaleras, que ya no tienen secretos para él, tanto ha bajado y subido; regresa y pregunta: Trajeron el champagne? Y vuelve a bajar y anda y da vueltas y retorna angustiado, siempre preguntando algo: Están aquí las flores? Trajeron el bouquet? Hay palangana para el agua bendita? Y el pobre sube una vez más, sudando a chorros, y cuando está arriba lo hacen en multitud de encargos; excitándole a que baje pronto. Se le calienta la cabeza, advierte al paso que la novia se está vistiendo, quiere atisbar y lo botan inexorablemente.
Baja confuso, se despacha como puedo, corre a vestirse y al ponerse los zapatos de charol da un grito de horror. Los dos son de¡ mismo pie y se los han mandado así por equivocación . No quiere perder tiempo, se viste aceleradamente mientras le cambian los zapatos y recibe diez recados consecutivos diciéndole que vaya al matrimonio, que todos están reunidos y que sólo él falta; que la señorita está llorando.
Pero no puedo ir así, en plantillas de medias! Por adelantar algo, se pone el sombrero de pelo y se asoma al balcón esperando con ansia los zapatos.
Al fin llegan y se los pone con delicia.
Media hora después está legítimamente casado y literalmente molido. Va a dar un suspiro de satisfacción, que bien lo necesita, cuando viene un amigo, lo abraza y le dice al oído:
Acércase la novia y le dice al oído: Pobres novios!
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