El Novio Ciudadano
Cuando se anuncia la próxima celebración de alguna boda, en los círculos de
la alta sociedad, todos quieren conocer a la novia, atraídos por cierta
curiosidad irresistible; yo, en cambio, me limito a simpatizar con el novio y
sigo sus pasos con el corazón abierto y la mirada compasiva.
Ustedes no saben, amables lectoras, lo que sufre un novio en los días críticos
que proceden a su matrimonio y cómo se le trastorna la cabeza al desdichado y
le flaquean las piernas y le duele el espinazo.
Eso es cosa grande, amiguitas, y voy a referirla con detalles, para que se
estime en cuanto se merece el sacrifico de los que aspiran al vínculo nupcial.
No hay ceremonia en la vida social que tenga más trajines que ésta del
matrimonio; y todos son para el pobre novio, que resulta condenado a hechar los
bofes desde que se resuelve a dar el gran paso hasta que firma el contrato en el
Registro Civil y recibe la bendición del cura en unión de la dulce compañera.
Cualquiera cree que arreglar una casa y proveerla de todo lo necesario para las
exigencias de la vida, es cosa fácil, sencilla y hacedera; pero no es así, por
desdicha, y hay novios que se pasan meses arreglando el nido sin acertar a dar
la última mano.
Cuando considera el inocente que todo está listo y bien dispuesto, lleva a un
práctico para qué vea las cosas, y éste lo dice:
- Dónde está la tinaja para refrescar el agua?
No veo molinillo en la cocina. ¿Qué es de la escoba?
- Ha pensado usted en el canasto para comprar la
comida? Hola! No hay piedra de moler? Tampoco veo una cantarilla, que es
cosa indispensable en el aparador. Hay cucharón? No? Entonces, desgraciado
¿con qué piensa usted que se sirva la sopa? Horror! No ha traído usted el
indispensable velador con los respectivos utensilios?
- Esto es un desierto
El novio se rasca la cabeza y empiezan a zumbarle los
oídos. Allá, para sus adentros medita sin duda que se ha metido en un
atolladero; pero ya no es tiempo de retroceder.
Consulta los recursos, sale a la calle y ni siquiera saluda a los amigos: va
pensando en tinajas y. botijas, escobas, cucharones, canastas y cantarillas.
De pronto lo ataja un conocido y le pregunta a quema ropa:
- Crispín ¿cuándo es la boda?
- -Y tú sabes, dónde hay piedras de moler?
- -Estás loco?
- -Es que me caso, hombre y necesito una piedra y
otras cosas por el estilo. Hasta luego!
El amigo le mira alejarse a toda prisa y luego
detenerse ante una tienda de abarrotes para contemplar extasiado un rimero de
escobas. En vista de esto ya no duda de que el novio ha perdido la chaveta y
corre a contárselo a un deudo de la novia, para que tomen providencias, si el
caso se confirma.
El deudo se alarma, sigue la pista y encuentra al denunciado ensayando un
molinillo. Malo! -exclama- yo avisaré a la familia. Y se va con el cuento.
Más tarde se explican las cosas: la familia se ríe, la novia se enternece y la
futura suegra, adoptando un aire solemne, habla en voz baja. El novio palidece,
quiere decir algo y no pueda; pero agita el dedo índice con enérgico ademán
en señal de negativa.
- -Pero, Crispín lo dice ella ¿qué es esto?
- -Qué ... que que... lo que es yo no me
confieso, no, señora, ¿por quién me ha tomado usted?
- -Hay que confesarse, Crispín, porque sino se
confiesa, no puede haber matrimonio eclesiástico. Los sacramentos se
reciben en estado de gracia.
- Bonita gracia!
- Entonces, no quiera usted casarse?
- Una cosa es casarse, señora, y otra es
confesarse. Yo amo como un loco a Chombita; pero no amo al Cura, ni estoy
dispuesto a descubrirle mis interioridad.
- Entonces, usted verá.
- No, no me confieso. Si en eso depende no me
caso.
- Y lo más pior, dijo un chico, hermano de la
novia, es que después de la confesada tiene que darte la penitencia..
- Buen penitente seré yo!
- Y después de la penitencia, siguió el chico
te hacen firmar un papel en que te quedas esclavizado al Papa.
- No, por vida mía!
- Pero muchacho atrevido, clama la señora,
¿quién té mete a ti en las cosas de los mayores...
- Digo lo que dice mi Padrino.
- Retírate de aquí simplón
Entre tanto acércase la novia ruborosa y sonriente,
hacia el objeto amado, y pasándole una mano a favor del pelo, le dice:
- Hazlo por mí, Crispín, confiésate, negrito,
te querré más después de la confesión.
- Pero, cielo mío, si abomino el tribunal de la
penitencia
- No importa.
- No tengo ni una pisca de contricción ni de
nada.
- Piensa en mí y resignate, encanto de mis ojos
- Ay hijita...
- Crispincito, no me desaires!
(Ahora ceda el pícaro).
- Que hacer! Me confesaré. Estas mujeres hacen
con uno lo que les da la gana. Estas contenta?
- Ya lo creo.
- Pero estoy tan ocupado! Ahora mismo voy a
buscar a un amigo para que me haga una lista detallada de los pecados que
solemos cometer los hombres, a fin de guía.
- Qué vergüenza!
- Es que no tengo tiempo, hija, para examinarme.
Corre el novio, como una flecha, para acelerar otros
preparativos, y en el portal encuentra al chico indiscreto, que le dice:
- Siempre te confiesas?
- Estoy frito, le respondo alejándose.
Llega a la sastrería para probarse el frac que está
mandando a hacer para la ceremonia y el maestro le insinúa con la faz sonriente
y el ademán muy comedido que no estará concluída la prenda para el día
fijado porque se lo han enfermado los operarios de manga.
El contratiempo irrita al novio y vacila entre sí
matar o no al artesano; pero al fin le perdona la vida y topa con la modista que
lo busca desesperada para decirlo que lo que es tul de seda para el velo no hay
en ninguna parte; y que el hombre de las flores dice que ya no puede hacer las
guirnaldas ni los ramos, porque lo han cogido preso...
- Y ahora, exclama, con cierto temblor en la
barbilla que denota una ira comprimida. Ahora, que se hace?
- Usted verá.
- Yo no veo nada. Pero hay que hacer algo. vamos!
Y se van.
Cuánto camina el infeliz y cuánto suda. Lleva la espalda húmeda, el cuello de
la camisa chorreando agua y el cabello pegado a las sienes. Tiene que hablar con
los testigos, con los padrinos, con el Jefe Político, con el Cura, con todo el
mundo.
En la Vicaria sufre un disgusto.
Al sentar el acta provisional le preguntan que edad tiene su futura suegra y el
corre a tomar el dato.
- -Señora, pronto. Cuántos años tiene usted?
- Eso no se pregunta a una señora decente.
Exclama ella.
- Es el Cura quien lo exige.
- Dígale usted al Cura que no sea mamey. Vaya!
vaya
- Señora, es para sentar la partida.
- Y yo digo: basta de impertinencia¡
- Pero, mamá, exclama la joven, diga sus años
aquí en confianza, serám sesenta?
- Ah, bárbara! Sesenta años yo! Muchas gracias
hijita! Ya empiezas a perderme toda clase de consideraciones. Oué será
cuando tengas marido!
- Ay, mamá!
- Bueno, señora, pondremos cincuenta y cinco.
- Más respeto, caballero!
- El novio baja desalentado y vuelve a la
Vicaría.
- No es,posible averiguar la edad, dice. La
señora se resiste.
- Oh, ya lo sabía! articula el Cura. Todas las
señoras hacen lo mismo y es muy indiscreto preguntarlos sus años. Hasta se
corra peligro en ciertos casos.
- Y entonces?
- El Padre Santo recomienda un procedimiento de
investigación, que da muy buenos resultados. Se duplica la edad de la niña
y se lo agrega la mitad. Casi siempre se acierta.
- Hola!
- Qué edad tiene la señorita?
- Veinte años.
- Veinte y veinte son cuarenta, y diez que es la
mitad de veinte, son cincuenta. Esta es la edad de la señora o poco nos
equivocamos.
- Eureka!
- Ya usted puede irse, pagando los derechos.
- Bueno, me voy; pero..... ¡ah!..... se me
olvidaba: tengo que confesarme...
- Bien, hijito, bien. Así me gusta que caigan
mansitos estos patillos. Vamos.
- Pero despachemos pronto, padre. Tengo mucho
qué hacer. Pienso acusarme en globo para que su reverencia me absuelva en
masa, si le parece bien.
- Corriente
Por la noche preguntaba la novia a su futuro:
- Cómo te fuá en la confesión?
- Ha sido la cosa más graciosa, hijita: el Cura
se desternillaba de risa y yo lo mismo: había episodios en que los dos nos
poníamos colorados; pero pronto quedó escarbada toda la materia.
Al fin llega el día de la boda. Crispín ha corrido
en auto todo el día y siente dolor agudo en todas las articulaciones. Los
testigos se han ausentado y es preciso ver otros; el traje da la novia no se
acaba; el frac del novio hace una arruga en la espalda; el tiempo amenaza
lluvia; todo lo que debía estar listo pide espera y la hora se acerca con
angustiosa rapidez.
- Los autos? Cómo! Se han olvidado de los autos!
Que corra Crispín a contratarlos...
Y Crispín corro de aquí para allá, baja las
escaleras, que ya no tienen secretos para él, tanto ha bajado y subido; regresa
y pregunta: Trajeron el champagne?
- -Todavía no, le contestan.
Y vuelve a bajar y anda y da vueltas y retorna
angustiado, siempre preguntando algo: Están aquí las flores? Trajeron el
bouquet? Hay palangana para el agua bendita?
- No
- Ah, carambal exclama! y se mesa los cabellos y
se da golpes en la frente y baja nuevamente, y cuando atraviesa la calle,
oye que lo llaman por el balcón.
- Crispín, sube un momento.
Y el pobre sube una vez más, sudando a chorros, y
cuando está arriba lo hacen en multitud de encargos; excitándole a que baje
pronto. Se le calienta la cabeza, advierte al paso que la novia se está
vistiendo, quiere atisbar y lo botan inexorablemente.
Baja confuso, se despacha como puedo, corre a vestirse y al ponerse los zapatos
de charol da un grito de horror. Los dos son de¡ mismo pie y se los han mandado
así por equivocación . No quiere perder tiempo, se viste aceleradamente
mientras le cambian los zapatos y recibe diez recados consecutivos diciéndole
que vaya al matrimonio, que todos están reunidos y que sólo él falta; que la
señorita está llorando.
Pero no puedo ir así, en plantillas de medias! Por adelantar algo, se pone el
sombrero de pelo y se asoma al balcón esperando con ansia los zapatos.
Al fin llegan y se los pone con delicia.
Media hora después está legítimamente casado y literalmente molido. Va a dar
un suspiro de satisfacción, que bien lo necesita, cuando viene un amigo, lo
abraza y le dice al oído:
- Guárdate, Crispín: sé que te buscan para
prenderte. Te han visto hoy en grandes ajetreos y creen que estás
conspirando contra el Supremo Gobierno. Tú sabes que no hay garantías….
Acércase la novia y le dice al oído:
- Qué felices somos. Crispín!
- Mucho, contesta él; pero se le ha, plantado
una profunda arruga entre ceja y ceja
Pobres novios!