Sereno estaba el cielo, tranquilo en el ancho mar,
en una hermosa mañana de verano, en tanto que la balandra se deslizaba cerca
de la verde orilla, con la vela hinchada al soplo de la brisa, dejando una
rizada estela.
Todos dormían aún en la embarcación, menos el piloto y yo, que
contemplábamos en silencio la salida del sol parados junto a la barra de¡
timón.
Esta gente marina de la costa es muy callada por naturaleza, y cuesta mucho
trabajo sostener una conversación con ella; pero yo tenía ganas de hablar, y
me propuse acosar con mis preguntas al silencioso lobo de mar, hasta hacerlo
salir de sus casillas.
- Oiga, piloto, por qué revolotean tantos
alcatraces en este lugar?
- Porque estamos en el tiempo de las lizas, que
es la comida de esos pájaros.
- Y dígame una cosa, piloto ¿cómo hacen los
alcatraces cuando el pescado es muy grande, sin tener trinche ni cuchillo
para dividirlo?
- Se lo tragan entero, por grande que sea,
patrón.
- Es posible?
- Pa esto es el buche que tienen, que parece una
alforja, y aguanta, no digo uno, sino dos y tres pescaos, mismamente.
- Qué buche. Dios Santo! yo conozco individuos
capaces de tragarse a mediahumanidad es cierto; pero no creía que los
alcatraces pertenecieran a esa familia tragona.
- Y la alcatraza hembra traga más que er macho;
porque se apechuga, con todo lo que se le presenta.
- No me diga!
- Sí, patrón!
- Y por qué será eso?
- Porque tiene que llevarle la comida a sus
hijos. Así es que esta pájara tiene la obligación de llenar su
buche, primeramente, y después el de sus hijos, que son media docena, por
lo menos.
- Qué bueno fuera, piloto, que las mujeres
hicieran lo mismo: cuidarse de su propio buche y del de sus hijos, dejando
libre ese compromiso al pobrecito marido!
- Sí juera bueno, patrón; pero corría uno el
peligro de que lo dejaran plantao al no tener que dar el cristiano varón la
plata pa la comida.
- Caramba! Es cierto, no se me había ocurrido
ese peligro! Bien veo que conoce Ud. bastante a las mujeres, piloto!
- Ellas, patrón, sin que mis palabras las
ofiendan, sólo están del lao que, sopla er viento.
En este momento asomó la cabeza, por la boca de
la ramada, la mujer del piloto, que era una robusta morena, y dijo a su
consorte:
- Pero qué estás hablando de las mujeres,
grandísimo arrastrao, con perdón del caballero, cuando soy yo, la mujer,
la que trabaja con las dos manos, y la cabeza pa comer y vestir con mis
hijos, mientras vos no haces más que mover una pata!
- Cállate er jocico, Ramona, que no es con vos
la conversación.
- Vea, caballero: estos ociosos balandreros, como
el que Ud. ve, ni tan siquiera mueven el timón con la mano, porque les
parece mucho, sino con la pata.
Era verdad. Ya lo había yo observado;
pero, al fin, se animaba el diálogo, que era lo que yo quería, para
entretener las posadas horas de la navegación en barco de vela.
Con el objeto de que no se agriara el debate entre los cónyuges, hice otra
pregunta.
- Dígame, piloto, ya no se usan chatas para la
navegación; pues veo que todas son balandras.
- Ya no se usan, patrón. La úrtima fué
la der difunto Gaspar Vera, der Puerto der Morro.
- Mentiral dijo la mujer. Los difuntos no
han tenio nunca chatas, sino que están queditos, donde Dios los ha puesto.
- Pero yo digo que Gaspar la tenía cuando estaba
vivo. Vaya con la mujer ésta!
- Y por qué, pregunté yo, han abandonado esa
clase de embarcaciones, que antes eran tan numerosas?
- Porque las balandras cogen mejor el viento y
andan más ligero, dijo el piloto.
- Mentira! Exclamó la mujer. Es porque la
vela cuadrada los daba más trabajo a estos flojonazos pa llevar la escota a
proa, y por eso se han metido a balandreros.
- Qué sabes vos, Ramona! Lo que debes de hacer,
ya mismito, es largate pa dentro!
- Y hay tiburones por estas aguas, piloto?
- De haberlos, los hay, que se comen a un
cristiano como si fuera un mamey.
- Mentiral gritó la mujer. Aquí no hay
más animal dañino que el piloto que está presente.
En este momento tuve que interponerme entro el irritado piloto y su
provocadora mitad para impedir que lo cayera encima un cordelazo.
La mujer desapareció dentro de la ramada y el lobo de mar volvió a su
gravedad
habitual, diciéndome:
- Todas son lo mesmo, patrón. Hey tenlo ya
tres con ésta y me han dao guerra las tres. Por eso digo yo que la
mujer ha sido hecha pa fastidiar ar cristiano varón, nada más.
- No todas piloto
- Juera de las madres, que son unas santas, y hay
que respetarlas.
- Pero casi todas las mujeres acaban por ser
madres, dignas de cariño y de respeto, como Ud. dice.
El piloto se rascó la oreja y dijo mirando al occidente:
- Nos va a dejar el viento y vamos a tener que
fondear hasta que suba la marea.
- En este momento se alcanzó a ver en la orilla
un agrupamiento de casas que presentaba el conjunto más original; pues, no
hay otro semejante en la costa ecuatoriana.
- Se ha fijado Ud., piloto?
- En qué, patrón?
- En que no se ven más que cocinas, lavaderos,
patios y corrales.
- Así es este pueblo.
- Y por qué?
- Porque está al revés.
- En efecto, todós los pueblos de la costa,
situados a la orilla de¡ mar, dan el fren-te al océano como es natural;
pero sólo éste veo que lo da la espalda.
- Es verdá, patrón.
- Hasta las palmeras parece que quisieran huir
del mar y tienen el follaje inclinado hacia adentro.
- No sólo las parmas, patrón, sino los mesmos
animales. Vea esa porción de borricos, todos con la cabeza pa adentro
y er rabo pal mar, en señal de desprecio.
- Pero cuál es el motivo de esta singularísima
inversión?
- No le doy razón, porque yo nunca hey recalao
aquí.
- Entonces écheme a tierra, piloto, que voy a
informarme de la cosa. Yo soy muy curioso y me gusta averiguarlo todo.
- Si así es su gusto...
- En efecto, mi gusto es ir enseguida a tierra.
Media hora después me paseaba en las tranquilas
calles de la población, donde seguía observando el curioso fenómeno.
Hasta los gallos, para cantar, viraban la espalda al mar y lanzaban hacia
adentro sus notas estridentes.
La suerte me deparó una muchacha guapísima, que tejía sombreros de paja
toquilla a la sombra de un coposo tamarindo.
- Hija mía, le dije cuidando el tono para no
alarmarla ¿cómo está tu mamita?
La chica se quedó mirándome con los ojos asombrados.
- Te pregunto, repetí, porque creo
conocerla. No es una señora muy buena, que anda por ahí?
- Ella es muerta, dende que yo nací.
- Ah, carambal Pobre criatura Qué familia tienes
entonces?
- Una tía y..
- Bien decía yo! No hay como tener una tía en
este mundo. Así ella, si tú oyes sus consejos, te podrá escoger un
buen marido.
- Tengo ya marido, señor.
- Ah, caramba! Tienes ya marido, tan
jovencita como eres! Bueno, entonces tu tia cuidará de tus hijitos, cuando
los tengas.
- Tengo tres chicos y uno en viaje...
- Cáspital Tienes tres y uno en el laboratorio!
Y yo que no sabía nada Pues esos tres hijitos que tienen trabajarán más
tarde para sus padres y serán bravos soldados de la Patria!
- Pero los tres son hembrita, mi caballero.
- Diablos! Conque son hembritas?
Mejor, con el tiempo serán las flores de esta comarca.
- Pero yo no soy de aquí, señor, sino de
Guayaquil, y mañana me voy.
- Bueno, negra, veo que estoy en el cuarto de
hora de la chifladura; pero respóndeme, si puedes, a una pregunta que me
tiene lleno de curiosidad.
- No siendo cosa mala.
- Qué va a ser cosa mala, niña mía, siendo
como soy tan devoto de San Jacinto! Lo que quiero preguntarte es por qué
este pueblo da el frente a tierra firme y el reverso al mar, estando situado
en la orilla.
- No lo sé, señor, pero, ahí está mi tía,
que ella lo sabrá.
Acercóse la señora, a quien saludé con el mayor respeto, y le hice la
pregunta.
- Pues no sé, me respondió; pero pregúntele a
Toribio... el marido de ésta- que es un cristiano que todo lo sabe.
Vino Toribio, y al ser interrogado, me
respondió ex cátedra.
- La razón es muy sencilla y me almira mucho que
no lo sepan en Guayaquil. Es porque er viento viene de¡ mar y trae
humedá a todas las casa, máximo cuando llueve o garua, que es todos los
días, y por eso es que el servicio principal de las viviendas se construye
a sotavento, dando la esparda al mar; aun cuando digan y repitan que éste
es un pueblo al revés.
- Pero, hijo mío, le repliqué a guisa de
moraleja, si en este país en que hemos nacido y de morir, todos los pueblos
están al revés, sino de un modo material y tangible como el presente, sí
de un modo político y administrativo. Nada se hace a las
derechas. Todo está manga por hombro y cuando pitos flautas, y cuando
flautas pitos.
- Qué bien habla el caballero! Dijeron
asombrados los oyentes.
- Y todavía más, añadí para concluir: en este
pueblo el remedio está en vivir a sotavento. En los demás se sufre
la humedad tanto a sotavento como a barlovento. He dicho.
Y me volví a la balandra, donde escribí en mi cartera de apuntes esta
redondilla sintética: He aquí un pueblo precavido Que
demuestra su maestría En eludir los efectos De
la meteorología.