Cada pueblo tiene su característica, y la del
nuestro, como puede notarlo toda persona observadora, es una arraigada
afición a la terapéutica, que se demuestra en todos los instantes de la
vida.
Aquí vivimos y morimos dando remedios al que los
pide y al que no los pido; pues cada cabeza está llena de recursos
curativos que quiere prodigar a diestra y siniestra entre sus semejantes.
Y cosa más curiosa todavía: la receta, es
fulminante. Basta la simple enuncia-ción de cualquier daño en la salud para
que venga al instante la prescripción facultativa de todo aquel a quien se
dirija la palabra.
En este servicio espontáneo, gratuito y empírico
las mujeres aventajan a los hombres y llevan siempre un copioso recetarlo en
la memoria, prescindiendo en lo absoluto de los verdaderos Esculapios.
Si se encuentran dos amigas, por ejemplo, es muy
natural que después de los dos besos consabidos se pregunten por su salud y
la de toda la familia, y allí es cuando empieza a funcionar el catálogo de
la medicina popular.
- Por qué te has puesto lentos oscuros,
niña? Estás padeciendo de la vista?
- De la vista no, hija de mi alma; pero es que no
me dejan con vida los orzuelos. Me salen en ambos ojos y me dejan casi
ciega.
- Sabe qué es bueno para eso?
- Me he hecho tantos remedios!
- Pero no el del rabo de gato?
- Cómo es eso?
- Coges un gato -y sí es negro, mejor- y
tomándole la punta de la cola te la pasas suavemente por el ojo enfermo,
como si fuera una brocha
- Y hace bien?
- Es lo que hay!
- A mí me recomendó una amiga de mamá que me
quedara viendo a un gallinazo en vuelo y le hiciera un guiño bien marcado y
repetido; poro no me resultó.
- Qué disparate!
- Lo que pasó fué que me vió un mocito
haragán que anda por ahí, y creyó el muy tunante que a él eran los
guiños, y se mataba contestándome con ademanes apasionados. Qué
coraje!
- Pues, hija, haz la prueba con el rabo del gato
y verás.
- Y tu mamá?
- Sigue la pobre con ese dolor entro pecho y
espalda que a ella le da y no se quita con nada.
- Dale aceite de lagarto, que es lo que toma mi
tía y le va muy bien.
- Ahora está tomando la cucaracha tostada en
agua de canela, que le ha recomendado el sacristán de la parroquia; pero
todavía no siente alivi, sino otra cosa mala: le ha salido un lobanillo en
la nuca.
- Linda, que se ponga saliva en ayunas y verás
cómo se le disuelve en cuatro días. Mi papá tenía uno y así se le
disolvió.
Luego se despiden, suenan dos besos, y se van.
Cuando la mujer comienza a entrar en años y
pasa de la risueña juventud a la tosca edad madura, desde la cual se divisan
ya las costas áridas de la ancianidad, sienten más aguda todavía
propensión a dar remedios y no dejan pasar la ocasión.
Yo aconsejo a mis amigas de la segunda reserva que
si quieren disimular sus años, como es natural, por lo frescas y hermosas que
están todavía, no indiquen remedios a nadie, porque se descubren.
Está probado ya que una dama, por joven que
parezca, cuando empieza a pres-cribir a sus amigos achacosos plantillas de
sebo caliente para sudar la calentura, hollín de cocina para las heridas
sangrantes y cáscara de plátano tibia para el dolor de cabeza, de seguro que
pasa de los cuarenta.
Y si se avanza, por mal de sus pecados, hasta la
lavativa de agua de raspadura, con borraja y escorzonera, se puede ya jurar
que pasa de los cincuenta.
Conque mucho cuidado, amigas y haced lo del chino
en materia discreción:
- Callao boca!
Cuando dos abuelas se cogen, mano a mano, en una
misma hamaca, con el cigarro encendido y la escupidera al pie, el tema
favorito de su conversación es el de sus achaques y remedios ensayados para
aliviarlos; pero éstas, grandemente despreocupadas por efecto de la edad, se
van hasta el fondo en cada clase de detalles íntimos.
- Aquí donde Ud. me ve, decía una de ellas a su
interlocutora, ando toda embadurnada de unto sin sal, que utilizo todas las
noches para mis dolores de huesos, que me ponen en un grito.
- Dicen que mejor es el sebo de la gran bestia
con aguardiente de Castilla.
- No, comadre, eso es muy frío y dañino para
las que padecen de ahogo, como yo.
- Yo también sufro de ahogo.
- Le recomiendo el palo santo. Corta Ud.
los retoños, los pone a secar y se los fuma después como si fueran
cigarros.
- A mí me habían dicho que las hojas de ese
árbol son las provechosas, tomadas en infusión.
- Eso es para la tosferina. Yo las he dado
a mis nietos; pero hay algo mejor todavía para la coqueluche: la leche de
papaya.
- Cómo se administra?
- Se moja una pluma de gallo en dicha leche y
con, ella se remueve una tacita de agua de limón endulzada. Santo
remedio!
- Yo había oído hablar del agua de Diostedé!
- Está confundida, comadre. El agua que
deja el pájaro Diostedé en el bebedero sólo sirve para curar las
enfermedades del corazón. Yo tenía un hermano, que estu-vo a la
muerte, con una pericarditis, según decía el doctor: pero no podía
aliviarlo, por más que recetaba, hasta qué conseguimos un Diostedé, que
también lo llaman Tucán. ¿Lo conoces?
- Sí. Tiene un picazo!
- Bueno, pues mi dicho hermano tomó el agua
sobrante y se sanó. El médico se quedó muy ufano, creyendo que él
había curado al enfermo. Mentira! Fue el pájaro!
- Lo que me pasó a mí con los granos que le
salían en el cuerpo a mi hija mayor. El médico no atinaba con sus
pomaditas, hasta que vino un afilador de tijeras, y me dijo: -"Señora,
póngale el barro de molejón, que es lo que hay"- Me dió el barro y
se lo puse, con lo cual se sanó la muchacha. Y después fíese Ud. de
médicos!
- Yo por eso me curo sola y curo a todos los
míos. En mi casa no entra el paludismo:
- Yo me bato con la canchalagua y la cascarilla.
- Yo curo, hijita hasta la misma bubónica con
limón medio asado
La conversación sería interminable, dentro de
este mismo tema, si no llamaran a las interlocutoras a comer.
Y eso sí que es un remedio indiscutible para el
estómago vacío. Al menos, no se conoce otro.
Los hombres tenemos también nuestros achaques y
prescribimos remedios a porfía los unos a los otros.
La vida sedentaria nos echa a perder el estómago
en este clima sofocante, pero ahí tenemos a la mano la papa madura, el jugo
de limón en ayunas, la naranja agria y la manzanilla, sin contar la famosa
yerbaluisa, que nos vamos recetando de boca en boca.
Que nos duele la espalda de tanto escribir?
Pues sebo de león!
Que hacemos algún disparate? Pues uña de la
gran bestia.
Algunos hay que se atoran de aceite de tortuga y
otros que se sientan sobre pellejos de pericoligero, no sé con qué motivo,
pero bástame saber que aquellos son probados específicos de la farmacopea
criolla.
Cualquiera receta aquí cebolla cruda para los
callos, caldo de ostiones para forti-ficar el cerebro, y barriga de rana para
la erisipela. La sangre de pollo caliente salva a cualquiera de una
fiebre perniciosa y la tripa del alacrán cura la picadura de este venenoso
bicho: Similia, simílibus curantur.
Pobres chicos! Ellos ofrecen el más
pasivo campo experimental a la ciencia popu-lar de las madres curanderas.
Por lo mismo que la mujer ama tanto a sus hijos,
esos pobres muchachos ponen a cada rato el grito en el cielo, cuando ven a la
madre amorosa que se les acerca con el emplasto de sebo caliente, el brebaje
en la cuchara o el irrigador en la mano.
A veces no se puede ni arrimar uno a esas inocentes
criaturas, que andan unta-das con grasa de arriba a abajo, con parches de sebo
encima de las orejas, o con el estómago más blando que la cuerda
floja. Es la madre que los está curando!
Si mi Hada Madrina, que todo me negó cuando
vine al Mundo, se arrepintiera ahora de su tacañería, y me dijera al ver lo
que sufro por la humanidad:
- "Pídeme alguna cosa, hijo mío, y la
verás cumplida! "
Yo le pediría, con lágrimas en los ojos que
cambiara esta manía que tenemos de dar medicinas para las enfermedades en
otra de sugerir remedios para los males de la vida pública.
Qué felices seríamos, por ejemplo, si al pie de
la Administración Central Provincial o Municipal, hubiera siempre un coro de
doctores criollos que estuviera recetando específicos contra todos los
defectos, errores, extorsiones, vacíos, ligere-zas, empecinamientos y demás
mechificaciones que amargan la vida ciudadana.
Las enfermedades dejémosla a los médicos.
De otra manera sólo lograremos que los galenos, al
ver que todos invadimos su campo profesional, dejen botados a los enfermos y
se pongan a componer el país,
como lo están haciendo en la Magistratura y en los
Municipios los médicos y cirujanos, muy señores nuestros.
Pero ellos no tienen la culpa.