Mors ultima ratio

“La muerte es la última razón”

Ana Moyao

16 de Julio de 2002

“Si un hombre de Israel o de los

forasteros que viven en medio

de ustedes come cualquier

clase de sangre, lo aborreceré y lo

exterminaré, porque la vida del

mortal está en su sangre, y

yo les di la sangre como un medio

para rescatar su propia vida, cuando

la ofrecen en el altar; pues la sangre

ofrecida vale por la vida del que ofrece”.

Levítico 17, 11.

–Que no se te olvide que mañana en la noche es el evento del Ensamble de las sombras.

–¿Cómo crees que se me va a olvidar? Ese hombre es tan adorablemente extraño que es imposible perdérselo– le contestó Solange.

Entonces la voz emocionada de Kadiya se escurrió por el auricular –además me vas a acompañar para hablar con él un rato no?–

–¡Ah eso sí que no me lo pierdo!

–Bueno, entonces allá nos vemos, adiós–

.

El día avanzó lánguidamente y cuando llegó la noche Kadiya abrió la ventana como siempre lo hacía para que el viento entrara y llevará sus palabras hasta los oídos del hombre que amaba. Ese hombre que jamás se había detenido a escucharla, que incluso la había despreciado en alguna ocasión. Kadiya se reprochaba de vez en cuando con vaguedad –a fin de cuentas artista–, sin embargo no perdía la esperanza de hablar con Musa, de decirle cuanto lo deseaba.

Platicaba a solas con el viento, murmuraba lo que había pasado en su día, le preguntaba como le había ido a él. En ocasiones entraba el aire frío en su habitación, mientras pronunciaba su nombre, –vaya coincidencia–, pensaba.

La noche del día siguiente ya se encontraba lista para ver a ese personaje tan frágil, esbelto, perfectamente blanco y elegante, de facciones finas. Su atuendo negro contrastaba con el color rojo de sus labios, quería lucir bien ante ese hombre.

Cuando el concierto terminó se coló junto con Solange hacia un lugar donde nadie las viera, esa noche Musa sabría de una vez por todas lo que el viento había recibido del aliento de Kadiya noche tras noche.

Y Kadiya se ensimismaba pensando acerca de que era lo que la atraía tanto de ese hombre, sentía algo extraño, como un presentimiento, quizá era demasiada belleza en un hombre, demasiada delicadeza pero no, no quería pensar en la posibilidad de que Musa fuera... ¡no, ni pensarlo!

Sin embargo, había algo mas que no podía entender porque no era el cuerpo y su belleza lo que ella deseaba, sino que había algo en su alma, algo que a Kadiya no le era ajeno; pasaba los días tratando así de averiguar que era eso, quizá hablando con él lo descubriría.

Estaba absorta meditando esto cuando Solange le dijo que no podría quedarse con ella. –¡Pero no seas así, me lo prometiste!–, le contestó Kadiya con un dejo de reclamo. De verdad lo siento, tengo que llegar temprano–expresó tristemente su amiga tratando de disculparse.

–Ya qué, pero tú te lo pierdes– dijo Kadiya con aire retador, –mmh, ya lo sé, pero ni modo será otra vez, pero mañana me cuentas todos los detalles ¿si?– y Solange se despidió de su amiga.

Y Kadiya siguió con su propósito, logró llegar al brindis privado que se ofrecía en la parte trasera de la construcción colonial en la que se encontraban. El ambiente había refrescado, se había vuelto algo húmedo y frío. Kadiya se acercó a la mesa de las bebidas y tomó una copa de vino tinto, mientras miraba a la gente que platicaba y departía con los demás.

Musa no había salido ¿se habría ido? –No, por aquí debe estar–, se dijo a sí misma esperando que fuera cierto. Y el tiempo se iba, pesadamente, minuto a minuto, la espera larga. Musa no aparecía, Kadiya no perdía el anhelo.

Tomaba otra copa de vino cuando Musa apareció. Rápidamente se aproximó a él y lo saludó. –Hola, ¿te acuerdas de mi?–

Musa buscaba a alguien entre la gente cuando distraídamente contestó que sí. –Oye Musa ¿puedo hablar contigo? Sólo tres minutos, por favor.

–Pero estoy ocupado– le contestó con desdén.

–¡Por favor!–

Dándose media vuelta le contestó –Espérame–.

Kadiya esperó observando a Musa platicando aquí y allá, mientras el recuerdo de esa actitud de desprecio que acababa de recibir le daba vueltas en la cabeza y en ocasiones dudó si era mejor irse.

–¿Cómo hablarle de amor si me detesta?– pensó tristemente recargada en un pilar de la construcción, mientras miraba la fina y blanca dentadura de Musa al reír cuando departía a lo lejos con otras personas.

Entonces se le volvió a acercar –¿ya podemos hablar?– le inquirió ansiosamente. –Por favor, compréndeme, ahorita quiero estar con mis amigos, pero bueno, déjame tu teléfono y yo te llamo.

–Bueno–, dijo tristemente Kadiya sabiendo que esa promesa no sería cumplida. Le extendió un papel cualquiera con su nombre y su número telefónico en él.

–Entonces yo te hablo, cuídate mucho y que te vaya bien, gracias– le dijo Musa con una sonrisa acercándosele para besarla en la mejilla.

Kadiya se sintió en shock viendo como ese rostro estaba cada vez más cerca del suyo, cuando sus pieles se tocaron, ¿por qué todo tenía que ser tan rápido? ¿por qué no podría recordarlo siempre? Indudablemente lo iría olvidando, cada día un poco mas, hasta que su mente sólo recordara de la acción una simple premisa, no la sensación de aquellos labios rozando su rostro, esa piel tan suave y esas palabras, pronunciadas sólo para ella, aunque hayan sido de desprecio.

–Entonces nos vemos, cuídate mucho– dijo Kadiya pero Musa se había dado la vuelta sin escucharla.

Se dirigió a la salida ya que no tenía nada que hacer ahí sin embargo, fingió haber olvidado algo dentro y regresó para observar un rato mas a ese hombre, para ver si descubría algo mas que le ayudara a liberarse de la eterna e insistente presencia del recuerdo de Musa.

Extrañamente cuando regresó el lugar estaba vacío, ni una alma en el lugar. Toda la gente que reía y brindaba en el patio al aire libre se había esfumado. Su corazón, que latía cada vez más aprisa, se sintió estrujado por la duda y después por el miedo, su razón comenzaba a zozobrar en el delirio de la incertidumbre y el desasosiego.

Había perdido la calma y después de caminar aprisa corría, pero no hacia la salida, algo la obligaba a correr hacia adentro del edificio y las puertas estaban cerradas. Sentía que algo la perseguía, no distinguía con claridad, sólo se sentía en peligro. Esa presencia la miraba y quería acorralarla entre las paredes húmedas y frías, Kadiya las sentía cerca, trataba de asirse a ellas pero estaban tan lejos, estaba tan aterrorizada, por mas que trataba de ver que le perseguía, la mirada se le nublaba, llorando de desesperación.

El helado viento le caló los huesos, cerró los ojos con la respiración agitada y sintió su cráneo y su cuerpo de espaladas golpear en un muro. Cuando puedo abrir los ojos observó frente a sí una mujer de blanco rostro sobre ella aprisionándola. Era una mujer extrañamente familiar, sus ojos eran dos destellos azules que parecían mirar lo más recóndito de su mente, permanecían inertes, pero atentos. Su sonrisa se tornaba maléfica mostrándole así sus afilados colmillos.

De lo poco que Kadiya podía ver en esa helada penumbra, distinguía los vestidos de esa mujer, tan elegantemente confeccionados, de un gusto exquisito, hechos de terciopelo rojo. Ante esta visión tan singular su pensamiento se tornaba impreciso, en ocasiones olvidaba el temor y el dolor que le provocaba esa mujer al aprisionar sus brazos con tal fuerza y se confundía con un sentimiento de pertenencia y de deseo infinito que no lograba identificar nuevamente.

–¿Por qué tiemblas? ¿Acaso no me buscabas y me deseabas? ¿No me hablabas cada noche, implorando que te poseyera? ¿No te recostabas desnuda por las noches, creyendo que mis manos acariciaban febrilmente tu cuerpo?– le inquirió la mujer, con una voz peculiar y tan conocida por Kadiya, con un tono pasional.

–¿Pero qué te pasa? ¿De qué hablas? ¡Suéltame, me estás lastimando! ¿Quién diablos te crees para hacerme esto? ¡Ayúdenme! ¡Esta mujer esta loca!– gritaba desesperada M al sentir que la mujer le aprisionaba con mas fuerza.

–¡Silencio! Le gritó la mujer enfurecida con el gesto más cruel que antes sacando la lengua en una actitud lúbrica para lamer el cuello de Kadiya.

–¡Qué haces, asquerosa, suéltame!– le gritó con coraje para recibir una bofetada en la cara.

El dolor era intenso aquella mujer le seguía aprisionando, cuando disminuyó el dolor, abrió los ojos, pero ya no veía el rostro hermoso de la mujer, se encontraba frente a sí un terrible

ser desfigurado, un monstruo descarnado que acercaba su boca a su cuello, lentamente. El aire se había vuelto denso y el olor insoportable. El terror le nublaba la mente.

Una vez que estuvo frente a ella, el ser descarnado le mostró sus fauces llenas de afilados dientes y de la cual surgió un olor a carne podrida. La miró fijamente a los ojos y se abalanzó hacia su cuello.

El grito de Kadiya se ahogó en las paredes vacías del lugar su cuerpo resbaló, mientras la criatura tragaba la sangre que brotaba de la herida que le había hecho en el cuello. Inmóvil escuchaba el fluir de la sangre que la abandonaba quedando cada vez mas inconsciente, escuchando al mismo tiempo la voz de Musa

–no temas–.

Continuaba inerte derrumbada sobre el suelo, su vista se aclaró y puedo ver que el monstruo se había ido, la luz de la luna llena brillaba en el firmamento sombrío y dentro de ella un instinto animal despertó con esa luz. Un dolor en las entrañas la sacudió y cerró los ojos, se mitigó el dolor un poco.

Escuchó pasos, era una andar firme y elegante, ligero, una mujer tal vez. Intentó pedir auxilio pero no salió un sonido leve de su boca, estaba demasiado débil.

Era la misma mujer que la había aprisionado antes de que el monstruo la atacara. Llegó hasta donde Kadiya yacía, se arrodilló y la tomó en sus brazos.

–Eres fuerte– le dijo, Kadiya la veía con ojos llorosos de dolor. No iba a perdonarle lo que le hizo. Pero ese cierto parecido con Musa era cada vez mas fuerte.

–Es tiempo de terminar esto– dijo la mujer.

Kadiya se sintió confundida y con el último aliento le suplicó –por favor, ayúdeme, no quiero morir–, la mujer le sonrió y rozó sus labios suavemente con un beso. Ya no podía resistirse ni decir nada, la debilidad estaba acabando con su vida.

La mujer tomó una pequeña daga y cortó su muñeca derecha dejando gotear la sangre sobre la boca de Kadiya.

–Bebe.

Con el ligero soplo de vida que le quedaba, Kadiya sólo sintió asco, pero gradualmente abrió sus labios, bebiendo gota a gota la sangre cálida que la mujer le brindaba, convirtiendo así su asco en un infinito placer. Instantes después, los borbotones de sangre caliente pasaban por su garganta, su sabor tan dulce, mientras sentía como un negro abismo la atraía velozmente. Caía cada vez más rápido en la oscuridad, alejándose de la luz, en un viaje etéreo, hasta que un golpe la apartó de su alimento.

Con una insoportable necesidad de saborear la sangre se levantó del piso y se arrojó contra la mujer, quien la apartó de si con un golpe que la estrelló contra la pared.

Y el dolor en las entrañas volvió, más intenso que antes. De nuevo recargada en la pared, el estruendo de mil derrumbes ensordeció sus oídos, insoportable, todo desaparecía, sólo la oscuridad y el estruendo, la luz dejaba su vida para siempre, imaginó que algo había desatado la ira divina.

La mujer la observaba, mientras Kadiya se estremecía recargada en la pared viendo sólo tinieblas a su alrededor y le decía –abandónate, estás muriendo, ya no eres de este mundo, compartirás la eternidad conmigo–.

Aún le quedaba conciencia suficiente para continuar con la repulsión que le causaba esa mujer, ¿cómo amar a un desconocido? ¿cómo amar a alguien tan cruel? ¿cómo amar a otra mujer? ¿por qué estaba pensando en la palabra amor cuando veía a esa mujer?

–¡Qué asco! ¡Prefiero la muerte!–, gritó como pudo en contra de aquella hermosa mujer que la miraba a distancia.

Sin embargo la mujer volvió a acercársele y a arrodillarse a su lado, las sacudidas se hicieron más intensas y dolorosas, su piel se estaba poniendo blanca. La mujer le sujetó la cabeza para evitar que sufriera más daño.

–Ahora seremos un solo ser, por la sabiduría de la humanidad que alimentó mi pasado, esta sabiduría esta en mi sangre, que ahora comienza a recorrer tus venas por vez primera. Esta sangre que alimentó mi sed de conocimiento ahora es tuya también. Así pasaremos la eternidad, alimentándonos de la vida humana, seremos uno, no temas, no huyas, sabes bien quién soy, yo sé que me amas, entra a la eternidad.

Entre espasmos su mente le proyectaba la imagen constante de Musa, escuchaba su voz, que le decía que vivirían la eternidad en el mundo, que la muerte jamás los tocaría, y se sentía feliz, lo tendría para siempre y el rostro de la mujer interfería con estas visiones, resultándole mas familiar cada vez.

Cuando despertó nuevamente se halló en los brazos de las mujer que le miraba indulgente.

–Ahora sabes la verdad, ahora que has dejado de ser mortal, puedes notar la sutil diferencia de quien soy en realidad. Esta es la razón que no podías explicarte, esto es lo que te atraía tanto pero no ignorabas lo que era. Escuché todas las veces que me llamabas y cuando sentías el viento frío, yo estaba ahí observando tu ser, que cada día se sentía más culpable y mas decepcionado por no tenerme, deseando poseerte.

Kadiya comprendió todo, sabía quien era ese ser que le había obsequiado con la vida eterna y la oportunidad de amarle para siempre. Sus nuevos ojos miraron a esa mujer, que sus ojos de mortal concibieran como otra persona, reconoció en ese rostro, en esa voz, a quien amaba, a quien había deseado noche tras noche. Su corazón latía con nueva fuerza la pasión tantas veces reprimida se desbordó y en un arrebato, se acercó al rostro de la mujer, se miró en sus ojos, respiró su aliento y acercándose lentamente, sus almas se unieron en la eternidad y sus labios en la tierra.

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