Si hay algo que nos salva en este mundo... es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una isla de ignorancia en medio de los mares negros del infinito, y no estamos hechos para viajar lejos...
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Si es cierto que el hombre vive siempre al borde de un abismo, entonces casi todos los hombres deben experimentar momentos de algo que llamar�amos nivel precognoscitivo, cuando las vastas e imperceptibles profundidades que existen siempre bordeando el peque�o mundo del hombre se convierten por un momento en tangibles, cuando el terrible pozo de conocimientos sin frontera, que incluso las mentes m�s brillantes s�lo han vislumbrado, asume una apariencia borrosa capaz de llenar de terror el coraz�n m�s duro. �Conoce algun ser viviente los verdaderos origenes de la humanidad? �O el lugar que al hombre corresponde en el universo? �Sabe si el hombre est� destinado al ignominio final de un gusano? Hay terrores que caminan por los pasillos de los sue�os cada noche, que embrujan el mundo de los sue�os, terrores que pueden relacionarse con los aspectos m�s mundanos de la vida cotidiana. Cada vez estoy m�s convencido de la existencia de un mundo fuera de �ste en que estamos, lindante con �l pero quiz� completamente alucinatorio. Sin embargo, no ha sido siempre as�. No fue as� hasta que conoc� a Amos Piper. Mi nombre es Nathaniel Corey. He practicado el psicoan�lisis durante m�s de cincuenta a�os. Soy autor de un libro y de varias monograf�as publicadas en peri�dicos dedicados a ese tipo de conocimientos. Particip� durante muchos a�os en Boston, despu�s de haber estudiado en Viena, y hace diez a�os, en el semirretiro, me traslad� a la ciudad de Arkham, en el mismo Estado. Me hab�a ganado, con mi trabajo, una reputaci�n seria e �ntegra, que me temo ponga en duda este relato. Aunque espero que ofrezca una conclusi�n bien distinta. Es un firme presentimiento el que me lleva por fin a dejar testimonio de lo que ha sido quiz� el problema m�s interesante y provocativo con que me he encontrado en todos estos a�os de pr�ctica. No acostumbro a hacer observaciones p�blicas acerca de mis pacientes, pero me veo obligado a ello dadas las circunstancias peculiares que se dieron en el caso Amos Piper: a trav�s de ellas se plantean ciertos puntos que, a la luz de otros, sin relaci�n aparente, podr�an adquirir m�s relieve de lo que en un principio presum�. Hay poderes de la mente que permanecen en las tinieblas, y quiz� tambi�n poderes de las tinieblas que van m�s all� de la mente: no me refiero a brujas, fantasmas o duendes, ni cualquier otra invenci�n creada por civilizaciones primitivas, sino a poderes infinitamente m�s vastos y terribles que cualquier concepto humano. El nombre Amos Piper no ser� desconocido para mucha gente, especialmente para aquellos que recuerden la publicaci�n de investigaciones antropol�gicas que llevan su nombre, har� cosa de diez a�os, m�s o menos. Le conoc� por primera vez cuando su hermana, Abigail, le trajo a mi consulta un d�a de 1933. Era un hombre alto, que parec�a haber sido grueso: sobre su cuerpo huesudo colgaban las ropas como si hubiese perdido mucho peso en un tiempo relativamente corto. Este parec�a ser el problema: al primer vistazo, Piper necesitaba m�s la ayuda de un m�dico que de un psicoanalista, pero su hermana explic� que hab�a acudido a los mejotres especialistas y todos le hab�an indicado que su problema era escencialmente mental y se escapaba a sus facultades terap�uticas. A la se�orita Piper le hab�a sido recomendado por varios colegas, y tambi�n algunos compa�eros de Piper en la facultad de la Universidad de Miskatonic, hab�an insistido en esa recomendaci�n emanada del consejo m�dico que le hab�a atendido. La suma de estas razones fue la que les condujo a pedirme una cita. La se�orita Piper me adelant� el problema de su hermano, mientras �l descansaba en una habitaci�n contigua a la consulta. Expuso el fondo del problema con admirable concisi�n... Piper parec�a ser v�ctima de terribles alucinaciones, visiones que se apoderaban de �l cada vez que cerraba los ojos o bajaba los p�rpados, mientras estaba despierto, y en sue�os, mientras dorm�a. No dorm�a, sin embargo, desde hac�a tres semanas. En ese tiempo hab�a perdido tanto peso que a ambos les alarmaba su estado. Como pre�mbulo, la se�orita Piper se�al� que su hermano hab�a sufrido un colapso nervioso tres a�os antes en un teatro; este colapso hab�a durado tanto que hasta este �ltimo mes Piper no hab�a vuelto a ser la misma persona. Su m�s reciente obsesi�n -si de una obsesi�n se trataba- se hab�a manifestado una semana despu�s de volver a su estado normal; seg�n la se�orita Piper, pod�a haber alguna relaci�n l�gica entre el estado en que se encontraba despu�s del colapso y estas nuevas obsesiones, tras una corta etapa de normalidad. Las drogas hab�an demostrado su eficacia para inducirle a dormir, pero aun as� no hab�an eliminado los sue�os, que al parecer eran de una naturaleza espantosa, tanto que el doctor Piper era reacio a hablar de ellos. La se�orita Piper contestaba con franqueza a las preguntas que yo le hac�a, pero revelaba falta de conocimiento acerca de la verdadera situaci�n de su hermano. Me asegur� que en ning�n momento hab�a dado muestras de esp�ritu agresivo, pero que andaba distra�do con frecuencia y establec�a entre �l y el mundo en que viv�a una clara l�nea de separaci�n, como si viviese encerrado en un caparaz�n que le aislase de este mundo. La se�orita Piper se march�, y yo me puse a examinar a mi paciente. Le vi sentado junto a mi escritorio con los ojos muy abiertos a costa de un gran esfuerzo pues el globo del ojo estaba inyectado en sangre, y el iris parec�a estar nublado. Se le notaba agotado, y empez� a excusarse en seguida por estar all�, explicando que su hermana hab�a insistido y tomado la determinaci�n sin permitirle otra opci�n que ceder. Lo hab�a hecho para complacer a su hermana, ya que �l era conciente de que su caso no ten�a remedio. Le dije que la se�orita Abigail hab�a hablado a grandes rasgos de su problema, e intent� calmarle los �nimos. Le habl� en un tono consolador y en t�rminos generales. Piper escuch� con paciencia y respeto. Aparentemente ced�a ante mi modo natural, reconfortante, con que pretend�a siempre inspirar confianza, y cuando por fin le pregunt� por qu� no cerraba los ojos, me contest� sin titubear, y con sincerdidad, que ten�a miedo a hacerlo. -�Por qu�? �Puede decir por qu�? Recuerdo su respuesta: -En cuanto cierro los ojos aparecen en mi retina extra�as figras geom�tricas y dise�os, junto con tenues luces y formas de los m�s siniestras, parecidas a unas enormes criaturas inimaginables por un hombre; y lo m�s terrible de ellas es que son criaturas inteligentes e inconmesurablemente desconocidas. Le ped� que intentase describir a estos seres. Tropezaba con dificultades para hacrelo. Sus descripciones eran vagas, pero asombraba lo que suger�an. Ninguno de estos seres parec�a estar claramente formado, excepto algunos conos rugosos, que tanto pod�an ser de origen vegetal como animal. Hablaba con una convicci�n rotunda, y me describ�a con esfuerzo aquellas sorprendentes criaturas con las que so�aba tan intensamente. Me choc� la intensidad de su imaginaci�n. �Quiz� exist�a un nexo entre esas visiones y la larga enfermedad que hab�a sufrido? Parec�a poco dispuesto a hablar de esto, pero al cabo de un rato lo hizo, algo inseguro, en un lenguaje inconexo. Era a m� a quien correpond�a unir las piezas de los acontecimientos que relataba. La historia comenz� cuando ten�a cuarenta y nueve a�os. Fue entonces cuando sobrevino su enfermedad. Estaba asistiendo a una representaci�n de La carta de Mugham, cuando, a mitad del segundo acto, se desmay�. Le llevaron a la oficina del empresario y se esforzaron por reanimarle. Fue in�til y al fin le trasladaron a su casa en una ambulancia de la polic�a. De nuevo los m�dicos estuvieron un buen rato intentando reanimarle. Fracasaron en su intento y Piper fue hospitalizado. Estuvo en estado de coma durante tres d�as, transcurridos los cuales recobr� el conocimiento. Se observ� de inmediato que ya no era "el mismo". Su personalidad hab�a sufrido un profundo desequilibrio. Se crey� al principio que hab�a sido v�ctima de un ataque de alg�n tipo, pero al no apreciarse s�ntomas que lo corroboraran, esta tesis hubo de ser abandonada. Tan profundo era el achaque que incluso algunas elementales actividades del ser humano las realizaba �l con extrema dificultad. Por ejemplo, en seguida se apreci� que ten�a dificultad para coger objetos; sin embargo, f�sicamente no ten�a ning�n defecto y sus articulaciones funcionaban normalemente. Sus intentos de agarrar alg�n objeto hac�an pensar en la maniobra ejecutada por una criatura sin dedos; o sea, que apartaba los dedos y el pulgar como si formaran una pinza r�gida, en un movimiento que hac�a pensar m�s en las garras de un animal que en el movimiento de una mano humana. No era �ste el �nico aspecto sorprendente de su "recuperaci�n". Tuvo que aprender a caminar otra vez, pues parec�a avanzar como si careciera de capacidad motriz. Le fue tambi�n extraordinariamente dif�cil aprender a hablar: sus primeros intentos los hizo con las manos, como si fuesen garras que intentasen coger objetos; al mismo tiempo emit�a curiosos sonidos, como silbidos, cuya falta de significado le irritaba. Pero su inteligencia no parec�a haber sufrido ning�n da�o, pues en menos de una semana dominaba todos los actos vulgares que componen la vida cotidiana de un hombre. Pero si bien su inteligencia no se hab�a visto afectada, se hab�a borrado todo cuanto compon�a el pasado de su propia vida. No hab�a reconocido a su hermana, ni a ninguno de sus compa�eros de Facultad y miembros del cuerpo docente de la Universidad de Miskatonic. Dec�a no saber nada de Arkham, Massachusetts, y poca cosa de los Estados Unidos. Fue necesario ense�arle todo esto otra vez. Necesit� poco tiempo -menos de un mes- para asimilar cuanto se le puso delante. Redescubri� el conocimiento humano en un tiempo sorprendentemente corto, y demostr� una memoria excepcional, pues asimil� con exactitud todo lo que se le dijo y todo lo que ley�. Con el cambio -una vez completado el adoctrinamiento- se puso de manifiesto durante su enfermedad que la parte de su cerebro que alojaba la memoria era infinitamente m�s valiosa que antes. Fue despu�s de hacer todos estos ajustes a su nueva situaci�n cuando Piper comenz� a actuar de una forma que �l mismo denomina "inexplicable". Obtuvo una excedencia por tiempo indefinido de la Universidad de Miskatonic, y comenz� a viajar extensamente. Pero no le quedaba ning�n recuerdo directo o personal de estos viajes cuando me visit� en la consulta, o de ning�n momento tras su "recuperaci�n", durante la enfermedad que hab�a sufrido durante tres a�os. No hab�a nada en su relato de estos viajes que se pareciese a un recuerdo, y tampoco era capaz de decir lo que hab�a hecho durante los mismos: esto era algo extraordinario, si se pensaba en la fabulosa memoria que demostr� durante su enfermedad. Le hab�an dicho cuando se "recuper�" que hab�a ido a extra�os y lejanos lugares del mundo -el Desierto Ar�bigo, las extensiones de Mongolia, el C�rculo �rtico, las Islas de Polinesia, las Marquesas y el entiguo pa�s Inca del Per�. No recordaba en absoluto lo que hab�a hecho all�, ni tampoco hab�a nada en su equipaje que probase sus recorridos, excepto uno o dos curiosos trozos de piedra cubiertos de lo que podr�a ser escritura jerogl�fica antigua, adecuados para formar parte de la colecci�n de un turista. Cuando no estaba ocupado en estos viajes extra�os, pasaba su tiempo leyendo, con inconcebible rapidez, en las grandes bibliotecas del mundo. Su recorrido le hab�a llevado desde la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en Arkham -muy conocida por sus manuscritos y libros prohibidos, acumulados a lo largo de siglos, a partir de los tiempos coloniales-, hasta El Cairo. Pero la mayor parte del tiempo lo hab�a pasado en el Museo Brit�nico de Londres y en la Biblioteca Nacional de Par�s. Hab�a consultado innumerables bibliotecas privadas, cuando se lo permit�an sus due�os. De todas formas, los datos que hab�a comprobado durante su breve semana de "normalidad" -usando de todos los medios disponibles: cables, telegrama, radio, a causa de la urgencia, dec�a- demostraban que hab�a le�do, devorado, mejor dicho, ciertos libros muy antiguos que antes de caer enfermo desconoc�a por completo o que conoc�a �nicamente a trav�s de las m�s vagas referencias. Estos libros, relacionados con remotas sabidur�as, eran Los Manuscritos Pnak�ticos, el Necronomicon del �rabe loco Abdul Al-Hazred, los Unaussprechlichen Kulten de von Juntz, los Cultes de Goules del conde d'Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, el Texto de R'lyeh, los Siete Libros Cr�pticos de Hsan, los C�nticos de Dhol, el Liber Ivoris, los Fragmentos de Celaeno y muchos otros similares, algunos de los cuales exist�an s�lo en forma fragmentaria, esparcidos por toda la superficie de la tierra. Por supuesto, hab�a tambi�n otros de historia, pero de acuerdo a las fichas de retirada, las lecturas de Piper hab�an comenzado siempre con libros de leyendas o que trataban de cuestiones sobrenaturales. A partir de ah� segu�a sus estudios de historia y atropolog�a, en progresi�n directa, como si Piper asumiese que la historia de la humanidad hab�a empezado, no en los tiempo antiguos, sino en un mundo incre�blemente viejo, que ya exist�a antes de que el hombre midiese el tiempo seg�n lo conocen los historiadores, y del que se habla en algunos temibles libros de ciencias ocultas. Tambi�n se sab�a que hab�a tenido contactos con otras personas a las que no conoc�a previamente, pero que al encontrarse, en el lugar que fuese, parec�an tenerlo todo preparado; personas unidas por los mismo prop�sitos, relacionadas con investigaciones macabras, o miembros del cuerpo profesional de alguna Universidad o escuela. Siempre exist�an puntos comunes entre ellos, seg�n dedujo Piper en sus averiguaciones telef�nicas intercontinentales, tras haber encontrado entre sus papeles, cuando volvi� a la normalidad, algunos mensajes. Todos y cada uno hab�a sufrido un id�ntico o muy similar estado de postraci�n al que hab�a pasado Piper a partir de la noche del teatro. Aunque esta forma de actuar no ten�a nada que ver con la vida de Piper antes de su enfermedad, una vez adoptada se mantuvo bastante consistente durante todo el tiempo que estuvo enfermo. Los extra�os e inexplicables viajes que hab�a hecho poco despu�s de haberse acostumbrado de nuevo, tras su "recuperaci�n", a vivir entre sus colegar y familiares, hab�an continuado durante los tres a�os en que no hab�a sido "el mismo". Dos meses en Ponap�, un mes en Angkor-Vat, tres meses en las tierras ant�rticas, una conferencia con un colega experimentado en Par�s, y cortos per�odos en Arkham entre un viaje y otro. Este era el patr�n de su vida; de esta forma pas� los tres a�os anteriores a su completo restablecimiento. Este per�odo hab�a sido seguido por otro de profundo desequilibrio, que no permit�a a Amos Piper consenrvar la memoria de lo que hab�a hecho en esos tres a�os, y le esclavizaba el terror de no cerrar los ojos, para no ver aquello que surg�a en su mente subconsciente algo espantoso y aterrador, ligado estrechamente a sus sue�os. 2 Al cabo de tres visitas, logr� convencer a Amos Piper para que me contase alg�n fragmento de sus extra�os y gr�ficos sue�os, esas aventuras nocturnas de su subconsciente que le torturaban. Se parec�an mucho unos a otros en escencia; no exist�a una fase de transici�n entre el momento de estar despierto y el momento de estar dormido. Pero a la luz de la enfermedad de Piper, eran desafiadoramente significativos. El m�s com�n de ellos repet�a un lugar; esto, con algunas variaciones, ocurr�a repetidamente en la secuencia que Piper me expuso. Reproduzco aqu� su propio relato del sue�o que se repet�a: "Yo era un erudito que trabajaba en la biblioteca de un edificio colosal. La habitaci�n en la que estaba sentado, y en la que transcrib�a algo de un libro escrito en un idioma que no era el ingl�s, era tan grande que las mesas ten�an la atura de una habitaci�n normal. Las paredes no eran de madera, sino de basalto, y los estantes que cubr�an las paredes eran de una clase de madera negra que no conoc�a. Los libros no estaba impresos, sino totalmente holografiados, algunos escritos en el mismo extra�o idioma en que yo escrib�a. Pero hab�a algunos idiomas que pod�a reconocer -este reconocimiento, sin embargo, se remontaba a ancestrales recuerdos-, s�nscrito, griego, lat�n, franc�s, incluso ingl�s, pero un ingl�s muy mezclado, desde el ingl�s de Piers Plowman hasta el de hoy. Las mesas aparec�an iluminadas por grandes globos de cristal, unidos a extra�as m�quinas hechas de tubos de vidrio y barras de metal, sin cables que las conectasen. "Aparte de los libros en los estantes, el lugar daba la impresi�n de un austero vac�o. En la piedra se ve�an extra�os grabados, todos ellos dibujos matem�ticos curvil�neos, junto con inscripciones en la misma escritura jerogl�fica estampada en los libros. La mamposter�a era megal�tica: en bloques convexos se encajaban las hiladas c�ncavas que descansaban en ellos; se elevaban desde un suelo compuesto por grandes losas octogonales de un basalto similar al de las paredes. Nada hab�a colgado en ellas, y nada decoraba los suelos. Las estanter�as iban desde el suelo hasta el techo, y entre las paredes solamente hab�a las mesas en las que trabaj�bamos de pie, pues no hab�a nada ante nuestra vista que se pareciera a una silla, ni tampoco sent�a necesidad de sentarme. "Durante el d�a pod�a mirar afuera, a un vasto bosque de �rboles como helechos. Durante la noche pod�a mirar las estrellas, pero no reconoc�a ninguna: ni una sola constelaci�n de esos cielos se parec�a siquiera remotamente a las estrellas familiares, a las acompa�antes nocturnas de la tierra. Esto me llenaba de terror, pues sab�a que estaban en un lugar muy exra�o, alejado de los lugares terrestres que hab�a conocido y que ahora aparec�an como recuerdos de una existencia incre�blemente lejana. Ten�a conciecia de que formaba parte integral de aquel mundo y a la vez de que no ten�a nada que ver con �l, era como si una parte de m� perteneciese a este medio y otra parte no. Estaba muy aturdido, y en especial me confund�a darme cuenta que estaba escribiendo una historia de la tierra de un tiempo que me parecia haber vivido, es decir, del siglo XX. Estaba transcribi�ndolo en sus detalles m�s nimios, como si fuese para esudiarla, pero no sab�a con qu� prop�sito. Quiz� para a�adir una opresora acumulaci�n de saber a todo el saber que se concentraba en los innumerables libros de la habitaci�n en que estaba, y en las habitaciones que la rodeaban, ya que el edifiicio entero al que pertenec�a esta habitaci�n era un gran almac�n de saber. Tampoco era el �nico: por las conversaciones o�das en torno a m�, sab�a que hab�a otros m�s lejanos, y que en ellos hab�a otros escribanos como nosotros, con tareas similares, y que el trabajo que realiz�bamos era vital para el retorno de la Gran Raza -raza a la que pertenec�amos- a los lugares de los universos donde una vez, hac�a mucho, estuvo nuestro hogar, hasta que la guerra con los Primordiales nos oblig� a huir. "Trabajaba siempre con mucho miedo. Todo me inspiraba terror. Ten�a miedo de mirarme a m� mismo. Ten�a omnipresentemente un miedo terror�fico a un extra�o descubrimiento intr�nseco en la m�s fugaz ojeada a mi cuerpo, derivado de la convicci�n de que me hab�a mirado con anterioridad y me hab�a asustado profundamente al verme. Quiz� ten�a miedo de ser como los dem�s, puesto que mis compa�eros, que me rodeaban, eran todos iguales. Aparentaban grandes conos de un material rugoso, como la estructura de un vegetal; med�an m�s de diez pies de alto; su cabeza, as� como sus manos, en forma de garras, estaban unidas a unas anchas extremidades que sal�an del v�rtice del cono. Caminaban merced a la expansi�n y contracci�n de la capa viscosa que formaba su base, y aunque no hablaban un lenguaje reconocible, pod�a entender los sonidos que emit�an, pues, en mi sue�o, me sab�a instruido en ese idioma desde el momento en que llegu� a aquel lugar. No hablaban con algo parecido a una voz humana, ni yo tampoco, sino con una extra�a combinaci�n de silbidos y golpes y resgu�os de las grandes garras con que finalizaban sus cuatro extremidades enraizadas en lo que supuestamente pod�an ser sus cuellos, aunque esa parte de sus cuerpos no se ve�a. "Parte de mi miedo sobrevino al entender ligeramente que era un prisionero dentro de un prisionero, que aun cuando estaba preso dentro de un cuerpo similar a los que me rodeaban, ese cuerpo estaba, a su vez, preso dentro de la gran biblioteca. Buscaba en vano cosas que me fueran familiares. Nada de lo que all� hab�a me recordaba a la Tierra que hab�a conocido desde la ni�ez, y todo indicaba que nos encontr�bamos en un punto lejano del espacio. Comprend�a que todos mis compa�eros eran tambi�n cautivos de alguna forma, aunque algunos hac�an el oficio de guardianes. Muy similares a los otros en forma, ten�an un cierto aire de autoridad, y caminaban ente nosotros muchas veces para ayudarnos. Estos guardianes no amenazaban, sino que se comportaban de un modo cort�s y a la vez firme. "Aunque nuestros guardianes no ten�an por qu� hablarnos, uno de ellos actuaba sin ning�n g�nero de restricciones. Era evidentemente el instructor; se mov�a entre nosotros con m�s soltura que los dem�s y me di cuenta que incluso los otros guardianes eran diferentes a �l. Esto no se deb�a exclusivamente al hecho de que fuera instructor, sino tambi�n a que le sab�an condenado a muerte, porque la Gran Raza no estaba a�n preparada para moverse y el cuerpo en que habitaba estaba destinado a morir antes de que tuviese lugar la migraci�n. Hab�a conocido a otros hombres, y ten�a la costumbre de detenerse ante mi mesa: al principio s�lo me dec�a unas palabras para darme �nimo, y m�s tarde hablaba durante largos ratos. "Por �l supe que la Gran Raza hab�a existido en la Tierra y en otros planetas de nuestro universo, as� como de otros universos, billones de a�os antes de que se escribiese la historia. Los conos rugosos que les daban la apariencia actual los hab�an ocupado hac�a s�lo algunos siglos, y estaban lejos de ser su propia forma, que se asemejaba m�s a un rayo de luz, pues eran una raza de mentes libres, capaces de invadir cualquier cuerpo y de desplazar la mente que lo habitaba anteriormente. Hab�an habitado la Tierra hasta que se vieron envueltos en la tit�nica batalla entre los Dioses Arquet�picos y los Primordiales por la dominaci�n del cosmos. De aquella batalla, seg�n me dijo, se derivaba la explicaci�n del Mito Cristiano para la humanidad, pues las mentes simples de los hombres primitivos hab�an concebido sus recuerdos ancestrales como una batalla entre el Bien y el Mal. Desde la Tierra, la Gran Raza escap� al espacio, en un principio al planeta J�piter, y luego m�s lejos, a esa estrella en la que ahora se encontraban, una estrella oscura de Tauro, donde se quedaron a esperar la siempre pendiente invasi�n de la regi�n del Lago Hali, que era el lugar del desierto de Hastur -uno de los Primordiales- despu�s de la derrota de los Primordiales por los Dioses Arquet�picos. Pero ahora su estrella agonizaba, y se estaban preparando para una migraci�n masiva a otra estrella, ya fuese hacia adelante o hacia atr�s en el tiempo, y para ocupar los cuerpos de otras criaturas de vida m�s larga que los conos rugosos donde ahora se alojaban. "La preparaci�n consist�a en el desplazamiento de las mentes a criaturas que exist�an en varias �pocas y en muchos lugares del universo. Hab�a entre mis compa�eros, afirm�, no s�lo hombres-�rboles de Venus, sino tambi�n miembros de la raza medio vegetal de la Ant�rtica paleogena; no s�lo representantes de la gran raza Inca del Per�, sino tambi�n miembros de la raza de hombres que vivir�an la era post-at�mica de la Tierra, horriblemente alterados por las mutaciones causadas por el desprendimiento de materiales radioactivos de las bombas de hidr�geno y cobalto de las guerras at�micas; no s�lo seres como hormigas de Marte, sino tambi�n hombres de la antigua Roma, y hombres de un mundo de cincuenta mil a�os despu�s. Hab�a mucho m�s, de todas las razas, de todos los tipos de vida, de mundos que conoc�a y de mundos separados de mi tiempo por miles y miles de a�os. Era as� porque la Gran Raza pod�a viajar cuando lo deseaba en el tiepo y en el espacio. Los conos rugosos que ahora constitu�an su cuerpo no eran sino un h�bitat temporal, m�s breve que la mayor�a de los que hab�an ocupado. Y el lugar en el cual desarrollaban ahora sus investigaciones, llenando sus archivos con la historia de la vida en todos los tiempos y en todos los lugares, era para ellos una espor�dica residencia hasta emprender una existencia nueva y m�s duradera en otro lugar, en otra forma, en alg�n otro mundo. "Todos los que trabaj�bamos en la gran biblioteca les ayud�bamos a recopilar datos, puesto que cada uno de nosotros escrib�a la historia de su propio tiempo. Con el env�o de sus miembros al vac�o sideral, la Gran Raza pod�a ver por s� misma c�mo era la vida en otros tiempos y lugares, y conocerla a trav�s de los seres que en ese determinado momento viv�an all�, porque de �stos eran las mentes que hab�an sido enviadas para ocupar el lugar de los miembros ausentes de la Gran Raza, hasta el momento en que se hallasen preparados para volver. La Gran Raza hab�a construido una m�quina para ayudarles en sus vuelos a trav�s del tiempo y del espacio, pero no una de esas m�quinas que puede imaginarse la humanidad, sino una que funcionaba en un cuerpo para separar y proyectar la mente; y cada vez que intentaba un viaje hacia adelante o hacia a tr�s en el tiempo, el viajero se somet�a a la m�quina y el viaje proyectado se realizaba. As� se trasladaban, sin traba alguna, a dondequiera se dirigieran sus migraciones en masa; todo lo accesorio, los aviones, los inventos, incluso la gran biblioteca, se dejar�a atr�s; la Gran Raza empezar�a a construir su civilizaci�n, siempre esperando escapar de la destrucci�n que vendr�a cuando los Primordiales -el Gran Hastur, el Inefable, y Cthulhu que yace en las profundidades del agua, y Nyarlathotep el Mensajero, y Azathoth y Yog-Sothoth y toda su terrible progenie- escapasen de sus ataduras y se enzarzasen otra vez en una tit�nica batalla con los Dioses Arquet�picos en sus remotas fortalezas entre las estrellas distantes". Este era el sue�o m�s corriente de Piper. De hecho, era probable que no se tratase de un sue�o seguido, en el sentido de que se desarrollase en la misma ocasi�n, sino de uno que se repet�a con detalles a�adidos, hasta llegar a la versi�n final que hab�a expuesto y que a �l le parec�a un mismo sue�o repetido, cuando en realidd hab�a sido una acumulaci�n de diversas situaciones. Su forma de actuar en su breve per�odo de "normalidad" en relaci�n con su sue�o es clara, pues representaba el reverso de la realidad: en la vida de �l imitaba las acciones de lo que posteriormente describi� como conos rugosos, que habitaban sue�os que luego se convert�an en realidad. El orden ten�a que ser, normalmente, el contrario; si sus acciones -sus intentos de agarrar objetos como si tuviese garras, y de hablar con las manos, y dem�s- hubiesen tenido lugar despu�s de estos itnensos sue�os, la progresi�n normal habr�a podido ser observada. Era significativo que no hubiese ocurrido de esta forma. Un segundo sue�o parec�a ser una simple continuaci�n del primero. De nuevo Piper se encontraba trabajando en la alta mesa de la gran biblioteca, sin poder sentarse, ya que no hab�a sillas, y adem�s la forma de cono rugoso no permit�a estar sentado. De nuevo el instructor que iba a morir se hab�a parado a hablar con �l, y Piper le hab�a preguntado acerca de la vida de la Gran Raza. "Le pregunt� que c�mo pod�a esperar la Gran Raza mantener sus planes en secreto, si reemplazaba a las mentes que se hab�an desplazado a otro lugar. Dijo que se conseguir�a de dos formas. Primero, todo rastro de recuerdo de este sitio ser�a cuidadosamente borrado antes de que cualquiera de las mentes desplazadas regresase, bien fuese enviada hacia atr�s o hacia adelante en el espacio y en el tiempo. Segundo, si quedase alguna se�al, resultar�a ser tan difusa e inconexa que carecer�a de sentido. Cualquier reconstrucci�n ser�a tan incre�ble para los dem�s, que la considerar�an un invento de la imaginaci�n, o incluso una enfermedad. "Continu� dici�ndome que a las mentes de la Gran Raza se les autorizaba para que eligiesen su h�bitat. No se les enviaba fortuitamente a ocupar la primera "vivienda" con la que tropezaban, sino que ten�an el poder de elegir entre las criaturas que divisaban aquella que deseaban ocupar. La mente desplazada era trasladada al lugar actual de residencia de la Gran Raza, mientras que el miembro de la raza se adaptaba a la vida de la civilizaci�n a la que hab�a ido hasta encontrar los rastros de la vieja cultura que hab�a culminado en el gran levantamiento entre los Dioses Arquet�picos y los Primordiales. Incluso tras el regreso, cuando la Gran Raza hab�a aprendido cuanto deseaba acerca de la forma de vida y los puntos de contacto con los Primordiales -particularmente con sus servidores, que podr�an oponerse a la Gran Raza, amante de la paz y de la soledad, y m�s allegada a los Dioses Arquet�picos que a los Primordiales-, en ocasiones se enviaban mentes para asegurarse de que las mentes desplazadas hab�an quedado limpias de todo recuerdo, o para emprender un nuevo desplazamiento, caso de que no hubiera sido as�. "Me llev� a las habitaciones subterr�neas de la gran biblioteca. Hab�a libros por todas partes, todos holografiados. Grupos de ellos estaban empaquetados en c�maras rectangulares alineadas, labradas en un desconocido metal brillante. Los archivos se ordenaban seg�n las formas de vida, y tom� nota del hecho de que los conos rugosos de la estrella negra estaban cosiderados como superiores al hombre, puesto que el hombre no aparec�a muy separado de los reptiles, que inmedialtamente le preced�an en la tierra. Cuando le interrogu� acerca de esto, el instructor respodi� que estaba en lo ciento. Explic� que el contacto con la Tierra s�lo se manten�a porque en su d�a hab�a sido el centro de las batallas entre los Dioses Arquet�picos y los Primordiales, y los servidores de estos �ltimos viv�an all�, desconocidos para la mayor�a de los hombres: los Profundos en las profundidades del oc�ano, los batracios de Polinesia y del �rea de Innsmouth en Massachusetts, el temible Pueblo Tcho-Tcho del T�bet, los Shantaks de Kadath en el Desierto de Hielo, y muchos otros, y qui�n sabe si ahora resultar�a necesario para la Gran Raza regresar otra vez al planeta verde que hab�a sido su primer hogar. Me dijo que ayer mismo -un tiempo que parec�a infinitamente largo, pues la duraci�n de los d�as y las noches all� era equivalente a una semana en la Tierra- hab�a regresado una de las mentes de Marte y comunicado que el planeta estaba tan cerca de la muerte, o m�s, que su propia estrella, y que se hab�a perdido, por tanto, otra de las alternativas. "De este subterr�neo me llev� a la parte de arriba del edificio. Era una gran torre con una c�pula de una sustancua como el cristal, a trav�s del cual pod�a mirar el paisaje exterior. El bosque de helechos que hab�a visto era de hojas verdes secas, no frescas, y lejos del borde del bosque se extend�a un gran desierto interminable que descend�a a un oscuro golfo: la cuenca ya seca de un gran oc�ano, seg�n explic� mi gu�a. La estrella negra ahora mor�a lenta e implacablemente.�Qu� extra�o parec�a el paisaje! Los �rboles se ve�an enanos en comparaci�n con los grandes edificios de piedras megal�ticas desde donde los contempl�bamos; ning�n p�jaro volaba por el cielo gris; no hab�a ninguna nube, ni niebla en el abismo; y la luz del lejano sol que iluminaba la estrella negra ven�a indirectamente del espacio, de modo que el paisaje estaba siempre ba�ado en una irrealidad gris. "Me estremec� al mirar." Los sue�os de Piper aparec�an cada vez m�s inmersos en el terror. Este miedo se materializaba en dos planos: uno que le ataba a la Tierra, y otro a la estrella negra. Hab�a pocas variaciones. Un segundo tema, que se produjo dos o tres veces en una misma secuecia, era que se le permit�a acompa�ar al guardi�n instructor a un curioso cuarto circular, que deb�a estar en la parte baja de la colosal torre. En cada uno de esos casos, uno de los conos rugosos se hallaba tendido en una mesa entre c�pulas de resplandeciente cristal de una m�quina que emit�a una luz intermitente, como si se tratase de una especie de electricidad, aunque, al igual que las l�mparas de las mesas de trabajo, no hab�a cables que fuesen hacia ellas o saliesen de ellas. A medida que aumentaban las vibraciones de la luz y la intensidad de su brillo, el cono rugoso que estaba en la mesa entraba en estado de coma, y permanec�a as� por un tiempo, hasta que la luz oscilaba y el zumbido de la m�quina se deten�a. Entonces el cono volv�a a la vida otra vez, e inmediatamente empezaba a emitir un torrente de silbidos y sonidos. La escena no variaba. Piper comprend�a lo que dec�an, y cre�a que lo que presenciaba cada vez era el regreso de una mente perteneciente a la Gran Raza, y el env�o de la mente desplazada que hab�a ocupado el cono rugoso en su ausencia. La sustancia de la r�pida charla del cono redivivo era siempre muy similar: ven�a a ser un resumen de la estancia de la gran mente lejos de la estrella negra. En una ocasi�n la gran mente hab�a venido de Inglaterra despu�s de una estancia de cinco a�os como antrop�logo ingl�s, y pretend�a haber visto los lugares en que los sicarios de los Primordiales aguardaban. Algunos hab�an sido parcialmente destruidos -como, por ejemplo, cierta isla no lejos de Ponap�, en el Pac�fico, y el Arrecife del Diablo, cerca Innsmouth, y una monta�a de cavernas y un lago cerca de Machu Pichu. Otros servidores estaban dispersos, sin ninguna organizaci�n, y los Primordiales que permanec�an en la Tierra estaban prisioneros bajo la estrella de cinco puntas que era el sello de los Dioses Arquet�picos. De los lugares que se nombraron como hogares potenciales para un futuro de la Gran Raza, la Tierra era siempre el que figuraba en cabeza, a pesar de los peligros de una guerra at�mica. Estaba claro, a medida que Piper progresaba en el relato de sus sue�os, y a pesar de su confusi�n, que la Gran Raza pretend�a volver a otro planeta o estrella muy distante de la estrella moribunda que ahora ocupaba, y las extensas regiones del planeta verde donde viv�an pocos hombres -lugares cubiertos de hielo, regiones arenosas en los pa�ses c�lidos- se presentaban como un para�so para la Gran Raza. B�sicamente los sue�os de Piper eran todos muy similares. Exist�a siempre la enorme estructura de bloques megal�ticos de basalto, siempre el interminable trabajo de esos seres extra�os que no necesitaban dormir, invariablemente la sensaci�n de estar preso y, en la vida real, concomitante, el miedo siempre presente del que Piper no pod�a liberarse. Llegu� a la conclusi�n de que Piper, incapaz de relacionar los sue�os con la realidad, era, v�ctima de una profunda confusi�n, uno de esos hombres desdichados que han perdido la capacidad de distinguir si el mundo real es el de los sue�os o aquel en que habla y se mueve durate el d�a. Pero esta conclusi�n no me satisfac�a del todo. Pronto supe que acertaba al poner en duda la veracidad de mi juicio 3 Amos Piper fue mi paciente por un corto per�odo de tres semanas. Pude observar durante ese tiempo, para mi pesar y para mi descr�dito del tratamiento aplicado, que su condici�n se deterioraba paulatinamente. Empezaron a producirse alucinaciones, o al menos lo parec�an, particularmente seg�n el proceso t�pico de las ilusiones paranoicas de ser perseguido y observado. Este proceso lleg� a su punto �lgido en una carta que Piper me escribi� y me envi� por un mensajero. Sin duda, la carta hab�a sido escrita precipitadamente... "Querido Dr. Corey: Como es posible que no le vea m�s, quiero decirle que ya no tengo duda alguna respecto a mi situaci�n. S� que alguien me ha estado vigilando durante alg�n tiempo, y no es un ser terrestre, sino una de las mentes de la Gran Raza. Ahora estoy convencido de que todas mis visiones y sue�os se derivan de ese per�odo de tres a�os durante el cual estuve desplazado, o "no era yo", seg�n dec�a mi hermana. La Gran Raza existe aparte de mis sue�os. Ha existido durante m�s tiempo que la medida humana del tiempo. No s� d�nde est�. En la estrella negra de Tauro o a�n m�s lejos. Pero se preparan para trasladarse otra vez, y uno de ellos est� muy cerca. "No he estado ocioso entre visita y visita a su consulta. He tenido tiempo de hacer m�s investigaciones por mi cuenta. Muchos hilos atados a mis sue�os me hab�an alarmado y me desconcertaban. �Qu� ocurri�, por ejemplo, en Innsmouth en el a�o 1928 para que el gobierno federal hiciese explotar grandes cargas en el Arrecife del Diablo, en la costa atl�ntica, cerca de esa ciudad?�Qu� es lo que hab�a en ese pueblo de la costa que dio lugar a la detenci�n y consecuente desaparici�n de casi todos los ciudadanos? �Y qu� lazo un�a a los polinesios y a la gente de Innsmouth? Adem�s, �qu� fue lo que descubri� la expedici�n Miskatonic Antartic de 1930-31 en las Monta�as de la Locura, de tal naturaleza que se ha mantenido en secreto para todo el mundo excepto para los sabios de la universidad? �C�mo explicar la narraci�n de Johannsen sino como un relato corroborativo de la leyenda de la Gran Raza? �Y no ocurre lo mismo con las antiguas ciencias de las naciones Incas y Aztecas? "Podr�a continuar as� durante muchas p�ginas, pero no hay tiempo. He descubierto datos de esos inquietantes incidentes, muchos de ellos acallados para no perturbar a un mundo cargado de problemas. El hombre, despu�s de todo, es s�lo una peque�a manifestaci�n en la faz de un solo planeta en uno solo de los muchos universos que llenan el espacio. Solamente la Gran Raza conoce el secreto de la vida eterna, movi�ndose en el tiempo y el espacio, ocupando un lugar despu�s del otro, convirti�ndose en animal, vegetal o insecto, seg�n las circunstancias. "Debo darme prisa. Tengo poco tiempo... Cr�ame, mi querido doctor, s� lo que escribo..." No me sorprendi� mucho recibir esta carta, pues sab�a por la se�orita Abigail Piper que su hermano hab�a sufrido una "reca�da", al parecer pocas horas despu�s de escribir esta carta. Me apresur� a ir a casa de los Piper. En la puerta me encontr� con mi paciente. Estaba completamente cambiado. Demostr� tener una seguridad en s� mismo que no hab�a tenido durante su visita a mi consulta ni en ning�n momento desde el d�a que le conoc�. Me asegur� que por fin hab�a logrado el control sobre s� mismo, que las visiones a las que hab�a estado expuesto hab�an desaparecido, y que ahora pod�a dormir libre de esos sue�os que tanto le hab�an molestado. Desde luego, no pod�a dudar que se hab�a recuperado, y no me era posible comprender por qu� la se�orita Piper me hab�a escrito esa nota desesperada, a menos que se hubiese acostumbrado a que su hermano se hallase en un estado desconcertante y que hubiese confundido su mejor�a con una "reca�da". Esta recuperaci�n era extraordinaria, ya que el incremento de su miedo, sus alucinaciones, su intenso nerviosismo y finalmente su r�pida carta indicaban, con la misma evidencia que un s�ntoma f�sico indicar�a una enfermedad, el derrumbre de su precario estado mental. Me satisfac�a esta recuperaci�n, y le felicit�. Acept� mi felicitaci�n con una sonrisa d�bil, y luego se excus� diciendo que ten�a mucho que hacer. Le promet� telefonear una vez a la semana, m�s o menos, para vigilar cualquier retorno a la sintomatolog�a de su desesperado estado anterior. Diez d�as despu�s le vi por �ltima vez. Le encontr� amable y cort�s. La se�orita Abigail Piper estaba delante, algo turbada, pero sin lamentarse. Piper no hab�a vuelto a tener visiones o sue�os, y era capaz de hablar con franqueza de su "enfermedad", desaprobando cualquier menci�n de "desorientaci�n" o "desplazamiento" con una insistencia que s�lo pod�a interpretar como un ansioso deseo de su parte de que yo borrara de mi mente todas aquellas impresiones. Pas� una hora muy agradable con �l; pero no pod�a escapar a la convicci�n de que, mientras el hombre preocupado que hab�a conocido en mi consulta era un hombre de una inteligencia pareja a la m�a, el "recuperado" Amos Piper era un hombre de una ineligencia muy superior. En el momento de mi visita, me impresion� el hecho de que se estaba preparando para unirse a una expedici�n a la regi�n del Desierto Ar�bigo. No se me ocurri� entonces relacionar sus planes con los curiosos viajes que hab�a realizado durante sus tres a�os de enfermedad. Pero los hechos posteriores me hicieron recordarlo. Dos noches despu�s, entraron en mi consulta y la saquearon. Todos los documentos originales pertenecientes al caso Amos Piper hab�an sido robados de los archivos. Afortunadamente, movido por una intuici�n que no podr�a explicar, hab�a hecho copias de los m�s importates relatos de sus sue�os, as� como de la carta que me escribi� al final, que tambi�n hab�a desaparecido. Los documentos no pod�an tener valor para alguien que no fuese Amos Piper, y Piper estaba ya supuestamente curado de su obsesi�n, as� que la �nica explicaci�n de este extra�o hurto era tan rara que me resist�a a admitirla. Adem�s, me enter� de que Piper sal�a para su viaje al d�a siguiente, lo que establec�a la posibilidad de ser el instrumento -escribo "instrumento" deliberadamente- del robo. Ahora bien, un Piper curado no pod�a tener raz�n alguna para desear de forma tan manifiesta que los datos permanecieran en su poder. Y en cambio, un Piper "reca�do" tendr�a todos los motivos para desear que estos papeles fuesen destruidos. �Cab�a suponer que Piper hab�a sido desplazado nuevamente? En este caso, el hecho no habr�a sido tan obvio como la vez anterior, porque la mente que desplazaba la suya para cobijarse en su cuerpo lo conoc�a ya y no habr�a tenido necesidad de acostumbrarse otra vez a los h�bitos y formas de comportamiento del hombre... Por incre�ble que pareciera esta hip�tesis, trabaj� en ella iniciando unas investigaciones por mi cuenta. Mi intenci�n era, en principio, pasar una semana -posiblemente dos- buscando respuestas a algunas de las preguntas que Amos Piper me hab�a hecho en su carta. Pero unas semanas no fueron suficientes; el trabajo se prolong� durante meses, y a finales de a�o estaba m�s confundido que nunca. Adem�s me encontraba en el borde del mismo abismo en el que hab�a ca�do Piper. Pues algo hab�a pasado en Innsmouth en 1928, algo que hab�a ocupado al gobierno federal, y acerca de lo cual nada pod�a averiguarse, excepto los vagos y terror�ficos indicios de una relaci�n con los batracios de Ponap�. Y hab�a extra�os y alarmantes descubrimientos en algunos de los templos de Angkor-Vat, descubrimientos que estaban relacionados con la cultura de los polinesios as� como de algunas tribus indias del noroeste amiericano, y de otros descubrimientos hechos en las Monta�as de la Locura por una expedici�n de la Universidad de Miskatonic. Hab�a relatos de incidentes similares, todos ocultos en misterio y oscuridad.. Y los libros -los libros prohibidos que Amos Piper hab�a consultado- estaban en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, y lo que en esas p�ginas le� resultaba horriblemente sugestivo a la luz de lo que hab�a dicho Amos Piper, y de todo lo que posteriormente comprob�. Lo que all� se expon�a, aunque indirectamente, era que en alg�n lugar existi� una raza de seres infinitamente superiores -llam�moslos dioses o la Gran Raza, o con cualquier otro nombre- que trasladaban sus mentes libres a trav�s del tiempo y del espacio. Y si esto era aceptado como una premisa, entonces pod�a ser tambi�n cierto que la mente de Amos Piper hab�a sido de nuevo desplazada por una mente de la Gran Raza, enviada a investigar si todos los recuerdos de su estancia entre ellos hab�an sido borrados. Pero los hechos m�s inquietantes de todos son los que han ido saliendo a la luz gradualmente. Me tom� la molestia de indagar cuanto pod�a descubrir acerca de los miembros de la expedici�n al Desierto Ar�bigo a la que Amos Piper se hab�a unido. Ven�an de todos los rincones del mudo, y eran todos hombres de los que pod�a esperarse que tuvieran un inter�s especial en una expedici�n de esta naturaleza: un antrop�logo ingl�s, un paleont�logo franc�s, un sabio chino, un egipt�logo, y muchos m�s. Y supe que cada uno de ellos, al igual que Amos Piper, hab�a sufrido en alg�n momento durante la �ltima d�cada alg�n tipo de ataque, descrito variadamente, pero que innegablemente consist�a en un desplazamiento de la personalidad, lo mismo que Piper. En alguna parte de esas remotas tierras del Desierto Ar�bigo �la expedici�n entera desapareci� de la faz de la tierra! Fue quiz� inevitable que mis persistentes investigaciones provocaran inter�s en sectores ajenos a m�. Ayer un paciente vino a mi consulta. Hab�a algo en sus ojos que me hizo pensar en Amos Piper, la �ltima vez que le vi: una superioridad condescendiente, altiva, que me hizo encogerme de miedo, as� como cierta torpeza en sus manos. Y ayer por la noche volv� a verle, pasando bajo la farola de la calle de mi casa. Otra vez esta ma�ana, como un hombre que estudia a otro, y a sus h�bitos, por alguna raz�n enrevesada para ser conocido por su v�ctima... Y ahora cruzando la calle... Las hojas sueltas del anterior manuscrito fueron encontradas en el suelo de la consulta del doctor Nathaniel Corey, cuando su enfermera acudi� a la polic�a a causa de unos ruidos alarmantes tras la puerta de la consulta, que estaba cerrada. Cuando irrumpi� la polic�a, el doctor Corey y un paciente no identificado estaban arrodillados, intentando en vano empujar las hojas hacia las llamas de la chimenea situada en la pared norte de la habitaci�n. Los dos hombres parec�an incapaces de agarrar las hojas, pero las empujaban hacia delante con un movimiento similar al de los cangrejos. Ajenos a la presencia de la polic�a, se ocupaban s�lo de la destrucci�n del manuscrito y persist�an en sus esfuerzos poco naturales para conseguirlo con hist�rica precipitaci�n. Ninguno fue capaz de dar una explicaci�n inteligible a la polic�a o a los m�dicos asistentes, ni era coherente lo que dec�an. En vista que, tras un examen minucioso, ambos parecen haber sufrido un profundo cambio de personalidad, han sido trasladados para internamiento indefinido al Instituto Larkin, el famoso sanatorio privado para dementes... Derleth, A. & Lovecraft, H.P. (1990). En: La habitaci�n cerrada y otros cuentos de terror. Barcelona: Alianza Editorial. Esta narraci�n nace a partir de escritos dejados por el autor y recopilados por Derleth, quien hace una colaboraci�n p�stuma de la obra del maestro. Por primera vez publicada en julio de 1954 por Weird Tales, teniendo el copyright August Derleth y Arkham House. EL HORROR DE DUNWICH Howard Philip Lovecraft -------------------------------------------------------------------------------- Las Gorgonas, las Hidras y las Quimeras, las terror�ficas leyendas de Celeno y las Arp�as, pueden reproducirse en el cerebro de las mentes supersticiosas� pero ya estaban all� desde mucho antes. Son meras transcripciones, tipos; los arquetipos est�n dentro de nosotros y son eternos. De lo contrario, �c�mo podr�a llegar a afectarnos el relato de lo que sabemos a ciencia cierta que es falso? �Ser� que concebimos naturalmente el terror de tales entes en tanto que pueden infligirnos un da�o f�sico? �No, ni mucho menos! Esos terrores est�n ah� de antiguo. Se remontan a antes de que existiese el cuerpo humano� No precisan siquiera de �l, pues habr�an existido igualmente� El hecho de que el miedo de que tratamos aqu� sea puramente espiritual -tan intenso en proporci�n como sin objeto en la tierra- y que predomine en el per�odo de nuestra inocente infancia plantea problemas cuyas soluci�n puede aportarnos una idea de nuestra condici�n previa a la venida al mundo o, cuando menos, un atisbo del tenebroso reino de la preexistencia. CHARLES LAMB: Witches and Other Night-Fears I Cuando el que viaja por el norte de la regi�n central de Massachusetts se equivoca de direcci�n al llegar al cruce de la carretera de Aylesbury nada m�s pasar Dean�s Corners, ver� que se adentra en una extra�a y apenas poblada comarca. El terreno se hace m�s escarpado y las paredes de piedra cubiertas de maleza van encajonando cada vez m�s el sinuoso camino de tierra. Los �rboles de los bosques son all� de unas dimensiones excesivamente grandes, y la maleza, las zarzas y la hierba alcanzan una frondosidad rara vez vista en las regiones habitadas. Por el contrario, los campos cultivados son muy escasos y �ridos, mientras que las pocas casas diseminadas a lo largo del camino presentan un sorprendente aspecto uniforme de decrepitud, suciedad y ruina. Sin saber exactamente por qu�, uno no se atreve a preguntar nada a las arrugadas y solitarias figuras que, de cuando en cuando, se ve escrutar desde puertas medio derruidas o desde pendientes y rocosos prados. Esas gentes son tan silenciosas y hura�as que uno tiene la impresi�n de verse frente a un rec�ndito enigma del que m�s vale no intentar averiguar nada. Y ese sentimiento de extra�o desasosiego se recrudece cuando, desde un alto del camino, se divisan las monta�as que se alzan por encima de los tupidos bosques que cubren la comarca. Las cumbres tienen una forma demasiado ovalada y sim�trica como para pensar en una naturaleza apacible y normal, y a veces pueden verse recortados con singular nitidez contra el cielo unos extra�os c�rculos formados por altas columnas de piedra que coronan la mayor�a de las cimas monta�osas. El camino se halla cortado por barrancos y gargantas de una profundidad incierta, y los toscos puentes de madera que los salvan no ofrecen excesivas garant�as al viajero. Cuando el camino inicia el descenso, se atraviesan terrenos pantanosos que despiertan instintivamente una honda repulsi�n, y hasta llega a invadirle al viajero una sensaci�n de miedo cuando, al ponerse el sol, invisibles chotacabras comienzan a lanzar estridentes chillidos, y las luci�rnagas, en anormal profusi�n, se aprestan a danzar al ritmo bronco y atrozmente mon�tono del horr�sono croar de los sapos. Las angostas y resplandecientes aguas del curso superior del Miskatonic adquieren una extra�a forma serpenteante mientras discurren al pie de las abovedadas cumbres monta�osas entre las que nace. A medida que el viajero va acerc�ndose a las monta�as, repara m�s en sus frondosas vertientes que en sus cumbres coronadas por altas piedras. Las vertientes de aquellas monta�as son tan escarpadas y sombr�as que uno desear�a que se mantuviesen a distancia, pero tiene que seguir adelante pues no hay camino que permita eludirlas. P asado un puente cubierto puede verse un pueblecito que se encuentra agazapado entre el curso del r�o y la ladera cortada a pico de Round Mountain, y el viajero se maravilla ante aquel pu�ado de techumbres de estilo holand�s en ruinoso estado, que hacen pensar en un per�odo arquitect�nico anterior al de la comarca circundante. Y cuando se acerca m�s no resulta nada tranquilizador comprobar que la mayor�a de las casas est�n desiertas y medio derruidas y que la iglesia -con el chapitel quebrado- alberga ahora el �nico y destartalado establecimiento mercantil de toda la aldea. El simple paso del tenebroso t�nel del puente infunde ya cierto temor, pero tampoco hay manera de evitarlo. Una vez atravesado el t�nel, es dif�cil que a uno no le asalte la sensaci�n de un ligero hedor al pasar por la calle principal y ver la descomposici�n y la mugre acumuladas a lo largo de siglos. Siempre resulta reconfortante salir de aquel lugar y, siguiendo el angosto camino que discurre al pie de las monta�as, cruzar la llanura que se extiende una vez traspuestas las cumbres monta�osas hasta volver a desembocar en la carretera de Aylesbury Una vez all�, es posible que el viajero se entere de que ha pasado por Dunwich. Apenas se ven forasteros en Dunwich, y tras los horrores padecidos en el pueblo todas las se�ales que indicaban c�mo llegar hasta �l han desaparecido del camino. No obstante ser una regi�n de singular belleza, seg�n los c�nones est�ticos en boga, no atrae para nada a artistas ni a veraneantes. Hace dos siglos, cuando a la gente no se le pasaba por la cabeza re�rse de brujer�as, cultos sat�nicos o siniestros seres que poblaban los bosques, daban muy buenas razones para evitar el paso por la localidad. Pero en los racionales tiempos que corren -silenciado el horror que se desat� sobre Dunwich en 1928 por quienes procuran por encima de todo el bienestar del pueblo y del mundo- la gente elude el pueblo sin saber exactamente por qu� raz�n. Quiz� el motivo de ello radique -aunque no puede aplicarse a los forasteros desinformados- en que los naturales de Dunwich se han degradado de forma harto repulsiva, habiendo rebasado con mucho esa senda de regresi�n tan com�n a muchos apartados rincones de Nueva Inglaterra. Los vecinos de Dunwich han llegado a constituir un tipo racial propio, con estigmas f�sicos y mentales de degeneraci�n y endogamia bien definidos. Su nivel medio de inteligencia es incre�blemente bajo, mientras que sus anales despiden un apestoso tufo a perversidad y a asesinatos semiencubiertos, a incestos y a infinidad de actos de indecible violencia y maldad. La aristocracia local, representada por los dos o tres linajes familiares que vinieron procedentes de Salem en 1692, ha logrado mantenerse algo por encima del nivel general de degeneraci�n, aunque numerosas ramas de tales linajes acabaron por sumirse tanto entre la s�rdida plebe que s�lo restan sus apellidos como recordatorio del origen de su desgracia. Algunos de los Whateley y de los Bishop siguen a�n enviando a sus primog�nitos a Harvard y Miskatonic, pero los j�venes que se van rara vez regresan a las semiderruidas techumbres de estilo holand�s bajo las que tanto ellos como sus antepasados nacieron y crecieron. Nadie, ni siquiera quienes conocen los motivos por los que se desat� el reciente horror, puede decir qu� le ocurre a Dunwich, aunque las viejas leyendas aluden a idol�tricos ritos y c�nclaves de los indios en los que invocaban misteriosas figuras provenientes de las grandes monta�as rematadas en forma de b�veda, al tiempo que oficiaban salvajes rituales orgi�sticos contestados por estridentes crujidos y fragores salidos del interior de las monta�as. En 1747, el reverendo Abijah Hoadley, reci�n incorporado a su ministerio en la iglesia congregacional de Dunwich, predic� un memorable serm�n sobre la amenaza de Satan�s y sus demonios que se cern�a sobre la aldea en el que, entre otras cosas, dijo: No puede negarse que semejantes monstruosidades integrantes de un infernal cortejo de demonios son fen�menos harto conocidos como para intentar negarlos. Las imp�as voces de Azazel y de Buzrael, de Belceb� y de Belial, las oyen hoy saliendo de la tierra m�s de una veintena de testigos de toda confianza. Y hasta yo mismo, no har� m�s de dos semanas, pude escuchar toda una alocuci�n de las potencias infernales detr�s de mi casa. Los chirridos, redobles, quejidos, gritos y silbidos que all� se o�an no pod�an proceder de nadie de este mundo, eran de esos sonidos que s�lo pueden salir de rec�nditas simas que �nicamente a la magia negra le es dado descubrir y al diablo penetrar. No hab�a pasado mucho tiempo desde la lectura de este serm�n cuando el reverendo Hoadley desapareci� sin que se supiera m�s de �l, si bien sigue conserv�ndose el texto del serm�n, impreso en Springfield. No hab�a a�o en que no se oyese y diese cuenta de estrepitosos fragores en el interior de las monta�as, y a�n hoy tales ruidos siguen sumiendo en la mayor perplejidad a ge�logos y fisi�grafos. Otras tradiciones hacen referencia a f�tidos olores en las inmediaciones de los c�rculos de rocosas columnas que coronan las cumbres monta�osas y a entes et�reos cuya presencia puede detectarse difusamente a ciertas horas en el fondo de los grandes barrancos, mientras otras leyendas tratan de explicarlo todo en funci�n del Devil�s Hop Yard, una ladera totalmente bald�a en la que no crecen ni �rboles, ni matorrales ni hierba alguna. Por si fuera poco, los naturales del lugar tienen un miedo cerval a la algarab�a que arma en las c�lidas noches la legi�n de chotacabras que puebla la comarca. Afirman que tales p�jaros son psicopompos1 que est�n al acecho de las almas de los muertos y que sincronizan al un�sono sus pavorosos chirridos con la jadeante respiraci�n del moribundo. Si consiguen atrapar el alma fugitiva en el momento en que abandona el cuerpo se ponen a revolotear al instante y prorrumpen en diab�licas risotadas, pero si ven frustradas sus intenciones se sumen poco a poco en el silencio. Claro est� que dichas historias ya no se oyen y no hay quien crea en ellas, pues datan de tiempos muy antiguos. Dunwich es un pueblo incre�blemente viejo, mucho m�s que cualquier otro en treinta millas a la redonda. Al sur a�n pueden verse las paredes del s�tano y la chimenea de la antiqu�sima casa de los Bishop, construida con anterioridad a 1700, en tanto que las ruinas del molino que hay en la cascada, construido en 1806, constituyen la pieza arquitect�nica m�s reciente de la localidad. La industria no arraig� en Dunwich y el movimiento fabril del siglo XIX result� ser de corta duraci�n en la localidad. Con todo, lo m�s antiguo son las grandes circunferencias de columnas de piedra toscamente labradas que hay en las cumbres monta�osas, pero esta obra se atribuye por lo general m�s a los indios que a los colonos. Restos de cr�neos y huesos humanos, hallados en el interior de dichos c�rculos y en tomo a la gran roca en forma de mesa de Sentinel Hill, apoyan la creencia de que tales lugares fueron en otras �pocas enterramientos de los indios pocumtuk, aun cuando numerosos etn�logos, obviando la pr�ctica imposibilidad de tan disparatada teor�a, siguen empe�ados en creer que se trata de restos cauc�sicos. II Fue en el t�rmino municipal de Dunwich, en una granja grande y parcialmente deshabitada levantada sobre una ladera a cuatro millas del pueblo y a una media de la casa m�s cercana, donde el domingo 2 de febrero de 1913, a las 5 de la ma�ana, naci� Wilbur Whateley. La fecha se recuerda porque era el d�a de la Candelaria, que los vecinos de Dunwich curiosamente observan bajo otro nombre, y, adem�s, por el fragor de los ruidos que se oyeron en la monta�a y por el alboroto de los perros de la comarca que no cesaron de ladrar en toda la noche. Tambi�n cabe hacer notar, aunque ello tenga menos importancia, que la madre de Wilbur pertenec�a a la rama degradada de los Whateley. Era una albina de treinta y cinco a�os de edad, un tanto deforme y sin el menor atractivo, que viv�a en compa��a de su anciano y medio enloquecido padre, de quien durante su juventud corrieron los m�s espantosos rumores sobre actos de brujer�a. Lavinia Whateley no ten�a marido conocido, pero siguiendo la costumbre de la comarca no hizo nada por repudiar al ni�o, y en cuanto a la paternidad del reci�n nacido la gente pudo -y as� lo hizo- especular a su gusto. La madre estaba extra�amente orgullosa de aquella criatura de tez morena y facciones de chivo que tanto contrastaba con su enfermizo semblante y sus ros�ceos ojos de albina, y cuentan que se la oy� susurrar multitud de extra�as profec�as sobre las extraordinarias facultades de que estaba dotado el ni�o y el impresionante futuro que le aguardaba. Lavinia era muy capaz de decir tales cosas, pues de siempre hab�a sido una criatura solitaria a quien encantaba correr por las monta�as cuando se desataban atronadoras tormentas y que gustaba de leer los voluminosos y a�ejos libros que su padre hab�a heredado tras dos siglos de existencia de los Whateley, libros que empezaban a caerse a pedazos de puro viejos y apolillados. En su vida hab�a ido a la escuela, pero sab�a de memoria multitud de fragmentos inconexos de antiguas leyendas populares que el viejo Whateley le hab�a ense�ado. De siempre hab�an temido los vecinos de la localidad la solitaria granja a causa de la fama de brujo del viejo Whateley, y la inexplicable muerte violenta que sufri� su mujer cuando Lavinia apenas contaba doce a�os no contribuy� en nada a hacer popular el lugar. Siempre solitaria y aislada en medio de extra�as influencias, Lavinia gustaba de entregarse a visiones alucinantes y grandiosas, a la vez que a singulares ocupaciones. Su tiempo libre apenas se ve�a reducido por los cuidados dom�sticos en una casa en que ni los menores principios de orden y limpieza se observaban desde hac�a tiempo. La noche en que Wilbur naci� pudo o�rse un grito espantoso, que retumb� incluso por encima de los ruidos de la monta�a y de los ladridos de los perros, pero, que se sepa, ni m�dico ni comadrona alguna estuvieron presentes en su llegada al mundo. Los vecinos no supieron nada del parto hasta pasada una semana, en que el viejo Whateley recorri� en su trineo el nevado camino que separaba su casa de Dunwich y se puso a hablar de forma incoherente al grupo de aldeanos reunidos en la tienda de Osborn. Parec�a como si se hubiera producido un cambio en el anciano, como si un elemento subrepticio nuevo se hubiese introducido en su obnubilado cerebro transform�ndole de objeto en sujeto de temor, aunque, a decir verdad, no era persona que se preocupase especialmente por las cuestiones familiares. Con todo, mostraba algo de orgullo que �ltimamente hab�a podido advertirse en su hija, y lo que dijo acerca de la paternidad del reci�n nacido ser�a recordado a�os despu�s por quienes entonces escucharon sus palabras. -Me trae sin cuidado lo que piense la gente. Si el hijo de Lavinia se parece a su padre, ser� bien distinto de cuanto puede esperarse. No hay razones para creer que no hay otra gente que la que se ve por estos aleda�os. Lavinia ha le�do y ha visto cosas que la mayor�a de vosotros ni siquiera sois capaces de imaginar. Espero que su hombre sea tan buen marido como el mejor que pueda encontrarse por esta parte de Aylesbury, y si supierais la mitad de cosas que yo s� no desear�ais mejor casamiento por la iglesia ni aqu� ni en ninguna otra parte. Escuchad bien esto que os digo: alg�n d�a oir�is todos al hijo de Lavinia pronunciar el nombre de su padre en la cumbre de Sentinel Hill. Las �nicas personas que vieron a Wilbur durante el primer mes de su vida fueron el viejo Zechariah Whateley, de la rama a�n no degenerada de los Whateley, y Mamie Bishop, la mujer con quien viv�a desde hac�a a�os Earl Sawyer. La visita de Mamie obedeci� a la pura curiosidad y las historias que cont� confirmaron sus observaciones, en tanto que Zechariah fue por all� a llevar un par de vacas de raza Alderney que el viejo Whateley le hab�a comprado a su hijo Curtis. Dicha adquisici�n marc� el comienzo de una larga serie de compras de ganado vacuno por parte de la familia del peque�o Wilbur que no finalizar�a hasta 1928 -es decir, el a�o en que el horror se abati� sobre Dunwich-, pero en ning�n momento dio la impresi�n de que el destartalado establo de Whateley estuviese lleno hasta rebosar de ganado. A ello sigui� un per�odo en que la curiosidad de ciertos vecinos de Dunwich les llev� a subir a escondidas hasta los pastos y contar las cabezas de ganado que pac�an precariamente en la empinada ladera justo por encima de la vieja granja, y jam�s pudieron contar m�s de diez o doce an�micos y casi exang�es ejemplares. Deb�a ser una plaga o enfermedad, originada quiz� en los insalubres pastos o transmitida por alg�n hongo o madera contaminados del inmundo establo, lo que produc�a tan crecida mortalidad entre el ganado de Whateley. Extra�as heridas o llagas, semejantes a incisiones, parec�an cebarse en las vacas que pod�an verse paciendo por aquellos contornos y una o dos veces en el curso de los primeros meses de la vida de Wilbur algunas personas que fueron a visitar a los Whateley creyeron ver llagas similares en la garganta del anciano canoso y sin afeitar y en la de su desali�ada y desgre�ada hija albina. En la primavera que sigui� al nacimiento de Wilbur, Lavinia reanud� sus habituales correr�as por las monta�as, llevando en sus desproporcionados brazos a su criatura de tez oscura. La curiosidad de los aldeanos hacia los Whateley remiti� tras ver al reto�o, y a nadie se le ocurri� hacer el menor comentario sobre el portentoso desarrollo del reci�n nacido, visible de un d�a para otro. La realidad es que Wilbur crec�a a un ritmo impresionante, pues a los tres meses hab�a alcanzado ya una talla y fuerza muscular que raramente se observa en ni�os menores de un a�o. Sus movimientos y hasta sus sonidos vocales mostraban una contenci�n y una ponderaci�n harto singulares en una criatura de su edad, y pr�cticamente nadie se asombr� cuando, a los siete meses, comenz� a andar sin ayuda alguna, con peque�as vacilaciones que al cabo de un mes hab�an desaparecido por completo. Al poco tiempo, exactamente la V�spera de Todos los Santos, pudo divisarse una gran hoguera a medianoche en la cima de Sentinel Hill, all� donde se levantaba la antigua piedra con forma de mesa en medio de un t�mulo de antiguas osamentas. Por el pueblo corrieron toda clase de rumores a ra�z de que Silas Bishop -de la rama no degradada de los Bishop- dijese haber visto al chico de los Whateley subiendo a toda prisa la monta�a delante de su madre, justo una hora antes de advertirse las llamas. Silas andaba buscando un ternero extraviado, pero casi olvid� la misi�n que le hab�a llevado all� al divisar fugazmente, a la luz del farol que portaba, a las dos figuras que corr�an monta�a arriba. Madre e hijo se deslizaban sigilosamente por entre la maleza, y Silas, que no sal�a de su asombro, crey� ver que iban enteramente desnudos. Al recordarlo posteriormente, no estaba del todo seguro por cuanto al ni�o respecta, y cree que es posible que llevase una especie de cintur�n con flecos y un par de calzones o pantalones de color oscuro. Lo cierto es que a Wilbur nunca volvi� a v�rsele, al menos vivo y en estado consciente, sin toda su ropa encima y ce�idamente abotonado, y cualquier desarreglo, real o supuesto, en su indumentaria parec�a irritarle much�simo. Su contraste con el escu�lido aspecto de su madre y de su abuelo era tremendamente marcado, algo que no se explicar�a del todo hasta 1928, a�o en que el horror se abati� sobre Dunwich. Por el mes de enero, entre los rumores que corr�an por el pueblo se hac�a menci�n de que el �rapaz negro de Lavinia� hab�a comenzado a hablar, cuando apenas contaba once meses. Su lenguaje era impresionante, tanto porque se diferenciaba de los acentos normales que se o�an en la regi�n como por la ausencia del balbuceo infantil apreciable en muchos ni�os de tres y cuatro a�os. No era una criatura parlanchina, pero cuando se pon�a a hablar parec�a expresar algo inaprensible y totalmente desconocido para los vecinos de Dunwich. La extra�eza no radicaba en cuanto dec�a ni en las sencillas expresiones a que recurr�a, sino que parec�a guardar una vaga relaci�n con el tono o con los �rganos vocales productores de los sonidos sil�bicos. Sus facciones se caracterizaban, asimismo, por una nota de madurez, pues si bien ten�a en com�n con su madre y abuelo la falta de ment�n, la nariz, firme y precozmente perfilada, junto con la expresi�n de los ojos -grandes, oscuros y de rasgos latinos-, hac�an que pareciese casi adulto y dotado de una inteligencia fuera de lo com�n. Pese a su aparente brillantez era, empero, rematadamente feo. Desde luego, algo de chotuno o animal hab�a en sus carnosos labios, en su tez amarillenta y porosa, en su �spero y desgre�ado pelo y en sus orejas incre�blemente alargadas. Pronto la gente empez� a sentir aversi�n hacia �l, de forma incluso m�s marcada que hacia su madre y abuelo, y todo cuanto sobre �l se aventuraban a decir se hallaba salpicado de referencias al pasado de brujo del viejo Whateley y a c�mo retumbaron las monta�as cuando profiri� a pleno pulm�n el espantoso nombre de Yog-Sothoth, en medio de un c�rculo de piedras y con un gran libro abierto entre sus manos. Los perros se enfurec�an ante la sola presencia del ni�o, hasta el punto de que continuamente se ve�a obligado a defenderse de sus amenazadores ladridos. III Entre tanto, el viejo Whateley sigui� comprando ganado sin que se viera incrementar el n�mero de su caba�a. Asimismo, tal� madera y se puso a restaurar las partes hasta entonces sin utilizar de la casa, un espacioso edificio con el tejado rematado en pico y la fachada posterior totalmente empotrada en la rocosa ladera de la monta�a. Hasta entonces, las tres habitaciones en estado menos ruinoso de la planta baja hab�an bastado para albergar a su hija y a �l. El anciano deb�a conservar a�n una fuerza prodigiosa para poder realizar por s� solo tan ardua tarea, y aunque a veces murmuraba cosas que se sal�an de lo normal su trabajo de carpinter�a demostraba que conservaba el sano juicio. Empez� las obras nada m�s nacer Wilbur, tras poner un d�a en orden uno de los numerosos cobertizos donde se guardaban los aperos, entablarlo y colocar una nueva y resistente cerradura. Ahora, al emprender las obras de reparaci�n del abandonado piso superior, demostr� seguir estando en posesi�n de excelentes facultades manuales. Su man�a se reflejaba tan s�lo en un af�n por tapar herm�ticamente con tablones todas las ventanas del ala restaurada, aunque a juicio de muchos el mero hecho de intentar repararla ya era una locura. Y a se explicaba mejor que quisiese acondicionar otra habitaci�n en la planta baja para el nieto reci�n nacido, habitaci�n �sta que varios visitantes pudieron ver, si bien nadie logr� jam�s acceder a la planta superior herm�ticamente cerrada por gruesos tablones de madera. Revisti� toda la habitaci�n del nieto con s�lidas estanter�as hasta el techo, sobre las cuales fue colocando, poco a poco y en orden aparentemente cuidadoso, los antiguos vol�menes apolillados y los fragmentos sueltos de libros que hasta entonces hab�an estado amontonados de mala manera en los m�s ins�litos rincones de la casa. -Me han sido muy �tiles -dec�a Whateley mientras trataba de pegar una p�gina suelta de caracteres g�ticos con una cola preparada en el herrumbroso horno de la cocina-, pero estoy seguro de que el chico sabr� sacar mejor provecho de ellos. Quiero que est�n en las mejores condiciones posibles, pues todos van a servirle para su educaci�n. Cuando Wilbur contaba un a�o y siete meses -esto es, en septiembre de 1914- su estatura y, en general, las cosas que hac�a se sal�an por completo de lo normal. Ten�a ya la altura de un ni�o de cuatro a�os, hablaba con fluidez y demostraba hallarse dotado de una inteligencia bien despierta. Andaba solo por los campos y empinadas laderas, y acompa�aba a su madre en sus correr�as por la monta�a. Cuando estaba en casa, no cesaba de escudri�ar los extra�os grabados y cuadros que encerraban los libros de su abuelo, mientras el viejo Whateley le instru�a y catequizaba en medio del silencio reinante de muchas largas e interminables tardes. Para entonces ya hab�an concluido las obras de la casa, y quienes tuvieron ocasi�n de verlas se preguntaban por qu� habr�a transformado el viejo Whateley una de las ventanas del piso superior en una maciza puerta entablada. Se trataba de la �ltima ventana abuhardillada en la fachada posterior orientada a poniente, pegada a la ladera monta�osa, y nadie se hac�a la menor idea de por qu� habr�a construido una s�lida rampa de madera para subir hasta ella. Para cuando las obras estaban a punto de concluir la gente advirti� que el viejo cobertizo de los aperos, herm�ticamente cerrado y con las ventanas cubiertas por tablones desde el nacimiento de Wilbur, volvi� a quedar abandonado. La puerta estaba siempre abierta de par en par, y cuando Earl Sawyer un d�a se adentr� en su interior, con ocasi�n de una visita al viejo Whateley relacionada con la venta de ganado, se extra�� enormemente del apestoso olor que se respiraba en el cobertizo; un hedor -seg�n dir�a posteriormente- que no guardaba parecido con nada conocido salvo con el olor que se percib�a en las inmediaciones de los c�rculos indios de la monta�a, y que no pod�a provenir de nada sano ni de esta tierra. Pero tambi�n es cierto que las casas y cobertizos de los vecinos de Dunwich nunca se caracterizaron precisamente por sus buenos olores. No hay nada digno de destacar en los meses que siguieron, salvo que todo el mundo juraba percibir un ligero pero constante aumento de los misteriosos ruidos que sal�an de la monta�a. La v�spera del primero de mayo de 1915 se dejaron sentir tales temblores de tierra que hasta los vecinos de Aylesbury pudieron percibirlos, y unos meses despu�s, en la V�spera de Todos los Santos, se produjo un fragor subterr�neo asombrosamente sincronizado con una serie de llamaradas -�ya est�n otra vez los Whateley con sus brujer�as�, dec�an los vecinos de Dunwich- en la cima de Sentinel Hill. Wilbur segu�a creciendo a un ritmo prodigioso, hasta el punto de que al cumplir cuatro a�os parec�a como si tuviera ya diez. Le�a �vidamente, sin a yuda alguna, pero se hab�a vuelto mucho m�s reservado. Su semblante denotaba un natural taciturno, y por vez primera la gente empez� a hablar del incipiente aspecto demon�aco de sus facciones de chivo. A veces se pon�a a musitar en una jerga totalmente desconocida y a cantar extra�as melod�as que hac�an estremecer a quienes las escuchaban invadi�ndoles un indecible terror. La aversi�n que mostraban hacia �l los perros era objeto de frecuentes comentarios, hasta el punto de verse obligado a llevar siempre una pistola encima para evitar ser atacado en sus correr�as a trav�s del campo. y, claro est�, su utilizaci�n del arma en diversas ocasiones no contribuy� en absoluto a granjearle la simpat�a de los due�os de perros guardianes. Las pocas visitas que acud�an a la casa de los Whateley encontraban con harta frecuencia a Lavinia sola en la planta baja, mientras se o�an extra�os gritos y pisadas en el entablado piso superior. Jam�s dijo Lavinia qu� podr�an estar haciendo su padre y el muchacho all� arriba, aunque en cierta ocasi�n en que un jovial pescadero intent� abrir la atrancada puerta que daba a la escalera empalideci� y un p�nico cerval se dibuj� en su rostro. El pescadero cont� luego en la tienda de Dunwich que le pareci� o�r el pataleo de un caballo en el piso superior. Los clientes que en aquel momento se encontraban en la tienda pensaron al instante en la puerta, en la rampa y en el ganado que con tal celeridad desaparec�a, estremeci�ndose al recordar las historias de los a�os mozos del viejo Whateley y las extra�as cosas que profiere la tierra cuando se sacrifica un ternero en un momento propicio a ciertos dioses paganos. Desde hac�a tiempo pod�a advertirse que los perros tem�an y detestaban la finca de los Whateley con igual furia que anteriormente hab�an demostrado hacia la persona de Wilbur. En 1917 estall� la guerra, y el juez de paz Sawyer Whateley, en su condici�n de presidente de la junta de reclutamiento local, tuvo grandes dificultades para lograr constituir el contingente de j�venes f�sicamente aptos de Dunwich que hab�an de acudir al campamento de instrucci�n. El gobierno, alarmado ante los s�ntomas de degradaci�n de los habitantes de la comarca, envi� varios funcionarios y especialistas m�dicos para que investigaran las causas, los cuales llevaron a cabo una encuesta que a�n recuerdan los lectores de diarios de Nueva Inglaterra. La publicidad que se dio en torno a la investigaci�n puso a algunos periodistas sobre la pista de los Whateley, y llev� a las ediciones dominicales del Boston Globe y del Arkham Advertiser a publicar art�culos sensacionalistas sobre la precocidad de Wilbur, la magia negra del viejo Whateley, las estanter�as repletas de extra�os vol�menes, el segundo piso herm�ticamente cerrado de la antigua granja, el misterio que rodeaba a la comarca entera y los ruidos que se o�an en la monta�a. Wilbur contaba por entonces cuatro a�os y medio, pero ten�a todo el aspecto de un muchacho de quince. Su labio superior y mejillas estaban cubiertos de un vello �spero y oscuro, y su voz hab�a comenzado ya a enronquecer. Un d�a Earl Sawyer se dirigi� a la finca de los Whateley acompa�ado de un grupo de periodistas y fot�grafos, llam�ndoles su atenci�n hacia la extra�a fetidez que sal�a de la planta superior. Seg�n dijo, era exactamente igual que el olor reinante en el abandonado cobertizo donde se guardaban los aperos una vez finalizadas las obras de reconstrucci�n, y muy semejante a los d�biles olores que crey� percibir a veces en las proximidades del c�rculo de piedra de la monta�a. Los vecinos de Dunwich leyeron las historias sobre los Whateley al verlas publicadas en los peri�dicos, y no pudieron menos de sonre�rse ante los crasos errores que conten�an. Se preguntaban, asimismo, por qu� los periodistas atribuir�an tanta importancia al hecho de que el viejo Whateley pagase siempre al comprar el ganado en antiqu�simas monedas de oro. Los Whateley recibieron a sus visitantes con mal disimulado disgusto, si bien no se atrevieron a ofrecer violenta resistencia o a negarse a contestar sus preguntas por miedo a que dieran mayor publicidad al caso. IV Durante toda una d�cada la historia de los Whateley se mezcl� inextricablemente con la existencia general de una comunidad patol�gicamente enfermiza que se hallaba acostumbrada a su extra�a conducta y se hab�a vuelto insensible a sus orgi�sticas celebraciones de la V�spera de Mayo y de Todos los Santos. Dos veces al a�o los Whateley encend�an hogueras en la cima de Sentinel Hill, y en tales fechas el fragor de la monta�a se reproduc�a con violencia cada vez m�s inusitada; y tampoco era raro que tuviesen lugar acontecimientos extra�os y portentosos en su solitaria granja en cualquier otra fecha del a�o. Con el tiempo, los visitantes afirmaron o�r ruidos en la cerrada planta alta, incluso en momentos en que todos los miembros de la familia estaban abajo, y se preguntaron a qu� ritmo sol�an sacrificar los Whateley una vaca o un ternero. Se hablaba incluso de denunciar el caso a la Sociedad Protectora de Animales, pero al final no se hizo nada pues los vecinos de Dunwich no ten�an ninguna gana de que el mundo exterior reparase en ellos. Hacia 1923, siendo Wilbur un muchacho de diez a�os y con una inteligencia, voz, estatura y barba que le daban todo el aspecto de una persona ya madura, se inici� una segunda etapa de obras de carpinter�a en la vieja finca de los Whateley. Las obras ten�an lugar en la cerrada planta superior, y por los trozos de madera sobrante que se ve�an por el suelo la gente dedujo que el joven y el abuelo hab�an tirado todos los tabiques y hasta levantado la tarima del piso, dejando s�lo un gran espacio abierto entre la planta baja y el tejado rematado en pico. Asimismo hab�an demolido la gran chimenea central e instalado en el herrumboso espacio que qued� al descubierto una endeble ca�er�a de hojalata con salida al exterior. En la primavera que sigui� a las obras el viejo Whateley advirti� el crecido n�mero de chotacabras que, procedentes del barranco de Cold Spring, acud�an por las noches a chillar bajo su ventana. Whateley atribuy� a la presencia de tales p�jaros un significado especial y un d�a dijo en la tienda de Osborn que cre�a cercano su fin. -Ahora chirr�an al ritmo de mi respiraci�n -dijo-, as� que deben estar ya al acecho para lanzarse sobre mi alma. Saben que pronto va a abandonarme y no quieren dejarla escapar. Cuando haya muerto sabr�is si lo consiguieron o no. Caso de conseguirlo, no cesar�an de chirriar y proferir risotadas hasta el amanecer; de lo contrario se callar�n. Los espero a ellos y a las almas que atrapan pues si quieren mi alma les va a costar lo suyo. En la noche de la fiesta de la Recolecci�n de la cosecha2 de 1924, el doctor Houghton, de Aylesbury , recibi� una llamada urgente de Wilbur Whateley, que se hab�a lanzado a todo galope en medio de la oscuridad reinante, en el �nico caballo que a�n restaba a los Whateley, con el fin de llegar lo antes posible al pueblo y telefonear desde la tienda de Osborn. El doctor Houghton encontr� al viejo Whateley en estado agonizante, con un ritmo card�aco y una respiraci�n estert�rea que presagiaban un final inminente. La deforme hija albina y el nieto adolescente, pero ya barbudo, permanec�an junto al lecho mortuorio, mientras que del tenebroso espacio que se abr�a por encima de sus cabezas llegaba la desagradable sensaci�n de una especie de chapoteo u oleaje r�tmico, algo as� como el ruido de las olas en una playa de aguas remansadas. Con todo, lo que m�s le molestaba al m�dico era el ensordecedor griter�o que armaban las aves nocturnas que revoloteaban en torno a la casa: una verdadera legi�n de chotacabras que chirriaba su mon�tono mensaje diab�licamente sincronizado con los entrecortados estertores del agonizante anciano. Aquello sobrepasaba decididamente lo siniestro y lo monstruoso, pens� el doctor Houghton, que al igual que el resto de los vecinos de la comarca hab�a acudido de muy mala gana a la casa de los Whateley en respuesta a la llamada urgente que se le hab�a hecho. Hacia la una de la noche el viejo Whateley recobr� la conciencia y, al tiempo que cesaban sus estertores, balbuce� algunas entrecortadas palabras a su nieto. -M�s espacio, Willy, necesita m�s espacio y cuanto antes. T� creces, pero eso a�n crece m�s deprisa. Pronto te servir�, hijo. Abre las puertas de par en par a Yog-Sothoth salmodiando el largo canto que encontrar�s en la p�gina 751 de la edici�n completa, y luego pr�ndele fuego a la prisi�n. El fuego de la tierra no puede quemarlo. No cab�a duda, el viejo Whateley estaba loco de remate. Tras una pausa durante la cual la bandada de chotacabras que hab�a fuera sincroniz� sus chirridos al nuevo ritmo jadeante de la respiraci�n del anciano y pudieron o�rse extra�os ruidos que ven�an de alg�n remoto lugar en las monta�as, a�n tuvo fuerzas para pronunciar una o dos frases m�s. -No dejes de alimentarlo, Willy, y ten presente la cantidad en todo momento. Pero no dejes que crezca demasiado deprisa para el lugar, pues si revienta en pedazos o sale antes de que abras a Yog-Sothoth, no habr�n servido de nada todos los esfuerzos. S�lo los que vienen del m�s all� pueden hacer que se reproduzca y surta efecto� S�lo ellos, los ancianos que quieren volver� Pero tras las �ltimas palabras volvieron a reproducirse los estertores del viejo Whateley, y Lavinia lanz� un pavoroso grito al ver c�mo el griter�o que armaban los chotacabras cambiaba para adaptarse al nuevo ritmo de la respiraci�n. No hubo ning�n cambio durante una hora, al cabo de la cual la garganta del moribundo emiti� el postrer vagido. El doctor Houghton cerr� los arrugados p�rpados sobre los resplandecientes ojos grises del anciano, mientras la barah�nda que armaban los p�jaros remit�a por momentos hasta acabar cayendo en el m�s absoluto silencio. Lavinia no cesaba de sollozar, en tanto que Wilbur se ech� a re�r sofocadamente y hasta ellos lleg� el d�bil fragor de la monta�a. -No han conseguido atrapar su alma -susurr� Wilbur con su potente voz de bajo. Por entonces, Wilbur era ya un estudioso de impresionante erudici�n -si bien a su parcial manera-, y empezaba a ser conocido por la correspondencia que manten�a con numerosos bibliotecarios de remotos lugares en donde se guardaban libros raros y misteriosos de �pocas pasadas. Al mismo tiempo, cada vez se le detestaba y tem�a m�s en la comarca de Dunwich por la desaparici�n de ciertos j�venes que todas las sospechas hac�an confluir, difusamente, en el umbral de su casa. Pero siempre se las arregl� para silenciar las investigaciones ya fuese mediante el recurso a la intimidaci�n o echando mano del caudal de antiguas monedas de oro que, al igual que en tiempos de su abuelo, sal�an de forma peri�dica y en cantidades crecientes para la compra de cabezas de ganado. Daba toda la impresi�n de ser una persona madura, y su estatura, una vez alcanzado el l�mite normal de la edad adulta, parec�a que fuese a seguir aumentando sin l�mite. En 1925, con ocasi�n de una visita que le hizo un corresponsal suyo de la Universidad de Miskatonic, que sali� de la reuni�n que sostuvieron l�vido y desconcertado, med�a ya sus buenos seis pies y tres cuartos. Con el paso de los a�os, Wilbur fue tratando a su semideforme y albina madre con un desprecio cada vez mayor, hasta llegar a prohibirle que le acompa�ase a las monta�as en las fechas de la V�spera de Mayo y de Todos los Santos. En 1926, la infortunada madre le dijo a Mamie Bishop que su hijo le inspiraba miedo. -S� multitud de cosas acerca de �l que me gustar�a poder contarte, Mamie -le dijo un d�a-, pero �ltimamente pasan muchas cosas que incluso yo ignoro. Juro por Dios que ni s� lo que quiere mi hijo ni lo que trata de hacer. En la V�spera de Todos los Santos de aquel a�o, los ruidos de la monta�a resonaron con un inusitado furor, y al igual que todos los a�os pudo verse el resplandor de las llamaradas en la cima de Sentinel Hill. Pero la gente prest� m�s atenci�n a los r�tmicos chirridos de enormes bandadas de chotacabras -extra�amente retrasados para la �poca del a�o en que se encontraban- que parec�an congregarse en las inmediaciones de la granja de los Whateley. Pasada la medianoche sus estridentes notas estallaron en una especie de infernal barah�nda que pudo o�rse por toda la comarca, y hasta el amanecer no cesaron en su ensordecedor griter�o. Seguidamente, desaparecieron, dirigi�ndose apresuradamente hacia el sur, adonde llegaron con un mes de retraso sobre la fecha normal. Lo que significaba tama�o estruendo nadie lo sabr�a con certeza hasta pasado mucho tiempo. En cualquier caso, aquella noche no muri� nadie en toda la comarca, pero jam�s volvi� a verse a la infortunada Lavinia Whateley, la deforme y albina madre de Wilbur. En el verano de 1917 Wilbur repar� dos cobertizos que hab�a en el corral y comenz� a trasladar a ellos sus libros y efectos personales. Al poco tiempo, Earl Sawyer dijo en la tienda de Osborn que en la granja de los Whateley hab�an vuelto a emprenderse obras de carpinter�a. Wilbur se aprestaba a tapar todas las puertas y ventanas de la planta baja, y daba la impresi�n de que estuviese tirando todos los tabiques, tal como su abuelo y �l hicieran en la planta superior cuatro a�os atr�s. Se hab�a instalado en uno de los cobertizos, y seg�n Sawyer ten�a un aspecto un tanto preocupado y temeroso. La gente de la localidad sospechaba que sab�a algo acerca de la desaparici�n de su madre, y eran muy pocos los que se atrev�an a rondar por las inmediaciones de la granja de los Whateley. Por aquel entonces, Wilbur sobrepasaba ya los siete pies de altura y nada indicaba que fuese a dejar de crecer. V Aquel invierno trajo consigo el nada desde�able acontecimiento del primer viaje de Wilbur fuera de la comarca de Dunwich. Pese a la correspondencia que ven�a manteniendo con la Biblioteca de Widener de Harvard, la Biblioteca Nacional de Par�s, el Museo Brit�nico, la Universidad de Buenos Aires y la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham, todos sus intentos por hacerse con un libro que precisaba desesperadamente hab�an resultado fallidos. En vista de lo cual, a la postre, acab� por desplazarse en persona -andrajoso, mugriento, con la barba sin cuidar y aquel nada pulido dialecto que hablaba- a consultar el ejemplar que se conservaba en Miskatonic, la biblioteca m�s pr�xima a Dunwich. Con casi ocho pies de altura y portando una maleta de ocasi�n reci�n comprada en la tienda de Osborn, aquel espantajo de tez trigue�a y rostro de chivo se present� un d�a en Arkham en busca del temible volumen guardado bajo siete llaves en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic: el pavoroso Necronomic�n, del enloquecido �rabe Abdul Alhazred, en versi�n latina de Olaus Wormius, impreso en Espa�a en el siglo XVII. Jam�s hasta entonces hab�a visto Wilbur una ciudad, pero su �nico inter�s al llegar a Arkham se redujo a encontrar el camino que llevaba al recinto universitario. Una vez all�, pas� sin inmutarse por delante del gran perro guardi�n de la entrada que se ech� a ladrar, mostr�ndole sus blancos colmillos, con inusitado furor al tiempo que tiraba con violencia de la gruesa cadena a la que estaba atado. Wilbur llevaba consigo el inapreciable, pero incompleto, ejemplar de la versi�n inglesa del Necronomic�n del Dr. Dee que su abuelo le hab�a legado, y nada m�s le permitieron acceder al ejemplar en lat�n se puso a cotejar los dos textos con el prop�sito de descubrir cierto pasaje que, de no hallarse en condiciones defectuosas, habr�a debido encontrarse en la p�gina 751 del volumen de su propiedad. Por m�s que intent� refrenarse, no pudo dejar de dec�rselo con buenos modales al bibliotecario -Henry Armitage, hombre de gran erudici�n y licenciado en Miskatonic, doctor por la Universidad de Princeton y por la Universidad de John Hopkins-, que en cierta ocasi�n hab�a acudido a visitarle a la granja de Dunwich y que ahora, en buen tono, le acribillaba a preguntas. Wilbur acab� por decirle que buscaba una especie de conjuro o f�rmula m�gica que contuviese el espantoso nombre de Yog-Sothoth, pero las discrepancias, repeticiones y ambig�edades existentes complicaban la tarea de su localizaci�n, sumi�ndole en un mar de dudas. Mientras copiaba la f�rmula por la que finalmente se decidi�, el Dr. Armitage mir� involuntariamente por encima del hombro de Wilbur a las p�ginas por las que estaba abierto el libro; la que se ve�a a la izquierda, en la versi�n latina del Necronomic�n, conten�a toda una retah�la de estremecedoras amenazas contra la paz y el bienestar del mundo: �Tampoco debe pensarse -rezaba el texto que Armitage fue traduciendo mentalmente- que el hombre es el m�s antiguo o el �ltimo de los due�os de la tierra, ni que semejante combinaci�n de cuerpo y alma se pasea sola por el universo. Los Ancianos eran, los Ancianos son y los Ancianos ser�n. No en los espacios que conocemos, sino entre ellos. Se pasean serenos y primigenios en esencia, sin dimensiones e invisibles a nuestra vista. Yog-Sothoth conoce la puerta. Yog-Sothoth es la puerta. Yog-Sothoth es la llave y el guardi�n de la puerta. Pasado, presente y futuro, todo es uno en Yog-Sothoth. �l sabe por d�nde entraron los Ancianos en el pasado y por d�nde volver�n a hacerlo cuando llegue la ocasi�n. �l sabe qu� regiones de la tierra hollaron, d�nde siguen hoy hollando y por qu� nadie puede verlos en Su avance. Los hombres perciben a veces Su presencia por el olor que despiden, pero ning�n ser humano puede ver Su semblante, salvo �nicamente a trav�s de las facciones de los hombres engendrados por Ellos, y son de las m�s diversas especies, difiriendo en apariencia desde la mism�sima imagen del hombre hasta esas figuras invisibles o sin sustancia que son Ellos. Se pasean inadvertidos y pestilentes por los solitarios lugares donde se pronunciaron las Palabras y se profirieron los Rituales en su debido momento. Sus voces hacen tremolar el viento y Sus conciencias trepidar la tierra. Doblegan bosques enteros y aplastan ciudades, pero jam�s bosque o ciudad alguna ha visto la mano destructora. Kadath los ha conocido en los p�ramos helados, pero �qui�n conoce a Kadath? En el glacial desierto del Sur y en las sumergidas islas del Oc�ano se levantan piedras en las que se ve grabado Su sello, pero �qui�n ha visto la helada ciudad hundida o la torre secularmente cerrada y recubierta de algas y moluscos? El Gran Cthulhu es Su primo, pero s�lo difusamente puede reconocerlos. �I�! �Shub-Niggurath! Por su insano olor Los conocer�is. Su mano os aprieta las gargantas pero ni aun as� Los veis, y Su morada es una misma con el umbral que guard�is. Yog-Sothoth es la llave que abre la puerta, por donde las esferas se encuentran. El hombre rige ahora donde antes reg�an Ellos, pero pronto regir�n Ellos donde ahora rige el hombre. Tras el verano el invierno, y tras el invierno el verano. Aguardan, pacientes y confiados, pues saben que volver�n a reinar sobre la tierra.� Al asociar el Dr. Armitage lo que le�a con lo que hab�a o�do hablar de Dunwich y de sus misteriosas apariciones, y de la l�gubre y horrible aureola que rodeaba a Wilbur Whateley y que iba desde un nacimiento en circunstancias m�s que extra�as hasta una fundada sospecha de matricidio, sinti� como si le sacudiera una oleada de temor tan tangible como pudiera serlo cualquier corriente de aire fr�o y pegajoso emanada de una tumba. Parec�a como si el gigante de cara de chivo enfrascado en la lectura de aquel libro hubiese sido engendrado en otro planeta o dimensi�n, como si s�lo parcialmente fuese humano y procediese de los tenebrosos abismos de una esencia y una entidad que se extend�a, cual tit�nico fantasma, allende las esferas de la fuerza y la materia, del espacio y el tiempo. De pronto, Wilbur levant� la cabeza y se puso a hablar con una voz extra�a y resonante que hac�a pensar en unos �rganos vocales distintos a los del com�n de los mortales. -Mr. Armitage -dijo-, me temo que voy a tener que llevarme el libro a casa. En �l se habla de cosas que tengo que experimentar bajo ciertas condiciones que no re�no aqu�, y ser�a una verdadera tropel�a no dej�rmelo sacar alegando cualquier absurda norma burocr�tica. Se lo ruego, se�or, d�jeme llev�rmelo a casa y le juro que nadie advertir� su falta. Ni que decirle tengo que lo tratar� con el mejor cuidado. Lo necesito para poner mi versi�n de Dee en la forma en que� Se interrumpi� al ver la resuelta expresi�n negativa dibujada en la cara del bibliotecario, y al punto sus facciones de chivo adquirieron un aire de astucia. Armitage, cuando estaba ya a punto de decirle que pod�a sacar copia de cuanto precisara, pens� de repente en las consecuencias que podr�an originarse de semejante contravenci�n y se ech� atr�s. Era una responsabilidad demasiado grande entregar a aquella monstruosa criatura la llave de acceso a tan tenebrosas esferas de lo exterior. Whateley, al ver el cariz que tomaban las cosas, trat� de poner la mejor cara posible. -�Bueno! �Qu� le vamos a hacer si se pone as�! A ver si en Harvard no son tan picajosos y hay m�s suerte. Y sin decir una sola palabra m�s se levant� y sali� de la biblioteca, debiendo agachar la cabeza por cada puerta que pasaba. Armitage pudo o�r el tremendo aullido del gran perro que hab�a en la entrada y, a trav�s de la ventana, observ� las zancadas de gorila de Whateley mientras cruzaba el peque�o trozo de campus que pod�a divisarse desde la biblioteca. Le vinieron a la memoria las espantosas historias que hab�an llegado a sus o�dos y record� lo que se dec�a en las ediciones dominicales del Advertiser, as� como las impresiones que pudo recoger entre los campesinos y vecinos de Dunwich durante su visita a la localidad. Horribles y malolientes seres invisibles que no eran de la tierra -o, al menos, no de la tierra tridimensional que conocemos- corr�an por los barrancos de Nueva Inglaterra y acechaban imp�dicamente desde las monta�osas cumbres. Hac�a tiempo que estaba convencido de ello, pero ahora cre�a experimentar la inminente y terrible presencia del horror extraterrestre y vislumbrar un prodigioso avance en los tenebrosos dominios de tan antigua y hasta entonces aletargada, pesadilla. Estremecido y con una honda sensaci�n de repugnancia, encerr� el Necronomic�n en su sitio, pero un atroz e inidentificable hedor segu�a impregnado a�n toda la estancia. �Por su insano olor los conocer�is�, cit�. S�, no cab�a duda, aquel f�tido olor era el mismo que hac�a menos de tres a�os le provoc� n�useas en la granja de Whateley. Pens� en Wilbur, en sus siniestras facciones de chivo, y solt� una ir�nica risotada al recordar los rumores que corr�an por el pueblo sobre su paternidad. -�Incestuoso v�stago? -Armitage murmur� casi en voz alta para sus adentros-. �Dios m�o, pero ser�n simplones! �Dales a leer El Gran Dios Pan, de Arthur Machen, y creer�n que se trata de un esc�ndalo normal y corriente como los de Dunwich! Pero �qu� informe y maldita criatura, salida o no de esta tierra tridimensional, era el padre de Wilbur Whateley? Nacido el d�a de la Candelaria, a los nueve meses de la V�spera del uno de mayo de 1912, fecha en que los rumores sobre extra�os ruidos en el interior de la tierra llegaron hasta Arkham. �Qu� pasaba en las monta�as aquella noche de mayo? �Qu� horror engendrado el d�a de la Invenci�n de la Cruz* se hab�a abatido sobre el mundo en forma de carne y hueso semihumanos? Durante las semanas que siguieron, Armitage estuvo recogiendo toda la informaci�n que pudo encontrar sobre Wilbur Whateley y aquellos misteriosos seres que poblaban la comarca de Dunwich. Se puso en contacto con el doctor Houghton, de Aylesbury, que hab�a asistido al viejo Whateley en su postrer agon�a, y estuvo meditando detenidamente sobre las �ltimas palabras que pronunci�, tal como las recordaba el m�dico. Una nueva visita a Dunwich apenas report� fruto alguno. No obstante, un detenido examen del Necronomic�n -en concreto, de las p�ginas que con tanta avidez hab�a buscado Wilbur- pareci� aportar nuevas y terribles pistas sobre la naturaleza, m�todos y apetitos del extra�o y maligno ser cuya amenaza se cern�a difusamente sobre la tierra. Las conversaciones sostenidas en Boston con varios estudiosos de saberes arcanos y la correspondencia mantenida con muchos otros eruditos de los m�s diversos lugares, no hicieron sino incrementar la perplejidad de Armitage, quien, tras pasar gradualmente por varias fases de alarma, acab� sumido en un aut�ntico estado de intenso temor espiritual. A medida que se acercaba el verano cre�a cada vez m�s que deb�a hacerse algo para interrumpir la escalada de terror que asolaba los valles regados por el curso superior del Miskatonic e indagar qui�n era el monstruoso ser conocido entre los humanos por el nombre de Wilbur Whateley. * El 3 de mayo. VI El verdadero horror de Dunwich tuvo lugar entre la fiesta de la Recolecci�n de la cosecha y el equinoccio de 1928, siendo el Dr. Armitage uno de los testigos presenciales de su abominable pr�logo. Hab�a o�do hablar del esperp�ntico viaje que Whateley hab�a hecho a Cambridge y de sus desesperados intentos por sacar el ejemplar del Necronomic�n que se conservaba en la biblioteca Widener, de la Universidad de Harvard. Pero todos sus esfuerzos fueron vanos, pues Armitage hab�a puesto en estado de alerta a todos los bibliotecarios que ten�an a su cargo la custodia de un ejemplar del arcano volumen. Wilbur se hab�a mostrado asombrosamente nervioso en Cambridge; estaba ansioso por conseguir el libro y no menos por regresar a casa, como si temiera las consecuencias de una larga ausencia. A primeros de agosto se produjo el cuasi esperado acontecimiento. En la madrugada del tercer d�a de dicho mes el Dr. Armitage fue despertado bruscamente por los desgarradores y feroces ladridos del imponente perro guardi�n que hab�a a la entrada del recinto universitario. Los estridentes y terribles gru�idos alternaban con desgarradores aullidos y ladridos, como si el perro se hubiese vuelto rabioso; los ruidos iban en continuo aumento, pero entrecortados, dejando entre s� pausas terriblemente significativas. Al poco, se oy� un pavoroso grito de una garganta totalmente desconocida, un grito que despert� a no menos de la mitad de cuantos dorm�an a aquellas horas en Arkham y que en lo sucesivo les asaltar�a continuamente en sus sue�os, un grito que no pod�a proceder de ning�n ser nacido en la tierra o morador de ella. Armitage se puso r�pidamente algo de ropa por encima y ech� a correr por los paseos y jardines hasta llegar a los edificios universitarios, donde pudo ver que otros se le hab�an adelantado. A�n se o�an los retumbantes ecos de la alarma antirrobo de la biblioteca. A la luz de la luna se divisaba una ventana abierta de par en par mostrando las abismales tinieblas que encerraba. Quienquiera que hubiese intentado entrar hab�a logrado su prop�sito, pues los ladridos y gritos -que pronto acabar�an confundi�ndose en una sorda profusi�n de aullidos y gemidos- proced�an indudablemente del interior del edificio. Un sexto sentido le hizo entrever a Armitage que cuanto all� suced�a no era algo que pudieran contemplar ojos sensibles y, con gesto autoritario, mand� retroceder a la muchedumbre all� congregada al tiempo que abr�a la puerta del vest�bulo. Entre los all� reunidos vio al profesor Warren Rice y al Dr. Francis Morgan, a quienes tiempo atr�s hab�a hecho part�cipes de algunas de sus conjeturas y temores, y con la mano les hizo una se�al para que le siguiesen al interior. Los sonidos que de all� sal�an hab�an remitido casi por completo, salvo los mon�tonos gru�idos del perro; pero Armitage dio un brusco respingo al advertir entre la maleza un ruidoso coro de chotacabras que hab�a comenzado a entonar sus endiabladamente r�tmicos chirridos, como si marchasen al un�sono con los �ltimos estertores de un ser agonizante. En el edificio entero reinaba un insoportable hedor que le resultaba harto familiar a Armitage, quien, en compa��a de los dos profesores, se lanz� corriendo por el vest�bulo hasta llegar a la salita de lectura de temas geneal�gicos de donde sal�an los sordos gemidos. Por espacio de unos segundos, nadie se atrevi� a encender la luz, hasta que Armitage, arm�ndose de valor, dio al interruptor. Uno de los tres hombres -cu�l, no se sabe- profiri� un estridente alarido ante lo que se ve�a tendido en el suelo entre un revoltijo de mesas y sillas volcadas. El profesor Rice afirma que durante unos instantes perdi� el sentido, si bien sus piernas no flaquearon ni lleg� a caerse al suelo. En el suelo, encima de un f�tido charco de l�quido purulento entre amarillento y verdoso y de una viscosidad bituminosa, yac�a medio recostado un ser de casi nueve pies de estatura, al que el perro hab�a desgarrado toda la ropa y algunos trozos de la piel. A�n no hab�a muerto. Se retorc�a en medio de silenciosos espasmos, al tiempo que su pecho jadeaba al abominable comp�s de los estridentes chirridos de las chotacabras que, expectantes, oteaban desde fuera de la sala. Esparcidos por toda la estancia pod�an verse trozos de piel de zapato y jirones de ropa, y junto a la ventana se ve�a una mochila de lona vac�a que debi� arrojar all� aquel gigantesco ser. Junto al pupitre central hab�a un rev�lver en el suelo, con un cartucho percutado pero sin p�lvora que posteriormente servir�a para explicar por qu� no hab�a sido disparado. No obstante, aquel ser que yac�a en el suelo eclips� un momento cualquier otra imagen que pudiera haber en la estancia. Ser�a harto trillado y no del todo cierto decir que ninguna pluma humana podr�a describirlo, pero ya ser�a menos err�neo decir que no podr�a visualizarse gr�ficamente por nadie cuyas ideas acerca de la fisonom�a y el perfil en general estuviesen demasiado apegadas a las formas de vida existentes en nuestro planeta y a las tres dimensiones conocidas. No cab�a duda de que en parte se trataba de una criatura humana, con manos y cabeza de hombre, en tanto su rostro chotuno y sin ment�n llevaba el inconfundible sello de los Whateley. Pero el torso y las extremidades inferiores ten�an una forma teratol�gicamente monstruosa. S�lo gracias a una holgada indumentaria pudo aquel ser andar sobre la tierra sin ser molestado o erradicado de su superficie. Por encima de la cintura era un ser cuasiantropom�rfico, aunque el pecho, sobre el que a�n se hallaban posadas las desgarradoras patas del perro, ten�a el correoso y reticulado pellejo de un cocodrilo o un lagarto. La espalda ten�a un color moteado, entre amarillo y negro, y recordaba vagamente la escamosa piel de ciertas especies de serpientes. Pero, con diferencia, lo m�s monstruoso de todo el cuerpo era la parte inferior. A partir de la cintura desaparec�a toda semejanza con el cuerpo humano y comenzaba la m�s desenfrenada fantas�a que cabe imaginarse. La piel estaba recubierta de un frondoso y �spero pelaje negro, y del abdomen brotaban un mont�n de largos tent�culos, entre grises y verdosos, de los que sobresal�an fl�ccidamente unas ventosas rojas que hac�an las veces de boca. Su disposici�n era de lo m�s extra�o y parec�a seguir las simetr�as de alguna geometr�a c�smica desconocida en la tierra e incluso en el sistema solar. En cada cadera, hundido en una especie de ros�cea y ciliada �rbita, se alojaba lo que parec�a ser un rudimentario ojo, mientras que en el lugar donde suele estar el rabo le colgaba algo que ten�a todo el aspecto de una trompa o tent�culo, con marcas anulares violetas, y m�ltiples muestras de tratarse de una boca o garganta sin desarrollar. Las piernas, salvo por el pelaje negro que las cubr�a, guardaban cierto parecido con las extremidades de los gigantescos saurios que poblaban la tierra en los tiempos prehist�ricos, y terminaban en unas carnosidades surcadas de venas que ni eran pezu�as ni garras. Cuando respiraba, el rabo y los tent�culos mudaban r�tmicamente de color, como si obedecieran a alguna causa circulatoria caracter�stica de su verdoso tinte no humano, mientras que el rabo ten�a un color amarillento que alternaba con otro blanco gris�ceo, de repugnante aspecto, en los espacios que quedaban entre los anillos de color violeta. De sangre no hab�a ni rastro, s�lo el f�tido y purulento l�quido verdoso amarillento que corr�a por el piso m�s all� del pringoso c�rculo, dejando tras de s� una curiosa y descolorida mancha. La presencia de los tres hombres debi� despertar al moribundo ser all� postrado, que se puso a balbucir sin siquiera volver ni levantar la cabeza. Armitage no recogi� por escrito los sonidos que profer�a, pero afirma categ�ricamente que no pronunci� ni uno solo en ingl�s. Al principio las s�labas desafiaban toda posible comparaci�n con ning�n lenguaje conocido de la tierra, pero ya hacia el final articul� unos incoherentes fragmentos que, evidentemente, proced�an del Necronomic�n, el abominable libro cuya b�squeda iba a costarle la muerte. Los fragmentos, tal como los recuerda Armitage, rezaban as� poco m�s o menos: �N�gai, n�gha� ghaa, bugg-shoggog, y�hah; Yog-Sothoth, Yog-Sothoth��, desvaneci�ndose su voz en el aire mientras las chotacabras chirriaban en crescendo r�tmico de malsana expectaci�n. Luego, se interrumpieron los jadeos y el perro alz� la cabeza, emitiendo un prolongado y l�gubre aullido. Un cambio se produjo en la faz amarillenta y chotuna de aquel ser postrado en el suelo al tiempo que sus grandes ojos negros se hund�an pasmosamente en sus cavidades. Al otro lado de la ventana, ces� de repente el griter�o que armaban los chotacabras, y por encima de los murmullos de la muchedumbre all� congregada se oy� un fren�tico zumbido y revoloteo. Recortadas contra el trasfondo de la luna pod�an verse grandes nubes de alados vig�as expectantes que alzaban el vuelo y hu�an de la vista, espantados s�lo de ver la presa sobre la que se dispon�an a lanzarse. De pronto, el perro dio un brusco respingo, lanz� un aterrador ladrido y se arroj� precipitadamente por la ventana por la que hab�a entrado. Un alarido sali� de la expectante multitud, mientras Armitage dec�a a gritos a los hombres que aguardaban afuera que en tanto llegase la polic�a o el forense no podr�an entrar en la sala. Afortunadamente, las ventanas eran lo suficientemente altas como para que nadie pudiera asomarse; para mayor seguridad, ech� las oscuras cortinas con sumo cuidado. Entre tanto, llegaron dos polic�as, y el Dr. Morgan, que sali� a su encuentro al vest�bulo, les inst� a que, por su propio bien, aguardasen a entrar en la hedionda sala de lecturas hasta que llegara el forense y pudiera cubrirse el cuerpo del ser all� postrado. Mientras esto ocurr�a, unos cambios realmente espantosos ten�an lugar en aquella gigantesca criatura. No se precisa describir la clase y proporci�n de encogimiento y desintegraci�n que se desarrollaba ante los ojos de Armitage y Rice, pero puede decirse que, aparte la apariencia externa de cara y manos, el elemento aut�nticamente humano de Wilbur Whateley era m�nimo. Cuando lleg� el forense, s�lo quedaba una masa blancuzca y viscosa sobre el entarimado suelo, en tanto que el f�tido olor casi hab�a desaparecido por completo. Por lo visto, Whateley no ten�a cr�neo ni esqueleto �seo, al menos tal como los entendemos. En algo hab�a de parecerse a su desconocido progenitor. VII Pero esto no fue sino simplemente el pr�logo del verdadero horror de Dunwich. Las autoridades oficiales, desconcertadas, llevaron a cabo todas las formalidades debidas, silenciando acertadamente los detalles m�s alarmantes para que no llegasen a o�dos de la prensa y el p�blico en general. Mientras, unos funcionarios se personaron en Dunwich y Aylesbury para levantar acta de las propiedades del difunto Wilbur Whateley y notificar, en consecuencia, a quienes pudieran ser sus leg�timos herederos. A su llegada, encontraron a la gente de la comarca presa de una gran agitaci�n, tanto por el fragor creciente que se o�a en las abovedadas monta�as como por el insoportable olor y sonidos -semejantes a un oleaje o chapoteo- que sal�an cada vez con mayor intensidad de aquella especie de gran estructura vac�a que era la granja herm�ticamente entablada de los Whateley. Earl Sawyer, que cuidaba del caballo y del ganado desde el fallecimiento de Wilbur, hab�a sufrido una aguda crisis de nervios. Los funcionarios hallaron enseguida una disculpa para que nadie entrase en el hediondo y cerrado edificio, limit�ndose a girar una r�pida inspecci�n a los aposentos que habitaba el difunto, es decir, a los cobertizos que Wilbur hab�a acondicionado en fecha reciente. Redactaron un voluminoso informe que elevaron al juzgado de Aylesbury y, seg�n parece, los pleitos sobre el destino de la herencia siguen a�n sin resolverse entre los innumerables Whateley, tanto de la rama degenerada como de la sin degenerar, que viven en el valle regado por el curso superior del Miskatonic. Un casi interminable manuscrito redactado en extra�os caracteres en un gran libro mayor, y que daba toda la impresi�n de una especie de diario por las separaciones existentes y las variaciones de tinta y caligraf�a, desconcert� por completo a quienes lo encontraron en el viejo escritorio que hac�a las veces de mesa de trabajo de Wilbur. Tras una semana de debates se decidi� enviarlo a la Universidad de Miskatonic, junto con la colecci�n de libros sobre saberes arcanos del difunto, para su estudio y eventual traducci�n. Pero al poco tiempo hasta los mejores ling�istas comprendieron que no iba a ser tarea f�cil descifrarlo. No se encontr�, en cambio, la menor huella del antiguo oro con el que Wilbur y el viejo Whateley sol�an pagar sus deudas. El horror se desat� en el transcurso de la noche del 9 de septiembre. Los ruidos de la monta�a hab�an sido muy intensos aquella tarde y los perros ladraron con fenomenal estr�pito durante toda la noche. Quienes madrugaron el d�a 10 advirtieron un peculiar hedor en la atm�sfera. Hacia las siete de la ma�ana Luther Brown, el mozo de la granja de George Corey, situada entre el barranco de Cold Spring y el pueblo, baj� corriendo, presa de una gran agitaci�n, del pastizal de diez acres a donde hab�a llevado a pacer las vacas. Estaba aterrado de espanto cuando entr� a trompicones en la cocina de la granja, mientras las no menos despavoridas vacas se pon�an a patalear y mugir en tono lastimero en el corral, tras seguir al chico todo el camino de vuelta tan atemorizadas como �l. Sin cesar de jadear, Luther trat� de balbucir lo que hab�a visto a Mrs. Corey. -Arriba, en el camino que hay por encima del barranco, Mrs. Corey� �algo pasa all�! Es como si hubiese ca�do un rayo. Todos los matorrales y arbolillos del camino han sido segados como si toda una casa les hubiera pasado por encima. Y eso no es lo peor, �quia! Hay huellas en el camino, Mrs. Corey� tremendas huellas circulares tan grandes como la tapa de un tonel, y muy hundidas en la tierra, como si hubiese pasado un elefante por all�, �s�lo que las huellas tendr�n m�s de cuatro pies! Mir� de cerca una o dos antes de salir corriendo y pude ver que todas estaban cubiertas por unas l�neas que sal�an del mismo lugar, en abanico, como si fuesen grandes hojas de palmera -s�lo que dos o tres veces m�s grandes- incrustadas en el camino. Y el olor era irresistible, igual que el que se respira cerca de la vieja casa de Whateley� Al llegar aqu� el muchacho titube� y parec�a como si el miedo que le hab�a hecho venir corriendo todo el camino se apoderase de �l de nuevo. Mrs. Corey, a la vista de que no pod�a sonsacarle m�s detalles, se puso a telefonear a los vecinos, con lo que empez� a cundir el p�nico, anticipo de nuevos y mayores horrores, por toda la comarca. Cuando llam� a Sally Sawyer -ama de llaves en la granja de Seth Bishop, la finca m�s pr�xima a la de los Whateley-, le toc� escuchar en lugar de hablar, pues el hijo de Sally, Chauncey, que no pod�a dormir, hab�a subido por la ladera en direcci�n a la casa de los Whateley y baj� corriendo a toda prisa aterrado de espanto, tras echar una mirada a la granja y al pastizal donde hab�an pasado la noche las vacas de los Bishop. -S�, Mrs. Corey -dijo Sally con voz tr�mula desde el otro lado del hilo telef�nico-. Chauncey acaba de regresar despavorido, y casi no pod�a ni hablar del miedo que tra�a. Dice que la casa entera del viejo Whateley ha volado por los aires y que hay un mont�n de restos de madera desperdigados por el suelo, como si hubiese estallado una carga de dinamita en su interior. Apenas queda otra cosa que el suelo de la planta baja, pero est� enteramente cubierto por una especie de sustancia viscosa que huele horriblemente y corre por el suelo hasta donde est�n los trozos de madera desparramados. Y en el corral hay unas huellas espantosas, unas tremendas huellas de forma circular, m�s grandes que la tapa de un tonel, y todo est� lleno de esa sustancia pegajosa que se ve en la casa destruida. Chauncey dice que el reguero llega hasta el pastizal, donde hay una franja de tierra mucho m�s grande que un establo totalmente aplastada y que por todos los sitios se ven vallas de piedra ca�das por el suelo. �Chauncey dice, Mrs. Corey, que se qued� aterrado a la vista de las vacas de Seth. Las encontr� en los pastizales altos, muy cerca de Devil�s Hop Yard, pero daba pena verlas. La mitad estaban muertas y a casi el resto de las que quedaban les hab�an chupado la sangre, y ten�an unas llagas igualitas que las que le salieron al ganado de Whateley a partir del d�a en que naci� el rapaz negro de Lavinia. Seth ha salido a ver c�mo est�n las vacas, aunque dudo mucho que se acerque a la granja del brujo Whateley. Chauncey no se par� a mirar qu� direcci�n segu�a el gran sendero aplastado una vez pasado el pastizal, pero cree que se dirig�a hacia el camino del barranco que lleva al pueblo. �Cr�ame lo que le digo, Mrs. Corey, hay algo suelto por ah� que no me sugiere nada bueno, y pienso que ese negro de Wilbur Whateley -que tuvo el horrendo fin que merec�a- est� detr�s de todo esto. No era un ser enteramente humano, y conste que no es la primera vez que lo digo. El viejo Whateley deb�a estar criando algo a�n menos humano que �l en esa casa toda tapiada con clavos. Siempre ha habido seres invisibles merodeando en tomo a Dunwich, seres invisibles que no tienen nada de humano ni presagian nada bueno. �La tierra estuvo hablando anoche, y hacia el amanecer Chauncey oy� a las chotacabras armar tal griter�o en el barranco de Cold Spring que no le dejaron dormir nada. Luego le pareci� o�r otro ruido d�bil hacia donde est� la granja del brujo Whateley, una especie de rotura o crujido de madera, como si alguien abriese a lo lejos una gran caja o embalaje de madera. Entre unas cosas y otras no logr� dormir lo m�s m�nimo hasta bien entrado el d�a, y no mucho antes se levant� esta ma�ana. Hoy se propone volver a la finca de los Whateley a ver qu� sucede por all�. Pero ya ha visto m�s que suficiente, se lo digo yo, Mrs. Corey. No s� qu� pasara, aunque no presagia nada bueno. Los hombres deber�an organizarse e intentar hacer algo. Todo esto es verdaderamente espantoso, y creo que se acerca mi turno. S�lo Dios sabe qu� va a pasar. ��Le ha dicho algo Luther de la direcci�n que segu�an las gigantescas huellas? �No? Pues bien, Mrs. Corey, si estaban en este lado del camino del barranco y todav�a no se han dejado ver por su casa, supongo que deben haber descendido al fondo del barranco, �d�nde si no podr�an estar? De siempre he dicho que el barranco de Cold Spring no es un lugar saludable y no me inspira la menor confianza. Las chotacabras y las luci�rnagas que hay en sus entra�as no parecen criaturas de Dios, y hay quienes dicen que pueden o�rse extra�os ruidos y murmullos all� abajo si uno se pone a escuchar en el lugar apropiado, entre la cascada y la Guarida del Oso. A eso del mediod�a, las tres cuartas partes de los hombres y j�venes de Dunwich salieron a dar una batida por los caminos y prados que hab�a entre las recientes ruinas de lo que fuera la finca de los Whateley y el barranco de Cold Spring, comprobando aterrados con sus propios ojos las grandes y monstruosas huellas, las agonizantes vacas de Bishop, toda la misteriosa y apestosa desolaci�n que reinaba sobre el lugar y la vegetaci�n aplastada y pulverizada por los campos y a orillas de la carretera. Fuese cual fuese el mal que se hab�a desatado sobre la comarca era seguro que se encontraba en el fondo de aquel enorme y tenebroso barranco, pues todos los �rboles de las laderas estaban doblados o tronchados, y una gran avenida se hab�a abierto por entre la maleza que crec�a en el precipicio. Daba la impresi�n de que una avalancha hubiese arrastrado toda una casa entera, precipit�ndola por la enmara�ada floresta de la vertiente casi cortada a pico. Ning�n ruido llegaba del fondo del barranco, tan s�lo se percib�a un lejano e indefinible hedor. No tiene nada de extra�o, pues, que los hombres prefieran quedarse al borde del precipicio y ponerse a discutir, en lugar de bajar y meterse de lleno en el cubil de aquel desconocido horror cicl�peo. Tres perros que acompa�aban al grupo se lanzaron a ladrar furiosamente en un primer momento, pero una vez al borde del barranco cesaron de ladrar y parec�an amedrentados e intranquilos. Alguien llam� por tel�fono al Aylesbury Chronicle para comunicar la noticia, pero el director, acostumbrado a o�r las m�s incre�bles historias procedentes de Dunwich, se limit� a redactar un art�culo humor�stico sobre el tema, art�culo que posteriormente ser�a reproducido por la Associated Press. Aquella noche todos los vecinos de Dunwich y su comarca se recogieron en casa, y no hubo granja o establo en que no se obstruyera la puerta lo m�s s�lidamente posible. Huelga decir que ni una sola cabeza de ganado pas� la noche en los pastizales. Hacia las dos de la ma�ana un irrespirable hedor y los furiosos ladridos de los perros despertaron a la familia de Elmer Frye, cuya granja se hallaba situada al extremo este del barranco de Cold Spring, y todos coincidieron en decir haber o�do afuera una especie de chapoteo o golpe seco. Mrs. Frye propuso telefonear inmediatamente a los vecinos, pero cuando su marido estaba a punto de decirle que lo hiciese se oy� un crujido de madera que vino a interrumpir sus deliberaciones. Al parecer, el ruido proced�a del establo, y fue seguido al punto por escalofriantes mugidos y pataleos de las vacas. Los perros se pusieron a echar espumarajos por la boca y se acurrucaron a los pies de los miembros de la familia Frye, despavoridos de terror. El due�o de la casa, movido por la fuerza de la costumbre, encendi� un farol, pero sab�a bien que salir fuera al oscuro corral significaba la muerte. Los ni�os y las mujeres lloriqueaban, pero evitaban hacer todo ruido obedeciendo a alg�n oscuro y at�vico sentido de conservaci�n que les dec�a que sus vidas depend�an de que guardasen absoluto silencio. Finalmente, el ruido del ganado remiti� hasta no pasar de lastimeros mugidos, seguido de una serie de chasquidos, crujidos y fragores impresionantes. Los Frye, api�ados en el sal�n, no se atrevieron a moverse para nada hasta que no se desvanecieron los �ltimos ecos ya muy en el interior del barranco de Cold Spring. Luego, entre los d�biles mugidos que segu�an saliendo del establo y los endiablados chirridos de las �ltimas chotacabras a�n despiertas en el fondo del barranco, Selina Frye se acerc�, tambale�ndose, al tel�fono y difundi� a los cuatro vientos cuanto sab�a sobre la segunda fase del horror. Al d�a siguiente, la comarca entera era presa de un p�nico atroz, y pod�a verse un continuo trasiego de atemorizados y silenciosos grupos de gente que se acercaban al lugar donde se hab�a producido el horripilante acontecimiento nocturno. Dos impresionantes franjas de destrucci�n se extend�an desde el barranco hasta la granja de Frye, en tanto unas monstruosas huellas cubr�an la tierra desprovista de toda vegetaci�n y una fachada del viejo establo pintado de rojo se hallaba tirada por el suelo. De los animales, s�lo se logr� encontrar e identificar a la cuarta parte. Algunas de las vacas estaban pulverizadas en peque�os fragmentos y a las que sobrevivieron no hubo m�s remedio que sacrificarlas. Earl Sawyer propuso ir en busca de ayuda a Arkham o Aylesbury, pero muchos rechazaron su propuesta por estimarla in�til. El anciano Zebul�n Whateley, de una rama de la familia a caballo entre el sano juicio y la degradaci�n, aventur�, de forma harto incre�ble, que lo mejor ser�a celebrar rituales en las cumbres monta�osas. De siempre se hab�an observado escrupulosamente en su familia las tradiciones y sus recuerdos de cantos en los grandes c�rculos de piedra no ten�an nada que ver con lo que pudieran haber hecho Wilbur y su abuelo. La noche se hizo sobre la consternada comarca de Dunwich, demasiado pasiva para lograr poner en marcha una eficaz defensa contra la amenaza que se cern�a sobre ella. En algunos casos, las familias con estrechos v�nculos se cobijaron bajo un mismo techo para estar ojo avizor en medio de la cerrada oscuridad nocturna, pero, por lo general, volvieron a repetirse las escenas de levantamiento de barricadas de la noche precedente y los f�tiles e ineficaces gestos de cargar los herrumbrosos mosquetes y colocar las horcas al alcance de la mano. Sin embargo, aquella noche no aconteci� nada nuevo salvo alg�n que otro ruido intermitente en la monta�a, y al despuntar el d�a muchos confiaban que el nuevo horror hubiese desaparecido con igual presteza con que se present�. Incluso hab�a algunos esp�ritus temerarios que propon�an lanzar una expedici�n de castigo al fondo del barranco, si bien no se aventuraron a predicar con el ejemplo a una mayor�a que, en principio, no parec�a dispuesta a seguirles. Al caer de nuevo la noche volvieron a repetirse las escenas de las barricadas, aunque esta vez fueron menos las familias que se agruparon bajo un mismo techo. A la ma�ana siguiente, tanto en la granja de Frye como en la de Bishop pudo advertirse cierta agitaci�n entre los perros e indefinidos sonidos y f�tidos olores en la lejan�a, mientras que los expedicionarios m�s madrugadores se horrorizaron al ver de nuevo, y recientes, las monstruosas huellas en el camino que orillaba Sentinel Hill. Al igual que en ocasiones anteriores, los bordes del camino estaban aplastados, indicio de que por all� hab�a pasado el imponente y monstruoso horror infernal que asolaba la comarca. Esta vez la conformaci�n de las huellas parec�a sugerir que hab�a marchado en ambas direcciones, como si una monta�a movediza hubiese salido del barranco de Cold Spring para regresar posteriormente por la misma senda. Al pie de la monta�a pod�a verse por lo m�s abrupto una franja de unos treinta pies de anchura, de matorrales y arbolillos aplastados, y quienes aquello ve�an no sal�an de su asombro al comprobar que ni siquiera las m�s empinadas pendientes hac�an torcer la trayectoria del inexorable sendero. Fuese lo que fuese, aquel horror pod�a escalar paredes de roca desnuda y cortadas a pico. Como los expedicionarios optasen por subir a la cima por una ruta m�s segura, se encontraron con que una vez arriba terminaban las huellas� o, mejor dicho, daban la vuelta. Era precisamente all�, en la cumbre de Sentinel Hill, donde los Whateley sol�an celebrar sus diab�licas hogueras y entonar sus no menos infernales rituales ante la piedra con forma de mesa en las fechas de la V�spera de Mayo y de Todos los Santos. Ahora, la piedra constitu�a el centro de una amplia extensi�n de terreno arrasado por el horror de la monta�a, mientras que encima de su superficie ligeramente c�ncava pod�a verse una masa espesa y f�tida de la misma sustancia bituminosa que hab�a en el piso de la derruida granja de los Whateley cuando el horror se alej� de all�. Los hombres se miraron unos a otros y se susurraron algo al o�do. Luego, dirigieron la mirada hacia abajo. Al parecer, el horror hab�a descendido pr�cticamente por el mismo sendero por el que hab�a ascendido. Toda especulaci�n holgaba. La raz�n, la l�gica y las ideas normales que pudieran ocurr�rseles se hallaban sumidas en el m�s completo marasmo. S�lo el anciano Zebul�n, que no iba acompa�ando al grupo, habr�a sabido apreciar en su justo t�rmino la situaci�n o hallar una posible explicaci�n a todo ello. La noche del jueves comenz� igual que casi todas las precedentes, pero acab� bastante peor. Las chotacabras del barranco no pararon de chirriar ni un momento armando tal estr�pito que fueron muchos los vecinos de Dunwich que no lograron conciliar el sue�o, y a eso de las tres de la madrugada todos los tel�fonos de la localidad se pusieron a sonar tr�mulamente. Quienes descolgaron el auricular oyeron a una aterrada voz proferir en tono desgarrador ��Socorro! �Dios m�o!��, y algunos creyeron escuchar un estruendoso ruido, tras lo cual la voz se cort�. No se oy� ni un sonido m�s. Pero nadie se atrevi� a salir y hasta la ma�ana siguiente no se supo de d�nde proced�a la llamada. Todos cuantos la escucharon se llamaron por tel�fono entre s�, advirtiendo que �nicamente no contestaban en casa de los Frye. La verdad se descubri� al cabo de una hora cuando, tras juntarse a toda prisa, un grupo de hombres armados se dirigi� a la finca de los Frye que estaba en la boca misma del barranco. Lo que all� se ve�a era espantoso, pero en modo alguno constitu�a una sorpresa. Hab�a nuevas franjas aplastadas y monstruosas huellas. La casa de los Frye se hab�a hundido como si del cascar�n de un huevo se tratase, y entre las ruinas no pudo encontrarse resto alguno vivo o muerto. S�lo un insoportable hedor y una viscosidad bituminosa. La familia Frye hab�a sido por completo borrada de la faz de Dunwich. VIII Entre tanto, en Arkham, tras la puerta cerrada de una estancia con las paredes repletas de estanter�as, se desarrollaba otra fase del horror, algo m�s apacible pero no menos estimulante desde una perspectiva espiritual. El extra�o manuscrito o diario de Wilbur Whateley, entregado a la Universidad de Miskatonic para su oportuna traducci�n, hab�a sido la causa de muchos quebraderos de cabeza y no pocas muestras de desconcierto entre los especialistas en lenguas antiguas y modernas del claustro. Su mismo alfabeto, no obstante la similitud que a primera vista guardaba con la variante del �rabe hablado en Mesopotamia, resultaba totalmente desconocido a las autoridades en la materia. La conclusi�n final de los ling�istas fue que el texto representaba un alfabeto artificial, debiendo tratarse de criptogramas, aunque ninguno de los m�todos criptogr�ficos normalmente utilizados pudo aportar la menor pista para su desciframiento, no obstante aplicarse en funci�n de las lenguas que se supon�a conoc�a el autor de aquellas p�ginas. En cuanto a los antiguos libros encontrados en el domicilio de los Whateley, si bien presentaban un gran inter�s y en varios casos promet�an abrir nuevas y tenebrosas v�as de investigaci�n entre los fil�sofos y hombres de ciencia, no contribuyeron para nada a dilucidar el enigma. Uno de ellos, un pesado volumen con un cierre met�lico, estaba escrito en otro alfabeto igualmente desconocido, si bien sus caracteres eran muy diferentes y guardaba cierta semejanza con el s�nscrito. Finalmente, el viejo libro mayor cay� en manos del Dr. Armitage, y ello tanto en atenci�n al especial inter�s que hab�a demostrado en el caso Whateley como por sus vastos conocimientos ling��sticos y experiencia en las f�rmulas m�sticas de la antig�edad y del medioevo. Armitage sab�a que el alfabeto era utilizado con fines esot�ricos por ciertos cultos arcanos procedentes de �pocas pasadas y que hab�an adoptado numerosos rituales y tradiciones de los zahor�es del mundo sarraceno. Ahora bien, aquello no pasaba de tener una importancia secundaria, pues no era necesario conocer el origen de los s�mbolos si, como sospechaba, eran utilizados a modo de criptogramas dentro de una lengua moderna. Estaba persuadido de que, habida cuenta de la voluminosa cantidad de texto que conten�a, el autor dif�cilmente se habr�a tomado la molestia de utilizar otra lengua que la suya, salvo quiz� a la hora de expresar ciertas f�rmulas m�gicas o conjuros especiales. En consecuencia, se dispuso a atacar el manuscrito partiendo de la hip�tesis de que el grueso del mismo se hallaba en ingl�s. Armitage sab�a muy bien, tras los repetidos fracasos de sus colegas, que el enigma que encerraba aquel texto resultar�a dif�cil de desentra�ar y ser�a tarea harto dificultosa, por lo que hab�a que desechar cualquier intento de aplicar m�todos sencillos de investigaci�n. La �ltima decena de agosto la dedic� a recopilar todos los tratados de criptograf�a que pudo encontrar, echando mano de la copiosa bibliograf�a con que contaba la biblioteca y descifrando noche tras noche los saberes arcanos que se ocultaban en textos como la Poligraphia de Tritomio, el De furtivis literarum notis de Giambattista Porta, el Trait� des chiffres de De Vigenere, el Cryptomenysis patefacta de Falconer, los tratados del siglo XVIII de Davys y Thicknesse y otros de autoridades en la materia tan recientes como Blair, Von Marten, am�n de los escritos de Kl�ber. Con el tiempo acab� por convencerse de que se enfrentaba a uno de esos criptogramas especialmente sutiles e ingeniosos en los que muchas listas de letras separadas y que se corresponden entre s� se hallan dispuestas como si se tratara de una tabla de multiplicar, construy�ndose el mensaje a partir de palabras clave arbitrarias s�lo conocidas por los iniciados. Las autoridades de mayor antig�edad parec�an ser de ayuda bastante m�s valiosa que las de �pocas m�s recientes, de lo que Armitage dedujo que el c�digo del manuscrito deb�a tener una gran antig�edad, transmitido sin duda a trav�s de toda una larga cadena de ensayistas m�sticos. Varias veces pareci� estar a punto de ver la luz esclarecedora, pero, de repente, alg�n obst�culo imprevisto le hac�a retroceder en la marcha de la investigaci�n. Hasta que, pr�cticamente ya encima septiembre, las nubes empezaron a clarear. Ciertas letras, tal como estaban utilizadas en determinados pasajes del manuscrito, fueron identificadas definitiva e inequ�vocamente, poni�ndose de manifiesto que el texto se hallaba escrito en ingl�s. En la tarde del 2 de septiembre cay�, por fin, la �ltima barrera importante que se interpon�a a la inteligibilidad del texto, y Armitage vio coronados sus esfuerzos al leer por vez primera un pasaje entero de los anales de Wilbur Whateley. En realidad se trataba de un diario, como todo hac�a suponer, y estaba redactado en un estilo que mostraba claramente una mezcolanza de profunda erudici�n en el campo de las ciencias ocultas y de incultura general por parte del extra�o ser que lo escribi�. Ya el primer pasaje extenso que logr� descifrar Armitage -una anotaci�n fechada el 26 de noviembre de 1916- result� harto asombroso e intranquilizador. Record� que el autor de aquellas l�neas era un ni�o de tres a�os y medio por entonces, si bien aparentaba ser un adolescente de doce o trece. Hoy aprend� el Aklo para el Sabaoth (sic), pero no me gust� pues pod�a responderse desde la monta�a y no desde el aire. Lo del piso de arriba me aventaja m�s de lo que pensaba y no parece que tenga mucho cerebro terrestre. Al ir a morderme mat� de un tiro a Jack, el perro pastor de Elam Hutchins, y Elam dijo que si llegaba a morderme me matar�a. Conf�o en que no lo haga. Anoche el abuelo me hizo pronunciar la f�rmula m�gica Dho y me pareci� ver la ciudad secreta en los dos polos magn�ticos. Una vez arrasada la tierra ir� a esos polos, si es que no logro comprender la f�rmula Dho-Hna cuando la aprenda. Los del aire me dijeron en el Sabat que la tarea de arrasar la tierra me llevar� muchos a�os; para entonces supongo que ya habr� muerto el abuelo, as� que voy a tener que aprender la posici�n de todos los �ngulos de las superficies planas y todas las f�rmulas m�gicas que hay entre Yr y Nhhngr. Los del exterior me ayudar�n, pero para cobrar forma corp�rea requieren sangre humana. Parece que lo de arriba tendr� buen aspecto. Puedo vislumbrarlo cuando hago la se�al Voorish o soplo los polvos de Ibu Ghazi, y se parece mucho a ellos el d�a de la V�spera de Mayo en la Monta�a. La otra cara la encuentro algo borrosa. Me pregunto c�mo ser� cuando la tierra haya sido arrasada y no quede ni un solo ser sobre ella. El que vino con el Aklo Sabaoth dijo que podr�a transfigurarme para parecer menos del exterior y seguir haciendo cosas. El amanecer encontr� al Dr. Armitage sudoroso y despavorido de terror, totalmente enfrascado en su lectura. No hab�a levantado los ojos del manuscrito en toda la noche. Sentado en su escritorio, a la luz de una l�mpara el�ctrica, fue pasando p�gina tras p�gina con temblorosa mano a medida que descifraba el cr�ptico texto. En medio de semejante estado de agitaci�n hab�a telefoneado a su mujer para decirle que no ir�a a dormir aquella noche, y cuando a la ma�ana siguiente le llev� el desayuno a la biblioteca apenas prob� bocado. No par� de leer ni un instante durante todo el d�a, deteni�ndose con gran desesperaci�n una que otra vez siempre que se hac�a necesario volver a aplicar la intrincada clave para desentra�ar el texto. Le llevaron la comida y la cena a su despacho, pero apenas tom� una pizca. Al d�a siguiente, ya bien entrada la noche, se qued� adormecido sobre la silla, pero no tardar�a en despertarse tras asaltarle unas pesadillas casi tan horribles como la amenaza que se cern�a sobre la humanidad entera y que acababa de descubrir. La ma�ana del 4 de septiembre el profesor Rice y el Dr. Morgan insistieron en ver a Armitage siquiera un momento, saliendo de la entrevista temblorosos y con el semblante demudado. Al anochecer Armitage se fue a la cama, pero s�lo espor�dicamente pudo conciliar el sue�o. Al d�a siguiente, mi�rcoles, volvi� a enfrascarse en la lectura del manuscrito y tom� infinidad de notas, tanto de los pasajes que iba leyendo como de los ya descifrados. En la madrugada se qued� dormido unos momentos en un sill�n del despacho, pero antes de que amaneciese ya estaba de nuevo con la vista sobre el manuscrito. A�n no hab�an dado las doce cuando su m�dico, el doctor Hartwell, fue a verle e insisti�, por su propio bien, en la necesidad de que dejase de trabajar. Pero Armitage se neg� a seguir los consejos del m�dico, alegando que para �l era de vital importancia acabar de leer el diario, al tiempo que le promet�a una explicaci�n m�s detallada en su debido momento. Aquella tarde, justo en el momento en que empezaba a oscurecer, acab� su alucinante y agotadora lectura y se dej� caer sobre la silla totalmente exhausto. Su mujer, que acudi� a llevarle la cena, le encontr� postrado en un estado casi comatoso, pero Armitage a�n conservaba la conciencia suficiente como para proferir un fenomenal grito, que la hizo retroceder, al advertir que sus ojos se posaban en las notas que hab�a tomado. Lev�ntandose a duras penas de la silla, recogi� las hojas garrapateadas que hab�a sobre la mesa y las meti� en un gran sobre que guard� en el bolsillo interior del abrigo. A�n le quedaban fuerzas para regresar a casa por su propio pie, pero era tan evidente que precisaba de auxilios m�dicos que hubo que llamar urgentemente al doctor Hartwell. Al irse a la cama, siguiendo las indicaciones del m�dico, no cesaba de repetir una y otra vez �Pero �qu� hacer, Dios m�o?, �qu� hacer?� Armitage durmi� toda aquella noche, pero al d�a siguiente estuvo delirando a intervalos. No dio ninguna explicaci�n al doctor Hartwell, pero en sus momentos de lucidez hablaba de la imperiosa necesidad de mantener una larga reuni�n con Rice y Morgan. No hab�a quien entendiera sus desvar�os, en los que hac�a desesperados llamamientos para que se destruyera algo que dec�a se encontraba en una casa herm�ticamente cerrada con tablones, al tiempo que hac�a incre�bles alusiones a un plan para eliminar de la faz de la tierra a toda la especie humana, y a toda la vida vegetal y animal, que se propon�a llevar a cabo una terrible y antiqu�sima raza de seres procedentes de otras dimensiones siderales. En sus gritos dec�a cosas tales como el mundo estaba en peligro, pues los Seres Ancianos se hab�an propuesto desmantelarlo y barrerlo del sistema solar y del cosmos de la materia para sumirlo en otro nivel, o fase incorp�rea, del que hab�a salido hac�a billones y billones de milenios. En otros momentos ped�a que le trajera el temible Necronomic�n y el Daemonolatreia de Remigio, vol�menes ambos en los que estaba persuadido de encontrar la f�rmula m�gica con la que conjurar tan aterrador peligro. -�Hay que detenerlos, hay que detenerlos como sea! -se lanzaba a gritar desesperadamente-. Los Whateley se proponen abrirles el camino, y lo peor de todo a�n est� por llegar. Digan a Rice y Morgan que hay que hacer algo. Es una operaci�n que entra�a un gran peligro, pero yo s� c�mo fabricar los polvos� No ha recibido ning�n alimento desde el 2 de agosto, el d�a en que Wilbur vino a morir aqu�, y a estas alturas� Pero Armitage, pese a sus setenta y tres a�os, ten�a a�n una naturaleza resistente y el trastorno se le pas� en el curso de la noche, y no vino acompa�ado de fiebres. El viernes se levant� ya avanzado el d�a, con la cabeza despejada, aunque con el semblante adusto por el miedo que le ro�a las entra�as y por la tremenda responsabilidad que ahora pesaba sobre �l. El s�bado por la tarde se sinti� con fuerzas para ir a la biblioteca y mantener una reuni�n con Rice y Morgan; los tres hombres estuvieron devan�ndose los sesos el resto del d�a con las m�s incre�bles especulaciones y los m�s alucinantes debates. Sacaron montones de terribles libros sobre saberes arcanos de las estanter�as y de los lugares donde estaban encerrados a buen recaudo, y estuvieron copiando esquemas y f�rmulas m�gicas con febril premura y en cantidades ingentes. No cab�a la menor duda al respecto. Los tres hab�an visto el agonizante cuerpo de Wilbur Whateley postrado en una estancia de aquel mismo edificio, por lo que a ninguno de ellos se le pas� siquiera por la cabeza considerar el diario como los delirios de un loco. Las opiniones sobre la conveniencia de dar cuenta a la polic�a de Masachusetts estaban encontradas, imponi�ndose la negativa en �ltima instancia. Hab�a cosas en todo aquello que resultaban muy dif�ciles, por no decir imposibles, de creer por quienes no estaban al tanto de todo lo que all� suced�a, como muy bien se ver�a tras varias investigaciones realizadas con posterioridad a los hechos. Ya entrada la noche la sesi�n se levant� sin que hubieran trazado un plan definitivo, pero durante todo el domingo Armitage estuvo ocupado cotejando f�rmulas m�gicas y haciendo combinaciones de productos qu�micos sacados del laboratorio de la universidad. Cuanto m�s pensaba en el infernal diario, m�s dudas le asaltaban sobre la eficacia de cualquier agente material para destruir al ser que Wilbur Whateley hab�a dejado tras de s� el amenazador ser, desconocido para �l, que unas horas despu�s habr�a de abatirse sobre la localidad y acabar�a siendo tr�gicamente conocido por el horror de Dunwich. El lunes apenas difiri� de la v�spera para Armitage, pues la tarea en que estaba embarcado requer�a continuas b�squedas y experimentos. Nuevas consultas del diario de aquel monstruoso ser trajeron como consecuencia una serie de cambios en el plan originalmente trazado, y, con todo, sab�a que al final seguir�a adoleciendo de grandes fallas y riesgos. Para el martes ya hab�a esbozado una l�nea precisa de actuaci�n y cre�a que en menos de una semana estar�a en condiciones de trasladarse a Dunwich. Pero con el mi�rcoles vino la gran conmoci�n. Casi inadvertido, en una esquina del Arkham Advertiser, pod�a verse un peque�o despacho de la agencia Associated Press en el que se comentaba en tono jocoso que el whisky introducido de contrabando en Dunwich hab�a producido un monstruo que bat�a todos los r�cords. Armitage, sobrecogido ante la noticia, telefone� al instante a Rice y a Morgan. Hasta bien entrada la noche estuvieron debatiendo los planes a seguir, y al d�a siguiente se lanzaron apresuradamente a hacer los preparativos para el viaje. Armitage sab�a muy bien que iban a tener que hab�rselas con pavorosas fuerzas, pero tambi�n ve�a claramente que era el �nico medio de acabar con aquel mal�fico embrollo que otros antes que �l hab�an venido a complicar y agravar. IX El viernes por la ma�ana Armitage, Rice y Morgan salieron en autom�vil hacia Dunwich, llegando al pueblo sobre la una de la tarde. Hac�a un d�a espl�ndido, pero hasta en el fuerte sol reinante parec�a presagiarse una inquietante calma, como si algo espantoso se cerniese sobre aquellas monta�as extra�amente rematadas en forma de b�veda y sobre los profundos y sombr�os barrancos de la asolada regi�n. De vez en cuando pod�a divisarse recortado contra el cielo un l�gubre c�rculo de piedras en las cumbres monta�osas. Por la atm�sfera de silenciosa tensi�n que se respiraba en la tienda de Osborn, los tres investigadores comprendieron que algo horrible hab�a sucedido, y pronto se enteraron de la desaparici�n de la casa y de la familia entera de Elmer Frye. Durante toda la tarde estuvieron recorriendo los alrededores de Dunwich, preguntando a la gente qu� hab�a sucedido y viendo con sus propios ojos, en medio de un creciente horror, las pavorosas ruinas de la casa de los Frye con sus persistentes restos de aquella sustancia bituminosa, las espantosas huellas dejadas en el corral, el ganado malherido de Seth Bishop y las impresionantes franjas de vegetaci�n arrasada que hab�a por doquier. El sendero dejado a todo lo largo de Sentinel Hill le pareci� a Armitage de una significaci�n casi devastadora, y durante un buen rato se qued� mirando la siniestra piedra en forma de altar que se divisaba en la cima. Finalmente, los investigadores de Arkham, enterados de que aquella misma ma�ana hab�an llegado unos polic�as de Aylesbury en respuesta a las primeras llamadas telef�nicas dando cuenta de la tragedia acaecida a los Frye, resolvieron ir en busca de los agentes y contrastar con ellos sus impresiones sobre la situaci�n. Pero una cosa fue decirlo y otra hacerlo, pues no se ve�a a los polic�as por ninguna parte. Hab�an venido en total cinco en un coche, que se encontr� abandonado en un lugar pr�ximo a las ruinas del corral de Elmer Frye. Las gentes de la localidad, que hac�a tan s�lo un rato hab�an estado hablando con los polic�as, se hallaban tan perplejas como Armitage y sus compa�eros. Fue entonces cuando al viejo Sam Hutchins se le vino a la cabeza una idea y, l�vido, dio un codazo a Fred Farr al tiempo que apuntaba hacia el profundo y rezumante abismo que se abr�a frente a ellos. -�Dios m�o! -dijo jadeando-. �Mira que les advert� que no bajasen al barranco! Jam�s se me ocurri� que fuera a meterse nadie ah� con esas huellas y ese olor y con las chotacabras armando tal griter�o a plena luz del d�a� Un escalofr�o se apoder� de todos los all� congregados -granjeros e investigadores- al o�r las palabras del viejo Hutchins, y todos aguzaron instintivamente el o�do. Armitage, ahora que se encontraba por vez primera frente al horror y su destructiva labor, no pudo evitar temblar ante la responsabilidad que se le ven�a encima. Pronto caer�a la noche sobre la comarca, las horas en que la gigantesca monstruosidad sal�a de su cubil para proseguir sus pavorosas incursiones. Negotium perambulans in tenebris� El anciano bibliotecario se puso a recitar la f�rmula m�gica que hab�a aprendido de memoria, al tiempo que estrujaba con la mano el papel en que se conten�a la otra f�rmula alternativa que no hab�a memorizado. Seguidamente, comprob� que su linterna se encontraba en perfecto estado. Rice, que estaba a su lado, sac� de un malet�n un pulverizador de esos que se utilizan para combatir los insectos, mientras Morgan desenfundaba el rifle de caza en el que segu�a confiando pese a las advertencias de sus compa�eros de que las armas no valdr�an de nada frente a tan monstruoso ser. Armitage, que hab�a le�do el estremecedor diario de Wilbur, sab�a muy bien qu� clase de materializaci�n pod�a esperarse, pero no quiso atemorizar m�s a los vecinos de Dunwich con nuevas insinuaciones o pistas. Esperaba poder librar al mundo de aquel horror sin que nadie se enterase de la amenaza que se cern�a sobre la humanidad entera. A medida que la oscuridad fue haci�ndose m�s densa los vecinos de Dunwich comenzaron a dispersarse y emprendieron el regreso a casa, ansiosos por encerrarse en su interior pese a la evidencia de que no hab�a cerrojo o cerradura que pudiese resistir los embates de un ser de tal descomunal fuerza que pod�a tronchar �rboles y triturar casas a su antojo. Sacudieron la cabeza al enterarse del plan que ten�an los investigadores de permanecer de guardia en las ruinas de la granja de Frye, pr�xima al barranco. Al despedirse de ellos, apenas albergaban esperanzas de volver a verlos con vida a la ma�ana siguiente. Aquella noche se oy� un enorme fragor en las monta�as y las chotacabras chirriaron con endiablado estr�pito. De vez en cuando, el viento que sub�a del fondo del barranco de Cold Spring tra�a un hedor insoportable a la ya cargada atm�sfera nocturna, un hedor como el que aquellos tres hombres ya hab�an percibido en una anterior ocasi�n al encontrarse frente a aquella moribunda criatura que durante quince a�os y medio pas� por un ser humano. Pero la tan esperada monstruosidad no se dej� ver en toda la noche. No cab�a duda, lo que hab�a en el fondo del barranco aguardaba el momento propicio, y Armitage dijo a sus compa�eros que ser�a suicida intentar atacarlo en medio de la oscuridad nocturna. Al amanecer cesaron los ruidos. El d�a se levant� gris, desapacible y con ocasionales r�fagas de lluvia, mientras oscuros nubarrones se acumulaban d el otro lado de la monta�a en direcci�n noroeste. Los tres cient�ficos de Arkham no sab�an qu� hacer. Comoquiera que la lluvia arreciase se guarecieron bajo una de las pocas construcciones de la granja de los Frye que a�n quedaban en pie, en donde debatieron la conveniencia de seguir esperando o arriesgarse y bajar al fondo del barranco a la caza de la monstruosa y abominable presa. El aguacero arreciaba por momentos y en la lejan�a se o�a el fragor producido por los truenos, en tanto que el cielo resplandec�a por los rel�mpagos que lo rasgaban, y muy cerca de donde se encontraban se vio caer un rayo, como si directamente se dirigiese al maldito barranco. El cielo se oscureci� totalmente, y los tres cient�ficos esperaban que la tormenta, aunque violenta, pasara r�pidamente y luego esclareciera. A�n segu�a cubierto de oscuros nubarrones el cielo cuando, no har�a siquiera una hora, hasta ellos lleg� un aut�ntico babel de voces que se acercaba por el camino. Al poco, pudo divisarse un grupo despavorido integrado por algo m�s de una docena de hombres que ven�an corriendo, y no cesaban de gritar y hasta de sollozar hist�ricamente. Uno de los que marchaban a la cabeza prorrumpi� a balbucir palabras sin sentido, sintiendo un pavoroso escalofr�o los investigadores de Arkham cuando las palabras adquirieron coherencia. -�Oh, Dios m�o, Dios m�o! -se oy� decir a alguien con una vez entrecortada-. �Vuelve de nuevo, y esta vez en pleno d�a! �Ha salido, ha salido y se mueve en estos momentos! �Que el Se�or nos proteja! Tras o�rse unos jadeos, la voz se sumi� en el silencio, pero otro de los hombres retom� el hilo de lo que dec�a el primero. -Hace casi una hora Zeb Whateley oy� sonar el tel�fono. Quien llamaba era Mrs. Corey, la mujer de George, el que vive abajo en el cruce. Dijo que Luther, el mozo, hab�a salido en busca de las vacas al ver el tremendo rayo que cay�, cuando observ� que los �rboles se doblaban en la boca del barranco -del lado opuesto de la vertiente- y percibi� el mismo hedor que se respiraba en las inmediaciones de las grandes huellas el lunes por la ma�ana. Y seg�n ella, Luther dijo haber o�do una especie de crujido o chapoteo, un ruido mucho m�s fuerte que el producido por los �rboles o arbustos al doblarse, y de repente los �rboles que hab�a a orillas del camino se inclinaron hacia un lado y se oy� un horrible ruido de pisadas y un chapoteo en el barro. Pero, aparte de los �rboles y la maleza doblados, Luther no vio nada. Luego, m�s all� de donde el arroyo Bishop pasa por debajo del camino pudo o�r unos espantosos crujidos y chasquidos en el puente, y dijo que parec�a como si fuese madera que estuviese resquebraj�ndose. Pero, aparte de los �rboles y los matorrales doblados, no vio nada en absoluto. Y cuando los crujidos se perdieron a lo lejos -en el camino que lleva a la granja del brujo Whateley y a la cumbre de Sentinel Hill-, Luther tuvo el valor de acercarse al lugar donde se oyeron los ruidos primero y se puso a mirar al suelo. No se ve�a otra cosa que agua y barro, el cielo estaba encapotado y la lluvia que ca�a empezaba a borrar las huellas, pero cerca de la boca del barranco, donde los �rboles se hallaban ca�dos por el suelo, a�n hab�a unas horribles huellas tan gigantescas como las que vio el lunes pasado. Al llegar aqu�, tom� la palabra el hombre que hab�a hablado en primer lugar. -Pero eso no es lo malo; eso fue s�lo el principio. Zeb convoc� a la gente y todos estaban escuchando cuando se cort� una llamada telef�nica que hac�an desde la casa de Seth Bishop. Sally, la mujer de Seth, no paraba de hablar. en tono muy acalorado, acababa de ver los �rboles tronchados al borde del camino, y dijo que una especie de ruido acorchado, parecido al de las pisadas de un elefante, se dirig�a hacia la casa. Luego, dijo que un olor espantoso se meti� de repente por todos los rincones de la casa y que su hijo Chauncey no cesaba de gritar que el olor era id�ntico al que hab�a en las ruinas de la granja de Whateley el lunes por la ma�ana. Y, a todo esto, los perros no paraban de lanzar horribles aullidos y ladridos. �De repente, Sally peg� un fenomenal grito y dijo que el cobertizo que hab�a junto al camino se hab�a derrumbado como si la tormenta se lo hubiese llevado por delante, s�lo que apenas corr�a viento para pensar en algo as�. Todos escuch�bamos con atenci�n y a trav�s del hilo pod�a o�rse el jadeo de multitud de gargantas pegadas al tel�fono. De repente, Sally volvi� a proferir un espantoso grito y dijo que la cerca que hab�a delante de la casa acababa de derrumbarse, aunque no se ve�a la menor se�al que indicara a qu� podr�a deberse. Luego, todos los que estaban pegados al hilo oyeron chillar tambi�n a Chauncey y al viejo Seth Bishop, y Sally dec�a a gritos que algo enorme hab�a ca�do encima de la casa, no un rayo ni nada por el estilo, sino algo descomunal que se abalanzaba contra la fachada y los embates eran constantes, aunque no se ve�a nada a trav�s de las ventanas. Y luego� y luego� El terror pod�a verse reflejado en todos los rostros, y Armitage, aun cuando no estaba menos aterrado, tuvo el aplomo suficiente para decirle a quien ten�a la palabra que prosiguiera. -Y luego� luego, Sally lanz� un grito estremecedor y dijo ��Socorro! �La casa se viene abajo!�� y desde el otro lado del hilo pudimos o�r un fenomenal estruendo y un espantoso griter�o� igual que pas� con la granja de Elmer Frye, s�lo que esta vez peor� El hombre que hablaba hizo una pausa, y otro de los que ven�a en el grupo prosigui� el relato. -Eso fue todo. No volvi� a o�rse ni un ruido ni un chillido m�s. S�lo el m�s absoluto silencio. Quienes lo escuchamos sacamos nuestros coches y furgonetas, y a continuaci�n nos reunimos en casa de Corey todos los hombres sanos y robustos que pudimos encontrar, y hemos venido hasta aqu� para que nos aconsejen qu� hacer ahora. Es posible que todo sea un castigo del Se�or por nuestras iniquidades, un castigo del que ning�n mortal puede escapar. Armitage comprendi� que hab�a llegado el momento de hacer algo y, con aire resuelto, se dirigi� al vacilante grupo de despavoridos campesinos. -No queda m�s remedio que seguirlo, se�ores -dijo tratando de dar a su voz el tono m�s tranquilizador posible-. Creo que hay una posibilidad de acabar de una vez por todas con lo que quiera que sea ese monstruo. Todos ustedes conocen de sobra la fama de brujos que ten�an los Whateley, pues bien, este abominable ser tiene mucho de brujer�a, y para acabar con �l hay que recurrir a los mismos procedimientos que utilizaban ellos. He visto el diario de Wilbur Whateley y examinado algunos de los extra�os y antiguos libros que acostumbraba a leer, y creo conocer el conjuro que debe pronunciarse para que desaparezca para siempre. Naturalmente, no puede hablarse de una seguridad total, pero vale la pena intentarlo. Es invisible -como me imaginaba-, pero este pulverizador de largo alcance contiene unos polvos que deben hacerlo visible por unos instantes. Dentro de un rato vamos a verlo. Es realmente un ser pavoroso, pero a�n hubiese sido mucho peor si Wilbur hubiese seguido con vida. Nunca llegar� a saberse bien de qu� se libr� la humanidad con su muerte. Ahora s�lo tenemos un monstruo contra el que luchar, pero sabemos que no puede multiplicarse. Con todo, es posible que cause a�n mucho da�o, as� que no hemos de dudar a la hora de librar al pueblo de semejante monstruo. �Hay que seguirlo, pues, y la forma de hacerlo es ir a la granja que acaba de ser destruida. Que alguien vaya delante, pues no conozco bien estos caminos, pero supongo que debe haber un atajo. �Est�n de acuerdo? Los hombres se movieron inquietos sin saber qu� hacer, y Earl Sawyer, apuntando con un dedo tiznado por entre la cortina de lluvia que amainaba por momentos, dijo con voz suave: �Creo que el camino m�s r�pido para llegar a la granja de Seth Bishop es atravesar el prado que se ve ah� abajo y vadear el arroyo por donde es menos profundo, para subir luego por las rastrojeras de Carrier y los bosques que hay a continuaci�n. Al final se llega al camino alto que pasa a orillas de la granja de Seth, que est� del otro lado.� Armitage, Rice y Morgan se pusieron a caminar en la direcci�n indicada, mientras la mayor�a de los aldeanos marchaban lentamente tras ellos. El cielo empezaba a clarear y todo parec�a indicar que la tormenta hab�a pasado. Cuando Armitage tomaba involuntariamente una direcci�n equivocada, Joe Osborn se lo indicaba y se pon�a delante para mostrar el camino. El valor y la confianza de los hombres del grupo crec�an por momentos, aunque la luz crepuscular de la frondosa ladera casi cortada a pico que hab�a al final del atajo -por entre cuyos fant�sticos y a�ejos �rboles hubieron de trepar cual si de una escalera se tratase- pusieron tales cualidades a prueba. Al final, llegaron a un camino lleno de barro justo al tiempo que sal�a el sol. Se hallaban algo m�s all� de la finca de Seth Bishop, pero los �rboles tronchados y las inequ�vocas y horribles huellas eran buena prueba de que ya hab�a pasado por all� el monstruo. Apenas se detuvieron unos momentos a contemplar los restos que quedaban en tomo al gran hoyo. Era exactamente lo mismo que sucedi� con los Frye, y nada vivo ni muerto pod�a verse entre las ruinas de lo que en otro tiempo fueran la granja y el establo de los Bishop. Nadie quiso permanecer all� mucho tiempo entre aquel hedor insoportable y aquella viscosidad bituminosa; todos volvieron instintivamente al sendero de espantosas huellas que se dirig�an hacia la granja en ruinas de los Whateley y las laderas coronadas en forma de altar de Sentinel Hill. Al pasar ante lo que fuera morada de Wilbur Whateley, todos los integrantes del grupo se estremecieron visiblemente y sus �nimos comenzaron a flaquear. No ten�a nada de divertido seguir la pista de algo tan grande como una casa y no lograr verlo, si bien pod�a respirarse en el ambiente una mal�fica presencia infernal. Frente al pie de Sentinel Hill las huellas dejaban el camino y pod�a apreciarse a�n fresca la vegetaci�n aplastada y tronchada a lo largo de la ancha franja que marcaba el camino seguido por el monstruo en su anterior subida y descenso de la monta�a. Armitage sac� un potente catalejo y se puso a escrutar las verdes laderas de Sentinel Hill. Seguidamente, se lo pas� a Morgan, que gozaba de una visi�n m�s aguda. Tras mirar unos instantes por el aparato Morgan lanz� un pavoroso grito, pas�ndoselo seguidamente a Earl Sawyer a la vez que le se�alaba con el dedo un determinado punto de la ladera. Sawyer, tan desma�ado como la mayor�a de quienes no est�n acostumbrados a utilizar instrumentos �pticos, estuvo d�ndole vueltas unos segundos hasta que finalmente, y gracias a la ayuda de Armitage, logr� centrar el objetivo. Al localizar el punto, su grito a�n fue m�s estridente que el de Morgan. -�Dios Todopoderoso, la hierba y los matorrales se mueven! Est� subiendo� lentamente� como si reptara� en estos momentos llega a la cima. �Que el cielo nos ampare! El germen del p�nico pareci� cundir entre los expedicionarios. Una cosa era salir a la caza del monstruoso ser, y otra muy distinta encontrarlo. Era muy posible que los conjuros funcionaran, pero �y si fallaban? Empezaron a levantarse voces en las que se le formulaba a Armitage todo tipo de preguntas acerca del monstruo, pero ninguna respuesta parec�a satisfacerles. Todos ten�an la impresi�n de hallarse muy pr�ximos a fases de la naturaleza y de la vida absolutamente extraordinarias y radicalmente ajenas a la existencia misma de la humanidad. X Al final, los tres investigadores venidos de Arkham -el Dr. Armitage, de canosa barba, el profesor Rice, rechoncho y de cabellos plateados, y el Dr. Morgan, delgado y de aspecto juvenil- acabaron subiendo solos la monta�a. Tras instruir con suma paciencia a los aldeanos sobre c�mo enfocar y utilizar el catalejo, lo dejaron con el atemorizado grupo que se qued� en el camino. A medida que sub�an aquellos tres hombres, los aldeanos fueron pas�ndoselo de mano en mano para poder verlos de cerca. La subida era ardua, y en m�s de una ocasi�n tuvieron que echar una mano a Armitage. Muy por encima del esforzado grupo expedicionario el gran sendero abierto en la monta�a retumbaba como si su infernal hacedor volviera a pasar por �l con premiosa alevos�a. As� pues, era patente que los perseguidores cobraban terreno. Curtis Whateley -de la rama no degenerada de los Whateley- era quien miraba por el catalejo cuando los investigadores de Arkham se desviaron del sendero. Curtis dijo al resto del grupo que, sin duda, los tres hombres trataban de llegar a un pico inferior desde el que se divisaba el sendero, en un lugar muy por encima de donde se estaba aplastando la vegetaci�n en aquellos momentos. Y as� fue en realidad, pues los expedicionarios alcanzaron la peque�a elevaci�n al poco de que el invisible monstruo pasara por all�. Luego, Wesley Corey, que a la saz�n miraba por el objetivo, grit� con todas sus fuerzas que Armitage se hab�a puesto a ajustar el pulverizador que llevaba Rice, y todo indicaba que algo iba a ocurrir de un momento a otro. El desasosiego empez� a cundir entre el grupo del camino, pues, seg�n les hab�an dicho, el pulverizador deber�a hacer visible por unos instantes al desconocido horror. Dos o tres hombres cerraron los ojos, en tanto que Curtis Whateley arrebat� el catalejo a Wesley y lo dirigi� hacia el punto m�s distante posible. Pudo ver que Rice, desde el lugar de observaci�n en que se encontraban los expedicionarios -por encima y justo detr�s del monstruoso ser- ten�a una excelente oportunidad para intentar diseminar los potentes polvos de prodigiosos efectos. El resto de los que estaban en el camino s�lo pudieron ver el fugaz resplandor de una nube gris�cea -una nube del tama�o de un edificio relativamente alto- pr�xima a la cima de la monta�a. Curtis, que era quien en aquellos momentos miraba por el catalejo, lo dej� caer de golpe sobre el barro que les cubr�a hasta los tobillos, al tiempo que lanzaba un grito aterrador. Se tambale�, y habr�a ca�do al suelo de no ser por dos o tres compa�eros que le ayudaron y le sostuvieron en pie. Un casi inaudible gemido era lo �nico que sal�a de sus labios. -�Oh, oh, Dios Todopoderoso!� eso� eso� Luego se organiz� un aut�ntico pandem�nium, pues todos quer�an preguntar a la vez, y s�lo Henry Wheeler se ocup� de recoger el catalejo ca�do en tierra y de limpiarle el barro. Curtis segu�a diciendo incoherencias y ni siquiera consegu�a dar respuestas aisladas. -Es mayor que un establo� todo hecho de cuerdas retorcidas� Tiene una forma parecida a un huevo de gallina, pero enorme, con una docena de patas� como grandes toneles medio cerrados que se echaran a rodar�. No se ve que tenga nada s�lido� es de una sustancia gelatinosa y est� hecho de cuerdas sueltas y retorcidas, como si las hubieran pegado� Tiene infinidad de enormes ojos saltones�, diez o veinte bocas o trompas que le salen por todos los lados, grandes como tubos de chimenea, y no paran de moverse, abri�ndose y cerr�ndose continuamente�, todas grises, con una especie de anillos azules o violetas� �Dios del cielo! �Y ese rostro semihumano encima�! El recuerdo de esto �ltimo, fuera lo que fuese, result� demasiado fuerte para el pobre Curtis, quien perdi� el sentido antes de poder articular una sola palabra m�s. Fred Farr y Will Hutchins lo trasladaron a un lado del camino, dej�ndole tendido sobre la h�meda hierba. Henry Wheeler, temblando, cogi� entre las manos el catalejo y lo enfoc� hacia la monta�a en un intento de ver qu� pasaba. A trav�s del objetivo pod�an divisarse tres peque�as figuras que ascend�an hacia la cumbre con la rapidez con que se lo permit�a la abrupta pendiente. Eso era todo cuanto ve�a, ni m�s ni menos. Luego, todos percibieron un raro e intempestivo ruido que proced�a del fondo del valle a sus espaldas, e incluso sal�a de la misma maleza de Sentinel Hill. Era el griter�o que armaba una legi�n de chotacabras y en su estridente coro parec�a latir una tensa y maligna expectaci�n. Earl Sawyer cogi� seguidamente el catalejo y dijo que se ve�a a las tres figuras de pie en la cumbre m�s alta, pr�cticamente al mismo nivel del altar de piedra, pero todav�a a considerable distancia de �ste. Uno de los hombres, dijo Earl Sawyer, parec�a alzar los brazos por encima de su cabeza a intervalos r�tmicos, y al decir esto los dem�s creyeron o�r un tenue sonido cuasi musical a lo lejos, como si una ruidosa salmodia acompa�ara a sus gestos. La extra�a silueta en aquel lejano pico deb�a constituir todo un grotesco e impresionante espect�culo, pero ninguno de los presentes se sent�a con humor para hacer consideraciones est�ticas. -Me imagino que ahora est�n entonando el conjuro -dijo Wheeler en voz baja al tiempo que arrebataba el catalejo de manos de Sawyer. Mientras, las chotacabras chirriaban con singular estridencia y a un ritmo curiosamente irregular, que no guardaba ning�n parecido con las modulaciones del ritual. De repente, la luz del sol disminuy� sin que, a primera vista, se debiera a la acci�n de ninguna nube. Era un fen�meno realmente singular, y as� lo apreciaron todos. Parec�a como si en el interior de las monta�as estuviera gest�ndose un estrepitoso fragor, extra�amente acorde con otro fragor que vendr�a del firmamento. Un rel�mpago rasg� el aire y los asombrados hombres buscaron en vano los indicios de la tormenta. La salmodia que entonaban los investigadores de Arkham llegaba ahora n�tidamente hasta ellos, y Wheeler vio a trav�s del catalejo que levantaban los brazos al comp�s de las palabras del conjuro. Pod�a o�rse, asimismo, el furioso ladrido de los perros en una granja lejana. Los cambios en las tonalidades de la luz solar fueron a m�s y los hombres api�ados en el camino segu�an mirando perplejos al horizonte. Unas tinieblas viol�ceas, originadas como consecuencia de un espectral oscurecimiento del azul celeste, se cern�an sobre las retumbantes colinas. Seguidamente, volvi� a rasgar el cielo un rel�mpago, algo m�s deslumbrante que el anterior, y todos creyeron ver como si una especie de nebulosidad se levantara en torno al altar de piedra all� en la lejana cumbre. Nadie, empero, miraba con el catalejo en aquellos instantes. Las chotacabras segu�an emitiendo sus irregulares chirridos, en tanto los hombres de Dunwich se preparaban, en medio de una gran tensi�n, para enfrentarse con la imponderable amenaza que parec�a rondar por la atm�sfera. De repente, y sin que nadie lo esperara, se dejaron o�r unos sonidos vocales sordos, cascados y roncos que jam�s olvidar�an los integrantes del despavorido grupo que los oy�. Pero aquellos sonidos no pod�an proceder de ninguna garganta humana, pues los �rganos vocales del hombre no son capaces de producir semejantes atrocidades ac�sticas. M�s bien se dir�a que hab�an salido del mismo Averno, si no fuese harto evidente que su origen se encontraba en el altar de piedra de Sentinell Hill. Y hasta casi es err�neo llamar a semejantes atrocidades sonidos, por cuanto su timbre, horrible a la par que extremadamente bajo, se dirig�a mucho m�s a l�bregos focos de la conciencia y al terror que al o�do; pero uno debe calificarlos de tal, pues su forma recordaba, irrefutable aunque vagamente, a palabras semiarticuladas. Eran unos sonidos estruendosos -estruendosos cual los fragores de la monta�a o los truenos por encima de los que resonaban- pero no proced�an de ser visible alguno. Y como la imaginaci�n es capaz de sugerir las m�s descabelladas suposiciones en cuanto a los seres invisibles se refiere, los hombres agrupados al pie de la monta�a se api�aron todav�a m�s si cabe, y se echaron hacia atr�s como si temiesen que fuera a alcanzarles un golpe fortuito. -Ygnaiih� ygnaiih� thflthkh'ngha� YogSothoth� -sonaba el horripilante graznido procedente del espacio-. Y'bthnk� h'ehye� n'grkdl'lh� En aquel momento, quienquiera que fuese el que hablase pareci� titubear, como si estuviera libr�ndose una pavorosa contienda espiritual en su interior. Henry Wheeler volvi� a enfocar el catalejo, pero tan s�lo divis� las tres figuras humanas grotescamente recortadas en la cima de Sentinel Hill, las cuales no paraban de agitar los brazos a un ritmo fren�tico y de hacer extra�os gestos como si la ceremonia del conjuro estuviese pr�xima a su culminaci�n. �De qu� l�bregos avernos de terror propios del diab�lico Aqueronte, de qu� insondables abismos de conciencia extrac�smica, de qu� sombr�a y secularmente latente estirpe infrahumana proced�an aquellos semiarticulados sonidos medio graznidos medio truenos? De repente, volv�an a o�rse con renovado �mpetu y coherencia al acercarse a su m�ximo, final y m�s desgarrador frenes�. -Eh-ya-ya-ya-yahaah-e'yayayayaaaa� ngh'aaaaa� ngh'aaa h'yuh� �SOCORRO! �SOCORRO!� pp-pp-pp-�PADRE! �PADRE! �YOG-SOTHOTH! Eso fue todo. Los l�vidos aldeanos que aguardaban en el camino sin salir de su estupor ante las palabras indiscutiblemente inglesas que hab�an resonado, profusa y atronadoramente, en el enfurecido y vac�o espacio que hab�a junto a la asombrosa piedra altar, no volver�an a o�rlas. Al punto, hubieron de dar un violento respingo ante la terror�fica detonaci�n que pareci� desgarrar la monta�a; un estruendo ensordecedor e imponente, cuyo origen -ya fuese el interior de la tierra o los cielos- ninguno de los presentes supo localizar. Un �nico rayo cay� desde el cenit viol�ceo sobre la piedra altar y una gigantesca ola de inconmensurable fuerza e indescriptible hedor baj� desde la monta�a ba�ando la comarca entera. �rboles, maleza y hierbas fueron arrasados por la furiosa acometida, y los despavoridos aldeanos del grupo que se encontraba al pie de la monta�a, debilitados por el letal hedor que casi llegaba a asfixiarles, estuvieron a punto de caer rodando por el suelo. En la lejan�a se o�a el furioso ladrido de los perros, en tanto que los prados y el follaje en general se marchitaban cobrando una extra�a y enfermiza tonalidad gris�ceo-amarillenta, y los campos y bosques quedaban sembrados de chotacabras muertas. El hedor desapareci� al poco tiempo, pero la vegetaci�n no volvi� a brotar con normalidad. Incluso hoy sigue percibi�ndose una extra�a y nauseabunda sensaci�n ante las plantas que crecen en las inmediaciones de aquella monta�a de infausto recuerdo. Curtis Whateley comenzaba a volver en s� cuando se vio a los tres hombres de Arkham descender lentamente por la vertiente monta�osa bajo los rayos de un sol cada vez m�s resplandeciente e inmaculado. Su semblante era grave y calmado, y parec�an consternados por unas reflexiones sobre lo que ven�an de presenciar de naturaleza mucho m�s angustiosa que las que hab�an reducido al grupo de aldeanos a un estado de postraci�n y acobardamiento. En respuesta a la lluvia de preguntas que cay� sobre ellos, los tres investigadores se limitaron a sacudir la cabeza y a reafirmar un hecho de vital importancia. -El monstruoso ser ha desaparecido para siempre -dijo Armitage-. Ha vuelto al seno de lo que era en un principio y ya no puede volver a existir. Era una monstruosidad en un mundo normal. S�lo en una m�nima parte estaba compuesto de materia, en cualquiera de las acepciones de la palabra. Era igual que su padre, y una gran parte de su ser ha vuelto a fundirse con aqu�l en alg�n reino o dimensi�n desconocido allende nuestro universo material, en alg�n abismo desconocido del que s�lo los m�s endiablados ritos de la malevolencia humana le permitir�an salir tras invocarlo por unos momentos en las cumbres monta�osas. Seguidamente, se hizo un breve silencio, durante el cual los sentidos dispersos del infortunado Curtis Whateley volvieron a entretejerse poco a poco hasta formar una especie de continuidad, y llev�ndose las manos a la cabeza solt� un sordo gemido. La memoria le devolvi� al momento en que le hab�a abandonado, y volvi� a invadirle la horrorosa visi�n que le hab�a hecho desfallecer. -�Oh, oh, Dios m�o, aquel rostro semihumano� aquel rostro semihumano!� aquel rostro de ojos rojos y albino pelo ensortijado, y sin ment�n, igual que los Whateley� Era un pulpo, un ciempi�s, una especie de ara�a, pero ten�a una cara de forma semihumana encima de todo, y se parec�a al brujo Whateley, s�lo que med�a yardas y yardas. Y, exhausto, enmudeci�, mientras el grupo entero de aldeanos se le quedaba mirando fijamente con una perplejidad a�n no cristalizada en renovado terror. S�lo entonces el viejo Zebul�n Whateley, a quien sol�an venirle a la cabeza antiguos recuerdos pero que no hab�a abierto la boca hasta el momento, dijo en voz alta: -Hace quince a�os -se puso a divagar-, o� decir al viejo Whateley que un d�a oir�amos al hijo de Lavinia pronunciar el nombre de su padre en la cumbre de Sentinel Hill� Pero Joe Osborn le interrumpi� para volver a preguntar a los hombres de Arkham: -Pero, �qu� era, despu�s de todo, y c�mo logr� el joven brujo Whateley llamarle para que acudiera de los espacios? Armitage escogi� sus palabras cuidadosamente a la hora de contestar. -Era� bueno, era sobre todo una fuerza que no pertenece a la zona que habitamos del espacio sideral, una fuerza que act�a, crece y obedece a otras leyes distintas de las que rigen nuestra Naturaleza. A ninguno de nosotros se nos ocurre invocar a tales seres del exterior, s�lo lo intentan las gentes y cultos m�s abominables. Y algo de ello puede decirse de Wilbur Whateley, algo que basta para hacer de �l un ser demon�aco y un monstruo precoz, y para hacer de su muerte una escena de diab�lico patetismo. Lo primero que pienso hacer es quemar este maldito diario, y si quieren obrar como hombres prudentes les aconsejo que dinamiten cuanto antes la piedra altar que hay en esa cima y echen abajo todos los c�rculos de monolitos que se levantan en las restantes monta�as. Cosas as� son las que, a la postre, traen a seres como esos de los que tanto gustaban los Whateley, unos seres a los que iban a dar forma terrestre para que borraran de la faz de la tierra a la especie humana y arrastraran a nuestro planeta al fondo de alg�n lugar execrable para alguna finalidad de naturaleza igualmente execrable. -Pero por cuanto se refiere al ser que acabamos de devolver a su lugar de origen, los Whateley lo criaron para que desempe�ara un terrible papel en los monstruosos hechos que iban a acontecer. Creci� deprisa y se hizo muy grande por las mismas razones por las que lo hizo Wilbur, pero le super� porque contaba con un componente mayor de exterioridad. Y es innecesario preguntar por qu� Wilbur lo llam� para que viniera del espacio� No lo llam�. Era su hermano gemelo, pero se parec�a m�s a su padre que �l. -------------------------------------------------------------------------------- 1 Conductores de almas al reino de los muertos. [N del T] 2 El 1.� de agosto. El Extra�o (H.P.Lovecraft) Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles s�lo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y l�gubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos vol�menes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de �rboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a m�, el aturdido, el frustrado, el est�ril, el arruinado y sin embargo, me siento extra�amente satisfecho y me aferro con desesperaci�n a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir m�s all�, hacia el otro. No s� d�nde nac�, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada s�lo hallaba telara�as y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente h�medas y por doquier se percib�a un olor maldito, como de pilas de cad�veres de generaciones muertas. Jam�s hab�a luz, por lo que sol�a encender velas y quedarme mir�ndolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre m�s alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y sal�a al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y s�lo se pod�a ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar. Debo haber vivido a�os en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades, y sin embargo no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, muerci�lagos y ara�as, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera me haya cuidado, debi� haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representaci�n mental de una persona viva fue la de algo semejante a m�, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para m� no ten�an nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantas�a asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba m�s reales que las figuras en colores de seres vivos que ve�a en muchos libros mohosos. En esos libros aprend� todo lo que s�. Maestro alguno me urgi� o me gui�, y no recuerdo haber escuchado en todos esos a�os voces humanas..., ni siquiera la m�a; ya que, si bien hab�a le�do acerca de la palabra hablada nunca se me ocurri� hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuesti�n ajena a mi mente, ya que no hab�a espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que ve�a dibujadas o pintadas en los libros. Ten�a conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba. Afuera, tendido en el p�trido foso, bajo los �rboles tenebrosos y mudos, sol�a pasarme horas enteras so�ando lo que hab�a le�do en los libros; a�oraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez trat� de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hac�an m�s densas y el aire m�s impregnado de crecientes temores, de modo que ech� a correr fren�ticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de l�gubre silencio. Y as�, a trav�s de crep�sculos sin fin, so�aba y esperaba, a�n cuando no supiera qu�. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan fren�tico que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa �nica torre en ruinas que por encima de la arboleda se hund�a en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolv� escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jam�s el d�a. A la h�meda luz crepuscular sub� los vetustos pelda�os de piedra hasta llegar al nivel donde se interrump�an, y de all� en adelante, trepando por peque�as entrantes donde apenas cab�a un pie, segu� mi peligrosa ascensi�n. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin pelda�os; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murci�lagos. Pero m�s horrenda a�n era la lentitud de mi avance, ya que por m�s que trepase, las tinieblas que me envolv�an no se disipaban y un fr�o nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadi�. Tiritando de fr�o me preguntaba por qu� no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habr�a mirado hacia abajo. Antoj�seme que la noche hab�a ca�do de pronto sobre m� y en vano tante� con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qu� altura me encontraba. De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensi�n a ciegas por aquel precipicio c�ncavo y desesperado, sent� que la cabeza tocaba algo s�lido; supe entonces que debia haber ganado la terraza o, cuando menos, alg�na clase de piso. Alc� la mano libre y, en la oscuridad, palp� un obst�culo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferr�ndome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, hall� un punto donde la valla ced�a y reanud� la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareci� luz alguna y, a medida que mis manos iban m�s y m�s alto, supe que por el momento mi ascensi�n hab�a terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conduc�a a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa c�mara de observaci�n. Me deslic� sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracas� en mi intento. Mientras yac�a exhausto sobre el piso de piedra, o� el alucinante eco de su ca�da, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario. Crey�ndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorpor� fatigosamente y tante� la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que hab�a le�do. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hall� fueron amplias estanter�as de m�rmol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensi�n. M�s reflexionaba y m�s me preguntaba qu� extra�os secretos pod�a albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extra�as incisiones que la cubr�an. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo super� todos los obst�culos y la abr� hacia adentro. Hecho esto, invadi�me el �xtasis m�s puro jam�s conocido; a trav�s de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascend�a desde la puerta reci�n descubierta, brillando pl�cidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca hab�a visto antes, salvo en sue�os y en vagas visiones que no me atrev�a a llamar recuerdos. Seguro ahora de que hab�a alcanzado la cima del castillo, sub� r�pidamente los pocos pelda�os que me separaban de la verja; pero en eso una nube tap� la luna haci�ndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todav�a muy oscuro cuando llegu� a la verja, que hall� abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor de precipitarme desde la incre�ble altura que hab�a alcanzado. Luego volvi� a salir la luna. De todos los impactos imaginables, ninguno tan demon�aco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes pod�a compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espect�culo implicaba. El panorama en s� era tan simple como asombroso, ya que consist�a meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de �rboles vistas desde una altura imponente, extend�ase a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de m�rmol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmag�ricamente a la luz de la luna. Medio inconsciente, abr� la verja y avanc� bambole�ndome por la senda de grava blanca que se extend�a en dos direcciones. Por aturdida y ca�tica que estuviera mi mente, persist�a en ella ese fren�tico anhelo de luz, ni siquiera el pasomoso descubrimiento de momentos antes pod�a detenerme. No sab�a, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenaci�n o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegr�a a toda costa. No sab�a qui�n o qu� era yo, ni cu�les pod�an ser mi �mbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que prosegu�a mi tambaleante marcha, se insinuaba en m� una especie de t�mido recuerdo latente que hac�a mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandon�ndolo para internarme, lleno de curiosodad, por praderas en las que s�lo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un r�pido r�o cuyos restos de mamposter�a agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atr�s desaparecido. Hab�an transcurrido m�s de dos horas cuando llegu� a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para m�, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso hab�a sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conoc�a estaban demolidas, al mismo tiempo que se ergu�an nuevas alas que confund�an al espectador. Pero lo que observ� con el m�ximo inter�s y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la m�s alegre de las francachelas. Adelant�ndome hacia una de ellas, mir� el interior y vi un grupo de personas extra�amente vestidas, que depart�an entre s� con gran jarana. Como jam�s hab�a o�do la voz humana, apenas s� pod�a adivinar vagamente lo que dec�an. Algunas caras ten�an expresiones que despertaban en m� remot�simos recuerdos; otras me eran absoluntamente ajenas. Salt� por la ventana y me introduje en la habitaci�n, brillantemente ilumindada, a la vez que mi mente saltaba del �nico instante de esperanza al m�s negro de los desalientos. La pesadilla no tard� en venir, ya que, no bien entr�, se produjo una de las m�s aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No hab�a terminado de cruzar el umbral cuando cundi� entre todos los presentes un inesperado y s�bito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos m�s espantosos. El desbande fue general, y en medio del griter�o y del p�nico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que hu�an enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corr�an a ciegas llev�ndose todo por delante, derribando los muebles y d�ndose cotra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numersas puertas. Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez m�s apagados de aquellos espeluznates gritos, comenc� a temblar pensando qu� pod�a ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parec�a vac�o, pero cuando me dirirg� a una de las alcobas cre� detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conduc�a a otra habitaci�n, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comenc� a percibir la presencia con m�s nitidez; y luego, con el primero y �ltimo sonido que jam�s emit� -un aullido horrendo que me repugn� casi tanto como su morbosa causa-, comtempl� en toda su horrible intensidad el iconcebible, indescriptible, inenarrable mostruo que, por obra de su mera aprarici�n, hab�a convertido una algre reuni�n en una horda de deliriantes fugitivos. No puedo siquiera decir aproximadamente a qu� se parec�a, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmag�rica sombra de podredumbre, decrepitud y desolaci�n; la p�trida y viscosa imagen de lo da�ino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa deber�a ocultar por siempre jam�s. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos hab�a dejado de serlo-, y sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreve�an, una repulsiva y lejana reminisencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremec�a m�s a�n. Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un d�bil esfuerzo hacia la salvaci�n: un tropez�n hacia atr�s que no pudo romper el hechizo en que me ten�a apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos v�treos que los miraba fijamente, se negaba a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se ve�a ahora m�s confuso. Trat� de levantar la mano y disipar la visi�n, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondi� por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bambol�andome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquir� de pronto la angustiosa noci�n de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiraci�n ten�a casi la impresi�n de o�r. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la f�tida imagen, que se acercaba m�s y m�s, cuando de pronto, mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extend�a por debajo del arco dorado. No chill�, pero todos los sat�nicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por m�, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos. Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; record� hasta m�s all� del terror�fico castillo y sus �rboles; reconoc� el edificio en el cual me hallaba; reconoc�, lo m�s terrible, la imp�a abominaci�n que se ergu�a ante m�, mir�ndome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados. Pero en el cosmos existe el b�lsamo adem�s de la amargura, y ese b�lsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvid� lo que me hab�a espantado y el estallido del recuerdo se desvaneci� en un caos de reiteradas im�genes. Como entre sue�os, sal� de aquel edificio fantasmal y execrado y ech� a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorn� al mausoleo de m�rmol y descend� los pelda�os, encontr� que no pod�a mover la trampa de piedra; pero no lo lament�, ya que hab�a llegado a odiar el viejo castillo y sus �rboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el d�a juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el rec�ndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. S� que la luz no es para m�, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para m� la alegr�a, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pir�mide; y sin embargo en mi nueva y salvaje libertad, agradezco casi la amargura de la alienaci�n. Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extra�o a este siglo y a todos los que a�n son hombres. Esto es lo que supe desde que extend� mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extend� mis dedos y toqu� una fr�a e inexorable superficie de pulido espejo. En: "El Extra�o", Mexico DF: Grupo Editorial, pp. 9-16. Polaris (H.P.Lovecraft) El resplandor de la Estrella Polar penetra por la ventana norte de mi c�mara. All� brilla durante todas las horas espantosas de negrura. Y durante el oto�o, cuando los vientos del norte gimen y maldicen, y los �rboles del pantano, con las hojas rojizas, susurran cosas en las primeras horas de la madrugada bajo la luna menguante y cornuda, me siento junto a la ventana y contemplo esa estrella. En lo alto tiembla reluciente Casiopea, hora tras hora, mientras la Osa Mayor se eleva pesadamente por detr�s de esos �rboles empapados de vapor que el viento de la noche balancea. Antes de romper el d�a, Arcturus parpadea rojozo por encima del cementerio de la loma, y la Cabellera de Berenice resplandece espectral all�, en el oriente misterioso; pero la Estrella Polar sigue mirando con recelo, fija en el mismo punto de la negra b�veda, parpadeando espantosamente como un ojo insensato y vigilante que pugna por transmitir algun extra�o mensaje, aunque no recuerda nada, salvo que un d�a tuvo un mensaje que transmitir. Sin embargo, cuando el cielo se nubla, consigo conciliar el sue�o. Nunca olvidar� la noche de la gran aurora, cuando jugaban sobre el pantano los horribles centelleos de la luz demon�aca. Despu�s de los destellos llegaron las nubes, y luego el sue�o. Y bajo una luna menguante y cornuda, vi la ciudad por primera vez. Se asentaba, callada y so�olienta, sobre una meseta que se alzaba en una depresi�n entre extra�os picos. Sus murallas eran de horrible m�rmol, al igual que sus torres, columnas, c�pulas y pavimentos. En las calles hab�a columnas de m�rmol en cuya parte superior se alzaban esculpidas im�genes de hombres graves y barbados. El aire era c�lido y manso. Y en lo alto, apenas a diez grados del c�nit, brillaba vigilante esa Estrella Polar. Mucho tiempo estuve contemplando la ciudad sin que llegara el d�a. Cuando el rojo Aldebar�n, que parpadea a baja altura sin ponerse, llevaba ya hecho un cuarto de su camino por el horizonte, vi luz y movimiento en las casas y las calles. Formas extra�amente vestidas, a un tiempo nobles y familiares, dembulaban bajo la luna menguante y cornuda; los hombres hablaban sabiamente en una lengua que yo entend�a, si bien era distinta de la que conoc�a. Y cuando el rojo Aldebar�n hubo recorrido m�s de la mitad de su trayecto, volvi� el silencio y la oscuridad. Al despertar ya no fui el de antes. Hab�a quedado grabada en mi memoria la visi�n de la ciudad, y en mi alma hab�a despertado un recuerdo brumoso, de cuya naturaleza no estaba entonces seguro. Despu�s, en las noches de cielo nublado en que pod�a dormir, vi con frecuencia la ciudad; unas veces bajo los rayos calidos y dorados de un sol que nunca se pon�a y giraba alrededor del horizonte. Y en las noches claras, la Estrella Polar miraba de soslayo como no lo hab�a hecho nunca. Gradualmente, empec� a preguntarme cu�l pod�a ser mi sitio en aquella ciudad de la extra�a meseta entre extra�os picos. Contento al principio de contemplar el paisaje como una presencia incorp�rea que todo lo obsevaba, dese� luego definir mi relaci�n con ella, y hablar con los hombres graves que a diario discut�an en las plazas. Me dije a m� mismo: "Esto no es un sue�o; pues, �por qu� medio puedo probar que es m�s real esa otra vida de las casas de piedra y ladrillo, al sur del siniestro pantano y del cementerio de la loma, donde cada noche la Estrella Polar atisba furtiva por mi ventana?". Una noche, mientras escuchaba el discurso en la gran plaza de numerosas estatuas, experiment� un cambio, y not� que al fin tenia forma corporal. Pero no era un extra�o en las calles de Olathoe, la ciudad de la meseta de Sarkia, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Era mi amigo Alos quien hablaba, y su discurso era grato a mi alma, ya que era el discurso del hombre sincero y del patriota. Esa noche tuve noticia de la ca�da de Daikos y del avance de los inutos, demonios achaparrados, amarillos y horribles que cinco a�os antes hab�an surgido del desconocido occidente para asolar los confines de nuestro reino y sitiar muchas de nuestras ciudades. Una vez tomadas las plazas fortificadas al pie de las monta�as, su camino quedaba ahora expedito hacia la meseta, a menos que cada ciudadano resistiese con la fuerza de diez hombres. Pues las rechonchas criaturas eran poderosas en las artes de la guerra, y no conoc�an aquellos escr�pulos de honor que imped�an a nuestros hombres altos y de ojos grises, habitantes de Lomar, emprender una conquista despiadada. Mi amigo Alos mandaba todas las fuerzas de la meseta, y en �l se cifraba la �ltima esperanza de nuestro pa�s. En este momento, hablaba de los peligros que hab�a que afrontar, y exhortaba a los hombres de Olathoe, los m�s bravos de los lomarianos, a perpetuar la tradici�n de sus antepasados, quienes al verse obligados a abandonar Zobna y desplazarse hacia el sur ante el avance de los hielos (incluso nuestros descendientes tendr�n que dejar un d�a las tierras de Lomar), barrieron gallarda y victoriosamente a los gnophkehs, can�bales belludos y de largos brazos que se opon�an a su paso. Alos me hab�a rechazado como guerrero, ya que era d�bil y propenso a extra�os desmayos cuando me somet�a a la fatiga y al esfuerzo. Pero mis ojos eran los m�s agudos de la ciudad, a pesar de las largas horas que yo dedicaba cada d�a al estudio de los manuscritos Pnak�ticos y del saber de los Padres Zbanarianos; de modo que mi amigo, no queriendo condenarme a la inacci�n, me concedi� el pen�ltimo deber en importancia: me envi� a la atalaya de Thapnen para hacer all� de ojos de nuestro ejercito. En caso de que los inutos intentasen conquistar la ciudadela por el estrecho paso que hay detr�s del pico de Noth, y sorprender por all� a la guarnici�n, yo deb�a encender la se�al de fuego que advert�a a los soldados que aguardaban, y salvar la ciudad de su inmediata destrucci�n. Sub� solo a la torre, ya que los hombres fuertes eran todos necesarios abajo en los desfiladeros. Ten�a el cerebro dolorosamente embotado por la excitaci�n y el cansancio, ya que no hab�a dormido desde hac�a muchos d�as; pero mi resoluci�n era firme, pues amaba mi tierra natal de Lomar, y la marm�rea ciudad de Olathoe, situada entre los picos Noton y Kadiphonek. Pero cuando estaba en la camara m�s alta de la torre, percib� la luna roja, siniestra, menguante, cornuda, temblando entre los vapores que flotaban sobre el lejano valle de Banof. Y a trav�s de su abertura del techo brill� la p�lida Estrella Polar, parpadeando como si estuviera viva, y mirando furtiva como un demonio de tentaci�n. Creo que su esp�ritu me susurr� consejos malvados, sumi�ndome en traidora somnolencia con una r�tmica y condenable promesa que repet�a una y otra vez: "Duerme, vig�a, hasta que las esferas Giren veintis�is mil a�os Y yo regrese Al lugar donde ahora ardo. Despu�s, otros astros surgir�n En el eje de los cielos Atros que sosieguen, astros que bendigan S�lo cuando mi �rbita concluya Turbar� el pasado tu puerta". En vano trat� de vencer mi somnolencia, intentando relacionar estas extra�as palabras con alguno de los saberes celestes que yo hab�a aprendido en los manuscritos Pnak�ticos. Mi cabeza, pesada y vacilante, se dobl� sobre mi pecho; y cuando volv� a mirar, fue en un sue�o, y la Estrella Polar sonre�a burlonamente a trav�s de una ventana, por encima de los horribles y agitados �rboles de un pantano so�ado. Y a�n contin�o so�ando. En mi verg�enza y desesperaci�n, grito a veces fren�ticamente, suplicando a las criaturas so�adas de mi alrededor que me despierten, no vaya a ser que los inutos suban furtivamente por detras del pico de Noton y tomen la ciudadela por sorpresa; pero estas criaturas son demonios: se r�en de m� y me dicen que no sue�o. Se burlan mientras duermo; entretanto, puede que los enemigos achaparrados y amarillos se est�n acercando a nosotros con sigilo. He faltado a mi deber y he traicionado a la marm�rea ciudad de Olathoe. He sido desleal a Alos, mi amigo y capit�n. Sin embargo, estas sombras de mis sue�os se burlan de m�. Dicen que no existe ninguna tierra de Lomar, salvo en mis nocturnos desvar�os; que en esas regiones donde la Estrella Polar brilla en lo alto, y donde el rojo Aldebar�n se arrastra lentamente por el horizonte, no ha habido otra cosa que hielo y nieve durante milenios, ni otros hombres que esas criaturas rechonchas y amarillas, marchitas por el fr�o, que se llaman "esquimales". Y mientras escribo en mi culpable agon�a, fren�tico por salvar a la ciudad cuyo peligro aumenta a cada instante, y lucho en vano por liberarme de esta pesadilla en la que parece que estoy en una casa de piedra y de ladrillos, al sur de un siniestro pantano y un cementerio en lo alto de una loma, la Estrella Polar, perversa y monstruosa, mora desde la negra b�veda y parpadea horriblemente como un ojo insensato que pugna por transmitir alg�n mensaje; aunque no recuerda nada, salvo que un d�a tuvo un mensaje que transmitir. Todo Lovecraft en Espa�ol �ltima actualizaci�n: 02-12-2000 18:06 Los otros dioses (H.P.Lovecraft) En la cima del pico m�s alto del mundo habitan los dioses de la tierra, y no soportan que ning�n hombre se jacte de haberlos visto. En otro tiempo poblaron los picos inferiores; pero los hombres de las llanuras se empe�aron siempre en escalar las laderas de roca y de nieve, empujando a los dioses hacia monta�as cada vez m�s elevadas, hasta hoy, en que s�lo les queda la �ltima. Al abandonar sus cumbres anteriores se llevaron sus propios signos, salvo una vez que, seg�n se dice, dejaron una imagen esculpida en la cara del monte llamado Ngranek. Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto fr�o, en donde los hombres no entran jam�s, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo soportaron que los hombres les desplazaran, ahora les han prohibido que se acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no sepan d�nde esta Kadath; de lo contrario, tratar�an de escalarla en su imprudencia. A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten a�oranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las l�grimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que era lluvia; y han o�do sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como anta�o. En Ulthar, m�s all� del rio Skai, viv�a una vez un anciano que deseaba contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conoc�a profundamente los siete libros cr�pticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos Pnak�ticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los lugare�os cuentan c�mo escal� una monta�a, la noche del extra�o eclipse. Barzai sab�a tantas cosas sobre los dioses que pod�a contar sus idas y venidas; y adivinaba tantos secretos que se ten�a a si mismo por un semidi�s. Fue �l quien aconsej� prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron la famosa ley que prohib�a matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal adonde se hab�an ido los gatos negros, en la medianoche de la vispera de san Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y le hab�an entrado deseos de ver sus rostros. Cre�a que su hondo y secreto conocimiento de los dioses le proteger�a de la ira de estos, y decidi� escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sab�a que los dioses estar�an all�. El Hatheg-Kla est� en el desierto pedregoso que se extiende m�s all� de Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo silencioso. Las brumas juegan l�gubremente alrededor de su cima; porque las brumas son los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban en �l, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman p�lidos vapores sobre las laderas cuando danzan a�orantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ning�n momento, y que es fatal hacerlo de noche, cuando los p�lidos vapores ocultan la cima y la luna; sin embargo, no les escuch� Barzai cuando lleg� de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su disc�pulo. Atal s�lo era hijo de posadero, y a veces ten�a miedo; pero el padre de Barzai hab�a sido un landgrave que vivi� en un antiguo castillo, por lo que no hab�a supersticiones vulgares en sus venas, y se re�a de los atemorizados aldeanos. Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos d�as, hasta que divisaron a lo lejos al alt�simo Hatheg-Kla con su halo de l�gubre bruma. El d�cimo tercer d�a llegaron al pie de la solitaria monta�a, y Atal confes� sus temores. Pero Barzai era viejo, sabio, y no conoc�a el miedo, asi que march� delante osadamente por la ladera que ning�n hombre hab�a escalado desde los tiempos de Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnak�ticos. El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios y acantilados y al�des. Despu�s se volvi� fr�o y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo, y se ca�an, mientras se abr�an camino con bastones y hachas. Finalmente el aire se enrareci�, el cielo cambi� de color, y los escaladores encontraron que era dif�cil respirar; pero siguieron subiendo m�s y m�s, maravillados ante lo extra�o del paisaje, y emocionados pensando en lo que suceder�a en la cima, cuando saliera la luna y se extendieran los palidos vapores. Durante tres d�as estuvieron subiendo m�s y m�s, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en espera de que se nublara la luna. Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna derramaba su fr�o resplandor a trav�s de las tenues y l�gubres brumas que envolv�an el mudo pin�culo. Y la quinta noche, en que sali� la luna llena, Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni �l ni Atal se acostaron, observando c�mo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta y deliberadamente; y rodearon el pico muy por encima de los observadores, y ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y se hac�a m�s inquieta. Berzai era versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sent�a el fr�o de los vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai sigui� subiendo m�s y m�s, y le hac�a se�as ansiosamente para que fuera tambi�n, Atal tard� mucho en decidirse a seguirle. Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque Atal le sigui� al fin, apenas pod�a ver la figura gris de Barzai en la borrosa ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a pesar de su edad, parec�a escalar con m�s soltura y facilidad que Atal, sin miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa, salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y negros precipicios que Atal apenas pod�a saltar. Y de este modo escalaron intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces ante el impresionante silencio de los fr�os y desolados pinaculos y mudas pendientes de granito. S�bitamente, Barzai desapareci� de la vista de Atal, y salv� una tremenda cornisa que parec�a sobresalir y cortar el camino a todo escalador que no estuviese inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qu� har�a cuando llegara a dicho punto, cuando observ� curiosamente que la luna hab�a aumentado, como si el despejado pico y lugar de reuni�n de los dioses estuviese muy cerca. Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sinti� los m�s grandes terrores de su vida. Y entonces, a trav�s de las brumas de arriba, oy� la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo: - �He o�do a los dioses. He o�do a los dioses de la tierra cantar dichosos en el Hatheg-Kla! �Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy ver� a los dioses danzar fren�ticos en el Hatheg-Kla, que tanto amaron en su junventud. La sabidur�a hace a Barzai m�s grande a�n que los dioses de la tierra, y los encantos y barreras de todos ellos no puenden nada contra su voluntad; Barzai contemplar� a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados por los hombres. Atal no pod�a o�r las voces que Barzai o�a, pero ahora estaban cerca de la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces, oy� crecer la voz de Barzai de forma m�s sonora y estridente: - La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai el Sabio, porque es m�s grande que ellos... La luz de la luna fluct�a, y los dioses de la tierra danzan frente a ella; ver� danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo... Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal not� un cambio espectral en todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era m�s pronunciado que nunca, el asenso se hab�a vuelto espantosamente f�cil, y la cornisa apenas fue un obst�culo cuando lleg� a ella y trep� peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se hab�a apagado extra�amente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oy� a Barzai el Sabio gritar entre las sombras: - La luna es oscura, y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... �Eh! �Eh! �Al fin! �En la d�bil luz, he percibido a los dioses de la tierra! Y entonces Atal, desliz�ndose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oy� en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ning�n hombre puede haber o�do salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibr� el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz: - �Los otros dioses! �Los otros dioses! �Los dioses de los infiernos exteriores que custodian a los d�biles dioses de la tierra!... �Aparta la mirada!... �Retrocede!... �No mires! �No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... �Misericordiosos dioses de la tierra, estoy cayendo al cielo! Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los o�dos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que le atra�a hacia desconocidas alturas, sigui� resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pac�ficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haci�ndoles detenerse a observar, a trav�s de las nubes, aquel extra�o eclipse que ning�n libro hab�a predicho jam�s. Y cuando al fin sali� la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la monta�a, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los otros dioses. Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnak�ticos que Sansu no descubri� otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escal� el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg, reprimieron sus temores y escalaron ese d�a esa cumbre encantada en busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un s�mbolo extra�o y cicl�peo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un tit�tico cincel. Y el s�mbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnak�ticos tan antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron. Jam�s llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todav�a hoy, las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche, cuando los p�lidos vapores ocultan la cumbre de la monta�a y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla, los dioses de la tierra danzan a veces con nostalgia; porque saben que no corren peligro, y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como anta�o, como hac�an cuando al tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles. De la Oscuridad (H.P.Lovecraft) De Herbert West, amigo m�o durante el tiempo de la universidad y posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que desapareci� recientemente, sino que tuvo origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquiri� gravedad por primera vez har� m�s de diecisiete a�os, cuando est�bamos en tercer a�o de nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de Arkham. Mientras estuvo conmigo, lo prodigioso y diab�lico de sus experimentos me tuvieron completamente fascinado, y fui su m�s intimo compa�ero. Ahora que ha desaparecido y se ha roto el hechizo, mi miedo es a�n mayor. Los recuerdos y las posibilidades son siempre m�s terribles que la realidad. El primer incidente horrible durante nuestra amistad supuso la mayor impresi�n que yo hab�a llevado hasta entonces, y me cuesta tenerlo que repetir. Ocurri�, como digo, cuando est�bamos en la Facultad de Medicina, donde West se hab�a hecho ya famoso con sus descabelladas teor�as sobre la naturaleza de la muerte y la posibilidad de vencerla artificialmente. Sus opiniones, muy ridiculizadas por el profesorado y los compa�eros, giraban en torno a la naturaleza esencialmente mecanicista de la vida, y se refer�an al modo de poner en funcionamiento la maquinaria org�nica del ser humano mediante una acci�n qu�mica calculada, despu�s de fallar los procesos naturales. Con el fin de experimentar diversas soluciones reanimadoras, hab�a matado y sometido a tratamiento a numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta convertirse en la persona m�s enojosa de la Facultad. Varias veces hab�a logrado obtener signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos violentos de vida; pero pronto se dio cuenta de que la perfecci�n, de ser efectivamente posible, comportar�a necesariamente toda una vida dedicada a la investigaci�n. As� mismo, vio claramente que, puesto que la misma soluci�n no actuaba del mismo modo en diferentes especies org�nicas, necesitaba disponer de sujetos humanos si quer�a lograr nuevos y m�s especializados progresos. Y aqu� es donde choc�, con las autoridades universitarias, y le fue retirado el permiso para efectuar experimentos, nada menos que por el proprio decano de la Facultad de Medicina, el sabio y bondadoso doctor Allan Hales, cuya obra en pro de los enfermos es recordada por todos los vecinos antiguos de Arkham. Yo siempre me hab�a mostrado excepcionalmente tolerante con los trabajos de West, y a menudo habl�bamos de sus teor�as, cuyas derivaciones y corolarios eran casi infinitos. Sosteniendo con Haeckel que toda vida es un proceso qu�mico y f�sico, y que la supuesta "alma" es un mito, mi amigo cre�a que la reanimaci�n artificial de los muertos pod�a depender s�lo del estado de los tejidos; y que, a menos que se hubiese iniciado una verdadera descomposici�n, todo cad�ver totalmente dotado de �rganos era susceptible de recibir mediante el adecuado tratamiento, esa condici�n peculiar que se conoce como vida. West comprend�a perfectamente que el m�s ligero deterioro de las c�lulas cerebrales ocasionadas por un per�odo letal incluso fugaz pod�a da�ar la vida intelectual y ps�quica. Al principio, tenia esperanzas de encontrar un reactivo capaz de restituir la vitalidad antes de la verdadera aparici�n de la muerte, y solo los repetidos fracasos en animales le hab�an revelado que eran incompatibles los movimientos vitales naturales y los artificiales. Entonces se procur� ejemplares extremadamente frescos y les inyect� sus soluciones en la sangre, inmediatamente despu�s de la extinci�n de la vida. Tal circunstancia volvi� enormemente esc�pticos a los profesores, ya que entendieron que en ning�n caso se hab�a producido una verdadera muerte. No se pararon a considerar la cuesti�n detenida y razonablemente. Poco despu�s de que el profesorado le prohibiese continuar sus trabajos, West me confi� su decisi�n de conseguir ejemplares frescos de una manera o de otra, y reanudar en secreto los experimentos que no pod�a realizar abiertamente. Era horrible o�rle hablar sobre el medio y manera de conseguirlos; en la Facultad nunca hab�amos tenido que ocuparnos nosotros de allegar ejemplares para las pr�cticas de anatom�a. Cada vez que mermaba el dep�sito, dos negros de la localidad se encargaban de subsanar este d�ficit sin que se les preguntase jam�s su procedencia. West era por entonces un joven, delgado y con gafas, de facciones delicadas, pelo amarillo, ojos azul p�lido y voz suave; y era extra�o o�rle explicar c�mo la fosa com�n era relativamente m�s interesante que el cementerio perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que casi todos los cuerpos de la Iglesia de Cristo estaban embalsamados; lo cual, evidentemente, hac�a imposibles las investigaciones de West. Por entonces era yo su ferviente y cautivado auxiliar, y le ayude en todas sus decisiones; no s�lo en las que se refer�an a la fuente de abastecimiento de cad�veres, sino tambi�n en las concernientes al lugar adecuado, para nuestro repugnante trabajo. Fui yo quien pens� en la granja deshabitada de Chapman, al otro lado de Meadow Hill; all� habilitamos una habitaci�n de la planta baja para sala de operaciones y otra para laboratorio, dot�ndolas de gruesas cortinas, a fin de ocultar nuestras actividades nocturnas. El lugar estaba retirado de la carretera, y no hab�a casas a la vista; de todos modos, hab�a que extremar las precauciones, ya que el m�s leve rumor sobre extra�as luces que cualquier caminante nocturno hiciese correr pod�a resultar catastr�fico para nuestra empresa. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un laboratorio qu�mico. Poco a poco equipamos nuestra siniestra guarida cient�fica, con materiales comprados en Boston o sacados a escondidas de la facultad � materiales cuidadosamente camuflados, a fin de hacerlos irreconocibles, salvo para unos ojos expertos� , y nos prove�mos de palas y picos para los numerosos enterramientos que tendr�amos que efectuar en el s�tano. En la facultad hab�a un incinerador, pero un aparato de ese g�nero era demasiado costoso para un laboratorio clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro... incluso los min�sculos cad�veres de cobaya de los experimentos secretos que West realizaba en su habitaci�n de la pensi�n donde viv�a. Segu�amos las noticias necrol�gicas locales como vampiros, ya que nuestros ejemplares requer�an condiciones determinadas. Lo que quer�amos eran cad�veres enterrados poco despu�s de morir y sin preservaci�n artificial alguna; preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos los �rganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las v�ctimas de accidentes. Durante varias semanas no tuvimos noticias de ning�n caso apropiado, aunque habl�bamos con las autoridades del dep�sito y del hospital, fingiendo representar los intereses de la facultad, si bien con no demasiada frecuencia en todos los casos, de manera que quiz� necesit�ramos quedarnos en Arkham durante las vacaciones, en que s�lo se impart�an las limitadas clases de los cursos de verano. Al final nos sonri� la suerte; pues un d�a nos enteramos de que iban a enterrar en la fosa com�n un caso casi ideal: un obrero joven y fornido que se hab�a ahogado el d�a anterior en Summer's Pond, al que hab�an enterrado sin dilaciones ni embalsamamientos, por cuenta de la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura, y decidimos empezar a trabajar poco despu�s de la medianoche. Fue una labor repugnante la que acometimos en la oscuridad de las primeras horas de la madrugada, a�n cuando en aquella �poca no ten�amos ese horror especial a los cementerios que nuestras experiencias posteriores nos despert�. Llevamos palas y l�mparas de petr�leo porque, si bien ya hab�an linternas el�ctricas entonces, no eran tan satisfactorias como esos aparatos de tungsteno de hoy d�a. El trabajo de exhumaci�n fue lento y s�rdido � pod�a haber sido horriblemente po�tico, si en vez de cient�ficos hubi�ramos sido artistas� ; y sentimos alivio cuando nuestras palas chocaron con madera. Una vez que la caja de pino qued� enteramente al descubierto bajo West, quit� la tapa, saco el contenido y lo dej� apoyado. Me inclin�, lo agarr�, y entre los dos lo sacamos de la fosa; a continuaci�n trabajamos denodadamente para dejar el lugar como antes. La empresa nos hab�a puesto algo nerviosos; sobre todo, el cuerpo tieso y la cara inexpresiva de nuestro primer trofeo; pero nos las arreglamos para borrar todas las huellas de nuestra visita. Cuando qued� aplanada la ultima paletada de tierra, metimos el ejemplar en un saco de lienzo y emprendimos el regreso hacia la granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill. En una improvisada mesa de disecci�n instalada en la vieja granja, a la luz de una potente l�mpara de acetileno, el ejemplar no ofrec�a un aspecto demasiado espectral. Hab�a sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo saludable, y plebeyo � constituci�n ancha, ojos grises y cabello casta�o� ; un animal sano, sin complejidades psicol�gicas, y probablemente con unos procesos vitales de lo m�s simple y sanos. Ahora bien, con los ojos cerrados, parec�a m�s dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disip� en seguida toda duda al respecto. Al fin ten�amos lo que West siempre hab�a deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la soluci�n que hab�amos preparado con minuciosos c�lculos y teor�as; a fin de utilizar en el organismo humano. Nuestra tensi�n era enorme. Sab�amos que las posibilidades de lograr un �xito completo eran remotas, y no pod�amos reprimir un miedo horrible a las grotescas consecuencias de una posible animaci�n parcial. Nos sent�amos especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la criatura, ya que pod�a haber sufrido un deterioro en las delicadas c�lulas cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a m� respecta, a�n conservaba una curiosa noci�n tradicional del "alma" humana, y sent�a cierto temor ante los secretos que pod�a revelar alguien que regresaba del reino de los muertos. Me preguntaba qu� visiones pod�a haber presenciado este pl�cido joven, si volv�a plenamente a la vida. Pero mi expectaci�n no era excesiva, ya que compart�a casi en su mayor parte el materialismo de mi amigo. �l se mostr� m�s tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del cad�ver, y vendar inmediatamente el pinchazo. La espera fue espantosa, pero West no perdi� el aplomo en ning�n momento. De cuando en cuando, aplicaba su estetoscopio al ejemplar, y soportaba filos�ficamente los resultados negativos. Al cabo de unos tres cuartos de hora, viendo que no se produc�a el menor signo de vida, declar� decepcionado que la soluci�n era inapropiada; sin embargo decidi� aprovechar al m�ximo esta oportunidad, y probar una modificaci�n de la formula, antes de deshacerse de su macabra presa. Esa tarde hab�amos cavado una sepultura en el s�tano, y tendr�amos que llenarla al amanecer, pues aunque hab�amos puesto cerradura a la casa, no quer�amos correr el m�s m�nimo riesgo de que se produjera un desagradable descubrimiento. Adem�s, el cuerpo no estar�a ni medianamente fresco a la noche siguiente. De modo que trasladamos la solitaria l�mpara de acetileno al laboratorio contiguo � dejando a nuestro mudo hu�sped a oscuras sobre la losa� y nos pusimos a trabajar en la preparaci�n de una nueva soluci�n, tras comprobar West el peso y las mediciones casi con fan�tico cuidado. El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y West se encontraba ocupado con la l�mpara de alcohol � que hac�a las veces de mechero Bunsen en ese edificio sin instalaci�n de gas� , cuando de la habitaci�n que hab�amos dejado a oscuras brot� Ia m�s horrenda y demon�aca sucesi�n de gritos jam�s o�da por ninguno de los dos. No habr�a sido m�s espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofon�a inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperaci�n de la naturaleza animada. No pod�an ser humanos � un hombre no es capaz de proferir gritos as�� ; y sin pensar en el trabajo que est�bamos realizando, ni en la posibilidad de que lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana m�s pr�xima como animales despavoridos, derribando tubos, l�mparas y matraces, y huyendo alocadamente a la estrellada negrura de la noche rural. Creo que gritamos mientras corr�amos fren�ticamente hacia la ciudad; aunque al llegar a las afueras adoptamos una actitud m�s contenida... lo suficiente como para pasar por un par de juerguistas trasnochadores que regresaban a casa despu�s de una francachela. No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitaci�n de West, y all� estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneci�. A esa hora nos hab�amos serenado un poco discurriendo teor�as plausibles y sugiriendo ideas pr�cticas para nuestra investigaci�n, de forma que pudimos dormir todo el d�a, en lugar de asistir a clase. Pero esa tarde aparecieron dos art�culos en el peri�dico, sin relaci�n alguna entre s�, que nos quitaron el sue�o. La vieja casa deshabitada de Chapman hab�a ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe mont�n de cenizas; eso lo entend�amos, ya que hab�amos volcado la l�mpara. El otro, informaba que hab�an intentado abrir la reciente sepultura de la fosa com�n, como si hurgado en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos resultaba incomprensible, ya que hab�amos aplanado muy cuidadosamente la tierra h�meda. Y durante diecisiete a�os, West anduvo mirando por encima del hombro, y quej�ndose de que le parec�a o�r pasos detr�s de �l. Ahora ha desaparecido. El Demonio de la Peste (H.P.Lovecraft) Jam�s olvidar� aquel espantoso verano, hace diecis�is a�os, en que, como un demonio maligno de las moradas de Eblis, se propag� el tifus solapadamente por toda Arkham. Muchos recuerdan ese a�o por dicho azote sat�nico, ya que un aut�ntico terror se cerni� con membranosas alas sobre los ata�des amontonados en el cementerio de la Iglesia de Cristo; sin embargo, hay un horror mayor a�n que data de esa �poca: un horror que s�lo yo conozco, ahora que Herbert West ya no est� en este mundo. West y yo hac�amos trabajo de postgraduaci�n en el curso de verano de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y mi amigo hab�a adquirido gran notoriedad debido a sus experimentos encaminados a la revivificaci�n de los muertos. Tras la matanza cient�fica de innumerables bestezuelas, la monstruosa labor qued� suspendida aparentemente por orden de nuestro esc�ptico decano, el doctor Allan Halsey; pero West hab�a seguido realizando ciertas pruebas secretas en la s�rdida pensi�n donde viv�a, y en una terrible e inolvidable ocasi�n se hab�a apoderado de un cuerpo humano de la fosa com�n, transport�ndolo a una granja situada a otro lado de Meadow Hill. Yo estuve con �l en aquella ocasi�n, y le vi inyectar en las venas ex�nimes el elixir que seg�n �l, restablecer�a en cierto modo los procesos qu�micos y f�sicos. El experimento hab�a terminado horriblemente � en un delirio de terror que poco a poco llegamos a atribuir a nuestros nervios sobreexcitados� , West ya no fue capaz de librarse de la enloquecedora sensaci�n de que le segu�an y persegu�an. El cad�ver no estaba lo bastante fresco; es evidente que para restablecer las condiciones mentales normales el cad�ver debe ser verdaderamente fresco; por otra parte, el incendio de la vieja casa nos hab�a impedido enterrar el ejemplar. Habr�a sido preferible tener la seguridad de que estaba bajo tierra. Despu�s de esa experiencia, West abandon� sus investigaciones durante alg�n tiempo: pero lentamente recobr� su celo de cient�fico nato, y volvi� a importunar a los profesores de la Facultad pidi�ndoles permiso para hacer uso de la sala de disecci�n y ejemplares humanos frescos para el trabajo que �l consideraba tan tremendamente importante. Pero sus s�plicas fueron completamente in�tiles, ya que la decisi�n del doctor Halsey fue inflexible, y todos los dem�s profesores apoyaron el veredicto de su superior. En la teor�a fundamental de la reanimaci�n no ve�an sino extravagancias inmaduras de un joven entusiasta cuyo cuerpo delgado, cabello amarillo, ojos azules y miopes, y suave voz no hac�an sospechar el poder supranomal � casi diab�lico� del cerebro que albergaba en su interior. A�n le veo como era entonces y me estremezco. Su cara se volvi� m�s severa, aunque no m�s vieja. Y ahora Sefton carga con la desgracia, y West ha desaparecido. West choch� desagradablemente con el Doctor Halsey casi al final de nuestro ultimo a�o de carrera, en una disputa que le report� menos prestigio a �l que al bondadoso decano en lo que a cortes�a se refiere. Afirmaba que este hombre se mostraba innecesariamente e irracionalmente grande; una obra que deseaba comenzar mientras ten�a la oportunidad de disponer de las excepcionales instalaciones de la facultad. El que los profesores, apegados a la tradici�n ignorasen los singulares resultados tenidos en animales, y persistiesen en negar la posibilidad de reanimaci�n, era indeciblemente indignante, y casi incomprensibles para un joven del temperamento l�gico de West. S�lo una mayor madurez pod�a ayudarle a entender las limitaciones mentales cr�nicas del tipo "doctor-profesor", producto de generaciones de puritanos mediocres, bondadosos, conscientes, afables, y corteses, a veces, pero siempre r�gidos, intolerantes, esclavos de las costumbres y carentes de perspectivas. El tiempo es m�s caritativo con estas personas incompletas aunque de alma grande, cuyo defecto fundamental, en realidad, es la timidez, y las cuales reciben finalmente el castigo de la irrisi�n general por sus pecados intelectuales: su ptolemismo, su calvinismo, su antidarwinismo, su antinietzahe�smo, y por toda clase de sabbatarinanismo y leyes suntuarias que practican. West, joven a pesar de sus maravillosos conocimientos cient�ficos, ten�a escasa paciencia con el buen doctor Halsey y sus eruditos colegas, y alimentaba un rencor cada vez m�s grande, acompa�ado de un deseo de demostrar la veracidad de sus teor�as a estas obtusas dignidades de alguna forma impresionante y dram�tica. Y como la mayor�a de los j�venes, se entregaban a complicados sue�os de venganza, de triunfo y de magn�nima indulgencia final. Y entonces hab�a surgido el azote, sarc�stico y letal, de las cavernas pesadillescas del T�rtaro. West y yo nos hab�amos graduado cuando empez�, aunque segu�amos en la Facultad, realizando un trabajo adicional del curso de verano, de forma que a�n est�bamos en Arkham cuando se desat� con furia demon�aca en toda la ciudad. Aunque todav�a no est�bamos autorizados para ejercer, ten�amos nuestro t�tulo, y nos vimos fren�ticamente requeridos a incorporarnos al servicio p�blico, al aumentar �l numero de los afectados. La situaci�n se hizo casi incontrolable, y las defunciones se produc�an con demasiada frecuencia para que las empresas funerarias de la localidad pudieran ocuparse satisfactoriamente de ellas. Los entierros se efectuaban en r�pida sucesi�n, sin preparaci�n alguna, y hasta el cementerio de la Iglesia de Cristo estaba atestado de ata�des de muertos sin embalsamar. Esta circunstancia no dej� de tener su efecto en West, que a menudo pensaba en la iron�a de la situaci�n: tant�simos ejemplares frescos, y sin embargo, �ninguno serv�a para sus investigaciones!. Est�bamos tremendamente abrumados de trabajo, y una terrible tensi�n mental y nerviosa sum�a a mi amigo en morbosas reflexiones. Pero los afables enemigos de West no estaban enfrascados en agobiantes deberes. La facultad hab�a sido cerrada, y todos los doctores adscritos a ella colaboraban en la lucha contra la epidemia de tifus. El doctor Halsey, sobre todo, se distingu�a por su abnegaci�n, dedicando toda su enorme capacidad, con sincera energ�a, a los casos que muchos otros evitaban por el riesgo que representaban, o por juzgarlos desesperados. Antes de terminar el mes, el valeroso decano se hab�a convertido en h�roe popular aunque el no parec�a tener conciencia de su fama, y se esforzaba en evitar el desmoronamiento por cansancio f�sico y agotamiento nervioso. West no pod�a por menos de admirar la fortaleza de su enemigo; pero precisamente por esto estaba m�s decidido a�n a demostrarle la verdad de sus asombrosas teor�as. Una noche, aprovechando la desorganizaci�n que reinaba en el trabajo de la Facultad y las normas sanitarias municipales, se las arregl� para introducir camufladamente el cuerpo de un reci�n fallecido en la sala de disecci�n, y le inyect� en mi presencia una nueva variante de su soluci�n. El cad�ver abri� efectivamente los ojos, aunque se limito a fijarlos en el techo con expresi�n de paralizado horror, antes de caer en una inercia de la que nada fue capaz de sacarle, West dijo que no era su suficientemente fresco; el aire caliente del verano no beneficia los cad�veres. Esa vez estuvieron a punto de sorprendernos antes de incinerar los despojos, y West no consider� aconsejable repetir esta utilizaci�n indebida del laboratorio de la facultad. El apogeo de la epidemia tuvo lugar en agosto. West y yo estuvimos a punto de sucumbir en cuanto al doctor Halsey falleci� el d�a catorce. Todos los estudiantes asistieron a su precipitado funeral el d�a quince, y compraron una impresionante corona, aunque casi la ahogaban los testimonios enviados por los ciudadanos acomodados de Arkham y las propias autoridades del municipio. Fue casi un acontecimiento p�blico, dado que el decano hab�a sido un verdadero benefactor para la ciudad. Despu�s del sepelio, nos quedamos bastantes deprimidos, y pasamos la tarde en el bar de la Comercial House, donde West, aunque afectado por la muerte de su principal adversario, nos hizo estremecer a todos habl�ndonos de sus notables teor�as. Al oscurecerse, la mayor�a de los estudiantes regresaron a sus casas o se incorporaron a sus diversas publicaciones; pero West me convenci� para que le ayudase a "sacar partida de la noche". La patrona de West nos vio entrar en la habitaci�n alrededor de las dos de la madrugada, acompa�ados de un tercer hombre, y le cont� a su marido que se notaba que hab�amos cenado y bebido demasiado bien. Aparentemente, la avinagrada patrona ten�a raz�n; pues hacia las tres, la casa entera se despert� con los gritos procedentes de la habitaci�n de West, cuya puerta tuvieron que echar abajo para encontrarnos a los dos inconscientes, tendidos en la alfombra manchada de sangre, golpeados, ara�ados y magullados, con trozos de frascos e instrumentos esparcidos a nuestro alrededor. S�lo la ventana abierta revelaba que hab�a sido de nuestro asaltante, y muchos se preguntaron qu� le habr�a ocurrido, despu�s del tremendo salto que tuvo que dar desde el segundo piso al c�sped. Encontraron ciertas ropas extra�as en la habitaci�n, pero cuando West volvi� en s�, explic� que no pertenec�an al desconocido, sino que eran muestras recogidas para su an�lisis bacteriol�gico, lo cual formaba parte de sus investigaciones sobre la transmisi�n de enfermedades infecciosas. Orden� que las quemasen inmediatamente en la amplia chimenea. Ante la polic�a, declaramos ignorar por completo la identidad del hombre que hab�a estado con nosotros. West explic� con nerviosismo que se trataba de un extranjero afable al que hab�amos conocido en un bar de la ciudad que no record�bamos. Hab�amos pasado un rato algo alegres y West y yo no quer�amos que detuviesen a nuestro belicoso compa�ero. Esa misma noche presenciamos el comienzo del segundo horror de Arkham; horror que, para m�, iba a eclipsar a la misma epidemia. El cementerio de la iglesia de Cristo fue escenario de un horrible asesinato; un vigilante hab�a muerto a ara�azos, no s�lo de manera indescriptiblemente espantosa, sino que hab�a dudas de que el agresor fuese un ser humano. La v�ctima hab�a sido vista con vida bastante despu�s de la medianoche, descubri�ndose el incalificable hecho al amanecer. Se interrog� al director de un circo instalado en el vecino pueblo de Bolton, pero este jur� que ninguno de sus animales se hab�a escapado de su jaula. Quienes encontraron el cad�ver observaron un rastro de sangre que conduc�a a la tumba reciente, en cuyo cemento hab�a un peque�o charco rojo, justo delante de la entrada. Otro rastro m�s peque�o se alejaba en direcci�n al bosque; pero se perd�a enseguida. A la noche siguiente, los demonios danzaron sobre los tejados de Arkham, y una desenfrenada locura aull� en el viento. Por la enfebrecida ciudad anduvo suelta una maldici�n, de la que unos dijeron que era m�s grande que la peste, y otros murmuraban que era el esp�ritu encarnado del mismo mal. Un ser abominable penetr� en ocho casas sembrando la muerte roja a su paso... dejando atr�s el mudo y s�dico monstruo un total de diecisiete cad�veres, y huyendo despu�s. Algunas personas que llegaron a verle en la oscuridad dijeron que era blanco y como un mono malformado o monstruo antropomorfo. No hab�a dejado entero a nadie de cuantos hab�a atacado, ya que a veces hab�a sentido hambre. El numero de v�ctimas ascend�a a catorce; a las otras tres las hab�a encontrado ya muertas al irrumpir en sus casas, v�ctimas de la enfermedad. La tercera noche, los fren�ticos grupos dirigidos por la polic�a lograron capturarle en una casa de Crane Street, cerca del campus universitario. Hab�an organizado la batida con toda minuciosidad, manteni�ndose en contacto mediante puestos voluntarios de tel�fono; y cuando alguien del distrito de la universidad inform� que hab�a o�do ara�ar en una ventana cerrada, desplegaron inmediatamente la red. Debido a las precauciones y a la alarma general, no hubo m�s que otras dos v�ctimas, y la captura se efectu� sin m�s accidentes. La criatura fue detenida finalmente por una bala; aunque no acab� con su vida, y fue trasladada al hospital local, en medio del furor y la abominaci�n generales, porque aquel ser hab�a sido humano. Esto qued� claro, a pesar de sus ojos repugnantes, su mutismo simiesco, y su salvajismo demon�aco. Le vendaron la herida y trasladaron al manicomio de Sefton, donde estuvo golpe�ndose la cabeza contra las paredes de una celda acolchada durante diecis�is a�os, hasta un reciente accidente, a causa del cual escap� en circunstancias de las cuales a nadie le gusta hablar. Lo que m�s repugn� a quienes lo atraparon en Arkham fue que, al limpiarle la cara a la monstruosa criatura, observaron en ella una semejanza incre�ble y burlesca con un m�rtir sabio y abnegado al que hab�an enterrado hacia tres d�as: el difunto doctor Allan Halsey, benefactor p�blico y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic. Para el desaparecido Herbert West, y para m�, la repugnancia y el horror fueron indecibles. Aun me estremezco, esta noche, mientras pienso en todo ello, y tiemblo m�s aun de lo que tembl� aquella ma�ana en que West murmur� entre sus vendajes: -�Maldita sea, no estaba bastante fresco!. Seis Disparos a la Luz de la Luna (H.P.Lovecraft) No es corriente descargar los seis tiros de un rev�lver con toda precipitaci�n, cuando uno solo habr�a sido sin duda suficiente; pero hubo muchas cosas en la vida de Herbert West que no eran corrientes. No es habitual, por ejemplo, que un m�dico reci�n salido de la universidad se vea obligado a ocultar los motivos que le impulsan a elegir determinada casa y consulta; sin embargo, ese fue el caso de Herbert West. Cuando obtuvimos �l y yo el t�tulo de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, y tratamos de paliar nuestra penuria instal�ndonos como facultativos de medicina general, tuvimos mucho cuidado en ocultar que hab�amos elegido nuestra casa por su aislamiento y su proximidad al cementerio. Un deseo de soledad de esta naturaleza rara vez carece de motivos; y como es natural, nosotros los ten�amos tambi�n. Nuestras necesidades se deb�an a un trabajo claramente impopular. Externamente �ramos m�dicos tan solo; pero por debajo de esa superficie hab�a objetivos de una importancia mucho m�s grande y terrible, ya que lo esencial en la vida de Herbert West era la b�squeda en las negras y prohibidas regiones de lo desconocido, en las que esperaba descubrir el secreto de la vida, y de devolver la animaci�n perpetua al barro fr�o del cementerio. Una b�squeda de ese g�nero requiere extra�os materiales, entre ellos, cad�veres humanos recientes; y para mantenerse abastecido de tales elementos indispensables, uno debe vivir discretamente, y no muy lejos de un lugar de enterramientos an�nimos. West y yo nos hab�amos conocido en la universidad, y fui el �nico que simpatiz� con sus espantosos experimentos. Gradualmente me hab�a convertido en su ayudante inesperado, y ahora que abandon�bamos la Universidad ten�amos que seguir juntos. No era f�cil que dos doctores encontraran salida juntos; pero finalmente, por influencia de la universidad, se nos proporcion� una consulta en Bolton, pueblo industrial pr�ximo a Arkham, la sede universitaria. Las f�bricas textiles de Bolton son las m�s grandes del valle de Miskatonic, y sus operarios pol�glotas no han sido jam�s pacientes gratos para los m�dicos de la localidad. Elegimos nuestra casa con el mayor cuidado, y adoptamos finalmente un edificio ruinoso, pr�ximo al final de Pond Street, a cinco n�meros de nuestro vecino m�s cercano. Y separada del cementerio tan s�lo por una extensi�n de pradera cortada por una estrecha franja de espeso bosque que hay al norte. Dicha distancia era mayor de lo que hubi�ramos deseado; pero no encontramos una casa m�s cerca, a menos que nos hubi�semos instalado en el otro lado del prado, lo que quedaba muy retirado del distrito industrial. Pero no est�bamos demasiado descontentos ya que no ten�amos vecinos, entre nosotros y nuestra siniestra fuente de abastecimiento. El camino era algo largo, pero pod�amos transportar nuestros mudos ejemplares sin que nadie nos molestase. Nuestro trabajo fue sorprendentemente abundante desde el principio mismo... lo bastante abundante como para satisfacer a la mayor�a de los j�venes doctores, y lo bastante abundante para resultar un aburrimiento y una pesadez para aquellos estudiosos cuyo verdadero inter�s resid�a en otra cosa. Los trabajadores de las fabricas eran de inclinaci�n algo turbulentas; as� que adem�s de sus numerosas necesidades de asistencia m�dica, sus frecuentes golpes, cuchilladas y pendencias nos daban mucho trabajo. Pero lo que verdaderamente acaparaba nuestro inter�s era el laboratorio secreto que hab�amos instalado en el s�tano: un laboratorio con su mesa larga bajo las luces el�ctricas donde, en las primeras horas de la madrugada, inyect�bamos a menudo las diversas soluciones de West en las venas de los despojos que sac�bamos de la fosa com�n. West experimentaba, febrilmente, tratando de encontrar algo que pusiese en marcha de nuevo los movimientos vitales, tras haberlos interrumpido ese fen�meno que llamamos muerte; pero chocaba con los m�s horrorosos obst�culos. La soluci�n deb�a tener una composici�n especial seg�n los distintos tipos: la que servia para los conejillos de Indias no val�a para los seres humanos, y cada clase requer�a sensibles modificaciones. Los cuerpos ten�an que ser excepcionalmente frescos, dado que una ligera descomposici�n del tejido cerebral hacia imposible que la reanimaci�n fuese perfecta. En efecto, el mayor problema estaba en conseguir cad�veres suficientemente frescos... West hab�a tenido experiencias horribles durante sus investigaciones secretas en la universidad, con cad�veres de dudosa calidad. Las consecuencias de una animaci�n parcial o imperfecta eran mucho m�s horrendas que los fracasos totales, y los dos ten�amos recuerdos pavorosos de ese tipo de resultados. Desde nuestra primera sesi�n demoniaca en la granja deshabitada de Meadow Hill, Arkham, no hab�amos dejado de sentir una secreta amenaza; y West, aunque en casi todos los sentidos era un aut�mata fr�o, cient�fico, rubio y de ojos azules, confesaba a menudo, con un estremecimiento, que le parec�a que era v�ctima de una furtiva persecuci�n. Tenia la impresi�n de que le segu�an; ilusi�n ps�quica debida a sus nervios trastornados, y aumentada por el hecho innegablemente perturbador de que al menos uno de nuestros tres ejemplares reanimados aun segu�a vivo: se trataba de un ser espantoso y carn�voro, el cual permanec�a encerrado en una celda acolchada de Sefton. Hab�a otro, adem�s el primero, cuyo exacto destino nunca llegamos a saber. Tuvimos bastante suerte con los ejemplares de Bolton; mucha m�s que con los de Arkham. A�n no hacia una semana que est�bamos instalados, cuando nos apoderamos de una v�ctima de accidente la misma noche de su entierro, y conseguimos que abriese los ojos con una expresi�n asombrosamente l�cida, antes de que fallara la soluci�n. Hab�a perdido un brazo... De haber tenido el cuerpo integro, quiz� hubi�ramos tenido mas suerte. Entre esa fecha y el siguiente mes de enero efectuamos tres ensayos m�s: uno fue un fracaso total; en otro, conseguimos un claro movimiento muscular; en cuanto al tercero, el resultado fue estremecedor: se levant� por s� solo y emiti� un sonido gutural. Luego vino un periodo de mala suerte; descendi� el n�mero de entierros, y los que se efectuaban eran de ejemplares demasiado enfermos o mutilados para poderlos aprovechar nosotros. Segu�amos la pista a todas las defunciones y circunstancias en que estas ocurr�an con un cuidado sistem�tico. Una noche de marzo, sin embargo, conseguimos inesperadamente un ejemplar que no proven�a de la fosa com�n. El puritanismo imperante en Bolton, ten�a prohibida la pr�ctica del boxeo, lo que no dejaba de tener las l�gicas consecuencias. Los combates mal dirigidos entre los obreros eran cosa corriente, y de vez en cuando tra�an de fuera alg�n campe�n profesional de escasa categor�a. Esa noche de finales de invierno hab�an celebrado un combate de este tipo, evidentemente con desastrosas consecuencias, ya que vinieron a buscarnos dos polacos asustados, suplic�ndonos en un lenguaje casi incoherente que atendi�semos un caso muy secreto y desesperado. Les seguimos hasta un cobertizo abandonado, donde todav�a quedaba un grupo de espectadores extranjeros, observando asustados un cuerpo negro que yac�a ex�nime en el suelo. En el combate se hab�an enfrentado Kid O'Brien � un joven torpe y ahora tembloroso, con una nariz ganchuda muy poco irlandesa� , y Buck Robinson, "EI Bet�n de Harlem". El negro hab�a sido noqueado; y tras un breve ex�men, nos dimos cuenta de que no se recuperar�a. Era un ser repugnante, con pinta de gorila, unos brazos anormalmente largos que me parec�an de manera inevitable patas anteriores, y una cara que irremediablemente hac�a pensar en los secretos insondables del Congo las llamadas de tam-tam bajo una luna misteriosa. El cuerpo debi� de tener peor aspecto en vida, pero el mundo contiene muchas fealdades. Aquella gente despreciable estaba asustada, ya que no sabia que pod�a exigirles la ley, si el caso llegaba a conocerse; y se sintieron agradecidos cuando West, a pesar de mis involuntarios estremecimientos; se ofreci� a librarles del cuerpo en secreto... puesto que conoc�a muy bien sus intenciones. Hab�a una luna resplandeciente sobre el paisaje sin nieve; pero vestimos el cad�ver, y lo llevamos a casa entre los dos por las calles desiertas y el campo, del mismo modo que transportamos un cad�ver parecido una horrible noche en Arkham. Nos dirigimos a casa por el campo de atr�s; entramos el ejemplar por la puerta trasera, lo bajamos al s�tano, y lo preparamos para nuestro experimento habitual. Nuestro miedo a la polic�a era absurdamente considerable, aunque hab�amos calculado nuestro recorrido de forma que no nos tropezamos con el guardia que hac�a ronda por aquel distrito. El resultado fue enojosamente decepcionante. Con su aspecto horrendo, nuestra presa fue totalmente insensible a todas las soluciones que inyectamos en su negro brazo. De modo que, como se acercaba peligrosamente la hora del amanecer, hicimos lo mismo que con los dem�s: lo llevamos a rastras por el prado hasta la franja de bosque pr�xima al cementerio de enterramientos an�nimos, y lo enterramos all� en la mejor sepultura que la helada tierra nos permiti�. La fosa no era demasiado honda, pero era tan buena como la del ejemplar anterior, aquel que se hab�a levantado y hab�a proferido un grito. A la luz de nuestras linternas oscuras, lo cubrimos cuidadosamente con hojas y ramas secas, seguros de que la polic�a no lo descubrir�a jam�s en un bosque tan oscuro y espeso. Al d�a siguiente, me sent� alarmado, ya que un paciente me trajo la noticia de que se sospechaba que hab�an celebrado un combate, y que hab�a muerto alguien. West tenia otro motivo de preocupaci�n: por la tarde le hab�an llamado para que atendiese un caso que acabo de forma amenazadora. Una italiana se hab�a puesto hist�rica porque se le hab�a extraviado el hijo, un chiquillo de cinco a�os, que hab�a desaparecido por la ma�ana y no hab�a vuelto para comer-, y presentaba s�ntomas sumamente alarmantes dado que padec�a del coraz�n. Era un histerismo est�pido, ya que el chico se hab�a escapado m�s de una vez; pero los campesinos italianos son extraordinariamente supersticiosos, y esta mujer parec�a tan angustiada por los presagios como por los hechos. Hacia las siete de la tarde la mujer falleci�, y su fren�tico marido arm� un esc�ndalo espantoso, empe�ado en matar a West, a quien culpaba furiosamente de no haberle salvado la vida. Los amigos le sujetaron cuando le vieron sacar un cuchillo; pero West se march� en medio de inhumanos alaridos, maldiciones y juramentos de venganza. En su ultimo dolor, el hombre parec�a haberse olvidado de su hijo, que a�n no hab�a regresado, entrada ya la noche. Se habl� de buscarle en el bosque; pero la mayor�a de los amigos de la familia se ocuparon de la difunta y del vociferante marido. Total, la tensi�n nerviosa a que se vio sometido West fue sin duda tremenda. El pensar en la polic�a y en el italiano loco le agobiaba tremendamente. Nos retiramos a descansar alrededor de las once, pero yo no dorm� bien. Bolton contaba con un cuerpo de polic�as sorprendentemente eficaz pese a ser un pueblo peque�o; y yo no paraba de pensar en el esc�ndalo que se provocar�a si llegaba a descubrir lo ocurrido la noche anterior. Pod�a significar el fin de nuestro trabajo en la localidad... y quiz� la c�rcel para los dos. Me inquietaban los rumores que corr�an acerca del combate de boxeo. Pasadas las tres, el resplandor de la luna me dio en los ojos; pero me volv� sin levantarme a cerrar su persiana. Luego sonaron unos golpes en�rgicos en la puerta de atr�s. Permanec� inm�vil, algo aturdido; poco despu�s o� a West llamar a mi puerta. Estaba en bata y zapatillas, y ten�a en las manos un rev�lver y una linterna el�ctrica. Al ver el rev�lver, comprend� que pensaba m�s en el enajenado italiano que en la polic�a. Ser� mejor que bajemos los dos susurr�. No estar�a bien no contestar; quiz� sea un paciente... ser�a muy propio de uno de esos idiotas llamar por la puerta de atr�s. As� que bajamos los dos sigilosamente, con un temor en parte justificado, y en parte debido s�lo al misterio de las primeras horas le la madrugada. Volvieron a llamar, un poco m�s fuerte. Al llegar a la puerta, corr� el cerrojo cautelosamente y abr� de par en par; y al revelarnos la luz de la luna la figura que ten�amos delante. West hizo algo muy extra�o. A pesar del evidente peligro de atraer sobre nuestras cabezas la temida investigaci�n policial � cosa que felizmente evitamos por el relativo aislamiento de nuestra casa� , mi amigo, s�bita, excitada e innecesariamente, vaci� las seis rec�maras de su rev�lver sobre nuestro nocturno visitante. Porque no se trataba del italiano ni del polic�a. Recort�ndose horrendamente contra la luna espectral, hab�a un ser gigantesco y deforme, inconcebible salvo en las pesadillas; una aparici�n de ojos vidriosos, negra, y casi a cuatro patas, cubierta de hojas y ramas y barro; sucia de sangre coagulada, la cual mostraba entre sus dientes relucientes una cosa cil�ndrica, terrible, blanca como la nieve, que terminaba en una mano diminuta. El Grito del Muerto (H.P.Lovecraft) El grito de un muerto fue lo que me hizo concebir aquel intenso horror hacia el doctor Herbert West, horror que enturbi� los �ltimos a�os de nuestra vida en com�n. Es natural que una cosa como el grito de un muerto produzca horror, ya que, evidentemente, no se trata de un suceso agradable ni ordinario. Pero yo estaba acostumbrado a esta clase de experiencias; por tanto, lo que me afect� en esa ocasi�n fue cierta circunstancia especial. Quiero decir, que no fue el muerto lo que me asust�. Herbert West, de quien era yo compa�ero y ayudante, pose�a intereses cient�ficos muy alejados de la rutina habitual de un m�dico de pueblo. Esa era la raz�n por la que, al establecer su consulta en Bolton, hab�a elegido una casa pr�xima al cementerio. Dicho brevemente y sin paliativos, el �nico inter�s absorbente de West consist�a en el estudio secreto de los fen�menos de la vida y de su culminaci�n, encaminados a reanimar a los muertos inyect�ndoles una soluci�n estimulante. Para llevar a cabo estos macabros experimentos era preciso estar constantemente abastecidos de cad�veres humanos muy frescos; porque a�n la m�s m�nima descomposici�n da�a la estructura del cerebro; y humanos, y descubrimos que el preparado necesitaba una composici�n espec�fica, seg�n los diferentes tipos de organismos. Matamos docenas de conejos y cobayas para tratarlos, pero este camino no nos llev� a ninguna parte. West nunca hab�a conseguido plenamente su objetivo porque nunca hab�a podido disponer de un cad�ver suficientemente fresco. Necesitaba cuerpos cuya vitalidad hubiera cesado muy poco antes; cuerpos con todas las c�lulas intactas, capaces de recibir nuevamente el impulso hacia esa forma de movimiento llamado vida. Hab�a esperanzas de volver perpetua esta segunda vida artificial mediante repetidas inyecciones; pero hab�amos averiguado que una vida natural ordinaria no respond�a a la acci�n. Para infundir movimiento artificial, deb�a quedar extinguida la vida nocturna: los ejemplares deb�an ser muy frescos, pero estar aut�nticamente muertos. Hab�amos empezado West y yo la pavorosa investigaci�n siendo estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic, de Arkham, profundamente convencidos desde un principio del car�cter absolutamente mecanicista de la vida. Eso fue siete a�os antes; sin embargo, �l no parec�a haber envejecido ni un d�a: era bajo, rubio de cara afeitada, voz suave, y con gafas; a veces hab�a alg�n destello en sus fr�os ojos azules que delataba el duro y creciente fanatismo de su car�cter, efecto de sus terribles investigaciones. Nuestras experiencias hab�an sido a menudo espantosas en extremo, debidas a una reanimaci�n defectuosa, al galvanizar aquellos grumos de barro de cementerio en un movimiento morboso, insensato y anormal, merced a diversas modificaciones de la soluci�n vital. Uno de los ejemplares hab�a proferido un alarido escalofriante; otro, se hab�a levantado, violentamente, nos hab�a derribado dej�ndonos inconscientes, y hab�a huido enloquecido, antes de que lograran cogerle y encerrarlo tras los barrotes del manicomio; y un tercero, una monstruosidad nauseabunda y africana, hab�a surgido de su poco profunda sepultura y hab�a cometido una atrocidad... West hab�a tenido que matarlo a tiros. No pod�amos conseguir cad�veres lo bastante frescos como para que manifestasen alg�n vestigio de inteligencia al ser reanimados, de modo que forzosamente cre�bamos horrores indecibles. Era inquietante, pensar que uno de nuestros monstruos, o quiz� dos, aun viv�an... tal pensamiento nos estuvo atormentando de manera vaga, hasta que finalmente West desapareci� en circunstancias espantosas. Pero en la �poca del alarido en el laboratorio del s�tano de la aislada casa de Bolton, nuestros temores estaban subordinados a la ansiedad por conseguir ejemplares extremadamente frescos. West se mostraba m�s �vido que yo, de forma que casi me parec�a que miraba con codicia el f�sico de cualquier persona viva y saludable. Fue en julio de 1910 cuando empez� a mejorar nuestra suerte en lo que a ejemplares se refiere. Yo me hab�a ido a Illinois a hacerle una larga visita a mis padres, y a mi regreso encontr� a West en un estado de singular euforia. Me dijo excitado que casi con toda probabilidad hab�a resuelto el problema de la frescura de los cad�veres abord�ndolo desde un �ngulo enteramente distinto: el de la preservaci�n artificial. Yo sab�a que trabajaba en un preparado nuevo sumamente original, as� que no me sorprendi� que hubiera dado resultado; pero hasta que me hubo explicado los detalles, me tuvo un poco perplejo sobre c�mo pod�a ayudarnos dicho preparado en nuestro trabajo, ya que el enojoso deterioro de los ejemplares se deb�a ante todo al tiempo transcurrido hasta que ca�an en nuestras manos. Esto lo hab�a visto claramente West, seg�n me daba cuenta ahora, al crear un compuesto embalsamador para uso futuro, m�s que inmediato, por si el destino le proporcionaba un cad�ver muy reciente y sin enterrar, como nos hab�a ocurrido a�os antes, con el negro aquel de Bolton, tras el combate de boxeo. Por �ltimo, el destino se nos mostr� propicio, de forma que en esta ocasi�n conseguimos tener en el laboratorio secreto del s�tano un cad�ver cuya corrupci�n no hab�a tenido posibilidad de empezar aun. West no se atrev�a a predecir que suceder�a en el momento de la reanimaci�n, ni si pod�amos esperar una revivificaci�n de la mente y la raz�n. El experimento marcar�a un hito en nuestros estudios, por lo que hab�a conservado este nuevo cuerpo hasta mi regreso, a fin de que comparti�semos los dos el resultado de la forma acostumbrada. West me cont� c�mo hab�a conseguido el ejemplar. Hab�a sido un hombre vigoroso; un extranjero bien vestido que se acababa de apear al tren, y que se dirig�a a las Fabricas Textiles de Bolton a resolver unos asuntos. Hab�a dado un largo paseo por el pueblo, y al detenerse en nuestra casa a preguntar el camino de las f�bricas, hab�a sufrido un ataque al coraz�n. Se neg� a tomar un cordial, y cayo s�bitamente muerto, un momento despu�s. Como era de esperar, el cad�ver le pareci� a West como llovido del cielo. En su breve conversaci�n, el forastero le hab�a explicado que no conoc�a a nadie en Bolton; y tras registrarle los bolsillos despu�s, averigu� que se trataba de un tal Robert Leavitt, de St. Louis, al parecer sin familia que pudiera hacer averiguaciones sobre su desaparici�n. Si no consegu�a devolverlo a la vida, nadie se enterar�a de nuestro experimento. Sol�amos enterrar los despojos en una espesa franja de bosque que hab�a entre nuestra casa y el cementerio de enterramientos an�nimos. En cambio, si ten�amos �xito, nuestra fama quedar�a brillante y perpetuamente establecida. De modo que West hab�a inyectado sin demora, en la mu�eca del cad�ver, el preparado que le mantendr�a fresco hasta mi llegada. La posible debilidad del coraz�n, que a mi juicio har�a peligrar el �xito de nuestro experimento, no parec�a preocupar demasiado a West. Esperaba conseguir al fin lo que no hab�a logrado hasta ahora: reavivar la chispa de la raz�n y devolverle la vida, quiz�, a una criatura normal. De modo que la noche del 18 de julio de 1910; Herbert West y yo nos encontr�bamos en el laboratorio del s�tano, contemplando la figura blanca e inm�vil bajo la luz cegadora de la l�mpara. El compuesto embalsamador hab�a dado un resultado extraordinariamente positivo; pues al comprobar fascinado el cuerpo robusto que llevaba dos semanas sin que sobreviniese la rigidez, ped� a West que me diese garant�as de que estaba verdaderamente muerto. Me las dio en el acto, record�ndome que jam�s administr�bamos la soluci�n reanimadora sin una serie de pruebas minuciosas para comprobar que no hab�a vida; ya que en caso de subsistir el menor vestigio de vitalidad original no tendr�a ning�n efecto. Cuando West se puso a hacer todos los preparativos, me qued� impresionado ante la enorme complejidad del nuevo experimento; era tanta, que no quiso confiar el trabajo a otras manos que las suyas. Y tras prohibirme tocar siquiera el cuerpo, inyect� primero una droga en la mu�eca, cerca del sitio donde hab�a pinchado para inyectarle el compuesto embalsamador. �sta, dijo, neutralizar�a el compuesto y liberar�a los sistemas sumi�ndolos en una relajaci�n normal, de forma que la soluci�n reanimadora pudiese actuar libremente al ser inyectada. Poco despu�s, cuando se observ� un cambio, y un leve temblor pareci� afectar los miembros muertos, West coloc� sobre la cara espasm�dica una especie de almohada, la apret� violentamente y no la retir� hasta que el cad�ver se qued� absolutamente inm�vil y listo para nuestro intento de reanimaci�n. �l, p�lido y entusiasta se dedic� ahora a efectuar unas cuantas pruebas finales y someras para comprobar la absoluta carencia de vida, se aparto satisfecho y, finalmente inyect� en el brazo izquierdo una dosis meticulosamente medida del elixir vital, preparado durante la tarde con m�s minuciosidad que nunca, desde nuestros tiempos universitarios, en que nuestras haza�as eran nuevas e inseguras. No me es posible describir la tremenda e intensa incertidumbre con que esperamos los resultados de este primer ejemplar aut�nticamente fresco: el primero del que pod�amos esperar razonablemente que abriese los labios y nos contase quiz�, con voz inteligente, lo que hab�a visto al otro lado del insondable abismo. West era materialista, no cre�a en el alma, y atribu�a toda funci�n de la conciencia a fen�menos corporales; por consiguiente, no esperaba ninguna revelaci�n sobre espantosos secretos de abismos y cavernas m�s all� de la barrera de la muerte. Yo no disent�a completamente de su teor�a, aunque conservaba vagos e instintivos vestigios de la primitiva fe de mis antecesores; de modo que no pod�a dejar de observar el cad�ver con cierto temor y terrible expectaci�n. Adem�s... no pod�a borrar de mi memoria aquel grito espantoso e inhumano que o�mos la noche en que intentamos nuestro primer experimento en la deshabitada granja de Arkham. Hab�a transcurrido muy poco tiempo, cuando observ� que el ensayo no iba a ser un fracaso total. Sus mejillas, hasta ahora blancas como la pared, hab�an adquirido un lev�simo color, que luego se extendi� bajo la barba incipiente, curiosamente amplia y arenosa. West, que ten�a la mano puesta en el pulso de la mu�eca izquierda del ejemplar, asinti� de pronto significativamente; y casi de manera simult�nea, apareci� un vaho en el espejo inclinado sobre la boca del cad�ver. Siguieron unos cuantos movimientos musculares espasm�dicos; y a continuaci�n una respiraci�n audible y un movimiento visible del pecho. Observe los p�rpados cerrados, y me pareci� percibir un temblor. Despu�s, se abrieron y mostraron unos ojos grises, serenos y vivos, aunque todav�a sin inteligencia, ni siquiera curiosidad. Movido por una fant�stica ocurrencia, susurre unas preguntas en la oreja cada vez m�s colorada; unas preguntas sobre otros mundos cuyo recuerdo aun pod�a estar presente. Era el terror lo que las extra�a de mi mente; pero creo que la �ltima que repet�, fue: "�D�nde has estado?". A�n no s� si me contest� o no, ya que no brot� ning�n sonido de su bien formada boca; lo que s� recuerdo es que en aquel instante cre� firmemente que los labios delgados se movieron ligeramente, formando s�labas que yo habr�a vocalizado como "s�lo ahora", si la frase hubiese tenido sentido o relaci�n con lo que le preguntaba. En aquel instante me sent� lleno de alegr�a, convencido de que hab�amos alcanzado el gran objetivo y que, por primera vez, un cuerpo reanimado hab�a pronunciado palabras movido claramente por la verdadera raz�n. Un segundo despu�s, ya no cupo ninguna duda sobre el �xito, ninguna duda de que la soluci�n hab�a cumplido cabalmente su funci�n, al menos de manera transitoria, devolvi�ndole al muerto una vida racional y articulada... Pero con ese triunfo me invadi� el m�s grande de los terrores... no a causa del ser que hab�a hablado, sino por la acci�n que hab�a presenciado, y por el hombre a quien me un�an las vicisitudes profesionales. Porque aquel cad�ver fresco, cobrando conciencia finalmente de forma aterradora, con los ojos dilatados por el recuerdo de su �ltima escena en la tierra, manote� fren�tico en una lucha de vida o muerte con el aire y, de s�bito, se desplomo en una segunda y definitiva disoluci�n, de la que ya no pudo volver, profiriendo un grito que resonara eternamente en mi cerebro atormentado: � �Auxilio! �Aparta, maldito demonio pelirrojo... aparta esa condenada aguja! El Horror de las Sombras (H.P.Lovecraft) Muchos hombres han contado cosas espantosas, no referidas en letra impresa, que sucedieron en los campos de batalla durante la Gran Guerra. Algunas de estas cosas me han hecho palidecer; otras, me han producido unas nauseas incontenibles, mientras que otras me han hecho temblar y volver la mirada hacia atr�s en la oscuridad; sin embargo, creo que puedo relatar la peor de todas: el espantoso, antinatural e incre�ble horror de las sombras. En 1915 estaba yo como m�dico con el grado de teniente en un regimiento canadiense en Flandes, siendo uno de los numerosos americanos que se adelantaron al gobierno mismo en la gigante contienda. No hab�a ingresado en el ej�rcito por iniciativa propia, sino m�s bien como consecuencia natural de haberse alistado el hombre de quien era yo ayudante indispensable: el celebre cirujano de Bolton, doctor Herbert West. El doctor West se hab�a mostrado siempre deseoso de poder prestar servicio como cirujano en una gran guerra; y cuando dicha posibilidad se present�, me arrastr� consigo en contra de mi voluntad. Hab�a motivos por los que yo me hubiera alegrado de que la guerra nos separase; motivos por los que encontraba la pr�ctica de la medicina y la compa��a de West cada vez m�s irritante; pero cuando se march� a Ottawa, y consigui� por medio de la influencia de un colega una plaza de comandante m�dico, no me pude resistir a la autoritaria insistencia de aquel hombre decidido a que le acompa�ase en mi calidad habitual. Cuando digo que el doctor West estuvo siempre ansioso de poder servir en el campo de batalla no me refiero a que fuese guerrero por naturaleza ni que anhelase salvar la civilizaci�n. Siempre hab�a sido una fr�a maquina intelectual; flaco, rubio, de ojos azules y con gafas; creo que se re�a secretamente de mis ocasionales entusiasmos marciales y de mis criticas a la indolente neutralidad. Sin embargo, hab�a algo en la devastada Flandes que �l quer�a; y a fin de conseguirlo, tuvo que adoptar aspecto militar. Lo que pretend�a no era lo que pretenden muchas personas, sino algo relacionado con la rama particular de la ciencia m�dica que �l hab�a logrado practicar de forma completamente clandestina y en la cual hab�a conseguido resultados asombrosos y, de vez en cuando, horrendos. Lo que quer�a no era otra cosa, en realidad, que abundante provisi�n de muertos recientes, en todos los estados de desmembramiento. Herbert West necesitaba cad�veres frescos porque el trabajo de su vida era la reanimaci�n de los muertos. Este trabajo no era conocido por la distinguida clientela que hab�a hecho crecer r�pidamente su fama, a su llegada a Boston; en cambio yo lo conoc�a demasiado bien, ya que era su mas �ntimo amigo y ayudante desde nuestros tiempos de la Facultad de Medicina, en la Universidad Miskatonic de Arkham. Fue en aquellos tiempos de la universidad cuando inici� sus terribles experimentos, primero con peque�os animales y luego con cad�veres humanos conseguidos de manera horrenda. Hab�a obtenido una soluci�n que inyectaba en las venas de los muertos; y si eran bastante frescos, reaccionaban de maneras extra�as. Hab�a tenido muchos problemas para descubrir la f�rmula adecuada, pues cada tipo de organismo necesitaba un est�mulo especialmente apto para �l. El terror le dominaba, cada vez que pensaba en los fracasos parciales: seres atroces, resultado de soluciones imperfectas o de cuerpos insuficientemente frescos. Cierto n�mero de estos fracasos hab�an seguido con vida � uno de ellos se encontraba en un manicomio, mientras que otros hab�an desaparecido� ; y como �l pensaba en las eventualidades imaginables, aunque pr�cticamente imposibles, se estremec�a a menudo, debajo de su aparente impasibilidad habitual. West se hab�a dado cuenta muy pronto de que el requisito fundamental para que los ejemplares sirviesen era su frescura, as� que hab�a recurrido al procedimiento espantoso y abominable de robar cad�veres. En la universidad, y cuando empezamos a ejercer en el pueblo industrial de Bolton, mi actitud respecto a �l hab�a sido de fascinada admiraci�n; pero a medida que sus procedimientos se hac�an mas osados, un solapado terror se fue apoderando de m�. No me gustaba la forma en que miraba a las personas vivas de aspecto saludable; luego, ocurri� aquella escena de pesadilla en el laboratorio del s�tano, cuando me enter� de que cierto ejemplar a�n estaba vivo cuando West se hab�a apoderado de �l. Fue la primera vez que hab�a podido revivir la funci�n del pensamiento racional en un cad�ver; y este �xito, conseguido a costa de semejante abominaci�n, le hab�a endurecido por completo. No me atrevo a hablar de sus m�todos durante los cinco a�os siguientes. Segu� a su lado por puro miedo, y presenci� escenas que la lengua humana no podr�a repetir. Gradualment�, llegue a darme cuenta de que el propio Herbert West era m�s horrible que todo lo que hac�a... fue entonces cuando comprend� claramente que su celo cient�fico por prolongar la vida en otro tiempo normal hab�a degenerado sutilmente en una curiosidad meramente morbosa y macabra y en una secreta complacencia en la visi�n de los cad�veres. Su inter�s se convirti� en perversa afici�n por lo repugnante y lo diab�licamente anormal; se recreaba con tranquilidad en monstruosidades artificiales ante las que cualquier persona en su sano juicio caer�a desvanecida de repugnancia y de horror; detr�s de su p�lido intelectualismo, se convirti� en un exigente Baudelaire del experimento f�sico, en un l�nguido Heliog�balo de las tumbas. Afrontaba imperturbable los peligros y comet�a cr�menes con impasibilidad. Creo que el momento cr�tico lleg� al comprobar que pod�a restituir la vida racional, y busc� nuevos �mbitos que conquistar experimentando en la reanimaci�n de partes seccionadas de los cuerpos. Ten�a ideas extravagantes y originales sobre las propiedades vitales independientes de las c�lulas org�nicas y los tejidos nerviosos separados de sus sistemas ps�quicos naturales; y obtuvo ciertos resultados espantosos preliminares en forma de tejidos imperecederos, alimentados artificialmente a partir de huevos semi-incubados de un reptil tropical indescriptible. Hab�a dos cuestiones biol�gicas que ansiaba terriblemente establecer: primero, si pod�a darse alg�n tipo de conciencia o actividad racional sin cerebro, en la m�dula espinal y en los diversos centros nerviosos; y segundo, si exist�a alguna clase de relaci�n et�rea, intangible, distinta de las c�lulas materiales, que uniese las partes quir�rgicamente separadas que previamente hab�an constituido un solo organismo vivo. Todo este trabajo cient�fico requer�a una prodigiosa provisi�n de carne humana reci�n muerta... y esa fue la raz�n por la que Herbert West particip� en la Gran Guerra. El horrendo y abominable suceso ocurri� una medianoche, a finales de marzo de 1915, en un hospital de campa�a detr�s de las l�neas de St. Eloi. A�n ahora me pregunto si no fue meramente la diab�lica ficci�n de un delirio. West se hab�a montado un laboratorio particular en el lado este del edificio que se le hab�a asignado provisionalmente, alegando que deseaba poner en pr�ctica nuevos y radicales m�todos para el tratamiento de los casos de mutilaci�n hasta ahora desesperados. All� trabajaba como un carnicero, en medio de su sanguinolenta mercanc�a. Jam�s llegu� a acostumbrarme a la ligereza con que �l manejaba y clasificaba determinado material. A veces hacia verdaderas maravillas de cirug�a en los soldados; pero sus principales satisfacciones eran de car�cter menos p�blico y filantr�pico, y se vio obligado a dar muchas explicaciones acerca de ruidos extra�os a�n en medio de aquella babel de condenados, entre los que hab�a frecuentes disparos de rev�lver... cosa corriente en un campo de batalla, aunque completamente inusitada en un hospital. Los ejemplares reanimados por el doctor West no reun�an condiciones para recibir una larga existencia ni ser contemplados por un amplio n�mero de espectadores. Adem�s del humano, West utilizaba gran cantidad de tejido embrionario de reptiles que �l cultivaba con resultados singulares. Era mejor que el material humano para conservar con vida los fragmentos privados de �rganos, y esa era ahora la principal actividad de mi amigo. En un oscuro rinc�n del laboratorio; sobre un extra�o mechero de incubaci�n, ten�a una gran cuba tapada, llena de esa sustancia celular de reptiles que se multiplicaba y crec�a de forma borboteante y horrenda. La noche de que hablo ten�amos un ejemplar nuevo y espl�ndido: un hombre f�sicamente fuerte y a la vez de tan elevada inteligencia, que nos garantizaba un sistema nervioso sensible. Resultaba ir�nico; porque se trataba del oficial que hab�a ayudado a que se le concediese a West su destino, y que ahora ten�a que haber sido nuestro socio. Es m�s; en el pasado, hab�a estudiado secretamente la teor�a de la reanimaci�n bajo la direcci�n de West. El comandante Sir Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., era el mejor cirujano de nuestra divisi�n, y hab�a sido designado precipitadamente al sector de St. Eloi cuando llegaron al cuartel general noticias del recrudecimiento de la lucha. Efectu� el viaje en un avi�n pilotado por el intr�pido teniente Ronald Hill, s�lo para ser derribado precisamente en el punto de su destino. La ca�da fue tremenda y espectacular, Hill qued� irreconocible; en cuanto al gran cirujano, el accidente le secciono la cabeza casi por entero, aunque el resto del cuerpo estaba intacto. West se apoder� ansiosamente de aquel despojo inerte que hab�a sido su amigo y compa�ero de estudios; me estremec� al verle terminar de separar la cabeza, colocarla en la diab�lica cuba de pulposo tejido de reptiles con objeto de conservarla para futuros experimentos, y seguir manipulando el cuerpo decapitado sobre la mesa de operaciones. Inyect� sangre nueva, uni� determinadas venas, arterias y nervios del cuello sin cabeza, y cerr� la horrible abertura injertando piel de un ejemplar no identificado que hab�a llevado uniforme de oficial. Yo sab�a lo que pretend�a: comprobar si este cuerpo sumamente organizado pod�a dar, sin cabeza, alguna se�al de vida mental que hab�a distinguido a sir Eric Moreland Clapman-Lee, estudioso en otro tiempo de la reanimaci�n. Este tronco mudo era ahora requerido espantosamente a servir de ejemplo. A�n puedo ver a Herbert West bajo la siniestra luz de la l�mpara, inyectando la soluci�n reanimadora en el brazo del cuerpo decapitado. No puedo describir la escena, me desmayar�a si lo intentara, ya que era enloquecedora aquella habitaci�n repleta de horribles objetos clasificados, con el suelo resbaladizo a causa de la sangre y otros desechos menos humanos que formaban un barro cuyo espesor llegaba casi hasta el tobillo, y aquellas horrendas anormalidades de reptiles salpicando, burbujeando y cociendo sobre el espectro azulenco y vacilante de llama, en un rinc�n de negras sombras. El ejemplar, como West coment� repetidas veces, pose�a un sistema nervioso espl�ndido. Esperaba mucho de �l; y cuando empez� a manifestar leves movimientos de contracci�n, pude ver el inter�s febril reflejado en el rostro de: West. Creo que estaba preparado para presenciar la prueba de su cada vez m�s s�lida opini�n de que la conciencia, la raz�n y la personalidad pueden subsistir independientemente del cerebro... de que el hombre no posee un esp�ritu central conectivo, sino que es meramente una m�quina de materia nerviosa en la que cada secci�n se encuentra m�s o menos completa en s� misma. En una triunfal demostraci�n, West estaba a punto de relegar el misterio de la vida a la categor�a de mito. El cuerpo ahora se contra�a m�s vigorosamente; y bajo nuestros ojos �vidos, empez� a jadear de forma horrible. Agit� los brazos con desasosiego, alz� las piernas, y contrajo varios m�sculos en una especie de contorsi�n repulsiva. Luego, aquel despojo sin cabeza levant� los brazos en un gesto de inequ�voca desesperaci�n... de una desesperaci�n inteligente, que bastaba para confirmar todas las teor�as de Herbert West. Evidentemente, los nervios recordaban el �ltimo acto en vida del hombre: la lucha por librarse del avi�n que se iba a estrellar. No s� exactamente, qu� fue lo que sigui�. Tal vez se trata s�lo de una alucinaci�n provocada por la impresi�n que sufr� en aquel instante al iniciarse el bombardeo alem�n que destruy� el edificio... �qui�n sabe, ya que West y yo fuimos los �nicos supervivientes? West prefer�a pensar que fue eso, antes de su reciente desaparici�n; pero hab�a ocasiones en que no pod�a, porque era extra�o que sufri�ramos los dos la misma alucinaci�n. El horrendo incidente fue simple en s� mismo, aunque excepcional por lo que implicaba. El cuerpo de la mesa se levant� con un movimiento ciego, vacilante terrible; y o�mos un sonido gutural. No me atrevo a decir que se trataba de una voz, porque fue demasiado espantoso. Sin embargo, lo m�s horrible no fue su cavernosidad. Ni tampoco lo que dijo, ya que grit� tan solo: "�Salta, Ronald, por Dios!. �Salta!". Lo espantoso fue su procedencia: porque brot� de la gran cuba tapada de aquel rinc�n macabro de oscuras sombras. Las Legiones de la Tumba (H.P.Lovecraft) Cuando desapareci� el doctor Herbert West, hace un a�o, la polic�a de Boston me someti� a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba cosas, o algo peor; pero no pod�a decirles la verdad porque no me habr�an cre�do. Sab�an, efectivamente, que West hab�a estado complicado en actividades que iban m�s all� de la capacidad de cr�dito de los hombres ordinarios; pues sus espantosos experimentos sobre la reanimaci�n de cad�veres hab�an sido demasiado numerosas para poder mantener un perfecto secreto en torno a ellos; pero la escalofriante cat�strofe final adquiri� caracteres de demon�aca fantas�a que me hacen dudar incluso de la realidad de lo que vi. Yo era el amigo m�s allegado de West, y su �nico ayudante confidencial. Nos hab�amos conocido a�os antes en la Facultad de Medicina, y desde el principio hab�a participado yo en sus terribles investigaciones. Hab�a intentado perfeccionar lentamente una soluci�n que, inyectaba en las venas de un reci�n fallecido, pod�a devolverle la vida. Este trabajo requer�a abundancia de cad�veres frescos, y comportaba, consiguientemente, las actividades m�s espantosas. M�s horribles aun eran los resultados de alguno de sus experimentos: masas horrendas de carne que hab�a estado muertas, pero que West despertaba, dot�ndola de una ciega, insensata y nauseabunda animaci�n. Estos eran los resultados usuales; ya que para que volviera a despertar la mente era necesario que los ejemplares fuesen absolutamente frescos, y que las delicadas c�lulas cerebrales no hubiesen sufrido la m�s m�nima descomposici�n. Esta necesidad de cad�veres muy frescos supuso la ruina moral de West. Eran dif�ciles de conseguir; y un d�a espantoso lleg� a apoderarse de un ejemplar cuando aun estaba vivo y en todo su vigor. Un forcejeo, una aguja, y un poderoso alcaloide lo convirtieron en cad�ver fresqu�simo, y el experimento fue positivo durante un instante breve y memorable; pero West sali� de �l con un alma seca y endurecida, y una mirada fr�a que observaba con una especie de calculadora y horrenda apreciaci�n de los hombres de cerebro especialmente sensible y un f�sico vigoroso. Hacia el final, cobr� a West un intenso terror, ya que empezaba a mirarme de esa misma manera. La gente no parec�a darse cuenta de sus miradas, aunque me notaba asustado; y tras su desaparici�n, se valieron de eso para propalar unas sospechas absurdas. En realidad West tenia m�s miedo que yo; sus abominables trabajos le hac�an llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la polic�a quien le daba miedo; pero a veces su nerviosismo era m�s hondo y brumoso, y estaba relacionado con abominaciones indescriptibles a las que hab�a inyectado una vida morbosa, y en las que no hab�a visto extinguirse dicha vida. Por lo general, terminaba sus experimentos con el rev�lver; pero a veces no era bastante r�pido. Es lo que ocurri� con aquel primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron m�s tarde huellas de ara�azos. Y lo que sucedi� tambi�n con el cad�ver de aquel profesor de Arkham que cometi� actos de canibalismo antes de ser capturado y encerrado sin identificar en una celda del manicomio de Sefton donde estuvo seis a�os golpe�ndose la cabeza contra las paredes. Casi todos los dem�s resultados que posiblemente subsist�an eran productos de lo que resulta m�s dif�cil hablar, dado que en los �ltimos a�os, el celo cient�fico de West hab�a degenerado en una man�a insana y fant�stica, y hab�a consagrado su prodigiosa habilidad a vitalizar cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cad�veres, o partes unidas a una materia org�nica no humana. En la �poca en que desapareci�. Se hab�a convertido en algo diab�licamente repugnante; muchos de los experimentos no podr�an ser referidos en la letra impresa. La Gran Guerra, en la que servimos los dos como cirujanos, hab�a intensificado este aspecto de West. Al decir que el miedo de West a sus ejemplares era brumoso pensaba sobre todo en el car�cter complejo de ese sentimiento. En parte se deb�a s�lo al hecho de saber que a�n segu�an existiendo esos monstruos abominables, y en parte a su miedo al da�o corporal que pod�an infringirle en determinadas circunstancias. La desaparici�n de estos seres aumentaban el horror de la situaci�n: West s�lo conoc�a el paradero de uno de ellos, la lastimosa criatura del Manicomio. Pero, adem�s, hab�a un miedo m�s sutil: una sensaci�n verdaderamente fant�stica, consecuencia de un extra�o experimento que llev� a cabo en el ej�rcito canadiense, en 1915. En medio de una enconada batalla, West hab�a reanimado al comandante Eric Moreland Clapman-Lee, D.S.O., colega nuestro que estaba al tanto de sus experimentos, y el cual pod�a haberlos duplicado. Le hab�a seccionado la cabeza a fin de poder estudiar las posibilidades de vida cuasi-inteligente del tronco. El experimento dio resultado en el mismo instante en que el edificio era barrido por una granada alemana. El tronco se movi� de forma inteligente; y, por incre�ble que parezca, tuvimos la seguridad de que brotaron sonidos articulados de la cabeza seccionada que estaba en el fondo oscuro del laboratorio. En cierto modo, la granada fue misericordiosa. Pero West jam�s estuvo seguro, como habr�a sido su deseo, de que fu�ramos el y yo los �nicos supervivientes. Despu�s, sol�a hacer estremecedoras conjeturas sobre lo que ser�a capaz de hacer un m�dico decapitado con capacidad para reanimar a los muertos. La ultima residencia de West fue una venerable casa, muy elegante, que dominaba uno de los m�s antiguos cementerios de Boston. Hab�a escogido el lugar por razones puramente simb�licas y fant�sticas, ya que la mayor�a de los enterramientos databan del periodo colonial, y por tanto era muy poca utilidad para un cient�fico que necesitaba cad�veres frescos. Hab�a instalado el laboratorio en un subs�tano secretamente construido por obreros tra�dos de otra regi�n, y en �l ten�a un gran incinerador para la total y discreta eliminaci�n de los cad�veres, fragmentos y remedos sint�ticos de cuerpos que quedaban de los morbosos experimentos e imp�as diversiones del due�o. Durante la excavaci�n de este s�tano, los obreros hab�an dado con cierta alba�iler�a extraordinariamente antigua; sin duda comunicaba con el viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para que desembocara en ning�n sepulcro conocido. Despu�s de muchos c�lculos, West concluy� que deb�a de haber alguna c�mara secreta bajo la tumba de los Averill, en la que el �ltimo enterramiento se hab�a efectuado en 1768. Yo estaba con �l cuando estudi� las paredes goteantes y nitrosas que hab�an dejado al descubierto las palas y los picos de los obreros, y estaba preparado para el espantoso escalofr�o que nos aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y seculares; pero por primera vez, la nueva timidez de West se impuso a su natural curiosidad, y traiciono su degenerada fibra imponi�ndole que dejase intacta la alba�iler�a y la tapase con yeso. Y as� permaneci�, hasta la noche infernal, como parte de las paredes del laboratorio secreto. He hablado del debilitamiento de West, pero debo a�adir que era puramente mental e intangible. Exteriormente, fue el mismo hasta el final: tranquilo, fr�o, delgado, con el pelo amarillo, ojos azules y con gafas, y un aspecto general de joven que los a�os y los terrores no llegaron a cambiar. Parec�a sereno incluso cuando pensaba en aquella sepultura ara�ada y miraba por encima del hombro, o cuando pensaba en aquel ser carn�voro que mord�a y manoteaba los barrotes de Sefton. El final de Herbert West comenz� una tarde, en nuestro despacho com�n, cuando alternaba su extra�a mirada entre el peri�dico y yo. Un curioso titular hab�a atra�do su atenci�n desde las arrugadas p�ginas, y una zarpa tit�nica pareci� atraparle desde diecis�is a�os atr�s. En el manicomio de Sefton, a cincuenta millas de distancia hab�a sucedido algo espantoso e incre�ble que hab�a dejado estupefactos al vecindario y perpleja a la polic�a. A primeras horas de la madrugada; un grupo de hombres silenciosos hab�a penetrado en el parque de la instituci�n y su jefe hab�a despertado a los celadores. Era una amenazadora figura militar que hablaba sin mover los labios; cuya voz parec�a conectada casi ventrilocuamente a un gran estuche negro que, transportaba. Su inexpresivo rostro ten�a las facciones bien parecidas, hasta a punto de dar la impresi�n de una belleza radiante, aunque el director se hab�a llevado un sobresalto cuando la luz del vest�bulo cay� sobre �l, ya que era un rostro de cera, y los ojos de cristal pintado. Debi� de sucederle alg�n accidente atroz a este hombre. Otro, m�s alto, guiaba sus pasos: un sujeto repugnante cuya cara azulenca aparec�a medio devorada por alguna enfermedad desconocida. El que hablaba pidi� que le cediesen la custodia del monstruo can�bal tra�do de Arkham hacia diecis�is a�os; y al serle negada, dio una se�al que provoc� un espantoso alboroto. Los demonios aquellos golpearon, patearon y mordieron a todos los celadores que no lograron huir; mataron a cuatro, y finalmente consiguieron liberar al monstruo. Estas v�ctimas, que pod�an recordar el suceso sin histerismos, juraban que las criaturas se hab�an comportado menos como hombres que como puros aut�matas guiados por el jefe de cabeza de cera. Cuando les lleg� ayuda, aquellos hombres y la criatura can�bal hab�an desaparecido sin dejar rastro. Desde el momento en que ley� el art�culo, hasta la medianoche, West permaneci� casi paralizado. A las doce son� el timbre de la puerta y se sobresalt� terriblemente. Todos los criados se encontraban durmiendo en el �tico, de modo que fui yo a abrir. Como he contado a la polic�a, no hab�a ning�n veh�culo en la calle; s�lo vi un grupo de figuras de aspecto extra�o, con un gran estuche cuadrado que depositaron en la entrada, despu�s de gru�ir uno de ellos con voz asombrosamente inhumana: "Correo urgente; pagado". Salieron de la casa con paso desigual, y al verles alejarse, tuve el extra�o convencimiento de que se dirig�an al antiguo cementerio con el que lindaba la parte de atr�s de la casa. Al o�rme cerrar la puerta de golpe, baj� West y mir� la caja. Ten�a unos dos pies cuadrados, y llevaba el nombre correcto de West, con su actual direcci�n. Tambi�n tra�a remitente: "Eric Moreland Clapman-Lee, St. Clare. Eloi, Flandes". Seis a�os antes, en Flandes, el hospital se hab�a derrumbado, a causa de una granada, sobre el tronco decapitado y reanimado del doctor Clapman-Lee, y sobre su cabeza separada, la cual � quiz� hab�a llegado a proferir sonidos articulados. Ahora West ni siquiera se emocion�. Su estado era m�s espantoso. Dijo r�pidamente: "Es el fin... pero incineremos... esto". Transportamos la caja al laboratorio, con el o�do atento. No recuerdo muchos de los detalles � ya pueden imaginar mi estado ps�quico� , pero es una mentira maliciosa decir que fue el cuerpo de Hebert West lo que met� en el incinerador. Entre los dos, introdujimos la caja sin abrir, cerramos la puerta, y conectamos la corriente. Y no brot� sonido alguno la caja. Fue West quien observ� primero que se ca�a el yeso de una parte de la pared, donde hab�a sido cubierta la antigua alba�iler�a de la tumba. Iba yo a echar a correr, pero �l me retuvo. Entonces vi una peque�a abertura negra, sent� una bocanada de viento fr�o y hediondo, y percib� el olor de las entra�as abominables de una tierra putrescente. No o�mos ning�n ruido; pero en ese preciso instante se apagaron las luces, y vi recortarse contra cierta fosforescencia del mundo inferior una horda de seres silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la locura... o de algo peor. Sus siluetas eran humanas, semihumanas; se trataba de una horda grotescamente heterog�nea. Retiraban las piedras en silencio, una a una, del muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante ancha, entraron al laboratorio en fila de a uno, guiados por el ser de paso solemne y cabeza de cera. Una especie de monstruosidad con ojos desorbitados que marchaba detr�s del jefe agarr� a Herbert West. West no se resisti� ni profiri� grito alguno. Luego se abalanzaron todos sobre �l y lo despedazaron ante mis ojos, llev�ndose sus trozos a la cripta subterr�nea de fabulosas abominaciones. El jefe de cabeza de cera, que iba vestido con uniforme de oficial canadiense, se llev� la cabeza de West. Al desaparecer, vi que sus ojos azules; detr�s de las gafas, centelleaban espantosamente, revelando por primera vez una fren�tica y visible emoci�n. Los criados me encontraron inconsciente por la ma�ana. West hab�a desaparecido. E1 incinerador conten�a s�lo ceniza inidentificable. Los detectives me han interrogado; pero, �qu� puedo decir?. No relacionar�n a West, con la tragedia de Sefton; ni con eso, ni con los hombres de la caja, cuya existencia niegan. Les he hablado de la cripta; pero ellos me han, ense�ado el yeso intacto de la pared, y se han re�do. As� que no les he contado nada m�s. Quieren dar a entender que estoy loco, o que soy un asesino... probablemente es que estoy loco. Pero podr�a no ser as�, si esas condenadas legiones de las tumbas no estuviesen tan calladas. El (H.P.Lovecraft) Le vi una noche de insomnio, cuando paseaba desesperadamente, tratando de salvar mi alma y mis visiones. Mi traslado a Nueva York hab�a sido una equivocaci�n; porque al buscar el prodigio y la inspiraci�n en los laberintos hormigueantes de calles antiguas que serpean interminablemente desde olvidados patios y plazas y muelles hasta patios y plazas y muelles olvidados tambi�n, y en las torres cicl�peas y pin�culos que se yerguen negros y babil�nicos bajo lunas menguantes, no hab�a encontrado sino una sensaci�n de horror y de opresi�n que amenazaba con dominarme, paralizarme y aniquilarme. El desencanto hab�a sido gradual. Al llegar por primea vez a la ciudad, la vi en el crep�sculo desde un puente, majestuosa por encima de las aguas, sus incre�bles c�spides y pir�mides alz�ndose delicadamente, como flores, entre estanques de bruma violeta, para jugar con las nubes encendidas y los luceros de la tarde. Luego se encendi�, ventana tras ventana, por encima de las tr�mulas corrientes donde hab�a linternas que cabeceaban y se deslizaban, y unos cuernos profundos emit�an gemidos espectrales, y ella misma se convirti� en un estrellado firmamento de sue�os, saturada de m�gica m�sica, e identific�ndose con las maravillas de Carcassonne y Samarcanda y El Dorado, y con todas las ciudades gloriosas y m�sticas. Poco despu�s me llevaron por esos rincones antiguos, tan caros a mi fantas�a: estrechos, tortuosos callejones y pasadizos donde parpadeaban las fachadas de rojo ladrillo georgiano con sus buhardillas de cristales peque�os sobre portales con columnas que en otros tiempos vieron doradas sillas de mano y decoradas carrozas..., y al descubrir, en mi primer entusiasmo, todas estas cosas largo tiempo deseadas, cre� haber alcanzado efectivamente los tesoros que con el tiempo har�an de m� un poeta. Pero no iban a llegar a m� el �xito y la felicidad. La chillona luz del d�a revel� tan s�lo mugre, nociva elefantiasis de piedra que se elevaba y se extend�a, all� donde la luna hab�a puesto encanto y magia antigua; y las multitudes de gentes que herv�an por las calles en riadas estaban formadas por extranjeros rechonchos y atezados de rostro duro y ojos estrechos, extranjeros astutos, sin sue�os ni afinidades con el paisaje de su entorno, y que jam�s tendr�an cosa alguna que ver con un hombre de ojos azules del antiguo pueblo que lleva las verdes callejuelas y los limpios y blancos campanarios de las villas de Nueva Inglaterra en el coraz�n. As� que, en vez de la inspiraci�n po�tica que hab�a esperado, me lleg� s�lo una negrura estremecedora y una soledad indecible; y comprend� al fin la espantosa verdad que nadie se hab�a atrevido jam�s a formular -el inconfesable secreto de los secretos-: que esta ciudad hecha de piedra y de estridencias no es una perpetuaci�n sensible del viejo Nueva York, como Londres lo es del viejo Londres y Par�s del viejo Par�s, sino que est� completamente muerta; con el cuerpo imperfectamente embalsamado estaba con vida. Tan pronto como hice este descubrimiento, dej� de dormir tranquilo; sin embargo, recobr� cierta resignada serenidad cuando, poco a poco, fui adquiriendo la costumbre de no pisar la calle durante el d�a y de salir s�lo de noche, cuando la oscuridad invoca lo poco del pasado que a�n subsiste de manera espectral, y los viejos portales blancos recuerdan las figuras vigorosas que en otro tiempo los cruzaron. Con esta especie de consuelo escrib� algunos poemas, y hasta reprim� mis deseos de regresar con los m�os, para no dar la impresi�n de que volv�a arrastr�ndome en innoble fracaso. Entonces, durante uno de estos paseos noct�mbulos, conoc� al hombre. Fue en un patio tenebroso y oculto del barrio de Greenwich, donde me hab�a instalado en mi ignorancia, ya que hab�a o�do decir que aquel sitio era el hogar natural de los poetas y los artistas. Efectivamente, me encantaron las arcaicas callejuelas y las inesperadas plazoletas y patios; y cuando descubr� que los poetas y los artistas eran unos pretenciosos vociferantes cuya originalidad es toda oropel y cuyas vidas son la negaci�n de toda la pura belleza que es la poes�a y el arte, segu� viviendo all� por amor a esas cosas venerables. Las imaginaba como fueron al principio, cuando Greenwich era un pueblecito apacible a�n no absorbido por la ciudad; y en las horas previas al amanecer, cuando todos los trasnochadores se hab�an escabullido, sol�a vagar a solas por los rincones misteriosos y meditar sobre los curiosos arcanos que las generaciones debieron de depositar all�. Esto me manten�a viva el alma, y me proporcionaba algunos de esos sue�os y visiones por los que clamaba el poeta que hab�a en lo m�s profundo de m�. El hombre me abord� hacia las dos, una nublada madrugada de agosto, cuando deambulaba yo por una serie de patios independientes, ahora accesibles s�lo por unos pasajes oscuros que cruzaban los edificios que se interpon�an, aunque en otro tiempo formaron parte de una red continua de callejas pintorescas. Hab�a o�do hablar de esos patios vagamente, y comprend� que hoy no deb�an de figurar ya en ning�n plano; pero el hecho de que hubieran sido olvidados s�lo los hac�a m�s atractivos para m�, de forma que los buscaba con redoblado inter�s. Y ahora que los hab�a encontrado mi ansiedad aument� a�n m�s, pues su disposici�n indicaba de alg�n modo que quiz� eran �stos s�lo unos pocos de un conjunto m�s vasto, sus duplicados encajonados entre altas y lisas paredes y desiertas viviendas traseras, u ocultos y sin luces de de alg�n arco, respetados por las hordas de lenguas extranjeras y protegidos por furtivos y reservados artistas cuyas actividades no invitan a la publicidad y a la del d�a. Me habl�, sin que yo le hubiera dado pie para ello, al observar mi actitud y el inter�s con que miraba puertas con aldaba situadas en lo alto de las escaleras barandilla de hierro, ilumin�ndome entonces la cara el p�lido resplandor que sal�a por los dinteles ornamentales. La suya quedaba en la sombra, y llevaba un sombrero de ala ancha que, en cierto modo, armonizaba perfectamente con la anticuada capa que luc�a; pero me sent� vagamente inquieto aun antes de que dijera nada. Su figura era muy delgada -de una delgadez casi cadav�rica-, y su voz result� ser excepcionalmente suave y cavernosa aunque no especialmente profunda. Dijo que me ha estado observando durante algunos de mis vagabundeos y hab�a notado que amaba como �l los vestigios de tiempos pasados. �No me gustar�a que me guiara alguien muy experto en estas exploraciones, y con una informaci�n sobre tales lugares mucho mayor que la que un reci�n llegado pod�a conseguir? Mientras hablaba, vi fugazmente su rostro a la luz amarillenta de una ventana solitaria que brillaba en una buhardilla. Era un semblante noble, incluso hermoso, anciano, y mostraba los signos distintivos de un linaje y refinamiento poco com�n en esa �poca y lugar. Sin embargo, ten�a cierta calidad que me produc�a desasosiego casi en la misma medida en que me agradaba su semblante: quiz� era demasiado p�lido, o desentonaba excesivamente mente con la ciudad, para que yo me sintiera c�modo o a gusto. No obstante, le segu�, pues, en aquellos d�as mon�tonos, mi b�squeda de antiguas bellezas y misterios era lo �nico que manten�a viva mi alma, y me parec�a un raro favor del Destino toparme con alguien cuyas excursiones parec�an haber llegado mucho m�s all� que las m�as. --------------------------------- Hubo algo en la noche que oblig� al hombre de la capa a guardar silencio, y durante una hora larga me gui� sin conversaciones superfluas, haciendo tan s�lo brev�simos comentarios sobre nombres antiguos y fechas y cambios, e invit�ndome a caminar con un gesto amplio al adentrarnos por estrechas aberturas. Cruzamos de puntillas algunas traves�as, saltamos alguna tapia de ladrillo, hasta que nos internamos a gatas por un pasadizo de piedra bajo y abovedado, cuya inmensa longitud y tortuosas revueltas borraron al fin las referencias de situaci�n geogr�fica que hasta ahora hab�a procurado yo conservar. Las cosas que vimos eran muy viejas y maravillosas, o al menos lo parec�an, iluminadas por los escasos rayos de luz que nos las hac�an visibles; jam�s olvidar� las vacilantes columnas g�ticas, las pilastras estriadas y postes de verja hechos de hierro fundido y rematados con urnas, las ventanas de amplios dinteles y decorativos montantes en abanico m�s originales y extra�os cada vez a medida que nos intern�bamos en este interminable laberinto de desconocida antig�edad. No nos cruzamos con nadie y, a medida que pasaba el tiempo, se fueron haciendo m�s escasas las ventanas iluminadas. Los faroles de las calles que vimos al principio eran de aceite, y ten�an la antigua forma de rombo. Despu�s observ� que algunos eran de vela; por �ltimo, despu�s de atravesar a oscuras un patio horrible, por donde mi gu�a tuvo que conducirme con su mano enguantada, a trav�s de la m�s absoluta negrura, hasta una estrecha puerta de madera abierta en un alto muro, llegamos a un callej�n alumbrado s�lo por faroles espaciados cada siete casas; faroles de lata incre�blemente coloniales, con la parte superior c�nica y agujeros a los lados. El callej�n sub�a en una cuesta empinada -m�s empinada de lo que yo habr�a supuesto en esta parte de Nueva York-, y al final estaba bloqueado por el muro tapizado de hiedra de una propiedad particular, detr�s del cual pude distinguir una p�lida c�pula y las copas de unos �rboles que se balanceaban contra la vaga claridad del cielo. En este muro hab�a una puerta baja, arqueada, de negro roble y tachonada de clavos, que el hombre procedi� abrir con una pesada llave. Invit�ndome a pasar, abr� la marcha, en medio de la m�s completa oscuridad, lo que parec�a ser un sendero de grava, y finalmente subimos por una escalera de piedra hasta la puerta de la casa, que tambi�n abri� para m�. Entramos; y al hacerlo sent� que iba a desmayarme causa del intenso olor a aire estancado que nos recibe y que deb�a de ser fruto de malsanos siglos de descomposic��n. Mi anfitri�n pareci� no notarlo, y yo no dije nada por cortes�a. Subimos por una escalera que describ�a una curva, cruzamos un sal�n y pasamos a una habitaci�n cuya puerta o� que cerraba con llave detr�s de nosotros. Luego le vi correr las cortinas de tres ventanas cuyos cristales peque�os apenas eran visibles sobre el cielo que comenzaba a clarear; a continuaci�n se dirigi� a la chimenea, golpe� el pedernal con un eslab�n, encendi� dos velas de un candelabro de doce brazos y me hizo se�a que hablara bajo. A este d�bil resplandor descubr� que est�bamos en una amplia biblioteca, bien amueblada y revestida de madera que databa del primer cuarto del siglo XVIII con espl�ndidos frontones en la entrada, una encantadora cornisa d�rica y una chimenea con magn�ficos relieves, rematado con volutas y urnas. Sobre las estanter�as, a lo largo de las paredes, hab�a a intervalos retratos de familia de buena factura, todos deslustrados y sumidos en enigm�tica oscuridad, y con un inequ�voco parecido con el hombre que ahora me indicaba una butaca junto a una graciosa mesa Chippendale. Antes de sentarse al otro lado, frente a m�, mi anfitri�n se detuvo un momento como con embarazo; luego, quit�ndose lentamente los guantes, el sombrero y la capa, se mostr� teatralmente con un traje claramente del per�odo georgiano, desde la coleta y la chorrera del cuello, a los calzones, calzas de seda y zap con hebilla en que yo no hab�a reparado antes. Luego, sent�ndose parsimoniosamente en una silla con respaldo en forma de lira, empez� a mirarme con atenci�n. Sin el sombrero, adquiri� un aspecto de extrema vejez hasta entonces apenas visible, y me pregunt� si no ser�a esta huella inadvertida de singular longevidad una de las causas de mi desasosiego. Cuando habl� al fin, not� que su voz suave, profunda, cuidadosamente amortiguada, temblaba con cierta frecuencia; a veces me costaba seguirle, mientras le escuchaba con una sensaci�n de asombro, y con una inconfesada alarma que me aumentaba a cada instante. -Est� usted, se�or -empez� a decir mi anfitri�n-, ante un hombre de costumbres muy exc�ntricas, que no necesita disculpar su indumentaria ante una persona de su ingenio e inclinaciones. Pensando en tiempos mejores, no he tenido el menor escr�pulo en estudiar sus costumbres y en adoptar su atuendo y sus modales; capricho que no ofende a nadie si se practica sin ostentaci�n. He tenido la buena fortuna de conservar el solar rural de mis antepasados, aunque ha quedado encerrado por dos ciudades; primero por Greenw�ch, que lleg� hasta aqu� despu�s de 1800, y luego por Nueva York, que se la anexion� hacia 1830. Ten�a muchos motivos para conservar este lugar estrechamente unido a mi familia, y en ning�n momento me he descargado de tales obligaciones. El propietario que tom� posesi�n de �l en 1768 estudi� ciertas artes e hizo ciertos descubrimientos, todos ellos relacionados con influjos que resid�an en este trozo concreto de terreno, y eran dignos de la m�s estrecha custodia. Ahora deseo mostrarle algunos efectos singulares de estas artes y descubrimientos, bajo el m�s estricto secreto; creo que puedo fiarme lo bastante de mi apreciaci�n de los hombres como para saber que cuento con su inter�s y su discreci�n. Call� un momento, y yo no pude hacer otra cosa que asentir con un movimiento de cabeza. He dicho que me sent�a alarmado; sin embargo, para m� no hab�a nada m�s devastador que el mundo material y diurno de Nueva York, y tanto si este hombre era un exc�ntrico inofensivo, o un experto en artes peligrosas, no ten�a otra elecci�n que seguirle y satisfacer mis ansias de asombro, fuera lo que fuese lo que �l tuviera que ofrecer. As� que prest� atenci�n. - A... mi antepasado -prosigui� en voz baja- le parec�a que hab�a ciertas cualidades excepcionales en la voluntad del ser humano; cualidades de un poder insospechado, no s�lo sobre los actos del propio yo y del de los dem�s, sino sobre toda clase de fuerza y sustancia de la Naturaleza, y sobre muchos elementos y dimensiones considerados m�s universales que la propia Naturaleza. �Puedo decir que se burlaba de la santidad de cosas tan grandes como el espacio y el tiempo, y que dio extra�os usos a los ritos de determinados pieles rojas mestizos que en el pasado sol�an acampar en esta colina? Estos indios se irritaron mucho cuando se construy� el edificio, y se volvieron insoportablemente tercos en su af�n de visitar sus jardines durante el plenilunio. Durante a�os entraron subrepticiamente, saltando la tapia cada mes, cuando pod�an, para ejecutar determinadas ceremonias secretas. Luego, en el 68, el nuevo propietario les sorprendi� in fraganti, y se qued� paralizado ante lo que vio. A partir de entonces negoci� con ellos, permiti�ndoles el libre acceso a sus terrenos a cambio de que le revelasen el sentido profundo de sus actos; y se enter� entonces de que parte de esta costumbre la hab�an heredado de sus antepasados pieles rojas, y, parte, de un viejo holand�s de los tiempos de los Estados Generales. Y, �maldita sea!, me temo que el propietario debi� de suministrarles un ron monstruosamente malo -intencionadamente o no-, y una semana despu�s de conocer el secreto era el �nico hombre vivo que lo conoc�a. Usted, se�or, es el primer extra�o que sabe de la existencia de tal secreto, y que me parta un rayo si me hubiese atrevido yo a hablar de... esos poderes... de no haberle visto tan tremendamente interesado por las cosas del pasado. Me estremec� al notar al hombre cada vez m�s locuaz, y al ver que su forma de hablar era bastante anticuada. Prosigui�: -Pero sepa, se�or, que lo que... el propietario logr� aprender de aquellos salvajes mestizos representaba s�lo una peque�a parte de lo que despu�s lleg� a saber. No en vano hab�a estudiado en Oxford, y hab�a tratado con un antiguo qu�mico y astr�logo de Par�s. En resumidas cuentas, se dio cuenta de que el mundo no era sino el humo de nuestros intelectos; estaba fuera del alcance del vulgo, pero los sabios pod�an exhalarlo o inhalarlo como una bocanada de antiguo tabaco de Virginia. Aquello que queremos, podemos hacerlo surgir a nuestro alrededor; y lo que no, podemos hacerlo desaparecer. No pretendo que cuanto diga sea cierto en todos los sentidos; sin embargo, es lo bastante cierto como para proporcionar un precioso espect�culo de cuando en cuando. Supongo que le encantar�a tener, de determinadas �pocas, una visi�n m�s clara de la que puede proporcionarle su imaginaci�n; as� que le ruego que deseche cualquier temor ante lo que me propongo ense�arle. Venga a la ventana, y no hable. A continuaci�n, mi anfitri�n me cogi� de la mano y me llev� a una de las dos ventanas que se abr�an a un lado de la larga y maloliente estancia; y el contacto de sus dedos me transmiti� un fr�o que me recorri� todo el cuerpo. Su carne, aunque seca y firme, ten�a la calidad del hielo, y estuve a punto de zafarme de su presa. Pero nuevamente pens� en el vac�o y el horror de la realidad, y me dispuse intr�pidamente a seguirle adonde quisiera llevarme. Una vez en la ventana, el hombre descorri� las cortinas de seda amarilla y me indic� que mirase hacia la oscuridad exterior. Durante un instante, no vi nada, aparte de una mir�ada de lucecillas vacilantes all� lejos, muy lejos. Luego, como en respuesta a un movimiento insidioso de la mano de mi anfitri�n, un rel�mpago jug� por encima del paisaje, y descubr� que me asomaba a un mar de lujuriante follaje -de follaje no contaminado-, y no a un mar de tejados, como habr�a esperado cualquier mente normal. A mi derecha, el Hudson brillaba perversamente; y m�s all�, frente a m�, observ� el centelleo malsano de una inmensa marisma constelada de nerviosas luci�rnagas. Se apag� el rel�mpago, y una sonrisa maligna ilumin� el cer�leo rostro del viejo nigromante. -Eso fue antes de mis tiempos.... antes de los tiempos del nuevo propietario. Pero probemos otra vez. Sent� que me abandonaban las fuerzas, m�s a�n que ante la odiosa modernidad de aquella ciudad maldita. -�Dios m�o! -murmur�-; �puede hacer eso con cualquier �poca? Y al verle asentir, y descubrir los negros tocones de lo que en otro tiempo fueron dientes amarillos, me agarr� a las cortinas para evitar caerme. El me sujet� con su garra fr�a y terrible, y repiti� su gesto insidioso. Nuevamente surgi� un rel�mpago.... pero esta vez ilumin� un paisaje no del todo extra�o. Era Greenwich; el Greenwich de otros tiempos, con alg�n que otro tejado o fila de fachadas aqu� y all�, tal como los vemos hoy, aunque con verdeantes callejas y prados y herbosas zonas comunales. La marisma segu�a brillando m�s all�; pero a lo lejos vi los campanarios de lo que entonces era todo Nueva York, con las iglesias de la Trinidad, San Pablo y la llamada Brick Church dominando a sus hermanas, y una d�bil neblina de humo de le�a extendi�ndose por encima de todo. Aspir� profundamente, aunque no tanto por la visi�n misma como por las posibilidades que evoc� mi imaginaci�n aterrada. -�Podr�a.... se atrever�a... a alejarse m�s? -dije con temor; y creo que �l comparti� este temor durante un segundo, pero recobr� su sonrisa mal�vola. -�Alejarme m�s? �Lo que yo he visto le dejarla a usted petrificado! �Tanto hacia atr�s, muy atr�s, como hacia adelante, muy adelante..., �mire, est�pido pusil�nime! Y al tiempo que gru��a esta frase para s�, hizo un nuevo gesto, provocando en el cielo un rel�mpago m�s cegador que los dos anteriores. En espacio de tres segundos enteros pude ver una visi�n pandem�nica, y en esos segundos contempl� un paisaje que en adelante atormentar� siempre mis sue�os. Vi los cielos infestados de extra�os seres voladores y, por debajo de ellos, una ciudad negra e infernal de gigantescas terrazas de piedra, imp�as pir�mides que se elevaban salvajemente hasta la luna, e innumerables ventanas iluminadas con luces demon�acas. E, hirviendo de forma nauseabunda en a�reas galer�as, vi a las gentes amarillas y de ojos rasgados que poblaban esa ciudad, vestidas horriblemente de rojo y naranja y danzando insensatamente al son febril de unos timbales, al son del estr�pito obsceno de los cr�talos y el gemido man�aco de unos cuernos apagados cuyo incesante gemido sub�a y bajaba, ondulante como las olas de un oc�ano imp�o de bet�n. Vi este espect�culo, digo, y o� con los o�dos de la mente el blasfemo pandem�nium de cacofon�a que lo acompa�aba. Era la estridente materializaci�n de todo el horror que la ciudad cad�ver hab�a agitado siempre en mi alma; y olvidando la advertencia de que permaneciese callado, grit� y grit� y grit�, hasta que mis nervios se desmoronaron y los muros temblaron a mi alrededor. uego, cuando el rel�mpago se apag�, vi que mi anfitri�n temblaba tambi�n; una expresi�n de sobrecogido horror medio borraba la acerada contracci�n de furia que mis gritos hab�an provocado en �l. Se tambale�, se agarr� a las cortinas como hab�a hecho yo antes, y agit� la cabeza salvajemente como un animal atrapado. Bien sabe Dios que ten�a motivos; porque al apagarse el eco de mis gritos, se oy� un rumor tan infernalmente sugerente que s�lo la entumecida emoci�n me mantuvo consciente y due�o de mis sentidos. Era el crujido incesante y solapado de la escalera que hab�a al otro lado de la puerta, como si subiese por ella una horda de pies descalzos o calzados con mocasines; finalmente, se oyeron las firmes y cautelosas sacudidas del picaporte de lat�n, que centelle� a la d�bil luz de las velas. El anciano ara��, escupi� hacia m�, en el aire mohoso, y me ladr� cosas al tiempo que oscilaba agarrado a la cortina amarilla: -�La luna llena.... maldito... per... perr.. perro escandaloso.... t� los has llamado, y vienen por m�! �Pies con mocasines... de los muertos.... que Dios os confunda, demonios de piel roja! Yo no envenen� vuestro ron..., �acaso no he conservado a salvo vuestra magia ruin? Bebiste�s hasta poneros enfermos, y ahora quer�is echarle la culpa al propietario.... �fuera! Soltad el picaporte.... aqu� no ten�is nada que hacer... En aquel instante, tres golpes espaciados y muy deliberados sacudieron los entrepa�os de la puerta; y un blanco espumarajo aflor� a la boca del mago fren�tico. Su pavor, convirti�ndose en f�rrea desesperaci�n, dio lugar a que renaciera su furia contra m�; dio un paso tambaleante hacia la mesa en cuyo extremo me apoyaba yo. Se puso tirante la cortina que sujetaba su mano derecha, mientras que con la izquierda ara�aba en el aire hacia m�, pero al final se desprendi� de la alta barra que la sujetaba, dejando entrar en la habitaci�n un torrente de resplandor de la luna llena que el cielo, cada vez m�s claro, hab�a presagiado. Aquellos rayos verdosos hicieron palidecer las velas, y un nuevo aspecto de descomposici�n se extendi� por la mohosa habitaci�n, con el artesonado carcomido, el suelo combado, la chimenea ruinosa, los muebles desvencijados y las colgaduras harapientas. Y alcanz� al anciano tambi�n, acaso por la misma raz�n, o debido a su miedo y vehemencia, y le vi encogerse y ennegrecerse mientras se tambaleaba y trataba de destrozarme con sus garras de buitre. S�lo sus ojos permanec�an inc�lumes, y miraban con una saltona, dilatada incandescencia que iba en aumento al tiempo que su rostro se carbonizaba y consum�a. Se repitieron los golpes con m�s insistencia, y esta vez sonaron a metal. La negra entidad que ten�a delante hab�a quedado reducida a una cabeza con ojos que trataba impotente de arrastrarse por el suelo combado en direcci�n a m�, y lanzaba de cuando en cuando peque�os escupitajos de malicia inmortal. Ahora arreciaron los r�pidos y demoledores golpes contra los endebles entrepa�os, los astillaron, y vi el centelleo de un tomahawk al hender la madera destrozada. No me mov�, porque no me sent� capaz; pero observ� atontado mientras la puerta ca�a destrozada en medio del flujo de una sustancia negra salpicada de ojos relucientes y mal�volos. Se derram� como una espesa marea de aceite, revent� un tabique carcomido, volc� una silla al extenderse y finalmente se desparram� por debajo de la mesa y por todo el suelo de la habitaci�n como buscando la ennegrecida cabeza cuyos ojos segu�an mir�ndome. Se cerr�- en torno a ella, y la engull� totalmente; un momento despu�s empez� a retroceder, llev�ndose a su invisible presa sin tocarme a m�; se desplaz� hacia la puerta, y se retir� hacia la escalera cuyos pelda�os crujieron como antes, aunque en orden inverso. Luego, finalmente, cedi� el suelo, y me precipit� sin aliento en la oscura c�mara de abajo, atestada de telara�as, medio desvanecido de terror. La luna verde, brillando a trav�s de las rotas ventanas, me revel� la puerta del sal�n medio abierta; y mientras me levantaba del suelo sembrado de cascotes y me libraba del techo c�lido, vi pasar el torrente espantoso de negrura y centelleante de ojos siniestros y relucientes. Buscaba la puerta del s�tano, y, al encontrarla, desapareci� por ella. Ahora not� que el suelo de esta otra habitaci�n inferior estaba cediendo igual que el de la habitaci�n superior; a continuaci�n son� un estallido arriba que fue seguido por la ca�da de algo que vi pasar por la ventana de poniente, y que deb�a de estar en la c�pula. Desembarazado de los escombros, cruc� el piso y corr� hacia la puerta; al comprobar que no pod�a abrirla, agarr� una silla, romp� la ventana y salt� fren�ticamente por ella al c�sped descuidado donde la luz de la luna danzaba sobre la maleza y la yerba crecida. La tapia era alta, y todas las entradas estaban cerradas con llave; pero ayud�ndome con un mont�n de cajones que hab�a en un rinc�n, consegu� trepar a lo alto y sujetarme a una gran urna de piedra que all� hab�a. En mi agotamiento, no vi a mi alrededor m�s que extra�as paredes y ventanas y viejas techumbres holandesas. No descubr� en ninguna parte la empinada calle por la que hab�a subido al llegar, y lo poco-que consegu� distinguir qued� sumergido r�pidamente en la niebla que sub�a del r�o, a pesar del resplandor de la luna. De repente, la urna a la que me hab�a sujetado empez� a temblar, como si compartiese mi v�rtigo mortal; y un instante despu�s se solt� mi cuerpo, precipit�ndose no s� a qu� destino. El hombre que me encontr� dijo que deb� de arrastrarme durante largo trecho, a pesar de mis huesos rotos, ya que hab�a dejado un rastro de sangre hasta donde �l se hab�a atrevido a mirar. La lluvia que comenzaba a caer borr� muy pronto esta conexi�n con el escenario de mi ordal�a, y los informes s�lo pudieron determinar que sal� de alg�n lugar desconocido, llegando hasta la entrada de un patio peque�o y oscuro frente a Perry Street. Jam�s he intentado volver a esos laberintos tenebrosos, ni enviar�a all� a ning�n hombre en su sano juicio. No tengo idea de qu� ser era aqu�l; pero repito que la ciudad est� muerta y llena de horrores insospechados. No s� ad�nde habr� ido; yo he regresado a casa, a las callejuelas puras de Nueva Inglaterra por las que corre la suave brisa marina al atardecer. ------------------------------ La bestia en la cueva (H.P.Lovecraft) La horrible conclusi�n que se hab�a ido abriendo camino en mi esp�ritu de manera gradual era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laber�ntico recinto de la caverna de Mammoth. Dirigiese adonde dirigiese mi esforzada vista, no pod�a encontrar ning�n objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. No pod�a mi raz�n albergar la m�s ligera esperanza de volver jam�s a contemplar la bendita luz del d�a, ni de pasear por los agradables valles y colinas del hermoso mundo exterior. La esperanza se hab�a desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entera de estudios filos�ficos, obtuve una satisfacci�n no peque�a de mi conducta desapasionada; porque, aunque hab�a le�do con frecuencia sobre el salvaje frenes� en el que ca�an las v�ctimas de situaciones similares, no experiment� nada de esto, sino que permanec� tranquilo tan pronto como comprend� que estaba perdido. Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado hasta m�s all� de los l�mites en los que se me buscar�a. Si hab�a de morir -reflexion�-, aquella caverna terrible pero majestuosa ser�a un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; hab�a en esta concepci�n una dosis mayor de tranquilidad que de desesperaci�n. Mi destino final ser�a perecer de hambre, estaba seguro de ello. Sab�a que algunos se hab�an vuelto locos en circunstancias como esta, pero no acabar�a yo as�. Yo solo era el causante de mi desgracia: me hab�a separado del grupo de visitantes sin que el gu�a lo advirtiera; y, despu�s de vagar durante una hora aproximadamente por las galer�as prohibidas de la caverna, me encontr� incapaz de volver atr�s por los mismos vericuetos tortuosos que hab�a seguido desde que abandon� a mis compa�eros. Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estar�a envuelto en la negrura total y casi palpable de las entra�as de la tierra. Mientras me encontraba bajo la luz poco firme y evanescente, medit� sobre las circunstancias exactas en las que se producir�a mi pr�ximo fin. Record� los relatos que hab�a escuchado sobre la colonia de tuberculosos que establecieron su residencia en estas grutas tit�nicas, por ver de encontrar la salud en el aire sano, al parecer, del mundo subterr�neo, cuya temperatura era uniforme, para su atm�sfera e impregnado su �mbito de una apacible quietud; en vez de la salud, hab�an encontrado una muerte extra�a y horrible. Yo hab�a visto las tristes ruinas de sus viviendas defectuosamente construidas, al pasar junto a ellas con el grupo; y me hab�a preguntado qu� clase de influencia ejerc�a sobre alguien tan sano y vigoroso como yo una estancia prolongada en esta caverna inmensa y silenciosa. Y ahora, me dije con l�brego humor, hab�a llegado mi oportunidad de comprobarlo; si es que la necesidad de alimentos no apresuraba con demasiada rapidez mi salida de este mundo. Resolv� no dejar piedra sin remover, ni desde�ar ning�n medio posible de escape, en tanto que se desvanec�an en la oscuridad los �ltimos rayos espasm�dicos de mi antorcha; de modo que -apelando a toda la fuerza de mis pulmones- profer� una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atenci�n del gu�a. Sin embargo, pens� mientras gritaba que mis llamadas no ten�an objeto y que mi voz - aunque magnificada y reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba- no alcanzar�a m�s o�dos que los m�os propios. Al mismo tiempo, sin embargo, mi atenci�n qued� fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba el suave ruido de pasos aproxim�ndose sobre el rocoso pavimento de la caverna. �Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? �Habr�an sido entonces vanas todas mis horribles aprensiones? �Se habr�a dado cuenta el gu�a de mi ausencia no autorizada del grupo y seguir�a mi rastro por el laberinto de piedra caliza? Alentado por estas preguntas jubilosas que afloraban en mi imaginaci�n, me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, cuando, en un instante, mi deleite se convirti� en horror a medida que escuchaba: mi o�do, que siempre hab�a sido agudo, y que estaba ahora mucho m�s agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confuso la noci�n temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspond�an a ning�n ser humano mortal. Los pasos del gu�a, que llevaba botas, hubieran sonado en la quietud ultraterrena de aquella regi�n subterr�nea como una serie de golpes agudos e incisivos. Estos impactos, sin embargo, eran blandos y cautelosos, como producidos por las garras de un felino. Adem�s al escuchar con atenci�n, me pareci� distinguir las pisadas de cuatro patas, en lugar de dos pies. Qued� entonces convencido de que mis gritos hab�an despertado y atra�do a alguna bestia feroz, quiz�s a un puma que se hubiera extraviado accidentalmente en el interior de la caverna. Consider� que era posible que el Todopoderoso hubiese elegido para m� una muerte m�s r�pida y piadosa que la que me sobrevendr�a por hambre; sin embargo, el instinto de conservaci�n, que nunca duerme del todo, se agit� en mi seno; y aunque el escapar del peligro que se aproximaba no servir�a sino para preservarme para un fin m�s duro y prolongado, determin� a pesar de todo vender mi vida lo m�s cara posible. Por muy extra�o que pueda parecer, no pod�a mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me qued� muy quieto, con la esperanza de que la bestia -al no escuchar ning�n sonido que le sirviera de gu�a- perdiese el rumbo, como me hab�a sucedido a m�, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los extra�os pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sent�a mi olor, que sin duda pod�a seguirse desde una gran distancia en una atm�sfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran distraerlo. Me di cuenta, por tanto, de que deb�a estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tantee a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban esparcidos por todas partes en el suelo de la caverna, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato, esper� con resignaci�n el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de las zarpas se aproximaban. En verdad, era extra�a en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las pisadas parec�an ser las de un cuadr�pedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, pero -a intervalos breves y frecuentes- me parec�a que tan solo dos patas realizaban el proceso de locomoci�n. Me preguntaba cu�l ser�a la especie de animal que iba a enfrentarse conmigo; deb�a tratarse, pens�, de alguna bestia desafortunada que hab�a pagado la curiosidad que la llev� a investigar una de las entradas de la temible gruta con un confinamiento de por vida en sus recintos interminables. Sin duda le servir�an de alimento los peces ciegos, murci�lagos y ratas de la caverna, as� como alguno de los peces que son arrastrados a su interior cada crecida del R�o Verde, que comunica de cierta manera oculta con las aguas subterr�neas. Ocup� mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podr�a haber producido la vida en la caverna sobre la estructura f�sica del animal; recordaba la terrible apariencia que atribu�a la tradici�n local a los tuberculosos que all� murieron tras una larga residencia en las profundidades. Entonces record� con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplar�a su forma, ya que mi antorcha se hab�a extinguido hac�a tiempo y yo estaba por completo desprovisto de f�sforos. La tensi�n de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantas�a dislocada hizo surgir formas terribles y terror�ficas de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parec�a verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo. Parec�a yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para hacer tal cosa, a duras penas habr�a respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me encontraba. Dudaba de que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase el momento crucial. Ahora. el decidido "pat, pat" de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy cerca. Pod�a escuchar la trabajosa respiraci�n del animal y, aunque estaba paralizado por el terror, comprend� que deb�a de haber recorrido una distancia considerable y que estaba correspondientemente fatigado. De pronto se rompi� el hechizo; mi mano, que mi sentido del o�do -siempre digno de confianza- casi alcanz� su objetivo: escuche como la cosa saltaba y volv�a a caer a cierta distancia; all� pareci� detenerse. Despu�s de reajustar la punter�a, descargu� el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuch� caer la criatura, vencida por completo, y permaneci� yaciente e inm�vil. Casi agobiado por el alivio que me invadi�, me apoy� en la pared. La respiraci�n de la bestia se segu�a oyendo, en forma de jadeantes y pesadas inhalaciones y exhalaciones; deduje de ello que no hab�a hecho m�s que herirla. Y entonces perd� todo deseo de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se hab�a manifestado en mi cerebro, y no me acerqu� al cuerpo ni continu� arroj�ndole piedras para completar la extinci�n de su vida. En lugar de esto, corr� a toda velocidad en lo que era -tan aproximadamente como pude juzgarlo en mi condici�n de frenes�- la direcci�n por la que hab�a llegado hasta all�. De pronto escuch� un sonido, o m�s bien una sucesi�n regular de sonidos. Al momento siguiente se hab�an convertido en una serie de agudos chasquidos met�licos. Esta vez no hab�a duda: era el gu�a. Entonces grit�, aull�, re� incluso de alegr�a al contemplar en el techo abovedado el d�bil fulgor que sab�a era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corr� al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender por completo lo que hab�a ocurrido, estaba postrado a los pies del gu�a y besaba sus botas mientras balbuceaba -a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en m�- explicaciones sin sentido, como un idiota. Contaba con frenes� mi terrible historia; y, al mismo tiempo, abrumaba a quien me escuchaba con protestas de gratitud. Volv� por �ltimo a algo parecido a mi estado normal de conciencia. El gu�a hab�a advertido mi ausencia al regresar el grupo a la entrada de la caverna y -guiado por su propio sentido intuitivo de la orientaci�n- se hab�a dedicado a explorar a conciencia los pasadizos laterales que se extend�an m�s all� del lugar en el que hab�a hablado conmigo por �ltima vez; y localiz� mi posici�n tras una b�squeda de m�s de tres horas. Despu�s de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compa��a, empec� a reflexionar sobre la extra�a bestia a la que hab�a herido a poca distancia de all�, en la oscuridad y suger� que averigu�semos, con la ayuda de la antorcha, qu� clase de criatura hab�a sido mi v�ctima. Por consiguiente volv� sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Pronto descubrimos en el suelo un objeto blanco, m�s blanco incluso que la reluciente piedra caliza. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simult�nea exclamaci�n de asombro. Porque �ste era el m�s extra�o de todos los monstruos extranaturales que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Result� tratarse de un mono antropoide de grandes proporciones, escapado quiz�s de alg�n zool�gico ambulante: su pelaje era blanco como la nieve, cosa que sin duda se deb�a a la calcinadora acci�n de una larga permanencia en el interior de los negros confines de las cavernas; y era tambi�n sorprendentemente escaso, y estaba ausente en casi todo el cuerpo, salvo de la cabeza; era all� abundante y largo que ca�a en profusi�n sobre los hombros. Ten�a la cara vuelta del lado opuesto a donde est�bamos, y la criatura yac�a casi directamente sobre ella. La inclinaci�n de los miembros era singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo hab�a advertido antes, por lo que la bestia avanzaba a veces a cuatro patas, y otras en s�lo dos. De las puntas de sus dedos se extend�an u�as largas, como de rata. Los pies no eran prensiles, hecho que atribu� a la larga residencia en la caverna que, como ya he dicho antes, parec�a tambi�n la causa evidente de su blancura total y casi ultraterrena tan caracter�stica de toda su anatom�a. Parec�a carecer de cola. La respiraci�n se hab�a debilitado mucho, y el gu�a sac� su pistola con la clara intenci�n de despachar a la criatura, cuando de s�bito un sonido que �sta emiti� hizo que el arma se le cayera de las manos sin ser usada. Resulta dif�cil describir la naturaleza de tal sonido. No ten�a el tono normal de cualquier especie conocida de simios, y me pregunt� si su cualidad extranatural no ser�a resultado de un silencio completo y continuado por largo tiempo, roto por la sensaci�n de llegada de luz, que la bestia no deb�a de haber visto desde que entr� por vez primera en la caverna. El sonido, que intentar� describir como una especie de parloteo en tono profundo, continu� d�bilmente. Al mismo tiempo, un fugaz espasmo de energ�a pareci� conmover el cuerpo del animal. Las garras hicieron un movimiento convulsivo, y los miembros se contrajeron. Con una convulsi�n del cuerpo rod� sobre s� mismo, de modo que la cara qued� vuelta hacia nosotros. Qued� por un momento tan petrificado de espanto por los ojos de esta manera revelados que no me apercib� de nada m�s. Eran negros aquellos ojos; de una negrura profunda en horrible contraste con la piel y el cabello de n�vea blancura. Como los de las otras especies cavern�colas, estaban profundamente hundidos en sus �rbitas y por completo desprovistos de iris. Cuando mir� con mayor atenci�n, vi que estaban enclavados en un rostro menos progn�tico que el de los monos corrientes, e infinitamente menos velludo. La nariz era prominente. Mientras contempl�bamos la enigm�tica visi�n que se representaba a nuestros ojos, los gruesos labios se abrieron y varios sonidos emanaron de ellos, tras lo cual la cosa se sumi� en el descanso de la muerte. El gu�a se aferr� a la manga de mi chaqueta y tembl� con tal violencia que la luz se estremeci� convulsivamente, proyectando en la pared fantasmag�ricas sombras en movimiento. Yo no me mov�; me hab�a quedado r�gido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de m�. El miedo me abandon�, y en su lugar se sucedieron los sentimientos de asombro, compasi�n y respeto; los sonidos que murmur� la criatura abatida que yac�a entre las rocas calizas nos revelaron la tremenda verdad: la criatura que yo hab�a matado, la extra�a bestia de la cueva maldita, era -o hab�a sido alguna vez- ���UN HOMBRE!!! El Caos Reptante (1920/21) (H.P.Lovecraft y Elizabeth Berkeley) Mucho es lo que se ha escrito acerca de los placeres y los sufrimientos del opio. Los �xtasis y horrores de De Quincey y los paradis artificiels de Baudelaire son conservados e interpretados con tal arte que los hace inmortales, y el mundo conoce a fondo la belleza, el terror y el misterio de esos oscuros reinos donde el so�ador es transportado. Pero aunque mucho es lo que se ha hablado, ning�n hombre ha osado todav�a detallar la naturaleza de los fantasmas que entonces se revelan en la mente, o sugerir la direcci�n de los inauditos caminos por cuyo adornado y ex�tico curso se ve irresistiblemente lanzado el adicto. De Quincey fue arrastrado a Asia, esa fecunda tierra de sombras nebulosas cuya temible antig�edad es tan impresionante que "la inmensa edad de la raza y el nombre se impone sobre el sentido de juventud en el individuo", pero �l mismo no os� ir m�s lejos. Aquellos que han ido m�s all� rara vez volvieron y, cuando lo hicieron, fue siempre guardando silencio o sumidos en la locura. Yo consum� opio en una ocasi�n... en el a�o de la plaga, cuando los doctores trataban de aliviar los sufrimientos que no pod�an curar. Fue una sobredosis -mi m�dico estaba agotado por el horror y los esfuerzos- y, verdaderamente, viaj� muy lejos. Finalmente regres� y viv�, pero mis noches se colmaron de extra�os recuerdos y nunca m�s he permitido a un docotor volver a darme opio. Cuando me administraron la droga, el sufrimiento y el martilleo en mi cabeza hab�an sido insufribles. No me importaba el fututo; huir, bien mediante curaci�n, inconsciencia o muerte, era cuanto me importaba. Estaba medio delirando, por eso es dif�cil ubicar el momento exacto de la transici�n, pero pienso que el efecto debi� comenzar poco antes de que las palpitaciones dejaran de ser dolorosas. Como he dicho, fue una sobredosis; por lo cual, mis reacciones probablemente distaron mucho de ser normales. La sensaci�n de ca�da, curiosamente disociada de la idea de gravedad o direcci�n, fue suprema, aunque hab�a una impresi�n secundaria de muchedumbres invisibles de n�mero incalculable, multitudes de naturaleza infinitamente diversa, anque todas m�s o menos relacionadas conmigo. A veces, menguaba la sensaci�n de ca�da mientras sent�a que el universo o las eras se desplomaban ante m�. Mis sufrimientos cesaron repentinamente y comenc� a asociar el latido con una fuerza externa m�s que con una interna. Tambi�n se hab�a detenido la ca�da, dando paso a una sensaci�n de descanso ef�mero e inquieto, y, cuando escuch� con mayor atenci�n, fantase� con que los latidos procedieran de un mar inmenso e inescrutable, como si sus siniestras y colosales rompientes laceraran alguna playa desolada tras una tempestad de tit�nica magnitud. Entonces abr� los ojos. Por un instante, los contornos parecieron confusos, como una imagen totalmente desenfocada, pero gradulamente asimil� mi solitaria presencia en una habitaci�n extra�a y hermosa iluminada por multitud de ventanas. No pude hacerme la idea de la exacta naturaleza de la estancia, porque mis sentidos distaban a�n de estar ajustados, pero advert� alfombras y colgaduras multicolores, mesas, sillas, tumbonas y divanes de elaborada factura, y delicados jarrones y ornatos que suger�an lo ex�tico sin llegar a ser totalmente ajenos. Todo eso percib�, aunque no ocup� mucho tiempo en mi mente. Lenta, pero inexorablemente, arrastr�ndose sobre mi conciencia e imponi�ndose a cualquier otra impresi�n, lleg� un temor vertiginoso a lo desconocido, un miedo tanto mayor cuanto que no pod�a analizarlo y que parec�a concernir a una furtiva amenaza que se aproximaba... no la muerte, sino algo sin nombre, un ente inusitado indeciblemente m�s espantoso y aborrecible. Inmediatamente me percat� de que el s�mbolo directo y excitante de mi temor era el odioso martilleo cuyas incesantes reverberaciones bat�an enloquecedoramente contra mi exhausto cerebro. Parec�a proceder de un punto fuera y abajo del edificio en el que me hallaba, y estar asociado con las m�s terror�ficas im�genes mentales. Sent� que alg�n horrible paisaje u objeto acechaban m�s all� de los muros tapizados de seda, y me sobrecog� ante la idea de mirar por las arqueadas ventanas enrejadas que se abr�an tan ins�litamente por todas partes. Descubriendo postigos adosados a esas ventanas, los cerr� todos, evitando dirigir mis ojos al exterior mientras lo hac�a. Entonces, empleando pedernal y acero que encontr� en una de las mesillas, encend� algunas velas dispuestas a lo largo de los muros en barrocos candelabros. La a�adida sensaci�n de seguridad que prestaban los postigos cerrados y la luz artificial calmaron algo mis nervios, pero no fue posible acallar el mon�tono retumbar. Ahora que estaba m�s calmado, el sonido se convirti� en algo tan fascinante como espantoso. Abriendo una portezuela en el lado de la habitaci�n cercano al martilleo, descubr� un peque�o y ricamente engalanado corredor que finalizaba en una tallada puerta y un amplio mirador. Me vi irresistiblemente atra�do hacia �ste, aunque mis confusas aprehensiones me forzaban igualmente hacia atr�s. Mientras me aproximaba, pude ver un ca�tico torbellino de aguas en la distancia. Enseguida, al alcanzarlo y observar el exterior en todas sus direcciones, la portentosa escena de los alrededrores me golpe� con plena y devastadora fuerza. Contempl� una visi�n como nunca antes hab�a observado, y que ninguna persona viviente puede haber visto salvo en los delirios de la fiebre o en los infiernos del opio. La costrucci�n se alzaba sobre un angosto punto de tierra -o lo que ahora era un angosto punto de tierra- remontando unos 90 metros sobre lo que �ltimamemnte debi� ser un hirviente torbellino de aguas enloquecidas. A cada lado de la casa se abr�an precipicios de tierra roja reci�n excavados por las aguas, mientras que enfrente las temibles olas continuaban batiendo de forma espantosa, devorando la tierra con terrible monoton�a y deliberaci�n. Como a un kil�metro se alzaban y ca�an amenazadoras rompientes de no menos de cinco metros de altura y, en el lejano horizonte, crueles nubes negras de grotescos contornos colgaban y acechaban como buitres malignos. Las olas eran oscuras y purp�reas, casi negras, y ara�aban el flexible fango rojo de la orilla como toscas manos voraces. No pude por menos que sentir que alguna nociva entidad marina hab�a declarado una guerra a muerte contra toda la tierra firme, quiz� instigada por el cielo enfurecido. Recobr�ndome al fin del estupor en que ese espect�culo antinatural me hab�a sumido, descubr� que mi actual peligro f�sico era agudo. Aun durante el tiempo en que observaba, la orilla hab�a perdido muchos metros y no estaba lejos el momento en que la casa se derrumbar�a socavada en el atroz pozo de las olas embravecidas. Por tanto, me apresur� hacia el lado opuesto del edificio y, encontrando una puerta, la cerr� tras de m� con una curiosa llave que colgaba en el interior. Entonces contempl� m�s de la extra�a reg�n a mi alrededor y percib� una singular divisi�n que parec�a existir entre el oc�ano hostil y el firmamemnto. A cada lado del descollante promontorio imperaban distintas condiciones. A mi izquiera, mirando tierra adentro, hab�a un mar calmo con grandes olas verdes corriendo apaciblemente bajo un sol resplandeciente. Algo en la naturaleza y posici�n del sol me hicieron entremecer, aunque no pude entonces, como no puedo ahora, decir qu� era. A mi derecha tambi�n estaba el mar, pero era azul, calmoso, y s�lo ligeramente ondulado, mientras que el cielo sobre �l estaba oscurecido y la ribera era m�s blanca que enrojecida. Ahora volv� mi atenci�n a tierra, y tuve ocasi�n de sorprenderme nuevamente, puesto que la vegetaci�n no se parec�a en nada a cuanto hubiera visto o le�do. Aparentemente, era tropical o al menos subtropical... una conclusi�n extra�da del intenso calor del aire. Algunas veces pude encontrar una extra�a analog�a con la flora de mi tierra natal, fantaseando sobre el supuesto de que las plantas y matorrales familiares pudieran asumir dichas formas bajo un radical cambio de clima; pero las gigantescas y omipresentes palmeras eran totalmente extranjeras. La casa que acababa de abandonar era muy peque�a -apenas mayor que una caba�a- pero su material era evidentemente m�rmol, y su arquitectura extra�a y sincr�tica, en una ex�tica amalgama de formas orientales y occidentales. En las esquinas hab�a columnas corintias, pero los tejados rojos eran como los de una pagoda china. De la puerta que daba a tierra nac�a un camino de singular arena blanca, de metro y medio de anchura y bordeado por imponentes palmeras, as� como por plantas y arbustos en flor desconocidos. Corr�a hacia el lado del promontorio donde el mar era azul y la ribera casi blanca. Me sent� impelido a huir por este camino, como perseguido por alg�n esp�ritu maligno del oc�ano retumbante. Al principio remontaba ligeramente la ribera, luego alcanc� una suave cresta. Tras de m�, vi el paisaje que hab�a abandonado: toda la punta con la caba�a y el agua negra, con el mar verde a un lado y el mar azul al otro, y una maldici�n sin nombre e indescriptible cerni�ndose sobre todo. No volv� a verlo m�s y a menudo me pregunto... Tras esta �ltima mirada, me encamin� hacia delante y escrut� el panorama de tierra adentro que se extend�a ante m�. El camino, como he dicho, corr�a por la ribera derecha si uno iba hacia el interior. Delante y a la izquierda vislumbr� entonces un magn�fico valle, que abarcaba miles de acres, sepultado bajo un oscilante manto de hierba tropical m�s alta que mi cabeza. Casi al l�mite de la visi�n hab�a una colosal palmera que parec�a fascinarme y reclamarme. En este momento, el asombro y la huida de la pen�nsula condenada hab�an, con mucho, disipado mi temor, pero cuando me detuve y desplom� fatigado sobre el sendero, hundiendo ociosamente mis manos en la c�lida arena blancuzco-dorada, un nuevo y agudo sonido de peligro me embarg�. Alg�n terror en la alta hierba sibilante pareci� sumarse a la del diab�lico mar retumbante y me alc� gritando fuerte y desabridamente. -�Tigre? �Tigre? �Es un tigre? �Bestias? �Bestias? �Es una bestia lo que me atemoriza? Mi mente retroced�a hasta una antigua y cl�sica historia de tigres que hab�a le�do; trat� de recordar al autor, pero tuve alguna dificultad. Entonces, en mitad de mi espanto, record� que el relato pertenec�a a Ruyard Kipling; no se me ocurri� lo rid�culo que resultaba considerarle como un antiguo autor. Anhel� el volumen que conten�a esta historia, y casi hab�a comenzado a desandar el camino hacia la caba�a condenada cuando el sentido com�n y el se�uelo de la palmera me contuvieron. Si hubiera o no podido resistir el deseo de retroceder sin el concurso de la fascinaci�n por la inmensa palmera, es algo que no s�. Su atracci�n era ahora predominante, y dej� el camino para arrastrarme sobre manos y rodillas por la pendiente del valle, a pesar de mi miedo hacia la hierba y las serpientes que pudiera albergar. Decid� luchar por mi vida y cordura tanto como fuera posible y contra todas las amenazas del mar o tierra, aunque a veces tem�a la derrota mientras el enloquecido silbido de la misteriosa hierba se un�a al todav�a audible e irritante batir de las distantes rompientes. Con frecuencia, deb�a detenerme y tapar mis o�dos con las manos para aliviarme, pero nunca pude acallar del todo el detestable sonido. Fue tan s�lo tras eras, o as� me lo pareci�, cuando finalmente pude arrastrarme hasta la incre�ble palmera y reposar bajo su sombra protectora. Entonces ocurrieron una serie de incidentes que me transportaron a los opuestos extremos del �xtasis y el horror; sucesos que temo recordar y sobre los que no me atrevo a buscar interpretaci�n. Apenas me hab�a arrastrado bajo el colgante follaje de la palmera, cuando brot� de entre sus ramas un muchacho de una belleza como nunca antes viera. Aunque sucio y harapiento, pose�a las facciones de un fauno o semidi�s, e incluso parec�a irradiar en la espesa sombra del �rbol. Sonri� tendiendo sus manos, pero antes de que yo pudiera alzarme y hablar, escuch� en el aire superior la exquisita melod�a de un canto; notas altas y bajas tramadas con et�rea y sublime armon�a. El sol se hab�a hundido ya bajo el horizonte, y en el crep�sculo vi una aureola de mansa luz rodeando la cabeza del ni�o. Entonces se dirigi� a m� con timbre argentino. -Es el fin. Han bajado de las estrellas a trav�s del ocaso. Todo est� colmado y m�s all� de las corrientes arinurianas moraremos felices en Teloe. Mientras el ni�o hablaba, descubr� una suave luminosidad a trav�s de las frondas de las palmeras y vi alzarse saludando a dos seres que supe deb�an ser parte de los maestros cantores que hab�a escuchado. Deb�an ser un dios y una diosa, porque su belleza no era la de los mortales, y ellos tomaron mis manos diciendo: -Ven, ni�o, has escuchado las voces y todo est� bien. En Teloe, m�s all� de las V�a L�ctea y las corrientes arinurianas, existen ciudades de �mbar y calcedonia. Y sobre sus c�pulas de m�ltiples facetas relumbran los reflejos de extra�as y hermosas estrellas. Bajo los puentes de marfil de Teloe fluyen los r�os de oro l�quido llevando embarcaciones de placer rumbo a la floreciente Cytarion de los Siete Soles. Y en Teloe y Cytarion no existe sino juventud, belleza y placer, ni se escuchan m�s sonidos que los de las risas, las canciones y el la�d. S�lo los dioses moran en Teloe la de los r�os dorados, pero entre ellos t� habitar�s. Mientras escuchaba embelesado, me percat� s�bitamente de un cambio en los alrederores. La palmera, que �ltimamente hab�a resguardado a mi cuerpo exhausto, estaba ahora a mi izquierda y considerablemente debajo. Obviamente flotaba en la atm�sfera; acompa�ado no s�lo por el extra�o chico y la radiante pareja, sino por una creciente muchedumbre de j�venes y doncellas semiluminosos y coronados de vides, con cabelleras sueltas y semblante feliz. Juntos ascendimos lentamente, como en alas de una fragante brisa que soplara no desde la tierra sino en direcci�n a la nebulosa dorada, y el chico me susurr� en el o�do que deb�a mirar siempre a los senderos de luz y nuca abajo, a la esfera que acababa de abandonar. Los mozos y muchachas entonaban ahora dulces acompa�amientos con los la�des y me sent�a envuelto en una paz y felicidad m�s profunda de lo que hubiera imaginado en toda mi vida, cuando la intrusi�n de un simple sonido alter� mi destino destrozando mi alma. A trav�s de los arrebatados esfuerzos de cantores y ta�edores de la�d, como una armon�a burlesca y demon�aca, atron� desde los golfos inferiores el maldito, el detestable batir del odioso oc�ano. Y cuando aquellas negras rompientes rugieron su mensaje en mis o�dos, olvid� las palabras del ni�o y mir� abajo, hacia el condenado paisaje del que cre�a haber escapado. En las profundidades del �ter vi la estigmatizada tierra girando, siempre girando, con irritados mares tempestuosos consumiendo las salvajes y arrasadas costas y arrojando espuma contra las tambaleantes torres de las ciudades desoladas. Bajo una espantosa luna centelleaban visiones que nunca podr� describir, visiones que nunca olvidar�: desiertos de barro cadav�rico y junglas de ruina y decadencia donde una vez se extendieron las llanuras y poblaciones de mi tierra natal, y remolinos de oc�ano espumeante donde otrora se alzaran los poderosos templos de mis antepasados. Los alrederores del polo Norte herv�an con ci�nagas de estrepitoso crecimiento y vapores malsanos que silbaban ante la embestida de las inmensas olas que se encrespaban, lacerando, desde las temibles profundidades. Entonces, un desgarrado aviso cort� la noche, y a trav�s del desierto de desiertos apareci� una humeante falla. El oc�ano negro a�n espumeaba y devoraba, consumiendo el desierto por los cuartro costados mientras la brecha del centro se ampliaba y ampliaba. No hab�a otra tierra salvo el desierto, y el oc�ano furioso todav�a com�a y com�a. S�lo entonces pens� que incluso el retumbante mar parec�a temeroso de algo, atemorizado de los negros dioses de la tierra profunda que son m�s grandes que el malvado dios de las aguas, pero, incluso si era as�, no pod�a volverse atr�s, y el desierto hab�a sufrido demasiado bajo aquellas olas de pesadilla para apiadarse ahora. As�, el oc�ano devor� la �ltima tierra y se precipit� en la brecha humeante, cediendo de este modo todo cuanto hab�a conquistado. Fluy� nuevamente desde las tierras reci�n sumergidas, desvelando muerte y decadencia y, desde su viejo e inmemorial lecho, gote� de forma repugante, revelando secretos ocultos en los a�os en que el Tiempo era joven y los dioses a�n no hab�an nacido. Sobre las olas se alzaron recordados capiteles sepultados bajo las algas. La luna arrojaba p�lidos lirios de luz sobre la muerta Londres, y Par�s se levantaba sobre su h�meda tumba para ser santificada con polvo de estrellas. Despu�s, brotaron capiteles y monolitos que estaban cubiertos de algas pero que no eran recordados; terribles capiteles y monolitos de tierras acerca de las cuales el hombre jam�s supo. No hab�a ya retumbar alguno, sino s�lo el ultraterreno bramido y siseo de las aguas precipit�ndose en la falla. El humo de esta brecha se hab�a convertido en vapor, ocultando casi el mundo mientras se hac�a m�s y m�s denso. Chamusc� mi rostro y manos, y cuando mir� para ver c�mo afectaba a mis compa�eros descubr� que todos hab�an desaparecido. Entonces todo termin� bruscamente y no supe m�s hasta que despert� sobre una cama de convalecencia. Cuando la nube de humo procedente del golfo plut�nico vel� por fin toda mi vista, el firmamento entero chill� mientras una repentina agon�a de reverberaciones enloquecidas sacud�a el estremecido �ter. Sucedi� en un rel�mpago y explosi�n delirantes; un cegador, ensordecedor holocausto de fuego, humo y trueno que disolvi� la p�lida luna mientras la arrojaba al vac�o. Y cuando el humo clare� y trat� de ver la tierra, tan s�lo pude contemplar, contra el tel�n de fr�as y burlonas estrellas, al sol moribundo y a los p�lidos y afligidos planetas buscando a su hermana. Los amados muertos (H.P.Lovecraft y C. M. Eddy) Es media noche. Antes del alba dar�n conmigo y me encerrar�n en una celda negra, donde languidecer� interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entra�as y consumen mi coraz�n, hasta ser al fin uno con los muertos que amo. Mi asiento es la f�tida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el env�s de una l�pida ca�da y desgastada por los siglos implacables; mi �nica luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, unque puedo ver tan claramente como si fuera mediod�a. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decr�pitas l�pidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposici�n. Y sobre todo, perfil�ndose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire est� enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la h�meda tierra mohosa, pero para m� es el aroma del El�seo. Todo es quietud - terror�fica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso. De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposici�n y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofr�os de �xtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi l�nguido coraz�n con j�bilo delirante... �Porque la presencia de la muerte es vida para m� ! Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y mon�tona apat�a. Sumamente asc�tico, descolorido, p�lido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de m�rbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja" porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no pose�a el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado. Como todas las poblaciones rurales, Fenham ten�a su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento let�rgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los m�s supersticiosos me se�alaban abiertamente como un ni�o cambiado por otro, mientras que otros, que sab�an algo sobre mis antepasados, llamaban la atenci�n sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tatarat�o que hab�a sido quemado en la hoguera por nigromante. De haber vivido en una ciudad m�s grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quiz�s hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento. Cuando llegu� a la adolescencia, me torn� a�n m�s sombr�o, morboso y ap�tico. Mi vida carec�a de alicientes. Me parec�a ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpec�a mis actividades y me sum�a en una enexplicable insatisfacci�n. Ten�a diecis�is a�os cuando acud� a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era se�alada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, adem�s, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo, pod�a asegurarse que el pueblo entero acudir�a en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la pr�xima ceremonia con inter�s ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual s�lo representaba para m� una promesa de inquietudes f�sicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus c�usticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompa�arles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colecci�n de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciaci�n en los solemnes ritos de tales ocasiones. Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ata�d con sus sombr�as colgaduras, los api�ados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arranc� de mi normal apat�a captando mi atenci�n. Saliendo de mi momentaneo ensue�o merced a un codazo de mi madre, la segu� por la estancia hasta el f�retro donde yac�a el cuerpo de mi abuelo. Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observ� el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no v� nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareci� que el abuelo estaba inmensamente contento, pl�cidamente satisfecho. Me sent� sacudido por alg�n extra�o y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvi� que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parec�a provenir del cad�ver mismo me aferraba con magn�tica fascinaci�n. Mi mismo ser parec�a cargado de electricidad est�tica y sent� mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los p�rpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi coraz�n dio un repentino salto de j�bilo imp�o batiendo contra mis costillas con fuerza demoniaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja tor�cica.Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvi�. Una vez m�s, el vigoroso codazo maternal me devolvi� a la actividad. Hab�a llegado con pies de plomo hasta el ata�d tapizado de negro, me alej� de �l con vitalidad reci�n descubierta. Acompa�� al cortejo hasta el cementerio con mi ser f�sico inundado de m�sticas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de alg�n ex�tico elixir... alguna abominable poci�n preparada con las blasfemas f�rmulas de los archivos de Belial. La poblaci�n estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pas� desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del est�mulo comenz� a perder efectividad. En uno o dos d�as hab�a vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado. Antes, hab�a una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, hab�a vuelto a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron alg�n otro sujeto m�s propicio. Ellos, de haber siquiera so�ado la verdadera causa de mi reanimaci�n, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno. Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegr�a, me habr�a aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes a�os en penitente soledad. Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ah� que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco a�os me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sent� sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diab�lico �xtasis. De nuevo mi coraz�n brinc� salvajemente, otra vez lati� con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con mete�rico fervor. Sacud� de mis hombros el fatigoso manto de inacci�n, s�lo para reemplazarlo por la carga, infinitamente m�s horrible, del deseo repugnante y profano. Busqu� la c�mara mortuoria donde yac�a el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diab�lico n�ctar que parec�a saturar el aire de la estancia oscurecida. Cada inspiraci�n me vivificaba, lanzandome a incre�bles cotas de ser�fica satisfacci�n. Ahora sab�a que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasar�a, dej�ndome igualmente �vido de su poder maligno; pero no pod�a controlar mis anhelos m�s de lo que pod�a deshacer los nudos gordianos que ya enmara�aban la madeja de mi destino. Demasiado bien sab�a que, a trav�s de alguna extra�a maldici�n sat�nica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que hab�a una singularidad en mi constituci�n que s�lo respond�a a la espantosa presencia de alg�n cuerpo sin vida. Pocos d�as m�s tarde, fren�tico por la bestial intoxicaci�n de la que la totalidad de mi existencia depend�a, me entrevist� con el �nico enterrador de Fenham y le ped� que me admitiera como aprendiz. El golpe causado por la muerte de mi madre hab�a afectado visiblemente a mi padre.Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasi�n, la hubiera rechazado en�rgicamente. En cambio, agit� la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexi�n. � Qu� lejos estaba de imaginar que ser�a el objeto de mi primera lecci�n pr�ctica!. Tambi�n el muri� bruscamente, por culpa de alguna afecci�n cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patr�n trat� por todos los medios de disuadirme de realizar la incicebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logr� que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasi�n mi desbocado coraz�n mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida. Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor m�s grande - con mucho - que el que m�s hubiera sentido hacia �l cuando estaba vivo. Mi padre no era un hombre rico, pero hab�a pose�do bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su �nico heredero, me encontr� en una especie de parad�jica situaci�n. Mi temprana juventud hab�a sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su c�modo aislamiento, hab�a perdido sabor para m�. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el �nico motivo que me hab�a hecho buscar empleo. La venta de los bienes me provey� de un medio f�cil de asegurarme la salida y me traslad� a Bayboro, una ciudad a unos 50 kil�metros. Aqu�, mi a�o de aprendizaje me result� sumamente �til. No tuve problemas para lograr una buena colocaci�n como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que manten�a las mayores pompas f�nebres de la ciudad. Incluso logr� que me permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la muerte estaba convirti�ndose en una obsesi�n. Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi imp�a sensibilidad, y pronto me convert� en un maestro en mi oficio electo. Cada cad�ver nuevo tra�do al establecimiento significaba una promesa cumplida de imp�o regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrevatador tumulto de las arterias que transformava mi hosco trabajo en devota dedicaci�n... aunque cada satisfacci�n carnal tiene su precio. Llegu� a odiar los d�as que no tra�an muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran r�pida y segura muerte a los residentes de la ciudad. Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los �rboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empe�ada en alguna misi�n maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los peri�dicos matutinos pudieron vocear a su clientela �vida de sensaci�n los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; p�rrafo tras p�rrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes. Con todo, yo sent�a una suprema sensaci�n de seguridad, pues �qui�n, por un momento, recelar�a que un empleado de pompas f�nebres - donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonar�a sus indescriptibles deberes para arrancar a s El �rbol en la colina (H.P.Lovecraft y Duane W. Rimel) I Al sureste de Hampden, cerca de la tortuosa garganta que excava el r�o Salm�n, se extiende una cadena de colinas escarpadas y rocosas que han desafiado cualquier intento de colonizaci�n. Los ca�ones son demasiado profundos, los precipicios demasiado escarpados como para que nadie, excepto el ganado trashumante, visite el lugar. La �ltima vez que me acerqu� a Hampden la regi�n -conocida como el infierno- formaba parte de la Reserva del Bosque de la Monta�a Azul. Ninguna carretera comunica este lugar inaccesible cin el mundo exterior, y los monta�eses dicen que es un trozo del jard�n de Su Majestad Sat�n transplantado a la Tierra. Una leyenda local asegura que la zona est� hechizada, aunque nadie sabe exactamente el por qu�. Los lugare�os no se atreven a aventurarse en sus misteriosas profundidades, y dan cr�dito a las historias que cuentan los indios, antiguos moradores de la regi�n desde hace incontables generaciones, acerca de unos demonios gigantes venidos del Exterior que habitaban en estos parajes. Estas sugerentes leyendas estimularon mi curiosidad.La primera y,�gracias a Di�s!, �ltima vez que visit� aquellas colinas tuvo lugar en el verano de 1938, cuando vivia en Hampden con Constantine Theunis. El estaba escribiendo un tratado sobre la mitolog�a egipcia, por lo que yo me encontraba solo la mayor�a del tiempo, a pesar de que ambos compart�amos un peque�o apartamento en Beacon Street que mirava a la ingame Casa del Pirata, construida por Exer Jones hac�a sesenta a�os.La ma�ana del 23 de junio me sorprendi� caminando por aquellas siniestras y tenebrosas colinas que a aquellas horas, las siete de la ma�ana, parec�an bastante ordinarias. Me alej� siete millas hacia el sur de Hampden y entonces ocurri� algo inesperado. Estaba escalando por una pendiente herbosa que se abr�a sobre un ca��n particularmente profundo, cuando llegu� a una zona que se hallaba totalmente desprovista de la hierba y vegetaci�n propia de la zona. Se extend�a hacia el sur, se hab�a producido alg�n incendio, pero, despu�s de un examen m�s minucioso, no encontr� ning�n resto del posible fuego. Los acantilados y precipicios cercanos parec�an horriblemente chamuscados, como si alguna gigantesca antorcha los hubiese barrido, haciendo desaparecer toda su vegetaci�n. Y aun as� segu�a sin encontrar ninguna evidencia de que se hubiese producido un incendio... Caminaba bajo un suelo rocoso y s�lido sobre el que nada florec�a. Mientras intentaba descubrir el n�cleo central de esta zona desolada, me di cuenta de que en el lugar hab�a un extra�o silencio. No se ve�a ning�n ave, ninguna liebre, incluso los insectos parec�an rehuir la zona. Me encaram� a la cima de un peque�o mont�culo, intentando calibrar la extensi�n de aquel parajr inexplicable y triste. Entonces vi el �rbol solitario.se hallaba en una colina un poco m�s alta que las circundantes, de tal forma que enseguida lo descubr�, pues contrastaba con la soledad del lugar. No hab�a visto ning�n �rbol en varias millas a la redonda: alg�n arbusto retorcido, cargado de bayas, que crec�a encaramado a la roca, pero ning�n �rbol. Era muy extra�o descubrir uno precisamente en la cima de la colina.Atraves� dos peque�os ca�ones antes de llegar al sitio; me esperaba una sorpresa. No era un pino, ni un abeto, ni un almez. Jam�s hab�a visto, en toda mi existencia, algo que se le pareciera; �y, gracias a Di�s,jam�s he vuelto a ver uno igual!. Se parec�a a un roble m�s que a cualquier otro tipo de �rbol. Era enorme, con un tronco nudoso que media m�s de una yarda de di�metro y unas inmensas ramas que sobresal�an del tronco a tan s�lo unos pies del suelo. Las hojas ten�an forma redondeada y todas ten�an un curioso parecido entre s�. Podr�a parecer un lienzo, pero juro que era real. Siempre supe que era, a pesar de lo que dijo Theunis despu�s. Recuerdo que mir� la posici�n del sol y decid� que eran aproximadamente las diez de la ma�ana, a pesar de no mirar mi reloj. El d�a era cada vez m�s caluroso, por lo que me sent� un rato bajo la sombra del inmenso �rbol. Entonces me di cuenta de la hierba que crec�a bajo las ramas. Otro fen�meno singular si tenemos en cuenta la desolada extensi�n de tierra que hab�a atravesado. Una ca�tica formaci�n de colinas, gargantas y barrancos me rodeaba por todos sitios, aunque la elevaci�n donde me encontraba era la m�s alta en varias millas a la redonda. Mir� el horizonte hacia el este, y, asombrado, at�nito, no pude evitar dar un brinco. �Destac�ndose contra el horizonte azul sobresal�an las Monta�as Bitterroot!. No exist�an ninguna otra cadena de picos nevados en trescientos kil�metros a la redonda de Hampden; pero yo sab�a que, a esta altitud, no deber�a verlas. Durante varios minutos contempl� lo imposible; despu�s comenc� a sentir una especie de modorra. Me tumb� en la hierba que crec�a bajo el �rbol. Dej� mi c�mara de fotos a un lado, me quit� el sombrero y me relaj�, mirando al cielotrav�s de las hojas verdes. Cerr� los ojos.Entonces se produjo un fen�meno muy curioso, una especie de visi�n vaga y nebulosa, un sue�o diurno, una enso�aci�n que no se asemejaba a nada familiar. Imagin� que contemplaba un gran templo sobre un mar de cieno, en el que brillaba el reflejo rojizo de tres p�lidos soles. La enorme cripta, o templo, ten�a un extra�o color, medio violeta medio azul. Grandes bestias voladoras surcabanel nuboso cielo y yo cre�a sentir el aletear de sus membranosas alas. Me acerqu� al templo de piedra, y un portal�n enorme se dibuj� delante de m�. En su interior, unas sombras escurridizas parec�an precipitarse, espiarme, atraerme a las entra�as de aquella tenebrosa oscuridad. Cre� ver tres ojos llameantes en las tinieblas de un corredor secundario, y grit� lleno de p�nico. Sab�a que en las profundidades de aquel lugar acechaba la destrucci�n; un infierno viviente peor que la muerte. Grit� de nuevo. La visi�n desapareci�.Vi las hojas y el cielo terrestre sobre m�. Hice un esfuero para levantarme. Temblaba; un sudor g�lido corr�a por mi frente. Tuve unas ganas locas de huir; correr ciegamente alej�ndome de aquel t�trico �rbol sobre la colina; pero desech� estos temores absurdos y me sent�, tratando de tranquilizar mis sentidos. Jam�s hab�a tenido un sue�o tan v�vido, tan horripilante. �Qu� hab�a producido esta visi�n?. Ultimamente hab�a le�do varios de los libros de Theunis sobre el antiguo Egipto... Mene� la cabeza, y decid� que era hora de comer algo. Sin embargo, no pude disfrutar de la comida.Entonces tuve una idea. Saqu� varias instant�neas del �rbol para mostr�rselas a Theunis. Seguro que las fotos le sacar�an de su habitual estado de indiferencia. A lo mejor le contaba el sue�o que hab�a tenido... Abr� el objetivo de mi c�mara y tom� media docena de instant�neas del �rbol. Tambi�n hice otra de la cadena de picos nevados que se extend�a en el horizonte. Pretend�a volver y las fotos podr�an servir de ayuda... Guard� la c�mara y volv� a sentarme sobre la suave hierba. �Era posible que aquel lugar bajo el �rbol estuviera hechizado? Sent�a pocas ganas de irme... Mir� las curiosas hojas redondeadas. Cerr� los ojos. Una suave brisa meci� las ramas del �rbol, produciendo musicales murmullos que me arrullaban. Y, de repente vi de nuevo el p�lido cielo rojizo y los tres soles. � Las tierras de las tres sombras! Otra vez contemplaba el enorme templo. Era como si flotase en el aire, � un esp�ritu sin cuerpo explorando las maravillas de un mundo loco y multidemensional! Las cornisas inexplicables del templo me aterrorizaban, y supe que aquel lugar no hab�a sido jam�s contemplado ni en los m�s locos sue�os de los hombres.De nuevo aquel inmenso portal�n bostez� delante de m�; y yo era atra�do hacia las tinieblas del interior. Era como si mirase el espacio ilimitado. Vi el abismo, algo que no puedo describir en palabras; un pozo negro, sin fondo, lleno de seres innominables y sin forma, cosas delirantes, salvajes, tan s�tiles como la bruma de Shamballah. Mi alma se encogi�. Ten�a un p�nico devastador. Grit� salvajemente, creyendo que pronto me volver�a loco. Corr�, dentro del sue�o corr� preso de un miedo salvaje, aunque no sab�a hacia d�nde iba... Sal� de aquel horrible templo y de aquel abismo infernal, aunque sab�a, de alguna manera, que volver�a... Por fin pude abrir los ojos. Ya no estaba bajo el �rbol. Yac�a, con las ropas desordenadas y sucias, en una ladera rocosa. Me sangraban las manos.Me ergu�, mirando a mi alrededor. Reconoc� donde me hallaba; �era el mismo sitio desde donde hab�a contemplado por primera vez toda aquella requemada regi�n! �Hab�a estado caminando varias millas inconsciente! No vi aquel �rbol, lo cual me alegr�... incluso las perneras del pantal�n estaban vueltas, como si hubiese estado arrastrando parte del camino... Observ� la posici�n del sol. �Atardec�a! �D�nde hab�a estado? Mir� la hora en el reloj. Se hab�a parado a las 10:34... II ��Tienes las fotos?�, dijo pesadamente Theunis. Me encontr� con sus grises ojos al otro lado de la mesa. Hab�an transcurrido tres d�as desde mi visita al Infierno. Le hab�a contado el sue�o que tuve bajo las ramas del �rbol y �l se hab�a re�do. �S��, repliqu�. �Llegaron anoche. Todav�a no he tenido oportunidad de verlas. Espero que las estudies atentamente, si han salido bien. A lo mejor cambia tu punto de vista. � Theunis sonri� entre sorbo y sorbo de su caf�. Le di el envoltorio cerrado que conten�a las instant�neas y �l abri� r�pidamente. Contempl� la primera, y la sonrisa desapareci� de su leonina cara. Aplast� el cigarrillo que estaba fumando. ��Por Dios! �Mira esto! � Me acerqu� a su silla. Era la primera de las fotos que hab�a hecho del �rbol a una distancia aproximada de unos cincuenta pies. No pod�a entender la causa que provocaba la excitaci�n en Theunis. All� estaba el �rbol, solitario, con la hierba en la que hab�a estado tumbado, creciendo tupida a su alrededor. �En la distancia pod�a verse las cumbres de las monta�as cubiertas de nieve! �Aqu� est�, grit�. �Esto prueba mi historia...� ��Mira!�, grazn� Theunis. ��Las sombras...! �Cada objeto, las rocas, la hierba, el �rbol, tiene tres sombras!� Ten�a raz�n... A los pies del �rbol, sobresaliendo con incongruencia, se marcaban tres sombras. De pronto pens� que la foto conten�a un elemento anormal e inconsistente. Las hojas de la planta eran demasiado exuberantes para un trabajo de tal naturaleza, mientras que el tronco aparec�a hendido, configurando unas formaciones aborrecibles. Theunis dej� la foto en la mesa. �Hay algo que no concuerda�, musit�. �El �rbol que vi no parec�a tan repulsivo como �ste.� ��Est�s seguro? �, cort� Theunis. �Parece que has visto cosas que no aparecen en las instant�neas.� ��Al contrario, ense�an m�s de lo que yo vi! � �Eso es. Hay algo maligno fuera de lugar en este paisaje; algo que no puedo entender. Es como si el �rbol sugiriese algo desconocido... Es demasiado neblinoso; demasiado incierto; �demasiado extra�o para ser natural!� Golpete� la mesa nerviosamente con sus dedos. Cogi� el resto de las fotos y fue pas�ndolas ante sus ojos r�pidamente. Tom� la foto que �l hab�a dejado en la mesa, sintiendo un estremecimiento, un toque irreal, grotesco, mientras mis ojos absorb�an sus m�s m�nimos detalles. Las flores y matojos configuraban �ngulos extra�os, y la hierba crec�a de una forma asombrosa. El �rbol parec�a demasiado velado y nebuloso como para poderse distinguir bien, pero, sin embargo, distingu�a claramente las yemas y las redondeadas hojas que estaban a punto de caer. Y las distintas sombras que se marcaban en la base... Sin embargo, eran sombras desiguales; demasiado largas o demasiado cortas en comparaci�n con el volumen del �rbol, de tal forma que le daban un aspecto de malsana anormalidad. El paisaje no me hab�a causado especial impacto cuando lo vi por primera vez... En �l exist�a una familiaridad tenebrosa, una sugerencia grotesca; algo tangible, pero tan distinto como las estrellas m�s all� de la galaxia. Theunis volvi� de su enso�aci�n. ��Dijiste que hab�a tres soles en tu pesadilla?� Asent�, un poco asombrado. Entonces me di cuenta de lo que quer�a decir. Mis dedos temblaban mientras volv�a mis ojos de nuevo a la fotograf�a. �Mi sue�o! Eso era... �Las dem�s son exactamente iguales a �sta�, dijo Theunis. �La misma sensaci�n de incertidumbre; esa especie de sugerencia. Creo que soy capaz de discernir la esencia del paisaje, verlo en su luz real, pero es demasiado... A lo mejor, despu�s puedo encontrar su significado, si miro lo suficiente.� Permanecimos en silencio unos momentos. De pronto me vino un deseo irresistible, extra�o e inexplicable de volver al lugar donde estaba el �rbol. �Pod�amos hacer una excursi�n. Creo que podr�amos llegar en medio d�a.� �Deber�as alejarte de aquel sitio�, replic� Theunis pensativo. �Me extra�ar�a que encontrases de nuevo el lugar, aunque quisieras. � �No digas tonter�as�, repliqu�. �Estoy seguro de que, con la ayuda de las fotos, no tendr�a ning�n problema ... � ��Puedes ver alguna marca orientativa en ellas?� No estaba seguro si ten�a raz�n. Despu�s de observar atentamente las instant�neas tuve que admitir que no hab�a ninguna. Theunis emiti� un suspiro, dando una profunda calada a su cigarro. �Una fotograf�a - aparentemente normal - de una regi�n sacada de ning�n sitio. Con las monta�as nevadas al fondo... �pero espera!� Salt� de la silla como un animal al acecho y corri� fuera de la habitaci�n. Pude o�rle rebuscar entre los estantes de la librer�a. Despu�s de un rato, reapareci� con un viejo volumen encuadernado en piel. Theunis lo abri� con cuidado y comenz� a leer su antigua tipograf�a. ��De qu� se trata?�, pregunt�. �Es una antigua traducci�n inglesa de la Cr�nica de Nath, escrita por Rudolf Yergler, un hechicero y m�stico alem�n que aprendi� su ciencia de Hermes Trismegisto, el antiguo brujo egipcio. Hay un pasaje que puede interesarte, que te har� comprender que este asunto es bastante m�s antinatural de lo que supones. Escucha.� �As� est� dicho que en el a�o de la Cabra Negra lleg� a Nath una sombra que no era de la Tierra, y cuya forma no era conocida por ning�n mortal. Y se escabull� por entre las almas de los hombres; y aquellos que hab�an sido tocados sufr�an terribles pesadillas y ceguera, hasta que el horror y la noche infinita ca�a sobre ellos. Ninguno hab�a visto qu� fue lo que les hab�a pose�do; pues la sombra adoptaba distintas formas que el hombre reconoc�a o so�aba, y s�lo la libertad parec�a esperarlos en la Tierra de los Tres Soles. Pero los sacerdotes del Viejo Libro dec�an que aquel que pudiese ver su verdadera forma y continuar viviendo, romper�a la maldici�n y enviar�a a la sombra al abismo sin estrellas del que proven�a. Mas nadie pod�a hacerlo sin la ayuda de la Gema; y por lo tanto, Ka-Nefer, el Sumo Sacerdote, ocultaba esta gema sagrada en el templo. Y cuando �sta se perdi� en el periodo de Phrenes el que desair� al horror y jam�s fue visto de nuevo, hubo llanto y desolaci�n en Nath. Mas al final la Sombra se fue, y no volver� a estar hambrienta hasta que los ciclos nos lleven de nuevo al a�o de la Cabra Negra.� Theunis call� mientras yo esperaba asombrado. Finalmente habl�. �Supongo, Single, que desear�s saber c�mo encaja todo esto. No es necesario profundizar m�s en la vieja ciencia para saber m�s del asunto, pero s� te dir� que, de acuerdo a las viejas leyendas, �ste es el que llaman "A�o de la Cabra Negra"; la �poca en la que ciertos horrores del Exterior se supone visitan la tierra y causan infinito da�o. No sabemos la forma en la que se manifestar�n, pero hay motivos para pensar que esas extra�as pesadillas y alucinaciones tienen algo que ver. No me gusta el cariz que ha tomado el asunto, no me gusta tu historia ni las fotograf�as. Puede tratarse de algo maligno, y te aconsejo que te olvides de volver. Pero primero voy a intentar hacer lo que dice el viejo Yergler, ver si puedo contemplar la cosa tal y como es. Afortunadamente, la vieja Gema que menciona ha sido descubierta de nuevo, y s� d�nde est�. Podemos mirar las fotograf�as con ella y ver qu� es lo que pasa. �Es parecida a un prisma, aunque no se pueden hacer fotograf�as a trav�s de ella. Alguien que posea gran sensibilidad puede mirar por la gema y ver qu� ocurre. Existe cierto riesgo, el observador puede perder su consciencia; la verdadera forma de la sombra es horrible y no pertenece a este mundo. Pero seguramente es mucho m�s peligroso no hacer nada. Mientras tanto, si valoras en algo tu vida y tu cordura, al�jate de la colina y de la cosa que crees es un �rbol. � Me hallaba totalmente sorprendido. ��C�mo es posible que exista vida exterior entre nosotros?�, grit�. ��C�mo vamos a saber que realmente existen tales cosas?� �Tus razonamientos son propios del mundo en el que vives�, dijo Theunis. �Seguramente no piensas que las leyes que rigen tu mundo son universales. Hay entidades de las que jam�s so�ar�amos que est�n flotando ante nuestras propias narices. La ciencia moderna est� rompiendo todas las barreras de lo desconocido y probando que lo que dec�an los m�sticos no est� tan lejos de la realidad.� De pronto me percat� que ya no quer�a mirar la fotograf�a; deseaba destruirla. Quer�a huir. Theunis suger�a algo m�s all�... Un miedo c�smico, aterrador, me atenazaba, haciendo que apartase la vista de la foto, pues hab�a descubierto en ella un objeto... Mir� a mi amigo. Estaba inclinado sobre el viejo libro, con una extra�a expresi�n en su rostro. Se irgui�. �Dejemos de hablar del asunto por hoy. Estoy harto de esta ch�chara absurda. Tengo que sacar la gema del museo donde se expone, y hacer lo que tiene que ser hecho. �Como t� dices�, repliqu�. ��Ir�s a Croydon? Asinti�. �Despu�s iremos a casa�, dije decidido. III No tengo necesidad de relatar los acontecimientos que tuvieron lugar aquella noche. En m� se mezclaron una multitud de sensaciones dispares que iban desde la perentoria, enervante necesidad de volver al terrible �rbol de los sue�os y libertad, hasta la repulsi�n por aquel ente y todo lo que le rodeaba. El hecho de que no volviese se debi� m�s a la pura casualidad que a la fortaleza de mi voluntad. Mientras tanto supe que Theunis estaba desesperadamente envuelto en alg�n tipo de investigaci�n de naturaleza extraordinaria, algo relacionado con un misterioso viaje en coche y un regreso llevado a cabo con el mayor de los secretos. Me enter�, en los breves contactos telef�nicos que mantuve con �l, que se hab�a apropiado del tenebroso, primigenio objeto al que se le daba el nombre de �La Gema� en aquel antiguo volumen, y que se hallaba muy ocupado tratando de encontrar alg�n significado a las fotograf�as que yo le hab�a dado. Mencion� algo acerca de �polarizaci�n�, �refracci�n� y �desconocidos �ngulos de espacio y tiempo,� y me explic� que estaba fabricando una especie de caja o c�mara oscura para estudiar las instant�neas logradas con la ayuda de la gema. Trascurridos diecis�is d�as recib� un mensaje del hospital de Croydon. Theunis se encontraba all� y quer�a verme de nuevo. Hab�a sufrido una especie de crisis; unos amigos lo hab�an encontrado inconsciente en su casa cuando se aproximaron alertados por unos gritos espantosos, llenos de miedo y agon�a. Aunque a�n no se hallaba bien, hab�a recobrado el suficiente sentido como para dar mi nombre y querer contarme ciertas cosas. En el hospital me pusieron al corriente de todo; en poco menos de media hora me hallaba al borde de la cama de mi amigo, asombrado por el cambio que hab�an experimentado sus facciones en tan poco tiempo, debido, sin duda, al miedo y la preocupaci�n. Lo primero que hizo fue despedir a las enfermeras para poder hablar con tranquilidad. ��Lo he visto, Single! � - Su voz sonaba ronca y forzada. �Debes destruirlas... esas fotograf�as. Lo devolv� al interior mir�ndolo, pero tambi�n est�n las fotos. Jam�s se volver� a ver aquel �rbol sobre la colina - o, por lo menos, eso espero- hasta que pasen miles de eones y retorne el A�o de la Cabra Negra. Ahora est�s a salvo; la humanidad est� a salvo.� Hizo una pausa, respirando trabajosamente, y continu�. �Saca la gema del aparato y gu�rdala en un lugar seguro; ya sabes la combinaci�n. Habr� que sacarla de nuevo cuando llegue el momento, pues es posible que un d�a salve a la humanidad. No me dejar�n aqu�, pero estar� m�s tranquilo si s� que la joya est� segura. No mires a trav�s de la caja; te atrapar� como me atrap� a m�. Y quema esas malditas fotograf�as ... la que hay en la caja y todas las dem�s ... � Theunis se hallaba exhausto y las enfermeras volvieron y me aconsejaron que saliese, mientras �l se recostaba y cerraba los ojos. Al cabo de otra media hora me hallaba en su casa, mirando con curiosidad la larga caja negra que reposaba en la mesa de escritorio al lado de una silla tumbada. Las hojas de papel se encontraban revueltas por la habitaci�n debido a que la ventana estaba abierta, y muy cerca de la caja descubr�, con un estremecimiento, el sobre que conten�a mis fotos. En breves momentos examin� la negra caja, descubriendo en un extremo la primera foto que hab�a tomado, y en el otro un extra�o trozo de un cristal de �mbar coloreado, cortado en �ngulos extravagantes imposibles de describir. El contacto con el cristal fragmentado parec�a extra�amente c�lido y electrificante, y me costaba much�simo esfuerzo tomar el objeto y guardarlo en la caja de seguridad de Theunis. La instant�nea que ten�a en la mano me produc�a una desconcertante mezcla de emociones. Incluso despu�s de haberla metido en el sobre con las dem�s, sent�a unos deseos horribles de no quemarla, de mirarla y correr colina arriba en busca del original. Un c�mulo de pensamientos e im�genes se adue�aron de mi cerebro... foto tras foto... secretos acechando dentro de unos seres vagamente familiares... Pero un sentimiento opuesto de cordura, que operaba al mismo tiempo, me comunic� el suficiente vigor como para encender el fuego de la chimenea y reducir todas las fotos a cenizas. De alguna forma sent� que la tierra se hab�a librado de un horror al que yo hab�a estado a punto de sucumbir, y que no era lo m�s monstruoso pues no sab�a qu� era. En cuanto al porqu� de la crisis de Theunis, no fui capaz de imaginar ninguna explicaci�n coherente; tampoco quise profundizar mucho en ello. Fue bastante curioso que, en ning�n momento, tuviera el m�s m�nimo impulso de mirar a trav�s de la caja oscura antes de quitar la gema y la fotograf�a. Lo que mostraba de la foto aquel antiguo cristal o prisma no era, ten�a una curiosa seguridad, algo que un cerebro normal pudiese soportar. Fuera lo que fuese, me hab�a hallado muy cerca de ello - hab�a estado bajo el encantamiento de su aura -, en aquella remota colina, bajo la forma de un �rbol y en un paisaje desconocido. Y no ten�a ninguna curiosidad de saber de qu� hab�a escapado. �Ojal� mi ignorancia hubiese seguido siendo completa! Habr�a dormido mucho mejor aquella noche. Cuando me iba a ir, me fij� en los papeles que yac�an esparcidos por la habitaci�n. Todos estaban en blanco excepto uno, en el que hab�a dibujado una especie de boceto a pluma. Entonces record� lo que Theunis hab�a dicho acerca de esbozar el horror revelado por la gema, y luch� por volver la mirada; pero la curiosidad venci� mis cuerdas intenciones. Mir� el dise�o con m�s atenci�n, vi los trazos poco definidos y la l�nea final que hab�a quedado sin dibujar al producirse, con toda seguridad, la crisis nerviosa. Y entonces, en un ataque de perversa temeridad, contempl� totalmente el tenebroso, prohibido dise�o... Me desmay�. Jam�s ser� capaz de describir lo que vi. Al poco tiempo recobr� el conocimiento, y arroj� el papel al fuego agonizante, saliendo al exterior, a las tranquilas calles que conduc�an a mi casa. Di gracias a Dios por no haber sido yo el que mirase la foto a trav�s del cristal, y rogu� fervientemente que pudiese olvidar el terrible dibujo que Theunis hab�a bocetado. Desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Incluso los paisajes m�s bonitos parecen tener un tinte vago, vaporoso de las blasfemias innombrables que habitan en su interior, formando una especie de m�scara. �Y a�n as�, el boceto era tan vago, tan poco indicativo de lo que, a juzgar por sus posteriores anotaciones, deber�a haber visto Theunis! S�lo unos pocos elementos b�sicos del paisaje se hallaban en la cosa. Un vapor neblinoso y ex�tico llenaba la mayor parte de la vista. Todos los objetos que deb�an ser familiares formaban parte de algo vaporoso, desconocido y extraterrestre, algo infinitamente m�s vasto de lo que el ojo humano puede captar, infinitamente m�s extra�o, monstruoso y terrible. Donde yo hab�a visto, en aquel mismo paisaje, el �rbol retorcido y nebuloso, ahora s�lo era visible una especie de nudosa, terrible mano o garra, con los dedos extendidos y como arrastr�ndose a tientas por la tierra hacia el lugar del observador. Y justo debajo de los flotantes dedos, cre� ver una marca en la hierba como si alguien hubiese estado tumbado. Pero el boceto estaba hecho con precipitaci�n, y no podr�a asegurarlo.