La Llamada de Cthulhu


H. P. Lovecraft

(Encontrado entre los papeles del difunto Francis Wayland Thurston, de Boston)

�Resulta concebible pensar en la supervivencia de tales poderes y criaturas [...] una supervivencia de una �poca inmensamente remota en la que [...] la consciencia estaba manifestada. quiz�, en formas y figuras que desaparecieron hace mucho ante el avance de la humanidad [...] formas de las que s�lo la poes�a y la leyenda captaron un fugaz recuerdo llam�ndolas dioses, monstruos, y criaturas m�ticas de todo tipo y especie��

-Algernon Blackwood I. El Horror en Arcilla. A mi parecer, no hay nada m�s misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una pl�cida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debi�ramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia direcci�n, nos han causado poco da�o; pero alg�n d�a, la reconstrucci�n de conocimientos dispersos nos dar� a conocer tan terribles panor�micas de la realidad, y lo terror�fico del lugar que ocupamos en ella, que s�lo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelaci�n, o huir de la mort�fera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas. Los te�sofos han adivinado la imponente grandeza del ciclo c�smico en el que nuestro mundo y la raza humana no son sino un incidente transitorio. Los fil�sofos han hecho insinuaciones acerca de extra�as supervivencias en t�rminos que podr�an helar la sangre si no se enmascarasen tras un suave optimismo. Pero no procede de ellos la visi�n de �pocas prohibidas que me hace sentir escalofr�os cada vez que pienso en ella y me vuelve loco en mis sue�os. Esa peque�a visi�n, como todas las pavorosas visiones de la realidad. fue el producto de una reconstrucci�n accidental a partir de varias cosas diferentes, en este caso un antiguo art�culo de peri�dico y las notas de un profesor fallecido. Espero que nadie m�s sea capaz de repetir esta reconstrucci�n; de hecho, si yo viviera lo bastante, jam�s aportar�a conscientemente un solo eslab�n m�s a tan horrible cadena. Creo que el profesor tambi�n ten�a intenci�n de silenciar aquella parte de la que tuvo conocimiento, as� como de haber destruido sus notas si no le hubiera sobrevenido una repentina muerte. Mi conocimiento del asunto se remonta al invierno de 1926-27 momento en que tuvo lugar la muerte de mi t�o abuelo George Gammel Angell, profesor em�rito de Filolog�a Sem�tica en la Universidad de Browm, en Providence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad reconocida en inscripciones de la antig�edad, y con frecuencia hab�an recurrido a �l los directores de museos importantes; a esto se debe que su fallecimiento a la edad de noventa y dos a�os sea recordado por muchos. En el �mbito local el inter�s se acrecent� por las oscuras circunstancias de su muerte. El profesor sufri� una extra�a dolencia mientras volv�a del barco de Newport; tal y como dijeron los testigos, se derrumb� de repente tras haber recibido el empell�n de un negro con aspecto de marinero que hab�a salido de uno de los raros y oscuros callejones de la escarpada pendiente que constitu�a un atajo entre los muelles y la casa del difunto en Williams Street. Los m�dicos fueron incapaces de encontrar ning�n trastorno visible, pero terminaron por apuntar, tras una discusi�n, que la causa de la muerte deb�a ser una lesi�n desconocida del coraz�n, causada por el r�pido ascenso de un hombre ya mayor por una colina tan pronunciada. En aquel momento no vi raz�n alguna para disentir de ese dictamen, pero m�s tarde me vi inclinado a cuestionarlo... e incluso m�s que cuestionarlo. Como heredero y albacea de mi t�o abuelo, que hab�a muerto viudo y sin hijos, deb�a examinar sus papeles con cierta minuciosidad; a tal fin llev� todos sus archivos y cajas a mi alojamiento en Boston. La mayor�a del material que correlacion� ser� publicado m�s adelante por la Sociedad Americana de Arqueolog�a, pero hab�a una caja que me result� sumamente misteriosa, y que me sent� reacio a ense�ar a otros ojos que los m�os. Estaba cerrada, y no encontr� la llave hasta que se me ocurri� buscar en el llavero que el profesor llevaba siempre en su bolsillo. Entonces pude abrirla, pero parece que fuera solamente para toparme con una barrera m�s fuerte e infranqueable. �Cu�l pod�a ser el significado de aquel extra�o bajorrelieve de arcilla, y de los inconexos apuntes, notas y recortes que encontr�? �Hab�a comenzado mi t�o a creer semejantes supercher�as en sus �ltimos a�os? Decid� emprender la b�squeda del exc�ntrico escultor responsable de aquel claro trastorno de la paz mental de un anciano. El bajorrelieve era una tosca pieza rectangular de algo m�s de dos cent�metros de grosor y con una superficie de unos trece por quince; de origen evidentemente moderno. Por el contrario, su dise�o distaba mucho de resultar moderno en lo que se refiere al tema y a lo sugerido por la obra ya que, aunque los caprichos del cubismo y el futurismo son muchos y descabellados, no suelen servir para reproducir la enigm�tica regularidad que se esconde tras la escritura prehist�rica y, ciertamente, el grueso de aquellos dise�os parec�a ser alg�n tipo de escritura. Sin embargo, y a pesar de estar muy familiarizado con los papeles y colecciones de mi t�o, la memoria me fallaba al intentar identificar a qu� tipo pertenec�a, o incluso al intentar recordar alguna pista de la m�s remota afinidad de aquella con otras escrituras. Sobre esos presuntos jerogl�ficos se encontraba una figura con evidente prop�sito pict�rico, aunque su ejecuci�n impresionista imped�a hacerse una idea clara de su naturaleza. Parec�a tratarse de alg�n tipo de monstruo, un s�mbolo que lo representase, o una forma que s�lo una imaginaci�n enfermiza podr�a llegar a concebir. No estar�a traicionando al esp�ritu de aquella cosa si digo que mi imaginaci�n, algo calenturienta de por s�, cre�a percibir en ella, de forma simult�nea, las figuras de un pulpo, un drag�n, y una caricatura de ser humano. Una cabeza viscosa y cubierta de tent�culos destacaba sobre un cuerpo grotesco y escamoso con unas alas rudimentarias; pero era el perfil general de toda ella lo que resultaba m�s espantoso. Detr�s de la figura quedaba insinuado un cicl�peo trasfondo arquitect�nico. Los escritos que acompa�aban a aquella rareza, dejando a un lado un mont�n de recortes de prensa, hab�an sido escritos hace poco de la mano del profesor Angell, y no hab�a pretensi�n literaria alguna en su estilo. Lo que parec�a ser el documento principal se titulaba �CULTO DE CTHULHU� en caracteres trazados concienzudamente para evitar una lectura equivocada de una palabra tan inaudita. El manuscrito estaba dividido en dos secciones, estando titulada la primera �1925-Los sue�os y trabajos sobre los sue�os de H.A. Wilcox, 7 Thomas St., Providence, Rhode Island�, y el segundo �Narraci�n del inspector John. R. Legrasse, 121 Bienville St., Nueva Orleans, La., 1908 A.A.S. Mtg. -Notas sobre los mismos y sobre el relato del profesor Webb�. El resto de los papeles manuscritos eran notas breves, algunas de ellas acerca de extra�os sue�os de personas diversas, y otras, menciones de libros y revistas teos�ficos (particularmente el Atlantis y el continente perdido de Lemuria de W. Scott Elliot). El resto eran comentarios acerca de longevas sociedades secretas y cultos secretos, con referencias a varios pasajes de fuentes mitol�gicas y antropol�gicas como puedan ser La rama de oro de Frazer y la Brujer�a en la Europa occidental de la se�orita Murray. Los recortes alud�an a extra�as enfermedades mentales y a una ola de locura o demencia colectiva que tuvo lugar en la primavera de 1925. La primera mitad del manuscrito principal daba cuenta de un suceso bastante peculiar. Parece ser que el 1 de Marzo de 1925, un hombre moreno y delgado, de aspecto neur�tico y excitado, se present� en casa del profesor Angell llevando el singular bajorrelieve, todav�a h�medo y fresco. En su tarjeta de visita aparec�a el nombre Henry Anthony Wilcox, y mi t�o lo reconoci� como el benjam�n de una excelente familia que le resultaba conocida. En los �ltimos tiempos el joven Wilcox hab�a estado estudiando escultura en la Escuela de Dise�o de Rhode Island y viviendo solo en el edificio Fleur-de- Lys, cercano a dicha instituci�n. Wilcox era un joven precoz de genio reconocido pero de una gran excentricidad, y ya desde la ni�ez hab�a entusiasmado a gente con las extra�as historias y sue�os que ten�a por costumbre relatar. Dec�a de s� mismo que era �'ps�quicamente hipersensible�, pero la gente formal de aquella antigua ciudad comercial le tomaba simplemente por un �tipo rarito�. Al no mezclarse demasiado con sus compa�eros de estudio se apart� gradualmente de la vida social, y en aquel momento s�lo se relacionaba con un grupo de estetas de otras ciudades. Incluso el Club de Arte de Providence, en su celo conservacionista, lo dej� por imposible. Con motivo de la visita, seg�n se le�a en el manuscrito del profesor, el escultor pidi� bruscamente la ayuda de mi t�o para que, dados sus conocimientos arqueol�gicos, identificara los jerogl�ficos del bajorrelieve. Habl� de una manera tan distra�da y afectada, y que indicaba tal presunci�n, que anulaba cualquier simpat�a que pudiera sentirse por �l. Mi t�o le contest� con cierta brusquedad, ya que la notable frescura de la tablilla implicaba parentesco con cualquier cosa excepto con la arqueolog�a. La r�plica del joven Wilcox, que impresion� a mi t�o hasta el punto de recordarla y anotarla al pie de la letra, estuvo caracterizada por un matiz fant�sticamente po�tico que debi� marcar sin duda toda la conversaci�n, y que tal y como he podido comprobar m�s tarde, resultaba muy propio de �l. Lo que dijo fue: ��Claro que es nueva! La hice la pasada noche en un sue�o que tuve sobre extra�as ciudades; y los sue�os son m�s antiguos que la enso�adora Tiro, la contemplativa Esfinge, o la misma Babilonia cercada de jardines.� Fue entonces cuando comenz� su inconexo relato, que de repente aviv� un recuerdo aletargado de mi t�o, y se gan� su fervoroso inter�s. La noche anterior hab�a tenido lugar un leve terremoto, el de mayor intensidad de los �ltimos a�os en Nueva Inglaterra; y la imaginaci�n del joven Wilcox hab�a resultado fuertemente afectada. Al irse a dormir tuvo �ste un sue�o sin precedentes sobre cicl�peas ciudades de tit�nicos sillares de piedra y monolitos que alcanzaban el cielo, chorreando todo el conjunto l�gamo de color verde y anunciando un horror latente. Los muros y pilares estaban cubiertos de jerogl�ficos, y desde alg�n punto bajo el suelo le lleg� una voz que no era tal; una sensaci�n ca�tica que tan solo la imaginaci�n podr�a transliterar en sonido, cosa que intent� hacer por medio de un revoltijo casi impronunciable de letras: �Cthulhu fhtagn�. Este galimat�as fue la clave para que el profesor recordase algo que le preocupaba y confund�a. Pregunt� al escultor con minuciosidad cient�fica, y estudi� con intensidad casi fren�tica el bajorrelieve en el que el joven se encontraba trabajando cuando, hel�ndose de fr�o y vestido s�lo con su pijama, despert� de repente y se sorprendi� al ver lo que hac�a. Mi t�o culpaba a su edad, como dijo Wilcox posteriormente, de su lentitud en reconocer los jerogl�ficos y el dise�o pict�rico. Muchas de sus preguntas le parecieron fuera de lugar al visitante, especialmente cuando el profesor intent� encontrar conexiones entre Wilcox y extra�as sectas y sociedades. Wilcox no pudo entender las repetidas promesas de silencio que le fueron ofrecidas a cambio de admitir su pertenencia a una extendida organizaci�n religiosa de car�cter pagano o m�stico. Cuando el profesor se convenci� de que Wilcox ignoraba la existencia de cualquier tipo de culto o de saber arcano, no dud� en asediar a su visitante solicit�ndole futuros informes acerca de sus sue�os. Esto dio su fruto de una forma continuada, ya que tras la primera entrevista el manuscrito hace constar las visitas diarias del joven. en las que relataba sorprendentes fragmentos de im�genes on�ricas cuyo principal contenido era siempre alguna terrible panor�mica de car�cter cicl�peo, y de piedra oscura y chorreante, a la que acompa�aba una voz o inteligencia subterr�nea que de forma mon�tona profer�a enigm�ticos impactos sensoriales imposibles de transliterar salvo en un galimat�as. Los dos sonidos repetidos con m�s frecuencia. mencionados en las cartas, eran �Cthulhu� y �R�lyeh�. El 23 de Marzo, seg�n apuntaba el manuscrito, Wilcox no apareci�; las pesquisas en su alojamiento revelaron que hab�a sido asaltado por una especie inusual de fiebre y que hab�a sido llevado a la casa de su familia en Watterman Street. Wilcox hab�a estado gritando durante la noche, despertando a varios de los otros artistas que viv�an en la residencia, y desde entonces s�lo hab�a manifestado estados alternativos de inconsciencia y delirio. Mi t�o se apresur� a telefonear a la familia, y desde ese momento en adelante prest� una gran atenci�n al caso, llamando a menudo a la consulta del Dr. Tobey en Thayer Street, al enterarse de que era el m�dico de Wilcox. Al parecer, la febril mente del joven se explayaba sobre cosas extra�as; y a ratos el doctor se estremec�a al o�r hablar de ellas. Tales visiones no se limitaban a la repetici�n constante de cosas so�adas con anterioridad, sino que alud�an locamente a una gigantesca cosa �de kil�metros de altura� que caminaba, o se mov�a, pesadamente. En ning�n momento lleg� a describir por completo a aquel ser, pero algunas palabras fren�ticas y ocasionales, repetidas por el doctor Tobey, convencieron al profesor de que deb�a ser id�ntico a la monstruosidad sin nombre que hab�a tratado de representar en aquella figura esculpida en sue�os. El doctor a�adi� que cualquier referencia a este objeto supon�a, sin excepci�n, el preludio del hundimiento del joven en un estado let�rgico. Extra�amente su temperatura no estaba muy por encima de la normal; pero su condici�n, por lo dem�s, indicaba la presencia de una aut�ntica fiebre y no de un trastorno mental. Alrededor de las 3 de la tarde del 2 de Abril, todo rastro de la enfermedad de Wilcox desapareci� de repente. �ste se sent� sobre la cama, asombrado de encontrarse en casa de sus padres, y completamente ignorante de lo acontecido en los sue�os o la realidad desde la noche del 22 de Marzo. Tras darle de alta el m�dico. Wilcox tard� s�lo tres d�as en volver a su alojamiento; pero en adelante dej� de interesar al profesor Angell. Todo rastro de sue�os extra�os se hab�a desvanecido al llegar su recuperaci�n, y mi t�o dej� de tomar nota de sus visiones on�ricas tras una semana de explicaciones irrelevantes y sin sentido acerca de sue�os corrientes. Aqu� termina la primera parte del manuscrito, pero algunas referencias a ciertas notas dispersas me dieron mucho en lo que pensar. hasta el punto de que s�lo el arraigado escepticismo que caracterizaba mi filosof�a por aquel entonces, era capaz de explicar mi continua desconfianza por el artista. Las notas en cuesti�n eran las que describ�an los sue�os de varias personas a lo largo del mismo periodo en que el joven Wilcox hab�a experimentado sus extra�as visitaciones. Parece ser que mi t�o inici� r�pidamente un sistema incre�blemente ramificado de investigaci�n entre casi todos los amigos a los que pod�a preguntar, sin parecer impertinente, acerca de sus sue�os nocturnos as� como de la fecha de cualquier visi�n fuera de lo com�n que hubieran experimentado en tiempos recientes. Seg�n parece, la acogida de su solicitud result� muy variada, pero al menos debi� recibir m�s respuestas de las que una sola persona podr�a ser capaz de atender sin la ayuda de un secretario. La correspondencia original no ha sido conservada, pero sus notas al respecto forman un minucioso y significativo resumen. La gente normal de la vida social y de los negocios -la �sal de la vida� de la sociedad de Nueva Inglaterra- dio un resultado negativo casi en su mayor�a, aunque hubo alg�n que otro caso aislado de intranquilas e indefinidas visiones nocturnas, siempre entre el 23 de Marzo y el 2 de Abril, periodo que coincid�a con el delirio del joven Wilcox. Aquellos dedicados a la ciencia no resultaron mucho m�s afectados, aunque cuatro casos de vagas descripciones podr�an sugerir la existencia de visiones fugaces de extra�os paisajes, y uno de ellos hac�a incluso menci�n a un miedo ante algo anormal que pudiera sobrevenir. Fue de los artistas y poetas de quienes llegaron las respuestas pertinentes, y s� perfectamente que se hubiera desatado el p�nico entre ellos de tener posibilidad de comparar sus notas. A la vista de aquello, y faltando las cartas originales, llegu� a sospechar que el recopilador hab�a formulado preguntas tendenciosas, o que hab�a redactado la correspondencia de forma que quedase corroborado lo que �l, de forma latente, estaba resuelto a confirmar. Esta es la raz�n por la que continu� pensando que Wilcox, de alguna forma al corriente de ciertos datos del pasado en posesi�n de mi t�o, hab�a estado aprovech�ndose del veterano cient�fico. Las respuestas de aquellos estetas daban forma a una inquietante historia. Desde el 28 de Febrero al 2 de Abril una gran proporci�n de ellos hab�a so�ado con cosas muy extra�as, siendo la intensidad de estos sue�os incongruentemente mayor durante el periodo correspondiente al delirio del escultor. M�s de la cuarta parte de los que informaron acerca de algo, dec�an haber tenido visiones y escuchado sonidos no muy distintos de los que Wilcox hab�a descrito. Alguno de los so�adores confes� haber sentido un miedo intenso hacia una cosa gigantesca e innombrable, visible casi al final. Uno de los casos descritos con m�s �nfasis en las notas fue realmente lamentable. El sujeto, un arquitecto de renombre con ciertas inclinaciones hacia la teosof�a y el ocultismo, enloqueci� violentamente el d�a del ataque de Wilcox, y falleci� unos meses m�s tarde tras gritar de manera incesante que le salvaran de un ser huido del mism�simo infierno. Si mi t�o hubiera hecho referencia a estos casos por el nombre y los apellidos y no mediante un n�mero, yo mismo hubiera hecho un intento de corroborar todo mediante una investigaci�n, pero tal como estaban, s�lo tuve �xito en seguir la pista a unos cuantos. Sin embargo, estos confirmaron lo registrado en las notas. Con frecuencia me he preguntado si todos los sujetos encuestados por mi t�o se sentir�an tan confundidos como estos pocos. Es mejor que jam�s reciban explicaci�n alguna al respecto. Los recortes de prensa, como ya he dado a entender, aluden a casos de p�nico, man�a, y excentricidad que tuvieron lugar durante el periodo en cuesti�n. Sin duda el profesor Angell debi� contratar los servicios de una agencia de recortes de prensa, ya que la cantidad de extractos era enorme, y �stos proced�an de fuentes muy diversas repartidas por todo el globo. Uno trataba acerca de un suicidio nocturno en Londres, donde una persona que dorm�a sola hab�a saltado por una ventana tras proferir un grito espantoso. Hab�a otro que consist�a en una inconexa carta, dirigida al director de un peri�dico sudamericano, en la que un fan�tico deduc�a un catastr�fico futuro a partir de ciertas visiones que hab�a tenido. Un comunicado procedente de California describ�a a una colonia de te�sofos visti�ndose de togas blancas como preparativo de alg�n �glorioso cumplimiento� que jam�s tuvo lugar, mientras que las noticias llegadas desde la India hablaban con cautela acerca de serios disturbios causados por nativos hacia finales de Marzo. Los ritos orgi�sticos del vud� se multiplican en Hait�, y de los puestos avanzados africanos llegaba informaci�n acerca de rumores y malos augurios. Las autoridades americanas en Filipinas se encontraron con la agitaci�n de varias tribus por esas fechas, y en Nueva York la polic�a era acosada por multitudes de tez aceitunada la noche del 22 al 23 de marzo. En la zona occidental de Irlanda tambi�n abundaban los descabellados rumores y leyendas, y el pintor de temas fant�sticos Ardois-Bonnot colgaba su blasfemo Paisaje On�rico en el sal�n de primavera de Par�s de 1926. Fueron tan numerosas las alteraciones que tuvieron lugar en los manicomios, que solamente un milagro hubiera sido capaz de evitar que la cofrad�a m�dica advirtiese los extra�os paralelismos y sacase desconcertantes conclusiones de aquello. Un extra�o mont�n de recortes, que a�n hoy no puedo concebir con qu� insensible racionalismo fui capaz de desechar. Pero por aquel entonces ya estaba convencido de que el joven Wilcox conoc�a aquellas viejas cuestiones mencionadas por el profesor. II. El Relato del Inspector Legrasse. Aquellos viejos asuntos que hab�an hecho que el sue�o del escultor y su bajorrelieve resultaran tan trascendentes para mi t�o constitu�an el tema principal de la segunda mitad de su largo manuscrito. Parece ser que el profesor Angell hab�a visto ya en una ocasi�n, y estudiado sin obtener resultados, el diab�lico perfil de aquella monstruosidad sin nombre representada sobre aquellos desconocidos jerogl�ficos, y que tambi�n hab�a escuchado las terribles s�labas que s�lo pueden ser transliteradas como algo parecido a �Cthulhu�. Aquella vinculaci�n era tan horrible e inquietante que no resulta nada extra�o que el profesor acuciase al joven Wilcox con sus preguntas y solicitudes de informaci�n. Esta experiencia anterior tuvo lugar en 1908, hac�a diecisiete a�os, cuando la Sociedad Americana de Arqueolog�a celebraba su reuni�n anual en San Luis. El profesor Angell, como corresponde a alguien de su m�rito y autoridad, hab�a desempe�ado un papel importante en las deliberaciones, y fue uno de los primeros en ser abordado por los diversos profanos que, aprovechando la celebraci�n, acudieron para hacer preguntas y plantear problemas en la confianza de que ser�an correctamente contestadas y resueltos. El cabecilla de aquellos profanos, que no tard� en ser el centro de atenci�n de todos los congregados, era un hombre de mediana edad y aspecto corriente que hab�a venido desde Nueva Orleans en busca de cierta informaci�n especial que le resultaba imposible obtener de ninguna de las fuentes locales. Su nombre era John Raymond Legrasse, inspector de polic�a de profesi�n. Trajo consigo el motivo de su visita, una grotesca, repulsiva, y aparentemente antiqu�sima estatua de piedra, cuyo origen era incapaz de determinar. No cabe pensar que el inspector Legrasse tuviera el menor inter�s por la arqueolog�a ya que, por el contrario, su deseo de ser ilustrado al respecto estaba instado por motivos puramente profesionales. La estatuilla, �dolo, fetiche, o lo que quiera que aquello fuera, hab�a sido requisada hac�a unos meses en los bosques pantanosos al sur de Nueva Orleans, en el curso de una redada contra los asistentes a una supuesta celebraci�n vud�; tan extra�os y horribles eran los ritos practicados en la misma que la polic�a no pudo sino darse cuenta de que hab�a dado con una oscura secta totalmente desconocida para ellos, e infinitamente m�s diab�lica que el m�s siniestro de los c�rculos africanos de la religi�n vud�. Acerca de su origen no pudo descubrirse absolutamente nada, salvo por ciertas historias err�ticas e incre�bles que se logr� sacar por la fuerza a algunos de los detenidos. A esto �ltimo se debe el ansia de la polic�a por encontrar cualquier dato acerca de las antiguas tradiciones que pueda ayudarles a reconocer el horrible s�mbolo, para poder seguir la pista del culto hasta su mismo origen. El inspector Legrasse no estaba preparado para la excitaci�n que suscit� su testimonio. Un simple vistazo a la estatuilla fue suficiente para hacer que los hombres de ciencia all� congregados se sumiesen en un estado de tensa excitaci�n, y no perdieran un solo momento en amontonarse alrededor del polic�a para as� poder contemplar la diminuta figura, de tan extra�a apariencia y tan remota antig�edad, que daba lugar a inopinadas y arcaicas perspectivas a�n por desvelar Ninguna escuela de arte conocida hab�a alentado la creaci�n de este terrible objeto, pero cientos e incluso miles de a�os parec�an estar marcados sobre su oscura y verdosa superficie de piedra cuya identificaci�n resultaba imposible. La figura, que al final fue pasada lentamente de mano en mano para que pudiera llevarse a cabo un estudio m�s cercano y detallado de la misma, ten�a entre dieciocho y veinte cent�metros de altura y estaba esculpida con gran habilidad artesanal. Representaba a un monstruo de perfil vagamente humano, pero con una cabeza a modo de pulpo cuya cara era una masa de tent�culos, un cuerpo cubierto de escamas y de aspecto gomoso, unas prodigiosas garras tanto en extremidades anteriores como posteriores, y unas largas y estrechas alas en la espalda. Aquella cosa, de la que parec�a desprenderse una terrible y antinatural malevolencia, ten�a una corpulencia algo abotargada y estaba sentada en cuclillas, con cierto aire maligno, sobre un pedestal cubierto de caracteres indescifrables. Las puntas de las alas tocaban el lado posterior del pedestal, y su trasero ocupaba el centro, mientras que las largas y curvas garras de las dobladas patas inferiores as�an la parte frontal y se extend�an a lo largo de todo el tercio superior del pedestal. La cabeza de cefal�podo se encontraba inclinada hacia delante, de modo que los extremos de sus tent�culos faciales rozaban la parte posterior de las grandes garras delanteras que, a su vez, estaban abrazadas a las rodillas elevadas de la agachada criatura. El aspecto del conjunto resultaba anormalmente v�vido, e incluso sutilmente terrible, ya que su origen era del todo desconocido. Su enorme, pasmosa, e incalculable antig�edad resultaba indiscutible; a pesar de ello no daba muestra de una sola relaci�n con cualquier forma art�stica conocida de car�cter primitivo. De hecho, tampoco guardaba relaci�n con ninguna otra �poca. Totalmente al margen, el propio material con que estaba construida resultaba un misterio, ya que aquella piedra verdinegra de aspecto maleable con motas y vetas doradas o iridiscentes no se asemejaba a nada conocido por la geolog�a o la mineralog�a. Los caracteres que cubr�an la base eran igualmente desconcertantes y ninguno de los presentes pudo formarse la menor idea de su origen ling��stico, a pesar de encontrarse all� la mitad de los expertos mundiales en la materia. Estas inscripciones, as� como la estatuilla y su material, formaban parte de algo horriblemente remoto y ajeno a la humanidad tal y como la conocemos; algo que terriblemente sugiere la existencia de antiguos e id�latras ciclos de vida en los que nuestro mundo y concepciones no tiene cabida alguna. No obstante, despu�s de que todos los congregados sacudieran sus cabezas, confesando su derrota ante el problema planteado por el inspector, hubo un hombre entre los all� reunidos que crey� percibir una extra�a familiaridad en la monstruosa figura y la escritura, y que al momento cont� con cierta timidez lo poco que sab�a. Esta persona era el difunto William Channing Webb, profesor de antropolog�a en la Universidad de Princeton, y un explorador de reconocido prestigio. El profesor Webb hab�a participado cuarenta y ocho a�os atr�s en una expedici�n a Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones r�nicas que no lleg� finalmente a encontrar. Mientras remontaban la costa occidental de Groenlandia se encontraron con una extra�a tribu o culto de esquimales degenerados cuya religi�n, una curiosa forma de adoraci�n al diablo, le hizo sentir escalofr�os dado lo deliberadamente sanguinario y repulsivo de sus ritos. Era una fe de la que otros esquimales sab�an muy poco, y de la que s�lo se hablaba en medio de un gran p�nico, diciendo que proced�a de �pocas horriblemente antiguas y anteriores a la creaci�n de nuestro mundo. Adem�s de ritos indescriptibles y sacrificios humanos, tambi�n se practicaban otros extra�os ritos de car�cter hereditario dirigidos a un anciano demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb tom� una cuidadosa transcripci�n fon�tica de aquellos ritos de labios de un anciano angekok o hechicero-sacerdote, expresando los sonidos lo mejor que pudo en caracteres latinos. Pero en aquellos momentos el asunto de principal trascendencia no era otro que el fetiche que aquel culto adoraba y alrededor del cual danzaban los sectarios cuando la aurora se alzaba por encima de los g�lidos acantilados. Este era, afirm� el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra, que constaba de un horrible dibujo y de ciertas inscripciones enigm�ticas y, seg�n le parec�a, era una versi�n m�s tosca pero similar, en todas sus caracter�sticas esenciales, a la inhumana efigie que yac�a en aquel momento frente a los reunidos. Estos datos, recibidos con incertidumbre y asombro por los presentes, probaron ser de especial inter�s para el inspector Legrasse, que comenz� de inmediato a acosar con preguntas al informante. Ya que hab�a copiado y tomado nota de un ritual oral escuchado a los adoradores del culto de los pantanos que sus hombres detuvieron, suplic� al profesor que recordase lo mejor que pudiera las s�labas que anot� en su convivencia con aquellos diab�licos esquimales. Lo que sigui� entonces fue una exhaustiva comparaci�n de detalles y un momento de pavoroso silencio cuando el detective y el cient�fico llegaron a la conclusi�n de la pr�ctica identidad de la frase com�n a aquellos dos rituales diab�licos pertenecientes a mundos tan diferentes y distantes entre s�. Lo que cantaban a sus �dolos gemelos, tanto los hechiceros esquimales como los sacerdotes de los pantanos de Luisiana era, en esencia, era algo muy parecido a esto (las divisiones entre palabras se han supuesto en base a los cortes que tradicionalmente se hac�an en la frase al cantarla voz alta): �Ph�nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.� Legrasse ten�a algo a su favor frente al profesor Webb, ya que en varias ocasiones sus prisioneros mestizos le hab�an repetido lo que los viejos oficiantes les contaron del significado de esas palabras. El verso se traducir�a por algo parecido a esto: �En su morada de R�lyeh, el difunto Cthulhu espera so�ando.� En ese momento, en respuesta a una exigencia urgente y generalizada, el inspector Legrasse relat�, de la forma m�s completa posible, su experiencia con los adoradores de los pantanos; un relato que mi t�o, tal y como puedo ver, consider� de una profunda trascendencia. La historia participaba de los m�s locos sue�os de mit�manos y te�sofos, y demostraba el asombroso grado de imaginaci�n c�smica pose�do por aquellos mestizos y parias, algo que era lo que menos se hubiera podido esperar de ellos. El d�a 1 de Noviembre de 1907 la polic�a de Nueva Orleans fue llamada a acudir con urgencia a la regi�n pantanosa y lacustre al sur de la ciudad. Los ocupantes ilegales de la zona, en su mayor�a primitivos pero amables descendientes de los hombres de Lafitte, eran presa de un terror absoluto debido a algo desconocido que se les hab�a acercado en silencio durante la noche. Al parecer se trataba de vud�, pero un vud� de un tipo m�s terrible del que jam�s hab�an llegado a conocer, y algunas mujeres y ni�os hab�an desaparecido desde que el mal�fico tam-tam comenz� su incesante golpeteo a lo lejos, en el interior de los negros y embrujados bosques por los que ninguno de los colonos se atrev�a a aventurarse. Hab�a gritos demenciales y angustiosos chillidos, cantos que helaban la sangre y danzantes llamas endemoniadas, y seg�n a�adi� el aterrado mensajero, la gente no pod�a soportarlo por m�s tiempo. De ese modo, un destacamento de veinte polic�as, repartidos entre dos carruajes y un autom�vil, emprendi� la marcha en las �ltimas horas de la tarde con el tembloroso colono haciendo las veces de gu�a. Se apearon al final del camino transitable y durante kil�metros chapotearon en silencio a trav�s del terrible bosque de cipreses al que la luz del d�a nunca llegaba. Feas ra�ces y mal�ficas lianas de musgos de Florida les acosaron y, de vez en cuando, los montones de piedras enmohecidas o los restos de paredes putrefactas intensificaban, con su sola insinuaci�n de unos pobladores tan morbosos, una sensaci�n depresiva que cada �rbol malformado y cada fungoso calvero contribu�a a crear. Al rato se divis� el asentamiento de aquellos colonos, no m�s que un miserable mont�n de caba�as, y sus hist�ricos moradores corrieron a api�arse alrededor del grupo de polic�as que portaba faroles que se balanceaban. El apagado ritmo del tam-tam resultaba ahora levemente audible muy, muy a lo lejos; y alg�n alarido aterrador llegaba a ratos cuando el viento cambiaba de direcci�n. Un brillo rojizo parec�a tambi�n filtrarse a trav�s de la p�lida maleza m�s all� de las interminables avenidas del bosque nocturno. A pesar de tener a�n miedo a quedarse solos de nuevo, los aterrados colonos se negaron en redondo a avanzar un solo palmo m�s en direcci�n a aquella escena de imp�a adoraci�n, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas se internaron sin gu�a alguno entre negras arquer�as de horror por las que ninguno de ellos hab�a pasado con anterioridad. El �rea en la que ahora se adentraba la polic�a hab�a tenido siempre mala fama, era pr�cticamente desconocida por el hombre blanco y en absoluto transitada por �ste. Hab�a leyendas que apuntaban a un lago oculto jam�s visto por ojos mortales, en el que habitaba un enorme y amorfo p�lipo blanco de ojos luminescentes; y los colonos cuchicheaban acerca de unos diablos con aspecto de murci�lago que sal�an volando de cavernas en el interior de la tierra para adorarlo a la medianoche. Los colonos afirmaban que aquello hab�a estado all� desde antes de D'iberville, desde antes de La Salle, desde antes de los indios, e incluso antes que las saludables bestias y aves que poblaron esos bosques. Aquel ser era una pesadilla en s� mismo, y su sola visi�n supon�a la muerte. Pero tambi�n hac�a so�ar a los hombres, y por esa raz�n estos sab�an lo suficiente como para mantenerse lejos de �l. La org�a vud� estaba teniendo lugar en los m�rgenes de tan temida zona, pero eso era ya lo suficientemente malo de por s�. Es posible por lo tanto que el lugar de la celebraci�n hubiera aterrorizado m�s a los colonos que los escalofriantes sonidos e incidentes. Solamente la poes�a o la locura pueden hacer justicia a los ruidos escuchados por los hombres de Legrasse a medida que se abr�an paso por el negro pantano hacia el rojizo resplandor y el apagado sonido de los tambores. Existen rasgos vocales propios del ser humano, y rasgos vocales propios de las bestias; pero resulta harto horrible escuchar los unos cuando la fuente de la que proceden deber�a producir los otros. La furia animal y el libertinaje orgi�stico se azotaban el uno al otro hasta alcanzar cotas demoniacas, en medio de un �xtasis de aullidos y graznidos que desgarraban aquellos bosques nocturnos y reverberaban por toda su extensi�n como si se tratase de tormentas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando aquel ulular sin orden ni concierto se deten�a, y de lo que parec�a ser un coro bien orquestado surg�an roncas voces entonando en sonsonete aquella horrible frase o ritual: �Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.� Entonces fue cuando los hombres, habiendo ya alcanzado un lugar donde la vegetaci�n era menos frondosa, se toparon de repente con la visi�n del terrible espect�culo. Cuatro de ellos se tambalearon, uno se desvaneci�, y otros dos profirieron un desquiciado grito que, afortunadamente, fue enmudecido por la furiosa cacofon�a que proced�a de aquella org�a. Legrasse ech� agua de los pantanos en la cara del desmayado, y todos se quedaron temblando all� de pie, casi hipnotizados por el horror. En un claro natural del pantano hab�a un islote cubierto de hierbas de algo menos de media hect�rea, sin �rboles y relativamente seco. All� saltaba y se retorc�a una indescriptible horda de monstruosidad humana que nadie salvo Sime o Angarola hubiera sido capaz de retratar. Sin ropa alguna encima, aquellos engendros mestizos rug�an, vociferaban y se contorsionaban en torno a una gigantesca hoguera circular en cuyo centro, visible a trav�s de ocasionales aberturas en la cortina de llamas, se alzaba un imponente monolito de granito de unos dos metros y medio de altura, sobre el cual, de manera incongruente dada su extrema peque�ez, descansaba la horrenda estatuilla. Formando un amplio c�rculo de diez cadalsos dispuestos a intervalos regulares, con el monolito rodeado de llamas en su centro, colgaban boca abajo los cuerpos atrozmente mutilados de los indefensos colonos que hab�an desaparecido. Era dentro de aquel c�rculo donde el corro de adoradores saltaba y rug�a, desplaz�ndose de forma general de izquierda a derecha en una interminable bacanal entre el c�rculo de cuerpos y el de llamas. Puede que fuera solamente la imaginaci�n, o puede que fueran los ecos del lugar los que indujeron a uno de los polic�as, un hispano un tanto exaltado, a figurarse que hab�a o�do respuestas antifonales al ritual procedentes de alg�n lugar lejano y sin luz en lo m�s profundo de aquel bosque de ancestrales leyendas y horrores. M�s tarde tuve ocasi�n de encontrarme de nuevo con este hombre, Joseph D. G�lvez se llamaba, que demostr� ser molestamente imaginativo. Lleg� hasta el punto de insinuar la existencia de un batir de alas apenas perceptible, y de haber vislumbrado unos ojos brillantes y una gigantesca masa blanca m�s all� de los �rboles lejanos, pero creo que lo que suced�a realmente es que hab�a escuchado demasiada superstici�n local. La horrible pausa que se tomaron los hombres de Legrasse tras presenciar semejante aberraci�n fue relativamente breve. El deber era lo primero, y aunque deb�a haber m�s de un centenar de mestizos celebrantes en aquella multitud, los polic�as confiaron en sus armas de fuego y se lanzaron resueltos hacia una nauseabunda batalla. Durante unos cinco minutos el caos y el estruendo resultantes fueron m�s all� de toda descripci�n. Se libr� una aut�ntica batalla campal y se abri� fuego, si bien muchos de los id�latras se dieron a la fuga. Pero al final el inspector Legrasse pudo contar hasta cuarenta y siete detenidos de hosco semblante, a los que oblig� a vestirse a toda prisa y formar entre dos filas de polic�as. Cinco de los adoradores yac�an muertos, y dos m�s que hab�an resultado heridos de gravedad fueron acarreados por sus compa�eros sobre improvisadas camillas. Por supuesto, la efigie que yac�a sobre el monolito fue cuidadosamente retirada y transportada por el propio Legrasse. Tras un viaje de extrema tensi�n y agotamiento, los detenidos fueron interrogados en la jefatura de polic�a, resultando ser todos hombres de muy baja extracci�n social, de sangre mestiza y enajenados mentales. La mayor�a eran marinos. Unos cuantos negros y mulatos, casi todos de las Indias Occidentales, o Portugueses de Brava, de las islas portuguesas de Cabo Verde, aportaban una nota de colorido vud� al heterog�neo culto. Pero bastante antes de que se hubieran realizado muchos interrogatorios, ya se habla puesto de manifiesto que en todo aquello hab�a algo mucho m�s profundo y antiguo que el simple fetichismo negro. Degradados e ignorantes como eran, aquellas criaturas se aferraban con sorprendente firmeza a la idea central de su repugnante fe. Tal y como dijeron, adoraban a los Primigenios que existen desde mucho antes que los hombres, y que vinieron a este joven mundo desde los cielos. Los Primigenios abandonaron la superficie del planeta, desapareciendo en el interior de la tierra o bajo las aguas del mar; pero sus cuerpos sin vida le contaron en sue�os sus secretos a los primeros hombres, que formaron un culto que jam�s ha desaparecido. Este era tal culto, y los prisioneros afirmaban que siempre habla existido y que continuar�a haci�ndolo, oculto en lejanas tierras bald�as y lugares l�gubres a lo largo y ancho del mundo hasta el momento en que el sumo sacerdote Cthulhu se alzase desde su l�brega casa en la invulnerable ciudad de R'lyeh bajo las aguas, y volviese a poner la tierra bajo su dominio. Alg�n d�a les convocar�a a todos, cuando las estrellas estuvieran en posici�n. El culto secreto esperar�a por siempre hasta que esto sucediera y poder liberarlo. Entretanto, nada m�s deb�a decirse. Hab�a alg�n secreto que incluso la tortura ser�a incapaz de extraer. La humanidad no era la �nica vida consciente del planeta, ya que de las tinieblas sal�an figuras para visitar a los pocos feligreses. No se trataba de Primigenios, a los que ning�n hombre hab�a visto jam�s. El �dolo esculpido era una representaci�n del gran Cthulhu, pero nadie sab�a decir si los dem�s Primigenios eran o no parecidos a �l. Nadie era ya capaz de leer las antiguas inscripciones, pero los mensajes eran transmitidos de viva voz. El c�ntico ritual no era el ya mencionado secreto, ya que �ste �ltimo nunca era pronunciado en voz alta, sino susurrado. El c�ntico s�lo significaba esto: �En su morada de R'lyeh el difunto Cthulhu espera so�ando.� S�lo se consider� a dos de los detenidos lo bastante cuerdos como para ser colgados, y el resto fue internado en diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los asesinatos rituales, afirmando que las muertes hab�an sido producidas por los Seres de Alas Negras que se hab�an dirigido hacia ellos desde su inmemorial templo en el interior del bosque embrujado. No pudo obtenerse ninguna informaci�n coherente acerca de esos misteriosos aliados. Casi todo lo que la polic�a pudo averiguar provino, principalmente, de un anciano mestizo llamado Castro, que dec�a haber viajado hasta extra�os puertos y haber hablado con los l�deres inmortales del culto en las monta�as de China. El viejo Castro recordaba retazos de una horrible leyenda que hac�a palidecer las especulaciones de los te�sofos, y que el hombre y el mundo pareciesen algo de reciente aparici�n y de existencia transitoria. Ha habido �pocas remotas en que otros Seres, que viv�an en Sus grandes ciudades, gobernaban la Tierra. Castro dijo que, seg�n le hab�an contado aquellos chinos inmortales, a�n pod�an encontrarse vestigios de Aquellos en cicl�peas piedras de las islas del Pacifico. Ellos murieron muchas eras antes de la aparici�n del hombre, pero existen ciertas artes que pueden hacerlos revivir cuando las estrellas est�n de nuevo en la posici�n propicia dentro del ciclo de la eternidad. Efectivamente, Ellos hab�an venido de las estrellas y hab�an tra�do consigo Sus im�genes. Estos Primigenios, continu� Castro, no estaban compuestos del todo de carne o sangre. Ten�an forma, cosa que quedaba demostrada en aquella efigie esculpida en las estrellas, pero esa forma no estaba hecha de materia. Siempre que las estrellas estuvieran en posici�n, pod�an saltar de un mundo a otro a trav�s de los cielos; mas cuando las estrellas no eran propicias, Ellos no pod�an vivir. Pero aunque no pudieran vivir, tampoco morir�an realmente. Todos yacen en moradas de piedra en la gran ciudad de R'lyeh, protegidos por los hechizos del omnipotente Cthulhu en espera del d�a de la gloriosa resurrecci�n en que las estrellas y la Tierra les sean de nuevo favorables. Llegado ese momento, alguna fuerza del exterior debe liberar Sus cuerpos. Los hechizos empleados para preservarlos les imped�an intentar todo movimiento inicial, por lo que no pod�an hacer otra cosa que yacer despiertos en la oscuridad y pensar mientras transcurr�an millones y millones de a�os. Ellos estaban al tanto de todo lo que acontec�a en el universo, pues Su forma de comunicaci�n era la transmisi�n del pensamiento. Incluso hoy hablaban en Sus tumbas. Cuando, despu�s de infinitas �pocas de caos, llegaron los primeros hombres, los Primigenios hablaron a los m�s sensitivos de entre ellos moldeando sus sue�os, ya que solamente as� pod�a Su lengua alcanzar las mentes carnales de los mam�feros. Entonces, susurr� Castro, aquellos primeros hombres formaron el culto en torno a unos peque�os �dolos que les mostraron los Grandes Ancianos, �dolos tra�dos de �pocas distintas desde estrellas sin luz. Ese culto no desaparecer� nunca hasta que las estrellas vuelvan a estar en posici�n, y los sacerdotes ocultos consigan sacar al Gran Cthulhu de Su tumba para que resucite a Sus s�bditos y reanude Su dominio sobre la Tierra. Esos tiempos ser�n f�cilmente reconocibles, porque entonces la humanidad se habr� vuelto como los Primigenios, libre y salvaje, m�s all� del bien y del mal, dejando a un lado la ley y la moral; y todos los hombres gritar�n y matar�n, y gozar�n era su alegr�a. Entonces, los Primigenios liberados les ense�ar�n nuevas formas de gritar y de matar, de solazarse y disfrutar, y la Tierra entera arder� en un holocausto de �xtasis y libertad. Mientras tanto, el culto, mediante los ritos apropiados, debe mantener viva la memoria de aquellas antiguas costumbres y escenificar la profec�a de Su regreso. En tiempos remotos, hombres elegidos hab�an hablado en sue�os con los Primigenios sepultados, pero un d�a, algo sucedi�. La gran ciudad p�trea de R'lyeh, con sus tumbas y monolitos, se hundi� bajo las aguas; y las aguas profundas, llenas del misterio primigenio que ni los pensamientos pueden atravesar, hab�an cortado aquella comunicaci�n espectral. Pero el recuerdo nunca morir�a, y los sumos sacerdotes afirman que la ciudad se alzar� de nuevo cuando las estrellas est�n en posici�n. Entonces saldr�n de la tierra los negros esp�ritus que en ella habitan, enmohecidos y tenebrosos, cargados de rumores siniestros obtenidos en cavernas situadas bajo el mismo fondo del mar. Pero el viejo Castro prefer�a no hablar demasiado acerca de Ellos. Se call� de repente y no hubo persuasi�n o sutileza alguna capaz de sacarle una sola palabra m�s al respecto. Curiosamente tampoco quiso hablar acerca del tama�o de los Primigenios. Del culto dijo que, seg�n pensaba, su n�cleo yac�a en medio de las arenas intransitables del desierto de Arabia donde Irem, la Ciudad de los Pilares, sue�a oculta e indemne. La secta no estaba aliada a los cultos Europeos de brujer�a, y resultaba pr�cticamente desconocido m�s all� de sus propios integrantes. Ning�n libro hab�a siquiera insinuado la existencia de �ste, aunque los chinos imperecederos afirmaron que el Necronomic�n del �rabe loco Abdul Alhazred conten�a ciertos dobles significados que los iniciados pod�an interpretar a su antojo, especialmente el tan discutido pareado: �Que no est� muerto lo que puede yacer eternamente, y con los evos extra�os a�n la muerte puede morir.� Legrasse, profundamente impresionado, y no menos perplejo, hab�a intentado informarse en vano acerca de las afiliaciones hist�ricas del culto. Aparentemente, Castro hab�a dicho la verdad cuando afirm� que �ste era completamente secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna acerca de la estatuilla o la secta y, en aquel preciso momento, el inspector hab�a llegado hasta las m�ximas autoridades del pa�s para encontrarse �nicamente con el relato de Groenlandia que hab�a contado el profesor Webb. El inter�s febril que el relato de Legrasse despert� durante la reuni�n, corroborado por la propia estatuilla, qued� reflejado en la correspondencia subsiguiente de los asistentes, aunque los comentarios que aparecieron en las publicaciones oficiales de la sociedad fueron m�s bien escasos. La precauci�n es la principal inquietud en aquellos acostumbrados a enfrentarse en ocasiones con charlatanes e impostores. Legrasse prest� la estatuilla durante alg�n tiempo al profesor Webb, pero le fue devuelta al fallecer �ste �ltimo y permanece hoy en su poder, tal y como he podido comprobar hace no mucho. Es un objeto aut�nticamente terrible, e inequ�vocamente parecido a la que el joven Wilcox esculpiera en sue�os. No me extra�a que mi t�o se entusiasmase con el relato del escultor, pues �qu� ideas no le llegar�an a la cabeza, tras lo que Legrasse hab�a aprendido del culto, si escuchase a un joven sensible decir, no s�lo que hab�a so�ado con la estatuilla y los jerogl�ficos exactos de la imagen hallada en los pantanos y la tablilla de Groenlandia, sino que en sue�os le hab�an llegado al menos tres de las precisas palabras que compon�an la f�rmula pronunciada tanto por los diab�licos esquimales como por los mestizos de Luisiana? El inicio inmediato por parte del profesor Angell de una investigaci�n con la mayor minuciosidad result� eminentemente natural, aunque yo, personalmente, sospechaba que el joven Wilcox hab�a o�do del culto de alguna forma y que hab�a inventado una serie de sue�os para enfatizar aquel misterio y prolongarlo a expensas de mi t�o. No cab�a duda de que las descripciones de sue�os y los recortes recopilados por el profesor ven�an a corroborar los hechos, pero la racionalidad de mi mente y la extravagancia de todo este tema me llevaron a adoptar lo que a mi juicio eran las conclusiones m�s sensatas. De ese modo, tras estudiar detenidamente una vez m�s el manuscrito y correlacionar las notas teos�ficas y antropol�gicas acerca del culto con el relato de Legrasse, viaj� hasta la residencia del escultor en Providence para echarle la reprimenda que me parec�a apropiada por haber embaucado de manera tan atrevida a un hombre educado y de edad. Wilcox a�n viv�a en soledad en el Edificio Fleur-de-Lys de Thomas Street, una horrible imitaci�n victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII, que ostentaba una fachada de estuco entre preciosas casas coloniales que ocupaban la antigua colina, a la sombra de la m�s hermosa torre georgiana de toda Am�rica. Lo encontr� trabajando en su estudio, y hube de admitir que el genio del escultor era profundo y aut�ntico nada m�s ver las obras que all� hab�a repartidas. Creo que, con el tiempo, ser� recordado como uno de los grandes artistas de lo decadente, porque hab�a ya cristalizado en arcilla, y alg�n d�a reflejar�a en el m�rmol pesadillas y fantas�as que s�lo Arthur Machen evoca en su prosa, y Clark Ashton Smith plasma en su verso y pintura. Moreno, delicado, y de un descuidado aspecto, se volvi� l�nguidamente al llamar yo a la puerta, y me pregunt� qu� quer�a sin siquiera levantarse. Manifest� cierto inter�s cuando le dije qui�n era, pues mi t�o hab�a despertado su curiosidad al investigar sus sue�os, pero nunca le hab�a explicado la raz�n del estudio. No ampli� su conocimiento acerca del asunto, pero busqu� con cierta sutileza la forma de poder sacarle algo. En poco tiempo pude convencerme de su sinceridad, pues hablaba acerca de sus sue�os de una forma que a nadie pod�a enga�ar. Estos sue�os, y los residuos que �stos hab�an dejado en su subconsciente, hab�an tenido una profunda influencia en su arte, cosa que confirm� al mostrarme una morbosa estatua cuyo contorno casi me hizo estremecer con la potencia de Su siniestro poder evocativo. Wilcox no pudo recordar haber visto el original de esa figura, salvo en su propio bajorrelieve, pero el perfil lo hab�an moldeado inconscientemente sus propias manos. Se trataba sin duda de la gigantesca figura sobre la que hab�a desvariado en su delirio. Tambi�n qued� claro sin mediar mucho tiempo que realmente no sab�a nada de un culto secreto, salvo por lo que se hubiera dejado caer en sus charlas con mi t�o. Una vez m�s me esforc� en imaginar c�mo habr�a podido �ste llegar a experimentar tan extra�as sensaciones. Hablaba de sus sue�os de una extra�a y po�tica forma; haci�ndome ver con terrible intensidad la h�meda ciudad cicl�pea de piedra verdosa y cubierta de fango cuya geometr�a, coment� curiosamente, era completamente err�nea, y consiguiendo que pudiese escuchar, con pavorosa expectaci�n, la incesante y cuasi mental llamada de las profundidades: �Cthulhu fhtagn�, �Cthulhu fhtagn�. Estas palabras formaban parte de aquel terrible ritual que hablaba de la vigilia on�rica del difunto Cthulhu bajo su b�veda p�trea de R'lyeh, y me sent� profundamente estremecido a pesar de mis creencias racionales. Estoy seguro de que Wilcox hab�a o�do hablar del culto de alguna manera, pero lo hab�a olvidado en medio del mont�n de sus no menos extra�as lecturas e imaginaciones. M�s tarde, y en virtud de su predisposici�n a impresionarse, hab�a hallado una expresi�n subconsciente de aquello en sus propios sue�os, en el bajorrelieve, y en la terrible estatua que ten�a entonces entre mis manos. El enga�o al que hab�a sometido a mi t�o era, por lo tanto, uno inocente e involuntario. El joven ten�a un car�cter algo amanerado y antip�tico a la vez, por el que no podr�a sentir simpat�a, pero me vi obligado a reconocer tanto su genio como su honestidad. Me desped� de �l amistosamente, dese�ndole todo el �xito que su genio promet�a. El asunto de la secta a�n continuaba fascin�ndome, hasta el punto de imaginar que alcanzar�a la fama personal por mis investigaciones acerca de su origen y conexiones. Visit� a Legrasse en Nueva Orleans y charl� tanto con �l como con otras personas acerca de aquella vieja redada, vi la terror�fica efigie, e incluso hice preguntas a aquellos prisioneros mestizos que a�n segu�an con vida. Por desgracia, el viejo Castro llevaba muerto varios a�os. Aunque no se tratase m�s que de una confirmaci�n detallada de lo que mi t�o hab�a escrito en sus notas, lo que entonces estaba comprob� personalmente de manera tan gr�fica consigui� estimularme de nuevo, ya que estaba seguro de andar tras la pista de una religi�n aut�ntica, antiqu�sima, y absolutamente secreta, cuyo descubrimiento har�a de m� un antrop�logo de renombre. Mi actitud, como desear�a que continuara siendo, a�n era por aquel entonces una de absoluto materialismo, de modo que descart�, con una perversidad inexplicable, las coincidencias existentes entre las notas relativas a sue�os y los extra�os recortes recopilados por el profesor Angell. Algo que empec� a sospechar, y que me temo ahora s� a ciencia cierta, es que la muerte de mi t�o dist� much�simo de ser natural. �ste se derrumb� en un angosto y empinado callej�n que ascend�a desde unos viejos muelles infestados de mestizos extranjeros, tras un descuidado empell�n propinado por un marino negro. No puedo olvidar la sangre mezclada y la querencia marinera de los sectarios de Luisiana, y no me sorprender�a enterarme en alg�n momento de la existencia de ciertos m�todos secretos de asesinato tan antiguos como los ritos y creencias esot�ricos. Legrasse y sus hombres no han sufrido da�o alguno, pero en Noruega ha muerto cierto marinero que fue testigo de cosas extraordinarias. �Habr�an llegado las pesquisas de mi t�o a o�dos siniestros tras obtener la informaci�n del joven escultor? Creo que el profesor Angell muri� porque sab�a demasiado. Que yo desaparezca de igual manera est� a�n por ver... porque ahora yo s� mucho. III. La locura que lleg� del mar. Si los cielos quisieran concederme alguna vez un favor, pedir�a que borrasen para siempre las consecuencias que derivaron de aquella ocasi�n en que, de forma casual, fij� la mirada en un trozo suelto de papel que hab�a sido usado para cubrir un estante. Era dif�cil que hubiera tropezado en mi rutina cotidiana con algo as�, ya que no era sino un viejo ejemplar de un peri�dico australiano, el Sidney Bulletin del 18 de Abril de 1925. Hab�a escapado incluso a la atenci�n de la agencia de recortes de prensa que, justo en la fecha de publicaci�n de �ste, andaba recopilando �vidamente material para la investigaci�n de mi t�o. Hac�a tiempo que hab�a abandonado mis pesquisas acerca de lo que el profesor Angell llamaba �Culto de Cthulhu�, y me encontraba visitando a un amigo que ten�a en Paterson, Nueva Jersey, hombre culto que ostentaba el cargo de conservador del museo local, adem�s de ser un mineralogista de renombre. Un d�a, examinando las muestras de reserva, torpemente almacenadas en los estantes de una habitaci�n en el almac�n del museo, mi atenci�n fue captada por una extra�a fotograf�a que aparec�a en uno de los viejos peri�dicos desplegados bajo las piedras. Tal y como he dicho era el Sidney Bulletin, pues mi amigo conoc�a a gente en todas partes, y la foto en cuesti�n era un grabado en sepia de una horrible imagen de piedra id�ntica a la que Legrasse hab�a encontrado en el pantano. Le� el art�culo en detalle tras quitar impacientemente de encima de la hoja las preciosas piezas que la cubr�an, pero qued� algo decepcionado al ver que su extensi�n era algo reducida. Sin embargo, lo que suger�a era algo de trascendental importancia para la b�squeda que hab�a mantenido y que comenzaba por aquel entonces a languidecer. El art�culo, que arranqu� cuidadosamente, dec�a lo siguiente: MISTERIOSO BARCO ABANDONADO HALLADO EN ALTA MAR Llegada a remolque del Vigilant de un yate neozeland�s armado y desaparejado. Un superviviente y un muerto hallados a bordo. Desesperada lucha y muertes en alta mar. Marinero rescatado se niega a dar detalles sobre extra�a experiencia. Encontrado en posesi�n de extra�o �dolo. Prosiguen las investigaciones. El carguero Vigilant de la naviera Morrison, procedente de Valpara�so, atrac� esta ma�ana en el muelle de Darling Harbour, remolcando al desaparejado y averiado, si bien fuertemente armado, yate de vapor Alert de Dunedin (Nueva Zelanda), que fue avistado el 12 de Abril a 34�21' de latitud sur y 152�17' de longitud oeste, llevando a bordo un superviviente y un muerto. El Vigilant zarp� de Valpara�so el 25 de Marzo, y el 2 de Abril se desvi� su rumbo considerablemente hacia el sur, debido a la fort�sima tormenta y las enormes olas. El 12 de Abril fue avistado el barco a la deriva. Aunque en apariencia estaba desierto, al abordarlo fue hallado el �nico superviviente en unas condiciones cercanas al delirio, as� como otro hombre que llevaba muerto claramente m�s de una semana. El superviviente estaba aferrado a un horrible �dolo de piedra de unos 30 cent�metros de altura y de origen desconocido, acerca de cuya naturaleza las autoridades de la Universidad de Sidney, la Royal Society, y el Museo de College Street, se muestran completamente desconcertadas. El superviviente dice haberla encontrado en el camarote del yate, en el interior de un peque�o relicario de ordinaria talla. �ste hombre, tras recobrar el sentido, relat� una extra�a historia acerca de pirater�a y una sangrienta masacre. Se trata de Gustaf Johansen, noruego de cierta educaci�n, segundo de a bordo de la goleta Emma de Auckland, que zarp� de El Callao el 20 de Febrero con once hombres. El Emma, seg�n cuenta, se vio retrasado, y desviado de su rumbo hacia el sur, por culpa de la gran tempestad del 1 de Marzo, y el 22 del mismo avist� al Alert a 49�51' de latitud sur y 128�34' longitud oeste, llevado por una extra�a tripulaci�n de feroz aspecto formada por canacos y mestizos. Al orden�rsele de forma perentoria que diera media vuelta, el capit�n Collins se neg�; momento en que la extra�a tripulaci�n comenz� a abrir fuego sobre la goleta, salvajemente y sin aviso previo, con una bater�a pesada dotada de ca�ones de bronce que formaba parte de su armamento. Seg�n el superviviente, los hombres del Emma plantaron batalla y, aunque la goleta comenz� a hundirse debido a los disparos recibidos por debajo de la l�nea de flotaci�n, fueron capaces de acercarla a la nave enemiga, para as� abordarla, y lucharon con la salvaje tripulaci�n sobre su misma cubierta. Al final se vieron forzados a matar a toda la tripulaci�n enemiga, algo superior en n�mero, por su detestable y desesperada, si bien torpe, manera de luchar. Tres de los hombres del Emma resultaron muertos, incluyendo al capit�n Collins y al primero de a bordo Green. Los ocho restantes, con el segundo de a bordo Johansen al mando, se pusieron al frente del yate capturado, retomando su rumbo original para averiguar cu�l era la raz�n de haberles ordenado dar media vuelta. Al d�a siguiente, seg�n parece, alcanzaron una peque�a isla en la que desembarcaron, aunque no se sabe de la existencia de ninguna en aquella parte del oc�ano. Seis de los tripulantes murieron en ella, aunque Johansen da muestras de reticencia al llegar a esta parte de la historia, y se limita a decir que cayeron por un precipicio rocoso. M�s tarde, seg�n parece, �l y el �ltimo de sus compa�eros llegaron al yate y trataron de tripularlo, pero se vieron azotados por la tormenta del 2 de Abril. El hombre recuerda poco de lo sucedido entre ese d�a y el 12 de Abril, en que tuvo lugar su rescate, y no recuerda cu�ndo muri� William Briden, su compa�ero. La muerte de �ste no parece debida a ninguna causa visible, siendo la excitaci�n y la exposici�n a los elementos las razones m�s probables. Noticias llegadas por cable desde Dunedin informan de que el Alert es un mercante de cabotaje bien conocido all�, que adem�s gozaba de una mala reputaci�n en los muelles. Era propiedad de un curioso grupo de mestizos cuyos frecuentes encuentros y salidas nocturnas en direcci�n a los bosques atra�an bastante la atenci�n. �ste se hab�a hecho a la mar apresuradamente justo tras la tormenta y los temblores de tierra que tuvieron lugar el 1 de Marzo. Nuestro corresponsal en Auckland se�ala que tanto el Emma como su tripulaci�n gozaban de una excelente reputaci�n, y describe a Johansen como un hombre moderado y respetable. El Almirantazgo va a realizar una investigaci�n del asunto que dar� comienzo ma�ana mismo; en ella se tomar�n todas las medidas necesarias para persuadir a Johansen de que hable con mayor claridad de lo que ha hecho hasta ahora. Esto, junto con la fotograf�a de la infernal estatua, era todo, �pero qu� torrente de ideas comenz� a fluir en mi cabeza! Aqu� hab�a un nuevo tesoro de datos en tomo al Culto de Cthulhu y una clara evidencia de que �ste ten�a extra�os intereses tanto en el mar como en tierra. �Qu� motivo incit� a la tripulaci�n mestiza a ordenar dar media vuelta al Emma mientras navegaba en posesi�n de aquel horrible �dolo? �Cu�l era aquella desconocida isla sobre la que murieron seis de los tripulantes del Emma, y sobre la que el segundo Johansen se muestra tan reservado? �Qu� fue lo que sac� a la luz la investigaci�n ordenada por el Almirantazgo y qu� es lo que se sab�a en Dunedin acerca del mal�fico culto? Y lo m�s sorprendente de todo, �cu�l era la relaci�n, tan profunda como natural, de aquellas fechas que hac�an que tomaran una mal�vola e innegable significaci�n los diversos cambios en el curso de los acontecimientos que tan minuciosamente hab�a anotado mi t�o? El d�a 1 de Marzo -es decir, nuestro 28 de febrero seg�n la hora del meridiano de Greenwich- fue cuando tuvieron lugar la tormenta y el terremoto. El Alert y su maloliente tripulaci�n salieron disparados de Dunedin como llevados por una apremiante llamada, mientras que al otro lado del mundo, poetas y artistas comenzaron a so�ar acerca de una extra�a y rezumante ciudad a la vez que un joven escultor moldeaba en sue�os la forma del propio Cthulhu. El 23 de Marzo el desembarco de la tripulaci�n del Emma en una isla desconocida arroj� una cifra de seis muertos; y en esa misma fecha los sue�os de aquellos hombres especialmente sensibles adquirieron una gran viveza y quedaron oscurecidos por la persecuci�n de que eran objeto por parte de un monstruo mal�fico. Mientras tanto un arquitecto enloquec�a y un escultor se ve�a inmerso de repente en el delirio. �y qu� hay de la tormenta del 2 de Abril, fecha en que cesaron todos los sue�os acerca de la malsana ciudad, y en que Wilcox sali� ileso del suplicio de aquellas extra�as fiebres? �Qu� deducir de todo ello? �y de todas las insinuaciones del viejo Castro acerca de los Primigenios, sumergidos bajo las aguas y nacidos en las estrellas, y de su reino que se avecina, el fiel culto de estos y su dominio de los sue�os? �Estaba tambale�ndome al borde de horrores c�smicos m�s all� de la capacidad de asimilaci�n del hombre? Si esto es as�, tales horrores no deben ser sino de la mente, ya que de alguna forma el 2 de Abril puso fin a cualquier monstruosa amenaza que hubiera empezado a cernirse sobre el alma de la humanidad. Aquella tarde, tras un d�a de apresurados telegramas y preparativos, me desped� de mi anfitri�n y cog� un tren a San Francisco. En menos de un mes me encontraba en Dunedin, donde comprob� que a pesar de que los miembros de aquel extra�o culto sol�an pasar el rato en las viejas tabernas del puerto, poco m�s se sab�a acerca de ellos. Los chismes que escuch� en los muelles no merecen menci�n especial, aunque corr�a cierto rumor acerca de un viaje que estos mestizos hab�an realizado al interior, durante el cual se pudo apreciar en las lejanas colinas un apagado tamborileo y un resplandor rojizo. En Auckland averig�� que tras un superficial interrogatorio en Sidney, que no dio resultado alguno, Johansen hab�a regresado con su rubia cabellera de color blanco, y que despu�s hab�a vendido su casita en West Street y marchado en barco con su mujer a su antigua residencia en Oslo. De aquella pavorosa experiencia no cont� a sus amigos nada m�s que a los oficiales del Almirantazgo, y todo lo que estos pudieron hacer fue darme su direcci�n en Oslo. Despu�s de aquello me fui a Sidney donde habl�, sin obtener nada nuevo, con marinos y magistrados del Vicealmirantazgo. Pude ver el Alert, que hab�a sido vendido para su uso comercial, en Circular Quay, en Sidney Cove, pero tampoco logr� sacar nada a su reservada tripulaci�n. La figura acurrucada con cabeza de cefal�podo, alas escamosas y el pedestal cubierto de jerogl�ficos, se conservaba en el Museo de Hyde Park. Durante un tiempo la estuve estudiando, encontrando en ella la misma exquisita y siniestra hechura, el mismo misterio y antig�edad, y el mismo material desconocido propios de la versi�n, un tanto m�s reducida, de Legrasse. Seg�n me dijo el conservador del Museo, los ge�logos hab�an encontrado en ella un monstruoso enigma, ya que llegaron a jurar que en el mundo no hab�a una roca como esa. Fue entonces cuando pens� con un escalofr�o en lo que el viejo Castro le hab�a dicho a Legrasse acerca de los Primigenios: �Ellos vinieron de las estrellas, y trajeron Sus im�genes consigo.� Estremecido por una confusi�n mental como nunca antes hab�a conocido, decid� visitar al segundo Johansen en Oslo. Embarqu� con destino a Londres, donde cog� otro barco en direcci�n a la capital noruega; y en un d�a de oto�o desembarqu� en los muelles bien cuidados que hab�a a la sombra del Egeberg. La casa de Johansen, como pude descubrir, estaba situada en la vieja ciudad del rey Harold Haardrada, quien conserv� el nombre de Oslo en los siglos que la capital estuvo disfrazada como �Cristiana�. Hice el breve recorrido en taxi y, con el coraz�n palpitante, llam� a la puerta de un pulcro y antiguo edificio con fachada de estuco. Una mujer de gesto triste y vestida de negro fue quien respondi� a mi llamada, qued�ndome consternado y estupefacto cuando esta me dijo en un ingl�s entrecortado que Gustaf Johansen hab�a fallecido. No vivi� mucho m�s all� de su regreso, dijo su viuda, ya que los extra�os sucesos de 1925 en alta mar le hab�an debilitado. No le hab�a dicho a ella m�s de lo que hab�a contado p�blicamente, pero hab�a dejado un largo manuscrito -sobre �asuntos t�cnicos�, seg�n dijo �l- en ingl�s, sin duda para protegerla del peligro que podr�a suponer un examen casual del mismo. Mientras paseaba por un angosto callej�n cercano al muelle de Gothenburg, un fardo de papeles ca�do desde la ventana de un desv�n le hab�a derribado. Dos marinos de Lascar le ayudaron a ponerse en pie, pero �ste muri� antes de que la ambulancia pudiera llegar al lugar Los m�dicos no encontraron una causa para la muerte, dictaminando que se deb�a a alg�n problema del coraz�n y a su d�bil constituci�n. En aquel momento comenc� a sentir un terror roy�ndome las entra�as que ya nunca me abandonar� hasta el d�a en que yo muera tambi�n, ya sea �accidentalmente� o de cualquier otra forma. Tras convencer a la viuda de que mi conexi�n con los �asuntos t�cnicos� de su marido era suficiente para darme derecho a tomar posesi�n del manuscrito, me llev� el documento y comenc� a leerlo en el barco de regreso a Londres. Se trataba de algo sencillo e inconexo -un esfuerzo por parte de un sencillo marino de escribir un diario a posteriori de los hechos-, en el que quedaba reflejado un af�n por recordar lo sucedido d�a a d�a en el terrible �ltimo viaje. No puedo intentar transcribirlo palabra por palabra, con todos sus turbios y redundantes pasajes, pero contar� lo suficiente como para que se entienda por qu� el ruido de las olas rompiendo contra el casco del barco se me hizo tan insufrible que tuve que taponarme los o�dos con algod�n. Johansen, gracias a Dios, no lo sab�a todo a pesar de haber visto la ciudad y a aquel Ser, pero yo nunca volver� a dormir tranquilo cuando piense en los horrores que acechan incesantemente a la vida en el tiempo y en el espacio, y en aquellas blasfemias imp�as procedentes de antiguas estrellas que sue�an bajo las olas, y que son objeto de adoraci�n de un culto de pesadilla dispuesto y decidido a soltarlas por la Tierra cuando quiera que otro terremoto haga emerger su monstruosa ciudad p�trea de nuevo hacia el aire y la luz de la superficie. El viaje de Johansen hab�a dado comienzo tal y como �ste le hab�a contado al vicealmirantazgo. El Emma, con carga de lastre, zarp� de Auckland el 20 de Febrero y hab�a sufrido en toda su intensidad aquella tormenta provocada por el terremoto que debi� atraer desde el fondo del mar a aquellos horrores que forman parte de las pesadillas de los hombres. De nuevo bajo control, la embarcaci�n progresaba a buen ritmo cuando fue detenida por el Alert el 22 de Marzo, y pude sentir claramente el remordimiento con que Johansen escribi� acerca del bombardeo y hundimiento del Emma. Al referirse a los morenos sectarios a bordo del Alert lo hace dando clara muestra de horror. Hab�a alguna cualidad especialmente abominable en aquellos hombres que casi hac�a de su exterminio un deber, dando aqu� muestra Johansen de una ingenua extra�eza ante la acusaci�n de crueldad lanzada contra la tripulaci�n del Emma durante el proceso que dirigi� el tribunal al cargo de la investigaci�n. Llevados por la curiosidad siguieron el rumbo que llevaban, ahora en el yate capturado y bajo el mando de Johansen, hasta que al poco avistaron un gran pilar de piedra que sobresal�a del mar, y en un punto situado a 47�9' de latitud sur y 126�43' de longitud oeste llegaron a un litoral de lodo, fango, y cicl�pea mamposter�a que no pod�a ser otra cosa que la sustancia tangible del terror supremo de la Tierra: la ciudad cadav�rica y de pesadilla de R'lyeh, construida hac�a incontables eones por repugnantes figuras que proced�an de las estrellas sin luz. All� yac�an el Gran Cthulhu y Sus hordas, ocultos bajo b�vedas cubiertas de fango verdoso; enviando de nuevo, tras incalculables ciclos temporales, aquellos pensamientos que extend�an el miedo por los sue�os de los m�s sensibles, a la vez que apremiaban a sus fieles a lanzarse en pos de un peregrinaje por su liberaci�n y la restauraci�n de su imperio en la Tierra. Johansen no sospechaba nada de esto, �pero bien sabe Dios que ya vio suficiente! Supongo que lo que realmente lleg� a emerger de las aguas no era m�s que una cima, una horrible ciudadela coronada por el monolito bajo el que el Gran Cthulhu estaba enterrado. Cada vez que pienso en cu�nto debe estar gest�ndose all� abajo casi me entran ganas de poner fin a mi existencia de inmediato. Johansen y sus hombres sintieron un gran respeto por la majestuosidad de aquella rezumante Babilonia de antiguos demonios, y debieron haberse figurado por s� mismos que nada de eso pertenec�a a este o cualquier otro planeta saludable. El asombro ante el incre�ble tama�o de los verdosos bloques de piedra, la vertiginosa altura del gran monolito esculpido, y la desconcertante identidad de las colosales estatuas y bajorrelieves con la extra�a imagen encontrada en el relicario a bordo del Alert quedaba claramente plasmado en cada l�nea de la aterrada descripci�n de Johansen. Sin tener idea de lo que era el futurismo, Johansen consigui� alcanzar algo muy parecido a �ste con su forma de hablar de la ciudad ya que, en lugar de describir una estructura o edificio definidos, se explayaba s�lo en dar impresiones generales acerca de los enormes �ngulos y las superficies de piedra... superficies demasiado enormes para pertenecer a nada normal o propio de la Tierra, e imp�as por sus horribles im�genes y jerogl�ficos. Menciono el comentario acerca de los �ngulos porque me recuerda algo que Wilcox me hab�a contado con respecto a sus terribles sue�os. Wilcox dijo que la geometr�a de aquel lugar on�rico que vio era anormal, no euclidiana y asquerosamente impregnada de sensaciones de otras esferas y dimensiones distintas de la nuestra. Ahora era un sencillo marino el que ten�a la misma sensaci�n al contemplar la terrible realidad. Johansen y sus hombres desembarcaron en la empinada orilla cubierta de lodo de aquella monstruosa Acr�polis, y treparon por tit�nicos bloques rezumantes que no parec�an en absoluto escalera humana alguna. El mismo sol del cielo parec�a desvirtuado cuando era contemplado a trav�s del efluvio polarizador que brotaba de aquella perversi�n empapada de agua de mar, y una retorcida amenaza o incertidumbre acechaba lascivamente en aquellos �ngulos disparatadamente esquivos de roca labrada, en los que una segunda mirada mostraba una superficie c�ncava all� donde antes se hab�a visto una convexa. Algo semejante al miedo ya se hab�a apoderado de los exploradores antes de que pudieran ver nada distinto de la roca, el todo, o las abundantes algas marinas. Cada uno de ellos hubiera huido de no haber temido el desprecio de los otros, y sin entusiasmo siguieron buscando in�tilmente, como pudo comprobarse, alg�n recuerdo que poder llevarse del lugar. Fue Rodr�gues, el portugu�s, el primero en alcanzar la base del monolito, diciendo a gritos lo que all� hab�a encontrado. Los dem�s le siguieron y miraron con curiosidad a la inmensa puerta esculpida con el ya familiar bajorrelieve a la vez con forma de cefal�podo y de drag�n. Esta era, seg�n palabras de Johansen, como una enorme puerta de granero; y todos estuvieron de acuerdo en que se trataba de una puerta por la presencia alrededor de esta de un dintel ornado, un umbral, y unas jambas, aunque no podr�an decir si yac�a plana como si se tratara de una trampilla, o estaba inclinada como la puerta de un s�tano. Como Wilcox hubiera dicho, toda la geometr�a del lugar era incorrecta. No se pod�a asegurar que el mar y la tierra estuviesen en posici�n horizontal, raz�n por la que la posici�n relativa de todo lo dem�s era fantasmag�ricamente variable. Briden presion� sobre varios lugares de la piedra sin resultado alguno. Donovan tante� delicadamente por los ,bordes, apretando sobre cada punto a medida que avanzaba. �ste trep� interminablemente sobre aquella grotesca moldura de piedra -aunque a aquello s�lo se le pod�a llamar escalada si despu�s de todo la superficie no estaba en posici�n horizontal- mientras los dem�s hombres se preguntaban c�mo una puerta, en todo el universo, pod�a tener semejantes dimensiones. Entonces, suave y lentamente, el panel de media hect�rea comenz� a ceder hacia adentro en su parte superior, y pudieron ver que se balanceaba. Donovan se desliz� o se propuls� de alguna forma hacia abajo o a lo largo de la jamba, volviendo con sus compa�eros, y todos quedaron contemplando el extra�o retroceso de aquel portal monstruosamente labrado. En aquella fantas�a de distorsi�n prism�tica la puerta se deslizaba an�malamente en sentido diagonal, de modo que todas las leyes de la materia y la perspectiva parec�an trastornadas. La abertura que qued� estaba negra de una oscuridad casi palpable. Sin embargo, aquella oscuridad ten�a una calidad positiva, ya que ocultaba parte de la muralla interior que de lo contrario se habr�a puesto al descubierto. Como si de humo se tratase, esta oscuridad surgi� de su confinamiento de infinitos siglos, eclipsando visiblemente el sol a medida que escapaba agitando sus membranosas alas hacia un encogido y contrahecho cielo. El olor que emerg�a de las reci�n abiertas profundidades resultaba insoportable. Al poco rato, Hawkins, que ten�a un o�do muy fino, dijo que cre�a haber o�do un asqueroso chapoteo all� abajo. Todos escucharon con atenci�n, y a�n segu�an haci�ndolo cuando Aquello apareci� rezumante en medio del estr�pito, y a tientas col� Su gelatinosa inmensidad verde a trav�s de la negra puerta en pos del infecto aire de aquella f�tida ciudad de locura. La letra del pobre Johansen estuvo a punto de faltar cuando escrib�a esto. Cre�a que de los seis hombres que jam�s alcanzaron el barco, dos hab�an muerto de puro terror en ese maldito instante. Aquel Ser no pod�a ser descrito, no hay palabras para expresar semejantes abismos de inmemorial y delirante locura, tan abominables contradicciones de toda la materia, la fuerza y el orden c�smico. �Una monta�a caminaba y se tambaleaba! �Dios del cielo! �Qu� prodigioso que a trav�s de la Tierra, enloquezca un gran arquitecto y delire de fiebre el pobre Wilcox en ese preciso instante telep�tico! El Ser representado en los �dolos, aquel engendro verde y mucilaginoso llegado de las estrellas hab�a despertado para reclamar lo que era suyo. Las estrellas estaban de nuevo en posici�n, y lo que un culto milenario hab�a fracasado en conseguir por medio de preparativos, lo hab�a logrado un grupo de despavoridos marinos por mero accidente. �Tras millones de millones de a�os el Gran Cthulhu se alzaba de nuevo, �vido de placeres! Tres de los hombres fueron apresados por las macilentas garras de la criatura antes de que nadie pudiera siquiera darse la vuelta. Que Dios les conceda el descanso, si es que el descanso existe en el universo. Estos fueron Donovan, Guerrera, y �ngstrom. Los otros tres marinos se lanzaron a una fren�tica carrera hacia el bote sobre interminables panor�micas de piedra encostrada de musgosidad verde en la que Parker resbal� y, seg�n jura Johansen, fue tragado por uno de los �ngulos de la mamposter�a que no deber�a estar ah�; un �ngulo que era agudo pero que se comportaba como si fuera obtuso. As�, s�lo Briden y Johansen consiguieron alcanzar el bote y remar desesperadamente hacia el Alert mientras la descomunal monstruosidad se deslizaba sobre las rocas fangosas, y vacilaba entre tropiezos al llegar al borde de las aguas. A pesar de no haber quedado nadie a bordo despu�s del desembarco, a�n segu�a saliendo vapor del Alert, y s�lo fueron precisos unos momentos de febriles prisas arriba y abajo, del tim�n a los motores, para volver a ponerlo en marcha. Lentamente, entre los retorcidos horrores de aquella indescriptible escena, el barco comenz� a remover las mort�feras aguas, al tiempo que en la mamposter�a de aquella playa calavernaria que no era de este mundo, el tit�nico Ser procedente de las estrellas lanzaba espumarajos y atroces denuestos cual Polifemo maldiciendo al barco en que hu�a Odiseo. Fue entonces, m�s atrevido que el c�clope �pico, cuando el Gran Cthulhu se desliz� hacia las aguas dejando un rastro de grasa y comenz� a perseguir el barco huido, levantando aut�nticas olas con sus brazadas de potencia c�smica. Briden volvi� la vista y enloqueci�, riendo de manera estridente, tal y como continuar�a haciendo a intervalos hasta que la muerte fue a buscarle una noche al camarote, mientras Johansen deambulaba en medio del delirio. Pero Johansen no se hab�a rendido a�n. Consciente de que el Ser seguramente adelantar�a al Alert antes de que �ste alcanzara la m�xima velocidad, decidi� hacer algo a la desesperada y, poniendo los motores a toda m�quina, corri� disparado por la cubierta y gir� bruscamente el tim�n. Se form� un fuerte remolino y una corriente de espuma en aquella f�tida salmuera que hab�a por agua, y mientras aumentaba a cada momento la presi�n del motor, el valeroso noruego enfil� el barco en direcci�n al Ser gelatinoso que les persegu�a y que se elevaba sobre la inmunda espuma de las aguas como si fuera la popa de un gale�n demoniaco. La horrible cabeza de cefal�podo, de retorcidos tent�culos, estaba ya muy cerca del baupr�s del robusto yate, pero Johansen continu� enfil�ndolo de forma implacable hacia ella. Hubo un estallido como el de una vejiga que explotase, una fangosa fetidez como cuando se raja un pez luna, el hedor de mil tumbas abiertas, y un sonido que el cronista no pudo transcribir al papel. Durante un instante el barco se vio envuelto por una nube acre y cegadora, y despu�s solo qued� un mef�tico remolino a babor, en mitad del cual -�Dios nos proteja!- la dispersa plasticidad del innominable engendro de las estrellas recuperaba difusamente su odiosa forma original, a una distancia que crec�a por momentos a medida que el Alert ganaba �mpetu aumentando su velocidad. As� es como acab� todo. Tras aquel d�a Johansen no hizo m�s que obsesionarse con el �dolo y ocuparse de su sustento y el de aquel man�aco de risa enloquecida que ten�a a su lado. No trat� de navegar tras aquella audaz haza�a, pues semejante reacci�n le hab�a quitado una parte de su alma y �nimo. Despu�s lleg� la tormenta del 2 de Abril, y con ella los turbios nubarrones en que se sumi� su consciencia. Sinti� un remolino espectral a trav�s de l�quidos abismos de infinidad, de vertiginosos recorridos por universos giratorios sobre la cola de un cometa, y de hist�ricos saltos desde el fondo de los abismos a la luna, y de la luna a los fondos de los abismos, todo ello animado por un histri�nico coro de retorcidos y jocosos dioses ancianos y de los burlones diablillos de color verde y con alas de murci�lago surgidos del T�rtaro. Tras aquel sue�o vino el rescate, el Vigilant, el tribunal del vicealmirantazgo, las calles de Dunedin, y el largo viaje de regreso a su viejo hogar en la casa a la sombra del Egeberg. No pod�a contar nada, o de lo contrario le tomar�an por loco. Escribir�a sobre aquello que sab�a antes de que la muerte le alcanzara, pero su mujer no deb�a enterarse de nada. La muerte ser�a un regalo de los cielos con tal de que borrase sus recuerdos. Ese fue el documento que le�, y que ahora he colocado en una caja de lat�n junto al bajorrelieve y los papeles del profesor Angell. Con estos ir� tambi�n este testimonio m�o, esta prueba de mi sano juicio, donde he reconstruido lo que espero que nadie vuelva jam�s a reconstruir. He contemplado todo el horror que pueda contener el universo, y despu�s de eso incluso el cielo primaveral y las flores estivales ser�n puro veneno para m�. Sin embargo no creo que mi vida vaya a prolongarse mucho. Igual que se fue mi t�o, igual que se fue el pobre Johansen, un d�a me ir� yo. S� demasiado y el culto a�n sobrevive. Cthulhu contin�a tambi�n con vida, supongo, de nuevo en aquel abismo de piedra que le hab�a protegido desde que el sol era joven. Su maldita ciudad est� de nuevo sumergida, ya que el Vigilant pas� por esas aguas de nuevo tras la tormenta de Abril; pero sus pastores en la Tierra todav�a rugen y saltan y matan alrededor de monolitos rematados por �dolos en lugares solitarios. El Gran Cthulhu, sin duda, debi� quedar atrapado por el hundimiento mientras estaba en el interior de su negro abismo, o de lo contrario el mundo estar�a ahora gritando de miedo y furia. �Qui�n sabe lo que suceder� al final? Lo que ha emergido puede hundirse, y lo que se ha hundido puede emerger de nuevo. La mayor de las blasfemias aguarda y sue�a en las profundidades, y la decadencia se abre paso entre las tambaleantes ciudades de los hombres. El d�a llegar�. �No quiero ni puedo pensarlo! Tan solo pido que si no sobrevivo a este manuscrito, mis albaceas antepongan la prudencia a la audacia, y puedan asegurarse de que nadie m�s llegue a fijar su atenci�n en �l.

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