Escrito en
inglés por C. Marx de finales de mayo al 27 de junio
de 1865.
Publicado
por vez primera en folleto en Londres en 1898.
¡Ciudadanos!
Antes de entrar en el tema, permitidme hacer
algunas observaciones preliminares.
En el continente reina ahora una verdadera
epidemia de huelgas y se alza un clamor general pidiendo aumento de salarios.
El problema ha de plantearse en nuestro Congreso. Vosotros, como dirigentes de
la Asociación Internacional, debéis tener un criterio firme ante este problema
fundamental. Por eso, me he creído en el deber de tratar a fondo la cuestión,
aun a trueque de someter vuestra paciencia a una dura prueba.
Debo hacer otra observación previa con respecto
al ciudadano Weston. Este ciudadano, creyendo actuar
en interés de la clase obrera, ha desarrollado ante vosotros, y además ha
defendido públicamente, opiniones que él sabe son profundamente impopulares
entre la clase obrera. Esta prueba de valentía moral debe merecer el alto
aprecio de todos nosotros. Espero que, a pesar del tono nada halagüeño de mi
conferencia, el ciudadano Weston verá
al final de ella que coincido con la acertada idea que, a mi modo de ver, sirve
de base a sus tesis, las cuales sin embargo, en su forma actual, no puedo por
menos de juzgar como teóricamente falsas y prácticamente peligrosas.
Con esto paso directamente a la cuestión que nos
ocupa.
El argumento del ciudadano Weston
se basa, en realidad, en dos premisas: 1) que el volumen de la producción
nacional es una cosa fija, una cantidad o magnitud constante, como dirían los
matemáticos; 2) que la suma de los salarios reales, es decir, salarios medidos
por la cantidad de mercancías que puede ser comprada con ellos, es también una
suma fija, una magnitud constante.
Pues bien, su primer aserto es evidentemente
erróneo. Veréis que el valor y el volumen de la producción aumentan de año en
año, que las fuerzas productivas del trabajo nacional crecen y que la cantidad
de dinero necesaria para poner en circulación esta producción creciente varía
sin cesar. Lo que es cierto al final de cada año y respecto a distintos años
comparados entre sí, lo es también respecto a cada día medio del año. El
volumen o la magnitud de la producción nacional varía
continuamente. No es una magnitud constante, sino variable, y no tiene más
remedio que serlo, aun prescindiendo de las fluctuaciones de la población, por
los continuos cambios que se operan en la acumulación de capital y en las
fuerzas productivas del trabajo. Es completamente cierto que si hoy se
implantase un aumento en el tipo general de salario, este aumento, por sí solo,
cualesquiera que fuesen sus resultados ulteriores, no haría cambiar
inmediatamente el volumen de la producción. En un principio tendría que
arrancar del estado de cosas existente. Y si la producción nacional, antes de
la subida de salarios, era variable y no fija, lo seguiría siendo también
después de la subida.
Pero, admitamos que el volumen de la producción
nacional fuese constante y no variable. Aun en este caso, lo que nuestro amigo Weston cree una conclusión lógica, seguiría siendo una
afirmación gratuita. Si tomo un determinado número, digamos 8, los límites
absolutos de esta cifra no impiden que varíen los límites relativos de sus
componentes. Supongamos que la ganancia fuese igual a 6 y los salarios igual a
2: los salarios podrían aumentar hasta 6 y la ganancia descender hasta 2, pero
la cifra total seguiría siendo 8. Así, pues, el volumen fijo de la producción
no llegará jamás a probar la suma fija de los salarios. ¿Cómo prueba, pues,
nuestro amigo Weston esa fijeza? Sencillamente,
afirmándola.
Pero, aunque diésemos por buena su afirmación,
ésta tendría efecto en los dos sentidos, y él sólo quiere que valga en uno. Si
el volumen de los salarios representa una magnitud constante, no se podrá
aumentar ni disminuir. Por tanto, si los obreros obran neciamente cuando arrancan
un aumento temporal de salarios, no menos neciamente obrarían los capitalistas
al imponer una rebaja transitoria de jornales. Nuestro amigo Weston no niega que, en ciertas circunstancias, los obreros
pueden arrancar un aumento de salarios; pero, como según él la suma de salarios
es fija por ley natural, este aumento provocará necesariamente una reacción. El
sabe también, por otra parte, que los capitalistas pueden imponer una rebaja de
salarios, y la verdad es que lo intentan continuamente. Según el principio de
la constancia de los salarios, en este caso debería seguir una reacción,
exactamente lo mismo que en el caso anterior. Por tanto, los obreros obrarían
acertadamente reaccionando contra las re bajas de los salarios o los intentos
de ellas. Obrarían, por tanto, acertadamente al arrancar aumentos de salarios,
pues toda reacción contra una rebaja de salarios es una acción por su aumento.
Por consiguiente, según el principio de la estabilidad de los salarios, que
sostiene el mismo ciudadano Weston, los obreros
deben, en ciertas circunstancias, unirse y luchar por el aumento de sus
jornales.
Si él niega esta conclusión, tendría que
renunciar a la premisa de la cual se deduce. No debe decir que el volumen de
los salarios es una cantidad constante, sino que, aunque no puede ni debe
aumentar, puede y debe disminuir siempre que al capital le plazca rebajarlo. Si
al capitalista le place alimentaros con patatas en vez de daros carne, y con
avena en vez de trigo, debéis aceptar su voluntad como una ley de la Economía
Política y someteros a ella. Si en un país, por ejemplo en los Estados Unidos,
los tipos de salarios son más altos que en otro, por ejemplo en Inglaterra,
debéis explicaros esta diferencia como una diferencia entre la voluntad del
capitalista norteamericano y la del capitalista inglés; método éste que,
ciertamente, simplificaría mucho, no ya el estudio de los fenómenos económicos,
sino el de todos los demás fenómenos.
Pero, aun así, habría que preguntarse: ¿por qué
la voluntad del capitalista norteamericano difiere de la del capitalista
inglés? Y, para poder contestar a esta pregunta, no tendríamos más remedio que
traspasar los dominios de la voluntad. Un cura podría decirme que Dios en
Francia quiere una cosa y en Inglaterra otra. Y si le apremio a que me explique
esa doble voluntad, podría tener el descaro de contestarme que está en los
designios de Dios tener una voluntad en Francia y otra distinta en Inglaterra
Pero, seguramente, nuestro amigo Weston nunca
convertirá en argumento esta negación completa de todo raciocinio.
Indudablemente, la voluntad del capitalista
consiste en embolsarse lo más que pueda. Y lo que hay que hacer no es discurrir
acerca de lo que quiere, sino investigar su poder, los límites de este poder y
el carácter de estos límites.
La conferencia que nos ha dado el ciudadano Weston podría haberse comprimido hasta caber en una cáscara
de nuez.
Toda su argumentación se redujo a lo siguiente:
si la clase obrera obliga a la clase capitalista a pagarle, en forma de salario
en dinero, cinco chelines en vez de cuatro, el capitalista le devolverá en
forma de mercancías el valor de cuatro chelines en vez del valor de cinco. La
clase obrera tendrá que pagar ahora cinco chelines por lo que antes de la
subida de salarios le costaba cuatro. ¿Y por qué ocurre esto? ¿Por qué el
capitalista sólo entrega el valor de cuatro chelines por cinco chelines? Porque
la suma de los salarios es fija. Peto, ¿por qué se cifra precisamente en cuatro
chelines de valor en mercancías? ¿Por qué no se cifra en tres o en dos, o en
otra suma cualquiera? Si el límite de la suma de los salarios está fijado por
una ley económica, independiente tanto de la voluntad del capitalista como de
la del obrero, lo primero que hubiera debido hacer el ciudadano Weston, era exponer y demostrar esta ley. Hubiera debido
demostrar, además, que la suma de salarios que se abona realmente en cada
momento dado coincide siempre exactamente con la suma necesaria de los
salarios, sin desviarse jamás de ella. En cambio, si el límite dado de la suma
de salarios depende de la simple voluntad del capitalista o de los límites de
su codicia, trátase de un límite arbitrario, que no
encierra nada de necesario, que puede variar por voluntad del capitalista y que
puede también, por tanto, hacerse variar contra su voluntad.
El ciudadano Weston
ilustró su teoría diciéndonos que si una sopera contiene una determinada
cantidad de sopa, destinada a determinado número de personas, la cantidad de
sopa no aumentará porque aumente el tamaño de las cucharas. Me permitirá que
encuentre este ejemplo poco sustancioso. Me recuerda en cierto modo el apólogo
de que se valió Menenio Agripa. Cuando los plebeyos
romanos se pusieron en huelga contra los patricios, el patricio Agripa les
contó que el estómago patricio alimentaba a los miembros plebeyos del cuerpo
político. Lo que no consiguió Agripa fue demostrar que se alimenten los
miembros de un hombre llenando el estómago de otro. El ciudadano Weston, a su vez, se olvida de que la sopera de que comen
los obreros contiene todo el producto del trabajo nacional y que lo que les
impide sacar de ella una ración mayor no es la pequeñez de la sopera ni la
escasez de su contenido, sino sencillamente el reducido tamaño de sus cucharas.
¿Qué artimaña permite al capitalista devolver un
valor de cuatro chelines por cinco? La subida de los precios de las mercancías
que vende. Ahora bien; la subida de los precios o, dicho en términos más
generales, las variaciones de los precios de las mercancías, y los precios
mismos de éstas, ¿dependen acaso de la simple voluntad del capitalista o, por
el contrario, tienen que darse ciertas circunstancias para que prevalezca esa
voluntad? Si no ocurriese esto último, las alzas y bajas, las oscilaciones
incesantes de los precios del mercado serían un enigma indescifrable.
Si admitimos que no se ha operado en absoluto
ningún cambio, ni en las fuerzas productivas del trabajo, ni en el volumen del
capital y trabajo invertidos, ni en el valor del dinero en que se expresa el
valor de los productos, sino que cambia tan sólo el tipo de salarios, ¿cómo
puede esta alza de salarios influir en los precios de las mercancías? Solamente
influyendo en la proporción existente entre la oferta y la demanda de ellas.
Es absolutamente cierto que la clase obrera,
considerada en conjunto, invierte y tiene forzosamente que invertir sus
ingresos en artículos de primera necesidad. Una subida general del tipo de
salarios determinaría, por tanto, un aumento en la demanda de estos artículos
de primera necesidad y provocaría, con ello, un aumento de sus precios en el
mercado. Los capitalistas que producen estos artículos de primera necesidad, se
resarcirían del aumento de salarios con el alza de los precios de sus
mercancías. Pero, ¿qué ocurriría con los demás capitalistas, que no producen
artículos de primera necesidad? Y no creáis que éstos son
pocos. Si tenéis en cuenta que dos terceras partes de la producción nacional
son consumidas por una quinta parte de la población -- un diputado de la Cámara
de los Comunes afirmó hace poco que estos consumidores formaban sólo la séptima
parte de la población --, podréis imaginaros qué parte tan enorme de la producción
nacional se destina a artículos de lujo o se cambia por ellos y qué cantidad
tan inmensa de artículos de primera necesidad se derrocha en lacayos, caballos,
gatos, etc., derroche que, según nos enseña la experiencia, llega siempre a ser
limitado considerablemente al aumentar los precios de los artículos de primera
necesidad.
Pues bien, ¿cuál sería la situación de estos
capitalistas que no producen artículos de primera necesidad? Estos capitalistas
no podrían resarcirse de la baja de su cuota de ganancia, efecto de una subida
general de salarios, elevando los precios de sus mercancías, puesto que la
demanda de éstas no aumentaría Sus ingresos disminuirían, y de estos ingresos
mermados tendrían que pagar más por la misma cantidad de artículos de primera necesidad
que subieron de precio. Pero la cosa no pararía aquí. Como sus ingresos habrían
disminuido, ya no podrían gastar tanto en artículos de lujo, con lo cual
descendería también la demanda mutua de sus respectivas mercancías. Y, a
consecuencia de esta disminución de la demanda, bajarían los precios de sus
mercancías. Por tanto, en estas ramas industriales, la cuota de ganancia no
sólo descendería en simple proporción al aumento general del tipo de los
salarios, sino que este descenso sería proporcionado a la acción conjunta de la
subida general de salarios, del aumento de precios de los artículos de primera
necesidad y de la baja de precios de los artículos de lujo.
¿Cuál sería la consecuencia de esta diversidad
en cuanto a las cuotas de ganancia de los capitales colocados en las diferentes
ramas de la industria? La misma consecuencia que se produce siempre que, por la
razón que sea, se dan diferencias en las cuotas medias de ganancia de las
diversas ramas de producción. El capital y el trabajo se desplazarían de las
ramas menos rentables a las más rentables; y este proceso de desplazamiento
duraría hasta que la oferta de una rama industrial aumentase proporcionalmente
a la mayor demanda y en las demás ramas industriales disminuyese conforme a la
menor demanda. Una vez operado este cambio, la cuota general de ganancia
volvería a nivelarse en las diferentes ramas de la industria. Como todo aquel
trastorno obedecía en un principio a un simple cambio en cuanto a la relación
entre la oferta y la demanda de diversas mercancías, al cesar la causa cesarían
también los efectos, y los precios volverían a su antiguo nivel y recobrarían
su antiguo equilibrio. La baja de la cuota de ganancia por efecto de los
aumentos de salarios, en vez de limitarse a unas cuantas ramas industriales, se
generalizaría. Según el supuesto de que partimos, no se introduciría ningún
cambio ni en las fuerzas productivas del trabajo ni en el volumen global de la
producción, sino que aquel volumen de producción dado se limitaría a cambiar de
forma. Ahora, estaría representada por artículos de primera necesidad una parte
mayor del volumen de producción y sería menor la parte integrada por los
artículos de lujo, o, lo que es lo mismo, disminuiría la parte destinada a
cambiarse por mercancías de lujo importadas del extranjero y consumida en esta
forma; o lo que también resulta lo mismo, una parte mayor de la producción
nacional se cambiaría por artículos de primera necesidad importados, en vez de
cambiarse por artículos de lujo. Por tanto, después de trastornar temporalmente
los precios del mercado, la subida general del tipo de salarios sólo conduciría
a una baja general de la cuota de ganancia, sin introducir ningún cambio
permanente en los precios de las mercancías.
Y si se me dice que en la anterior argumentación
doy por supuesto que todo el incremento de los salarios se invierte en
artículos de primera necesidad, replicaré que parto del supuesto más favorable
para el punto de vista del ciudadano Weston. Si el
incremento de los salarios se invirtiese en objetos que antes no entraban en el
consumo los obreros, no sería necesario pararse a demostrar que su poder
adquisitivo había experimentado un aumento real. Pero, como no es más que la
consecuencia de la subida de los salarios, este aumento del poder adquisitivo
del obrero tiene que corresponder exactamente a la disminución del poder
adquisitivo de los capitalistas. Es decir, que la demanda global de mercancías
no aumentaría, sino que cambiarían los elementos integrantes de esta demanda.
El aumento de la demanda de un lado se compensaría con la disminución de la
demanda de otro lado. Por este camino, como la demanda global permanece
invariable, no se operaría ningún cambio en los precios de las mercancías.
Os veis, por tanto, situados ante un dilema. Una
de dos: o el incremento de los salarios se invierte por igual en todos los
artículos de consumo, en cuyo caso la expansión de la demanda por parte de la
clase obrera tiene que compensarse con la contracción de la demanda por parte
de la clase capitalista; o el incremento de los salarios sólo se invierte en
determinados artículos cuyos precios en el mercado aumentarán temporalmente: en
este caso, el alza y la baja respectiva de la cuota de ganancia en unas y otras
ramas industriales provocarán un cambio en cuanto a la distribución del capital
y el trabajo, entre tanto la oferta se acople en una rama a la mayor demanda y
en otras a la demanda menor. En el primer supuesto, no se producirá ningún
cambio en los precios de las mercancías. En el segundo supuesto, tras algunas
oscilaciones de los precios del mercado, los valores de cambio de las
mercancías descenderán a su nivel primitivo. En ambos casos, la subida general
del tipo de salarios sólo conducirá, en fin de cuentas, a una baja general de
la cuota de ganancia.
Para espolear vuestra imaginación, el ciudadano Weston os invitaba a pensar en las dificultades que acarrearía
en Inglaterra un alza general de los jornales de los obreros agrícolas, de
nueve a dieciocho chelines. ¡Pensad, exclamaba, en el enorme aumento de la
demanda de artículos de primera necesidad que eso supondría y, en su
consecuencia, la subida espantosa de los precios a que daría lugar Pues bien,
todos sabéis que los jornales medios de los obreros agrícolas en Norteamérica
son más del doble que los de los obreros agrícolas en Inglaterra, a pesar de
que allí los precios de los productos agrícolas son más bajos que aquí, a pesar
de que en los Estados Unidos reinan las mismas relaciones generales entre el
capital y el trabajo que en Inglaterra y a pesar de que el volumen anual de la
producción norteamericana es mucho más reducido que el de la inglesa. ¿Por qué,
pues, nuestro amigo echa esta campana a rebato? Sencillamente, para desplazar
el verdadero problema ante nosotros. Un aumento repentino de salarios de nueve
a dieciocho chelines, representaría una subida repentina del 100 por 100. Ahora
bien, aquí no discutimos en absoluto si en Inglaterra podría elevarse de pronto
el tipo general de salario en un 100 por 100. No nos interesa para nada la
cuantía del aumento, que en cada caso concreto depende de las circunstancias y
tiene que adaptarse a ellas. Lo único que nos interesa es investigar en qué
efectos se traduciría un alza general del tipo de salarios, aunque no exceda
del uno por ciento.
Dejando a un lado esta alza fantástica del 100
por 100 del amigo Weston, voy a encaminar vuestra
atención hacia el aumento efectivo de salarios operado en la Gran Bretaña desde
1849 hasta 1859.
Todos conocéis la ley de las diez horas, o mejor
dicho, de las diez horas y media, promulgada en 1848. Fue uno de los mayores
cambios económicos que hemos presenciado. Representaba un aumento súbito y
obligatorio de salarios, no ya en algunas industrias locales, sino en las ramas
industriales que van a la cabeza, y por medio de las cuales Inglaterra domina
los mercados del mundo. Era una subida de salarios que se operaba en
circunstancias excepcionalmente desfavorables. El doctor Ure,
el profesor Senior y todos los demás portavoces
oficiales de la burguesía en el campo de la Economía demostraron -- con razones
mucho más sólidas que nuestro amigo Weston, debo
decir -- que aquello era tocar a muerto por la industria inglesa. Demostraron
que no se trataba de un aumento de salarios puro y simple, sino de un aumento
de salarios provocado por la disminución de la cantidad de trabajo invertido y
basado en ella. Afirmaban que la duodécima hora, que se quería arrebatar al
capitalista, era precisamente la única en que éste obtenía su ganancia.
Amenazaron con el descenso de la acumulación, la subida de los precios, la
pérdida de mercados, el decrecimiento de la producción, la reacción
consiguiente sobre los salarios y, por último, la ruina. En realidad, sostenían
que las leyes del máximo[2] de
Maximiliano Robespierre eran, comparadas con aquello,
una pequeñez; y en cierto sentido tenían razón. ¿Y cuál fue, en realidad, el
resultado? Que los salarios en dinero de los obreros fabriles aumentaron a pesar
de haberse reducido la jornada de trabajo, que creció considerablemente el
número de obreros fabriles ocupados, que bajaron constantemente los precios de
sus productos, que se desarrollaron maravillosamente las fuerzas productivas de
su trabajo y se dilataron en proporciones inauditas y cada vez mayores los
mercados para sus artículos. Yo mismo pude escuchar en Manchester, en 1860, en
una asamblea convocada por la Sociedad para el Fomento de la Ciencia, cómo el
señor Newman confesaba que él, el doctor Ure, Senior y todos los demás
representantes oficiales de la ciencia económica se habían equivocado, mientras
que el instinto del pueblo había sabido ver certeramente. Cito aquí a W. Newman[3] y no al profesor Francis Newman, porque
aquél ocupa en la ciencia económica una posición preeminente como colaborador y
editor de la Historie de los Precios [4], de Mr.
Thomas Tooke, esta obra magnífica, que estudia la
historia de los precios desde 1793 hasta 1856. Si la idea fija de nuestro amigo
Weston acerca del volumen fijo de los salarios, de un
volumen de producción fijo, de un grado fijo de fuerzas productivas del
trabajo, de una voluntad fija y permanente de los capitalistas y todo lo demás
fijo y definitivo en Weston fuesen exactos, el
profesor Senior habría acertado con sus sombrías
predicciones, y en cambio se habría equivocado Roberto Owen, que ya en 1816
proclamaba una limitación general de la jornada de trabajo como el primer paso
preparatorio para la emancipación de la clase obrera[5],
implantándola él mismo por su cuenta y riesgo en su fábrica textil de New Lanark, frente al prejuicio
generalizado.
En la misma época en que se implantaba la ley de
las diez horas y se producía el subsiguiente aumento de los salarios, tuvo
lugar en la Gran Bretaña, por razones que no cabe exponer aquí, una subida
general de los jornales de los obreros agrícolas.
Aunque no es necesario para mi objeto inmediato,
haré unas indicaciones previas para no induciros a error.
Si una persona percibe dos chelines de salario a
la semana y éste se le sube a cuatro chelines, el tipo de salario habrá
aumentado en el 100 por 100. Esto, expresado como aumento del tipo de salario,
parecería algo maravilloso, aunque en realidad la cuantía efectiva del salario,
o sea cuatro chelines a la semana, siga siendo un mísero salario de hambre. Por
tanto, no debéis dejaros fascinar por los altisonantes tantos por ciento en el
tipo de salario, sino preguntar siempre cuál era la cuantía primitiva del
jornal.
Además, comprenderéis que si hay diez obreros
que ganan cada uno dos chelines a la semana, cinco obreros que ganan cinco
chelines cada uno y otros cinco que ganan once, entre los veinte ganarán cien
chelines o cinco libras esterlinas a la semana. Si luego la suma global de
estos salarios semanales aumenta, digamos en un 20 por 100, arrojará una subida
de cinco libras a seis. Fijándonos en el promedio, podríamos decir que, el tipo
general de salarios ha aumentado en un 20 por 100, aunque en realidad los
salarios de los diez obreros no varíen y los salarios de uno de los dos grupos
de cinco obreros sólo aumenten de cinco chelines a seis por persona, aumentando
la suma de salarios del otro grupo de cinco obreros de cincuenta y cinco a
setenta. Aquí, la mitad de los obreros no mejoraría absolutamente en nada de
situación, la cuarta parte experimentaría un alivio insignificante, y sólo la
cuarta parte restante obtendría una mejora efectiva. Pero, calculando la media,
la suma global de salarios de estos veinte obreros aumentaría en un 20 por 100,
y en lo que se refiere al capital global para el que trabajan y los precios de
las mercancías que producen, sería exactamente lo mismo que si todos
participasen por igual en la subida media de los salarios. En el caso de los
obreros agrícolas, como el nivel de los salarios abonados en los distintos
condados de Inglaterra y Escocia difiere considerablemente, el aumento les
afectó de un modo muy desigual.
Finalmente, durante la época en que tuvo lugar
aquella subida de salarios se manifestaron también influencias que la contrarrestaban,
tales como los nuevos impuestos que trajo consigo la guerra rusa, la demolición
extensiva de las viviendas de los obreros agrícolas[6], etc.
Después de tantos prolegómenos, paso a consignar
que de 1849 a 1859 el tipo medio de salarios de los obreros del campo en la
Gran Bretaña experimentó un aumento de alrededor del cuarenta por ciento.
Podría aduciros copiosos detalles en apoyo de mi afirmación, pero para el objeto
que se persigue creo que bastará con remitiros a la concienzuda y crítica
conferencia que el difunto Mr. John
C. Morton dio en 1860, en la Sociedad de las Artes de
Londres sobre Las fuerzas aplicadas en la agricultura [7]. El
señor Morton expone los datos estadísticos sacados de
las cuentas y otros documentos auténticos de unos cien agricultores, en doce
condados de Escocia y treinta y cinco de Inglaterra.
Según el punto de vista de nuestro amigo Weston, y considerando además el alza simultánea operada en
los salarios de los obreros fabriles, durante los años 1849-1859, los precios
de los productos agrícolas hubieran debido experimentar un aumento enorme.
Pero, ¿qué aconteció, en realidad? A pesar de la guerra rusa y de las malas
cosechas que se dieron consecutivamente de los años 1854 a 1856, los precios
medios del trigo, que es el principal producto agrícola de Inglaterra, bajaron
de unas tres libras esterlinas por quarter, a que se
había cotizado durante los años de 1838 a 1848, hasta unas dos libras y diez
chelines el quarter, a que se cotizó de 1849 a 1859.
Esto representa una baja del precio del trigo de más del 16 por loo, con un
alza media simultánea del 40 por 100 en los jornales de los obreros agrícolas.
Durante la misma época, si comparamos el final con el comienzo, es decir, el
año 1859 con el de 1849, la cifra del pauperismo oficial desciende de 934.419 a
860.470, lo que supone una diferencia de 73.949 pobres; reconozco que es una
disminución muy pequeña, que además vuelve a desaparecer en los años
siguientes; pero es, con todo, una disminución.
Se nos podría decir que, a consecuencia de la
derogación de las leyes cerealistas[8],
la importación de cereal extranjero durante el período de 1849 a 1859 aumentó
en más de dos veces, comparada con la de 1838 a 1848. Y ¿qué se infiere de
esto? Desde el punto de vista del ciudadano Weston,
hubiera debido suponerse que esta enorme demanda repentina y sin cesar
creciente sobre los mercados extranjeros había hecho subir hasta un nivel
espantoso los precios de los productos agrícolas, puesto que los efectos de la
creciente demanda son los mismos cuando procede de fuera que cuando proviene de
dentro. Pero, ¿qué ocurrió, en realidad? Si se exceptúa algunos años de malas
cosechas, vemos que en Francia se quejan constantemente, durante todo este
tiempo, de la ruinosa baja del precio del trigo; los norteamericanos veíanse constantemente obligados a quemar el sobrante de su
producción, y Rusia, si hemos de creer al señor Urquhart,
atizó la guerra civil en los Estados Unidos porque sus exportaciones agrícolas
estaban paralizadas por la competencia yanqui en los mercados de Europa.
Reducido a su forma abstracta, el argumento del
ciudadano Weston se traduciría en lo siguiente: todo
aumento de la demanda se opera siempre sobre la base de un volumen dado de
producción. Por tanto, no puede hacer aumentar nunca la oferta de ¿os artículos apetecidos, sino solamente hacer subir su
precio en dinero. Ahora bien, la más común observación demuestra que, en
algunos casos, el aumento de la demanda no altera para nada los precios de las
mercancías, y que en otros casos provoca un alza pasajera de los precios del
mercado, a la que sigue un aumento de la oferta, seguido a su vez por la baja
de los precios hasta su nivel primitivo, y en muchos casos por debajo de él. El
que el aumento de la demanda obedezca al alza de los salarios o a otra causa
cualquiera, no altera para nada los términos del problema. Desde el punto de
vista del ciudadano Weston, tan difícil resulta
explicarse el fenómeno general como el que se revela bajo las circunstancias
excepcionales de una subida de salarios. Por tanto, su argumento no ha
demostrado nada en cuanto al objeto que nos ocupa. Sólo pone de manifiesto su
perplejidad ante las leyes por virtud de las cuales una mayor demanda provoca
una mayor oferta y no un alza definitiva de los precios del mercado.
Al segundo día de debate, nuestro amigo Weston
vistió su vieja afirmación con nuevas formas. Dijo: al producirse un alza general
de los salarios en dinero, se necesitará más dinero contante
para abonar los mismos salarios. Siendo la cantidad de dinero circulante una
cantidad fija, ¿cómo vais a poder pagar, con esa suma fija de dinero
circulante, una suma mayor de salarios en dinero? En un principio, la
dificultad surgía de que, aunque subiese el salario en
dinero del obrero, la cantidad de mercancías que le estaba asignada era fija;
ahora, surge del aumento de los salarios en dinero, a pesar de existir un
volumen fijo de mercancías. Y, naturalmente, si rechazáis su dogma originario,
desaparecerán también los perjuicios concomitantes.
Voy a demostraros, sin embargo, que este
problema del dinero circulante no tiene nada absolutamente que ver con el tema
que nos ocupa.
En vuestro país, el mecanismo de pagos está
mucho más perfeccionado que cn ningún otro país de
Europa. Gracias a la extensión y concentración del sistema bancario, se
necesita mucho menos dinero circulante para poner en circulación la misma
cantidad de valores y realizar el mismo o mayor número de operaciones. En lo
que respecta, por ejemplo, a los salarios, el obrero fabril inglés entrega
semanalmente su salario al tendero, que lo envía todas las semanas al banquero;
éste lo devuelve semanalmente al fabricante, quien vuelve a pagarlo a sus
obreros, y así sucesivamente. Gracias a este mecanismo, el salario anual de un
obrero, que ascienda, supongamos, a cincuenta y dos libras esterlinas, puede
pagarse con un solo soberano que recorra todas las semanas el mismo ciclo. Incluso
en Inglaterra, este mecanismo de pagos no es tan perfecto como en Escocia, y no
en todas partes presenta la misma perfección; por eso vemos que, por ejemplo,
en algunas comarcas agrícolas se necesita, si las comparamos con las comarcas
fabriles, mucho más dinero circulante para poner en circulación un volumen más
pequeño de valores.
Si cruzáis el Canal, veréis que los salarios en
dinero son mucho más bajos que en Inglaterra, a pesar de lo cual en Alemania,
en Italia, en Suiza y en Francia éstos se ponen en circulación mediante una
cantidad mucho mayor de dinero circulante. El mismo soberano no va a parar tan
rápidamente a manos del banquero, ni retorna con tanta prontitud al capitalista
industrial; por eso, en lugar del soberano necesario para poner en circulación
cincuenta y dos libras esterlinas al año, para abonar un salario anual que
ascienda a la suma de veinticinco libras se necesitan tal vez tres soberanos.
De este modo, comparando los países del continente con Inglaterra, veréis en
seguida que salarios en dinero bajos pueden exigir, para su circulación,
cantidades mucho mayores de dinero circulante que los
salarios altos, y que esto no es, en realidad, más que un problema puramente
técnico, que nada tiene que ver con el tema que nos ocupa.
Según los mejores cálculos que conozco, los
ingresos anuales de la clase obrera de este país pueden cifrarse en unos 250
millones de libras esterlinas. Esta enorme suma se pone en circulación mediante
unos tres millones de libras. Supongamos que se produzca una subida de salarios
del 50 por loo. En vez de tres millones, se necesitarían cuatro millones y
medio en dinero circulante. Como una parte considerable de los gastos diarios
del obrero se cubre con plata y cobre, es decir, con simples signos monetarios,
cuyo valor en relación al oro se fija arbitrariamente por la ley, al igual que
el valor del papel moneda no canjeable, resulta que esa subida del 50 por 100
en los salarios en dinero supondría, en el peor de los casos, el aumentar la
circulación, digamos, en un millón de soberanos. Se lanzaría a la circulación
un millón, que ahora está reposando en los sótanos del Banco de Inglaterra o en
las cajas de la Banca privada, en forma de lingotes o de moneda acuñada. E
incluso podría ahorrarse, y se ahorraría efectivamente, el gasto insignificante
que supondría la acuñación suplementaria o el adicional desgaste de ese millón,
si la necesidad de aumentar el dinero puesto en circulación produjese algún
rozamiento. Todos sabéis que el dinero circulante de este país se divide en dos
grandes ramas. Una parte, consistente en billetes de banco de las más diversas
clases, se emplea en las transacciones entre comerciantes, y también en las
transacciones entre comerciantes y consumidores, para saldar los pagos más
importantes; otra parte de los medios de circulación, la moneda de metal,
circula en el comercio al por menor. Aunque distintas, estas dos clases de
medios de circulación se mezclan y combinan mutuamente. Así, las monedas de oro
circulan, en una buena proporción, incluso en pagos importantes, para cubrir
las cantidades fraccionarias inferiores a cinco libras. Pues bien: si mañana se
emitiesen billetes de cuatro libras, de tres o de dos, el oro que llena estos
canales de circulación, saldría en seguida de ellos y afluiría a aquellos
canales en que fuese necesario para atender a la subida de los jornales en
dinero. Por este procedimiento, podría abastecerse el millón adicional exigido
por la subida de los salarios en un 50 por 100, sin añadir ni un solo soberano.
Y el mismo resultado se conseguiría, sin emitir ni un billete de banco
adicional, con sólo aumentar la circulación de letras de cambio, como ocurrió
durante mucho tiempo en el condado de Lancaster.
Si una subida general del tipo de salarios, por
ejemplo del 100 por 100, como el ciudadano Weston
supone respecto a los salarios de los obreros del campo, provocase una gran
alza en los precios de los artículos de primera necesidad y exigiese, según sus
conceptos, una suma adicional de medios de pago, que no podría conseguirse, una
baja general de salarios debería producir el mismo resultado y en idéntica
proporción, aunque en sentido inverso. Pues bien, todos sabéis que los años
1858 a 1860 fueron los años más prósperos para la industria algodonera y que
sobre todo el año de 1860 ocupa a este respecto un lugar único en los anales
del comercio; este año fue también de gran florecimiento para las otras ramas
industriales. En 1860, los salarios de los obreros del algodón y de los demás
obreros relacionados con esta industria fueron más altos que nunca hasta
entonces. Pero vino la crisis norteamericana, y todos estos salarios viéronse reducidos de pronto a la cuarta parte,
aproximadamente, de su suma anterior. En sentido inverso, esto habría supuesto
una subida del 300 por 100. Cuando los salarios suben de cinco chelines a
veinte, decimos que experimentan una subida del 300 por 100; Si bajan de veinte
chelines a cinco, decimos que descienden el 75 por 100, pero la cuantía de la
subida en un caso y de la baja en el otro es la misma, a saber: 15 chelines.
Sobrevino, pues, un cambio repentino en el tipo de los salarios, como jamás se
había conocido anteriormente, y el cambio afectó a un número de obreros que, si
no incluimos tan sólo a los que trabajaban directamente en la industria
algodonera, sino también a los que dependían indirectamente de esta industria,
excedía en una mitad al número de los obreros agrícolas. ¿Acaso bajó el precio
del trigo? Al contrario, subió de 47 chelines y 8 peniques por quarter, que había sido el precio medio en los tres años de
1858 a 1860, a 55 chelines y 10 peniques el quarter,
según la media anual de los tres años de 1861 a 1863, Por lo que se refiere a
los medios de pago, durante el año 1861 se acuñaron en la Casa de la Moneda
8.673.232 libras esterlinas, contra 3.378.102 libras que se habían acuñado en
1860; es decir, que en 1861 se acuñaron 5.295.130 libras esterlinas más que en
1860, Es cierto que el volumen de circulación de billetes de banco en 1861
arrojó 1.319.000 Iibras menos que el de 1860, Descontemos
esto y aun quedará para el año 1861, comparado con el anterior año de
prosperidad, 1860, un superávit de medios de circulación por valor de 3.976.130
libras, casi cuatro millones de libras esterlinas; en cambio, la reserva de oro
del Banco de Inglaterra durante este período de tiempo disminuyó, no en la
misma proporción exactamente pero en una proporción aproximada.
Comparad ahora el año 1862 con el año 1842.
Prescindiendo del enorme aumento del valor y del volumen de las mercancías en
circulación, el capital desembolsado solamente para cubrir las operaciones
regulares de acciones, empréstitos, etc., de valores de los ferrocarriles,
asciende, en Inglaterra y Gales, durante el año 1862, a la suma de 320.000.000
de libras esterlinas, cifra que en 1842 habría parecido fabulosa. Y, sin
embargo, las sumas globales de los medios de circulación fueron casi iguales en
los años 1862 y 1842; y, en términos generales, advertiréis, frente a un enorme
aumento de valor no sólo de las mercancías, sino también en general de las
operaciones en dinero, una tendencia a la disminución progresiva de los medios
de pago. Desde el punto de vista de nuestro amigo Weston,
esto es un enigma indescifrable.
Si hubiese ahondado algo más en el asunto,
habría visto que, prescindiendo de los salarios y suponiendo que éstos
permanezcan invariables, el valor y el volumen de las mercancías puestas en
circulación, y, en general, la cuantía de las operaciones en dinero
concertadas, varían diariamente que la cuantía de billetes de banco emitidos
varía diariamente; que la cuantía de los pagos que se efectúan sin ayuda de
dinero, por medio de letras de cambio, cheques, créditos sentados en los
libros, las clearing houses, varía diariamente; que
en la medida en que se necesita acudir al verdadero dinero en metálico, la
proporción entre las monedas que circulan y las monedas y los lingotes
guardados en reserva o atesorados en los sótanos de los Bancos, varía
diariamente; que la suma del oro absorbido por la circulación nacional y
enviado al extranjero para los fines de la circulación internacional, varía
diariamente. Habría visto que su dogma de un volumen fijo de los medios de pago
es un tremendo error, incompatible con la realidad de todos los días. Se habría
informado de las leyes que permiten a los medios de pago adaptarse a
condiciones que varían tan constantemente, en vez de convertir su falsa
concepción acerca de las leyes de la circulación monetaria en un argumento
contra la subida de los salarios.
Nuestro amigo Weston
hace suyo el proverbio latino de repetitio est mater studiorum,
que quiere decir: la repetición es la madre del estudio, razón por la cual nos
repite su dogma inicial bajo la nueva forma de que la reducción de los medios
de pago operada por la subida de los salarios determinaría una disminución del
capital, etcétera. Después de haber tratado de sus extravagancias acerca de los
medios de pago, considero de todo punto inútil detenerme a examinar las
consecuencias imaginarias que él cree emanan de su imaginaria conmoción de los
medios de pago. Paso, pues, inmediatamente a reducir a su expresión teórica más
simple su dogma, que es siempre uno y el mismo, aunque lo repita bajo tantas
formas diversas.
Una sola observación pondrá de manifiesto la
ausencia de sentido crítico con que trata su tema. Se declara contrario a la
subida de salarios o a los salarios altos que resultarían a consecuencia de
esta subida. Ahora bien, le pregunto yo: ¿qué son salarios altos y qué salarios
bajos? ¿Por qué, por ejemplo, cinco chelines semanales se considera como
salario bajo y veinte chelines a la semana se reputa salario alto? Si un
salario de cinco es bajo en comparación con uno de veinte, el de veinte será
todavía más bajo en comparación con uno de doscientos. Si alguien diese una
conferencia sobre el termómetro y se pusiese a declamar sobre grados altos y
grados bajos, no enseñaría nada a nadie. Lo primero que tendría que explicar es
cómo se encuentra el punto de congelación y el punto de ebullición y cómo estos
dos puntos determinantes obedecen a leyes naturales y no a la fantasía de los
vendedores o de los fabricantes de termómetros. Pues bien, por lo que se
refiere a los salarios y las ganancias, el ciudadano Weston
no sólo no ha sabido deducir de leyes económicas esos puntos determinantes,
sino que no ha sentido siquiera la necesidad de indagarlos. Se contenta con
admitir las expresiones vulgares y corrientes de bajo y alto, como si estos
términos tuviesen alguna significación fija, a pesar de que salta a la vista
que los salarios sólo pueden calificarse de altos o de bajos comparándolos con
alguna norma que nos permita medir su magnitud.
El ciudadano Weston no
podrá decirme por qué se paga una determinada suma de dinero por una
determinada cantidad de trabajo. Si me contestase que esto lo regula la ley de
la oferta y la demanda, le pediría ante todo que me dijese por qué ley se
regulan, a su vez, la demanda y la oferta. Y esta contestación le pondría
inmediatamente fuera de combate. Las relaciones entre la oferta y la demanda de
trabajo se hallan sujetas a constantes fluctuaciones, y con ellas fluctúan los
precios del trabajo en el mercado. Si la demanda excede de la oferta, suben los
salarios; si la oferta rebasa a la demanda, los salarios bajan, aunque en tales
circunstancias pueda ser necesario comprobar el verdadero estado de la demanda
y la oferta, v. gr., por medio de una huelga o por otro procedimiento
cualquiera. Pero si tomáis la oferta y la demanda como ley reguladora de los
salarios, sería tan pueril como inútil clamar contra las subidas de salarios,
puesto que, con arreglo a la ley suprema que invocáis, las subidas periódicas
de los salarios son tan necesarias y tan legítimas como sus bajas periódicas. Y
si no consideráis la oferta y la demanda como ley reguladora de los salarios,
entonces repito mi pregunta anterior: ¿por qué se da una determinada suma de
dinero por una determinada cantidad de trabajo?
Pero enfoquemos la cosa desde un punto de vista
más amplio: os equivocaríais de medio a medio, si creyerais que el valor del
trabajo o de cualquier otra mercancía se determina, en último término, por la
oferta y la demanda. La oferta y la demanda no regulan más que las oscilaciones
pasajeras de los precios en el mercado. Os explicarán por qué el precio de un
artículo en el mercado sube por encima de su valor o cae por debajo de él, pero
no os explicarán jamás este valor en sí. Supongamos que la oferta y la demanda
se equilibren o se cubran mutuamente, como dicen los economistas. En el mismo
instante en que estas dos fuerzas contrarias se nivelan, se paralizan
mutuamente y dejan de actuar en uno u otro sentido. En el instante mismo en que
la oferta y la demanda se equilibran y dejan, por tanto, de actuar, el precio
de una mercancía en el mercado coincide con su valor real, con el precio normal
en torno al cual oscilan sus precios en el mercado. Por tanto, si queremos
investigar el carácter de este valor, no tenemos que preocuparnos de los
efectos transitorios que la oferta y la demanda ejercen sobre los precios del
mercado. Y otro tanto cabría decir de los salarios y de los precios de todas
las demás mercancías.
Reducidos a su expresión teórica más simple,
todos los argumentos de nuestro amigo se traducen en un solo y único dogma:
"Los precios de las mercancías se determinan o regulan por los salarios ".
Frente a este anticuado y desacreditado error,
podría invocar el testimonio de la observación práctica. Podría deciros que los
obreros fabriles, los mineros, los trabajadores de los astilleros y otros
obreros ingleses, cuyo trabajo está relativamente bien pagado, baten a todas
las demás naciones por la baratura de sus productos, mientras que el jornalero
agrícola inglés, por ejemplo, cuyo trabajo está relativamente mal pagado, es
batido por casi todas las demás naciones, a consecuencia de la carestía de sus
productos. Comparando unos artículos con otros dentro del mismo país y las
mercancías de distintos países entre sí, podría demostrar que, si se prescinde
de algunas excepciones más aparentes que reales, por término medio, el trabajo
bien retribuido produce mercancías baratas y el trabajo mal pagado mercancías
caras. Esto no demostraría, naturaímente, que el
elevado precio del trabaio, en unos casos, y en otros
su precio bajo sean las causas respectivas d~e estos
efectos diametralmente opuestos, pero sí serviría para probar, en todo caso,
que los precios de las mercancías no se determinan por los precios del trabajo.
Sin embargo, es de todo punto superfluo, para nosotros, aplicar este método
empírico.
Podría, tal vez, negarse que el ciudadano Weston haya sostenido el dogma de que "los precios de
las mercancías se determinan o regulan por los salarios
". Y el hecho es que jamás lo ha formulado. Dijo, por el contrario,
que la ganancia y la renta del suelo son también partes integrantes de los
precios de las mercancías, puesto que de éstos tienen que ser pagados no sólo
los salarios de los obreros, sino también las ganancias del capitalista y las
rentas del terrateniente. Pero, ¿cómo se forman los precios, según su modo de
ver? Se forman, en primer término, por los salarios. Luego, se añade al precio
un tanto por ciento adicional a beneficio del capitalista y otro tanto por
ciento adicional a beneficio del terrateniente. Supongamos que los salarios
abonados por el trabajo invertido en la producción de una mercancía ascienden a
diez. Si la cuota de ganancia fuese del 100 por 100, el capitalista añadiría a
los salarios desembolsados diez, y si la cuota de renta fuese también del 100
por 100 sobre los salarios, habría que añadir diez más, con lo cual el precio
total de la mercancía se cifraría en treinta. Pero semejante determinación del
precio significaría simplemente que éste se determina por los salarios Si
éstos, en nuestro ejemplo anterior, ascendiesen a veinte, el precio de la
mercancía ascendería a sesenta, y así sucesivamente. He aquí por qué todos los
escritores anticuados de Economía Política que sentaban la tesis de que los
salarios regulan los precios, intentaban probarla presentando la ganancia y la
renta del suelo como simples porcentajes adicionales sobre los salarios.
Ninguno de ellos era capaz, naturalmente, de reducir los límites de estos
recargos porcentuales a una ley económica. Parecían creer, por el contrario,
que las ganancias se fijaban por la tradición, la costumbre, la voluntad del
capitalista o por cualquier otro método igualmente arbitrario e inexplicable.
Cuando dicen que las ganancias se determinan por la competencia entre los
capitalistas, no dicen absolutamente nada. Esta competencia, indudablemente,
nivela las distintas cuotas de ganancia de las diversas industrias, o sea, las
reduce a un nivel medio, pero jamás puede determinar este nivel mismo o la
cuota general de ganancia.
¿Qué queremos decir, cuando afirmamos que los
precios de las mercancías se determinan por los salarios? Como el salario no es
más que una manera de denominar el precio del trabajo, al decir esto, decimos
que los precios de las mercancías se regulan por el precio del trabajo. Y como
"precio" es valor de cambio -- y cuando hablo del valor, me refiero
siempre al valor de cambio --, valor de cambio expresado en dinero, aquella
afirmación equivale a esta otra: "el valor de las mercancías se determina
por el valor del trabajo ", o, lo que es lo mismo: "el valor del
trabajo es la medida general de valor ".
Pero, ¿cómo se determina, a su vez, "el
valor del trabajo "? Al llegar aquí, nos encontramos en un punto muerto.
Siempre y cuando, claro está, que intentemos razonar lógicamente. Pero los
defensores de esta teoría no sienten grandes escrúpulos en materia de lógica.
Tomemos, por ejempío, a nuestro amigo Weston. Primero nos decía que los saíarios
regulaban los precios de las mercancías y que, por tanto, éstos tenían que
subir cuando subían los salarios. Luego, virando en redondo, nos demostraba que
una subida de salarios no serviría de nada, porque habrán subido también los
precios de las mercancías y porque los salarios se medían en realidad por los
precios de las mercancías con ellos compradas. Así pues, empezamos por la
afirmación de que el valor del trabajo determina el valor de la mercancía, y
terminamos afirmando que el valor de la mercancía determina el valor del
trabajo. De este modo, no hacemos más que movernos en el más vicioso de los
círculos sin llegar a ninguna conclusión.
Salta a la vista, en general, que, tomando el
valor de una mercancía, por ejemplo el trabajo, el trigo u otra mercancía
cualquiera, como medida y regulador general del valor, no hacemos más que
desplazar la dificultad, puesto que determinamos un valor por otro que, a su
vez, necesita ser determinado.
Expresado en su forma más abstracta, el dogma de
que "los salarios determinan los precios de las mercancias"
viene a decir que "el valor se determina por el valor", y esta
tautología sólo demuestra que, en realidad, no sabemos nada del valor. Si
admitiésemos semejante premisa, toda discusión acerca de las leyes generales de
la Economía Política se convertiría en pura cháchara. Por eso hay que reconocer
a Ricardo el gran mérito de haber destruido hasta en sus cimientos, con su obra
"Principios de Economía Política ", publicada en 1817, el viejo
error, tan difundido y gastado, de que "los salarios determinan los
precios",[9] error que habían
rechazado Adam Smith y sus
predecesores franceses en la parte verdaderamente científica de sus
investigaciones, y que, sin embargo, reprodujeron en sus capítulos más
exotéricos y vulgarizantes.
¡Ciudadanos! He llegado al punto en que tengo
que entrar en el verdadero desarroílo del tema. No
puedo asegurar que haya de hacerlo de un modo muy satisfactorio, pues ello me
obligaría a recorrer todo el campo de la Economía Política. Habré de limitarme,
como dicen los franceses, a effleurer la question, a tocar tan sólo los aspectos fundamentales del
problema.
La primera cuestión que tenemos que plantear es
ésta: ¿Qué es el valor de una mercancía? ¿Cómo se determina?
A primera vista, parece como si el valor de una
mercancía fuese algo completamente relativo, que no puede determinarse sin
considerar una mercancía en relación con todas las demás. Y, en efecto, cuando
hablamos del valor, del valor de cambio de una mercancía, entendemos las cantidades
proporcionales en que se cambia por todas las demás mercancías. Pero esto nos
lleva a preguntarnos: ¿cómo se regulan las proporciones en que se cambian unas
mercancías por otras?
Sabemos por experiencia que estas proporciones
varían hasta el infinito. Si tomamos una sola mercancía, trigo por ejemplo,
veremos que un quarter de trigo se cambia por otras
mercancías en una serie casi infinita de proporciones. Y, sin embargo, como su
valor es siempre el mismo, ya se exprese en seda, en oro o en otra mercancía
cualquiera, este valor tiene que ser forzosamente algo distinto e independiente
de esas diversas proporciones en gue se cambia por
otros artículos. Tiene que ser posible expresar en una forma muy distinta estas
diversas ecuaciones entre diversas mercancías.
Además, cuando digo que un quarter
de trigo se cambia por hierro en una determinada proporción o que el valor de
un quarter de trigo se expresa en una determinada
cantidad de hierro, digo que el valor del trigo y su equivalente en hierro son
iguales a una tercera cosa que no es ni trigo ni hierro, ya que doy por
supuesto que expresan la misma magnitud en dos formas distintas. Por tanto,
cada uno de estos dos objetos, lo mismo el trigo que el hierro, debe poder
reducirse de por sí, independientemente del otro, a aquella tercera cosa, que
es la medida común de ambos.
Para aclarar este punto, recurriré a un ejemplo
geométrico muy sencillo. Cuando comparamos el área de varios triángulos de las
más diversas formas y magnitudes, o cuando comparamos triángulos con
rectángulos o con otra figura rectilínea cualquiera, ¿cómo procedemos?
Reducimos el área de cualquier triángulo a una expresión completamente distinta
de su forma visible. Y como, por la naturaleza del triángulo, sabemos que su
área es igual a la mitad del producto de su base por su altura, esto nos
permite comparar entre sí los diversos valores de toda clase de triángulos y de
todas las figuras rectilíneas, puesto que todas ellas pueden dividirse en un
cierto número de triángulos.
El mismo procedimiento tenemos que seguir en
cuanto a los valores de las mercancías. Tenemos que poder reducirlos todos a
una expresión común, distinguiéndolos solamente por la proporción en que
contienen esta medida igual.
Como los valores de cambio de las mercancías no
son más que funciones sociales de las mismas y no tienen nada que ver con sus
propiedades naturales, lo primero que tenemos que preguntarnos es esto: ¿cuál
es la sustancia social común a todas las mercancías? Es el trabajo. Para
producir una mercancía hay que invertir en ella o incorporar a ella una
determinada cantidad de trabajo. Y no simplemente trabajo, sino trabajo social.
El que produce un objeto para su uso personal y directo, para consumirlo él
mismo, crea un producto, pero no una mercancía. Como productor que se man tiene a sí mismo no tiene nada que ver con la sociedad.
Pero, para producir una mercancía, no sólo tiene que crear un artículo que
satisfaga alguna necesidad social, sino que su mismo trabajo ha de representar
una parte integrante de la suma global de trabajo invertido por la sociedad. Ha
de hallarse supeditado a la división del trabajo dentro de la sociedad. No es
nada sin los demás sectores del trabajo, y, a su vez, tiene que integrarlos.
Cuando consideramos las mercancías como valores,
las consideramos exclusivamente bajo el solo aspecto de trabajo social
realizado, plasmado, o si queréis, cristalizado. Así consideradas, sólo pueden
distinguirse las unas de las otras en cuanto representan cantidades mayores o
menores de trabajo; así, por ejemplo, en un pañuelo de seda puede encerrarse
una cantidad mayor de trabajo que en un ladrillo. Pero, ¿cómo se miden las
cantidades de trabajo? Por el tiempo que dura el trabajo, midiendo éste por
horas, por días, etcétera. Naturalmente, para aplicar esta medida, todas las
clases de trabajo se reducen a trabajo medio o simple, como a su unidad de
medida.
Llegamos, por tanto, a esta conclusión Una
mercancía tiene un valor por ser cristalización de un trabajo social. La
magnitud de su valor o su valor relativo depende de la mayor o menor cantidad
de sustancia social que encierra; es decir, de la cantidad relativa de trabajo
necesaria para su producción. Por tanto, los valores relativos de las
mercancías se determinan por las correspondientes cantidades o sumas de trabajo
invertidas, realizadas, plasmadas en ellas. Las cantidades correspondientes de
mercancías que pueden ser producidas en el mismo tiempo de trabajo, son
iguales. O, dicho de otro modo: el valor de una mercancía guarda con el valor
de otra mercancía la misma proporción que la cantidad de trabajo plasmada en
una guarda con la cantidad de trabajo plasmada en la otra.
Sospecho que muchos de vosotros preguntaréis:
¿es que existe una diferencia tan grande, o alguna, la que sea, entre la
determinación de los valores de las mercancías a base de los salarios y su
determinación por las cantidades relativas de trabajo necesarias para su
producción? Pero no debéis perder de vista que la retribución del trabajo y la
cantidad de trabajo son cosas completamente distintas. Supongamos, por ejemplo,
que en un quarter de trigo y en una onza de oro se
plasman cantidades iguales de trabajo. Me valgo de este ejemplo porque fue
empleado ya por Benjamín Franklin en su primer ensayo, publicado en 1729 y
titulado A Modest Inquiry into the Nature
and Necessity of a Paper Currency
(Una modesta investigación sobre la naturaleza y la necesidad del papel moneda)[10]. En este libro, Franklin fue uno de los
primeros en hallar la verdadera naturaleza del valor. Así pues, hemos supuesto
que un quarter de trigo y una onza de oro son valores
iguales o equivalentes, por ser cristalización de cantidades iguales de trabajo
medio, de tantos días o tantas semanas de trabajo plasmado en cada una de ellas
¿Acaso, para determinar los valores relativos del oro y del trigo del modo que
lo hacemos, nos referimos para nada a los salarios que perciben los obreros
agrícolas y los mineros? No, ni en lo más mínimo. Dejamos completamente sin
determinar cómo se paga el trabajo diario o semanal de estos obreros, ni
siquiera decimos si aquí se emplea o no trabajo asalariado. Aun suponiendo que
sí, los salarios han podido ser muy desiguales. Puede ocurrir que el obrero
cuyo trabajo se plasma en el quarter de trigo sólo
perciba por él dos bushels, mientras que el obrero
que trabaja en la mina puede haber percibido por su trabajo la mitad de la onza
de oro. O, suponiendo que sus salarios sean iguales, pueden diferir en las más
diversas proporciones de los valores de las mercancías por ellos creadas.
Pueden representar la mitad, la tercera parte, la cuarta parte, la quinta parte
u otra fracción cualquiera de aquel quarter de trigo
o de aquella onza de oro. Naturalmente, sus salarios no pueden rebasar los
valores de las mercancías por ellos producidas, no pueden ser mayores que
éstos, pero sí pueden ser inferiores en todos los grados imaginables. Sus
salarios se hallarán limitados por los valores de los productos, pero los valores
de sus productos no se hallarán limitados por los salarios. Y, sobre todo,
aquellos valores, los valores relativos del trigo y del oro, por ejemplo, se
fijarán sin atender para nada al valor del trabajo invertido en ellos, es
decir, sin atender para nada a los salarios. La determinación de los valores de
las mercancías por las cantidades relativas de trabajo plasmado en ellas
difiere, como se ve, radicalmente del método tautológico de la determinación de
los valores de las mercancías por el valor del trabajo, o sea por los salarios.
Sin embargo, en el curso de nuestra investigación tendremos ocasión de aclarar
más todavía este punto.
Para calcular el valor de cambio de una
mercancía, tenemos que añadir a la cantidad de trabajo últimamente invertido en
ella la que se encerró antes en las materias primas con que se elabora la
mercancía y el trabajo incorporado a las herramientas, maquinaria y edificios
empleados en la producción de dicha mercancía. Por ejemplo, el valor de una
determinada cantidad de hilo de algodón es la cristalización de la cantidad de
trabajo que se incorpora al algodón durante el proceso del hilado y, además, de
la cantidad de trabajo plasmado anteriormente en el mismo algodón, de la
cantidad de trabajo que se encierra en el carbón, el aceite y otras materias
auxiliares empleadas, y de la cantidad de trabajo materializado en la máquina
de vapor, los husos, el edificio de la fábrica, etc. Los instrumentos de
producción propiamente dichos, tales como herramientas, maquinaria y edificios,
se utilizan constantemente, durante un período de tiempo más o menos largo, en
procesos reiterados de producción. Si se consumiesen de una vez, como ocurre
con las materias primas, se transferiría inmediatamente todo su valor a la
mercancía que ayudan a producir. Pero como un huso, por ejemplo, sólo se
desgasta paulatinamente, se calcula un promedio, tomando por base su duración
media y su desgaste medio durante determinado tiempo, v. gr., un día. De este
modo, calculamos qué parte del valor del huso pasa al hilo fabricado durante un
día y qué parte, por tanto, corresponde, dentro de la suma global de trabajo
que se encierra, v. gr., en una libra de hilo, a la cantidad de trabajo
plasmada anteriormente en el huso. Para el objeto que perseguimos, no es necesario
detenerse más en este punto.
Podría pensarse que, si el valor de una
mercancía se determina por la cantidad de trabajo que se invierte en su
producción, cuanto más perezoso o más torpe sea un operario más valor encerrará
la mercancía producida por él, puesto que el tiempo de trabajo necesario para
producirla será mayor. Pero el que tal piensa incurre en un lamentable error.
Recordaréis que yo empleaba la expresión "trabajo social ", y en esta
denominación de "social " se encierran muchas cosas. Cuando decimos
que el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo encerrado
o cristalizado en ella, tenemos presente la cantidad de trabajo necesario para
producir esa mercancía en un estado social dado y bajo determinadas condiciones
sociales medias de producción, con una intensidad media social dada y con una
destreza media en el trabajo que se invierte. Cuando en Inglaterra el telar de
vapor empezó a competir con el telar manual, para convertir una determinada
cantidad de hilo en una yarda de lienzo o de paño bastaba con la mitad del
tiempo de trabajo que antes se invertía. Ahora, el pobre tejedor manual tenía
que trabajar diecisiete o dieciocho horas diarias, en vez de las nueve o diez
que trabajaba antes. No obstante, el producto de sus veinte horas de trabajo
sólo representaba diez horas de trabajo social, es decir, diez horas de trabajo
socialmente necesario para convertir una determinada cantidad de hilo en
artículos textiles. Por tanto, su producto de veinte horas no tenía más valor que
el que antes elaboraba en diez.
Por consiguiente, si la cantidad de trabajo
socialmente necesario materializado en las mercancías es lo que determina el
valor de cambio de éstas, al crecer la cantidad de trabajo requerido para
producir una mercancía aumenta forzosamente su valor, y viceversa, al disminuir
aquélla, baja ésta.
Si las respectivas cantidades de trabajo
necesario para producir las mercancías respectivas permaneciesen constantes,
serían también constantes sus valores relativos. Pero no sucede así. La
cantidad de trabajo necesario para producir una mercancía cambia
constantemente, al cambiar las fuerzas productivas del trabajo aplicado. Cuanto
mayores son las fuerzas productivas del trabajo, más productos se elaboran en
un tiempo de trabajo dado; y cuanto menores son, menos se produce en el mismo
tiempo. Si, por ejemplo, al crecer la población se hiciese necesario cultivar
terrenos menos fértiles, habría que invertir una cantidad mayor de trabajo para
obtener la misma producción, y esto haría subir el valor de los productos
agrícolas. De otra parte, si con los modernos medios de producción, un solo
hilador convierte en hilo, durante una jornada, muchos miles de veces la
cantidad de algodón que él podría haber hilado durante el mismo tiempo con el
torno de hilar, es evidente que cada libra de algodón absorberá miles de veces
menos trabajo de hilado que antes, y, por consiguiente, el valor que el proceso
de hilado incorpora a cada libra de algodón será miles de veces menor. Y en la
misma proporción bajará el valor del hilo.
Prescindiendo de las diferencias que se dan en
las energias naturales y en la destreza adquirida
para el trabajo entre los distintos pueblos, las fuerzas productivas del
trabajo dependerán, principalmente:
1. De las condiciones naturales del trabajo: fertilidad del suelo, riqueza de
los yacimientos mineros, etc.
2. Del perfeccionamiento progresivo de las fuerzas sociales del trabajo por
efecto de la producción en gran escala, de la concentración del capital, de la
combinación del trabajo, de la división del trabajo, la maquinaria, los métodos
perfeccionados de trabajo, la aplicación de la fuerza química y de otras
fuerzas naturales, la reducción del tiempo y del espacio gracias a los medios
de comunicación y de transporte, y todos los demás inventos mediante los cuales
la ciencia obliga a las fuerzas naturales a ponerse al servicio del trabajo y
se desarrolla el carácter social o cooperativo de éste. Cuanto
mayores son las fuerzas productivas del trabajo, menos trabajo se
invierte en una cantidad dada de productos y, por tanto, menor es el valor de
estos productos. Y cuanto menores son las fuerzas productivas del trabajo, más
trabajo se emplea en la misma cantidad de productos, y, por tanto, mayor es el
valor de cada uno de ellos. Podemos, pues, establecer como ley general lo
siguiente:
Los valores de las mercancías están en razón
directa al tiempo de trabajo invertido en su producción y en razón inversa a
las fuerzas productivas del trabajo empleado.
Como hasta aquí sólo hemos hablado del valor,
añadiré también algunas palabras acerca del precio, que es una forma peculiar
que reviste el valor,
De por sí, el precio no es otra cosa que la
expresión en dinero del valor. Los valores de todas las mercancías de este
país, por ejemplo, se expresan en precios oro, mientras que en el continente se
expresan principalmente en precios plata. El valor del oro o de la plata se
determina, como el de cualquier mercancía, por la cantidad de trabajo necesario
para su extracción. Cambiáis una cierta suma de vuestros productos nacionales,
en la que se cristaliza una determinada cantidad de vuestro trabajo nacional,
por los productos de los países productores de oro y plata, en los que se
cristaliza una determinada cantidad de su trabajo. Es así, por el cambio
precisamente, cómo aprendéis a expresar en oro y plata los valores de todas las
mercancías, es decir, las cantidades de trabajo empleadas en su producción. Si
ahondáis más en la expresión en dinero del valor, o lo que es lo mismo, en la
conversión del valor en precio, veréis que se trata de un proceso por medio del
cual dais a los valores de todas las mercancías una forma independiente y
homogénea, o mediante el cual los expresáis como cantidades de igual trabajo
social. En la medida en que sólo es la expresión en dinero del valor, el precio
fue llamado, por Adam Smith,
precio natural, y por los fisiócratas franceses, prix
nécessaire.
¿Qué relación guardan, pues, el valor y los
precios del mercado, o los precios naturales y los precios del mercado? Todos
sabéis que el precio del mercado es el mismo para todas las mercancías de la
misma clase, por mucho que varíen las condiciones de producción de los
productores individuales. Los precios del mercado no hacen más que expresar la
cantidad media de trabajo social que, bajo condiciones medias de producción, es
necesaria para abastecer el mercado con una determinada cantidad de cierto
artículo. Se calculan con arreglo a la cantidad global de una mercancía de
determinada clase.
Hasta aquí, el precio de una mercancía en el
mercado coincide con su valor. De otra parte, las oscilaciones de los precios
del mercado, que unas veces exceden del valor o precio natural y otras veces
quedan por debajo de él, dependen de las fluctuaciones de la oferta y la
demanda. Los precios del mercado se desvían constantemente de los valores,
pero, como dice Adam Smith:
El precio natural . . .
es el precio central, hacia el que gravitan constantemente los precios de todas
las mercancías. Diversas circunstancias accidentales pueden hacer que estos
precios excedan a veces considerablemente de aquél, y otras veces desciendan un
poco por debajo de él. Pero, cualesquiera que sean los obstáculos que les
impiden detenerse en este centro de reposo y estabilidad, tienden continuamente
hacia él.[11]
Ahora no puedo examinar más detenidamente este
asunto. Baste decir que si la oferta y la demanda se equilibran, los precios de
las mercancías en el mercado corresponderán a sus precios naturales, es decir,
a sus valores, los cuales se determinan por las respectivas cantidades de
trabajo necesario para su producción. Pero la oferta y la demanda tienen que
tender siempre a equilibrarse, aunque sólo lo hagan compensando una fluctuación
con otra, un alza con una baja, y viceversa. Si en vez de fijaros solamente en
las fluctuaciones diarias, analizáis el movimiento de los precios del mercado
durante períodos de tiempo más largos, como lo ha hecho, por ejemplo, Mr. Tooke en su Historia de los
Precios, descubriréis que las fluctuaciones de los precios en el mercado, sus
desviaciones de los valores, sus alzas y bajas, se paralizan y se compensan
unas con otras, de tal modo que, si prescindimos de la influencia que ejercen los
monopolios y algunas otras modificaciones que aquí tengo que pasar por alto,
todas las clases de mercancías se venden, por término medio, por sus
respectivos valores o precios naturales. Los períodos de tiempo medios durante
los cuales se compensan entre sí las fluctuaciones de los precios en el mercado
difieren según las distintas clases de mercancías, porque en unas es más fácil
que en otras adaptar la oferta a la demanda.
Por tanto, si en términos generales y abrazando
períodos de tiempo relativamente largos, todas las clases de mercancías se
venden por sus respectivos valores, es un absurdo suponer que la ganancia -- no
en casos aislados, sino la ganancia constante y normal de las distintas
industrias -- brote de un recargo de los precios de las mercancías o del hecho
de que se las venda por un precio que exceda de su valor. Lo absurdo de esta
idea se evidencia con sólo generalizarla. Lo que uno ganase constantemente como
vendedor, tendría que perderlo continuamente como comprador. No sirve de nada decir
que hay gentes que son compradores sin ser vendedores, o consumidores sin ser
productores. Lo que éstos pagasen al productor tendrían que recibirlo antes
gratis de él. Si una persona toma vuestro dinero y luego os lo devuelve
comprándoos vuestras mercancías, nunca os haréis ricos, por muy caras que se
las vendáis. Esta clase de negocios podrá reducir una pérdida, pero jamás
contribuir a obtener una ganancia.
Por tanto, para explicar el carácter general de
la ganancia no tendréis más remedio que partir del teorema de que las
mercancías se venden, por término medio, por sus verdaderos valores y que las
ganancias se obtienen vendiendo las mercancías por su valor, es decir, en
proporción a la cantidad de trabajo materializado en ellas. Si no conseguís
explicar la ganancia sobre esta base, no conseguiréis explicarla de ningún
modo. Esto parece una paradoja y algo que choca con lo que observamos todos los
días. También es paradójico el hecho de que la Tierra gire alrededor del Sol y
de que el agua esté formada por dos gases muy inflamables. Las verdades
científicas son siempre paradójicas, si se las mide por el rasero de la
experiencia cotidiana, que sólo percibe la apariencia engañosa de las cosas.
Después de analizar, en la medida en que
podíamos hacerlo en un examen tan rápido, la naturaleza del valor, del valor de
una mercancía cualquiera, hemos de encaminar nuestra atención al peculiar valor
del trabajo. Y aquí, nuevamente tengo que provocar vuestro asombro con otra
aparente paradoja. Todos vosotros estáis convencidos de que lo que vendéis
todos los días es vuestro trabajo; de que, por tanto, el trabajo tiene un
precio, y de que, puesto que el precio de una mercancía no es más que la
expresión en dinero de su valor, tiene que existir, sin duda, algo que sea el
valor del trabajo. Y, sin embargo, no existe tal cosa como valor del trabajo,
en el sentido corriente de la palabra. Hemos visto que la cantidad de trabajo
necesario cristalizado en una mercancía constituye su valor. Aplicando ahora
este concepto del valor, ¿cómo podríamos determinar el valor de una jornada de
trabajo de diez horas, por ejemplo? ¿Cuánto trabajo se encierra en esta jornada?
Diez horas de trabajo. Si dijésemos que el valor de una jornada de trabajo de
diez horas equivale a diez horas de trabajo, o a la cantidad de trabajo
contenido en aquélla, haríamos una afirmación tautológica, y además sin
sentido. Naturalmente, después de haber desentrañado el sentido verdadero pero
oculto de la expresión "valor del trabajo ", estaremos en condiciones
de explicar esta aplicación irracional y aparentemente imposibíe
del valor, del mismo modo que estamos en condiciones de explicar los movimientos
aparentes o meramente percibidos de los cuerpos celestes, después de conocer
sus movimientos reales.
Lo que el obrero vende no es directamente su
trabajo, sino su fuerza de trabajo, cediendo temporalmente al capitalista el
derecho a disponer de ella. Tan es así, que no sé si las leyes inglesas, pero
sí, desde luego, algunas leyes continentales, fijan el máximo de tiempo por el
que una persona puede vender su fuerza de trabajo Si se le permitiese venderla
sin limitación de tiempo, tendríamos inmediatamente restablecida la esclavitud.
Semejante venta, si comprendiese, por ejemplo, toda la vida del obrero, le
convertiría inmediatamente en esclavo perpetuo de su patrono.
Tomás Hobbes, uno de
los más viejos economistas y de los filósofos más originales de Inglaterra, vio
ya, en su Leviathan, instintivamente, este punto, que
todos sus sucesores han pasado por alto. Dice Hobbes:
"Lo que un hombre vale o en lo que se estima es, como en las demás cosas,
su precio, es decir, lo que se daría por el uso de su fuerza. "[12]
Partiendo de esta base, podemos determinar el
valor del trabajo, como el de cualquier otra mercancía.
Pero, antes de hacerlo, cabe preguntar: ¿de dónde proviene ese fenómeno extraño de que en el mercado
nos encontramos con un grupo de compradores que poseen tierras, maquinaria,
materias primas y medios de vida. cosas todas que,
fuera de la tierra virgen, son otros tantos productos del trabajo, y de otro
lado, un grupo de vendedores que no tienen nada que vender más que su fuerza de
trabajo, sus brazos laboriosos y sus cerebros? ¿Cómo se explica que uno de los
grupos compre constantemente para obtener una ganancia y enriquecerse, mientras
que el otro grupo vende constantemente para ganar el sustento de su vida? La
investigación de este problema sería la investigación de aquello que los
economistas denominan "acumulación previa u originaria ", pero que
debería llamarse, expropiación originaria. Y veríamos entonces que esta llamada
acumulación originaria no es sino una serie de procesos históricos que acabaron
destruyendo la unidad originaria que existía entre el hombre trabajador y sus
medios de trabajo. Sin embargo, esta investigación cae fuera de la órbita de nuestro
tema actual. Una vez consumada la separación entre el trabajador y los medios
de trabajo, este estado de cosas se mantendrá y se reproducirá sobre una escala
cada vez más alta, hasta que una nueva y radical revolución del modo de
producción lo eche por tierra y restaure la primitiva unidad bajo una forma
histórica nueva.
¿Qué es, pues, el valor de la fuerza de trabajo?
Al igual que el de toda otra mercancía, este
valor se determina por la cantidad de trabajo necesaria para su producción. La
fuerza de trabajo de un hombre existe, pura y exclusivamente, en su
individualidad viva. Para poder desarrollarse y sostenerse, un hombre tiene que
consumir una determinada cantidad de artículos de primera necesidad. Pero el
hombre, al igual que la máquina, se desgasta y tiene que ser reemplazado por
otro. Además de la cantidad de artículos de primera necesidad requeridos para
su propio sustento, el hombre necesita otra cantidad para criar determinado
número de hijos, llamados a reemplazarle a él en el mercado de trabajo y a
perpetuar la raza obrera. Además, es preciso dedicar otra suma de valores al
desarrollo de su fuerza de trabajo y a la adquisición de una cierta destreza.
Para nuestro objeto, basta con que nos fijemos en un trabajo medio, cuyos
gastos de educación y perfeccionamiento son magnitudes insignificantes. Debo,
sin embargo, aprovechar esta ocasión para hacer constar que, del mismo modo que
el coste de producción de fuerzas de trabajo de distinta calidad es distinto,
tienen que serlo también los valores de la fuerza de trabajo aplicada en los
distintos oficios. Por tanto, el clamor por la igualdad de salarios descansa en
un error, es un deseo absurdo, que jamás llegará a realizarse. Es un brote de
ese falso y superficial radicalismo que admite las premisas y pretende rehuir
las conclusiones. Sobre la base del sistema del salario, el valor de la fuerza
de trabajo se fija lo mismo que el de otra mercancía cualquiera; y como
distintas clases de fuerza de trabajo tienen distintos valores o exigen
distintas cantidades de trabajo para su producción, tienen que tener distintos
precios en el mercado de trabajo. Pedir une retribución igual, o simplemente
una retribución equitativa, sobre la base del sistema del salariado, es lo
mismo que pedir libertad sobre la base de un sistema esclavista. Lo que
pudierais reputar justo o equitativo, no hace al caso. El problema está en
saber qué es lo necesario e inevitable dentro de un sistema dado de producción.
Según lo que dejamos expuesto, el valor de la
fuerza de trabajo se determina por el valor de los artículos de primera
necesidad exigidos para producir, desarrollar, mantener y perpetuar la fuerza
de trabajo.
Supongamos ahora que el promedio de los
artículos de primera necesidad imprescindibles diariamente al obrero requiera,
para su producción, seis horas de trabajo medio. Supongamos, además, que estas
seis horas de trabajo medio se materialicen en una cantidad de oro equivalente
a tres chelines. En estas condiciones, los tres chelines serían el precio o la
expresión en dinero del valor diario de la fuerza de trabajo de este hombre. Si
trabajase seis horas, produciría diariamente un valor que bastaría para comprar
la cantidad media de sus artículos diarios de primera necesidad o para
mantenerse como obrero.
Pero nuestro hombre es un obrero asalariado. Por
tanto, tiene que vender su fuerza de trabajo a un capitalista. Si la vende por
tres chelines diarios o por dieciocho chelines semanales, la vende por su
valor. Supongamos que se trata de un hilador. Si trabaja seis horas al dia, incorporará al algodón diariamente un valor de tres
chelines. Este valor diariamente incorporado por él representaria
un equivalente exacto del salario o precio de su fuerza de trabajo que se le
abona diariamente. Pero en este caso no afluiría al capitalista ninguna
plusvalía o plusproducto. Aqui
es donde tropezamos con la verdadera dificultad.
Al comprar la fuerza de trabajo del obrero y
pagarla por su valor, el capitalista adquiere, como cualquier otro comprador,
el derecho a consumir o usar la mercancia comprada.
La fuerza de trabajo de un hombre se consume o se usa poniéndole a trabajar, ni
más ni menos que una máquina se consume o se usa haciéndola funcionar. Por
tanto, el capitalista, al pagar el valor diario o semanal de la fuerza de
trabajo del obrero, adquiere el derecho a servirse de ella o a hacerla trabajar
durante todo el día o toda la semana. La jornada de trabajo o la semana de
trabajo tienen, naturalmente, ciertos limites, pero sobre esto volveremos en
detalle más adelante.
Por el momento, quiero llamar vuestra atención
hacia un punto decisivo.
El valor de la fuerza de trabajo se determina
por la cantidad de trabajo necesario para su conservación o reproducción, pero
el uso de esta fuerza de trabajo no encuentra más límite que la energía activa
y la fuerza física del obrero. El valor diario o semanal de la fuerza de
trabajo y el ejercicio diario o semanal de esta misma fuerza de trabajo son dos
cosas completamente distintas, tan distintas como el pienso que consume un
caballo y el tiempo que puede llevar sobre sus lomos al jinete. La cantidad de
trabajo que sirve de límite al valor de la fuerza de trabajo del obrero no
limita, ni mucho menos, la cantidad de trabajo que su fuerza de trabajo puede
ejecutar. Tomemos el ejemplo de nuestro hilador. Veíamos que, para reponer
diariamente su fuerza de trabajo, este hilador necesitaba reproducir
diariamente un valor de tres chelines, lo que hacia con su trabajo diario de
seis horas. Pero esto no le quita la capacidad de trabajar diez o doce horas, y
aún más, diariamente. Y el capitalista, al pagar el valor diario o semanal de
la fuerza de trabajo del hilador, adquiere el derecho a usarla durante todo el
día o toda la semana. Le hará trabajar, por tanto, supongamos, doce horas
diarias. Es decir, que sobre y por encima de las seis horas necesarias para
reponer su salario, o el valor de su fuerza de trabajo, tendrá que trabajar
otras seis horas, que llamaré horas de plustrabajo, y
este plustrabajo se traducirá en una plusvalía y en
un plusproducto. Si, por ejemplo, nuestro hilador,
con su trabajo diario de seis horas, añadia al
algodón un valor de tres chelines, valor que constituye un equivalente exacto
de su salario, en doce horas incorporará al algodón un valor de seis chelines y
producirá el correspondiente superávit de hilo. Y, como ha vendido su fuerza de
trabajo al capitalista, todo el valor, o sea, todo el producto creado por él
pertenece al capitalista, que es el dueño pro tempore
de su fuerza de trabajo. Por tanto, adelantando tres chelines, el capitalista
realizará el valor de seis, pues mediante el adelanto de un valor en el que hay
cristalizadas seis horas de trabajo, recibirá a cambio un valor en el que hay
cristalizadas doce horas de trabajo. Al repetir diariamente esta operación, el
capitalista adelantará diariamente tres chelines y se embolsará cada día seis,
la mitad de los cuales volverá a invertir en pagar nuevos salarios, mientras
que la otra mitad forma la plusvalía, por la que el capitalista no abona ningún
equivalente. Este tipo de intercambio entre el capital y el trabajo es el que
sirve de base a la producción capitalista o al sistema del asalariado, y tiene
incesantemente que conducir a la reproducción del obrero como obrero y del
capitalista como capitalista.
La cuota de plusvalía dependerá, si las demás
circunstancias permanecen invariables, de la proporción existente entre la
parte de la jornada de trabajo necesaria para reproducir el valor de la fuerza
de trabajo y el plustiempo o plustrabajo
destinado al capitalista. Dependerá, por tanto, de la proporción en que la
jornada de trabajo se prolongue más allá del tiempo durante el cual el obrero,
con su trabajo, se limita a reproducir el valor de su fuerza de trabajo o a
reponer su salario.
Ahora tenemos que volver a la expresión de
"valor o precio del trabajo".
Hemos visto que, en realidad, este valor no es
más que el de la fuerza de trabajo medido por los valores de las mercancías
necesarias para su manutención. Pero, como el obrero sólo cobra su salario
después de realizar su trabajo y como, además, sabe que lo que entrega
realmente al capitalista es su trabajo, necesariamente se imagina que el valor
o precio de su fuerza de trabajo es el precio o valor de su trabajo mismo. Si
el precio de su fuerza de trabajo son tres chelines, en los que se materializan
seis horas de trabajo, y si trabaja doce horas, forzosamente considera esos
tres chelines como el valor o precio de doce horas de trabajo, aunque estas
doce horas de trabajo representan un valor de seis chelines. De aquí se
desprenden dos conclusiones:
Primera. El valor o precio de la fuerza de
trabajo reviste la apariencia del precio o valor del trabajo mismo, aunque en
rigor las expresiones de valor y precio del trabajo carecen de sentido.
Segunda. Aunque sólo se paga una parte del trabajo
diario del obrero, mientras que la otra parte queda sin retribuir, y aunque
este trabajo no retribuido o plustrabajo es
precisamente el fondo del que sale la plusvalía o ganancia, parece como si todo
el trabajo fuese trabajo retribuido.
Esta apariencia engañosa distingue al trabajo
asalariado de las otras formas históricas del trabajo. Dentro del sis tema de trabajo
asalariado, hasta el trabajo no retribuido parece trabajo pagado. Por el
contrario, en el trabajo de los esclavos parece trabajo no retribuido hasta la
parte del trabajo que se paga. Naturalmente, para poder trabajar, el esclavo
tiene que vivir, y una parte de su jornada de trabajo sirve para reponer el
valor de su propio sustento. Pero, como entre él y su amo no ha mediado trato
alguno ni se celebra entre ellos ningún acto de compra y venta, parece como si
el esclavo entregase todo su trabajo gratis.
Fijémonos por otra parte en el campesino siervo,
tal como existía, casi podríamos decir hasta ayer mismo, en todo el oriente de
Europa. Este campesino trabajaba, por ejemplo, tres días para él mismo en la
tierra de su propiedad o en la que le había sido asignada, y los tres días
siguientes los destinaba a trabajar obligatoriamente'y
gratis en la finca de su señor. Como vemos, aquí las dos partes del trabajo, la
pagada y la no retribuida, aparecían separadas visiblemente, en el tiempo y en
el espacio, y nuestros liberales rebosaban indignación moral ante la idea
absurda de que se obligase a un hombre a trabajar de balde.
Pero, en realidad, tanto da que una persona
trabaje tres días de la semana para sí, en su propia tierra, y otros tres días
gratis en la finca de su señor, como que trabaje todos los días, en la fábrica
o en el taller, seis horas para sí y seis para su patrono; aunque en este caso
la parte del trabajo pagado y la del trabajo no retribuido aparezcan
inseparablemente confundidas, y el carácter de toda la transacción se disfrace
completamente con la interposición de un contrato y el pago abonado al final de
la semana En el primer caso el trabajo no retribuido parece entregado
voluntariamente y, en el otro, arrancado por la fuerza. Tal es toda la
diferencia.
Siempre que emplee las palabras "valor del
trabajo ", las emplearé como término popular para indicar el "valor
de la fuerza de trabajo ".
Supongamos que una hora media de trabajo se
materialice en un valor de seis peniques, o doce horas medias de trabajo en un
valor de seis chelines. Supongamos, asimismo, que el valor del trabajo
represente tres chelines o el producto de seis horas de trabajo. Si en las
materias primas, maquinaria, etc., que se consumen para producir una
determinada mercancía, se materializan veinticuatro horas medias de trabajo, su
valor ascenderá a doce chelines. Si, además, el obrero empleado por el
capitalista añade a estos medios de producción doce horas de trabajo, estas
doce horas se materializan en un valor adicional de seis chelines. Por tanto,
el valor total del producto se elevará a treinta y seis horas de trabajo
materializado, equivalente a dieciocho chelines. Pero, como el valor del
trabajo o el salario abonado al obrero sólo representa tres chelines, resultará
que el capitalista no abona ningún equivalente por las seis horas de plustrabajo rendidas por el obrero y materializadas en el
valor de la mercancía. Por tanto, vendiendo esta mercancía por su valor, por
dieciocho chelines, el capitalista obtendrá un valor de tres chelines, sin
desembolsar ningún equivalente a cambio de él. Estos tres chelines
representarán la plusvalía o ganancia que el capitalista se embolsa. Es decir,
que el capitalista no obtendrá la ganancia de tres chelines por vender su
mercancía a un precio que exceda de su valor, sino vendiéndola por su valor
real.
El valor de una mercancía se determina por la
cantidad total de trabajo que encierra. Pero una parte de esta cantidad de
trabajo se materializa en un valor por el que se abonó un equivalente en forma
de salarios; otra parte se materializa en un valor por el que no se pagó ningún
equivalente. Una parte del trabajo encerrado en la mercancía es trabajo
retribuido; otra parte, trabajo no retribuido. Por tanto, cuando el capitalista
vende la mercancía por su valor, es decir, como cristalización de la cantidad
total de trabajo invertido en ella, tiene necesariamente que venderla con
ganancia. Vende no sólo lo que le ha costado un equivalente, sino también lo
que no le ha costado nada, aunque haya costado el trabajo de su obrero. Lo que
la mercancía le cuesta al capitalista y lo que en realidad cuesta, son cosas
distintas. Repito, pues, que las ganancias normales y medias se obtienen
vendiendo mercancías no por encima de su verdadero valor sino a su verdadero
valor.
La plusvalia, o sea
aquella parte del valor total de la mercancía en que se materializa el plustrabajo o trabajo no retribuido del obrero, es lo que
yo llamo ganancia. Esta ganancia no se la embolsa en su totalidad el empresario
capitalista. El monopolio del suelo permite al terrateniente embolsarse una
parte de esta plusvalía bajo el nombre de renta del suelo, lo mismo si el suelo
se utiliza para fines agrícolas que si se destina a construir edificios,
ferrocarriles o a otro fin productivo cualquiera. Por otra parte, el hecho de
que la posesión de los medios de trabajo permita al empresario capitalista
producir una plusvalía o, lo que viene a ser lo mismo, apropiarse una
determinada cantidad de trabajo no retribuido, permite al propietario de los
medios de trabajo, que los presta total o parcialmente al empresario
capitalista, en una palabra, permite al capitalista que presta el dinero,
reivindicar para sí mismo otra parte de esta plusvalía, bajo el nombre de
interés, con lo que al empresario capitalista, como tal, sólo le queda la
llamada ganancia industrial o comercial.
Con arreglo a qué leyes se opera esta división
del importe total de la plusvalía entre las tres categorías de gentes
mencionadas, es una cuestión que cae bastante lejos de nuestro tema. Pero, de
lo que dejamos expuesto, se desprende, por lo menos, lo siguiente:
La renta del suelo, el interés y la ganancia
industrial no son más que otros tantos nombres diversos para expresar las
diversas partes de la plusvalía de una mercancía o del trabajo no retribuido
que en ella se materializa, y brotan todas por igual de esta fuente y sólo de
ella. No provienen del suelo como tal, ni del capital de por sí; mas el suelo y
el capital permiten a sus poseedores obtener su parte correspondiente en la
plusvalía que el empresario capitalista estruja al obrero. Para el mismo
obrero, la cuestión de si esta plusvalía, fruto de su plustrabajo
o trabajo no retribuido, se la embolsa exclusivamente el empresario capitalista
o éste se ve obligado a ceder a otros una parte de ella bajo el nombre de renta
del suelo o interés, sólo tiene una importancia secundaria. Supongamos que el
empresario capitalista maneje solamente su capital propio y sea su propio
terrateniente; en este caso, toda la plusvalía irá a parar a su bolsillo.
Es el empresario capitalista quien extrae
directamente al obrero esta plusvalía, cualquiera que sea la parte que, en
último término, pueda reservarse para sí mismo. Por eso, esta relación entre el
empresario capitalista y el obrero asalariado es la piedra angular de todo el
sistema del salariado y de todo el régimen actual de producción. Por
consiguiente, no tenian razón algunos de los
ciudadanos que intervinieron en nuestro debate, cuando intentaban empequeñecer
las cosas y presentar esta relación fundamental entre el empresario capitalista
y el obrero como una cuestión secundaria, aunque, por otra parte, si tenian razón al afirmar que, en ciertas circunstancias, una
subida de los precios puede afectar de un modo muy desigual al empresario
capitalista, al terrateniente, al capitalista que facilita el dinero y, si
queréis, al recaudador de contribuciones.
De lo dicho se desprende, además, otra
consecuencia.
La parte del valor de la mercancia
que representa solamente el valor de las materias primas y de las máquinas, en
una palabra, el valor de los medios de producción consumidos, no arroja ningún
ingreso, sino que sólo repone el capital. Pero, aun fuera de esto, es falso que
la otra parte del valor de la mercancia, la que
proporciona ingresos o puede desembolsarse en forma de salarios, ganancias,
renta del suelo e intereses, esté formada por el valor de los salarios, el
valor de la renta del suelo, el valor de la ganancia, etc. Por el momento,
dejaremos a un lado los salarios y sólo trataremos de la ganancia industrial,
los intereses y la renta del suelo. Acabamos de ver que la plusvalía que se
encierra en la mercancia o aquella parte del valor de
ésta en que se materializa el trabajo no retribuido, se descompone, a su vez,
en varias partes, que llevan tres nombres distintos. Pero afirmar que su valor
se halla integrado o formado por la suma de los valores independientes de estas
tres partes integrantes, seria decir todo lo contrario de la verdad.
Si una hora de trabajo se materializa en un
valor de seis peniques, y si la jornada de trabajo del obrero es de doce horas,
y la mitad de este tiempo es trabajo no retribuido, este plustrabajo
añadirá a la mercancia una plusvalía de tres
chelines; es decir, un valor por el que no se ha pagado equivalente alguno.
Esta plusvalía de tres chelines representa todo el fondo que el empresario
capitalista puede repartir, en la proporción que sea, con el terrateniente y el
que le presta el dinero. El valor de estos tres chelines forma el límite del
valor que pueden repartirse entre sí. Pero no es el empresario capitalista el
que añade al valor de la mercanía un valor arbitrario
para su ganancia, añadiéndose luego otro valor para el terrateniente, etc.,
etc., por donde la suma de estos valores arbitrariamente fijados representaría
el valor total. Veis, por tanto, la falacia de la idea corriente que confunde la
descomposición de un valor dado en tres partes con la formación de aquel valor
mediante la suma de tres valores independientes, convirtiendo de este modo en
una magnitud arbitraria el valor total, del que salen la renta del suelo, la
ganancia y el interés.
Supongamos que la ganancia total obtenida por el
capitalista sea de 100 libras esterlinas. Esta suma considerada como magnitud
absoluta, la denominamos volumen de ganancia. Pero si calculamos la proporción
que guardan estas 100 libras esterlinas con el capital desembolsado, a esta
magnitud relativa la llamamos cuota de ganancia. Es evidente que esta cuota de
ganancia puede expresarse bajo dos formas.
Supongamos que el capital desembolsado en
salarios son 100 libras. Si la plusvalía creada arroja también 100 libras -- lo
cual nos demostraría que la mitad de la jornada de tra
bajo del obrero está formada por trabajo no retribuido --, y si midiésemos esta
ganancia por el valor del capital desem bolsado en salarios, diríamos que la cuota de ganancía era del 100 por 100, ya que el valor desembolsado
sería cien y el valor producido doscientos.
Por otra parte, si tomásemos en consideración no
sólo el capital desembolsado en salarios, sino todo el capital desembolsado,
por ejemplo, 500 libras esterlinas, de las cuales 400 representan el valor de
las materias primas, maquinaria, etc., diríamos que la cuota de ganancia sólo
asciende al 20 por 100, ya que la ganancia de cien libras no sería más que la
quinta parte del capital total desembolsado.
El primer modo de expresar la cuota de ganancia
es el único que nos revela la proporción real entre el trabajo pa gado y el no retribuido, el grado real de la exploitation (permitidme el empleo de esta palabra
francesa) del trabajo. El otro modo de expresar es el usual y es, en efecto,
apropiado para ciertos fines. En todo caso, es muy cómoda para ocultar el grado
en que el capitalista estruja al obrero trabajo gratuito.
En lo que todavía me resta por exponer, emplearé
la palabra ganancia para expresar toda la masa de plusvalía estrujada por el
capitalista, sin atender para nada a la división de esta plusvalía entre las
diversas partes interesadas, y cuando emplee el término de cuota de ganancia
mediré siempre la ganancia por el valor del capital desembolsado en salarios
Si del valor de una mercancía descontamos la
parte destinada a reponer el de las materias primas y otros medios de
producción empleados, es decir, si descontamos el valor que representa el
trabajo pretérito encerrado en ella, el valor restante se reducirá a la
cantidad de trabajo añadida por el obrero últimamente empleado. Si este obrero
trabaja doce horas diarias, y doce horas de trabajo medio cristalizan en una
suma de oro igual a seis chelines, este valor adicional de seis chelines será
el único valor creado por su trabajo. Este valor dado, determinado por su
tiempo de trabajo, es el único fondo del que tanto él como el capitalista
tienen que sacar su respectiva parte o dividendo, el único valor que ha de
dividirse en salarios y ganancias. Es evidente que este valor mismo no variará
aunque varíe la proporción en que pueda dividirse entre ambas partes interesadas.
Y la cosa tampoco cambiará si, en vez de un obrero aislado, ponemos a toda la
población obrera, y en vez de una sola jornada de trabajo, doce millones de
jornadas de trabajo, por ejemplo.
Como el capitalista y el obrero sólo pueden
repartirse este valor, que es limitado, es decir, el valor medido por el
trabajo total del obrero, cuanto más perciba el uno menos obtendrá el otro, y
viceversa. Partiendo de una cantidad dada, una de sus partes aumentará siempre
en la misma proporción en que la otra disminuye. Si los salarios cambian,
cambiarán, en sentido opuesto, las ganancias. Si los salarios bajan, subirán
las ganancias; y si aquéllos suben, bajarán éstas. Si el obrero, arrancando de nuestzo supuesto anterior, cobra tres chelines,
equivalentes a la mitad del valor creado por él, o si la totalidad de su
jornada de trabajo consiste en la mitad de trabajo pagado y la otra mitad de
trabajo no retribuido, la cuota de ganancia será del 100 por 100, ya que el
capitalista obtendrá también tres chelines. Si el obrero sólo cobra dos
chelines, o sólo trabaja para sí la tercera parte de la jornada total, el
capitalista obtendrá cuatro chelines, y la cuota de ganancia será del 200 por
100. Si el obrero cobra cuatro chelines, el capitalista sólo recibirá dos, y la
cuota de ganancia descenderá al 50 por 100. Pero todas estas variaciones no
influyen en el valor de la mercancía. Por tanto, una subida general de salarios
determinaría una disminución de la cuota general de ganancia; pero no haría
cambiar los valores.
Sin embargo, aunque los valores de las
mercancías, que han de regular en última instancia sus precios en el mercado,
se hallan determinados exclusivamente por la cantidad total de trabajo plasmado
en ellos y no por la división de esta cantidad en trabajo pagado y trabajo no
retribuido, de aquí no se deduce, ni mucho menos, que los valores de las
mercancías sueltas o lotes de mercancías fabricadas, por ejemplo, en doce
horas, sean siempre los mismos. El número o la masa de las mercanúas
fabricadas en un determinado tiempo de trabajo o mediante una determinada
cantidad de éste, depende de la fuerza productiva del trabajo empleado, y no de
su extensión en el tiempo o duración. Con un determinado grado de fuerza
productiva del trabajo de hilado, por ejemplo, podrán producirse, en una
jornada de trabajo de doce horas, doce libras de hilo; con un grado más bajo de
fuerza productiva, se producirán solamente dos. Por tanto, si las doce horas de
trabajo medio se materializan en un valor de seis chelines, en el primer caso
las doce libras de hilo costarían seis chelines, lo mismo que costarían, en el
segundo caso, las dos libras. Es decir, que en el primer caso una libra de hilo
saldrá por seis peniques, y en el segundo caso por tres chelines. Esta
diferencia de precio obedecería a la diferencia existente entre las fuerzas
productivas del trabajo empleado. Con la mayor fuerza productiva, una hora de
trabajo se materializaría en una libra de hilo, mientras que con la fuerza
productiva menor, en una libra de hilo se materializarían
seis horas de trabajo. En el primer caso, el precio de una libra de hilo no
excedería de seis peniques, aunque los salarios fueran relativamente altos y la
cuota de ganancia baja. En el segundo caso, ascendería a tres chelines, aun con
salarios bajos y una cuota de ganancia elevada. Y ocurriría así, porque el
precio de la libra de hilo se determina por el total del trabajo que encierra
en ella y no por la proporción en que este total se divide en trabajo pagado y
trabajo no retribuido. El hecho apuntado antes por mí de que un trabajo bien
pagado puede producir mercancías baratas y un trabajo mal pagado puede producir
mercancías caras, pierde, con esto, su apariencia paradójica. Este hecho no es
más que la expresión de la ley general de que el valor de una mercancía se
determina por la cantidad de trabajo invertido en ella y de que la cantidad de
trabajo invertido depende enteramente de la fuerza productiva del trabajo
empleado, variando por tanto al variar la productividad del trabajo.
Examinemos ahora seriamente los casos
principales en que se procura la subida de los salarios o se opone una
resistencia a su reducción.
1. Hemos visto que el valor de la fuerza de
trabajo, o para decirlo en términos más populares, el valor del trabajo, está
determinado por el valor de los artículos de primera necesidad o por la
cantidad de trabajo necesaria para su producción. Por consiguiente, si en un
determinado país el valor de los artículos de primera necesidad que por término
medio consume diariamente un obrero representa seis horas de trabajo,
expresadas en tres chelines, este obrero tendrá que trabajar diariamente seis
horas para producir el equivalente de su sustento diario. Si su jornada de
trabajo es de doce horas, el capitalista le pagará el valor de su trabajo
abonándole tres chelines. La mitad de la jornada de trabajo será trabajo no
retribuido, y por tanto, la cuota de ganancia arrojará el 100 por 100. Pero
supongamos ahora que a consecuencia de una disminución de la productividad del
trabajo, hace falta más trabajo para producir, digamos, la misma cantidad de
productos agrícolas que antes, con lo cual el precio de la cantidad media de
artículos de primera necesidad requeridos diariamente subirá de tres chelines a
cuatro. En este caso, el valor del trabajo aumentaría en una tercera parte, o
sea, en el 33 1/3 por 100. Para producir el equivalente del sustento diario del
obrero, dentro del nivel de vida anterior, serían necesarias ocho horas de la
jornada de trabajo. Por tanto, el plustrabajo bajaría
de seis horas a cuatro, y la cuota de ganancia se reduciría del 100 al 50 por
100. El obrero que, en estas condiciones, pidiese un aumento de salario, se
limitaría a exigir que se le abonase el valor incrementado de su trabajo, como
cualquier otro vendedor de una mercancía, que cuando aumenta el coste de
producción de ésta, procura que se le pague el incremento del valor. Y si los
salarios no suben, o no suben en la proporción suficiente para compensar la
subida en el valor de los artículos de primera necesidad, el precio del trabajo
descenderá por debajo del valor del trabajo, y el nivel de vida del obrero
empeorará.
Pero también puede operarse un cambio en sentido
contrario. Al elevarse la productividad del trabajo, puede ocurrir que la misma
cantidad de artículos de primera necesidad consumidos por término medio en un
día baje de tres a dos chelines, o que, en vez de seis horas de la jornada de
trabajo, basten cuatro para reproducir el equivalente del valor de los
artículos de primera necesidad consumidos en un día Esto permitirá al obrero
comprar por dos chelines exactamente los mismos artículos de primera necesidad
que antes le costaban tres. En realidad, disminuiría el valor del trabajo ; pero este valor mermado dispondría de la misma
cantidad de mercancías que antes. Así, la ganancia subiría de tres a cuatro
chelines y la cuota de ganancia del 100 al 200 por 100. Y, aunque el nivel de
vida absoluto del obrero seguiría siendo el mismo, su salario relativo, y por
tanto su posición social relativa, comparada con la del capitalista, habrían
bajado. Oponiéndose a esta rebaja de su salario relativo, el obrero no haría
más que luchar por obtener una parte en las fuerzas productivas incrementadas
de su propio trabajo y mantener su antigua posición relativa en la escala
social Así, después de la derogación de las leyes cerealistas, y violando
flagrantemente las promesas solemnísimas que habían hecho en su campaña de
propaganda contra aquellas leyes, los amos de las fábricas inglesas rebajaron
los salarios, por regla general, en un 10 por 100. Al principio, la oposición
de los obreros fue frustrada; pero más tarde se pudo recobrar el 10 por 100
perdido, a consecuencia de circunstancias que no puedo detenerme a examinar
aquí.
2. Los valores de los artículos de primera
necesidad y por consiguiente, el valor del trabajo pueden permanecer
invariables y, sin embargo, el precio en dinero de aquéllos puede sufrir una
alteración, porque se opere un cambio previo en el valor del dinero.
Con el descubrimiento de yacimientos más
abundantes etc., dos onzas de oro, por ejemplo, no costarían más trabajo del
que antes exigía la producción de una onza. En este caso, el valor del oro
descendería a la mitad, 0 al 50 por 100. Y como, a consecuencia de esto, los
valores de todas las demás mercancías se expresarían en el doble de su precio
en dinero anterior, esto se haría extensivo también al valor del trabajo. Las
doce horas de trabajo que antes se expresaban en seis chelines, ahora se
expresarían en doce. Por tanto, si el salario del obrero siguiese siendo de
tres chelines, en vez de subir a seis, resultaría que el precio en dinero de su
trabajo sólo correspondería a la mitad del valor de su trabajo, y su nivel de
vida empeoraría espantosamente. Y lo mismo ocurriría en un grado mayor o menor
si su salario subiese, pero no proporcionalmente a la baja del valor del oro.
En este caso, no se habría operado el menor cambio, ni en las fuerzas
productivas del trabajo, ni en la of erta y la demanda, ni en los valores. Nada habría cambiado
menos el nombre en dinero de estos valores. Decir que en este caso el obrero no
debe luchar por una subida proporcional de su salario, equivale a pedirle que
se resigne a que se le pague su trabajo en nombres y no en cosas. Toda la
historia del pasado demuestra que, siempre que se produce tal depreciación del
dinero, los capitalistas se apresuran a aprovechar esta coyuntura para
defraudar a los obreros. Una numerosa escuela de economistas asegura que, como
consecuencia de los nuevos descubrimientos de tierras auríferas, de la mejor
explotación de las minas de plata y del abaratamiento en el suministro de mercurio,
ha vuelto a bajar el valor de los metales preciosos. Esto explicaria
los intentos generales y simultáneos que se hacen en el continente por
conseguir una subida de salarios.
3. Hasta aquí hemos partido del supuesto de que
la jornada de trabajo tiene limites dados. Pero, en
realidad, la jornada de trabajo no tiene, por sí misma, límites constantes. El
capital tiende constantemente a dilatarla hasta el máximo de su duración
físicamente posible, ya que en la misma proporción aumenta el plustrabajo y, por tanto, la ganancia que de él se deriva.
Cuanto más consiga el capital alargar la jornada de trabajo, mayor será la
cantidad de trabajo ajeno que se apropiará. Durante el siglo XVII, y todavía
durante los dos primeros tercios del XVIII, la jornada normal de trabajo, en
toda Inglaterra, era de diez horas. Durante la guerra antijacobina,[13] que fue, en realidad, una guerra de los barones ingleses contra
las masas trabajadoras de Inglaterra, el capital celebró sus días orgiásticos y
prolongó la jornada de diez horas, a doce, a catorce, a dieciocho. Malthus, que no puede infundir precisamente sospechas de
tierno sentimentalismo, declaró en un folleto, publicado hacia el año 1815,[14] que la vida de la nación sería
amenazada en sus raíces, si las cosas seguían como hasta allí. Algunos años
antes de introducirse con carácter general las máquinas de nueva invención,
hacia 1765, vio la luz en Inglaterra un folleto titulado An Essay on Trade
[15] ("Un ensayo sobre la industria"). El anónimo
autor de este folleto, enemigo jurado de las clases trabajadoras, declama
acerca de la necesidad de extender los límites de la jornada de trabajo. Entre
otras cosas, propone crear, a este objeto, casas de trabajo, que, como él mismo
dice, habrían de ser "casas de terror " ¿Y cuál es la duración de la
jornada de trabajo que propone para estas "casas de terror"? Doce
horas, precisamente la jornada que en 1832 los capitalistas, los economistas y
los ministros declaraban no sólo como vigente en realidad, sino además, como el
tiempo de trabajo necesario para los niños menores de doce años.[16]
Al vender su fuetza de
trabajo, como no tiene más remedio que hacer dentro del sistema actual, el
obrero cede al capitalista el derecho a usar esta fuerza, pero dentro de
ciertos límites razonables. Vende su fuerza de trabajo para conservarla, salvo
su natural desgaste, pero no para destruirla. Y como la vende por su valor
diario o semanal, se sobreentiende que en un día o en una semana no ha de
someterse su fuerza de trabajo a un uso o desgaste de dos días o dos semanas.
Tomemos una máquina con un valor de mil libras esterlinas. Si se agota en diez
años, añadirá anualmente cien libras al valor de las mercancías que ayuda a
producir. Si se agota en cinco años, el valor añadido por ella será de
doscientas libras anuales; es decir, que el valor de su desgaste anual está en
razón inversa al tiempo en que se agota. Pero esto distingue entre el obrero y
la máquina. La máquina no se agota exactamente en la misma proporción en que se
usa. En cambio, el hombre se agota en una proporción mucho mayor de la que
podría suponerse a base del simple aumento numérico de trabajo.
Al esforzarse por reducir la jornada de trabajo
a su antigua duración razonable, o, allí donde no pueden arrancar una fijación
legal de la jornada normal de trabajo, por contrarrestar el trabajo excesivo
mediante una subida de salarios -- subida no sólo en proporción con el tiempo
adicional que se les estruja, sino en una proporción mayor --, los obreros no
hacen más que cumplir con un deber para consigo mismos y para con su raza.
Ellos únicamente ponen límites a las usurpaciones tiránicas del capital. El
tiempo es el espacio en que se desarrolla el hombre. El hombre que no dispone
de ningún tiempo libre, cuya vida, prescindiendo de las interrupciones
puramente físicas del sueño, las comidas, etc., está toda ella absorbida por su
trabajo para el capitalista, es menos que una bestia de carga. Físicamente
destrozado y espiritualmente embrutecido, es una simple máquina para producir
riqueza ajena. Y, sin embargo, toda la historia de la moderna industria
demuestra que el capital, si no se le pone un freno, laborará siempre,
implacablemente y sin miramientos, por reducir a toda la clase obrera a este
nivel de la más baja degradación.
El capitalista, alargando la jornada de trabajo,
puede abonar salarios más altos y disminuir, sin embargo, el valor del trabajo,
si la subida de los salarios no se corresponde con la mayor cantidad de trabajo
estrujado y con el más rápido agotamiento de la fuerza de trabajo que lleva
consigo. Y esto puede ocurrir también de otro modo. Vuestros estadísticos
burgueses os dirán, por ejemplo, que los salarios medios de las familias que
trabajan en las fábricas de Lancaster han subido.
Pero olvidan que en vez del trabajo del hombre, la cabeza de familia, su mujer
y tal vez tres o cuatro hijos se ven lanzados ahora bajo las ruedas del carro
de Yaggernat[17] del capital, y que la
subida de los salarios totales no corresponde a la del plustrabajo
total arrancado a la familia.
Aun dentro de una jornada de trabajo con límites
fijos, como hoy rige en todas las industrias sujetas a la legislación fabril,
puede ser necesaria una subida de salarios, aunque sólo sea para mantenerse el
antiguo nivel del valor del trabajo. Mediante el aumento de la intensidad del
trabajo puede hacerse que un hombre gaste en una hora tanta fuerza vital como
antes en dos. En las industrias sometidas a la legislación fabril, esto se ha
hecho en realidad, hasta cierto punto, acelerando la marcha de las máquinas y
aumentando el número de máquinas que ha de atender un solo individuo. Si el
aumento de la intensidad del trabajo o de la cantidad de trabajo consumida en
una hora guarda alguna proporción adecuada con la disminución de la jornada,
saldrá todavía ganando el obrero. Si se rebasa este límite, perderá por un lado
lo que gane por otro, y diez horas de trabajo le quebrantarán tanto como antes
doce. Al contrarrestar esta tendencia del capital mediante la lucha por el alza
de los salarios, en la medida correspondiente a la creciente intensidad del
trabajo, el obrero no hace más que oponerse a la depreciación de su trabajo y a
la degeneración de su raza.
4. Todos sabéis que, por razones que no hay para
qué exponer aquí, la producción capitalista se mueve a través de determinados
ciclos periódicos. Pasa por fases de calma, de animación creciente, de
prosperidad, de superproducción, de crisis y de estancamiento. Los precios de
las mercancías en el mercado y la cuota de ganancia en éste siguen a estas
fases, y unas veces descienden por debajo de su nivel medio y otras veces lo
rebasan. Si os fijáis en todo el ciclo, veréis que unas desviaciones de los
precios del mercado son compensadas por otras y que, sacando la media del
ciclo, los precios de las mercancías en el mercado se regulan por sus valores.
Pues bien; durante las fases de baja de los precios en el mercado y durante las
fases de crisis y estancamiento, el obrero, si es que no se ve arrojado a la
calle, puede estar seguro de ver rebajado su salario. Para que no le defrauden,
el obrero debe forcejear con el capitalista, incluso en las fases de baja de
los precios en el mercado, para establecer en qué medida se hace necesario
rebajar los jornales. Y si, durante la fase de prosperidad, en que el
capitalista obtiene ganancias extraordinarias, el obrero no batallase por
conseguir que se le suba el salario, no percibiría siquiera, sacando la media
de todo el ciclo industrial, su salario medio, o sea el valor de su trabajo.
Sería el colmo de la locura exigir que el obrero, cuyo salario se ve
forzosamente afectado por las fases adversas del ciclo, renunciase a verse
compensado durante las fases prósperas. Generalmente, los valores de todas las
mercancías se realizan exclusivamente por medio de la compensación que se opera
entre los precios constantemente variables del mercado, sometidos a las
fluctuaciones constantes de la oferta y la demanda. Dentro del sistema actual,
el trabajo es solamente una mercancía como otra cualquiera. Tiene, por tanto,
que experimentar las mismas fluctuaciones, para obtener el precio medio que
corresponde a su valor. Sería un absurdo considerarlo, por una parte, como una
mercancía, y querer exceptuarlo, por otra, de las leyes que regulan los precios
de las mercancías. El esclavo obtiene una cantidad constante y fija de medios
para su sustento; el obrero asalariado no. Este debe intentar conseguir en unos
casos una subida de salarios, aunque sólo sea para compensar su baja en otros
casos. Si se resignase a acatar la voluntad, los dictados del capitalista, como
una ley económica permanente, compartiría toda la miseria del esclavo, sin
compartir, en cambio, la seguridad de éste.
5. En todos los casos que he examinado, que son
el 99 por 100, habéis visto que la lucha por la subida de salarios sigue
siempre a cambios anteriores y es el resultado necesario de los cambios previos
operados en el volumen de producción, las fuerzas productivas del trabajo, el
valor de éste, el valor del dinero, la extensión o intensidad del trabajo
arrancado, las fluctuaciones de los precios del mercado, que dependen de las
fluctuaciones de la oferta y la demanda y se producen con arreglo a las
diversas fases del ciclo industrial; en una palabra, es la reacción de los
obreros contra la acción anterior del capital. Si enfocásemos la lucha por la
subida de salarios independientemente de todas estas circunstancias, tomando en
cuenta solamente los cambios operados en los salarios y pasando por alto los
demás cambios a que aquéllos obedecen, arrancaríamos de una premisa falsa para
llegar a conclusiones falsas.
1. Después de demostrar que la resistencia
periódica que los obreros oponen a la rebaja de sus salarios y sus intentos
periódicos por conseguir una subida de salarios, son fenómenos inseparables del
sistema del trabajo asalariado y responden precisamente al hecho de que el
trabajo se halla equiparado a las mercancías y, por tanto, sometido a las leyes
que regulan el movimiento general de los precios; habiendo demostrado,
asimismo, que una subida general de salarios se traduciría en la disminución de
la cuota general de ganancia, pero sin afectar a los precios medios de las
mercancías, ni a sus valores, surge ahora por fin el problema de saber hasta
qué punto, en la lucha incesante entre el capital y el trabajo, tiene éste
perspectivas de éxito.
Podría contestar con una generalización,
diciendo que el precio del trabajo en el mercado, al igual que el de las demás
mercancías, tiene que adaptarse, con el transcurso del tiempo, a su valor ;
que, por tanto, pese a todas sus alzas y bajas y a todo lo que el obrero puede
hacer, éste acabará obteniendo solamente, por término medio, el valor de su
trabajo que se reduce al valor de su fuerza de trabajo; la cual, a su vez, se
halla determinada por el valor de los medios de sustento necesarios para su
manutención y reproducción, valor que está regulado en último término por la
cantidad de trabajo necesaria para producirlos.
Pero hay ciertos rasgos peculiares que
distinguen el valor de la fuerza de trabajo o el valor del trabajo de los
valores de todas las demás mercancías. El valor de la fuerza de trabajo está
formado por dos elementos, uno de los cuales es puramente físico, mientras que
el otro tiene un carácter histórico o social. Su límite mínimo está determinado
por el elemento físico ; es decir, que para poder
mantenerse y reproducirse, para poder perpetuar su existencia física, la clase
obrera tiene que obtener los artículos de primera necesidad absolutamente
indispensables para vivir y multiplicarse. El valor de estos medios de sustento
indispensables constituye, pues, el límite mínimo del valor del trabajo. Por
otra parte, la extensión de la jornada de trabajo tiene también sus límites
extremos, aunque sean muy elásticos. Su límite máximo lo traza la fuerza física
del obrero. Si el agotamiento diario de sus energías vitales rebasa un cierto
grado, no podrá desplegarlas de nuevo día tras día. Pero, como dije, este
límite es muy elástico. Una sucesión rápida de generaciones raquíticas y de
vida corta abastecería el mercado de trabajo exactamente lo mismo que una serie
de generaciones vigorosas y de vida larga.
Además de este elemento puramente físico, en la
determinación del valor del trabajo entra el nivel de vida tradicional en cada
país. No se trata solamente de la vida física, sino de la satisfacción de
ciertas necesidades, que brotan de las condiciones sociales en que viven y se
educan los hombres. El nivel de vida inglés podría descender hasta el grado del
irlandés, y el nivel de vida de un campesino alemán hasta el de un campesino
livonio. La importancia del papel que a este respecto desempeñan la tradición
histórica y la costumbre social, puede verse en el libro de Mr.
Thornton sobre la Superpoblación [18],
donde se demuestra que en distintas regiones agrícolas de Inglaterra los
jornales medios siguen todavía hoy siendo distintos, según las condiciones más
o menos favorables en que esas regiones se redimieron de la servidumbre.
Este elemento histórico o social que entra en el
valor del trabajo puede dilatarse o contraerse, e incluso extinguirse del todo,
de tal modo que sólo quede en pie el límite físico. Durante la guerra antijacobina -- que, como solía decir el incorregible
beneficiario de impuestos y prebendas, el viejo George
Rose, se emprendió para que los descreídos france ses no destruyeran los
consuelos de nuestra santa religión --, los honorables hacendados ingleses, a
los que tratamos con tanta suavidad en una de nuestras sesiones anteriores,
redujeron los jornales de los obreros del campo hasta por debajo de aquel
mínimo estrictamente físico, completando la diferencia indispensable para
asegurar la perpetuación física de la raza, mediante las Leyes de Pobres.[19] Era un método glorioso para convertir al obrero asalariado en
esclavo, y al orgulloso yeoman de Shakespeare
en indigente.
Si comparáis los salarios o valores del trabajo
normales en distintos países y en distintas épocas históricas dentro del mismo
país, veréis que el valor del trabajo no es, por sí mismo, una magnitud
constante, sino variable, aun suponiendo que los valores de las demás
mercancías permanezcan fijos.
Una comparación similar demostraría que no
varían solamente las cuotas de ganancia en el mercado, sino también sus cuotas
medias.
Por lo que se refiere a la ganancia, no existe
ninguna ley que le trace un mínimo. No puede decirse cuál es el límite extremo
de su baja. ¿Y por qué no podemos fijar este límite? Porque si podemos fijar el
salario mínimo, no podemos, en cambio, fijar el salario máximo. Lo único que
podemos decir es que, dados los límites de la jornada de trabajo, el máximo de
ganancia corresponde al mínimo físico del salario, y que, partiendo de salarios
dados, el máximo de ganancia corresponde a la prolongación de la jornada de
trabajo, en la medida en que sea compatible con las fuerzas físicas del obrero.
Por tanto, el máximo de ganancia se halla limitado por el mínimo físico del
salario y por el máximo físico de la jornada de trabajo. Es evidente que, entre
los dos límites de esta cuota de ganancia máxima, cabe una escala inmensa de
variantes. La determinación de su grado efectivo se dirime exclusivamente por
la lucha incesante entre el capital y el trabajo; el capitalista pugna
constantemente por reducir los salarios a su mínimo físico y prolongar la
jornada de trabajo hasta su máximo físico, mientras que el obrero presiona
constantemente en el sentido contrario.
El problema se reduce, por tanto, al problema de
las fuerzas respectivas de los contendientes.
2. Por lo que atañe a la limitación de la
jornada de trabajo, lo mismo en Inglaterra que en los demás países, nunca se ha
reglamentado sino por ingerencia legislativa. Sin la constante presión de los
obreros desde fuera, la ley jamás habría intervenido. En todo caso, este
resultado no podía alcanzarse mediante convenios privados entre los obreros y
los capitalistas. Esta necesidad de una acción política general es precisamente
la que demuestra que, en el terreno puramente económico de lucha, el capital es
la parte más fuerte.
En cuanto a los límites del valor del trabajo,
su fijación efectiva depende siempre de la oferta y la demanda, refiriéndome a
la demanda de trabajo por parte del capital y a la oferta de trabajo por los
obreros. En los países coloniales, la ley de la oferta y la demanda favorece a
los obreros. De aquí el nivel relativamente alto de los salarios en los Estados
Unidos. En estos países, haga lo que haga el capital, no puede evítar que el mercado de trabajo esté constantemente
desabastecido por la constante transformación de los obreros asalariados en
labradores independientes, con fuentes propias de subsistencia. Para gran parte
de la población norteamericana, la posición de obrero asalariado no es más que
una estación de tránsito, que está segura de abandonar al cabo de un tiempo más
o menos largo.[20] Para remediar este estado colonial de cosas,
el paternal gobierno británico ha adoptado hace algún tiempo la llamada moderna
teoría de la colonización, que consiste en fijar a los terrenos coloniales un
precio artificialmente alto, para, de este modo, impedir la transformación
demasiado rápida del obrero asalariado en labrador independiente.
Pero, pasemos ahora a los viejos países
civilizados, en que el capital domina todo el proceso de producción. Fijémonos,
por ejemplo, en la subida de los jornales de los obreros agrícolas en
Inglaterra, de 1849 a 1859. ¿Cuáles fueron sus consecuencias? Los agricultores
no pudieron subir el valor del trigo, como les habría aconsejado nuestro amigo Weston, ni siquiera su precio en el mercado. Por el
contrario, tuvieron que resignarse a verlo bajar. Pero, durante estos once
años, introdujeron máquinas de todas clases y aplicaron métodos más
científicos, transformaron una parte de las tierras de labor en pastizales,
aumentaron la extensión de sus granjas, y con ella la escala de la producción;
y de este modo, haciendo disminuir por estos y por otros medios la demanda de
trabajo gracias al aumento de sus fuerzas productivas, volvieron a crear una
superpoblación relativa en el campo. Tal es el método general con que opera el
capital en los países poblados de antiguo, para reaccionar, más rápida o más
lentamente, contra las subidas de salarios. Ricardo ha observado acertadamente
que la máquina está en continua competencia con el trabajo, y con harta
frecuencia sólo puede introducirse cuando el precio del trabajo sube hasta
cierto límite;[21] pero la aplicación
de maquinaria no es más que uno de los muchos métodos empleados para aumentar
las fuerzas productivas del trabajo. Este mismo proceso de desarrollo, que deja
relativamente sobrante el trabajo simple, simplifica por otra parte el trabajo
calificado, y por tanto, lo deprecia.
La misma ley se impone, además, bajo otra forma.
Con el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo, se acelera la
acumulación del capital, aun en el caso de que el tipo de salarios sea
relativamente alto. De aquí podría inferirse, como lo hizo Adam
Smith, en cuyos tiempos la industria moderna estaba
aún en su infancia, que la acumulación acelerada del capital tiene que inclinar
la balanza a favor del obrero, por cuanto asegura una demanda creciente de su
trabajo. Situándose en el mismo punto de vista, muchos autores contemporáneos
se asombran de que, a pesar de haber crecido en los últimos veinte años el
capital inglés mucho más rápidamente que la población inglesa, los salarios no
hayan experimentado un aumento mayor. Pero es que, simultáneamente con la
acumulación progresiva, se opera un cambio progresivo en cuanto a la
composición del capital. La parte del capital global formada por capital fijo:
maquinaria, materias primas, medios de producción de todo género, crece con
mayor rapidez que la parte destinada a salarios, o sea a comprar trabajo. Esta
ley ha sido puesta de manifiesto, bajo una forma más o menos precisa, por Mr. Barton, Ricardo, Sismondi, el profesor Richard Jones,
el profesor Ramsay, Cherbuliez
y otros.
Si la proporción entre estos dos elementos del
capital era originariamente de 1 : 1, al desarrollarse
la industria será de 5 : 1, y así sucesivamente. Si de un capital global de 600
se desembolsan 300 para instrumentos, materias primas, etc., y 300 para
salarios, para que pueda absorber a 600 obreros en vez de 300, basta con doblar
el capital global. Pero, si de un capital de 600 se invierten 500 en
maquinaria, materiales, etc., y solamente 100 en salarios, para poder colocar a
600 obreros en vez de 300, este capital tiene que aumentar de 600 a 3.600. Por tanto,
al desarrollarse la industria, la demanda de trabajo no avanza con el mismo
ritmo que la acumulación del capital. Aumentará, pero aumentará en una
proporción constantemente decreciente, comparándola con el incremento del
capital.
Estas pocas indicaciones bastarán para poner de
relieve que el propio desarrollo de la moderna industria contribuye por fuerza
a inclinar la balanza cada vez más en favor del capitalista y en contra del
obrero, y que, como consecuencia de esto, la tendencia general de la producción
capitalista no es a elevar el nivel medio de los salarios, sino, por el
contrario, a hacerlo bajar, o sea, a empujar más o menos el valor del trabajo a
su límite mínimo. Siendo tal la tendencia de las cosas en este sistema, ¿quiere
esto decir que la clase obrera deba renunciar a defenderse contra las
usurpaciones del capital y cejar en sus esfuerzos para aprovechar todas las
posibilidades que se le ofrezcan para mejorar temporalmente su situación? Si lo
hiciese, veríase degradada en una masa uniforme de
hombres desgraciados y quebrantados, sin salvación posible. Creo haber
demostrado que las luchas de la clase obrera por el nivel de los salarios son
episodios inseparables de todo el sistema del trabajo asalariado, que en el 99
por 100 de los casos sus esfuerzos por elevar los salarios no son más que
esfuerzos dirigidos a mantener en pie el valor dado del trabajo, y que la
necesidad de forcejar con el capitalista acerca de su
precio va unida a la situación del obrero, que le obliga a venderse a sí mismo
como una mercancía. Si en sus conflictos diarios con el capital cediesen
cobardemente, se descalificarían sin duda para emprender movimientos de mayor
envergadura.
Al mismo tiempo, y aun prescindiendo por
completo del esclavizamiento general que entraña el
sistema del trabajo asalariado, la clase obrera no debe exagerar a sus propios
ojos el resultado final de estas luchas diarias. No debe olvidar que lucha
contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que lo que hace
es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica
paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por
entero a esta inevitable lucha guerrillera, continuamente provocada por los
abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe
comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre
ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales
necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema
conservador de "¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!",
deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: "¡Abolición
del sistema del trabajo asalariado!"
Después de esta exposición larguísima
y me temo que fatigosa, que he considerado indispensable para esclarecer un
poco nuestro tema principal, voy a concluir, proponiendo la siguiente
resolución:
1. Una subida general de los tipos de salarios
acarrearía una baja de la cuota general de ganancia, pero no afectaría, en términos
generales, a los precios de las mercancías.
2. La tendencia general de la producción
capitalista no es a elevar el promedio standard del
salario, sino a reducirlo.
3. Las tradeuniones
trabajan bien como centros de resistencia contra las usurpaciones del capital.
Fracasan, en algunos casos, por usar poco inteligentemente su fuerza. Pero, en
general, fracasan por limitarse a una guerra de guerrillas contra los efectos
del sistema existente, en vez de esforzarse, al mismo tiempo, por cambiarlo, en
vez de emplear sus fuerzas organizadas como palanca para la emancipación final
de la clase obrera; es decir, para la abolición definitiva del sistema del
trabajo asalariado.
[1] Esta obra es el texto de un discurso de Carlos Marx en inglés en las sesiones del Consejo General de la
Primera Internacional celebradas el 20 y el 27 de junio de 1865. Este discurso
se originó de las palabras pronunciadas por John Weston, miembro del Consejo General, el 2 y el 23 de mayo. Weston trató de comprobar con sus palabras que una
elevación general en el nivel de salarios no les traería provecho a los obreros
y que, por tanto, las tradeuniones tenían un efecto
"perjudicial". El manuscrito de Marx de
este discurso se ha conservado. El discurso fue primero publicado en Londres en
1898 por la hija de Marx, Eleanor
Aveling bajo el título de Valor, precio y ganancia, con un prefacio de Edward Aveling. En el manuscrito, las observaciones preliminares y
los primeros seis capítulos no llevaban títulos, y fueron añadidos por Edward Aveling. El título
empleado en la presente edición es el comúnmente aceptado.
[2]Las leyes del máximo fueron promulgadas por la Convención
Jacobina el 4 de mayo, el 11 y el 29 de septiembre de 1793 y el 20 de marzo de
1794, durante la Revolución Francesa. Estas leyes fijaban los límites máximos
de los precios de las mercancías y los de los salarios.
[3]En septiembre de 1861 (1860 en el manuscrito de Marx), la Asociación Británica para el Fomento de la
Ciencia celebró su XXXI reunión anual en Manchester, a la cual asistió Marx, entonces huésped de Engels
en la ciudad. W. Newmarch, presidente de la sección
económica de la asociación, también hizo uso de la palabra en la reunión, pero
por un error cometido al correr de la pluma, Marx le
citó con el nombre de Newman. Presidiendo la reunión
de la sección, Newmarch pronunció un discurso
titulado "Sobre qué extensión resuenan los principios de tribulación
incorporados en la legislación del Reino Unido". (Véase
Report
of the Thirty-first Meeting of the British Association for the Advancement of
Science, Held at Manchester in September 1861, Londres, 862, pág. 230).
[4]Se refiere a la obra en seis volúmenes del economista
británico Thomas Tooke sobre la historia de la
industria, el comercio y las finanzas. Se publicaron separadamente bajo los siguientes títulos: A History of Prices, and of the State of the Circulation,
from 1793 to 1837, Vol. I-II, Londres, 1838; A History of Prices, and of
the State of the Circulation, in 1838 and 1839, Londres, 1840; A History of Prices, and of
the State of Circulation, from 1839 to 1847 inclusive, Londres,
1848; y T. Tooke y W. Newmarch,
A
History of Prices, and of the State of the Circulation, during the Nine Years
1848-1856,
Vol. V-VI, Londres, 1857.
[5]Véase Robert Owen, Observations on the Effect
of the Manufacturing System, Londres, 1817, pág.
76. Este libro apareció por primera vez en
1815.
[6]La demolición extensiva de las viviendas de los obreros
agrícolas tuvo lugar a mediados del siglo XIX en Inglaterra, debido al febril
desarrollo de la industria capitalista y a la introducción del modo de
producción capitalista en la agricultura cuando había un "relativo exceso
de populación" en el campo. La demolicion extensiva
de las viviendas se aceleró por el hecho de que la cantidad de la contribución
para socorrer a los pobres pagada por un terrateniente dependia
principalmente del número de los indigentes que vivían en su tierra. Así, los
terratenientes demolieron deliberadamente esas viviendas que no necesitaban y
en cambio podían ser usadas como refugios por la población
"excesiva". (Para detalles, véase Carlos Marx,
El Capital, t. I, cáp. XXIII-5-e, pág. 616, La Habana, 1965.)
[7]La Sociedad de las Artes establecida en Londres en 1754, fue
una institución educacional y filantrópica burguesa. La conferencia sobre Las
fuerzas aplicadas en la agricultura fue dictada por John
Chalmers Morton, hijo de John Morton, que murió en 1864.
[8]Las leyes cerealistas de la Gran Bretaña, que tenían por
objeto limitar o prohibir la importación de cereales, fueron introducidas en
provecho de los grandes terratenientes. La abrogación de dichas leyes por el
parlamento británico en junio de 1846 significaba una victoria para la
burguesía industrial que había luchado contra ellas bajo la consigna de libre
comercio.
[9]Véase David Ricardo, On the Principles of Political
Economy, and Taxation, Londres, 1821, pág. 26. La primera edición apareció en Londres en 1817.
[10]Benjamín Franklin, The
Works, Vol. II, Boston, 1836. El ensayo
referido en el texto apareció en 1729.
[11]Adam Smith, An Inquiry into the Nature
and Causes of the Wealth of Nations, Edimbourg, 1814 Vol. I, pág. 93.
[12]Thomas
Hobbes, "Leviathan: or, the Matter, Form, and Power of a Commonwealth,
Ecclesiastical and Civil", The English Works, Londres,
1839, Vol. III, pág.
76. pág. 78
[13]Se
refiere a las guerras libradas por Inglaterra desde 1793 a 1815 contra Francia
durante el período de la Revolución burguesa de Francia a fines del siglo
XVIII. Durante estas guerras el gobierno británico estableció un régimen de
terror contra el pueblo trabajador. Durante este período, en particular, se
reprimieron varias insurrecciones populares y se promulgaron leyes prohibiendo
las asociaciones obreras.
[14]C. Marx hace alusion al folleto de Thomas Malthus titulado An Inquiry into the Nature and Progress of Rent,
and the Principles by which it is regulated, Londres, 1815.
[15]Se refiere al folleto, An
Essay on Trade and Commerce:
containing Observations on Taxes, publicado anónimamente en Londres en 1770. Se ha atribuido
a J. Cunningham.
[16]Se refiere al debate en el parlamento británico en febrero
y marzo de 1832, acerca de la Ley de diez horas sobre el trabajo de los niños y
adolescentes, propuesta en 1831.
[17]Yaggernat es una encarnación del
dios hindú Vishnu. El culto a Yaggernat,
caracterizado por pomposas ceremonias y fanatismo religioso, solía manifestarse
en el autotormento y la inmolación suicida. Durante
las fiestas tradicionales en honor de Yaggernat, la
imagen de Vishnú-Yaggernat
se transportaba en un enorme carro a cuyo paso muchos creyentes se arrojaban
encontrando la muerte bajo sus ruedas.
[18]W. T. Thornton, Over-population and Its Remedy, Londres, 1846.
[19]Según las Leyes de Pobres, originalmente establecidas en
Inglaterra en el siglo XVI, cada parroquia recaudaba una cuota a sus vecinos
para la beneficencia. Aquellos que no podían mantenerse o mantener a su familia
acudían en busca de su auxilio.
[20] Véase el capitulo XXV del tomo I de El Capital, La
Habana, 1965, pág. 701, nota 1: "Aquí, nos
referimos a las verdaderas colonias, a territorios virgenes
colonizados por inmigrantes libres. Los Estados Unidos son todavía,
económicamente hablando, un país colonial de Europa. Por lo demás, también
entran en este concepto aquellas antiguas plantaciones en que la abolición de
la esclavitud ha venido a transformar de raiz la
situación." Desde que en todas las colonias la tierra se ha convertido en
propiedad privada, han quedado también cerradas las posibilidades para
transformar a los obreros asalariados en productores independientes.
[21]David
Ricardo, On the Principles of Political Economy, and Taxation, Londres,
1821, pág. 479.